El cerco

Ismail Kadaré · Capítulo 15 de 16

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El cerco

Capítulo decimocuarto

 

 

Hacía un calor sofocante en el interior de la tienda. El cronista escribió aún con esfuerzo unos cuantos renglones y apoyó la frente en su mano. No conseguía trabajar. El estruendo de los cañones dispersaba sus pensamientos como bandadas de cornejas. Por enésima vez leyó la frase inacabada. «En la marejada del combate, los cocodrilos se abalanzaron sucesivas veces contra los muros, pero el destino…». La marejada del combate. Pensó que la expresión constituía un buen hallazgo, pero continuaba albergando ciertas dudas sobre la palabra «cocodrilos». La marejada remitía ante todo al mar, y los cocodrilos, como era bien sabido, no vivían sino en los ríos, de modo que para que la frase fuera congruente debía decir: «En el río del combate, los cocodrilos», pero la imagen del río no poseía la fuerza de la «marejada» que, recordando el mar, su fragor, sus olas continuas y su furia repentina, expresaba bien la idea de la batalla. Le resultaba más fácil sacrificar la palabra «cocodrilos» que la expresión «marejada del combate». Por otra parte, al principio, en busca de una imagen que representara a los soldados braceando en esas olas, había repasado mentalmente infinidad de criaturas marítimas, pero ninguna de ellas le había parecido acorde para aquellos gloriosos combatientes. La palabra «pez» resultaba floja y suave; «tiburón», pérfida y rapaz; «ballena», torpe, y «pulpo», repulsiva. Mientras que los cocodrilos, tanto por su fuerza como por su peligrosidad, podían ser propiamente comparados con los soldados encaramándose a las murallas del castillo. Tanto más cuanto que las duras e impenetrables escamas de que estaban recubiertos recordaban a las corazas.

«En la marejada del combate, los cocodrilos se lanzaron repetidas veces contra las murallas, pero el destino…». La frase era difícil de rematar y a él le dolía la cabeza. Estuvo tentado de escribir: «… el destino no les sonrió», pero el verbo «sonreír» se le antojó impropio. ¿Cómo se iba a hablar de sonrisas en mitad de aquella horrible mortandad? Dejó la pluma y contempló pensativo las páginas de la crónica, repletas de su escritura inclinada por la vejez. Eso es lo que quedaría más tarde de toda aquella sangre vertida bajo el sol abrasador, de los millares de heridas atroces, del estruendo de los cañones, del polvo ocre durante las caminatas agotadoras, del interminable y delirante flujo y reflujo de los atacantes sobre las murallas, de las escaladas bajo la pez y las flechas, de las caídas al pie de los muros, y de nuevo la ascensión al costado de compañeros a los que ya no se reconoce porque su rostro está mutilado por los golpes. Eso sería todo lo que quedara de la piel curtida de los soldados, sobre la que el metal afilado, la piedra, la pez y el azufre componían monstruosas figuras que, una vez terminada la guerra, continuarían transformándose como dotadas de vida propia. Y finalmente, eso sería todo lo que quedara de aquella multitud de tiendas que, una vez levantadas, dejarían en unas pocas semanas sobre el campo millares de huellas, como si aquella tierra hubiera sido inundada por un inmenso tropel de extraños animales. Luego, como había dicho el intendente, esos vestigios serían lentamente desfigurados por la lluvia y el viento invernales, y al llegar la primavera crecería entre ellos la hierba, millones de diminutas briznas de hierba, ignorante de todo lo que sucede en este mundo.

Chelebi cubrió las hojas de su crónica con un cartón, se levantó y salió. El cielo estaba nuevamente cubierto de nubes. Soplaba un viento tórrido que impedía respirar. De cuando en cuando levantaba una densa polvareda que envolvía las tiendas. Tendidos junto a ellas, los soldados no hacían el más leve esfuerzo para protegerse. Resignados y polvorientos, esperaban que el redoble del gran tambor anunciara la llamada a los tabores. Debía de ser el quinto asalto que se lanzaba en una semana. Ni aun los más curtidos veteranos guardaban memoria de tal frenesí ofensivo. A estas alturas ya todos sabían que cuanto más densas fueran en el cielo las nubes anunciadoras de la lluvia, más brutales y reiterados se tornarían los asaltos.

El cronista vagó durante largo rato por el campamento sin encontrar a nadie conocido. Entre el bochorno asfixiante observaba las caras anónimas, rígidas, de los soldados y los oficiales. Sus ojos parecían agotados, presos de una extrema laxitud. El polvo que se alzaba de la tierra reseca parecía tender sobre todas las cosas un velo de indiferencia. Ni siquiera el pabellón de Tursun bajá, ante el cual los soldados contenían habitualmente el paso para admirar el alto mástil metálico rematado por la media luna de cobre, viejo emblema del Imperio Otomano, tampoco la tienda que se alzaba a su lado, la única de color lila, que decenas de miles de soldados habían sentido suspendida como una temblorosa bruma malva sobre el océano de sus deseos lúbricos, atraían ahora la atención de nadie.

El bramido de los cañones inundaba una y otra vez el espacio todo en torno.

Todo permanecía a la espera.

Finalmente, el cronista distinguió una cara conocida, la del jenízaro Tuz Okchan. Chelebi se alegró en principio, pero percibió enseguida la extrema palidez de su rostro. Caminaba despacio y lo que más sorprendió al cronista fue que iba escoltado por un soldado armado.

