El factor Einstein
Capítulo IX
La mañana del sábado amaneció fría pero soleada en Brooklyn. A medida que
avanzaba la primavera la ciudad regalaba a la gente que la habitaba algunos días de
agradable luminosidad. Muy temprano todavía hacía frío, pero la temperatura iba
aumentando a medida que avanzaban las horas basta el punto de que un paseo al
mediodía podía convertirse en un placer como lo habían sido para Altamira las largas
caminatas con las que se premiaba los domingos por la mañana en Madrid, después
de toda una semana navegando entre fórmulas e investigaciones que a medida que
pasaban los años minaban sus energías sin poder remediarlo. Desde que había
cruzado la barrera de los cincuenta y cinco había pensado más de una vez si tenían
razón aquellos que decían que la mayoría de los físicos alcanzan su plenitud antes de
cumplir los cuarenta. Nunca había estado del todo de acuerdo con esa teoría, aunque
había ejemplos claros de gente muy famosa y reconocida con el Premio Nobel, como
Einstein o Heisenberg, que habían dado lo mejor de sí mismos antes de frisar la
barrera de los cuarenta. El propio Werner Heisenberg todavía no los había cumplido y
ya hacía siete años que le habían dado el billete para Estocolmo para recoger el
premio, pero Altamira prefería pensar que el hecho de que estuviera más cansado era
porque se estaba haciendo viejo. Sólo eso. El razonamiento era bastante simple —el
resultado aquí sí era tan sencillo como una fórmula matemática o física—, y Altamira
lo aceptaba como un hecho inevitable en la existencia. Le agradaba, sin embargo,
encontrarse con gente joven y entusiasta, cuyos deseos de comerse el mundo o
medrar eran muchas veces el impulso que hacía avanzar a la ciencia. Él había sido
uno de esos jóvenes, y le sorprendió gratamente descubrir en Frida Klein, cuando
acudió a trabajar con él a Madrid, el mismo espíritu combativo que le había empujado
muchos años antes a marcharse a ampliar sus estudios a Alemania. Y ese espíritu en
una mujer le fascinaba aún más. Sólo lo había visto en Lise Meitner, y cuando se
enteró hace pocos meses de que la investigadora había descubierto la fisión del átomo
sintió la alegría estallarle en el pecho porque la había conocido años atrás y se había
dicho a sí mismo que aquella mujer algún día haría un gran descubrimiento. Y de
todas las investigadoras que había conocido, Frida Klein era la única cuyo talento
encontraba parecido al de Lise Meitner. El propio Einstein había tenido como
ayudante a Lise Meitner, conque no le extrañaba que el profesor Steiner hubiera
tomado como colaboradora a Frida Klein, y que hubiera llegado a Estados Unidos,
igual que Lise Meitner había conseguido escapar a Suecia hacía menos de un año.
Paseaba esa mañana con ella por las calles del Downtown, en dirección al río.
Newton tiraba de la correa, impaciente. De no haber sido por el perro y por los
rascacielos de Manhattan que contemplaban al otro lado del East River y la mole de
acero del puente de Brooklyn, muy bien podían estar de nuevo en Madrid, unos años
antes, como si el tiempo hubiera retrocedido. Frida Klein no llevaba ni veinticuatro
horas a su lado y Altamira ya se preguntaba, y lo había hecho toda la noche, pues apenas había dormido, cuánto tiempo permanecería a su lado, si estas horas que
habían pasado juntos eran una segunda oportunidad que le había entregado la vida,
como si a veces uno pudiera conseguir lo que más desea con sólo pensar en ello.
Durante los últimos cuatro años Altamira había llegado a no pensar en la joven
estudiante alemana, incluso a veces pasaba días sin acordarse de ella, como si no
hubiera existido siquiera y el recuerdo que a veces le asaltaba del tiempo que
estuvieron trabajando juntos en la Universidad Central de Madrid no fuera más que
un sueño confuso que cuando uno despierta no está seguro de haber tenido pero que
le asalta en algún momento del día, el más inoportuno, y se ve afectado por él de una
forma tan clara y tan intensa que las sombras de la noche se confunden con la
realidad.
Ahora, después de pasear junto a ella un buen rato en dirección al East River,
sujetando la cadena del perro que tiraba impaciente, tenía tantas preguntas que
hacerle que se le atascaban en la boca: qué había sido de su vida todos estos años,
cuánto habría sufrido para salir de su país, cómo había conseguido entrar en Estados
Unidos, y, sobre todo, de entre tantos hombres posibles, por qué lo había elegido a él
para que la acogiera en su casa.
