El factor Einstein

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 17 de 35

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El factor Einstein

Capítulo XIII

 

Cuando Poldek Horowitz estiró las piernas bajo la mesa de la terraza del café de la

plaza mayor de Cracovia y miró el reloj, todavía no había comprobado

empíricamente, como le había dicho su buen amigo Stanislaw Zukrowski alguna vez,

que los descubrimientos más importantes se hacen por casualidad. Aún faltaban

treinta minutos para que saliera el tren hacia Sosnowiec, pero ya era hora de ponerse

en camino. Echó unas migas de pan a las palomas que se arremolinaban junto a la

terraza del café, las mismas que anidaban en las torres desparejas de la iglesia de

Santa María, dejó unas monedas sobre la mesa y se adentró en la calle Florianska

para dirigirse a la estación de Glowny, al otro lado de la vieja muralla de la ciudad.

Durante la última semana apenas había hecho otra cosa salvo ocuparse del asunto

para el que su viejo amigo Stanislaw Zukrowski lo había llamado. Al cabo, ejercer de

detective era bastante más divertido que dejarse las pestañas en redactar un libro de

texto, por mucho que le gustase su trabajo.

Justo una semana antes había hecho lo mismo que ahora, después de pagar su

consumición: se había levantado para hacer un descanso, había sacudido los hombros

y movido los brazos, con la misma decisión que un boxeador calienta los músculos y

las articulaciones antes de entrar en combate, había abierto la ventana abuhardillada

de su apartamento y había encendido un pitillo. Acababa de comenzar el verano y la

ciudad estaba sufriendo unos días inusuales de calor, pero al contrario que a muchos

de sus paisanos, que se quejaban en cuanto el mercurio de los termómetros subía por

encima de los veinticinco grados, a Poldek Horowitz le gustaba esa época del año

porque podía ir paseando hasta las afueras de la ciudad y bañarse en el Vístula, como

cuando era un niño. Sin embargo, tenía muchos amigos que preferían los duros

inviernos de Cracovia, la nieve que alfombraba las calles y embellecía los tejados, y

hacer excursiones al sur, a los montes Tatra, para esquiar.

Stanislaw Zukrowski, su buen amigo, era de las pocas personas que había

conocido que disfrutaba igual de los rigores del invierno que de la canícula pegajosa

con que algunos días el verano de Cracovia castigaba a sus habitantes. Pero Stanislaw

era un hombre al que le gustaba disfrutar de la vida. Optimista irredento siempre ante

cualquier adversidad, hacía más de diez años que había emigrado a Estados Unidos, y

Poldek encontró extraño que una semana y un día antes hubiera venido a buscarlo un

bedel de la universidad para decirle que su viejo amigo lo había llamado por teléfono.

Por lo visto se trataba de un asunto urgente. Poldek no se había molestado en instalar

un teléfono en el viejo piso del Kazimierz que tenía alquilado desde hacía dos años. Y

no lo había instalado por la misma razón que había alquilado un apartamento en una

calle del barrio judío, con vistas a la sinagoga de Remuth, en lugar de haber elegido

para vivir un lugar más cerca de la universidad donde enseñaba Historia: antes de que

empezase el nuevo curso, en otoño, se había propuesto terminar su libro sobre la

historia de Polonia en el que llevaba trabajando dos años. Hasta ahora había mecanografiado trabajosa y perezosamente más de setecientas páginas, pero Poldek

había descubierto que escribir era un trabajo más complicado y agotador de lo que

parecía desde fuera, o tal vez que guardaba dentro a un artesano puntilloso, porque no

dejaba de corregir y revisar su obra una y otra vez. A estas alturas del año era ya

imposible que el libro estuviese listo e impreso para el comienzo del nuevo curso,

pero Poldek se decía que si era capaz de terminarlo antes de que empezase

septiembre, al menos podría olvidarse de él y en otoño centrarse sólo en sus clases de

Historia. El curso 1939-1940 no, pero el próximo, el curso 1940-1941, los alumnos

de Historia de las universidades de Polonia tendrían en sus manos un libro de texto

escrito por el profesor Poldek Horowitz.

Puso la piedra que usaba como pisapapeles encima de las hojas y alineó el mazo

con las manos para que presentase una figura compacta, un rectángulo más o menos

perfecto. Luego salió a la calle. El conserje de la universidad que había ido a buscarlo

el día anterior le había dicho que Stanislaw Zukrowski lo volvería a llamar al día

siguiente, al final de la mañana. Poldek no estaba muy seguro de la diferencia horaria

entre Nueva York y Cracovia, pero debían de ser unas seis o siete. De camino a la

universidad para recibir la llamada que esperaba, no dejaba de hacer cábalas respecto

a los motivos ni a la urgencia que le habían contado en la llamada de su amigo

Stanislaw. Aunque cada vez menos, todavía se escribían de vez en cuando, y no había

una vez que recibiera una carta sellada en Nueva York en la que su viejo amigo no lo

animase a hacer las maletas y marcharse a Estados Unidos. En su apartamento del

Village había una habitación reservada para él, todo el tiempo que la necesitase.

