El cerco

Ismail Kadaré · Capítulo 6 de 16

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El cerco

Capítulo quinto

 

Una vez se marchó el bajá, el grupo de los beyes de los sanjacados, que había permanecido durante todo el ataque detrás de él, se dispersó. El intendente general y Mevla Chelebi quedaron unos momentos solos. En torno había caído la oscuridad. Apenas se distinguía nada de la fortaleza. En cuanto los clarines decretaron la retirada y dejaron de caer la pez y la brea desde las almenas, la fortaleza desapareció de pronto en el cuerpo de la noche como por efecto de un encantamiento. Los gritos y el tumulto del combate dejaron paso a un fragor ahogado, semejante a un murmullo de gigantes. Era como si una enorme bestia de miles de miembros se rascara lenta e incesantemente sobre la superficie del suelo. El ejército se replegaba.

El intendente general exhaló un profundo suspiro.

—Vámonos, Mevla Chelebi —dijo.

El cronista siguió sus pasos sin decir nada. Tomaron el camino que atravesaba el campamento por su mitad. El asistente del jefe de intendencia les seguía como una sombra. El campo estaba oscuro y tranquilo, y la mayoría de las tiendas se encontraban aún vacías.

Ellos vagaron durante largo rato sin un fin preciso. Aquí y allá el oído del cronista captaba diversos sonidos y voces, órdenes enviando a hombres a algún lugar. Dos emisarios pasaron a caballo justo delante de ellos. Innumerables carretas hacían chirriar sus ruedas y de más allá llegaba el golpeteo regular de pasos, de centenares de pasos.

¿Qué estará sucediendo?, se preguntó Mevla Chelebi. ¿Quién dará esas órdenes? ¿No se ha terminado todo?

Un mensajero pasó como el viento a su costado. Más allá se oyeron de nuevo galopes rápidos de caballos y voces nerviosas que daban órdenes. El cronista advirtió que la sensación de vacío y la consternación que le habían poseído dejaban paso a un sentimiento extraño. Era una admiración teñida de pesadumbre por la pujanza de su país. Aquellas órdenes y movimientos recorriendo la noche evidenciaban que, incluso en esa hora funesta, había hombres capaces de dominar la situación, de mandar.

El ruido de los carros se aproximaba. Cada uno de ellos llevaba una pequeña antorcha en la trasera. Pasaron en gran número formando una hilera, con aquella luz vacilante que partía el alma.

Un destacamento de tropas llegó detrás. Cuando los soldados llegaron a su altura, Chelebi observó que no llevaban lanzas como le había parecido en un principio, sino palas y picos.

—Son los zapadores —le explicó el intendente—, van a abrir grandes fosas para enterrar a los muertos.

—¿El enterramiento se va a hacer esta misma noche?

—Por lo que se ve, esa es la orden. En tales circunstancias, la inhumación se lleva a cabo de inmediato, incluso de noche.

Poco después pasó otro grupo de cavadores.

—¿Cuál podrá ser el número de muertos? —preguntó con timidez el cronista.

El intendente general, con la mente en otra parte, no respondió enseguida. Pensaba que los dos o tres días siguientes serían, como era habitual, de fraudes, cuentas tramposas y otras complicaciones. Cada día, la muerte de cientos de heridos haría oscilar el total de los efectivos en proporciones inesperadas. Entre el ajetreo y la consternación generales, nadie podría establecer la fecha exacta de la muerte de cada uno, de modo que los comandantes, en combinación con los intendentes de sus unidades, organizarían tal maraña con las listas que ni el mismo Ali Ibn Sina sería capaz de descifrarlas.

—¿Qué decías, Mevla Chelebi? —preguntó.

—¿Cuál puede ser el número de muertos?

El jefe de intendencia reflexionó.

—A juzgar por la violencia del ataque y su duración —dijo fríamente, como si hablara de una suma de dinero—, yo creo que este asunto ha debido de costarnos entre tres y cuatro mil hombres.

Volvió a pasar una unidad de ingenieros.

—Mañana dispondremos de un informe preciso —añadió el intendente —. Esta noche lo único que sabemos es que hemos sufrido una grave derrota —continuó poco después.

El ejército regresaba al real. Los caminos y senderos, las tiendas y los pabellones, todo se llenaba poco a poco con su aliento pesado y laxo, con el lúgubre rumor de miles de pasos mezclado con los gemidos y el chirrido de las carretas. Ellos se detuvieron al borde del camino para contemplar aquella multitud de sombras que se movía lentamente en la noche. Estaba saliendo la luna. Su luminosidad se derramó primero sobre las torres de la fortaleza, descendió a lo largo de los altos muros y después, semejante a un extenso celaje de vapor, lo envolvió todo: la planicie, el campamento, los vértices de las tiendas, luego a ellos mismos.

Los soldados pasaban sin cesar. Muchos de ellos sostenían a alguno de sus camaradas por el brazo, otros los llevaban colgando de los hombros. La mayor parte dejaban escapar débiles gemidos, aunque de vez en cuando se elevaba un grito punzante. A la luz de la luna, resultaba difícil distinguir las manchas de sangre y las de la pez. Todo se confundía sobre aquellas cabezas y espaldas martirizadas que despedían un hedor a betún, a piel quemada y pavesas. Algunos se dejaban caer de bruces en el suelo, como muertos, nada más llegar a sus tiendas. Otros, los heridos más graves, eran conducidos al hospital de campaña.

