El cerco
Último capítulo
El coche cerrado que conducía a las mujeres del harén viajaba solo. Al comienzo, ese carro y otro cargado con los efectos y las armas del difunto comandante avanzaban prácticamente pegados, pero al cabo de dos días el coche del harén tuvo que aminorar la marcha y quedarse atrás, pues una de las muchachas, Exher, estaba enferma.
Caía una lluvia fina. Ellas contemplaban pensativas el camino ya embarrado.
—Ahí están las pequeñas caserías sobre el cerro que vimos a la venida —dijo Aisel señalando con la mano hacia la derecha—. ¿Veis la iglesia y el campanario?
—¡Sí, sí! Son esos. Qué aldeas más tristes.
—¿Y la fortaleza? Debe de estar por aquí cerca. ¿Os acordáis de cuando la vimos? Era la hora del crepúsculo, y la bandera parecía toda negra.
—La fortaleza está todavía lejos.
—¿Tú crees? Yo tenía la impresión de que se encontraba justo después de esas aldeas —dijo la rubia.
—Confundes las cosas. Preguntemos a Leila. Ella ha hecho dos veces un tramo de este trayecto.
—¡No la despiertes! Déjala dormir.
Las ruedas del coche producían un ruido monótono. La fina cortina de seda tras la que se dibujaban como sombras las cabezas del cochero y del eunuco se balanceaba levemente.
Aisel no cesaba de contemplar el exterior y las sombrías extensiones otoñales. Leila dormía y, cada vez que el coche topaba con un bache, parecía que la cabeza se le fuera a separar del cuerpo.
—¡Mirad, soldados de ingenieros! —exclamó Aisel—. Otra vez están reparando un puente.
—¿Otro puente? Según se ve, preparan el regreso del ejército.
Observaron durante un rato a los hombres que se afanaban bajo la lluvia.
—¡Pero él no regresará nunca más! —dijo Aisel.
—Deben de haberle enterrado hoy.
—Seguramente —confirmó Aisel—. Toda esta lluvia cae ahora sobre él.
La rubia alzó un poco la cabeza y enseguida volvió a bajarla. Era la primera vez que mencionaban a su señor después de lo sucedido. Pero aún tenían escrúpulos para hablar de ello.
—Tú eres la que pasó la última noche con él. Cuéntanos, ¿hablaba en sueños? —preguntó Aisel.
—Sí, lo hacía —respondió la rubia—. Como de costumbre.
—¿Y qué decía?
—Distinguía mal las palabras. Yo no entiendo bien el turco.
—¿No entendiste nada? Tal vez mencionó la razón por la que hizo lo que hizo…
—No lo sé. Tal vez. Hablaba continuamente con el sultán. Daba enrevesadas explicaciones. Decía que no era culpa suya. También hablaba de Scanderberg, pero con ese otro nombre…
—¿Ese nombre terrible de Jor-ge Cas-tri-ota?
—Eso me parece.
Leila abrió los ojos. Precisó de algún tiempo para enterarse de qué estaban tratando.
—¿Habláis de Scanderberg?
—Sí —dijo Aisel—. Contábamos cómo él había pronunciado en sueños su nombre.
—Siempre tuvo la costumbre de hablar en sueños —dijo Leila.
La rubia quiso añadir algo más pero debió de cambiar de idea y clavó los ojos sobre la alfombra.
—¡Muchachas!, ¡mirad a los ahorcados! —gritó Aisel señalando con la mano al exterior.
Las otras se aproximaron a las ventanillas.
—¿Son los que vimos al venir?
—Sí, son los mismos.
—Solo quedan los esqueletos.
—¡Qué miedo dan!
—Tú, Exher, no los mires.
Una bandada de cornejas que revoloteaba sobre el camino se asustó con el ruido del carro.
—Cuando pasamos la primera vez, los cuerpos estaban enteros. Al parecer los acababan de colgar.
—Más adelante están los empalados.
—No, a esos los habremos pasado durante la noche. Más adelante hay un monasterio con tres cruces.
—Es verdad, yo lo confundo todo.
—Porque ahora hacemos el camino al revés.
El carro se estremeció varias veces antes de detenerse. Se oyeron voces secas: ¡Alto! ¡Apartaos!
