El cerco

Ismail Kadaré · Capítulo 4 de 16

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El cerco

Capítulo tercero

 

La reunión del consejo se convocó para el domingo por la tarde. Cuando Tursun bajá entró en el pabellón, todos los participantes se encontraban ya allí. Sin mirar a ninguno, ocupó su sitio. Tenía el rostro sombrío.

El escribano del consejo mojó la pluma en el tintero y la sostuvo sobre las hojas de papel que tenía delante. Al desplazarse ligeramente para estar más cómodo, su codo tropezó con una rodilla y una gota negra se desprendió de la pluma sobre el papel. En un rápido gesto, limpió el borrón con la manga para que nadie lo viera, pues esa mancha negra podía ser interpretada como una funesta señal, arrojada deliberadamente sobre los escritos.

—Preciso conocer vuestra opinión definitiva acerca del momento más propicio para lanzar el ataque —dijo Tursun bajá—. Pero antes de que tomemos una decisión a ese propósito, tengo que deciros que, si bien aprecio vuestro común desvelo —señaló con la cabeza a Asllanhan Begbey y al muftí del ejército— por proteger mi vida, no apruebo en modo alguno la propuesta de proveerme de un doble…, de un doble o de un sosias como se les llama ahora.

Sus ojos se detuvieron un instante sobre los rostros de los hombres que acababa de señalar en busca de alguna sombra de la malicia, pero de inmediato se convenció de que no había existido ninguna segunda intención y de que la idea del sosias se les había ocurrido sencillamente porque se había convertido en una moda.

El bajá advirtió una sombra de contrariedad en los rostros de los militares. «No creo que apreciéis en tanto mi vida», se dijo. Sin embargo, no tenía por qué molestarse. Él mismo había sido oficial y sabía que, por lo general, los militares se acomodaban muy bien a los dobles de los jefes, a los que podían permitirse despreciar, incluso insultar entre dientes sin correr grandes riesgos. Lo que ellos no habían pensado era que, al despreciar al doble del comandante en jefe, lo tomarían sin pretenderlo por costumbre y, el día en que el comandante en jefe apareciera en persona, se corría el riesgo de que se produjeran reacciones inesperadas… Si no cosas aún peores, pensó. Una buena mañana, podían pretender que Tursun bajá era el otro… es decir una sombra… cuando a esas alturas su cuerpo yacía ya a cierta profundidad bajo la tierra…

El comandante en jefe se frotó la frente con la palma de la mano. Había dormido mal, había tenido un sueño agitado y ahora tenía la cabeza cargada.

—Y ahora retornemos al asunto del asalto —dijo con voz firme—. Hablad.

No le gustaban las reuniones largas y manifestaba abiertamente su desprecio por ellas. Cruzó los brazos sobre el pecho y esperó. En completo silencio, todos oyeron cómo la pluma del escribiente transcribía su última palabra sobre el papel.

El ingeniero Saruya fue el primero en manifestarse. Sin ningún preámbulo ni expresión siquiera de las habituales palabras de cortesía (algo al principio chocante pero a lo que los miembros del consejo ya se habían acostumbrado a estas alturas), declaró de forma muy concisa:

—Mis cañones puedo tenerlos listos mañana mismo, pero las bombardas no lo estarán antes del martes. Ese día estaré en condiciones de iniciar el bombardeo. Me hará falta todo un día para echar abajo los muros. Eso es todo lo que tenía que decir.

—Otro —dijo Tursun bajá.

Era el turno del muftí.

—Gazi Tursun bajá —comenzó haciendo un obsequioso saludo con la cabeza—. Después de consultar con el oniromante y con el astrólogo sobre la posición de las estrellas —señaló con la mano a este último, agazapado en un rincón con gesto atemorizado—, opino que el ataque debe comenzar mañana mismo.

—¡Qué mostrenco! —masculló el ingeniero.

El intendente general, que se encontraba pegado a él, le tiró de la manga.

—Mañana la posición de las estrellas en relación con la luna será particularmente propicia —prosiguió el muftí—, mientras que el martes será adversa. Además de eso, anoche Alá me envió un sueño que era así: a la luz de la luna, un cocodrilo atacó y le arrancó el corazón a un búfalo negro. Sin duda alguna, el búfalo negro representa en este caso a la fortaleza. Por otro lado, como es sabido, mañana habrá luna llena.

—¡Qué animal! —volvió a murmurar Saruya, y el intendente tuvo que tirarle de nuevo de la manga.

—El siguiente —dijo el bajá.

—Yo ya no entiendo nada de todo esto —dijo el ingeniero como si no se dirigiera a nadie—. ¿Qué piensa el muftí, se va a bombardear la fortaleza antes o después del asalto?

El intendente general estaba a punto de rasgarle la manga.

El muftí no se dignó siquiera responder. Saruya y él cruzaron una mirada declaradamente hostil. La mirada sombría de Tursun bajá apenas pareció reparar en uno y otro para detenerse en el allajbey. Quería conocer la opinión del comandante de los espahíes. Este no tenía derecho a deliberar en el consejo y su rango era inferior al de muchos de sus miembros, pero era enviado directo del sultán y en consecuencia le temían prácticamente todos. Comprendió que el bajá deseaba apaciguar la desavenencia, así que intervino con tacto.