El jefe de intendencia aminoró el paso. El cronista tuvo la impresión de que estaba haciendo cálculos mentalmente. Descubrió en sus ojos aquel brillo pálido, malévolo, que se manifestaba de cuando en cuando.

—Algunos tabores deben de haber perdido alrededor de un tercio de sus efectivos —dijo.

El cronista no sabía qué decir.

—Otros parecen reducidos a la mitad —continuó el otro sin apartar los ojos del largo cortejo. A Chelebi le pareció ver que estaban pasando los dalkeliches. Nunca había visto a estas tropas, hasta entonces invictas, después de una derrota, de ahí que le resultara difícil reconocerlas.

—¡Los soldados de la muerte! —exclamó el intendente general con una voz extraña.

El cronista se estremeció como ante la evocación de un fantasma. ¿Cómo es posible?, se dijo. Los soldados de la muerte solo podían regresar victoriosos. Sin duda, serían ejecutados.

—¿Dónde? —preguntó con voz casi sofocada.

El intendente ya había extendido el brazo. Su mano señalaba un carro. Los ojos del cronista se desorbitaron. Innumerables banderas de color claro, azul cielo, aparecían arrojadas en un montón al fondo. Nadie seguía al carro.

Mevla Chelebi comprendió de qué se trataba. Los novios de la muerte, como se les llamaba en las viejas crónicas, habían hecho honor a su palabra. Habían acabado desposándose con ella en cumplimiento de su viejo juramento. Al paso de la carreta, comprobó que los estandartes estaban quemados y a trechos ensangrentados. Sintió que se le formaba un gran nudo en la garganta y consiguió reprimir los sollozos con dificultad.

Permanecieron largo rato en silencio, contemplando el desfile de los tabores. Luego, entre la multitud, distinguieron al astrólogo caminando con aire taciturno. El cronista estuvo tentado de dirigirse a él, pero, al descubrir un resplandor de desprecio en los ojos del intendente general, bajó la cabeza para no verse obligado a responder a un posible saludo del augur. Conocía la hostilidad de su encumbrado amigo hacia el otro, y no deseaba que él supiera de sus amistosas relaciones.

Un caballo se detuvo detrás de ellos.

—Gazi —dijo una voz.

Ambos volvieron la cabeza. Era uno de los mensajeros de Tursun bajá.

—¿Qué ocurre? —dijo el intendente.

—El consejo se reúne de inmediato en la tienda del bajá. Se me ha ordenado que te convoque.

El emisario se inclinó con respeto y volvió a montar.

—Te dejo, Mevla Chelebi. ¿Tú qué vas a hacer?

—Voy a pasear un poco más antes de acostarme.

En cuanto el intendente se alejó, Mevla Chelebi corrió entre la multitud en la dirección que había tomado el astrólogo. Estaba muy contento de tener relaciones de tal elevado rango, pero había noches como aquella en las que uno tenía necesidad de amigos más sinceros, de aquellos con los que poder hablar de forma directa y franca, sin necesidad de escoger las palabras, sin temer a cada instante que los rasgos del otro se crisparan de pronto para tornarse impenetrables como antiguas inscripciones. Mevla Chelebi acabó encontrando al astrólogo.

—¿Cómo estás? —le dijo—. ¿Adónde te diriges?

El astrólogo lo miró con gesto de extravío.

—Ya te vi hace un momento, pero no me detuve porque estabas con el intendente general —dijo—. Ya me imagino que no me tiene en demasiado aprecio.

El cronista se encogió de hombros como diciendo: «Es probable, pero qué le vas a hacer».

Estuvieron vagando un buen rato al buen tuntún.

—Qué hermosa noche la de ayer —dijo el astrólogo—. En cambio, hoy todo parece negro.

—Alá no quiso concedernos la victoria.

—¡Si al menos no nos hubiera castigado con una derrota tan grave!

—¡Maldito castillo!

Observaban con tristeza las columnas de soldados que parecían no ir a acabar nunca. Los que veían pasar en ese momento se les antojaban particularmente derrengados. Debían de ser los que habían llevado sobre sus hombros las escalas y habían arrancado la puerta principal con ayuda de los arietes.

—¡Mira, ahí está Tuz, el jenízaro! —exclamó de pronto el astrólogo.

El joven soldado alzó la cabeza. No tenía ninguna herida, aparte de numerosas salpicaduras de pez y un rasguño en la frente. Sujetaba a alguien por el brazo.

—¡Gracias a Dios que estás vivo! —se alegró el cronista—. ¿Y este infortunado? —preguntó señalando con la mirada al herido, que apenas era capaz de dar un paso, con los ojos vendados con un pedazo de turbante. Su rostro estaba todo negro debido a la pez, y sus cabellos, requemados.

—Pero, por Alá, ¿no es Sadedin? —dijo el cronista con voz alterada.

