El cerco

Ismail Kadaré · Capítulo 14 de 16

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El cerco

Capítulo decimotercero

 

No conseguía concentrarse en lo que decían. Mientras ellos tomaban la palabra uno tras otro para dar cuenta de las pérdidas en sus respectivas unidades y manifestar su parecer acerca del modo de proseguir la guerra y sobre la nueva proposición de Siri Selim, convocado por primera vez a la reunión, Tursun bajá no pensaba más que en el último informe del allajbey, que había leído por la mañana temprano. Sumergiéndose en las páginas repletas de una escritura apretada, había creído percibir de nuevo la extensa y poderosa murmuración de los soldados de dos meses atrás, pero esta vez más dura y más amarga. Y al igual que entonces, en la masa de esa murmuración se discernía, ahora con toda claridad, el hastío de la guerra. Durante las numerosas expediciones que había comandado, siempre había esperado su aparición como la llegada de una vieja aunque temible conocida. Ni las graves pérdidas, ni las violaciones de la disciplina, ni los actos de insubordinación de los capitanes o sus querellas, ni los insultos contra el Estado o contra su propia persona, ni el miedo, ni siquiera la aparición de los primeros síntomas de la peste le horrorizaban tanto como aquella nube de polvillo ceniciento que se posaba imperceptiblemente sobre los rostros, los ojos, las manos y las armas de soldados y oficiales. Él sabía bien que también esta vez acabaría por manifestarse, pero había hecho todo lo posible para retrasar al máximo su llegada. Los primeros indicios habían aparecido hacía mes y medio, justo después del fracaso del primer asalto, pero entonces se habían disipado con rapidez. Los juicios expeditivos y sobre todo los rumores sobre las investigaciones secretas, el descubrimiento y la condena de los espías de la nueva arma, las querellas por las cautivas, un espectro que, según se decía, vagaba después de medianoche por la orilla del río, la llegada de los artistas de la capital (la danzarina principal se había enamorado de un soldado de la muerte y ambos padecían por no poder unirse) y sobre todo la búsqueda y el hallazgo del acueducto habían retardado sin lugar a dudas su aparición. Pero el bajá sabía que aquella languidez nunca se alejaba demasiado. Estaba siempre allí, en ninguna parte y en todas a un tiempo, al acecho. Nunca la había esperado con tanta aprensión. Y he aquí que, por fin, se había manifestado. No se trataba ya de sus signos anunciadores, como seis semanas atrás, sino de la lasitud misma, envolvente, polvorienta y vieja como la guerra.

Ellos discutían sobre el próximo ataque. El intendente general se pronunciaba con insistencia a favor de asaltos sucesivos como medio de impedir que los defensores de la fortaleza, acuciados por la sed y el cansancio, pudieran recuperarse. El bajá no ignoraba que su principal preocupación era la escasez de víveres. Durante el ataque nocturno lanzado por Scanderberg, ciertas reservas, como las de miel y arroz, habían resultado particularmente dañadas. El intendente hizo responsable de ello a cierta mentalidad de acuerdo con la cual, prestando con razón un cuidado especial por la defensa de la zona del campamento donde se encontraban los cañones, las tropas de élite o las tiendas de los comandantes («tampoco excluyo la mía», añadió), demostraba un menosprecio culpable por los depósitos de alimentos, como si estos no pertenecieran a nadie. «Aquella noche —prosiguió— la miel fue derramada a mansalva por el suelo, y te sangraba el corazón viendo los cascos de los caballos pisoteándola. A menos que alguno de nuestros comandantes hubiese concebido esta estratagema con el fin de dificultar los movimientos del enemigo…», finalizó en un tono abiertamente burlón.

El oficial que respondía por la seguridad del campamento se puso lívido. En un alegato deshilvanado y amargo, dijo que le sorprendía comprobar que en el seno del consejo se valorara un artículo alimenticio como la miel al mismo precio que la sangre turca. Con una mueca maliciosa, el intendente general replicó que aquello era un consejo de estado mayor y no un mercado de palabras huecas. La irritación que expresaba su rostro permitía augurar que sus siguientes palabras serían todavía más hirientes, de modo que el allajbey juzgó oportuno intervenir para señalar que aquel consejo no se había permitido utilizar hasta el momento semejantes comparaciones. Añadió que, si las ordenanzas imperiales para la guerra prescribían proporcionar antes del ataque una ración de miel a cada soldado con el fin de levantarle la moral, eso evidenciaba el efecto benéfico de dicha sustancia, y en ese sentido debía ser tomada la inquietud del intendente general.

Tursun bajá les invitó a que retornaran a la cuestión del ataque. Alguien mencionó al astrólogo.

—¿Qué dice el intérprete de las estrellas? —preguntó el bajá sin ocultar su sarcasmo.

Nadie respondió. El bajá repitió la pregunta, dirigiéndose esta vez al muftí, con el que, por lo general, estaban relacionados los astrólogos.

—No predice por el momento nada en particular —respondió el muftí.

—¿Ah, sí? —dijo con brutalidad el bajá—. Entonces predeciremos nosotros algo para él.

Se hizo el silencio.

—¡Los soldados se parten la cabeza contra las murallas —continuó con voz ligeramente enronquecida— y él no se encuentra con ánimos para hacer predicciones! Que sea flagelado a la vista de todos. Luego que se le envíe a trabajar a las trincheras, como su antecesor.