—Tuz Okchan, ¿qué es lo que te ha sucedido? —preguntó.

—Nada —respondió el jenízaro—. Me llevan al hospital.

—¿Al hospital, bajo escolta? Pero espera, tú no has participado en el último asalto, ¿verdad?

—Justamente sí que he participado —respondió el jenízaro con una sonrisa amarga—. Y allí, no sé muy bien cómo, al rasgar con el cuchillo aquella maldita cesta de ratas, me hice un arañazo.

En los ojos del cronista relampagueó el miedo. El jenízaro lo agarró de la manga.

—Mevla Chelebi, tú eres amigo de Siri Selim —le dijo en tono implorante—. Dime la verdad, ¿de qué enfermedad estaban infectadas las ratas que soltamos durante el ataque? Él debe de saberlo bien.

El cronista se encogió de hombros.

—Te lo juro, yo no sé nada.

—¿No será la peste? —preguntó con angustia el jenízaro.

—¿La peste? ¿Estás en tus cabales? De ninguna manera, Tuz Okchan. ¿Cómo se te ha podido ocurrir algo semejante?

—¡Me siento tan mal! —gimió Tuz Okchan.

Chelebi no sabía qué otra cosa decirle. El jenízaro, seguido por el guardia, se alejó sin despedirse. El cronista se alegró por la brevedad del encuentro y partió en dirección contraria, temiendo que el otro volviera sobre sus pasos. El hecho de que fuera acompañado por un guardia le pareció de mal augurio. Había oído mencionar el destino que esperaba a los primeros soldados afectados por la epidemia. Más allá de la «yacija» había unas cuantas barracas rectangulares, rodeadas de tierra encalada, donde se los confinaba hasta su muerte.

Otro que está ya listo, se dijo el cronista. Como Sadedin, como el astrólogo. Recordó la víspera del primer ataque, cuando los cuatro bebían rakí de la misma botella. Aquella noche le pareció muy lejana, como perteneciente a otro mundo.

Mientras caminaba con la mente en otra parte, se encontró de nuevo en la explanada que se extendía ante la tienda del bajá. Como siempre, los centinelas inmóviles flanqueaban la entrada con las lanzas en las manos. Una tolvanera envolvió por unos instantes los rostros de los guardias, las lanzas y el emblema de bronce. Impulsada por el viento, la ardiente nube amarillenta de formas cambiantes lo envolvió todo sin hacer distinciones entre las cosas que cubría, diseñando extrañas figuras sobre la superficie de la tierra que hacían pensar en la noche de los tiempos. Mevla Chelebi sintió que en su cabeza se engendraban de forma confusa peligrosas asociaciones de ideas y, tratando de ponerles fin, dio media vuelta. Pero justo en ese instante vio a varios miembros del consejo de estado mayor que se dirigían hacia la tienda del comandante en jefe. Tras ellos apareció el muftí, acompañado de uno de los beyes territoriales. Sus ordenanzas, que permanecieron en el exterior, se tendieron a un costado sobre la hierba.

Otra vez asamblea, se dijo el cronista, y no se movió de donde se encontraba. El intendente general llegó solo. Caminaba pensativo y no reparó en él al pasar a su lado. También Kara-Mukbil, que pasó a continuación, parecía sombrío. Se decía que había vuelto a resultar herido en el asalto de dos días antes. Luego, tras Saruya y dos beyes de los sanjacados, llegó Kurdisyi, sostenido por los brazos por sus dos asistentes. Por primera vez, su cabeza adormilada de tintes rojizos parecía amarillenta, casi blanca. Acababa sin duda de levantarse del lecho y su presencia en la tienda del comandante en jefe, pese a la gravedad de su estado, era indicio de que la asamblea debía de ser muy importante. Los cañones no cesaban de tronar.

Uno tras otro, entraron en la tienda el mudo Tahanka, Karaduman, Tabduk agá, Aslanhan y Kurtdogmuz. El allajbey llegó solo. Tras él, haciendo muecas de dolor, lo hizo el viejo Tavya. Prácticamente todos parecían abatidos. Solamente el rostro del arquitecto, que hizo acto de presencia en último término con un paso perfectamente regular, evidenciaba su impasibilidad acostumbrada.

La columna de polvo que se agitó ante los ojos del cronista no consiguió enturbiar sus pensamientos. El imperio era poderoso. Continuaba siendo colosal, incluso en la adversidad. La medialuna de los osmanlíes viviría por los siglos de los siglos. Los hombres vigorosos y capaces deliberaban. Ellos encontrarían una solución. No renunciarían con facilidad a la fortaleza. Ahora, sus graves palabras resonaban como el batir de las espadas en el combate, y el escribiente las ponía sobre el papel. Un amargo sentimiento de envidia le laceró de pronto. Se volvió por segunda vez con intención de alejarse cuando sus ojos se toparon con la alta figura de Siri Selim. Permanecía en pie, inmóvil, derecho como una columna, unos pasos más allá de la tienda. Parecía no haberle visto, y eso puso al cronista en un aprieto. No se atrevía a marcharse sin saludarlo por temor a que el médico sí hubiera reparado en él. Por otra parte, tampoco se sentía inclinado a tomar la iniciativa de dirigirse a él, con mayor motivo cuando, aquel día, su largo rostro de ojos enrojecidos por el insomnio resultaba particularmente intimidante. Decidió permanecer allí hasta que el médico diera muestras de haberle descubierto. Siri Selim parecía petrificado. En cierto momento, el cronista tuvo incluso la impresión de que se había quedado dormido de pie y que de un instante al otro se iba a caer al suelo.