Tuz Okchan sacudió la cabeza afirmativamente.

—Está ciego —dijo—. Tiene los ojos completamente quemados.

Ellos se mordieron los labios. El jenízaro hablaba como si Sadedin no pudiera entenderles.

—Lo vi por casualidad entre la multitud, cuando se abalanzaba hacia el patio interior después de que arrancáramos la puerta principal —explicó el jenízaro—. Fue uno de los primeros en penetrar allí.

Ellos no podían apartar los ojos del rostro vendado.

—Luego volví a verlo cuando vagaba entre la confusión, ya dentro del patio, con una mano pegada a la frente. Aquello era pavoroso. Cada cual corría hacia donde podía; sin embargo, este no paraba de dar vueltas entre el humo.

El jenízaro hablaba con voz cansada, un poco ronca. Debía de haber gritado mucho durante el asalto.

—Cuando volví a verle por segunda vez, continuaba llevando una mano en la frente mientras que con la otra parecía estar buscando algo en el aire. Le zarandeaban por todos lados… —Tuz Okchan dejó escapar un profundo suspiro—. ¿Qué os estaba diciendo? —preguntó con voz quebrada.

—Que zarandeaban a Sadedin por todos lados… Y que tú lo habías visto…

—Ah, sí. Lo empujaban mientras él agitaba una mano en dirección a mí, y no sé por qué me acordé entonces de una de mis tías que, cuando quería maldecir a alguien, en lugar de decirle: «¡Así te quedes ciego!, —le soltaba —: ¡Ojalá tengas que buscar el muro a tientas!». Fue entonces cuando imaginé lo que le había sucedido. Me abrí paso entre la gente con gran dificultad para acercarme a él… y vi que la pez fundida le chorreaba por las mejillas. Lo tomé entonces de la mano y con mil esfuerzos conseguí sacarlo de aquel infierno.

Sadedin permanecía impasible. De no ser porque se mantenía en pie, habrían dudado de que estuviera vivo.

—Voy a llevarle a que le vean los médicos —dijo el jenízaro—. Ya no hay la menor esperanza de que le salven los ojos, pero, al menos, podrán aliviarle los dolores.

—Os acompañamos.

Levantadas solo un día antes, las tiendas del hospital de campaña estaban convertidas en verdaderos macelos. Sobre unas plataformas de tablones inclinadas, con el fin de que la sangre y los jugos de las heridas resbalaran, los cuerpos despedazados de los soldados esperaban alineados los unos junto a los otros. Sus quejidos se mezclaban con sus súplicas: «¡Mejor será que me mates, hermano!», «¡clávame ese cuchillo en el hígado de una vez!», y estos con violentos reproches: «¡Cierra la boca, cagón!».

A escasa distancia, las viejas de Rumelia, con las prisas, derramaban los cántaros con emplastos directamente sobre las heridas. Aquí los gemidos eran aún más penetrantes, lo mismo que los gritos: «¡Agua, madre querida!», «¡mátame!», «¡deja de aullar!», «¡un soldado otomano no lloriquea de ese modo!».

El cronista sentía náuseas. Volvía la cabeza para no ver los cuerpos sanguinolentos de los hombres, pero el nudo en el estómago se le hacía cada vez mayor.

Hubieron de esperar largo rato hasta que le llegó el turno a Sadedin. La cura fue rápida. El poeta no dejó escapar un solo grito, ni un gemido. Aunque cuando terminaron de vendarle los ojos y ellos lo tomaron del brazo para conducirlo a su tienda, tenía el rostro muy pálido. En cuanto lo tendieron, quedó sumido en un sueño profundo.

Ellos dos volvieron a salir y deambularon largo rato entre las sombras innumerables sin cambiar una sola palabra.

—Tú estabas allí —dijo el cronista extendiendo la mano en la dirección al castillo oculto en las tinieblas—. Cuéntame.

El jenízaro le miró con aire aturdido. Tenía los labios resecos. Los otros dos esperaron largo rato su respuesta, que no llegó hasta después de que hubieran recorrido un buen trecho en silencio, cuando murmuró, como si hablara consigo mismo:

—¡Era espantoso!

—¿Qué?

—Allí —había extendido la mano como poco antes el cronista, en la misma dirección.

—Yo pensaba en la hermosa noche de ayer —dijo el astrólogo.

Sombras de soldados se movían en todas direcciones. Nadie levantaba la voz. Todo era un susurro huidizo, esquivo.

—No puedo olvidarme de sus ojos —dijo de pronto Tuz Okchan—. Cómo le chispeaban anoche cuando hablaba…

—Quería escribir un gran poema sobre esta guerra —dijo Mevla Chelebi pensando en su propia crónica.

—Tal vez por eso se lanzó sin pensarlo, para contarse entre los primeros que veían cómo reventaba la puerta —comentó el astrólogo.

—Lástima —se lamentó el cronista—. Tenía talento y era un hombre valiente.

—¡Cómo le brillaban los ojos anoche! —insistió el jenízaro en voz baja.

—Le brillaban, sí —repitió con tristeza Mevla Chelebi—. Como si presintieran que estaban contemplando el mundo por última vez.