Poldek ya ni siquiera se molestaba en declinar con amabilidad el ofrecimiento. Él era

historiador, no un científico talentoso, y la cotización de un profesor de Historia que

daba clases en la Universidad de Cracovia no era la misma que la de un químico

aventajado que podía trabajar y ganar un buen sueldo, como Stanislaw, en una

empresa neoyorquina que fabricaba y vendía abonos y fertilizantes por todo el país. Y

había dos razones de peso, además, por las que Poldek Horowitz no se había decidido

nunca a aceptar la invitación americana de su amigo: la primera era que no hablaba

inglés y no se había preocupado nunca de aprenderlo, y un polaco que no hablase

inglés difícilmente podría dar clases en Estados Unidos. Y la segunda —la más

importante, porque si no fuera así ya se habría preocupado mucho tiempo antes de

aprender inglés— era que le gustaba vivir en Polonia, y a pesar de ser un profesor que

conocía los vaivenes complicados con que la historia sacudía a los hombres, mantenía

un optimismo aceptable respecto a la situación de su país y la del pueblo que

profesaba la religión del Talmud.

No pensaba Horowitz que Hitler se atreviese a ordenar a la Wehrmacht que

entrase en Polonia, porque aquello podría ser el fin de Alemania si Francia y Gran

Bretaña le declaraban la guerra. Y para los judíos Polonia todavía era un país seguro,

un lugar donde llevaban siglos conviviendo en paz con los polacos gentiles.

Cuando uno estudiaba historia aprendía más tarde o más temprano que las naciones a veces vienen y van, que los mapas no son unas cartas inmutables, sino que

pueden cambiar mucho más deprisa de lo que la gente cree. No hacía mucho más de

un siglo que Polonia había desaparecido de los mapas como tal, y no había vuelto a

renacer como país hasta después del Tratado de Versalles. Los polacos habían tenido

la desgracia de que su país estuviese apretado entre los alemanes por un lado y los

rusos por otro. No corrían buenos tiempos, hasta un crío podría darse cuenta. Por un

lado Hitler, por el otro Stalin, ambos como lobos hambrientos, los dos esperando el

momento oportuno para dar el mordisco definitivo a Polonia. Que Poldek tuviera un

carácter optimista no significaba que también fuera un inconsciente o un ingenuo. Las

cosas en Polonia podrían empeorar mucho, y él lo sabía, pero a pesar de ello se había

resistido siempre a marcharse. Y aquella decisión se debía menos a un apego a la

tierra, que él nunca había sentido, que al convencimiento de que uno no debe

marcharse si quiere luchar por lo que considera que es justo.

Pero aunque había procurado no pensar en ello, a medida que se acercaba la hora

de hablar con Stanislaw Zukrowski, se sentía más inquieto. Miró el reloj y apresuró el

paso. No quería llegar tarde a su despacho en la universidad. Ya había dejado atrás el

Kazimierz y rodeaba la mole majestuosa del castillo de Wawel cuando se dijo otra

vez, para darse ánimos, que le gustaba vivir en Cracovia, y que al final, de algún

modo, las cosas terminarían arreglándose. El optimismo a veces jugaba malas

pasadas, pero cómo podría uno soportar la vida si no se esforzara en pensar que en el

futuro las cosas podrían ir mejor. Tal vez Stanislaw lo había llamado porque quería

animarlo otra vez a que se fuera a vivir a Nueva York. Tenía un buen sueldo y podía

permitirse llamar a Europa si le daba la gana en lugar de mandar una carta. La

urgencia del mensaje no era más que una forma de soliviantar su ánimo. Lo

reprendería por haberlo preocupado, pero no se enfadaría. Al cabo, aunque habían

pasado más de diez años desde la última vez que se vieron, seguían siendo grandes

amigos.

No tuvo que esperar mucho para recibir la conferencia desde Estados Unidos. El

curso había terminado una semana antes y en la universidad apenas había alumnos.

Tan sólo los bedeles y algunos profesores semiociosos que finiquitaban asuntos

pendientes antes de marcharse de vacaciones. Poldek se acomodó en su asiento y

estuvo mirando distraídamente unos minutos los árboles del parque mientras esperaba

la llamada. Será una invitación a Nueva York, se dijo, de nuevo, para ahuyentar los

malos pensamientos. Lo último que había sabido de su amigo emigrante fue la noticia

del buen empleo que había conseguido en la empresa norteamericana que regentaba

un español nacionalizado estadounidense, que ganaba bastante dinero y que de

momento no pensaba regresar a Polonia. Estados Unidos, le había dicho la última vez

que le escribió, es un país al que todavía puedo sacar mucho jugo. Deberías venirte,

concluía como siempre.

No había conseguido dejar de hacerse cábalas mentales cuando descolgó el

teléfono al primer timbrazo y la operadora le anunció que tenía una llamada de Nueva York.