Finalmente, el médico le vio. A su rostro demacrado afluyó de pronto la sangre.

—Están deliberando —dijo alargando la mano en dirección a la tienda.

El cronista asintió con la cabeza.

—A mí no me han convocado —añadió Siri Selim. El tono rojizo de su cara y de su cuello, a trechos, se transformaba en violáceo—. Están descontentos conmigo —gritó casi.

El cronista echó una mirada temerosa a su alrededor.

—Ellos querrían que todo se hiciera en un abrir y cerrar de ojos, pero de ese modo no se consigue nada. Hablando con sinceridad, yo no depositaba grandes esperanzas en los conejos, los sapos y los perros. Pero las ratas… —su voz casi se quebró de la emoción—. No te lo oculto, Mevla Chelebi, las ratas me han decepcionado profundamente.

El cronista no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Aquella estantigua temible, capaz de descuartizar a un hombre ante los ojos de todos, estaba a punto de echarse a llorar!

—Las pobres, tal vez no tengan ninguna culpa… Debieron de ponerles trampas, y a saber lo que tendrían que padecer antes de entregar el alma. Hasta es posible que consiguieran transportar la epidemia que les confié, pero qué quieres…

Se repuso. Su voz volvió a reafirmarse y uno de sus ojos se veló.

—Qué quieres —repitió—. Todo ese esfuerzo por una simple enfermedad. No me lo permitieron, Mevla Chelebi. Si no hubiera tenido las manos atadas, habrías visto de lo que soy capaz… Pero te voy a confiar un secreto, apreciado amigo. Le he escrito una carta al Badijá. «Confíame la peste, soberano mío». ¡Eso es lo que le he escrito!

El cronista sintió un estremecimiento recorrerle la espina dorsal. Se acordó de Tuk Okchan y de los rumores sobre los dos temibles azotes.

—Pero el poder se obstina en no permitirlo —continuó el médico—. Me han hecho infinidad de objeciones. No me confían a ninguna de las dos grandes señoras: ni la peste ni el cólera. ¡Seguramente se las guardan para ellos!

El cronista aprovechó un largo suspiro de su interlocutor para preguntarle qué otras enfermedades había enviado «allí». El médico las enumeró, pero las denominaciones de la mayoría le resultaban desconocidas. Algunas de ellas corroían las entrañas, otras dos o tres causaban la ceguera, una enloquecía.

—Pero qué quieres —suspiró Siri Selim—, estas son, como te decía, epidemias corrientes. Las dos grandes señoras de las que te he hablado son algo por completo diferente. Esas te aniquilan, no se limitan a provocar fiebre y vómitos —suspiró y sus ojos comenzaron a brillar, como iluminados desde el interior—. Una rata portadora de peste… Ah, si me dejaran… Se la enviaría engalanada como una novia, con un vestido de siete colas… ¿Tuerces el gesto, cronista?

—Oh, no, Siri Selim. Cómo puedes decir eso…

El rostro del médico se tornó brutal. Su tinte rosáceo se oscureció todavía más.

—¡Sí, eso es lo que dices, pero estoy seguro de que en tu crónica te guardarás muy bien de escribir una sola palabra sobre las ratas! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones.

Los cañones volvieron a tronar uno tras otro y Siri Selim, quién sabe por qué, le volvió de pronto la espalda y comenzó a alejarse a grandes zancadas. Pero el alivio de Mevla Chelebi fue de corta duración. Al cabo de un instante el médico se detuvo, volvió la cabeza y le gritó desde lejos:

—¿Sabes tú lo que hago yo con tus crónicas? ¿Quieres saberlo?

En este punto pronunció dos palabras que dejaron aterrado al historiador.

Nunca, a lo largo de toda su existencia, había escuchado con tanta frecuencia y conjugada en las formas más inesperadas la palabra «trasero» como a lo largo de aquella expedición. Muchas veces había aparentado no oírlo, incluso cuando los jóvenes reclutas, sin motivo alguno, le trataban en sus mismas narices de «viejo culón» o, todavía peor, cuando desde la penumbra le llegaban ofertas vergonzosas como: «Qué, viejo, ¿quieres culo?». Se había consolado con la idea de que, si hubieran conocido la misión que tenía encomendada y cómo velaba por ellos, se habrían arrepentido de dirigirse a él en esos términos. Se había tranquilizado todavía más al comprobar cómo un hombre tan eminente como Saruya, contagiado al parecer de esa fiebre general, no perdía ocasión para gritar que, cada vez que iba a hacer sus necesidades, no pensaba más que en limpiarse con la barba del muftí. Pero ahora, un hombre instruido, un cofrade en suma, con estudios superiores, le estaba diciendo a la cara, sin bromas, que él deseaba hacer con su crónica lo mismo que soñaba en hacer Saruya con la barba del muftí…

Apenado, con las rodillas temblorosas, Mevla Chelebi se alejó en la dirección opuesta.

Entretanto, en la tienda del comandante en jefe, la reunión acababa de comenzar. Uno tras otro, los comandantes rendían cuentas sobre el estado de sus tropas.