Ellos no se sorprendían demasiado ante estos súbitos desahogos. El bajá no disimulaba su irritación contra todos los inspectores y funcionarios enviados desde la capital. Tenía la impresión de que la mayor parte acudían tan solo para contemplar su desgracia, de modo que todos los pretextos le parecían buenos para zaherirlos. Tras una breve pausa, durante la cual el escribiente tomó nota de la orden de flagelación del astrólogo, los miembros del consejo continuaron deliberando. Unos eran contrarios a los ataques reiterados. Más valía esperar, sostenían, a que, de acuerdo con el plan de Siri Selim, la infección alcanzara los pozos del castillo y a sus defensores mismos. Tursun bajá escuchó durante un rato sus intervenciones; luego su atención se distrajo nuevamente.

Alguien aludió a las nubes.

—Por desgracia, entre los atributos del gran Badijá no figura el de mandar sobre las nubes —dijo el intendente general en réplica a Kara-Mukbil, que era contrario a un ataque inminente—. Una buena mañana, esas nubes pueden aparecer en el horizonte y una repentina lluvia calmar la sed de los asediados, para cuyo logro nos hemos empeñado con tanto esfuerzo.

La lluvia. Nunca a lo largo de su existencia le había torturado tanto el cerebro la idea de la lluvia como aquellas dos últimas semanas. Abominaba de aquella palabra breve y repulsiva que le hacía temblar. La odiaba, intentaba borrarla de su mente, pero era inútil. Contemplando el cielo despejado, de un azul imposible bajo el imperio del sol abrasador, tenía a veces la sensación de que la lluvia había desaparecido para siempre de la tierra. Pero él sabía bien que en ese mismo momento, mientras ellos se asfixiaban de calor, en alguna parte, en otras tierras, la lluvia continuaba subsistiendo y caía tranquila, regular y aburrida como la misma muerte. Por el momento se encontraba lejos, pero bastaba un breve lapso de tiempo para que las taimadas nubes llegaran cargadas con ella, y entonces sus gotas odiosas lo empaparían todo.

—Ellos esperan la lluvia —continuó el intendente general—. En una de sus torres han dispuesto unas placas metálicas giratorias, por medio de las cuales pretenden predecir el tiempo. Eso significa que están al límite. Y nosotros debemos apresurarnos.

El consejo fue entonces escenario de tal grado de confusión que todo parecía de nuevo vuelto del revés. Los primeros en padecerlo eran los beyes de los sanjacados. El muftí, al que ellos no quitaban ojo, tenía expresión contrariada, apagada. A él le preocupaba otra cosa. Había tomado la sanción al astrólogo como una afrenta personal y el rencor le corroía por dentro. Pidió la palabra.

—Todo lo que está sucediendo tiene una sola y la misma causa — declamó con voz grave—. El relajo que se extiende cada vez más en el ejército. El influjo de la cruz maldita cumple, al parecer, su cometido. El espíritu religioso se debilita. Los impíos se multiplican. Durante el último ataque, buena parte de los eshkinyis estaban ebrios. La degeneración se observa por todas partes, pero los oficiales fingen no verla.

El muftí intimó a todos a que reaccionaran cuando aún no era tarde. Reclamó que la lectura del Corán fuera declarada obligatoria, las bebidas fuertes prohibidas, al igual que la venta de cautivas y la presencia de prostitutas. Anunció que él era contrario a la venida de artistas de la capital. Los soldados otomanos no tenían necesidad de furcias que agitaran los traseros, ni de libertinos o de figurines a la última moda.

—Tengo aún otra cosa que añadir —continuó clavando los ojos en los de Tursun bajá—. Redundará en beneficio del ejército y del tuyo propio que despidas a las mujeres que has traído contigo. Eso es lo que tenía que decir.

El silencio que se hizo era tan pesado que el escribiente no osó rasgarlo con su pluma.

¡Víbora!, rezongó para sus adentros el bajá. Sus ojos refulgían más que el rubí de su anillo. Todos contenían el aliento. Sabían que entre todos los conflictos posibles en el seno de un consejo de estado mayor, el más peligroso era el que enfrentaba al comandante en jefe y al jefe religioso. Era como si el gran Badijá en persona, que ostentaba ambos poderes, el temporal y el espiritual, se enemistara consigo mismo.

Víbora y escorpión, las dos cosas a un tiempo, renegó para sí Tursun bajá. El otro sabía sin duda que el favor de que gozaba en palacio no estaba en su mejor momento; por eso se atrevía a envalentonarse. Pero había algo que el jefe religioso ignoraba: que si ganaba aquella guerra, todos los muftíes y los imanes del imperio serían impotentes contra el comandante en jefe. En cambio, si la perdía, podía derribarlo hasta una hormiga.

Miserable, volvió a mascullar para sus adentros. Habría querido enjaretarle todos los insultos con que Saruya había cubierto hacía unos días a Tavya y que Tabduk agá le había transmitido en un informe aparte. Pero como él no tenía costumbre de emplear palabras soeces, no los recordaba siquiera. ¡Viejo decrépito —le había espetado otro día Saruya—, yo me limpio el culo con tu barba!