—Acerca del bombardeo, opino que no debemos prolongarlo tanto como ha propuesto Saruya. Si los cañones no son capaces de abrir brecha en las murallas durante la primera mitad del día, tampoco lo conseguirán durante la otra mitad. Si el bombardeo se inicia por la mañana temprano, creo que el asalto podría lanzarse unas horas más tarde, inmediatamente después de que termine el cañoneo, para no dar tiempo al enemigo a recuperarse del terror en que lo habrá sumido nuestra nueva arma.

El comandante de los espahíes había dado una respuesta evasiva, sin pronunciarse claramente a favor de nadie. Tursun bajá encontró razonable su posición, pero ahora lo que él necesitaba por encima de todo era establecer el momento del ataque.

—El siguiente —dijo.

—Mis jenízaros se desmoralizarán —dijo el viejo Tavya—; es preciso atacar mañana mismo.

—Mañana —proclamó también Kurdisyi con voz aguda.

El enrojecimiento que invadía su rostro expresaba mejor que su voz la irritación que sentía. Se sentía descontento de que Tursun bajá no hubiese permitido aún a sus akenyis que hicieran incursiones de saqueo por los alrededores. El comandante en jefe tenía sus razones para ello. Sabía por experiencia que si se lanzaban al pillaje antes del asalto, justo a causa del botín conseguido, se reforzaría en ellos el instinto de conservación y decaería su espíritu combativo. Él pretendía que la fortaleza, por ser precisamente el monstruo que debía ser abatido, fuera al mismo tiempo la presa ansiada por todos.

Pidió la palabra el intendente general.

Hizo una profunda reverencia y después, en términos escogidos, haciendo uso de una sutil argumentación y alabando a cada uno de los que habían intervenido antes que él, refutó las opiniones de todos ellos, excepción hecha del ingeniero. Expresó su profundo disgusto por el hecho de que los hombres no se condujeran conforme a los signos que les enviaba Alá, y no de forma deliberada, sino porque los mensajes celestes son a menudo inaccesibles para sus humildes cerebros, con mayor motivo para sus ojos o sus oídos taponados.

Tursun bajá reparó en las miradas cargadas de odio que el muftí lanzaba de cuando en cuando al orador. Kurdisyi y el viejo Tavya hacían visajes con los ojos intentando descubrir dónde se encontraba la artimaña entre todas aquellas palabras llenas de sutileza.

El bajá se daba perfecta cuenta de que en el seno de su consejo se habían constituido ya dos grupos antagonistas. El odio, el desprecio o la burla de los unos por los otros se expresaban casi francamente. Tursun bajá comprendió que el jefe de mecánicos y el intendente estaban en lo cierto; sin embargo, si bien confiaba en su inteligencia, recelaba de sus corazones. Al contrario le sucedía con sus comandantes: apreciaba más su coraje que su sagacidad. Ahora bien, pese a que estaba firmemente persuadido de que los técnicos tenían la razón, no se podía permitir tomar su partido de manera franca, en contra de la opinión del muftí y de los dos poderosos comandantes. Ahora esperaba lo que tuvieran que decir el tercero de ellos, Kara-Mukbil, y el arquitecto Kafir. No resultaba difícil prever su actitud. El primero se adheriría a los otros dos militares; el arquitecto, a sus colegas. La partida seguiría quedando en tablas, y él debería decidir por sí solo, pues la opinión de los beyes de los sanjacados no solía tomarse en cuenta, del mismo modo que la del comandante de los eshkinyis, el sordomudo Tahanka, cuya feroz mirada parecía reclamar constantemente el ataque, incluso cuando era manifiesto para todos que representaba un fracaso seguro.

El comandante de los azapes pidió la palabra. Para sorpresa del bajá, Kara-Mukbil se adhirió al punto de vista del ingeniero. Defendió que el ataque solo debía ser lanzado después de un prolongado castigo con cañones y bombardas. De ese modo se ahorrarían muchas vidas. Para terminar, subrayó la idea de que el asalto no debía iniciarse hasta que los cañones hubieran abierto grandes brechas en las murallas.

—Cuanto más graves sean las heridas de los muros —concluyó—, tanto menores serán las de nuestros hombres.

—Vergüenza para ti, Kara-Mukbil, por hablar de ese modo —gritó el viejo Tavya con voz cavernosa—. ¡Ignominia!

Kara-Mukbil enrojeció de ira. Era el más joven entre los comandantes; sin embargo, no podía tolerar aquella ofensa.

—¿De qué debería avergonzarme? Tú hablas así porque sabes bien que los primeros en ser lanzados al ataque serán mis azapes. Caerán como moscas para que luego tus jenízaros marchen sobre sus cuerpos y continúen el asalto.

El viejo Tavya hizo un gesto de desprecio con su corto brazo.

Aunque él no era pendenciero, de los ojos de Kara-Mukbil saltaban chispas. Tras comprobar que Tursun bajá no se decidía a intervenir, se volvió hacia Tavya alzando aún más el tono:

—Hablarías de otro modo si el orden fuera el contrario. Si tus jenízaros fueran en primera línea, estoy seguro de que serías el primero en hablar como yo, y no lanzarías gritos indignos sin medir tus palabras.