De pronto, en el silencio que siguió a uno de los informes, el viejo Tavya dejó escapar un breve grito de dolor y se llevó las manos a las piernas.

—¡Me duelen los huesos! —gritó.

Quiso decir algo, pero pareció arrepentirse, y el silencio se hizo más profundo. Todas las miradas resbalaron oblicuamente en dirección al bajá. Todo el mundo estaba al corriente de que Tavya padecía de reúma y su gemido significaba que sus miembros cortos y deformes de veterano presagiaban lluvia. «Me duelen los huesos: va a llover». Solo la mitad de la frase que él había repetido centenares de veces a lo largo de su vida anunciando un cambio de tiempo tuvo ahora resonancias funestas.

Los ojos de Tursun bajá parecían velados por una película de hielo.

En realidad, no escuchaba lo que decían. Espiaba únicamente cómo sus miradas se apartaban nada más encontrarse con la suya.

Era consciente de que esa reacción era el primer signo, infalible, de que, a partir de ese momento, ellos habían desvinculado su destino del suyo. Allí estaban ante él, sentados en semicírculo uno al costado del otro con muy pocas ausencias, con las sartas entre los dedos, exhibiendo como siempre sus distintivos y condecoraciones. Se acordaba del día, la pasada primavera, en que, mientras se ocupaba de los preparativos de la expedición, leyó por primera vez la lista del consejo de estado mayor que le presentó el gran visir. A una parte los conocía personalmente, de algunos había escuchado únicamente los nombres, el resto le resultaban desconocidos. Las biografías de todos eran ricas en expediciones numerosas, guerras terribles, asedios, heridas, altos y bajos en la carrera, nombres de castillos tomados al asalto o por medio de estratagemas, nombres de enemigos vencidos o regiones invadidas en las que la hierba ya no volvería a crecer. Tuvo entonces la esperanza de que se entenderían, lo que siempre resultaba fácil entre personas capaces. Y al principio lo habían hecho realmente. Pero he aquí que, antes de lo que cabía esperar, había llegado la hora de las miradas huidizas. Y, al contrario de lo que habría podido imaginar, era él quién se sentía ahora corroído por la envidia.

Aquella campaña llegaba a su fin y, comoquiera que acabara, ellos continuarían con sus carreras, participarían en nuevas expediciones, alzarían otra vez sus tiendas ante fortalezas hasta ese momento desconocidas, ascenderían, descenderían y volverían a encaramarse en la escala jerárquica. Pero él no. Su camino se bifurcaba ante aquellos muros: o bien ascendía a lo más alto o bien se precipitaba al abismo. Esto lo sabían ellos tan bien como él mismo; por eso sus ojos buscaban los rincones de la tienda, lo más lejos posible de su propia mirada, y por eso también se hizo el silencio en la tienda cuando los miembros deformes del viejo Tavya (a Tursun bajá se le antojaron monstruosamente cortos) presintieron la lluvia. De pronto le pareció que ellos no solamente no la temían, sino que la deseaban. Estaban cansados y esperaban con impaciencia el momento de regresar a sus harenes. Sentían, al parecer, que aquella guerra estaba perdida. A sus ojos, el comandante en jefe se tornaba más peligroso cada día que pasaba. Como un náufrago que se aferra a todo lo que pueda servirle de tabla de salvación, podía arrastrarles con él al abismo.

Poco a poco, minuto a minuto, lo iba comprendiendo todo. Ellos pretendían desvincularse de él. Dejarle caer. Pero él era aún su comandante y no se despegarían tan fácilmente. Él les enseñaría lo que era capaz de hacer un verdadero jefe en una situación desesperada. Ellos esperaban la lluvia. Como idólatras, contemplaban con veneración los miembros repulsivos de Tavya que la habían anticipado. Aguzaban furtivamente el oído esperando percibir el redoble de los tambores de la lluvia. Muy bien. Él cumpliría su deseo. Les daría lluvia. Los rociaría de pies a cabeza, los empaparía hasta que dijeran basta. Aunque se iba a tratar de otra clase de lluvia…

Afuera resonó el toque de llamada a los tabores. Su estruendo sordo se extendía por oleadas y lo dominaba todo.

Finalizó la última intervención. Tursun bajá paseó la mirada por sus rostros herméticos. Anunció brevemente que el ataque daría comienzo poco después. Dijo que la totalidad de las tropas serían lanzadas al asalto en oleadas sucesivas. Luego, en tono seco, añadió que nadie debía imaginar que el inicio de las lluvias interrumpiría los ataques. Él sabía perfectamente que con la caída de la primera gota todo estaría irremediablemente consumado, pero deseaba estrujar sus espíritus al máximo, y a duras penas se contuvo para no gritarles que él no era de los que se dejaban abandonar impunemente. En lugar de eso, alzando la cabeza de forma amenazadora, hizo saber:

—Hoy, yo tomaré parte en el combate.

Se hizo el silencio. Todos comprendieron el sentido de estas últimas palabras. Les hacía saber con claridad que todos ellos, sin excepción, desde el muftí hasta el arquitecto, deberían tomar parte en la batalla. Una sonrisa brotó en el rostro del viejo Tavya.

—Que se anuncie a las tropas que los miembros del consejo participarán personalmente en el combate —dijo el bajá, y se puso en pie.

Todos salieron uno después del otro, haciendo sendas reverencias.

El gran tambor de llamada ya no resonaba. Uno de los ordenanzas del comandante en jefe traía su caballo blanco de la brida.