Pero fue ella la que empezó a preguntar. Habían llegado a la orilla del río. Al otro
lado se alzaban majestuosos los rascacielos de Manhattan, la imagen inconfundible
del Empire State, la cúpula refulgente del edificio Chrysler un poco más allá. Frida
von Kleinsberg se paró un momento a contemplar la estampa en silencio. Tenía ante
sus ojos un lugar que había visto docenas de veces en postales o en las películas de
Hollywood y era como si constatase ahora que existía de verdad. En Berlín había
visto King Kong, esa película del mono gigantesco que al final de la historia trepaba
por las paredes del Empire State, y ahora tenía el edificio tan cerca que le parecía que
alargando la mano podría acariciar la silueta elegante de acero y hormigón.
—¿Te gusta vivir aquí? —le dijo, sin apartar la vista de los rascacielos de
Manhattan.
Buena pregunta. Altamira no contestó inmediatamente, y antes de abrir la boca se
encogió de hombros, como si le resultase indiferente.
—Nueva York es un sitio tan bueno o tan malo como otro cualquiera. Tenía que
vivir en algún lado y pude venir a Brooklyn. Procuro no darle muchas vueltas. Vivo
aquí: eso es todo. Hay mucha gente que está peor que yo. Tengo amigos que no
pudieron o no quisieron salir de España y no he vuelto a saber nada de ellos. Yo, al
cabo, he tenido suerte. Soy un exiliado, pero tengo un trabajo, y un techo. Estoy
razonablemente contento.
Lo dijo Altamira y le pareció que al explicárselo a ella el lugar donde había
desembocado su vida de repente hubiera cobrado un sentido. Dadas las circunstancias
y su edad, tener un trabajo del que comer y un techo donde cobijarse eran un lujo tan
grande que podría considerarse un malnacido si protestase por su situación. Quizá
alguien con su trayectoria podría aspirar a un puesto mucho mejor, como le insistía su amigo Gaspar Puig cada vez que tenía ocasión de hacerlo, pero él prefería no
quejarse. También podía estar esperando la muerte en una cárcel en España, o criando
gusanos en la cuneta de una carretera o en una fosa común.
—A mí una de las cosas que más me entristecían cuando salí de Alemania era
pensar que a lo mejor no podría volver nunca.
Altamira se volvió. Se apoyó con los codos en la baranda y miró al frente, como
si no estuviese hablando con ella.
—Lo pensaba y me daba tanta pena que te aseguro que antes de llegar a la
frontera pensé más de una vez regresar a Berlín. Sé que era una locura, Alfonso, pero
te doy mi palabra de que estuve a punto de hacerlo.
—Te entiendo. A mí también me pasó lo mismo cuantío me fui de Madrid.
Había evitado referirse a su mujer, y estaba seguro de que Frida Klein se había
dado cuenta.
—Es triste tener que marcharse.
—Tú eres muy joven, Frida. Estoy seguro de que podrás volver a Alemania antes
de lo que imaginas. Y que todo lo malo que está sucediendo allí algún día no será más
que un recuerdo triste. Piensa también que para otros las cosas han rodado peor.
Piensa en Steiner.
A Frida le pasó por delante de los ojos un instante la imagen del profesor Steiner.
No le costó imaginárselo sentado, cabizbajo, anticipando la suerte que iba a correr, en
la habitación del edificio de la Abwehr donde estaba siendo interrogado.
—¿Qué crees que le habrá pasado?
Altamira sacudió la cabeza. Chasqueó la lengua.
—Mejor no imaginarlo.
Frida dejó escapar el aire por la nariz, despacio. Había llegado el momento de dar
un paso adelante. Se volvió y apoyó los brazos en la baranda, dándole la espalda al
East River, y perdió su mirada al frente, distraída con los coches y las bicicletas que
pasaban por la calle y se dirigían hacia el puente que comunicaba Brooklyn con
Manhattan.
—Es una lástima que tanto sacrificio no haya servido para nada.
Altamira suspiró.
—Una pena, sí.
A lo mejor Steiner no había llegado a revelar nada, o es que en realidad no sabía
nada que pudiera revelar. En ese caso, su misión bien podría no llegar a ningún sitio,
quedar en una vía muerta, o no haber tenido que realizarse siquiera. Pero todavía era
demasiado pronto para sacar conclusiones. Y aunque al final Steiner no hubiera
contado a Altamira nada importante, Frida estaba convencida de que había muchas
cosas interesantes de las que podría sacar partido en Nueva York.