—¡Poldek!

—¡Stanislaw! —respondió, con el mismo entusiasmo que le había dedicado su

amigo—. Cuánto hace que no sé nada de ti. Espero que el motivo de que no me

escribas sea porque apenas te queda tiempo después de contar todo el dinero que

ganas o porque las jovencitas de Nueva York te dejan tan cansado que no te quedan

fuerzas para mandar una carta a Cracovia…

Desde el otro lado de la línea, diluida por la distancia, Poldek escuchó la risa

franca, inconfundible, de su buen amigo. Lo imaginaba sentado en su despacho de

Queens, vestido con un traje hecho a medida, impecablemente limpio y planchado,

los puños de las camisas doblados cuidadosamente y sujetos por gemelos de oro, el

cabello, negro y abundante, peinado hacia atrás y pegado al cráneo por la brillantina.

Casi podía oler desde Cracovia el olor a after shave de su barba perfectamente

rasurada.

—Ando muy ocupado, querido Poldek. Pero por desgracia no son sólo las

mujeres las únicas que me roban el tiempo.

—No sé si creérmelo…

—Siempre puedes venir a Nueva York y comprobarlo por ti mismo.

—Primero debería aprender inglés, ya lo sabes.

Stanislaw Zukrowski adoptó un tono cariñosamente paternal.

—Tiempo has tenido desde la primera vez que te lo dije.

—Yo también ando muy liado. Pero sólo con mis clases de Historia y el libro de

texto que estoy preparando.

—¿Qué tal lo llevas?

Poldek suspiró. Cuando alguien le preguntaba por su libro sentía que cada vez le

faltaba más tiempo para terminarlo. Que nunca lo conseguiría, quizá.

—Estoy haciendo todo lo posible por acabarlo durante las vacaciones de verano.

Stanislaw se quedó un momento callado al otro lado, como si no supiera qué

decirle, como si pensar en lo que pudiera pasar después del verano fuera un acto de

irresponsabilidad, de ingenuidad incluso.

—¿Cómo va todo por ahí, Poldek?

—¿Te refieres a mi vida personal? Aún sigo soltero. Los profesores de

universidad polacos no cotizamos tan alto en los corazones de las jovencitas como los

ejecutivos de Nueva York.

Stanislaw suspiró una sonrisa. Le gustaba ver que su amigo Poldek era el mismo

optimista de siempre.

—Me refiero a la situación del país.

Poldek se encogió de hombros. Stanislaw casi podía ver su gesto desde su

despacho de Queens.

—Polonia aún sigue existiendo, fíjate, a pesar de que los nazis no dejan de

reclamar lo que creen que por derecho les corresponde. Y la Unión Soviética, pues bueno, ya sabes. No sé cómo se verán las cosas desde Estados Unidos, Stanislaw,

pero por aquí la situación no parece tan grave.

—Mientes muy mal, Poldek. Sabes que si al final los nazis deciden reclamar

Polonia por la fuerza, Cracovia habrá dejado de ser un sitio seguro para los judíos.

Ahora fue Poldek el que suspiró una media sonrisa.

—¿Y cuándo ha habido un lugar seguro en el que los judíos pudiéramos vivir en

paz? Hemos pasado por dificultades peores. Al final saldremos de ésta. Saldremos a

pesar de Hitler y de los nazis. Pero no creo que me hayas telefoneado desde Nueva

York para sermonearme. Ayer vinieron a buscarme a mi apartamento para decirme

que me habías llamado, que se trataba de algo urgente.

—Así es. Ya es hora de que mandes instalar un teléfono en tu casa.

—Lo haré. Cuando tenga un momento…

—Poldek, no cambiarás nunca…

—Qué le vamos a hacer. Bueno, dime de qué se trata. ¿Qué es eso tan urgente que

tenías que contarme?

—Necesito que hagas algunas averiguaciones. ¿Estás muy ocupado?

—Últimamente he descubierto que escribir es un trabajo riguroso que requiere

una gran concentración, pero puedo echarte una mano si de verdad se trata de algo

importante.

—Te aseguro que lo es. Necesito que investigues algo sobre una mujer.

—Vaya, una mujer. No me digas que a estas alturas, y a diez mil kilómetros de

distancia, vas a necesitar que tu amigo Poldek te eche una mano en un asunto de

faldas. Me siento muy halagado, la verdad.

—Ojalá fuera tan sencillo, Poldek. Verás, no puedo contarte mucho, pero por aquí

la gente anda muy inquieta respecto a lo que está pasando en Europa, o respecto a lo

que puede pasar.

Poldek se puso muy serio de repente.

—Ya veremos lo que pasa al final. Si habrá guerra o no.

—Me gustaría que indagaras, de la forma más discreta y más rápida que

consideres, todo lo que puedas sobre una joven alemana que pasó unos días en

Cracovia hace siete años.

Poldek resopló.