Entretanto, los tabores estaban ya congregados al completo. La extensa planicie aparecía repleta de tropas hasta donde se perdía la vista. Nunca aquel ejército había alineado para el ataque a tan gran número de soldados. El viento caliente hacía ondear los innumerables estandartes y parecía esforzarse por justificar todas las imágenes y parangones que esos emblemas habían inspirado hasta entonces a los poetas y los cronistas.

Tursun bajá salió de la tienda. Alzó la cabeza y contempló las nubes que se agitaban de forma caótica en el cielo. Estaban bajas y cargadas. Montó a caballo y, acompañado por sus ayudantes y asistentes, se dirigió al estrado desde el que seguía habitualmente el desarrollo de las operaciones. Nada más llegar dio la orden de ataque alzando como siempre la mano derecha, la que llevaba el anillo. El mundo se llenó de inmediato de sonidos familiares. Sus ojos cansados siguieron con menosprecio el primer aluvión de las tropas irregulares voluntarias, luego el segundo, a continuación las oleadas sucesivas de los azapes. Todo era como de costumbre, solo que el número de tabores era mayor y el aire parecía más enrarecido. Las formaciones llegaron al pie de las murallas y de aquella riada humana se elevaron hacia lo alto centenares de escalas, como centenares de miembros de madera, que se apoyaron despacio, como en un sueño, sobre los muros. Luego, entre el extenso mar de los azapes, afluyeron los torrentes desatados de los eshkinyis, que se abalanzaron como de costumbre sobre la pared. Todo era como las veces precedentes, y esa sensación de que todo se repetía, en lugar de tranquilizarle, provocó angustia en el alma del bajá. Impartió una orden. Luego otra. Más tarde una tercera. El oficial que había transmitido la primera regresó. Luego lo hizo el segundo. El tercero, al llegar, tenía expresión sombría.

Allá en las murallas era palpable que la muerte había entrado ya en acción. Siempre se percibía su primer golpe de hoz, que recorría como un estremecimiento todo el cuerpo del ejército. Luego este se iba tornando cada vez más insensible, hasta que llegaba un instante en que parecía entumecerse a medida que los golpes que encajaba eran más numerosos, más duros.

Sabía bien todo esto, al igual que sabía respetar por instinto el orden natural de las cosas, su necesaria sucesión.

Los destacamentos de los jenízaros se pusieron en movimiento, imponentes como siempre, agitando por encima de sus cabezas todo un firmamento de estrellas y medialunas. ¿No los había lanzado un poco prematuramente?

Tursun bajá sacudió la cabeza como si quisiera expulsar de ella alguna clase de aturdimiento. Todo se cumplía con arreglo al ritmo debido, solo que en su cerebro se habían formado una suerte de puntos fijos que le provocaban una percepción acelerada del tiempo.

Casi sorprendido, siguió con los ojos el avance de los tabores de élite de los dalkeliches, como si no fuera él quien había dado poco antes la orden de su entrada en liza.

Se frotó la frente con la mano y a punto estuvo de gritar en alta voz: ¡No hay ninguna prisa! Daba esa impresión porque una especie de languidez parecía flotar en el aire.

Los soldados de la muerte… Estos se encontraban aún en su cerebro, allí donde todo comenzaba, ellos mismos o, más que nada, su himno: «Somos los novios de la muerte…». Aquel día, como nunca antes, sentía lo semejante que era su destino al de ellos. «Hemos firmado un pacto con la muerte», se repitió mientras decía en alta voz:

—¡Los serdengestlers!

Después de ellos no quedaba más que el pináculo del templo, él mismo.

Hizo una seña a su asistente de que le entregara el yatagán y el escudo, se bajó la visera del casco y cabalgó al galope corto en dirección a la muralla seguido por sus ayudantes y por un escuadrón de hombres del desierto.

Sentía cómo el ligero galope de su caballo (no oía el sonido de sus cascos debido al estruendo ensordecedor de los tambores) reducía a cada instante la distancia que le separaba del muro. No tenía miedo. Sentía solamente la boca seca y amarga.

Las murallas del castillo se aproximaban con rapidez. Cuanto más avanzaba, mayor se le antojaba su altura y más temibles las grietas de los muros abiertas por los cañones. Por encima, las almenas pétreas, como verdaderos dientes desnudos, devoraban cuerpos de soldados. Allí, entre aquellas piedras implacables, había quedado enganchado y se debatía, ensangrentado, su destino.

La fortaleza corría hacia él. Era la primera vez que la veía tan de cerca. Allí estaban las cortinas negras de brea ondulando ante sus ojos. Cubrían lienzos enteros del muro, trechos de piedra, pero no conseguían cubrir la totalidad de su cuerpo. En primavera, cuando marchaba hacia ella, la había visto en sueños. Se le había aparecido entonces como una mujer, tal vez porque en las viejas crónicas de guerra, deseando los autores tornar aprehensible el deseo de conquista de los gloriosos comandantes, para describir las ciudadelas utilizaban imágenes y términos habitualmente reservados a las mujeres. Así pues, se le había aparecido en sueños como una mujer difícil. Él la abrazaba bañado en sudor, pero ella se negaba a entregarse. Sus murallas, sus torres, sus puertas, sus miembros y sus ojos le obsesionaban, se le escurrían entre los dedos y acababan por envolverle a su vez y cortarle la respiración. Extrañamente, su sexo no era la puerta principal, como se habría podido creer, se encontraba en lo más profundo, al otro lado sin duda.