Antes de que abriera la boca para replicar, todos habían comprendido que se sentía en posición de fuerza y eso bastó para que la mayoría se alineara con él de inmediato.

—Te he escuchado, muftí —dijo articulando con lentitud—. Es decir, he escuchado tus insidias sobre los gloriosos soldados y oficiales que están librando esta guerra. Ahora escúchame bien tú a mí: las cautivas seguirán siendo admitidas, los artistas continuarán viniendo de la capital, el Corán se leerá tanto como venía leyéndose hasta ahora, los soldados durante el descanso, y yo con ellos, nos divertiremos como nos apetezca. Si a ti no te gusta, puedes largarte de aquí. ¡Ahora mismo incluso!

Tahanka dejó escapar un sonido que parecía salir de una garganta cortada y que, en aquel caso, cuando aún se ignoraba cómo terminaría el enfrentamiento, por el hecho mismo de resultar incomprensible, despertó envidias. Todos sabían que tales intervenciones de Tahanka eran consignadas por el escribiente bajo el epígrafe «ruidos de Tahanka». Bien podía ser que se alinearan ahora del lado del bajá, ya que había salido en defensa, sus eshkinyis.

—¡Bajá, mide tus palabras! —gritó desde su sitio el muftí—. No eres tú quien me ha nombrado.

—¡Aquí quien manda soy yo! —respondió Tursun bajá—. Y de ahora en adelante te privo del derecho a la palabra.

Entre el silencio, que a todos les pareció cargado de nueva significación, la pluma del escribiente emitió un crujido tan estridente que hacía pensar que la orden de cerrar la boca no podía anotarse de un modo distinto.

—A partir de este momento quiero advertíroslo a todos con claridad. Si alguien se insubordina, quienquiera que sea, incluso si se trata de uno de vosotros, le haré cargar de cadenas. Luego responderé yo mismo ante el sultán.

El intendente general pidió la palabra.

—De acuerdo con las palabras que acabamos de escuchar, ¿podemos considerar que se ha declarado el Estado de excepción?

—Sí —respondió el bajá—. Justamente.

—He comprendido, mi bajá —dijo el intendente, y se sentó.

—Ahora, podéis hablar sobre la propuesta del médico —dijo el comandante en jefe—. Sed breves.

Deseoso al parecer de quitar hierro a la situación, el allajbey preguntó en tono natural a Siri Selim, como si no hubiera sucedido nada, cuantos días se debería esperar para que se declarara la primera epidemia.

—En el segundo asedio de Alepo se desató dos semanas después de la introducción de los animales infectados —respondió el médico—. Pero no se debe olvidar que allí se utilizó carroña. Las bestias vivas, debido a que se desplazan por sí solas, aceleran la propagación.

—¿Es precisa una autorización del alto mando para recurrir a eso? — preguntó Saruya—. No veo qué puede haber de sorprendente en mi pregunta —continuó con voz airada cuando dos o tres voces murmuraron: «¿Qué es eso de una autorización?»—. Para el empleo de cualquier arma nueva se requiere permiso del alto mando. Ya sé que los cadáveres de animales están permitidos, pero no estoy seguro de que ocurra lo mismo con los vivos.

—Hasta ahora, por razones de seguridad, la utilización de animales vivos ha estado en efecto prohibida —precisó el médico—. Pero hace tres meses el gran visir firmó la autorización.

—¿Existen condiciones? —volvió a preguntar Saruya.

Todos seguían con curiosidad aquel intercambio. Era la primera vez que los expertos se zaherían entre ellos.

—Así es —respondió el médico—. Se prohíbe la utilización de catapultas. Por temor a que con las cajas llenas los animales se desbaraten en el aire.

Siri Selim explicó la disyuntiva ante la que se encontraba: si las jaulas eran tan sólidas como para no desarmarse en el aire, tampoco se abrirían al caer en el interior de la fortaleza. Y viceversa: si eran tan frágiles como para… Por eso había pensado que fueran portadas hasta lo alto de los muros por soldados.

—¿Y has pensado en los soldados? —le interrumpió Kara-Mukbil.

—Desde luego —replicó el médico—. Llevarán guantes de cuero y una capucha.

—Como los verdugos —dijo alguien.

—Como los verdugos o como las apariciones, eso carece de importancia —dijo el médico—. Lo importante es que vayan protegidos contra una mordedura ocasional en el momento de abrir las jaulas.

Todavía bajo el efecto de la tensión experimentada poco antes, todos se sentían aliviados por esta relativa distensión. El comandante en jefe parecía agradecerla también.

—En todo caso, eso es mejor que lanzar carroña con catapulta — intervino el viejo Tavya—. Recuerdo que, durante el primer cerco de Semender, estuvimos toda una semana lanzando ratones, perros, incluso burros putrefactos. Luego, después de los cadáveres de los prisioneros, no sé cómo, los servidores de las catapultas fueron presa de tal frenesí que comenzaron a arrojar vasijas con desperdicios, orines, excrementos y el diablo sabe qué más. Es verdad que la fortaleza se infectó y acabó cayendo, pero ¿para qué? El hedor era tan repugnante que tras la rendición los soldados ni siquiera quisieron entrar en la plaza. La podredumbre lo corrompió todo, no hubo saqueo ni se tomaron cautivos, la victoria misma no tenía nada de alegre. Desde entonces, por lo que yo sé, se prohibió el lanzamiento de inmundicias. Los animales vivos son realmente otra cosa. Yo no estoy en contra.