—Me siento halagado, querido amigo, pero creo que confías en exceso en mis

dotes de detective. Con esos datos será como buscar una aguja en un pajar.

—A veces los descubrimientos más importantes son fruto de la casualidad.

—Eso es lo que los científicos decís siempre para no desanimaros cuando lleváis

años investigando algo sin obtener resultados. Nunca he terminado de creerme lo de

la bañera de Arquímedes ni lo de la manzana de Newton.

Stanislaw Zukrowski sonrió desde Queens.

—Parece ser que visitó la Universidad de Cracovia. Su nombre es Frida Klein.

Entonces debía de tener unos veintiuno o veintidós años.

—¿Sabes qué vino a hacer aquí?

—No tengo ni idea, y lo más probable es que no fuera importante, pero nunca se

sabe. A lo mejor te enteras de alguien que pueda aportar algún dato más sobre ella. Es

posible que en la universidad haya alguien que se acuerde de Frida Klein.

—Descríbemela.

—Treinta años. Cabello escarlata y ondulado. Ojos marrones. Muy guapa.

—Caramba, Stanislaw, es como si me hablases de Rita Hayworth.

—Más o menos, salvo que ésta no es actriz. O al menos no trabaja en Hollywood.

—Haré lo que pueda. Empezaré a preguntar hoy mismo.

—Ya sabes, entonces era una joven licenciada en Física por la Universidad de

Berlín.

—Una alemana joven, guapa y pelirroja licenciada en Física que viaja a Cracovia

en 1932. No creo que hubiera muchas así. ¿Qué te traes entre manos?

Stanislaw se quedó callado un instante al otro lado de la línea.

—Ya sabes que si pudiera contártelo lo haría. Te volveré a llamar dentro de unos

días, por si has averiguado algo, toma nota también de mi número. El de la oficina y

el de mi casa, y, presta atención: si no puedo atender la llamada, no hables de esto

con nadie.

Poldek se puso serio de nuevo mientras su amigo le dictaba los números de

teléfono.

—Espero que sepas lo que estás haciendo. Y espero también que tengas mucho

cuidado.

—Lo tendré, no te preocupes. Pero se avecinan malos tiempos y no es el

momento de quedarse uno parado.

—Haré cuanto esté en mi mano por ayudarte, descuida.

—Lo sé. No te lo habría pedido si no lo supiera.

—Me alegra saberlo.

—Una cosa más, Poldek.

—Dime.

—Aún puedes venir a Nueva York si quieres.

Poldek sonrió. Sacudió la cabeza.

—Prefiero quedarme en Polonia. Además, ahora sé que aquí puedo ser más útil

que en un país de cuyo idioma no hablo ni una sola palabra.

—Hablamos pronto entonces.

—Hablamos.

Poldek se quedó unos segundos con el auricular en la mano antes de colgar. Frida

Klein, una joven alemana que había viajado a Cracovia siete años antes. Hermosa,

con un estilo como el de Rita Hayworth. Conociendo el buen gusto de su amigo

Stanislaw Zukrowski, seguro que se trataba de una mujer muy bella, de esas que

llaman la atención. Siempre hay alguien que se acuerda de una mujer así a pesar de

que hayan pasado siete años. Y era licenciada en Física. No creía que fuera muy difícil averiguar algo sobre ella.

En cualquier caso, era una excusa estupenda para separarse del penoso y

complicado trabajo de escritor en el que se había embarcado como si fuera una

aventura sencilla. Al menos intentar enterarse de la visita de una tal Frida Klein a

Cracovia hacía siete años iba a ser más divertido que pasarse todo el verano

encerrado en su apartamento del Kazimierz garabateando páginas sobre la historia de

Polonia.

 

Pero una semana más tarde Poldek pensaba que la investigación estaba a punto de

concluir, sin haber averiguado nada, además. Había preguntado en la universidad por

Frida Klein, pero nadie se acordaba de ella. Incluso había tratado de indagar sobre la

joven en varios hoteles de Cracovia, pero ninguno conservaba en su archivo datos de

hacía tanto tiempo. El único resultado después de deambular varios días era haberse

apartado de la rutina de su trabajo literario y ahora, mirando distraídamente por la

ventana del tren que lo llevaba a Sosnowiec, no podía dejar de sentirse culpable por

estar allí en lugar de cumplir con la obligación que se había marcado cuando acabó el

curso: finiquitar el libro sobre la historia de Polonia antes de que concluyese el

verano. Lo único que podía atenuar el sentimiento de culpabilidad que lo afectaba era

pensar que Stanislaw Zukrowski le había asegurado que se trataba de un asunto muy

importante, y por eso, se decía, después de comprar el billete que acababa de picar el

revisor, había emprendido aquella excursión sin mucho sentido hacia el oeste.