—Las reglas de la guerra han sido establecidas por el gran Badijá — replicó secamente Tavya—, y no nos corresponde a nosotros ponerlas en discusión.

Kara-Mukbil no respondió.

Si el arquitecto presentaba algún otro argumento convincente para posponer el ataque, Tursun bajá había tomado ya la resolución de alinearse con el partido de los técnicos.

—Escuchemos al arquitecto —dijo.

En el rostro sin vida del arquitecto no se movió un solo músculo cuando comenzó a hablar. Quienquiera que le escuchara por vez primera quedaba con la boca abierta. No tenía ninguna dificultad de dicción, tampoco era tartamudo, pero las palabras que pronunciaba en un tono monocorde salían de su boca como las cuentas pulidas y gélidas de un collar.

—Golpear fuerza cañón punto unión muro frontal torre segunda asimismo muro derecho puerta principal mitad muro izquierdo torre primera asimismo total…

Señalaba los puntos débiles en la arquitectura de la fortaleza, estructura invisible para el ojo de los demás, pero que él podía ver como a través de un cristal tras las investigaciones realizadas. Como, entre otras cosas, amputaba los prefijos y los sufijos de ciertas palabras, sus intervenciones hacían pensar a los guerreros que habían tomado parte en grandes matanzas en los restos de los cadáveres mutilados.

El arquitecto interrumpió su discurso de forma abrupta, como si cortara la última frase con un cuchillo. De aquella sucesión inanimada de palabras se desprendía una diáfana conclusión: no se había adherido a su bando habitual. Tursun bajá contuvo a duras penas una exclamación. Todo estaba sucediendo de través en su consejo. Mientras escuchaba a los beyes de los sanjacados, que, como era de esperar, se adherían a la línea «dura», sabedores de que era el único medio de ponerse a cubierto de cualquier error posterior, escrutaba con el rabillo del ojo el rostro del jefe de los espahíes. Era claro que, incluso ahora que la división de opiniones, casi a partes iguales, había quedado patente, este último no tenía intención de inclinar la balanza de un lado o del otro. El barrunto de que tal vez esa actitud le hubiera sido dictada por las instrucciones secretas recibidas del centro heló el corazón de Tursun bajá. Sí, sin duda le habían sugerido, si no especificado claramente, la actitud que debía adoptar: en caso de disensiones, tú no te mezcles.

Mil quinientas, puede que incluso dos mil vidas de combatientes dependían del movimiento de los labios del allajbey.

¡Que caigan sobre tu conciencia!, dijo para sí Tursun bajá, y, acto seguido, emitió su veredicto:

—Mañana, antes de salir el sol, se iniciará el bombardeo de los muros. El ataque se lanzará pasado el mediodía, cuando haya decaído el calor. Que se prevenga a las tropas esta misma tarde. Que se hagan sonar los bombos y los tambores en todo el campamento, que los sheiks arenguen a los soldados y se exalte el espíritu guerrero mediante los procedimientos acostumbrados. Esto debe prolongarse hasta la medianoche. A esa hora, la tropa se retirará a descansar —Tursun bajá guardó silencio un momento, luego concluyó—: He dicho.

Todos se pusieron en pie, saludaron al comandante y salieron uno tras otro. El astrólogo, creyéndose el principal causante de la disputa que acababa de desatarse, se escabulló entre los primeros, como una sombra. Sabía que los poderosos, incluso después de sufrir una derrota pasajera, continúan siendo más fuertes que los demás; por eso consideró prudente desaparecer de la vista de todos en lugar de pavonearse entre ellos, orgulloso de haberle facilitado el triunfo a uno de los bandos en litigio.

Había caído la noche.

El astrólogo vagó durante largo rato por el real sin toparse con ninguna cara conocida. El campo parecía interminable. Además de eso, las calles y veredas que los ingenieros habían tendido con rapidez entre la multitud de tiendas eran tan numerosas y semejantes las unas a las otras que incluso dar con la tienda de alguien en particular resultaba un empeño imposible. Sentía grandes deseos de encontrarse con alguien para poderle contar «las últimas noticias de la tienda». Pero, por desgracia, no se topaba con nadie. Las tiendas eran todas iguales. Solamente las de los oficiales tenían, cosidas sobre la entrada, pequeñas banderolas multicolores que indicaban el grado de sus ocupantes. Los rostros que entreveía al pasar en el interior parecían, a la luz de las antorchas, igualmente intercambiables.

De pronto, alguien lo llamó por su nombre. Era Sadedin, el poeta, que se dirigía hacia él. El astrólogo se regocijó.

—¿Adónde vas? —preguntó Sadedin.

—Daba un paseo con la esperanza de encontrar algún amigo. ¿Dónde os habéis metido todos?

El poeta abrió la boca para responder y el astrólogo percibió un fuerte olor a aguardiente.

—Entonces, ¿ya te has enterado? —dijo Sadedin—. El ataque será mañana. Por fin. Afortunadamente.

El astrólogo se mostró sorprendido.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó.

—Todo el campamento está al corriente. ¿Tú no sabes nada?