—Mundo falaz —añadió el astrólogo.

—La pez le ha cubierto esa luz para siempre, como un velo negro.

¿Quién había hablado la noche anterior de un velo negro? El cronista estaba cansado y en su memoria comenzaba a cundir la confusión.

El astrólogo escrutaba el firmamento.

—¿Qué destino nos anuncian las estrellas? —preguntó el jenízaro.

Después de haber tomado parte en el ataque, ya no se sentía cohibido ante ellos y hablaba con soltura, como si fueran viejos amigos.

—Malos presagios —respondió el astrólogo—. Se diría que un viento loco las hiciera cambiar continuamente de posición.

En realidad le dolía la cabeza y tenía fiebre, de modo que realmente le parecía que las estrellas fueran a desplomarse. ¡No me abandones, estrella mía! ¿No había leído aquellas palabras en alguna parte? Se le agitaban continuamente en algún rincón de su cerebro, detrás de la frente ardiente. De alguna parte habían brotado a partir del instante mismo en que se inició el asalto. ¡Resiste, oh, estrella mía! Había cifrado tantas esperanzas en aquella expedición… Si sus previsiones se cumplían, al regreso podría soñar con alcanzar un puesto más elevado, encumbrado incluso. Podían nombrarle astrólogo en el palacio del sultán, ¿por qué no? Aquella era la campaña más importante de los últimos años. Todo el imperio tenía vueltos los ojos hacia aquellas montañas brumosas. Estaba tan harto de la vida provinciana, del villorrio embarrado donde, desde hacía dos años, la corpulenta esposa del valí le llamaba cada viernes para hacerse pronosticar la llegada de una carta de Akhashir. A él le encantaba la vida bulliciosa de la capital, las multitudes que llenaban las calles, los días cargados de acontecimientos e inquietudes, la moda, las mujeres. El cielo podía regalarle todo aquello. Pero también se lo podía arrebatar de forma inopinada. ¡Aguanta, estrella! Cuando las escalas medio carbonizadas se desplomaban una tras otra al pie de las murallas, él creyó ver que era su propio destino el que se hundía en el abismo. Malhadado: durante toda la tarde, tuvo esta palabra incrustada en el cerebro como un clavo.

Ahora no acudían a su mente más que maldiciones de todos los colores, a tal extremo que empezó a asustarse.

—Tuz Okchan, ¿cómo era eso que decías hace un momento? ¿Buscar el muro a tientas? En mi tierra se maldice de otro modo. Se dice por ejemplo: «¡Así te vea frío…».

—¿Y qué falta me hace eso a mí? —replicó Tuz Okchan—. ¿Qué significan esas maldiciones? ¿Por qué me mezclas a mí en ellas?

La voz del jenízaro comenzó a entrecortarse con sollozos. El cronista agarró al astrólogo por el codo.

—Déjalo ya —le susurró al oído—. ¿No ves que no se encuentra bien?

—La verdad es que tiene necesidad de que lo curen. Tal vez más que Sadedin…

Durante la larga marcha hasta allí, Mevla Chelebi había averiguado que, para aquella campaña, el ejército incluía una unidad especial compuesta de religiosos medio sanadores, medio magos, que debían ocuparse de aplacar a los soldados que padecieran trastornos mentales después del ataque. Con anterioridad se los mataba, lo mismo que a los vociferantes desaforados, pero desde hacía un año se habían introducido reglas más clementes.

—Anoche éramos cuatro —observó Mevla Chelebi pensativo—. Hoy ya no quedamos más que tres.

Más allá se percibió el chirrido de las ruedas de las carretas. A diferencia del que emitían poco antes, ahora el sonido era más grave y más sordo. Al parecer, las habían cargado.

—Vamos a ver cómo entierran a los muertos —dijo el cronista.

Sin decir palabra, hubieron de caminar un largo trecho hasta conseguir encontrar de nuevo las carretas. La luna iluminaba débilmente los cadáveres amontonados. De una de las carretas se desprendió sin ruido un cuerpo. La que iba detrás se detuvo, alguien alzó el cadáver y lo arrojó dentro.

En dirección contraria venían los carros vacíos. Sobre las tablas, la sangre había dejado manchurrones rojizos y negruzcos. Solamente entonces se fijaron los tres hombres en el camino y observaron que todo él estaba regado igualmente de sangre.

—¿Qué te ocurre? Estás pálido como un limón —le dijo el astrólogo al cronista—. ¿Quieres que regresemos?

—No, es preciso que asista al enterramiento de nuestros soldados. Tengo que describirlo en mi crónica.

Estas fueron las únicas palabras que intercambiaron durante todo el trayecto. A lo lejos comenzaron a oírse las voces de los hoxhas que rezaban. Eran reptantes y tristes. Cada vez más perceptibles, iban cubriendo el sonido de las palas y de los picos.