Agniezska Waleska ni siquiera era un cabo suelto del que tirar, sino una pista absurda

que él se había inventado para no rendirse. Poldek había oído hablar mucho de ella

desde que había empezado a dar clases en la universidad, pero nunca había pensado

que algún día se encontraría sentado en un tren que viajaba hasta su ciudad natal,

como hacían muchos estudiantes de Física para rendir pleitesía a su memoria. Los

profesores de la Universidad de Cracovia que habían sido compañeros de Agniezska

Waleska decían que tenía todas las condiciones para haber sido la nueva Marie

Sklodowska —los científicos preferían referirse a Marie Curie con su apellido de

soltera— si la epidemia de gripe española de 1918 no hubiera acabado con su vida

cuando todavía no había cumplido treinta años. Agniezska Waleska era una científica

portentosa, una mujer muy capaz, que, igual que Marie Curie, había tenido las agallas

de abandonar su país natal para averiguar hasta dónde podía llegar en el vertiginoso

mundo de la Física de primeros de siglo.

Recordaba vagamente Poldek haber escuchado en alguna reunión con los

profesores que Agniezska Waleska había llegado a pasar casi un año entero en la

Universidad de Berna, donde el profesor Albert Einstein, que ya empezaba a destacar

entre la comunidad científica, había comenzado a dar clases a tiempo parcial. Tres

años antes de que Agniezska llegase a Berna, Albert Einstein había publicado

aquellos cinco famosos artículos en la revista Annalen der Phisycs que le habían procurado tanta fama. Si Frida Klein había viajado a Cracovia en la primavera de

1932 no podía haber conocido a Agniezska Waleska porque llevaba ya catorce años

enterrada, pero ya no le quedaba ningún sitio donde preguntar, y antes de decirle a su

amigo Stanislaw que había fracasado prefería quemar el último cartucho. No sería la

primera ni la última estudiante que habría peregrinado hasta esa pequeña ciudad al

oeste de Cracovia para visitar la casa de Agniezska Waleska, y Frida Klein era una

joven recién licenciada en Física.

Poco más de una hora y media después de salir de Cracovia ya caminaba hacia las

afueras de Sosnowiec en busca del lugar donde le habían dicho que todavía vivía la

madre de Agniezska Waleska. Se trataba de una casa ni grande ni pequeña, de

madera, con tejado rojo a dos aguas, lo bastante inclinado para que resbalase la nieve

inmisericorde del invierno. A un lado un pequeño huerto, al otro el invernadero, y un

perro cuya raza Poldek no sabría decir ladraba ante su presencia, desconfiado.

Se quedó parado delante de la puerta, mirándolo, sin saber si tendría que sonreír

para que el animal se callase o tal vez debería pasarle una mano por el lomo.

Antes de que hubiera decidido qué hacer escuchó crujir las bisagras de la puerta.

Un instante después la hoja se desplazó hacia un lado y apareció bajo el umbral una

mujer delgada que a esa distancia no aparentaba los más de ochenta años que a

Poldek le habían dicho que tenía.

—Buenas tardes, señora.

—Buenas tardes —la mujer respondió en un tono tan bajo que Poldek apenas la

entendió. Estaba concentrado en su ceño fruncido, seguro de que la estaría

molestando, preguntándose si no habría hecho mejor quedándose en su apartamento

del Kazimierz y terminar el capítulo de su libro en el que el rey Casimiro el Grande

permitía a los judíos instalarse en Cracovia.

Dio un paso hacia la mujer, pero el perro se le plantó delante. Era pequeño pero le

enseñaba los dientes, y gruñía, como un lobo fiero.

La mujer murmuró algo y el animal agachó las orejas. De repente la expresión del

perro se había vuelto dulce, como si no hubiera un extraño en el umbral de su casa o

como si conociese a Poldek de toda la vida.

—Mi nombre es Leopold Horowitz —se presentó, sujetándose el ala del

sombrero con dos dedos y separándoselo un poco del cráneo—. Pero todo el mundo

me llama Poldek. He venido desde Cracovia para hablar con usted. Si pudiera

dedicarme unos minutos… Le aseguro que no la entretendré mucho. Suponiendo que

sea usted Irena Waleska, claro está.

La anciana asintió.

—Soy Irena Waleska. Efectivamente. —La mujer cerró la puerta tras ella y señaló

a un lado de la casa—. Me disponía a ir al invernadero. Hablaremos allí, si le parece.

Poldek inclinó la cabeza, cortés.

—Usted manda.

La siguió hasta la parte de atrás de la casa. A pesar de sus más de ochenta años y su pelo blanco la anciana caminaba con paso firme, sin titubear al sortear los terrones

que se le clavaban a Poldek en las plantas de los pies.

El perro los siguió, olisqueando las piernas de Poldek, y se sentó en la puerta

cuando ellos entraron en el invernadero.

Poldek no pudo evitar cerrar los ojos un momento para disfrutar del olor. Era una

mezcla de aromas que no podía diferenciar. Azucenas, orquídeas, rosas tal vez.