Dieron su opinión uno tras otro, después de lo cual se sintieron más aliviados. Solamente el muftí continuaba ceñudo. Era evidente que la creciente animación acentuaba su enfado y su sensación de aislamiento.

A excepción de Saruya, que, sin que pudiera entenderse la causa, se pronunció en contra, todos apoyaron al médico.

Finalmente tomó la palabra Tursun bajá. Habló más largamente que de ordinario, con voz más pausada, un poco ronca debido al enfriamiento. Decidió que se intentaría contaminar a los asediados por medio de animales enfermos, conforme a la propuesta de Siri Selim. Este enrojeció de satisfacción hasta la base del cuello. Sobre la prosecución del asedio anunció que se llevarían a cabo ataques sucesivos para impedir al enemigo recuperar el aliento. Hemos venido aquí para apoderarnos de esta plaza y no para filosofar, dijo. Los asaltos tendrán lugar a diario o casi, sin tomar en consideración las pérdidas ni los obstáculos. Dijo esto con profunda convicción, porque sabía por experiencia que los ataques continuos, al no conceder a los soldados tiempo para pensar en otra cosa que en salvar la cabeza, son el mejor remedio contra el hastío de la guerra. Después, arrastrando lentamente las palabras, añadió que esperaba de ellos el celo más extremado en la disposición de las tropas y, lo principal, una mayor participación de todos ellos en el combate. En este punto dirigió a cada uno una severa mirada, como si pretendiera establecer cuáles de entre ellos no deberían encontrarse en aquel instante allí, en el consejo, sino descansar bajo la tierra o, al menos, languidecer a causa de las heridas al igual que Kurdisyi. En el pesado silencio que siguió a estas palabras, el rasgueo de la pluma del escribiente, que las ponía sobre el papel, les laceró como la punta de un puñal. Comprendieron que cada día se tornaría más irascible y que de ahora en adelante se podía esperar cualquier cosa de él. Para terminar, Tursun bajá recomendó guardar completo secreto sobre el intento de contaminación, de modo que los soldados que transportaran los animales infectados ignoraran la verdadera naturaleza de su carga. Esto era imprescindible si se quería evitar que se propagara en el ejército el pánico a la peste.

La reunión llegó a su fin. El allajbey, Kara-Mukbil y el intendente general, de acuerdo con las instrucciones del bajá, fueron a inspeccionar, en compañía de Siri Selim, el pabellón donde el médico guardaba sus animales. De camino se cruzaron con grupos de soldados que se dirigían a la gran plazoleta del real para asistir a la flagelación del astrólogo.

El proceso contra el maldecidor, que tenía lugar poco más allá, en un cercado a medio cubrir, se prolongaba tanto que ya no despertaba demasiado interés. Lo único que esperaba la gente era la ejecución de la sentencia, es decir, la amputación de las dos manos del culpable, o, en el mejor de los casos, de una sola, precisamente aquella que había cometido el fatídico error en el curso de la execración.

El lugar donde yacían los animales enfermos (su «yacija», como él lo llamaba) se encontraba en la misma elevación que el taller de los cañones, aunque separado de este por un vertedero donde se amontonaban la escoria y los residuos de la fundición. Ofrecía a la vista el mismo aspecto desolado, estaba cercado de la misma empalizada de tablones, sobre los que aparecía clavado un letrero prohibiendo el paso, aunque, a diferencia del taller, tras la primera cerca se alzaba una segunda que lo cubría por completo, e incluso le servía de techumbre.

El guardia adjudicado a Siri Selim sacó una llave y abrió la puerta de esta segunda empalizada mientras el maestro de ceremonias proclamaba: ¡Sed bienvenidos a mi yacija!

—¡He aquí mi reino! —continuó lleno de vivacidad Siri Selim, señalando con sus largas manos las arcas y las jaulas de distintos tamaños, alineadas y en ocasiones superpuestas de un extremo al otro del recinto. Estaban confeccionadas con juncos o hilo metálico y en su interior las bestezuelas se debatían, gañían o languidecían como sin vida—. No temáis nada. Por ahora, no existe peligro de contagio.

Comenzó por explicar que en todos los asedios prolongados en que él había participado como médico militar había adquirido la costumbre de reunir diversos animales sobre los cuales ensayaba los efectos de pócimas y enfermedades diversas.

Kara-Mukbil observaba con desprecio las arquetas llenas principalmente de ratas. Había también pequeños perros, gatos, escarabajos, conejos, ciertos animalejos de color gris que él veía por primera vez, erizos, saltamontes e incluso, en una de las jaulas al fondo de la cual se veía un recipiente con agua, ranas. El allajbey escuchaba todas las explicaciones del médico con gran seriedad, mientras el intendente general parecía tener la mente en otra parte.

—La utilización de animales enfermos en la guerra —expuso Siri Selim — no es una práctica nueva. Los antiguos cartagineses, los ejércitos infieles más tarde, más recientemente los mongoles conocían bien su utilidad. No obstante, es preciso decir que ese uso no está tan extendido como debería. Hasta el momento, contra las fortalezas asediadas se han lanzado por medio de catapultas principalmente carroñas, aunque la introducción de animales vivos parece que prevalecerá en el futuro.