—¿Yo? —inquirió el astrólogo, escocido—. Yo lo he sabido antes que nadie. Estaba en la tienda del bajá cuando se tomó la decisión. De hecho, yo lo sabía incluso antes… por los astros.

—Hum… —murmuró Sadedin.

—Allí en la tienda estuvo a punto de armarse una buena…

—Tengo una botella aquí —le interrumpió el otro—. Ven conmigo, vamos a echar unos tragos.

Si se hubiera tratado de cualquier otro, el astrólogo se habría sentido ofendido ante semejante expresión de familiaridad. Pero no era posible enfadarse con Sadedin.

—No nos vayan a ver —le dijo.

—¡Vaya un problema! Esta es una noche de fiesta.

El astrólogo tomó la botella de manos del poeta y, dando la espalda al camino, se echó varios tragos.

De alguna parte, en la distancia, llegó el redoble de un tambor. Luego otro.

—Están tocando los tambores. La noticia se ha extendido por todas partes —observó el astrólogo.

—Ya te lo he dicho.

Los tambores retumbaban ya por todos lados. Los soldados salían de las tiendas en grupos. Aquí y allá se encendían hogueras.

—¡La que se va a armar hoy! —dijo el poeta.

Deambularon durante un rato por el centro del campamento y luego giraron a la derecha, allí donde se alineaban las tiendas de los jenízaros. Uno de ellos se detuvo y, después de seguirlos unos pasos, asió a Sadedin por la manga.

El poeta se volvió, creyendo que se trataba de algún conocido.

—Hermano —le dijo el jenízaro—, dame un trago si es que queda todavía algo.

El poeta abrió los ojos asombrado.

—¿Qué sabes tú lo que yo tengo?

—Tu aliento, hermano —respondió el otro—. Pero no temas. Un jenízaro no te traiciona jamás.

—Pues tú eres un jenízaro bastante extraño —dijo el poeta, e introdujo la mano junto al pecho.

—Espera un momento —dijo el otro—, no la vayas a sacar antes de que estemos a salvo de las miradas.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó el poeta.

—Tuz Okchan.

—Un nombre bonito, un verdadero nombre de soldado.

Cuando a Sadedin le pareció que se encontraban en un lugar suficientemente oscuro, le tendió la botella al desconocido. Bebió también él y luego le pasó la botella al astrólogo. Continuaban paseando los tres entre la multitud, que no cesaba de crecer.

Entre dos riscos de la montaña apareció la luna, semejante a la cabeza de una bestia amarillenta espiando lo que sucedía abajo en el valle. Su fría luz se derramaba sobre las superficies oblicuas de las tiendas blancas.

—Mevla Chelebi —gritó de pronto el poeta, que había visto de lejos al cronista.

—¿Dais un paseo? —preguntó el otro.

—Sí, estamos disfrutando un poco —dijo Sadedin—. Te presento a Tuz Okchan, un valiente y joven jenízaro al que acabamos de conocer. Este es Mevla Chelebi —se volvió hacia el soldado—, un hombre instruido, historiador.

El jenízaro inclinó la cabeza con reverencia.

—Yo soy el poeta Sadedin, y este amigo de aquí es el cabalista de nuestro ejército o, como ahora se dice, el astrólogo; dicho de otro modo: el que trata de tú a tú con las estrellas.

El jenízaro quedó con la boca abierta, maravillado por encontrarse de pronto en compañía de personajes tan encumbrados y misteriosos.

—¿Dónde has encontrado rakí? —preguntó Chelebi, que había percibido el olor.

—Lo llevo conmigo —Sadedin se llevó la mano al pecho—. Echa un trago.

—Espera —respondió el cronista—. Busquemos un rincón apartado.

—Yo prefiero beber mientras paseamos —dijo Sadedin.

—No en vano dicen que vosotros los poetas siempre tenéis el cerebro recalentado —comentó el cronista, y, volviéndose hacia el astrólogo, le preguntó—: ¿Estuviste en la reunión del consejo?

El otro, satisfecho de poder demostrar que estaba al corriente, comenzó a hablarle en voz baja. El poeta y el jenízaro caminaban unos pasos por delante.

La luna iluminaba ahora prácticamente toda la llanura. Bañados en su luz, los hoxhas, con sus turbantes y el Corán en las manos, iban y venían refulgiendo de blancura. Los derviches se disponían a emprender sus danzas. Los tambores no cesaban de batir.

—¿Todavía no habéis acabado con vuestros misterios? —dijo el poeta volviéndose hacia los dos que marchaban detrás—. Venid a echar un par de tragos. ¿Qué decís?

—¿De verdad habla con las estrellas? —preguntó temeroso el jenízaro, y señaló con la cabeza al astrólogo.

—Eso parece —respondió Sadedin.

Con el rabillo del ojo, el jenízaro escudriñaba la placa de cobre con tres estrellas grabadas que el intérprete de las estrellas llevaba colgada del cuello.

Más adelante, le dieron de nuevo la espalda al camino y se pasaron la botella de mano en mano. El aguardiente les iba soltando la lengua. El poeta había echado la mano por los hombros del jenízaro, al que ahora daba el tratamiento de «mi hermano soldado». Junto a los grandes fuegos, los hoxhas leían versículos del Corán. Sentados frente a ellos, formando semicírculos, los soldados escuchaban en silencio. Más allá los sheiks habían comenzado a pronunciar discursos inflamados y con sus voces vibrantes conseguían casi ahogar el estruendo de los tambores.