—¿Cuáles son tus planes?
Frida parpadeó al escuchar la pregunta por segunda vez en pocas horas, y luego
suspiró, sonriendo, como si sus planes fueran tantos que el día no tuviera bastantes horas para poder enumerarlos.
—Hallar mi sitio en este nuevo mundo. No sé. Encontrar un trabajo del que vivir,
buscar un lugar donde vivir.
—Puedes quedarte en mi casa el tiempo que haga falta. La butaca no es muy
cómoda, pero puedo dejarte mi cama.
Ya está. Se lo había dicho. Le acababa de ofrecer, como un caballero, su propia
cama, y aunque no había dejado de desearla desde que la conoció, no había en aquel
ofrecimiento el menor rastro de interés carnal. Dejarle su cama para que pudiera
dormir con más comodidad era lo que liaría un padre por su hija.
—Gracias, Alfonso. Es muy amable por tu parte. Pero no es necesario.
Altamira se encogió de hombros. Esperaba que ella no hubiera malinterpretado
sus palabras.
—Quiero decirte que puedes quedarte en mi casa el tiempo que haga falta. Ya
arreglaremos lo de la cama de alguna forma para que estés más cómoda en el salón,
aunque, bueno, la verdad es que parece algo exagerado llamar salón a un lugar tan
pequeño y tan poco acogedor.
Frida puso una mano sobre su brazo. Se lo quedó mirando. Altamira seguía con la
vista fija en la calle. Desde el suelo, Newton los miraba a los dos de hito en hito,
moviendo el rabo, como si pudiera entender lo que estaban diciendo.
—No sabes cuánto te lo agradezco. Estoy sola aquí, no conozco a nadie, y se me
hace muy difícil pedir un favor.
—A mí no tienes que pedírmelo siquiera. Ya verás como dentro de poco las cosas
serán diferentes. No puedo prometerte nada, pero eres joven —le hubiera gustado
añadir que también era hermosa, aunque al final se contuvo: le faltaba valor para
ratificar lo que era tan obvio—, hablas inglés, alemán y español, y en una ciudad
como ésta no te costará encontrar un trabajo. Tal vez con el tiempo pueda conseguir
que des clases de Física en el mismo instituto que yo. Ten un poco de paciencia. Al
principio todo parece muy complicado, pero hasta el más torpe termina adaptándose.
Mírame a mí. —Se abrió un poco el abrigo, como si quisiera mostrar sin tapujos su
apariencia desaliñada—. Si yo he podido sobrevivir en esta ciudad puedes estar
segura de que cualquiera puede hacerlo, sobre todo si es tan joven y tan inteligente
como tú.
Otra vez se había abstenido de resaltar lo hermosa que le parecía, pero callarse
también era una forma de confesarlo. Tenía la sensación de que cualquier cosa que
hiciera en presencia de Frida Klein lo volvía más transparente, como si a fuerza de
querer ocultar en vano lo que sentía corriese el riesgo de convertirse en un ser
invisible.
—Además, tú vas a tener una gran ventaja. Una ventaja que yo no tuve.
Frida se lo quedó mirando, interrogativa, con el ceño fruncido, fingiendo que no
sabía lo que estaba a punto de decirle.
Altamira no la hizo esperar para terminar la frase. Le pasó un brazo por encima del hombro y la atrajo hacia él, con afecto paternal.
—Que tú vas a tener a alguien a tu lado para ayudarte.