Observando la expresión despectiva en el rostro de Kara-Mukbil, el médico continuó:

—Puede que a algunos esta práctica les parezca indigna de un ejército glorioso como el nuestro, pero qué le vamos a hacer. En ocasiones, el principio de un contagio consigue aquello que no alcanza la espada ni el cañón.

Kara-Mukbil permaneció en silencio. Continuó observando con idéntica expresión de desagrado las jaulas pobladas de erizos y de sapos.

—Fijaos en este saltamontes verde de aquí —dijo el médico señalando una de las cestas—. Es una verdadera joya, para quien sabe apreciarlo, claro. Los lugareños de esta zona lo llaman «caballo de la bruja», al parecer no sin motivo. Es capaz de arrasar los graneros, pero, provisto de una enfermedad contagiosa, llega a ser diez veces más pernicioso: ¡un verdadero caballo maléfico!

Después de observar con atención casi todas las jaulas, el allajbey le hizo una serie de preguntas a Siri Selim. El médico le proporcionaba todas las aclaraciones requeridas, desde las enfermedades que les serían inoculadas a los animales hasta el modo de introducirlos en la fortaleza. Señaló que los animales enfermos, tras dejarlos varios días sin comer ni beber, serían introducidos el día del ataque en las pequeñas cestas de juncos que los soldados llevarían atadas a la espalda. Cuando los asaltantes llegaran a las brechas o a lo alto de la muralla, las rajarían con un cuchillo y dejarían escapar a los animales. En mitad de la confusión, difícilmente los defensores se fijarían en algo semejante, pero, incluso si lo hacían, les resultaría imposible seguir a las criaturas, sobre todo a las ratas, las cuales, atormentadas por el hambre y la sed, correrían hacia los almacenes de víveres o hacia los pozos.

Siri Selim proporcionó abundantes precisiones adicionales sobre las extraordinarias facultades de las diferentes criaturas para propagar las enfermedades y acerca del gran futuro que esperaba a esta arma de guerra en el mundo.

Ya se disponían a salir cuando Siri Selim, inflamado de pronto y extendiendo la mano hacia las murallas, declaró enfáticamente:

—Este pueblo que dice haber nacido de un águila morirá tal vez por una rata.

Hacía largo tiempo que llevaba preparada esta frase para soltarla en el consejo, pero no había encontrado la ocasión.

El intendente general no tuvo dificultad en comprender que el médico había comenzado a frecuentar a Mevla Chelebi.

Siri Selim los acompañó durante un trecho; luego todos se separaron y cada uno se dirigió hacia su tienda. Al ver al cronista que venía en dirección contraria, el intendente encontró confirmación para sus sospechas acerca de las relaciones de este con el médico.

—¿Vas a ver a Siri Selim? —le preguntó.

Al cronista le pareció distinguir un deje burlón en su voz.

—Sí —respondió, mientras añadía para sí mismo: ¡Malditas sean mis piernas!

—De allí vengo yo —dijo el intendente—. Acompáñame un poco. No me siento demasiado bien.

La frente del cronista se frunció de inquietud.

—¿No estarás enfermo? —le preguntó.

—Ah, no —respondió el intendente con una leve sonrisa—. Estuve con Siri Selim por otro asunto. ¿Cómo va la crónica?

Chelebi sonrió también.

—Vaya…

Las callejuelas que recorrían estaban repletas de soldados que regresaban de la instrucción o de la plazoleta donde habían asistido al suplicio del astrólogo. Miles de hombres permanecían tumbados en la parte trasera de sus tiendas.

—Están derrengados —dijo el intendente general—. El último ataque los ha dejado exhaustos.

—Pero ellos deben de estar al límite —dijo Mevla Chelebi señalando con la mano hacia los muros, que parecían desiertos, con las brechas abiertas y las negras cortinas de pez colgando casi hasta la base.

El intendente guardó silencio.

—Dicen que sus ojos están ofuscados de permanecer día y noche en lo alto de las torres escrutando los caminos por los que pueda llegarles algún socorro —dijo el cronista.

El intendente general parecía estar pensando en otra cosa.

—Ahí tenemos a ese poeta ciego —dijo en tono socarrón señalando con la mano a Sadedin—. Creo que también es amigo tuyo…

Chelebi no respondió.

Sadedin caminaba solo, con un bastón en la mano, golpeando continuamente el suelo ante él. En cualquier otra circunstancia, el cronista habría sentido piedad por su infortunado amigo, pero esta vez le pareció que le salía al paso intencionadamente para ponerle en evidencia, y eso le irritó. Unos oficiales le dijeron algo al pasar y, cuando el ciego se volvió para responderles, el intendente general, curioso por escuchar lo que decía, contuvo el paso. La voz de Sadedin sonaba ronca.

—¿Qué veis vosotros de este mundo? —gritó dirigiendo las cuencas vacías de sus ojos a los oficiales—. Yo, incluso si aún tuviera ojos, me los arrancaría para no presenciar esta ignominia.

Los oficiales se inclinaron con deferencia al ver al intendente, lamentando haber increpado al ciego. Pero ya era tarde.

—¡Así se os atragante el pan del Badijá!