—Fijaos en su bandera sobre la torre principal —gritaba un sheik con el brazo extendido en dirección a la fortaleza—, miradla cómo se estremece de temor.

Los soldados volvieron las cabezas en aquella dirección. Aunque la bandera, que parecía pálida a la luz de la luna, se encontraba a gran distancia, ellos creyeron realmente percibir su temblor. En los últimos tiempos habían visto tantas banderas agitándose al viento que a menudo se les aparecían en sueños.

—También nuestras banderas tiemblan —dijo una voz en la penumbra.

El sheik lanzó una mirada severa sobre el lugar de donde procedía la voz.

—Sí, nuestras banderas se estremecen de impaciencia por iniciar la batalla, como la melena del león se agita antes de la pelea —dijo con voz de trueno.

Ellos prosiguieron su paseo y el poeta continuaba murmurando algo entre dientes. Al parecer, estaba componiendo un poema. El jenízaro lo observaba con ojos de asombro. No había visto nunca a un poeta, y mucho menos en plena versificación.

—¿Has visto alguna vez mujeres albanesas? —le preguntó bruscamente Sadedin.

—No —respondió Tuz Okchan, desconcertado por la pregunta.

—¡Ah, qué mujeres! —dijo Sadedin, y se golpeó la frente con la palma de la mano—. Yo puedo hablarte de ellas, yo sí las he visto.

—¿Cómo son? —preguntó el jenízaro.

—Oh. Olvidaba que eres un jenízaro. Te compadezco. El sultán del universo os ha concedido un montón de privilegios, pero ¿de qué valen si os está vedado el placer de las mujeres?

—Es verdad —suspiró Tuz Okchan.

—Pobre hermano mío —suspiró el poeta.

—¿Y cómo son las jóvenes albanesas? —volvió a preguntar el jenízaro.

La algarabía en el campamento no cesaba de crecer y ellos se veían obligados ahora a levantar mucho la voz para entenderse.

—Ah —exclamó Sadedin—. Ellas son… ellas son… Hermano Tuz Okchan, cómo podría describírtelas. Ellas son algo a mitad de camino entre la leche y la niebla… Y sobre esa leche destaca la mancha negra de su nido de golondrina… Cuando me encontré encima, creí que me volvía loco… Las manos me temblaban mientras buscaba el nido… y así estaba cuando me corrí… No conseguí alcanzarlo… Tú sabes bien, jenízaro, lo que es correrse en sueños, pues descargar en la puerta es mucho peor.

—¿Comprarás alguna cuando asaltemos el castillo? —preguntó Tuz Okchan.

—Por supuesto. Por cara que me cueste. Ya tengo el dinero preparado —se llevó la mano al pecho—, todo el pago que he recibido por mis poemas.

—¡Tú sí que eres afortunado!

El poeta sacó la botella y se la acercó a los labios.

—Ya basta de beber —le exhortó el astrólogo—. Estás empezando a tambalearte.

Sadedin volvió a meterse la botella en el pecho.

—¡La que se armará la noche en que se tome la fortaleza! —le dijo al jenízaro—. ¡Qué orgía! ¡Qué aquelarre! Después de satisfacer su deseo con las muchachas, los soldados se las venderán unos a otros. Después de estar una hora con ellas, volverán a revenderlas para conseguir otras diferentes. Ellas pasarán de tienda en tienda. Habrá riñas por su causa. Puede incluso que muertes. ¡Sí, no faltarán las muertes!

El jenízaro escuchaba cariacontecido.

Durante un trecho caminaron por una senda bordeada de azapes tendidos en la tierra, en los trechos de sombra profunda proyectada por las tiendas.

—Son irritantes estos azapes —dijo Sadedin—. Sé perfectamente de qué están hablando a estas horas, como si los estuviera escuchando.

—¿Cómo lo vas a saber? —inquirió el cronista—. Yo habría dicho que nadie es capaz de adivinar lo que le ronda a un azape en la cabeza.

—Pues yo lo sé —replicó Sadedin—. Sueñan con recibir un campo o una viña en las tierras que se conquisten aquí, para luego deslomarse sobre el arado durante el resto de sus vidas.

—Cada hombre tiene sus propios sueños —sentenció el astrólogo.

El poeta estuvo tentado de responderle, pero debió de resultarle más fácil acudir a la botella. De cuando en cuando continuaba murmurando sus versos entre dientes.

La multitud de soldados se tornaba cada vez más densa. Los tambores resonaban por todas partes. Los derviches, arrojándose al suelo, oraban y vociferaban sin descanso.

—Nosotros enseñaremos el sagrado Corán a esos malditos rebeldes — gritaba un sheik con voz de trueno—. Sobre su tierra ondulada como el lomo del maligno erigiremos alminares bendecidos por Alá. Desde lo alto de esas torres, a la hora del crepúsculo, la voz del almuédano caerá sobre sus cabezas sin desbastar semejante al hachís que sosiega el espíritu. Nosotros conseguiremos que estos impíos se prosternen cinco veces al día mirando a La Meca. Envolveremos sus cabezas enfermas y trastornadas en el apaciguador turbante del Islam.