Los ardorosos vítores de miles de soldados, saludando su llegada al pie de los muros, le sacaron del aturdimiento. Rodeado por sus guardias y por la formación de hombres del desierto, se mezcló con los asaltantes. Las murallas estaban ahora muy próximas. Las cortinas negras de betún se balanceaban de forma siniestra. Centenares de jenízaros, espahíes, azapes, voluntarios, eshkinyis, dalkeliches, muselemes ascendían impetuosos las escalas en llamas.

—¡Hurra! —gritó—. ¡Al asalto!

Su voz no pudo oírse, pero todos vieron el gesto de su mano y, al pie de los centenares de escalas, los soldados libraban ahora un verdadero combate por ser los primeros en llegar a lo alto de los muros. Sabían que de aquellas escalas ensangrentadas, medio calcinadas, pendían los primeros grados de su carrera, los ascensos, la riqueza, los harenes.

Tursun bajá comenzó a experimentar la embriaguez del combate. Los tambores, los estandartes, las mazas, el olor del azufre, las escalas ardientes, las nubes de polvo, los vítores, los aullidos, todo aquel tumulto humeante y ensangrentado lo envolvió, lo poseyó y se le subió a la cabeza como una bebida fuerte. Cabalgó a lo largo de los muros, casi pegado a ellos, escoltado por sus asistentes y sus guardias. Los asediados debieron de reconocerle, pues lanzaron desde lo alto una nube de flechas y de bolas inflamadas. Sus guardias, desguarneciendo sus propios cuerpos, le protegieron creando una pantalla con los escudos. A uno de sus ayudantes, que cabalgaba a su lado, le brotó un collar de sangre en torno a la garganta que no cesaba de crecer. Continuó galopando en medio de los vivas de sus hombres, mezclados con invocaciones al Profeta y al Badijá. De tiempo en tiempo resonaba el nuevo grito: «¡Roma! ¡Roma!». Como un relámpago, recorrió su cerebro la reciente designación del arquitecto o, para mejor decir, el rumor que lo acompañaba, según el cual a él mismo, Tursun bajá, le sería confiada la toma de Constantinopla si regresaba victorioso.

—¡Adelante! —volvió a aullar—. ¡Victoria!

A los pies de las escalas, los soldados se empujaban unos a otros cada vez más furiosamente para llegar cuanto antes a lo alto. Durante el ascenso se veía a veces volar por los aires y caer a tierra escudos, yataganes, incluso pedazos de miembros de los que los asaltantes parecían desembarazarse ellos mismos con el fin de aligerar su carga.

Bruscamente, las murallas comenzaron a girar, las torres se deslizaron aterradoramente por encima de su cabeza, las fúnebres cortinas de betún con las franjas rojas dibujadas por la sangre se ondularon como por efecto de un vendaval y parecieron querer envolverle. Cayó. El cielo ennegreció sobre él. Los guardias crearon de inmediato una cubierta de escudos.

Alguien lanzó un grito:

—¡Han matado al bajá!

Uno de sus ayudantes, el del collar rojo de sangre, se inclinó sobre él.

—Levántame —dijo Tursun bajá—, no estoy herido.

—Es el caballo el que está muerto —dijo otro oficial.

Tursun bajá se puso en pie. Con los pies en el suelo, se vio a sí mismo como en el fondo de un agujero.

—¡Han matado al bajá! —continuaba aullado, aterrada, la primera voz.

Él montó sobre otro caballo que le trajeron al instante y galopó hacia delante. Los guardias le secundaron.

—¡Apártate de los muros, bajá! —le gritó uno de los oficiales—. ¡Los infieles te han reconocido!

La lluvia de flechas procedente de lo alto se tornó más intensa. Pero él no se alejó. Recorrió una vez más al galope la extensión del muro a cuyos pies se libraba lo que se llamaba una guerra. Esta vez había tomado la forma de una presión entre dos masas humanas: la que empujaba desde abajo y la que lo hacía desde lo alto. Semejante a un demonio, esta última, indiscernible tras el humo de la brea, hacía todo lo posible para impedir que la otra ascendiera. La golpeaba sin piedad, la incendiaba, la carbonizaba, le amputaba cientos de manos y de piernas. Pero la atacante no se echaba atrás. Escalón a escalón, trepaba, resbalaba en su propia sangre, se aferraba con uñas y dientes a la piedra y, cuando le cortaban las extremidades, desplegaba al instante centenares de nuevos pies y de nuevas manos que no buscaban otra cosa que ascender, ascender.