Hizo girar sus ojos vacíos a su alrededor, sorprendido al parecer del súbito silencio que se hizo.

—¿Qué veis vosotros de este mundo? —repitió con voz profunda—. ¡Orfandad de estrellas, nada más!

Dio media vuelta y reemprendió la marcha tanteando constantemente la tierra con su bastón, como si temiera que a cada paso fuera a abrirse ante sus pies un precipicio.

Los oficiales permanecieron inmóviles y en silencio. Sin mirarlos siquiera, el intendente continuó su camino.

—Hace calor —dijo poco después—. Ahora se estaría bien a la orilla del mar.

—Dicen que no está lejos de aquí.

—Sí, es un mar muy hermoso, aunque tiene un nombre complicado.

—Kadri-Atik —articuló Mevla Chelebi—. Creo que es así como se llama.

El intendente se echó a reír.

—Menos mal que no has dicho Kadri bey. Ahora escucha bien como se dice: A-dri-á-ti-co, Adriático.

Mevla Chelebi no sentía gran aprecio por sí mismo en aquel momento.

—Verdaderamente sería muy agradable encontrarse ahora al borde del mar —continuó el intendente—. Parece que el Badijá ha ido a descansar a Magnesia, en Anatolia.

Mevla Chelebi no sabía qué decir. Su amigo hablaba con desenvoltura de gentes y de cosas en las que él no se atrevía ni a pensar.

—Dicen que se ocupa allí de cuestiones religiosas, de importantes asuntos de doctrina.

—¡Qué Alá prolongue sus días! —dijo Mevla Chelebi lamentando haber malgastado la única frase que tenía reservada para una situación así.

No obstante, al ver de lejos la gran tienda del intendente, recuperó la alegría. Una vez allí, al encontrarse por así decirlo como en su casa, tal vez el otro abandonara aquel tono irónico que a él le inquietaba tanto.

—Toma asiento —le invitó el intendente cuando entraron—. Y ahora voy a confiarte un secreto.

Y le habló al cronista de los animales enfermos que iban a ser soltados en la fortaleza durante el próximo ataque. Chelebi escuchaba, sorprendido y al mismo tiempo satisfecho por comprobar que volvía a tenerle confianza. Por más que él no deseara hacerlo, las frases infames, de aquellas que él aplastaría como si fueran serpientes, acudían a su memoria: Y así, los leones y los tigres blancos de la guerra se abalanzaron contra las murallas en compañía de las pulgas, los saltamontes, los sapos y las ratas… Perro infame, se increpó a sí mismo. ¡No te quejes luego cuando te sometan a tortura!

—Este es nuestro último intento, Mevla Chelebi —añadió el intendente general—. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano, pero hasta ahora el destino no nos ha sonreído. Esta es la última oportunidad.

La voz del intendente no solo estaba ya desprovista de todo rastro de ironía, sino que al cronista le pareció fúnebre.

—La estación de la guerra está ya en sus últimos días —murmuró el intendente con lentitud, casi con melancolía—. Al igual que tu crónica, a la que le restan ya pocas páginas que escribir.

—¿Y después? ¿Qué sucederá si…? —Mevla Chelebi no se atrevió a decir: Si no somos capaces de tomar la fortaleza…

El intendente lo miró con sus ojos serenos, en los que, por lo general, el cronista no era capaz de diferenciar la limpidez de la frialdad.

Orfandad de estrellas, repitió como en sueños las palabras de Sadedin.

—Luego se repetirá la expedición la próxima primavera —respondió el intendente, esta vez con una voz que sonó extraña—. Los tabores sin número partirán uno tras otro bajo el estruendo de los tambores y el tremolar de las banderas, lo mismo que entonces. Marcharán día y noche sin descanso, a pie, a caballo, a lomo de camello, en carros, hasta llegar ante las murallas de la fortaleza. Aquí —el intendente general señaló el suelo—, ellos descubrirán las huellas de nuestro campamento, que las lluvias del invierno habrán desfigurado y cubierto de barro, sin lograr borrarlas por completo. Levantarán sus tiendas en este mismo lugar, y entonces la historia se repetirá.

En los ojos del intendente, clavados sobre el cronista, brillaba una luz perversa.

—Te preguntarás sin duda qué es lo que sucederá en el caso de que tampoco el año próximo pueda tomarse la ciudadela.

El cronista sentía que le chorreaba el sudor frío. Él estaba seguro de no ser tan lerdo como para plantear una pregunta tan escabrosa, pero, por otra parte, no se atrevía a contradecir a su poderoso amigo. Si el otro estaba resuelto a hacer la pregunta, a él no le quedaba otra cosa que aceptar el hecho en silencio y no defraudar su confianza.

—Si la fortaleza tampoco cae la próxima primavera —dijo el intendente general—, entonces una nueva expedición deberá partir al año siguiente.

Mevla Chelebi no sabía hacia dónde dirigir su mirada. A Sadedin, que el diablo confundiera, le habría resultado más fácil con sus pupilas vidriosas.

—Solo que esa vez será un ejército mucho más imponente —prosiguió el intendente—, y puede que el propio gran Badijá lo encabece.

Al cronista volvió a chorrearle el sudor frío.