Lo dijo Altamira y sonrió, como si hubiera descansado por fin después de haber
realizado un gran esfuerzo. Era todo lo que podía hacer por ella, de momento, sin
sentirse tan ridículo como un adolescente. No conocía a mucha gente en Brooklyn. Se
paró a pensar Altamira y se dio cuenta de que, en realidad, la única persona en el
mundo a la que podía llamar amigo era al bueno de Gaspar Puig, que todos los que
habían sido sus amigos se habían quedado en España o habían muerto, o, quizá, que
la verdad era que nunca había tenido demasiados amigos. De vez en cuando acudía a
alguna reunión con otros científicos europeos, en Manhattan, pero aquellas citas para
Altamira eran menos una forma de mantener una vida social activa —algo que nunca
le había interesado, además— que una manera de no perder el contacto con el mundo
académico a un nivel más elevado del que podía disfrutar con los estudiantes de un
colegio para niños ricos en Brooklyn. No es que las reuniones mensuales con los
científicos exiliados fueran tan apasionantes como las que tenían lugar en los
congresos Solvay, en Europa, cuando Albert Einstein y Niels Bohr podían pasarse
horas discutiendo sobre la posibilidad de que el universo estuviera a expensas de los
caprichos de la Física Cuántica o si por el contrario había una ley universal que nadie
había descubierto aún que regulaba, de la misma forma natural y sencilla, lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Albert Einstein jamás había acudido
a una de esas cenas, por supuesto que no. Apenas viajaba ya el físico más famoso,
casi sólo se desplazaba a Long Island para pasar los veranos, y allí era donde
Altamira había tenido la oportunidad de saludarlo el último verano, en la casa que
Ramírez de Ayala, otro amigo español que había hecho fortuna en América, le había
prestado. Nadie se había ocupado, pues, de invitarlo a las reuniones mensuales de
científicos exiliados en un modesto restaurante de la calle Catorce de Manhattan, y
aunque tampoco había estado nunca el profesor Bohr, que seguía impartiendo clases
de Física en la Universidad de Copenhague, a veces se había dejado caer por el local
gente como el húngaro Leo Szilard, o el más famoso de todos los científicos que
alguna vez habían acudido a la tertulia, Enrico Fermi, que impartía clases e
investigaba en la Universidad de Columbia. En esas reuniones los científicos
intercambiaban información o se ponían al día de los nuevos avances. Casi todos se
conocían, y casi todos confiaban en los demás, pero no se trataba de una sociedad
secreta, pues la ciencia no tenía y no debía tener fronteras, aunque el bueno de Leo
Szilard batallaba sin descanso para que cualquier descubrimiento en el campo de la
Física Atómica no cayese en manos de los nazis. Alfonso Altamira se había
encargado de ponerlo al día, discretamente, de las noticias que le habían llegado a
través de su amigo el profesor Steiner. Szilard estaba muy bien informado también, y
aunque por la concentración de sus gestos parecía estar escuchándolo atentamente, el
profesor español casi siempre tenía la sensación de que alguien lo había enterado ya
de las novedades que le avanzaba, y que la única razón por la que Szilard le dedicaba su tiempo era debido a su carácter meticuloso que no le permitía dejar ningún cabo
suelto en la lucha desigual que había emprendido contra la militarización de la
ciencia en Alemania.
Por lo demás, las veladas tenían lugar en torno a una pizarra que les había
facilitado el dueño del restaurante después de las primeras reuniones, los científicos
como alumnos aplicados en la sobremesa de la cena mientras un colega se afanaba en
rellenar el encerado. Alguno era tan temerario o tan osado o tan bromista como para
anunciar a la audiencia, antes de empezar, que por fin había hallado la manera de
resolver el Problema de los Tres Cuerpos o la Conjetura de Poincaré. Otros se
empeñaban en demostrar que Heisenberg se había equivocado al enunciar el Principio
de Incertidumbre, pero éstos eran una minoría: la mayoría de los científicos que
acudían a las cenas eran partidarios fervientes de la Mecánica Cuántica y enseguida
mostraban argumentos, con la misma claridad y la misma rapidez con la que un
profesor le explicaría una lección a un alumno, que rebatían sus explicaciones. Tal
vez era ésa la razón, había pensado Altamira alguna vez, de que el profesor Albert
Einstein no hubiera acudido nunca a uno de los encuentros. Sabía también que había
muchos colegas a los que el padre de la Teoría de la Relatividad no les caía
simpático. Aquélla era otra de las contradicciones que afectaban a casi todo lo que
tenía que ver con Albert Einstein: la mayoría de los científicos jóvenes pensaban que
estaba acabado, pero también, de algún modo, todos esperaban su aprobación o su
beneplácito, que los bendijera con un cachete amistoso o una palmada en la espalda.
Altamira pensaba que, al cabo, a pesar de su aislamiento voluntario en Princeton, la
ciencia necesitaba de la conformidad del hombre que había revolucionado la Física
veinte años antes para seguir avanzando.
Cualquiera podía llevar a un acompañante si lo deseaba, y Altamira había
invitado en más de una ocasión a su amigo Gaspar Puig, pero las últimas veces había
declinado amablemente el ofrecimiento alegando que siempre había estado
convencido de que las ciencias y las letras debían estar convenientemente separadas,
para no contaminarse, que se sentiría tan raro en una reunión de científicos como un
físico nuclear lo estaría en un recital poético. Altamira no estaba en absoluto de
acuerdo, y no hacía mucho había intentado hacer comprender a Gaspar Puig, en vano,
que una ecuación que ocupase toda la pizarra podía ser tan bella como unos versos de
don Antonio Machado.