¿Qué sucede?, preguntaron ellas, aterradas. Precisaron de cierto tiempo para comprender que un convoy militar venía en sentido contrario. Los batidores lo precedían para despejar el camino. Con los cascos y la impedimenta empapados, los soldados avanzaban a paso lento, y sus ojos fatigados parecían ciegos.
—Han inventado armas nuevas —susurró casi Leila—. ¿Veis esas espadas cortas? ¿Y esos cascos pintados de verde? Es la primera vez que los veo.
Silenciosas, las demás seguían con la mirada el desfile que parecía no tener fin. Parte de los soldados conducían mulas llevándolas de las riendas. Largos carros de seis ruedas emitían un chirrido infernal.
—Las cocinas de campaña —dijo Leila—. Normalmente van a la cola —suspiró—. Me parece que ya ha terminado.
Su carro volvió a ponerse en camino.
—¿Qué somos nosotras ahora, viudas? —preguntó Exher.
—¡Qué cosas se te ocurren! —exclamó Leila—. Viudas… Por mí, yo estaría contenta de que me llamaran así. Pero, por lo que sé, solo se puede llamar viuda a quien ha sido la mujer legítima.
—¿Y qué somos nosotras, entonces?
—¿Nosotras? No sé qué decirte… Mujeres sin dueño, eso es lo que somos. Es decir… nada.
—¡Pobres de nosotras!
—No debemos quejarnos —dijo Leila—. Nos podía haber ido todavía peor. Después de su muerte, yo me temía lo peor.
—¿Y qué nos podía suceder?
—Pues podían habernos matado. Aquella mañana, cuando, después de que lo encontraran muerto, se reunió el consejo, yo tenía la sangre helada. Temía que le entregaran el mando al viejo Tavya Tokmahan. Hasan había oído decir a los asistentes que se encontraban a la puerta mientras duró la reunión que si Tavya era nombrado comandante en jefe, nos mandaría decapitar a todas. El muftí y él nos tenían por las causantes de todas las desgracias del ejército.
—¡Qué idiotas! —exclamó Aisel.
—Solo cuando terminó la asamblea y me dijeron que por el momento el mando sería ejercido de forma conjunta por los tres principales comandantes, la sangre me volvió a correr por las venas —continuó Leila.
Poco a poco, la conversación se apagó lo mismo que había sucedido decenas de veces antes. Aisel volvió a apoyar la barbilla en el marco de la ventana.
—¿Otra vez tienes dolores? —le preguntó Leila a Exher.
Exher dijo que sí con la cabeza. Sus ojos estaban asustados.
—Me parece que vuelvo a sangrar.
—¡Pobre!
Exher comenzó a llorar en silencio. Sus hombros se estremecían.
—Otra vez aldeas —dijo Aisel, que no había oído lo que decían. Las ruedas de la carreta continuaban su pugna con los guijarros del camino, una pugna agotadora, interminable.
Durante un largo trecho ninguna dijo nada. Finalmente, pareció que Exher recuperaba un tanto la calma. Aisel apartó los ojos de la ventana. La Rubita se pasaba los dedos por la cabellera.
—Allí hay una pradería de invierno —dijo Leila—. ¿Les llaman así en vuestro país?
—No lo sé —respondió Aisel—. Nunca he estado en las montañas.
De cuando en cuando se veían nidos de cigüeña y pastores con la cabeza cubierta por capuchones negros. Y siempre las mismas laderas abruptas.
—¿Esto es el Estado? —preguntó Exher señalando con la mano el paisaje—. Quiero decir que si el Estado y el país son la misma cosa, o existe alguna diferencia entre los dos…
Las otras se echaron a reír, pero ninguna sabía qué responderle. Leila dijo que el Estado era en realidad el imperio, mientras que Aisel creía que, a diferencia del país, el Estado no podía verse a simple vista.
—¡Dios mío! —gritó de pronto la rubia con los ojos desorbitados—. Mirad aquel vehículo que viene detrás de nosotros.
A través de la rejilla de la ventana trasera se veía en verdad un coche cerrado, de un color y con unos emblemas militares que ya resultaban familiares para ellas.