—Qué bien habla ese sheik —advirtió el astrólogo.

—También yo quiero recitar unos versos ante los soldados —dijo Sadedin, exaltado de pronto—. Los tengo dando vueltas en mi cabeza —y no paraba un momento de murmurar.

A Tuz Okchan le parecía que componer un verso era más agotador que cualquier entrenamiento militar.

Ahora caminaban abriéndose paso a duras penas entre la muchedumbre cada vez más compacta. Aquí y allá pululaban derviches de diferentes sectas con las vestimentas desgarradas y sucias. Los rifai habían comenzado a danzar. Los soldados se daban empellones unos a otros para verlos saltar al ritmo del tambor. Los danzantes se agachaban y se alzaban sobre las piernas, lanzando exclamaciones. Sus rostros eran pálidos y sus ojos permanecían semicerrados, en estado de trance.

—Esa es una danza bastante reciente —le explicó Sadedin al jenízaro —. Se está extendiendo por todas partes. ¿Te gusta?

—Sí, bastante —respondió el jenízaro—. Te hace hervir la sangre.

El poeta volvió a dar un trago de la botella. Más allá se mezclaron con un grupo variopinto en el que hablaban a grandes voces, como en el mercado.

—Estos son acaparadores o coleccionistas, como se les llama ahora — dijo Sadedin. Le explicaba al jenízaro que aquel año había aparecido toda una amplia variedad de ellos. Existían coleccionistas de muelas, de dedos, de trenzas, de orejas, de uñas, de pestañas. Una vez finalizada la batalla, se lanzaban como cuervos sobre los cadáveres y llenaban sus cestas para luego vender el botín a la gente acaudalada en las grandes ciudades. Las más caras eran las colecciones de orejas.

Generalmente, pasaban la víspera de la batalla discutiendo con ardor de su negocio, hacían cálculos y previsiones sobre las fluctuaciones de los precios, la evolución de los gustos de los compradores ricos. Obligados a permanecer ausentes de las grandes ciudades durante largas temporadas, a menudo no sabían bien cuáles eran las piezas más en boga en cada momento.

—¿Quieres otro trago? —le preguntó Sadedin al jenízaro. Sin responder, Tuz Okchan tomó la botella que le tendía el poeta y dio un trago. En torno imperaba tal confusión que nadie reparaba en ellos.

—¿Adónde vamos? —preguntó Mevla Chelebi.

—Por ahí —respondió el poeta—. Adonde nos conduzcan nuestros pasos.

—Pásamela otra vez.

El poeta sacó de nuevo la botella. Estaba casi vacía.

—Tienes un nombre muy bonito —le dijo este al jenízaro aproximando la boca a su oído—. ¡Tuk Okchan! En cambio, yo ya estoy harto del mío. Todos me llaman Sadedin el Ruiseñor, pero yo, en cuanto acabe esta guerra, me lo voy a cambiar. ¿Sabes cómo me llamaré a partir de entonces? Sarperkan Tok Kellech Ollgunsoy. ¿Te gusta?

—Sarperkan, malasangre —dijo el jenízaro—. Sí, me gusta mucho.

Hacia la izquierda había gente que corría. Se oyó un alarido.

—Una riña —dijo el astrólogo—. Vayamos a ver.

Se aproximaron a la muchedumbre.

—¿Qué ocurre aquí? —le preguntó Sadedin a un jenízaro. El otro se encogió de hombros. Se introdujeron entre el montón de soldados, que les abrían paso nada más ver las extrañas vestimentas del astrólogo y del cronista. Acababa de producirse una pelea entre dos serdengestlers y un grupo de akenyis.

—¿Serdengestlers? —preguntó Tuz Okchan—. ¿Dónde están?

—Aquellos dos de allí —dijo un azape—. A punto han estado de matarse a cuchilladas.

En la escuela de jenízaros, Tuz Okchan había oído hablar en numerosas ocasiones de los famosos tabores de soldados suicidas o «soldados de la muerte», como se les llamaba por lo común, quienes, cuando se lanzaban al ataque, tenían como regla no regresar más que victoriosos. Por vez primera estaba viendo con sus propios ojos a dos de ellos.

—Son egregios —dijo Sadedin con admiración—, más incluso que los dalkeliches.

—Los encuentro un poco presuntuosos —objetó el astrologo.

—Eso es debido a los justos privilegios que se les conceden como soldados de la muerte —replicó Sadedin.

—¿Es verdad que tienen como regla no regresar? —preguntó Tuz Okchan.

—Verdad —respondió tajante Sadedin—. Si vuelven sin la victoria, son despedazados por sus propios compañeros… Yo asistí en cierta ocasión a una degollina semejante. ¡Ojalá no tenga que volver a presenciarlo!…

—Podría volver a desencadenarse la trifulca —dijo Mevla Chelebi—. Será mejor que nos larguemos de aquí.

Entre la multitud se oyeron voces de «Que viene el chausbash, que viene el chausbash».

El jefe de campo se acercaba a caballo, seguido de un grupo de sus hombres.