La mujer se colocó un mandil en el que había restos de tierra húmeda y metió las

manos en una maceta que estaba en una mesa con el mismo cuidado con que un

cirujano abriría las entrañas de un paciente. Poldek la imaginó allí, cada día, ocupada

en plantar y regar flores para distraer el tiempo.

—¿Le gusta la jardinería, joven?

Poldek sacudió la cabeza, pero nada más hacerlo se dio cuenta de que no era eso

lo que quería decir.

—Me gustaría que me gustase —se corrigió—, pero nunca le he dedicado el

tiempo ni la paciencia que hace falta.

—Jóvenes… Siempre con prisas, siempre corriendo, como si el mundo fuera a

acabarse mañana.

Poldek sonrió.

—Tiene usted toda la razón. A veces deberíamos pararnos más a disfrutar de las

pequeñas cosas.

—Eso sólo se aprende con la edad. Yo hace muchos años que me paso la mayor

parte del día aquí dentro, arreglando flores.

Poldek asintió. Aunque presentía haber tomado un tren hasta Sosnowiec para

nada, no había imaginado viajar para tomar clases de jardinería.

—¿Qué le ha traído por aquí? —le preguntó la mujer, como si le hubiera leído la

mente—. Hay un largo viaje desde Cracovia.

Poldek le había dado muchas vueltas a lo que le iba a preguntar a la madre de

Agniezska Waleska. De tan absurdo que lo encontraba había perdido todo el sentido.

Y ahora que estaba delante incluso le parecía una falta de respeto hablarle de su hija

fallecida veintiún años antes. Era ridículo preguntarle si había llegado a conocer a

una tal Frida Klein que había viajado a Cracovia, y a lo mejor también hasta

Sosnowiec, igual que muchos estudiantes de Física, como si visitar la casa de

Agniezska Waleska y ver la habitación donde había estudiado pudiera contagiarles su

talento. También podía contarle que estaba escribiendo un libro sobre la historia de la

ciencia en Polonia: Copérnico, el hombre que se percató de que la Tierra giraba

alrededor del Sol; Marie Sklodowska, que descubrió la radiactividad junto a su

marido francés; Agniezska Waleska, que habría desvelado los secretos de la

naturaleza del átomo si la enfermedad no se hubiera interpuesto en su camino. Pero la

mujer podía enfadarse y cerrarse en banda si no le decía la verdad. Y no quería que la

anciana se molestase.

—Verá, es todo un poco raro. Doy clases de Historia en la Universidad de Cracovia y un amigo me ha pedido que haga algunas averiguaciones.

La mujer dejó de hurgar en la maceta por un momento y se quedó mirando a

Poldek. Pero no había el más mínimo rastro de dureza en sus facciones. Tan sólo una

cansada resignación.

—Profesor de Historia en la Universidad de Cracovia. —Sacó las manos de la

maceta y se las pasó por el delantal para limpiarse—. No es un estudiante de Física

que venga buscando el rastro de mi hija. Ya cada vez vienen menos. Quizá su nombre

y su trabajo se estén olvidando, qué pena. Pero usted es muy joven para haber sido

compañero de mi Agniezska en la universidad.

—Está usted en lo cierto. No tuve la suerte de llegar a coincidir con su hija. Pero

puedo asegurarle que sólo he escuchado hablar cosas buenas de ella a todos los que la

conocieron. Su talento como científica era algo fuera de lo común. Nadie duda que

habría llegado muy lejos.

La anciana sacudió las dos manos, como si quisiera que Poldek se apartase.

—No hace falta que siga halagando a mi hija, joven. Yo sé perfectamente cómo

era. ¿Qué es lo que quiere saber su amigo sobre Agniezska? ¿Por qué lo ha enviado a

usted a preguntarme en lugar de venir él mismo?

—Mi amigo es un científico polaco que ahora vive en los Estados Unidos.

Irena Waleska abrió los ojos, con fingido asombro.

—Ah, un científico polaco que vive en Estados Unidos.

Poldek cerró los ojos y se pasó una mano por la frente. Tomó aire. Como pensó,

había sido una pérdida de tiempo viajar hasta Sosnowiec.

—No sé qué decirle, señora. Ya le he contado que tal vez todo le iba a parecer una

estupidez. Resulta que mi amigo se ha enamorado perdidamente de una joven física

alemana que acaba de llegar a Nueva York huyendo de los nazis. Ella le ha dicho que

estuvo en Cracovia hace siete años y, bueno, ya sabe, cuando uno está enamorado

empieza a ver fantasmas por todas partes, se vuelve muy desconfiado.

Era una verdad a medias, pero al menos esperaba que resultase coherente. La

anciana chasqueó la lengua y sacudió la cabeza desaprobadoramente.

—Jóvenes…

Poldek se encogió de hombros, como si también hubiera de resignarse ante las

dudas de un amigo enamorado.

—Me ha pedido que intente averiguar cosas sobre ella. Los profesores de las

asignaturas de ciencias de la universidad me han contado que durante mucho tiempo

hubo estudiantes que viajaban a Cracovia para saber algo más sobre la vida de

Agniezska, y que algunos de ellos incluso venían hasta aquí, para conocer la que

había sido su casa, sus primeros años.