Cuando llegaron al lugar, los zapadores habían terminado de cavar tres grandes fosas rectangulares. Ahora estaban abriendo otras cuatro. Las carretas se detenían al borde de los fosos y los cuerpos de los muertos, después de ser inspeccionados a toda prisa, eran arrojados al fondo. Los hoxhas se inclinaban continuamente sobre ellos para arrojar puñados de tierra. El segundo foso se iba llenando lentamente. Derviches con el torso desnudo y los brazos ensangrentados hasta los codos descargaban las carretas agarrando los cadáveres de las manos y de los pies y arrojándolos a continuación al foso. Los carros se vaciaban uno tras otro. Los caballos, inquietos por el olor de la sangre, piafaban y se contenían con dificultad. De cuando en cuando, los médicos apartaban algún cuerpo a un lado, el de un soldado vivo arrojado erróneamente con los muertos.

El astrólogo y Tuz Okchan volvían la cabeza una y otra vez hacia su compañero para averiguar si aún era preciso que continuaran allí. El otro, consciente de que, en aquellos instantes al menos, se encontraba en el centro de atención, no se apresuraba lo más mínimo.

Finalmente fue el primero en apartarse para regresar. Los otros dos le secundaron. Recorrieron de nuevo la misma pista salpicada de sangre que transitaban las carretas con gran dificultad. Algunas de ellas transportaban solamente uno o dos cadáveres, de oficiales en apariencia. En una de ellas, el candil había caído justo junto a la cabeza del muerto y su pequeña llama crecía deforme sobre el aceite derramado. El rostro del difunto se reflejaba distorsionado sobre la tenue capa brillante. Bañada en algo semejante a un sudor infernal sobre el que jugueteaba el reflejo de la llama, aquella cara parecía estar presa de una terrible disyuntiva, como si dudara entre revivir o apagarse para siempre.

El jenízaro agarró a Mevla Chelevi de la manga.

—¡Ese hombre va a echar a arder! —dijo en voz baja—. ¡Por Dios, si creo que es mi comandante, Sulejman!

De hecho, el aceite inflamado estaba a punto de alcanzar el cadáver, pero el cronista, para sorpresa del jenízaro, advirtió que, aunque eso sucediera, no sería ningún desastre.

—Los antiguos —añadió— consideraban un honor hacer quemar a sus muertos.

Tuz Okchan volvió la cabeza para no continuar viendo el espectáculo. Estaba seguro de que el cadáver había comenzado a consumirse.

—¿Qué agitación es esa? —preguntó el astrólogo—. ¿O son alucinaciones mías?

—No, es verdad que hay movimientos —respondió el jenízaro—. Han reforzado las patrullas.

A medida que penetraban en las profundidades del campo, tenían la sensación de que la inquietud reinante subía de tono. Algunas sombras se agitaban a lo lejos. Dos jinetes, exhibiendo el emblema de los mensajeros en la túnica, corrían al galope.

—Seguramente se teme un ataque de Scanderberg —observó el cronista.

—Fijaos, también han doblado las guardias —advirtió el astrólogo—. Dicen que ese Scanderberg es temible. Sobre todo cuando ataca de noche.

—De noche todo se torna más terrible —replicó el jenízaro.

—Nuestro Tursun Tunyasllan bajá no le va a la zaga —intervino el cronista—. En la capital se dice que es el general más brillante de todo el ejército.

—¡Dios sea loado!

Para su sorpresa, descubrieron de pronto que se encontraban muy cerca de la tienda del comandante en jefe.

—¿Todavía continúa la reunión? —preguntó el astrólogo a uno de los centinelas.

El soldado se abstuvo al comienzo de responder pero, al distinguir las enseñas sobre sus ropajes, le dijo secamente:

—¡Todavía!

¡Así te vea frío!, dijo para sus adentros el astrólogo, sin él mismo saber a quién dirigía la maldición: al centinela, a sí mismo o al consejo de estado mayor al completo. Estaba angustiado. Lo quisiera o no, su mente acababa yendo a parar a su mentor, el muftí. ¿Lo defendería o lo abandonaría a su suerte en aquella reunión del consejo?

Entretanto, en la tienda de Tursun bajá proseguía de hecho la reunión extraordinaria del consejo. Los comandantes permanecían sentados sobre las pieles tendidas en los divanes. Heridos la mayor parte de ellos, llevaban los miembros envueltos en vendajes. Tres miembros del consejo habían caído muertos en el combate, y ya entonces, sentado en el rincón más alejado del bajá, el arquitecto dibujaba sobre un papel los esbozos de las estelas funerarias que, de acuerdo con la tradición, debían ser erigidas sobre el campo de batalla. Esto representaba para él una actividad placentera a la que se consagraba a menudo durante las reuniones.