Esta pesadilla se prolongó hasta la caída del crepúsculo. Con él, se dejaron oír los tambores del repliegue. Mientras los tabores innumerables llenaban de nuevo el campamento abandonado, el bajá, ya en su tienda, esperaba impaciente el informe de las pérdidas. Aunque no le había dado la victoria, la batalla tampoco podía considerarse perdida. Nunca había llegado sobre las murallas tan gran cantidad de soldados. Como regla, solo un pequeño número de asaltantes entre los que lograban coronar las almenas descendían vivos, pero los que conseguían permanecer allí vendían su piel a un alto precio. Necesitaba varios ataques más como aquel para que los defensores, diezmados por los combates y atormentados por la sed, no estuvieran en condiciones de contener el ataque en toda la línea de defensa. El bajá precisaba también de unos cuantos días más de sequía. Solo unos días. Esto se decía, aunque, en lo más hondo de sí mismo, sabía que no era así. Agotado por la tensión, se dejaba arrastrar a veces a ensoñaciones absurdas. Imaginaba que si, después de septiembre, en lugar de octubre y noviembre, llegaba julio seguido de agosto, todo se resolvería fácilmente. Soñaba que, de un momento a otro, se desataría un vendaval que confundiría los meses y las estaciones del año, lo mismo que el viento del otoño arremolinaba las hojas secas. Otras veces le parecía que había transcurrido tanto tiempo desde el inicio de la expedición, que un gran número de cosas habían quedado en el olvido, que el impulso había decaído, que las previsiones de victoria y los plazos establecidos se habían borrado del recuerdo. Así le parecía sobre todo de noche, cuando salía a la puerta de la tienda y abarcaba con la mirada el gran campamento con su multitud de tiendas, de estrellas y de medialunas de cobre, bronce y oro, como un miserable remedo del cielo. Se diría que hubieran bajado por la fuerza a la tierra aquel jirón del firmamento para que se empeñara también él en los sangrientos asuntos humanos. Contemplando durante largo rato el desierto de la noche, comenzaba a dudar que en algún lugar en la distancia, más allá de las rutas y de las nubes, existieran ciudades, despachos repletos de expedientes en los que todo estaba escrito, los pormenores y los resultados de cada asunto, los méritos y las debilidades de los dignatarios y de los generales, incluidos los suyos. A esa hora, cuando permanecía allí, solo frente a la noche, los acontecimientos se emancipaban de sus consecuencias, sus vínculos se debilitaban, cualquier cosa resultaba plausible, o su contrario. Pero llegaba la mañana con su crudeza implacable y todo, los objetos, los hechos, el curso de los días, recuperaba su lógica, y esa lógica, bien lo sabía, le era adversa.

Sus ayudantes trajeron los primeros informes: trescientos ochenta oficiales muertos de todos los grados. El número de soldados caídos en el combate aún no se conocía. Preguntó por los miembros del consejo. Estaban todos ilesos. La idea de que se abstenían de correr riesgos volvió a producirle un sentimiento de pesadumbre.

Pero ya les enseñaría él a preservarse en las jornadas que siguieran. Solo necesitaba unos cuantos días secos, nada más. Ahora solo le temía a una cosa: a los tambores de la lluvia. Su estruendo, que había cesado hacía ya varios meses, podía retornar de pronto y anunciar el final de todo.

Siri Selim le había hecho llegar un breve informe. Había examinado las entrañas de cuatro albaneses caídos desde lo alto de las murallas durante el combate y observado en ellas una sed mucho más aguda que en ninguna otra ocasión. Aún no había signos de ninguna enfermedad. Al parecer, no bebían el agua contaminada, por eso su sed se había duplicado, incluso triplicado. ¡Si pudiera durar un poco más, Dios mío!, rogó él.

La cifra de pérdidas entre la tropa continuaba sin llegar. Tursun bajá impartió varias órdenes a fin de que se reforzaran las guardias y se situara en estado de alerta a cierto número de tabores. Se acercaba la noche y Scanderberg podía lanzar un ataque. Era su hora.

Se tendió para reposar un poco y sus ojos repararon en el codo manchado de barro. Hasta ese momento no había prestado atención a esa tierra. La examinó unos instantes, como hipnotizado. El asistente que entró en la tienda lo encontró con los ojos clavados en el codo.

—Perdóname, bajá —dijo con voz temblorosa—. Ahora me doy cuenta. Debió de ocurrir cuando caíste…

Pero Tursun bajá pensaba en otra cosa. Pensaba que, en todos los lugares del mundo, la tierra era idéntica, y solo diferían las cosas que brotaban sobre ella. Tenía los ojos cansados y el ordenanza bajó la voz. El comandante en jefe comenzó a dormitar. El asistente le cubrió cuidadosamente con un fino lienzo y salió de la tienda sobre las puntas de los pies.

Después de varias noches agitadas, se sumió por fin en un profundo sueño. El ordenanza que trajo la cena y los ayudantes que acudieron después a notificarle el número exacto de pérdidas le encontraron dormido. No le despertaron. Uno de ellos le ajustó el cobertor sobre los hombros, luego cerraron con sigilo la entrada de la tienda y se alejaron en silencio.

Durante largo rato durmió sosegado y sin sueños. Fue más tarde cuando tuvo uno. Se le aparecieron los tambores de la lluvia alineados en una larga fila y de pronto comenzaron a sonar ellos solos, sin que nadie los batiera. Él los mandó callar, pero no le obedecieron. Continuaron sonando con un sordo fragor. Entonces ordenó que los castigaran. Sus asistentes se lanzaron sobre ellos y los destriparon a golpes de lanza y de puñal, pero los tambores continuaron sonando. Tursun bajá se despertó. En la tienda reinaba la oscuridad. Movió el brazo entumecido y comprendió que se había quedado dormido con la indumentaria de campaña. Tuvo la impresión de que no estaba despierto del todo, pues en sus oídos continuaba resonando el fragor de los tambores con los que acababa de soñar. Se desprendió del cobertor y se incorporó. ¿Qué era aquello? El estruendo persistía. Aquello no era la continuación de un sueño. A lo lejos, en algún lugar de las profundidades del campamento, los tambores de la lluvia sonaban realmente. Percibió un suave susurro sobre las paredes inclinadas de la tienda y de pronto todo se tornó claro e irremediable: llovía.