—Son muchos los que han venido, joven —respondió la anciana, orgullosa, y

luego matizó—: Y que todavía siguen viniendo a pesar de que ya ha pasado tanto

tiempo. Suelen ser muy amables. Los dejo que entren en la casa, que vean la

habitación de Agniezska. La mesa donde estudiaba, sus cuadernos. Para algunos es como si entrasen en la capilla de una santa.

Al terminar la última frase Irena Waleska se santiguó.

—¿Cuándo ha dicho que estuvo en Cracovia esa joven alemana?

—Hace siete años.

Irena Waleska se sentó en un banco, junto a la mesa donde había estado

arreglando la maceta. Suspiró.

—Querido, de las dos mujeres de la familia sólo era Agniezska la que tenía una

mente privilegiada. Es imposible que pueda acordarme.

Poldek se encogió de hombros, impotente.

—Ya le dije que le parecería una tontería. Y al final los dos nos hemos dado

cuenta de que lo es. Son siete años, y ha venido mucha gente. Tiene usted razón. Es

imposible que pueda acordarse.

—¿Cómo me ha dicho que se llama esa joven alemana?

—Su nombre es Frida Klein. Por lo visto es una brillante licenciada en Física,

especialista en Física Atómica, que ha tenido que escapar de Alemania porque

trabajaba para un científico que pasaba información a los judíos exiliados.

La mujer frunció el ceño. Se quedó mirando unos segundos el fondo del

invernadero, como si buscase allí la respuesta a algo que Poldek no podía saber. Frida

Klein, murmuró, después de pensarlo un instante.

—¿Es judía?

Poldek sintió cómo se le ponían tensos los músculos a la altura del cuello. A

veces olvidaba que a mucha gente no le gustaban los judíos, y él era un judío que

había venido a entrometerse en la vida y en el pasado de una polaca gentil.

Sacudió la cabeza.

—No. Frida Klein no es judía. —Hizo una pausa, sostuvo la mirada de la mujer,

que parecía esperar algo más de él, y añadió—: Mi amigo sí que lo es. Y yo también.

Irena Waleska asintió, sonriendo.

—Ya me había dado cuenta. Los judíos son bienvenidos a esta casa. —Dio unos

golpecitos con la palma de la mano en la parte que quedaba libre del banco—.

Siéntese.

Poldek la obedeció. La tensión del cuello había desaparecido.

—Frida Klein —dijo la anciana, otra vez—. ¿Y dice que ha huido de Alemania?

—Como tanta gente en los últimos tiempos.

—Pobrecilla. No debe de haber nada más triste que dejar el país de uno. ¿Sabe si

ha dejado a su familia en Alemania?

—Mi amigo no me ha contado nada de eso.

—Tal vez no tenía familia.

—Es posible.

La anciana se quedó callada. A Poldek le pareció que de repente estaba muy

cansada.

—Frida Klein —la escuchó decir otra vez. De nuevo hablaba para sí misma.

Sacudió la cabeza, sin dejar de mirar la pared del invernadero, como si detrás de

las macetas y las flores hubiera algo escondido que sólo pudiera ver ella.

—Lamento no poder ayudarle, joven. Quizá esa muchacha alemana estuvo aquí,

pero es imposible que una vieja pueda recordarlo.

Poldek se levantó.

—Señora Waleska, ha sido usted muy amable conmigo, pero creo que ya es hora

de que me vaya. Ya la he importunado bastante, y he de coger un tren a Cracovia

dentro de un rato.

Irena Waleska se levantó trabajosamente pero sin quejarse. Volvió a pasarse las

palmas de las manos por el mandil, como si acabase de remover otra vez la tierra

donde sembraba las flores.

—¿No le gustaría ver la habitación de mi Agniezska antes de irse? Todo sigue

como ella lo dejó.

Era la primera vez desde que había llegado que Poldek sintió que le temblaba la

voz. Tal vez los comentarios que le habían llegado de que muchos estudiantes de

Física peregrinaban hasta Sosnowiec para ver la casa natal de Agniezska Waleska

eran exagerados, y a lo mejor hacía mucho tiempo que alguien no visitaba a su

anciana madre y le pedía que le enseñase su cuarto, su mesa, sus libros, sus

fotografías, sus recuerdos.

—Me encantaría —mintió, sin mucho entusiasmo.

El perro los siguió hasta la casa, de nuevo olisqueando la pernera del pantalón de

Poldek, y también ahora se quedó en la puerta, disciplinado, mientras ellos entraban.

—¿Le apetece comer algo? Siempre cocino de sobra. La costumbre, ya sabe.

De la cocina llegaba un aroma agradable a guiso familiar.

Poldek negó con la cabeza, sonriendo.

—Me encantaría, pero he de volver a Cracovia.

