El factor Einstein
Sexta parte
Un dilema. El dilema más grande de toda su vida y, hablando de Albert Einstein, el
dilema más grande de su vida no es cualquier cosa, sino algo muy grave. A Leo
Szilard no le va a quedar otro remedio que disparar la última andanada justo a la línea
de flotación. La idea de advertir a los belgas nunca le había parecido lo bastante
potente como para resultar eficaz. En realidad, la idea de que Albert Einstein le
pidiera a la madre del rey de Bélgica que pusiera a buen recaudo el uranio de la mina
de Joachimstahl no era la única que tenía en mente, y mucho menos era la mejor de
las ideas que se le habían ocurrido para impedir que la bestia de ojos rabiosos fuera la
primera en conseguir fabricar una bomba atómica. Pero aunque había actuado de una
forma un poco rastrera al no contárselo al profesor Albert Einstein cuando fue a
visitarlo a Long Island, se escuda pensando que tampoco hubiera sido un hombre
educado si le hubiera planteado abiertamente a un convencido pacifista donde los
hubiera la cuestión más importante. Y porque Leo Szilard sabe que la lentitud es el
factor determinante cuando de lidiar con la burocracia se trata. Es como una carrera
de obstáculos en la que, por más que se salte y se corra, la meta siempre se antoja
igual de lejos, como si alguien estirase el espacio y el tiempo caprichosamente. Y Leo
Szilard es un corredor de fondo que, a pesar de su energía inagotable, puede tropezar
y caer o llegar a darse cuenta de que, por más que corra y salte, todos sus esfuerzos
serán en vano porque jamás podría cruzar la meta. Hay que ir al núcleo del asunto, a
la persona que tendrá la última palabra. La única posibilidad de agilizar los trámites
es que el presidente Roosevelt les preste atención, pero cada vez que piensa en ello es
como si chocase contra un muro indestructible. Cómo va a ser capaz él, un científico
húngaro exiliado, un don nadie, de conseguir que el todopoderoso presidente de los
Estados Unidos le dedique unos minutos de su precioso tiempo. Muchos de sus
colegas se reirán si se lo cuenta. Tal vez a Enrico Fermi lo escuchará. Es joven,
extremadamente talentoso, y ha ganado el Premio Nobel de Física un año antes,
aparte de que su nombre es lo bastante conocido como para que al presidente
Roosevelt le suene o que sus palabras le abran los ojos. Pero a Enrico Fermi parece
preocuparle menos que los nazis consigan fabricar una bomba atómica que los
artículos con los resultados de sus experimentos aparezcan puntualmente en la revista
Nature. Enrico Fermi le contó que Werner Heisenberg le había asegurado que algo así
no ocurriría, al menos no antes de que terminase la guerra que se avecinaba en
Europa. Los nazis no serían capaces de tener lista su bomba atómica, pero quién
puede saber con certeza una cosa así, quién puede garantizar que Werner Heisenberg,
al que no le han faltado ofertas para conseguir un trabajo fabuloso en Estados Unidos
y lo ha rechazado con argumentos absurdos como que si todos los científicos se
marchan de Alemania qué va a ser de la ciencia en su país, no es sino un entusiasta de
las esvásticas y las camisas pardas. Y Enrico Fermi es demasiado joven, demasiado
conocido y con demasiado futuro para arriesgarse a advertir al presidente Roosevelt de algo que muy bien puede ser tan falso como las historias que cuentan las novelas
de ciencia ficción. Sólo hay un científico lo bastante famoso, lo bastante
comprometido con la causa de la paz y lo bastante valiente o lo bastante atrevido para
que no le importe hacer el ridículo si las cosas al final no suceden como se supone
que van a suceder. Pero la cuestión no es ésa —Leo Szilard piensa en ello una y otra
vez—, sino el dilema que se le va a plantear a Albert Einstein cuando le cuente lo que
ha pensado. Pero Szilard también piensa que no es posible que su viejo amigo no
haya reparado ya en ello también. La decisión es tan simple como arrolladora, tan
clara como convincente. No basta con advertir a los belgas de que pongan sus
reservas de uranio lo más lejos de los nazis como sea posible, sino que hay que
convencer al presidente Roosevelt para que Estados Unidos disponga de su propio
programa de fabricación de una bomba atómica, adelantarse a los nazis. La paradoja
es demoledora: para poder preservar la paz hay que prepararse para la guerra. Si vis
pacem parabellum. Es una frase que lleva más de dos mil años en la memoria
colectiva de los hombres, pero para Leo Szilard, que había visto las fauces babeantes
y malolientes de la bestia tan cerca que podía sentir su aliento, ha adquirido de
repente un sentido y una vigencia en la que nunca había reparado. Si quieres la paz
prepárate para la guerra. Un programa norteamericano para desarrollar la bomba
atómica antes de que los nazis lo consigan. Acaba de resolver la ecuación que, como
siempre, cuanto más simple más difícil resultaba encontrarla, más certera su
definición, y ya no se pueden ver las cosas de otra forma. E=mc², Si vis pacem
parabellum. Son las cosas más simples las que acaban convirtiéndose en verdades
inmutables. Cuando las legiones romanas dominaban el mundo o en pleno siglo XX.
Explicárselo a Albert Einstein esta vez no va a ser tan sencillo como la primera.
Tendrá que argumentar, ante un pacifista declarado, que la única manera de salvar al
mundo es animando al presidente de los Estados Unidos a que promueva una
comisión para estudiar el desarrollo de su propio programa de fabricación de bombas
atómicas. Le va a tener que pedir a Albert Einstein que traicione sus principios en
aras de un bien mayor. El presidente Roosevelt, como tantos próceres, se jacta de la
amistad de Albert Einstein, y bastará la firma del padre de la Teoría de la Relatividad
al final de una carta para que Franklin Delano Roosevelt se detenga unos segundos a
considerar la importancia del asunto. Leo Szilard frunce el ceño al descolgar el
auricular. Está a punto de pedirle a un amigo que le ayude a incitar al hombre más
poderoso del mundo a fabricar el arma más devastadora que la humanidad jamás ha
conocido. Espera que las generaciones venideras no lo odien por ello.