Estaba en el uso de la palabra el intendente general. Reclamaba la destitución del astrólogo y su condena a la pena de trabajos forzados. Todos comprendían perfectamente que su ataque, aunque expresado en términos ponderados y corteses, iba dirigido ante todo contra el muftí. Saruya, que una y otra vez en el curso de la reunión se había dejado arrastrar por la somnolencia, escuchaba ahora sin perder detalle. En cierto momento, incluso interrumpió al intendente para reclamar la condena a muerte del astrólogo. El jefe de intendencia siguió insistiendo en lo suyo. Algunos de los beyes de los sanjacados, bajo la influencia del muftí, trataron de justificar el error del adivino. El resto optaban por su simple destitución. Entre los comandantes, solamente Kara-Mukbil pidió la cabeza del intérprete de las estrellas. El temible corte de su cara adjudicaba peso a sus palabras en la misma medida en que le dificultaba la expresión. El muftí, el viejo Tavya y Kurdisyi, como era de esperar, no tomaron parte en la controversia. En cuanto al allajbey, reclamó igualmente la destitución, sin aludir a ninguna otra clase de castigo. Tursun bajá escuchó cuanto le dijeron con total indiferencia. Condenar o no al astrólogo le parecía algo tan insignificante como aplastar una hormiga con el talón o evitarla. Él sabía que la clave estaba en otra parte. Pero el silencioso conflicto entre los dos bandos antagonistas originado en el seno de su consejo, que le habría inquietado en cualquier otra circunstancia, le parecía hoy irrelevante y carente de sentido. En su cabeza, solo una cosa importaba ahora: qué debía hacer en adelante.

Puso término al debate y adoptó a toda prisa su decisión: el astrólogo sería destituido de sus funciones y trabajaría en adelante en la excavación de canales y de zanjas. Mientras el escribiente ponía sobre el papel el veredicto, pidió la palabra Kurdisyi, quien solicitó permiso para, de acuerdo con la tradición, emprender con sus unidades una operación punitiva para saquear y aterrorizar las aldeas de las montañas circundantes. Sostenía que tal acción resultaba particularmente necesaria en aquel momento, con el fin de quebrantar el entusiasmo que su fracaso podía haber despertado en los corazones de los rebeldes.

—Yo me tomaré venganza por la sangre derramada hoy —gritó Kurdisyi—. Someteré toda esta comarca a sangre y fuego. No dejaré piedra sobre piedra. ¡Convertiré su vida en un infierno!

Tursun bajá observó un instante su cabeza rojiza, que parecía en llamas, y se convenció de que haría realmente aquello que decía.

—Puedes partir —dijo el bajá, y le hizo una seña al escribiente de que transcribiera la decisión que había tomado sin consultar con el resto de los consejeros, cosa que hacía raramente.

—Mi bajá —intervino una voz apenas audible.

Había pedido la palabra un hombre de cabello rojizo y ensortijado, al parecer convocado por vez primera al consejo.

—Tabduk Baba, agá del servicio secreto —dijo Tursun bajá al comprobar que la mayoría de los asistentes miraban con sorpresa al desconocido—. Habla, agá.

El otro aparentó no haber reparado en el desprecio que se leía en los ojos de una parte de los integrantes del consejo.

—Hoy se ha hablado mucho aquí del astrólogo —dijo—, pero hay también otros que deberían ser castigados. Estoy en posesión de datos que evidencian la tentativa de robar el secreto de la nueva arma. Dispongo, asimismo, de un anónimo que incrimina al maldecidor.

—¿Qué es eso de un anónimo? —preguntó Aslanhan—. Nunca en mi vida lo he oído nombrar.

—Una carta sin firmar —explicó Tabduk Baba—. Así pues, he recibido una carta de este tipo en la que se siembran graves sospechas en lo relativo a la maldición del castillo.

—Vaya, vaya —comentaron varias voces.

Tursun bajá esbozó un gesto de aprobación con la cabeza. El agá del servicio secreto era un verdadero bálsamo en aquellos momentos de pesadumbre. Los demás también se reanimaron. De modo que el fracaso no podía imputársele a él.

—Si eso es así, no sé a qué esperamos, decapitemos al maldecidor — dijo Aslanhan.

—Espera un momento —intervino el bajá—. Primero es preciso asegurarse de su culpabilidad. ¿No es así, cadí? —dijo dirigiéndose a un hombre menudo y lleno de arrugas que también tomaba parte por primera vez en la reunión del consejo.

—Condenar a un maldecidor no es cosa fácil —dijo el juez—. Incluso me atrevería a decir lo contrario.

—Yo no opino de ese modo —replicó el agá del servicio secreto.

Tursun bajá los dejó que disputaran un rato y luego intervino.

—Ya basta. Que el maldecidor sea cargado de cadenas y la investigación se realice con la mayor discreción. En cuanto al juicio, tenemos tiempo de pensar cómo lo hacemos. Aunque yo sugeriría que se celebrara en audiencia pública.

—Un proceso público es siempre útil en momentos como estos —dijo el intendente general con una sonrisa cargada de sobrentendidos.

Tursun bajá fingió no haber reparado en ello.

—En cuanto a la vigilancia de los elementos sospechosos, te confiero plenos poderes —dijo el comandante en dirección a Tabduk agá—. Con quien sea —añadió en mitad del silencio. Percibió el intercambio de miradas que siguió a sus palabras y concluyó que su sentido había sido captado en toda su significación por cada uno de los presentes—. Y ahora pasemos a la cuestión esencial, aquella por la que el gran Badijá nos ha enviado hasta aquí, al fin del mundo: qué debemos hacer para apoderarnos de esa fortaleza.