—La expedición será entonces majestuosa —continuó el intendente—, tal como requiere el rango imperial. El número de tabores será en verdad incontable, y los comandantes tendrán más alta graduación. En lugar de nuestro consejo, acudirá el consejo de los visires, de los bajaes y de los emires, Kara-Mukbil y Kurdisyi serán sustituidos por los beylerbeys de Rumelia y de Anatolia; el viejo Tavya, por el gran agá de los jenízaros; el muftí, por el Sheih-ul-Islam; el astrólogo que hoy ha sido flagelado en público, por el astrólogo del palacio, y, en tu lugar, Mevla Chelebi, vendrá el célebre Uruç Ibn Adil en persona —el intendente hizo una breve pausa —. Únicamente los soldados serán los mismos —prosiguió—, al igual que las murallas. Y la muerte continuará teniendo el mismo tono y el mismo olor —añadió poco después.

Chelebi sentía que se le había helado la sangre. ¿Y si el intendente se propusiera responder a una nueva pregunta que él mismo ya había concebido pero que bajo ningún concepto le plantearía jamás? Esperó unos momentos angustiado, pero el otro no la hizo y el cronista se dijo que incluso los hombres poderosos, por poderosos que sean, conocen la existencia de límites que no se pueden franquear.

Poco a poco, el brillo límpido y maligno en la mirada del intendente general se extinguió y sus ojos recobraron su expresión habitual, con la sola diferencia de que ahora parecían un tanto cansados.

—Esta guerra durará largo tiempo —dijo el intendente general—. Albania se consumirá a sí misma en ella. Esto es solo el comienzo.

Dio un trago de jugo de granada y suspiró profundamente.

—Cada primavera, junto con la renovación del verdor, apareceremos de nuevo en estos parajes —continuó—. La tierra desnuda temblará bajo el paso de nuestras tropas. Los valles serán incendiados y todo lo que pueda crecer o ponerse en pie quedará reducido a cenizas. La próspera economía de este país será arruinada. Ellos atemorizarán a sus hijos sirviéndose de la palabra «turco». Y sin embargo, te lo he dicho ya en una ocasión, Mevla Chelebi, si nosotros no hemos logrado vencerles al término de esta primera expedición, en la segunda se requerirá el doble de fuerzas intentarlo, en la tercera el triple, y así sucesivamente. Si ellos alcanzan a salir vivos de ese infierno, después será muy difícil aniquilarlos. Se habituarán a los asedios, al hambre, a la sed, a las matanzas, a las alarmas. Entretanto, habrán nacido sus primeros hijos en la guerra. Lo peor de todo es que se acostumbrarán a la muerte como a una bestia domesticada a la que ya no se teme. Entonces, incluso si llegamos a conquistarlos, no les someteremos jamás. Atacándoles y golpeándoles de forma continua, descargando sobre ellos nuestros inmensos ejércitos sin conseguir asestarles el golpe de gracia, nosotros les habremos procurado sin pretenderlo un gran bien.

El intendente general balanceó la cabeza con amargura.

—Creíamos estar dándoles la muerte cuando, con nuestras propias manos, les proporcionábamos la perdurabilidad.

Mevla Chelebi escuchaba como alelado.

—Un día, si no me equivoco, te estuve hablando de Scanderberg — continuó el otro—. Se habla mucho de él: se le tiene por el más grande estratega de la tierra, se le califica al mismo tiempo de león, de renegado, de traidor al Islam, de atleta de Cristo y de qué sé yo además. Todos esos apelativos, según parece, se le ajustan, pero yo lo definiría de otro modo. A mi modo de ver, es un hombre más allá del tiempo. Nosotros golpeamos su parte visible, pero es contra la otra contra la que no podemos nada; ya se nos ha escapado. Por ahora, él arrastra a Albania al precipicio creyendo tornarla de ese modo inasible, a su imagen, empujándola a trascender su época. Y tal vez tenga razón. Sería inútil por nuestra parte intentar separarlos. Aunque quisiéramos, no podríamos lograrlo.

Sin dejar de escuchar, el cronista se mantenía al acecho de una pausa o de un suspiro de su interlocutor que le permitiera cambiar de conversación. Pero una especie de ebriedad que invadía al intendente general cuando hablaba, ya conocida por él, le impedía hacer una sola parada.

—Se empeña en revestir a Albania con el manto de la invulnerabilidad —continuó—. Proporcionarle, por así decirlo, una metaforma que la proyecte más allá de las vicisitudes del presente, tornarla capaz de la resurrección; en otras palabras: prepararla para otro mundo. No sé si me sigues. A ejemplo de su Dios, él trata de crucificar a Albania, lograr por tanto que, al igual que Cristo, pueda regresar a la vida. Tres días, tres siglos, tres milenios después de la muerte, eso carece de importancia. La que cuenta es su visión de lo que está por venir.

El intendente general respiró profundamente y sus párpados se entrecerraron como si él mismo estuviera teniendo realmente una visión.

—Tú crónica, Mevla Chelebi, será larga y doliente —continuó. Clavó los ojos en el cabello canoso del cronista y este se sintió reconfortado creyendo descubrir conmiseración en la mirada de su amigo—. Este asedio se ha prolongado mucho —añadió—. Se aproxima el otoño y los ataques serán cada día más brutales.