—Que en paz descanse —había añadido Gaspar Puig, con una pequeña
reverencia.
De espaldas al East River, en silencio mientras pensaba en las cenas mensuales
con los científicos refugiados en Nueva York y en su amigo Gaspar Puig, Altamira se
había olvidado, por un momento, de que Frida Klein estaba a su lado. Se había vuelto
de nuevo a mirar hacia el río. Nunca lo había acompañado una mujer a una de esas
cenas, el tercer jueves de cada mes, de septiembre a junio. Estaban a mediados de
abril, y la semana siguiente era día de reunión. Esperaba que nadie pusiera pegas a que una física exiliada de la Alemania nazi lo acompañase. Seguro que todos tendrían
muchas preguntas que hacerle, sobre todo Szilard, si acudía esta vez. Frida Klein
podría contarles algunas cosas que tal vez no supieran sobre la futura visita del
profesor Werner Heisenberg a Estados Unidos. Además, sería muy bueno para ella.
Muchos de los que irían a la cena estarían encantados de echar una mano a una
colega recién llegada a Estados Unidos. Sobre todo si era tan hermosa. Altamira
sintió una punzada de celos al pensarlo, celos anticipados, como una premonición
sombría. No era frecuente que alguna mujer acudiera a los encuentros, y Altamira
estaba seguro de que la asistencia de Frida Klein causaría una pequeña conmoción
entre los científicos que integraban la hermandad, entre los más viejos y entre los más
jóvenes. No quería hacerse ilusiones respecto a lo que podría pasar entre ellos, pero
tampoco podía evitar pensar en un futuro juntos.
En eso andaba aquella mañana Altamira, mirando de soslayo el perfil de la mujer
joven que había alojado en su casa, sin saber muy bien qué decir mientras trataba de
alejar el fantasma de los celos secretos y la inseguridad de la que no podía
desprenderse el anciano en el que estaba a punto de convertirse, cuando escuchó la
voz familiar de su amigo Gaspar Puig, que se anticipaba a su llegada igual que el
presentador de una obra de teatro anunciaría la entrada en escena de los actores.
Cruzaba la calle diciendo su apellido, Altamira, y luego su nombre de pila y sus dos
apellidos, Alfonso Altamira González de Tejada, a voz en grito, como si a pesar de
los años que llevaba viviendo en Estados Unidos todavía no hubiera aprendido o
aceptado la discreción o la poca efusividad con la que los norteamericanos
acostumbraban a tratarse. Y a Altamira, al cabo, no le disgustaba aquella
espontaneidad campechana tan propia del país que los dos habían abandonado tal vez
para siempre, cuando era más joven la quietud de los cafés de Berlín le resultaba de
un sobrecogimiento fantasmagórico, y a veces, en Nueva York, cuando entraba en un
local para refugiarse del frío insoportable que se deslizaba desde lo alto de los
edificios, se sentía igual que cuando era un científico novato que había ido a ampliar
sus estudios a Berlín y descubrió el silencio de los cafés de Centroeuropa, tan
diferente al bullicio de los bares de Madrid. Se quedaba quieto un momento, como
quien se queda paralizado al encontrarse sorprendido por una sensación antigua, y
miraba alrededor, los clientes del café, las mesas, las sillas, la barra de madera noble
barnizada, reluciente. Tardaba unos segundos en ubicarse, en darse cuenta de que
ahora vivía otra vez en un país que no era el suyo, y de nuevo se afanaba en pasar las
hojas del periódico que había comprado buscando algún titular que le aportase alguna
novedad sobre la tierra que había dejado atrás.
Gaspar Puig le estrechó la mano sin importarle que Altamira se diera cuenta de
que miraba de soslayo, con interés creciente, a la joven que lo acompañaba.
—Le presento a Frida Klein —dijo Altamira—. Una vieja amiga que ha venido a
Nueva York.
—Caramba, Altamira. No sabía que tuviera usted amigas. Sobre todo amigas tan hermosas como esta señorita.
Lo dijo y se inclinó en una reverencia teatral, al mismo tiempo que tomaba su
mano para besar el dorso, mirándola a los ojos, como si fuera un galán del Siglo de
Oro en lugar de un profesor de Literatura exiliado con los años suficientes para
jubilarse.