—Ahora los cargará de cadenas —dijo un ingeniero.

Sadedin se volvió bruscamente.

—¿Quién es el animal que se imagina que puede encarcelarse a un soldado de la muerte?

—Yo —dijo el zapador.

—Vaya, hasta los paleros se atreven ya a dar su opinión.

—Prefiero cavar zanjas a tener los huevos cortados —respondió el zapador, que, a causa de sus vestimentas, parecía haberles tomado por eunucos.

En la semioscuridad se oyeron risas.

—¡Ven a probar mis cojones, miserable despojo de albañal! —gritó Sadedin.

Mevla Chelebi le tiró de la manga.

—Vamos, Sadedin, a qué te mezclas con un patán.

—Tienes razón, vayámonos —se adhirió el astrólogo.

Por allí cerca resonaron de nuevo los cascos de los caballos y una voz gritó: «¡Atrás!», «¡Cierra tu sucio hocico!».

Al parecer, la trifulca se había reproducido más allá.

—Los están apaleando, por mi honor —gritaba alguien—. Se están cebando en ellos.

—Vámonos de aquí —volvió a insistir el astrólogo.

Se alejaron sin volver la cabeza atrás.

La luna llena se encontraba ya en lo alto del firmamento, haciendo palidecer la luz de las hogueras. Un intenso fragor se alzaba del bullente campamento. Los soldados se agitaban en todas direcciones y tropezaban unos con otros. Quienes se cansaban de escuchar los rezos de los hoxhas iban a contemplar las danzas de los derviches; luego, hartos del espectáculo, acudían a escuchar las arengas de los sheiks. Sadedin se detuvo ante un grupo y se puso a recitar su poema con voz potente, casi aullando.

—Muy hermoso —le dijeron a una el cronista y el astrólogo—. Te hace hervir la sangre.

—Eso es justo lo que pretendo. Inflamar la sangre de los soldados — gritó Sadedin, y se bebió lo que quedaba en la botella—. Hay poetas lacrimosos que se complacen murmurando durante el día entero versos sobre los pajarillos y el paraíso. Yo deseo servir al gran Badijá. El infierno de la guerra, eso es para mí el paraíso.

Ya no sabían muy bien dónde se encontraban. En aquella zona los hombres hablaban lenguas incomprensibles.

—Son las tropas del Cáucaso —dijo Mevla Chelebi.

—¿Qué has dicho? Habla más alto —gritó Sadedin.

—¿Regresamos? —dijo el astrólogo—. Creo que nos hemos alejado demasiado.

Retornaron, abriéndose paso con dificultad entre la turbamulta. En torno a las grandes hogueras, los veteranos les relataban a los jóvenes reclutas episodios guerreros y actos de heroísmo.

En la penumbra de una gran tienda, unos cuantos hombres, apartados de la confusión, estaban tumbados en el suelo. Con las cabezas apoyadas en las hachas cortas, entonaban la misma melopea triste y reptante. Era la segunda vez que el cronista escuchaba aquella cantilena. Se trataba al parecer de un canto de reciente composición aparecido en algún lugar de los confines del imperio, de donde procedían por lo general las canciones más tristes. Volvió la cabeza hacia el lugar de donde procedía la voz, pero los rostros de los soldados permanecían sumidos en las sombras. El fragor de los tambores y otros ruidos no le permitían distinguir lo que decía la letra. Mientras se alejaba, su oído pudo captar un verso suelto:

 

Oh, mundo, mundo, perverso mundo…

 

Erraron durante largo rato sin objeto entre el tumulto, sin intercambiar más que alguna rara palabra, pues cualquier intento de hacerse entender exigía un gran esfuerzo.

—Escucha, creo que alguien está hablando de las mujeres del país — dijo el jenízaro Tuz Okchan sujetando al poeta por la manga. Aminoraron el paso. Era verdad. Un sheik peroraba con voz resonante sobre las mujeres albanesas. Era el mismo al que habían escuchado antes hablar de las banderas.

—Despojaremos a sus mujeres y a sus hijas de sus vestidos blancos y desvergonzados y las vestiremos con el noble manto negro bendecido por la religión. Cubriremos con un velo sus rostros y sus ojos cargados de malicia con los que ahora miran licenciosamente a los hombres y se ofrecen a sus propias miradas.

Tuz Okchan no conseguía apartar de su mente las palabras de Sadedin sobre el vientre de la mujer. Nunca había experimentado un deseo tan abrasador. Al parecer, la proximidad del combate exacerbaba como ninguna otra cosa la búsqueda del goce de los sentidos.

—Los ojos, lo mismo que el cabello, son la parte más lasciva y más embrujadora de una mujer —continuaba el sheik con voz ronca—. Los ojos sin velo de una mujer son más fascinantes que su cuerpo desnudo…

Ignorando por qué, Tuz Okchan sentía deseos de echarse a llorar. En toda su vida no había escuchado tantas obscenidades como a lo largo de aquella campaña. Pero nada le había conmovido tanto como las palabras de Sadedin.

—… Al despojarlos de sus usos bárbaros y hacerles entrega de nuestras espléndidas tradiciones, apartaremos sus almas de la mala senda — proseguía el sheik—. Y después de las almas les llegará el turno a los cuerpos.