Permaneció durante un momento plantado a los pies del diván. Luego se acercó a la entrada, apartó con la mano la lona encerada que la cubría y salió. Clareaba. Los guardias, agazapados a ambos lados de la tienda para no mojarse, se pusieron en pie de un salto al verle y enderezaron sus lanzas. Pero él ni siquiera volvió la cabeza. Un fuerte olor, el de la tierra mojada por la lluvia después de un largo periodo de sequía, se elevaba del suelo. El cielo estaba completamente cubierto de espesas y oscuras nubes que, inmóviles, dejaban caer una lluvia regular y monótona, una verdadera lluvia de otoño. Aquel aroma de la tierra le cortaba la respiración. Nunca había sentido tan de cerca ni tan poderosa su presencia. Flotaba en el aire, en todas partes, por encima, por debajo, alrededor de él. Su asedio era insalvable. Por un instante sintió deseos de irse, como un caminante solitario, lejos, muy lejos, arrastrando los pies, cansado, para salir de aquella trampa, pero en ese instante cayó en la cuenta de que aquella misma lluvia se encontraba en todas partes, al igual que la interminable llanura plagada de charcos para la que él era ya, ahora, un ser ajeno y extraño.

Amanecía.

Observó el cielo encapotado, luego el campo inmenso, los miles de triángulos grises de las tiendas que se erguían como túmulos sobre el sueño de treinta mil soldados. Le volvió la espalda a todo aquello y penetró en el interior. Luego despertó a uno de los ordenanzas. El hombre temblaba.

—¡Llama a Hasan! —le dijo.

Hasan llegó poco después. También él temblaba.

—¡Tráeme a Exher!

El eunuco se inclinó y salió. Regresó con la muchacha de la mano. Estaba medio dormida y no parecía entender nada. Los cercos negruzcos bajo sus ojos destacaban temerosos.

—¡Escucha! —le dijo. Pero ella continuaba adormilada y la sacudió con fuerza por los hombros—. Escucha —volvió a decirle agarrándola por una de las coletas y acercando con fuerza su cabeza asustada a la cara de él—. Si es un varón —señaló con el dedo el vientre de la muchacha cubierto por una delgada camisa—, le pondrás mi nombre.

La joven miraba con ojos espantados.

—¿Has entendido?

—Sí —respondió.

—Ahora vete.

El eunuco entró y se llevó a la muchacha.

De nuevo, el bajá permaneció un buen rato en la penumbra. Luego pidió agua. El ordenanza se la trajo.

—Me voy a acostar —dijo. El ordenanza salió como una sombra.

De un cofrecillo situado a la cabecera del lecho extrajo el frasco del somnífero y derramó una porción en la taza.

Imaginó cómo el polvo, al disolverse, enturbiaba el agua como para transformarla en un retazo de cielo. Había allí sueño para una noche, quizá para dos. Vertió una nueva cantidad. Para mil noches, pensó, para mil años. Aproximó la taza a sus labios y la vació de un trago.

Permaneció durante un momento de pie. Fuera, a lo lejos, los tambores de la lluvia sonaban fúnebres. Cuando sintió el primer vértigo se tendió sobre los cojines y cerró los ojos. Las ideas acudían en desorden a su cerebro. Habría deseado evocar algo sublime, pero no le resultaba posible. ¡Ya ves, Urgulu Tursun Tunyaslan Sert Olgun bajá, esto es todo!, se dijo. Luego, antes de implorar la misericordia de Dios, intentó recapitular su vida y se preguntó si era verdaderamente necesario crear nombres tan largos para una existencia humana tan breve, y pensó también en aquello por lo que él lo había hecho todo, la gloria, aunque en vano, sí, en vano, y también, como en un delirio, en este mundo tan ruidoso que quedaba atrás mientras su alma, sola, se alejaba bajo la lluvia.

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La lluvia comenzó al alba del primer día del mes de San Shenmiter. Me disponía a hacer el cambio de guardia cuando cayeron las primeras gotas, pesadas como lágrimas.

 

Clareaba. Habría querido gritar, tocar las campanas, despertar a todos, pero lo hice solamente de pensamiento. De hecho, me limité a apoyar la cabeza contra el muro y permanecí así durante largo rato, inmóvil. Las piedras, al mojarse, exhalaban no solo el calor acumulado durante el verano, sino también, se habría dicho, la angustia que había impregnado toda esa estación. Parecían cobrar vida, y tuve la impresión de que, de un instante al otro, iban a ponerse a respirar, a dejar oír estruendosos suspiros.

En algún lugar en el interior del campamento turco resuenan los tambores anunciadores de la lluvia. Se distingue desde aquí a los soldados que cubren los pertrechos. Erizado de miles de lanzas y de enseñas desplegadas hasta el infinito entre las sombras, ese campo evoca el fin del mundo. En torno a la tienda del comandante en jefe hay una animación infrecuente. Entran y salen sin cesar hombres con antorchas en las manos. Algo importante debe de haber sucedido: una reunión urgente, una destitución o una muerte.

¡Oh, cielo, no te detengas en tu camino!, me oigo implorar. ¡Tú que ya pones fin a esta estación de guerra, no nos abandones, inmenso cielo nuestro!

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