Frida von Kleinsberg se preguntó quién sería aquel personaje, poco más alto que
un niño de doce años, vestido con traje a cuadros y pajarita y tocado con un sombrero
con el ala gastada y torcida, pero Frida Klein se ruborizó, dejó que besara su mano y
miró a Altamira, como si no comprendiera o no estuviese acostumbrada a que un
hombre la tratase con semejante caballerosidad.
—Frida Klein, te presento a Gaspar Puig —se apresuró a presentarlo Altamira,
como si le hubiera leído el pensamiento—. Un caballero de los que ya no quedan.
Poeta y novelista valenciano además de profesor de Literatura. Como puede ver —
añadió, mirando a su amigo, que acababa de soltar la mano de la mujer sin ocultar el
ramalazo de tristeza que le producía hacerlo—, le he presentado primero como poeta,
luego como novelista y después como profesor de Literatura.
—Ha elegido usted el orden apropiado, querido Altamira.
—Pues sí. Ya lo ve: a pesar de ser un científico contaminado por el virus de la
frialdad, mi corazón aún conserva cierto reducto del que aún no ha escapado del todo
la sensibilidad.
—Querido Altamira —respondió Gaspar Puig, mirándolo a él y a ella
alternativamente—, con comentarios como éste aún albergo la esperanza de que si
sigue cultivando mi amistad podrá usted recuperar al poeta que todos hemos sido de
niños.
Altamira sonrió. Le gustaba ver a Gaspar Puig contento, y no había mayor prueba
de su ánimo positivo que el tono amistosamente engolado que usaba cuando hablaba
con él, el aire falso de superioridad que usaba cuando comparaba, de una forma más o
menos directa, la calidez de la poesía con la frialdad de las ecuaciones. Era una
lástima que no hubiera querido acudir nunca más a las cenas mensuales de la calle
Catorce, porque Gaspar Puig se crecía al encontrarse entre tantos físicos, era como un
estímulo para su vena poética.
—Y ahora me gustaría saber, ya que usted, tan caballero como siempre, a pesar de
ser un hombre de ciencia, no ha querido decirme nada, quién es esta hermosa señorita
de apellido germánico que lo acompaña.
—Se trata de una colega que acaba de llegar de Alemania, como bien supone
usted.
Gaspar Puig frunció el ceño, sin intentar disimular la desazón que le causaba
escuchar el nombre de Alemania.
—Ha dejado su país para vivir en Estados Unidos, igual que nosotros —se
apresuró a aclarar Altamira.
—Entonces va usted a formar parte del selecto club de los apátridas que buscan abrirse camino en el Nuevo Mundo. Bienvenida a este club, señorita —añadió,
haciendo una pequeña reverencia, al tiempo que se despojaba del sombrero ajado que
le cubría la calva—, del que Alfonso Altamira y un servidor, Gaspar Puig, tenemos el
honor de ser miembros destacados. Aunque ya que usted ha decidido dedicar su vida
al desabrido campo de la ciencia, no me extrañaría nada que el profesor Altamira le
haya propuesto asistir a una reunión de otro club mucho más prosaico, formado
también por apátridas exiliados que cometen el sacrilegio de postrarse delante de la
más sencilla fórmula científica, alegando, pobres ignorantes, que unos garabatos
incomprensibles en una pizarra pueden ser tan bellos como la más hermosa de las
odas.
Frida Klein se echó a reír. Con un poco de empeño por parte de quien lo
escuchaba, podría decirse que Gaspar Puig incluso era divertido.
—Estaba a punto de proponérselo, estimado colega —intervino Altamira—, pero
me acaba usted de estropear la sorpresa.
Se encogió de hombros el poeta, como si quisiera disculparse, cuando su
intención había sido poner a Altamira en un apuro. Luego miró a la joven alemana,
que se había agachado para acariciar la cabeza del labrador. Bajo el tacto de la palma
de su mano el animal cerró los ojos, agradecido, y sacó la lengua para lamerle los
dedos. Enseguida se fijó en Altamira, que sujetaba la correa del perro y miraba el
gesto de cariño que Newton dedicaba a su nueva amiga.
Gaspar Puig pensó que aquélla podía ser la imagen de una familia feliz, un
hombre al que no le faltaba mucho para ser un anciano paseando a su perro junto a
una bella joven en una mañana luminosa de primavera. Tal vez fuese todo demasiado
hermoso como para ser verdad, pero al contemplar la estampa no pudo evitar sentir
cierta punzada de envidia. A veces las mejores cosas de la vida suceden cuando uno
menos se lo espera, cuando cree que ya no va a ser posible tener una segunda
oportunidad.