El viejo Tavya, Tahanka, el muftí y algunos otros se mostraron a favor de intentar sin dilación un nuevo ataque. El glorioso ejército de los osmanlíes, que había tomado por asalto decenas de ciudades y de bastiones reputados de inexpugnables, no podía siquiera tolerar, sostenían, la vergüenza de verse clavado durante un largo periodo de tiempo ante los muros de aquella fortaleza. El mundo entero espera la noticia de su caída, dijeron. Era preciso atacar. Sin embargo, la mayoría de los consejeros eran contrarios al asalto, sobre todo en las presentes circunstancias. Con una nueva acción desgraciada como la anterior, aseguraban estos, se corría el riesgo de diezmar los efectivos disponibles y, lo que era aún peor, de descorazonar por completo a las tropas. Se mostraban a favor de buscar, por el momento, otras vías que permitieran alcanzar lo que no se había podido lograr mediante el ataque directo. La corona de la gloria de un ejército, afirmaron, se embellece con las perlas de sus victorias, sin considerar los medios empleados para lograrlas.

Los miembros del consejo deliberaron hasta bien avanzada la noche. Cada cual rememoraba todo lo que sabía o había oído contar, después de una larga experiencia castrense, sobre los procedimientos para rendir una plaza fuerte, comenzando por los más valerosos hasta llegar a los menos dignos, por no decir más despreciables. Entre ellos: torres móviles, infección por cólera, retiradas fingidas seguidas de ataques súbitos, toma de rehenes, lanzamiento de excrementos por encima de los muros, sin olvidar las más variadas artimañas, entre las que figuraba la de vestir a los akenyis con ropajes albaneses y hacerles simular un ataque contra el campamento turco.

Tursun bajá estaba imaginando la cabeza de Kurdisyi con el yelmo en forma de cabeza de cabra de Scanderberg y para sus adentros dijo: «No». Se debatieron decenas de variantes, regresando varias veces a las primeras y analizando exhaustivamente los pros y los contras de cada una. Un miembro del consejo perdió el sentido de resultas de una herida y el médico, avisado con carácter de urgencia, se lo llevó a su propia tienda. Finalmente quedó claro que la mayoría era partidaria de practicar un túnel subterráneo, propuesta presentada desde el principio por el arquitecto. Tursun bajá le hizo una señal. El arquitecto extrajo de su gran bolso un fajo de cartones dibujados, abandonó su rincón y se acercó al centro. Bajo la mirada de soslayo del agá del servicio secreto, que lo observaba como se vigila a una futura pieza, desplegó los croquis sobre el tapiz y comenzó a dar explicaciones acerca de su plan. Ninguno de ellos intentó siquiera seguirle, a sabiendas de que, aun prestando la mayor atención, habrían sido incapaces de desentrañar el significado sus palabras. La única cosa que consiguieron captar en todo aquel galimatías era la palabra «pasadizo», que quería decir «galería» y que el arquitecto sustituía una y otra vez por «subterráneo» o «perforación» y, todavía más a menudo, por «túnel», procedente de la lengua maldita de los infieles.

Seguían con la mirada su mano pálida como un cirio que se movía sobre las extrañas figuras, admirándose una vez más ante el hecho de que un objeto real, tan concreto y tangible como la fortaleza, pudiera ser representado por unos cuantos miserables y delgados trazos que no solo indicaban las partes visibles sino también las ocultas, desde las escaleras de las torres hasta las interioridades de los cimientos, que el ojo humano jamás podría ver desde fuera. Era verdad que la sagrada fe del Islam alertaba repetidas veces contra lo que poseían de diabólico las representaciones figurativas, pero ellos se veían obligados a darles credibilidad, del mismo modo que ya habían debido confiar con anterioridad en los enmarañados esquemas de Saruya, de los cuales habían surgido más tarde los cañones monstruosos. La mano del arquitecto se movía sin descanso sobre los bosquejos. Describía la naturaleza del suelo alrededor de la ciudadela, explicando que, si bien el terreno blando poseía la ventaja de facilitar la excavación, presentaba también el inconveniente de su inestabilidad una vez horadado; y al contrario, el suelo duro era problemático de excavar pero no planteaba riesgo de derrumbe con posterioridad. Indicaba a qué profundidad debía penetrar la galería en su comienzo, la que debía tener para pasar bajo los cimientos del muro circundante de la fortaleza y cómo debería bifurcarse a continuación en dos ramales de modo que, en caso de que una de las bocas se derrumbara, quedara otra salida. Completó su exposición estableciendo el tiempo necesario para la excavación del túnel y el número de soldados que podrían recorrerlo en un lapso de tiempo determinado.

Ellos no comprendieron gran cosa de lo que decía ni se tomaron siquiera la molestia de intentarlo, sabedores de que ninguno estaba en condiciones de proponer la menor enmienda a aquel proyecto de galería subterránea. Se contentaban con no perder de vista la flecha roja que comenzaba en un punto situado fuera del castillo, se deslizaba bajo sus cimientos como un hombre que se tiende en el suelo intentando introducirse por debajo de una puerta, para acabar desembocando, tras ascender nuevamente, en otro punto situado en el interior de los sótanos y las mazmorras. Idéntica pregunta podía leerse en los ojos de todos: ¿conseguiría aquella flecha atravesar el vientre del castillo?

