El factor Einstein

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 26 de 35

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El factor Einstein

Sexta parte

 

Un dilema. El dilema más grande de toda su vida y, hablando de Albert Einstein, el

dilema más grande de su vida no es cualquier cosa, sino algo muy grave. A Leo

Szilard no le va a quedar otro remedio que disparar la última andanada justo a la línea

de flotación. La idea de advertir a los belgas nunca le había parecido lo bastante

potente como para resultar eficaz. En realidad, la idea de que Albert Einstein le

pidiera a la madre del rey de Bélgica que pusiera a buen recaudo el uranio de la mina

de Joachimstahl no era la única que tenía en mente, y mucho menos era la mejor de

las ideas que se le habían ocurrido para impedir que la bestia de ojos rabiosos fuera la

primera en conseguir fabricar una bomba atómica. Pero aunque había actuado de una

forma un poco rastrera al no contárselo al profesor Albert Einstein cuando fue a

visitarlo a Long Island, se escuda pensando que tampoco hubiera sido un hombre

educado si le hubiera planteado abiertamente a un convencido pacifista donde los

hubiera la cuestión más importante. Y porque Leo Szilard sabe que la lentitud es el

factor determinante cuando de lidiar con la burocracia se trata. Es como una carrera

de obstáculos en la que, por más que se salte y se corra, la meta siempre se antoja

igual de lejos, como si alguien estirase el espacio y el tiempo caprichosamente. Y Leo

Szilard es un corredor de fondo que, a pesar de su energía inagotable, puede tropezar

y caer o llegar a darse cuenta de que, por más que corra y salte, todos sus esfuerzos

serán en vano porque jamás podría cruzar la meta. Hay que ir al núcleo del asunto, a

la persona que tendrá la última palabra. La única posibilidad de agilizar los trámites

es que el presidente Roosevelt les preste atención, pero cada vez que piensa en ello es

como si chocase contra un muro indestructible. Cómo va a ser capaz él, un científico

húngaro exiliado, un don nadie, de conseguir que el todopoderoso presidente de los

Estados Unidos le dedique unos minutos de su precioso tiempo. Muchos de sus

colegas se reirán si se lo cuenta. Tal vez a Enrico Fermi lo escuchará. Es joven,

extremadamente talentoso, y ha ganado el Premio Nobel de Física un año antes,

aparte de que su nombre es lo bastante conocido como para que al presidente

Roosevelt le suene o que sus palabras le abran los ojos. Pero a Enrico Fermi parece

preocuparle menos que los nazis consigan fabricar una bomba atómica que los

artículos con los resultados de sus experimentos aparezcan puntualmente en la revista

Nature. Enrico Fermi le contó que Werner Heisenberg le había asegurado que algo así

no ocurriría, al menos no antes de que terminase la guerra que se avecinaba en

Europa. Los nazis no serían capaces de tener lista su bomba atómica, pero quién

puede saber con certeza una cosa así, quién puede garantizar que Werner Heisenberg,

al que no le han faltado ofertas para conseguir un trabajo fabuloso en Estados Unidos

y lo ha rechazado con argumentos absurdos como que si todos los científicos se

marchan de Alemania qué va a ser de la ciencia en su país, no es sino un entusiasta de

las esvásticas y las camisas pardas. Y Enrico Fermi es demasiado joven, demasiado

conocido y con demasiado futuro para arriesgarse a advertir al presidente Roosevelt de algo que muy bien puede ser tan falso como las historias que cuentan las novelas

de ciencia ficción. Sólo hay un científico lo bastante famoso, lo bastante

comprometido con la causa de la paz y lo bastante valiente o lo bastante atrevido para

que no le importe hacer el ridículo si las cosas al final no suceden como se supone

que van a suceder. Pero la cuestión no es ésa —Leo Szilard piensa en ello una y otra

vez—, sino el dilema que se le va a plantear a Albert Einstein cuando le cuente lo que

ha pensado. Pero Szilard también piensa que no es posible que su viejo amigo no

haya reparado ya en ello también. La decisión es tan simple como arrolladora, tan

clara como convincente. No basta con advertir a los belgas de que pongan sus

reservas de uranio lo más lejos de los nazis como sea posible, sino que hay que

convencer al presidente Roosevelt para que Estados Unidos disponga de su propio

programa de fabricación de una bomba atómica, adelantarse a los nazis. La paradoja

es demoledora: para poder preservar la paz hay que prepararse para la guerra. Si vis

pacem parabellum. Es una frase que lleva más de dos mil años en la memoria

colectiva de los hombres, pero para Leo Szilard, que había visto las fauces babeantes

y malolientes de la bestia tan cerca que podía sentir su aliento, ha adquirido de

repente un sentido y una vigencia en la que nunca había reparado. Si quieres la paz

prepárate para la guerra. Un programa norteamericano para desarrollar la bomba

atómica antes de que los nazis lo consigan. Acaba de resolver la ecuación que, como

siempre, cuanto más simple más difícil resultaba encontrarla, más certera su

definición, y ya no se pueden ver las cosas de otra forma. E=mc², Si vis pacem

parabellum. Son las cosas más simples las que acaban convirtiéndose en verdades

inmutables. Cuando las legiones romanas dominaban el mundo o en pleno siglo XX.

Explicárselo a Albert Einstein esta vez no va a ser tan sencillo como la primera.

Tendrá que argumentar, ante un pacifista declarado, que la única manera de salvar al

mundo es animando al presidente de los Estados Unidos a que promueva una

comisión para estudiar el desarrollo de su propio programa de fabricación de bombas

atómicas. Le va a tener que pedir a Albert Einstein que traicione sus principios en

aras de un bien mayor. El presidente Roosevelt, como tantos próceres, se jacta de la

amistad de Albert Einstein, y bastará la firma del padre de la Teoría de la Relatividad

al final de una carta para que Franklin Delano Roosevelt se detenga unos segundos a

considerar la importancia del asunto. Leo Szilard frunce el ceño al descolgar el

auricular. Está a punto de pedirle a un amigo que le ayude a incitar al hombre más

poderoso del mundo a fabricar el arma más devastadora que la humanidad jamás ha

conocido. Espera que las generaciones venideras no lo odien por ello.