—¿No será su ataúd? —dijo Leila.
—Solo eso nos faltaba, ser perseguidas por su féretro.
El carro se acercaba con un estrépito horrendo. Parecía pretender adelantarlas. Ellas se acurrucaron en los rincones y esperaron a ver qué ocurría. Su cochero y el eunuco volvieron asimismo las cabezas, inquietos.
Durante unos instantes los dos vehículos rodaron el uno junto al otro. Ellas se tapaban el rostro con las manos, y únicamente Leila se levantó hacia la ventana. El espectáculo que contempló pareció aterrarle más que la idea de ser perseguida por el ataúd del bajá.
—¡Oh, Dios! —susurró—. ¡El arquitecto Kafir!
El estruendo de las ruedas era tan fuerte que sus compañeras no oyeron lo que decía. Solo cuando el otro coche comenzó a distanciarse, Leila pudo contar lo que había visto. Inclinado sobre una especie de cartones, con los ojos enrojecidos como los del Maligno, el arquitecto dibujaba.
Las otras escuchaban con pavor.
—Corre el rumor de que se está preparando para arrasar Constantinopla —dijo Aisel.
Durante un buen rato siguieron con los ojos el rectángulo negro de la trasera del coche, y solo cuando se perdió entre la bruma dejaron escapar un suspiro de alivio.
—Mirad un pájaro de la nieve —dijo Leila—. Pájaro, pajarito, acércate —le dijo golpeando la rejilla con el dedo—. Esos pájaros presagian la nieve, y nunca se equivocan —añadió poco después—. Se acerca el invierno.
—Pobre de mí —gimió Exher. Tenía la cara muy pálida y todo su cuerpo temblaba.
Las otras se miraron unas a otras.
—Este diablo de carro me está destrozando. Me va a matar…
—¿Le pedimos a Hasan que haga otra parada?
—Lo que tenía que hacerse ya está hecho —advirtió Leila—. De todos modos va a abortar.
Exher sollozaba.
—Y pensar que él esperaba que fuera un varón… —dijo entre dos gemidos.
—Acuéstate un poco —le dijo Leila—. Puede que pare la hemorragia.
Exher se encogía y plegaba las rodillas contra su pecho. Poco después pareció encontrarse mejor.
El carro se estremeció de nuevo antes de detenerse.
—Otra vez una caravana militar —dijo Aisel—. ¡Y vaya convoy!
La caravana parecía en verdad monstruosa. No solamente los soldados, también los caballos iban forrados de hierro. Resultaban particularmente aterradoras sus cabezas negras, con dos agujeros en el lugar de los ojos.
Sobre largos carros de seis u ocho ruedas, otros soldados, sentados en apretadas hileras, permanecían inmóviles, con las barbillas apoyadas sobre las armas. Detrás venían otros carros todavía más pesados, sobre los cuales destacaban los tubos negros de los cañones.
—Cada día trae un nuevo invento —observó Leila—. ¡Cómo no se cansan, Señor!
Permanecieron calladas hasta que la caravana acabó de pasar. Luego, al otro lado de la ventana, volvieron a verse crestas de montañas, una cruz inclinada al borde del camino, árboles helados. A trechos, clavados sobre postes, aparecían tableros indicando: «A la capital, 113 millas» o «Constantinopla, 300 millas», con flechas indicando el sentido.
—¿Quién nos comprará ahora? —preguntó Aisel.
La Rubita alzó los ojos. Se diría que en su interior se estuviera gestando algo.
—¿Puede alguien predecir su destino? —dijo Leila sin apartar la cabeza de la ventana—. Si es un militar quien nos compra, puede que recorramos de nuevo este camino.
—¡Oh, con tal de que no lo volvamos a recorrer nunca más! —gimió Exher—. ¡Es un camino infernal!
La Rubita había vuelto a bajar los ojos y entonaba una canción en voz muy queda. Era una cantinela triste, con palabras incomprensibles de su país.
—Otra vez pueblecitos —dijo Leila rompiendo el silencio que se había impuesto de nuevo—. Seguro que hemos dejado atrás Europa.
El coche continuaba su camino bajo la lluvia.
Tirana, 1969-1970
París, 1993-1994
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Terminaste El cerco
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