Conversaron durante un rato sobre la proximidad del otoño. Por el momento no se apreciaba ningún signo que lo anunciara. No existía más que en sus mentes. Pero transcurrirían unas semanas y de pronto, una mañana, la llanura amanecería plagada de millares de charcos de agua, grandes y pequeños, que contemplarían el cielo como otros tantos ojos turbios.

—¿Qué hace Saruya? Hace tiempo que no le veo —dijo el cronista creyendo haber encontrado por fin el momento de intervenir para cambiar de conversación.

El otro le miró un instante, el tiempo aparentemente necesario para recordar qué era de Saruya.

—Continúa muy afectado. No sale en todo el día de la fundición.

—Le tenía mucho aprecio a su ayudante.

—Sí. Su muerte le ha conmovido mucho. Ahora está siempre solo.

—¿Trabaja? —preguntó el cronista.

—Sí —respondió el intendente—. Le ha tomado un odio inmenso al género humano. Eso le impulsa a trabajar sin descanso. Proyecta, ahora en completa soledad, un cañón monstruoso.

—¿De verdad?

—Sí. Aunque me temo que esta campaña terminará sin darle tiempo a ensayarlo.

—Tal vez en la próxima expedición… —el cronista dejó la frase en suspenso.

—Desde luego —asintió el intendente—. En futuras ocasiones dispondrá de piezas aún mayores.

En sus ojos reapareció aquel brillo límpido y malvado de poco antes.

—A propósito, ya que sale el tema, el arquitecto ha sido convocado de urgencia a la capital. Le acaban de asignar otro cometido. ¿Sabes cuál? —el intendente dejó escapar un silbido—: ¡Arquitecto del asedio de Constantinopla!

—¿Por qué, se prepara un nuevo asedio?

—Sí. Y por lo que se ve, este será el último. Bizancio va a caer.

—¡Dios lo quiera!

—Ayer llegó el texto de los nuevos gritos de guerra que deben emplearse en los ataques. Tú abres los ojos de ese modo porque, sin duda, no sabes que las principales aclamaciones que se utilizan durante los asaltos se elaboran en las alturas.

—Es la primera vez que oigo hablar de ello —admitió el cronista.

—Pues así es, en las batallas importantes, esas consignas emanan del centro. Esta vez, uno de esos gritos, más precisamente el principal, resulta un tanto extraño. Los atacantes deberán gritar: «¡Roma! ¡Roma!».

—¿De verdad?

—Imagino que captarás el significado de esa palabra —continuó el intendente—. Eso quiere decir que el imperio, mientras se dispone a destruir por fin a la Roma de Oriente, Constantinopla, pone así a punto los medios que habrán de servirle contra la Roma de Occidente; dicho de otro modo, contra Europa… Ese día, esta llanura se convertirá en un océano de sangre…

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En cuanto aparecieron las primeras nubes, ellos, como si despertaran de un extraño letargo, intensificaron los ataques. Habíamos esperado esas nubes con impaciencia y, cuando comenzaron a dejarse ver en los contornos de las montañas, corrimos gozosos a la iglesia para hacer sonar las campanas. Pero desaparecieron como habían llegado, ligeras y juguetonas, sin lluvia ni granizo, sin nada, limitándose a azuzar al dragón.

Sabíamos que a nuestros pies se encontraba el ejército más temible del mundo, pero no había mente humana capaz de concebir que poseyera una potencia ofensiva tan inagotable. Semejante a una avalancha, al estruendo de un trueno que no llega de donde debe, de lo alto, sino que surge desde abajo, nos comprime y trata de aplastarnos.

En cada nuevo ataque aparece algún ingenio bélico desconocido: nuevas modalidades de escalas, de torres sobre ruedas, bolas metálicas con espinas como de erizo y toda suerte de inventos diabólicos. Cuando, durante el último asalto, vimos a algunos de sus soldados cubiertos con capirotes, imaginamos que no era sino un truco más de los que son tan aficionados a utilizar para atemorizarnos. Pero muy pronto descubrimos de qué se trataba: esos soldados transportaban a lo alto de las murallas repugnantes animalejos. En uno de los pozos, recién cavado, entraron las ratas. Los otros dos fueron protegidos por los guardias. Nada más oír el grito de «¡ratas!, ¡ratas!», sellaron las bocas con planchas de hierro. Nuestros herreros se pasaron la noche en blanco fabricando decenas de ratoneras que han sido distribuidas por todas partes. Sus chasquidos no nos permiten pegar ojo en toda la noche.

Lo han intentado todo contra nosotros. Y solo Dios sabe lo que harán todavía. Pero alguien debía alzarse en el camino de esa horda insensata. Y dado que la historia nos eligió a nosotros, y que nosotros aceptamos, eso significa que tal era nuestro destino, nuestra cruz.

Amanece. El cielo está encapotado. Pero esta vez las nubes son diferentes: espesas, cargadas. Los nuestros han subido a los adarves para verlas. Hablan en voz baja, como en un templo. El cielo, que durante tanto tiempo nos había abandonado, parece volver a colmarse. Y junto con las nubes regresan las divinidades. Con sus carros fragorosos, con sus lanzas y sus balanzas del destino en las manos. Entre ellas, se dice, han visto al Hada Buena de Albania, pero también a la Mala, que corría tras ella. La hora de Arberia está a punto de sonar. ¡Señor, no nos abandones!

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