La anciana asintió, condescendiente. Cuando estaba ofuscada parecía que

recuperaba el vigor de la juventud. Era como si de pronto se quitase años de encima.

—Ay, los jóvenes —protestó, Poldek ya había perdido la cuenta de cuántas veces

—. Siempre con tanta prisa. —Señaló con la barbilla la escalera que conducía a la

primera planta—. Subamos. La habitación de Agniezska está arriba.

Poldek la siguió, incómodo. No sabía muy bien cómo actuar en una situación así.

Una anciana le iba a enseñar la habitación en la que se había criado su hija y en la que

probablemente había pasado los últimos momentos de su vida. Quienes habían sido

sus compañeros en la Universidad de Cracovia le habían contado que, aunque había

alquilado un apartamento en la ciudad, viajaba con frecuencia a Sosnowiec para pasar

unos días con su madre. Desde que se había quedado viuda no le gustaba que

estuviese sola. No le costaba imaginar a Agniezska y a su madre subiendo por esas

mismas escaleras para deshacer el equipaje, recorrer el mismo pasillo que él ahora

recorría y abrir la misma puerta que ahora la anciana abría despacio, como quien está

a punto de descubrir un tesoro. Agniezska Waleska había muerto a los treinta años por culpa de la epidemia de gripe española que había acabado con la vida de más de

treinta millones de personas en toda Europa entre 1918 y 1919, en esa misma

habitación que ahora él invadía con desgana. Había muerto soltera, le habían contado.

Antes de cruzar el umbral de su habitación Poldek Horowitz siempre había pensado

en ella como una científica aislada del mundo, una persona ensimismada en sus

ecuaciones y sus experimentos a la que no le interesaba más que el papel o la pizarra

que tenía delante de la nariz. Una nariz tal vez horrible, como de bruja, enorme y con

una verruga, una mujer desaliñada que no cuida su aspecto porque lo único que le

interesa es la ciencia. Había conocido a más de una persona así. Sin embargo, al

entrar en su cuarto fue como si lo comprendiera todo, como si algún resorte se

hubiera activado por sorpresa en su cabeza al cruzar el umbral y le hubiera hecho

entender de golpe. Había oído hablar, muchas veces sin demasiado interés, del

talento, de los logros científicos de Agniezska Waleska, de sus investigaciones

solitarias y su entrega abnegada a la ciencia, pero jamás nadie le había hablado de lo

hermosa que era, de su piel nacarada, sus ojos negros y su melena oscura, como de

actriz de cine. Y ahora sentía que tenía los pies clavados al suelo de la madera de la

habitación. No podía apartar los ojos de aquella foto. No volvió a mencionar el

nombre de Frida Klein. Ya no. No tenía sentido hurgar más en la herida de aquella

anciana que señalaba la cama, el armario que abrió para enseñarle los vestidos de su

Agniezska cuando todavía era casi una niña que pronto se marcharía a Cracovia a

estudiar Física, cuando todavía nadie podía pensar que llegarían a compararla con

Marie Curie, la primera persona del mundo que había sido capaz de ganar dos

Premios Nobel. La madre de Agniezska Waleska le hablaba, le contaba cosas de

cuando era pequeña, de lo mucho que estudiaba, de lo inteligente que era, pero

Poldek era incapaz de quitar los ojos de la fotografía que había visto, enmarcada, en

su mesa. Había otras muchas de ella. En alguna se la veía de lejos, en la puerta de la

Universidad de Cracovia, veinticinco años antes, de pie junto a alguno de los

profesores que todavía daban clases allí y eran compañeros de Poldek, pero él no

podía apartar la vista de esa que ocupaba un rincón de la mesa, debajo de la ventana

por la que se arrastraban los visillos. Era un primer plano, de un hombre y de una

mujer. Los dos sonreían. La imagen del hombre, a pesar de ser mucho más joven de

lo que ahora era, no dejaba lugar a dudas: el pelo negro, ensortijado, no tan largo y

descuidado como en los últimos años, los ojos negros, vestido como de otra época,

con una chaqueta elegante y una corbata de lazo que no se correspondía con la

indumentaria que ahora usaba, porque según le habían contado se había convertido en

poco menos que un eremita. Era Albert Einstein, sin duda, una foto de Albert Einstein

mucho más joven, tal vez de la misma época en la que publicó aquellos artículos

sobre la Teoría de la Relatividad que lo hicieron tan famoso. Un poco después había

empezado a dar clases en la Universidad de Berna. Y Agniezska Waleska había

pasado todo un curso allí para recibir clases del sabio.

La mujer dio un tirón de la manga de su chaqueta.

—Joven, tal vez lo haya entretenido mucho. No me gustaría que perdiese el tren

por mi culpa.

Pero Poldek no se enteraba de lo que le decía. Seguía mirando la foto, como

hipnotizado. La sonrisa de Albert Einstein y la de Agniezska Waleska. Stanislaw

Zukrowski tenía razón: era cierto que los descubrimientos más importantes se

producían muchas veces por casualidad.