Mientras el arquitecto continuaba con sus explicaciones, el muftí, con el fin de manifestar abiertamente su desprecio, no se dignaba siquiera volver la cabeza hacia los planos extendidos sobre el tapiz. El viejo Tavya los observaba con ojos de desconcierto y pensaba con tristeza que, a medida que esas figuras e inscripciones invadían poco a poco el arte de la guerra, este corría el peligro de perder su sagrado aliento y transformarse insensiblemente en una interminable sucesión de estratagemas ideadas por hombres artificiosos y enigmáticos como aquel arquitecto maldito al que no se le entendía nada. Tenía la oscura intuición de que, si el imperio daba demasiado crédito a aquellos papeles, se marchitaría poco a poco, pues sus raíces dejarían de alimentarse de la vitalidad guerrera de gente de su temple, sino de áridos garabateos que acabarían por desecarlo todo. El viejo Tavya mantenía los ojos semicerrados. La herida de su cara le dolía y se caía de sueño. Mientras en el cerebro cansado del comandante de los jenízaros se agitaban estos pensamientos, el intendente general, que con el rabillo del ojo le vigilaba tanto a él como al muftí y a Kurdisyi, se decía que el imperio, si es que quería subsistir, debería caminar al ritmo de los tiempos y apartar poco a poco de los puestos directivos a individuos como aquellos. Aunque quizás fueran ellos, reflexionaba contradiciéndose a sí mismo, quienes mantenían vivo el impulso guerrero primigenio, y en cambio él y sus semejantes, con todos sus conocimientos, no conseguirían nada sin el recurso a su ignorancia. Tal vez un hombre instruido y un hombre inculto, cuando servían a la misma causa, componían una alianza mucho más sólida que dos sabios o dos animales, del mismo modo que el bronce era más duro que el cobre o que el estaño, de cuya aleación estaba compuesto.

Era bien pasada la medianoche cuando finalizaron las deliberaciones. Antes de dar por concluida la reunión, Tursun bajá recomendó a todos guardar un completo secreto. Cada uno de ellos, al margen del grado o la función que ostentara, dijo al respecto, respondía con la cabeza. Luego se puso en pie y dijo con voz sosegada:

—Si no hemos conseguido tomar esta fortaleza lanzándonos sobre ella desde lo alto como los halcones, nos introduciremos en ella por debajo, como la serpiente, y la morderemos mientras duerme.

El intendente general sintió que un estremecimiento le recorría la espalda.

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Desde hace días, su campamento inmenso ha cambiado de aspecto. Más que un acantonamiento militar, hace pensar en un bullicioso ferial. Nosotros, que lo hemos visto el primer día invadir la tierra como un glaciar, que nos dejó luego sin dormir la noche de la orgía, que ennegreció y reventó de cólera el día del ataque vomitando el horror y la muerte, encontramos difícil acostumbrarnos a este nuevo estado de cosas. Podríamos llegar a creer que no se trata del mismo ejército sino de otro bien distinto, perteneciente a un tiempo y a un imperio diferentes, y que ha brotado, quién sabe cómo, a nuestros pies.

Al comienzo nos divirtió contemplar esa extensión abigarrada repleta de carreras y juegos ecuestres, con sus banderolas y estandartes multicolores, con los destacamentos yendo al campo de instrucción o regresando de él al ritmo de cánticos y órdenes, con los recién erigidos minaretes de madera que parecían de juguete, con sus flautas, sus atabales y sus címbalos cuyos tonos parecían horadarte el pecho.

Muchos de los nuestros estaban desconcertados. Incluso había quien preguntaba: ¿No será que los turcos han renunciado a hacernos la guerra? ¿No habrán recibido la orden, el firmán como dicen ellos, de su monarca allá en el fin del mundo donde reside? La gente comenzó a rogar: ¡Ojalá desaparezcan de nuestra vista!

Cuando, el día anterior, después de presenciar muchas otras cosas que se nos antojaban increíbles, vimos a decenas de soldados ir y venir portando vestidos floreados y perifollos femeninos comprados en los bazares del campo, nos pareció que o bien estábamos teniendo un mal sueño o eran ellos quienes se habían vuelto rematadamente locos. Reunimos entonces a toda nuestra gente y les dijimos que harían mejor absteniéndose de mirar lo que sucedía allí abajo. Les advertimos asimismo de que un ejército capaz de aparecer un día como una pandilla de borrachos, al siguiente como un monstruo de hierro y al tercero como una caterva de cómicos tronados debía de ser una fuerza demoníaca como nunca se había visto antes sobre la faz de la tierra. Solo Dios sabía en qué forma podía presentarse a la mañana siguiente: como una tigresa encolerizada o como una zorra muerta.

La mayoría se acordaron de los relatos de los antiguos sobre los ogros, las hidras de muchas cabezas y las hechiceras de múltiples caras, sobre el maligno o el horrible unicornio. Todas esas criaturas se asemejan en algún aspecto a esta hueste-bruja que ya ríe, llora, escupe humo o al cabo se siente contrariada y calla. No se puede dar crédito a los sonidos que exhala. Y mucho menos a su silencio.

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