El jenízaro se sintió de nuevo a punto de echarse a llorar. Estaba a punto de colgarse del brazo de Sadedin para preguntarle: ¿Y qué se hará con su nido de golondrina? Como un negro y ensortijado torbellino, ese nido absorbía ahora todos sus pensamientos.

—Eso será inevitable —dijo Sadedin acercando los labios a la oreja del jenízaro.

—¿Qué?

—La sustitución de las costumbres… Poco a poco, año tras año, sus vestimentas y sus costumbres irán cayendo del mismo modo que las flores del manzano. Se acomodarán a nuestros usos, a tal punto los harán suyos que, incluso si llegara un día, Dios no lo quiera, en que nosotros abandonáramos estas tierras, les resultará doloroso romper con nuestro recuerdo.

El poeta continuó murmurando su monólogo durante largo rato. Tenía una voz hermosa y vibrante, pero los mil sonidos y el estruendo de los cañones le impedían a Tuz Okchan escucharle. Los rostros de los derviches ennegrecían y palidecían alternativamente bajo la luz de la luna. El círculo de soldados, fascinados por la danza, hacía entrechocar las manos al ritmo de los tambores e incorporaba sus propios gritos al coro de los derviches. Muchos de los danzantes caían a tierra, y solo una parte conseguía volverse a levantar. Arrastraban las posaderas por el suelo, gimoteaban. Otros quedaban tendidos boca abajo, inmóviles, como atacados de catalepsia. En algún lugar, no se sabía bien en qué dirección, alguien lanzaba agudos alaridos. Unos soldados, envueltos en sudor o tal vez en lágrimas, se echaban de pronto a reír a carcajadas. Otros corrían sin rumbo.

—¡Qué noche tan maravillosa! —exclamó Sadedin, y, tras llevarse por última vez la botella vacía a los labios, la arrojó a los pies de la multitud.

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Lo que les fue dado presenciar anoche a nuestros ojos, en vísperas del asalto, fue más aterrador que cualquier batalla, incluso que cualquier mortandad. Cuando, ya en la oscuridad, oímos sus tambores, creímos que, contraviniendo todos los principios de la guerra moderna, iban a lanzar un ataque nocturno. Muy pronto comprendimos que, tras dar por terminados los preparativos del asalto, estaban procediendo a exaltar la moral de sus tropas.

Poco después del primer tam-tam, el espectáculo resultaba ya insoportable. Ni las orgías de los tiempos ancestrales, cuyo recuerdo se nos ha transmitido de generación en generación, ni las noches de carnaval en nuestras aldeas, nada podía compararse a semejante frenesí. Gritos, aullidos, rezos, arengas, danzas, sacrificios voluntarios, algo próximo a escenificaciones teatrales en el curso de las cuales, como debimos averiguar más tarde, cabezas cortadas disparataban en pleno delirio, soldados imitando a los búhos, maldiciones, conjuros, amenazas y de nuevo clarines y redobles desenfrenados de tambor, todo eso ascendía hasta nosotros como un efluvio mefítico.

La luz de la luna parecía ofuscarlos y embriagarlos cada vez más. A nuestros pies se extendía Asia con todo su misticismo y su barbarie, el foso y las tinieblas que se preparaban para engullirnos a todos.

Un hálito insalubre soplaba sobre nosotros desde allí abajo. Por mucho que rezamos ante la imagen de Nuestra Señora, sentíamos el abatimiento invadir nuestros espíritus. La cruz que se alza sobre la capilla se nos antojaba pálida, como blanquecina a causa del horror. Pero ese sentimiento no debilitaba en nada nuestra resolución de combatir hasta el final. Por el contrario, estábamos más convencidos que nunca de que la muerte sería para nosotros algo más dulce que las tinieblas y la perversidad que se desplegaban allá abajo.

Nuestro abatimiento tenía sobre todo otro origen: su número. Eran como los granos de arena de una playa. Y se empeñaban en extender tanto su imperio como para que el sol jamás se pusiera en él. Dicho de otro modo, que el día y la noche estuvieran juntamente contenidos en el interior de sus límites. Ellos creían que cuando esto llegara a suceder (cuando hubieran conseguido atar «a la tigresa amarilla y a la loba negra con la misma cadena»), imperarían también sobre el tiempo.

Sería realmente el fin del mundo. El día de nunca jamás, según se dice entre nosotros.

Hacia la medianoche, el fragor cesó para dejar paso a un silencio de muerte.

Aún no acababa de rayar el alba cuando la torre oriental dio la alarma. Los centinelas habían percibido movimientos sospechosos alrededor de los cañones, así como llamas de antorcha. De acuerdo con las instrucciones, los nuestros abandonaron a todo correr sus viviendas para reunirse en los refugios profundos. Allí les imploramos con gran fervor a Jesucristo y a la Virgen María, hasta que un estruendo apocalíptico pareció hendir el cielo y la tierra juntos. Inmediatamente después, una sacudida infernal hizo temblar el suelo. Alguien gritó: «¡La nueva arma!». Algún otro dejó escapar un aullido.

Luego se oyó un ruido de pasos apresurados corriendo Dios sabe dónde. La guerra había comenzado.

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