El factor Einstein

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 2 de 35

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El factor Einstein

Capítulo I

 

Todavía hacía demasiado frío para navegar, pero por la tarde, cuando estaba de visita

en casa de su madre, a Frida von Kleinsberg le gustaba acercarse al embarcadero,

perderse sola por la arboleda y llegar hasta el pantalán para ponerse a pensar o a

soñar despierta sin que nadie la molestase. Hacía mucho tiempo, quizá desde que

regresó de Cracovia, se había dado cuenta de que cada vez le gustaba más pasar

tiempo sola, y aunque estaba a punto de cumplir treinta años prefería pensar que la

razón de aquella búsqueda no del todo consciente de soledad era, simplemente, que se

iba haciendo mayor. Prefería creer eso a reconocer que tal vez ahora la razón

principal por la que le gustaba volver a la casa familiar y cabalgar hasta la orilla del

lago Wannsee era porque necesitaba, y lo necesitaba desesperadamente, fortalecer el

vínculo con su familia, con su madre, con su difunto padre, sobre todo después de

haber pasado demasiado tiempo sin estar segura de querer volver a su hogar, a formar

parte de la familia, que, al cabo, había sido la suya desde siempre. Pensaba en ello y

se sentía culpable y se enrabietaba por haber descubierto cosas de las que tal vez

hubiera sido mejor no haberse enterado nunca. Estaba segura de que sería más feliz

de no haber sabido la verdad, pero también era consciente de que la persona en la que

se había convertido no era sino el resultado de todo lo que había vivido, de lo que

había conocido, del pasado, para lo bueno y para lo malo.

En esa época del año la superficie del lago presentaba todavía una capa de hielo

de tres centímetros que se mantendría hasta bien entrado el mes de abril. Era de las

pocas cosas que le incomodaban de Alemania, que durante varios meses al año no

fuera posible navegar en aquel lago tan hermoso donde a ella le había gustado

imaginar de pequeña que habitaban bellas princesas, abnegados caballeros andantes y

feroces dragones que escupían bolas de fuego por la nariz cuando se irritaban. Hacía

muchos años que había dejado de creer en la existencia de dragones, y al hacerse

mayor se había dado cuenta también de que las princesas no tenían por qué ser

hermosas, y muchos hombres que había conocido se autoproclamaban caballeros con

ligereza cuando lo cierto era que distaban mucho de parecerse a los esforzados titanes

de los que hablaban los cuentos que su padre le leía de pequeña, frente al mismo

bosque de hayas nevadas que ahora contemplaba desde el embarcadero y que se

extendía un poco más allá de las noventa y ocho hectáreas de terreno que pertenecían

a la familia Von Kleinsberg —la suya, al cabo— desde hacía dos siglos.

Desde que abandonó el nido familiar, más de una década atrás, para ir a estudiar a

la Universidad Humboldt de Berlín, Frida von Kleinsberg había vuelto con

regularidad a la casa de sus padres. Al principio, los fines de semana, todos. Entonces

era una estudiante, una buena estudiante además, y cada viernes regresaba a la

mansión para volver el lunes a las clases y a las ecuaciones de las pizarras de la

universidad en Berlín, apenas a veinte kilómetros de distancia de donde se encontraba

ahora. Se fue alejando de su familia, primero poco a poco, y luego de repente, por despecho, pero nunca llegó a irse del todo. Cuando se reconciliaron, su padre nunca

llegó a perdonarle que se pusiera al servicio de la Abwehr, no porque el barón no

fuera un partidario fervoroso del nacionalsocialismo, sino porque había hecho

muchos planes para su única hija, su pequeña, y entre ellos no figuraba que pasase a

engrosar las filas del servicio secreto. Una mujer de su posición no necesitaba

trabajar para los espías, arriesgar su vida entre hombres deseosos de medrar para

satisfacer a sus jefes. Manfred von Kleinsberg había dispuesto los abundantes medios

que su fortuna le permitía para proporcionar a su hija la mejor educación posible, y la

equitación, la esgrima, el alpinismo o la vela eran actividades que el viejo aristócrata

toleraba si al final servían para encontrar un marido cuya fortuna o buena voluntad le

hicieran merecedor de entrar a formar parte de su familia. Pero ingresar en el servicio

secreto, según su padre, la alejaba de los planes que había previsto para ella desde

que era una mocosa. Era demasiado masculino, igual que le parecía poco femenino

que una mujer quisiera competir en los Juegos Olímpicos, aunque fuera en la

modalidad de vela. Y después de haberse reconciliado estuvieron cerca de un año sin

apenas dirigirse la palabra, todo el tiempo que pasó en Madrid, antes de la guerra

civil española, y sólo volvieron a recuperar la confianza, y ya nunca fue lo mismo,

cuando ella volvió a casa, justo antes de las olimpiadas del 36, en las que no llegó a

participar. El barón Falleció ese mismo verano, y aunque había llorado su pérdida le

quedaba el consuelo de haber visto a su padre emocionarse, sentado junto a ella en un

palco del Estadio Olímpico de Berlín cuando el Führer declaró inaugurados los

Juegos de 1936, aquellos donde iban a demostrar al mundo la buena voluntad de

Alemania.

Desde la muerte del barón Frida volvía, cada vez que tenía la oportunidad, a la

casa familiar para visitar a su madre, y esa tarde se había enfundado en un abrigo

largo de cuero con cuello rematado en piel de conejo después de colocarse las botas y

los pantalones de montar, abombados a la altura de los muslos. No pudo evitar una

sonrisa que se acabó mezclando con una punzada de nostalgia al pensar que su padre

le habría dedicado una mirada reprobadora al verla vestida así, pero que al final le

habría guiñado un ojo, cómplice, y le habría advertido que tuviera cuidado, que el

suelo nevado era traicionero cuando se montaba a caballo. Frida lo sabía, pero a pesar

de ello no había podido evitar hacer trotar a su yegua un poco más rápido de lo que la

prudencia aconsejaba para coger velocidad antes de saltar una valla. Luego aminoró

la marcha poco a poco, hasta que el animal se detuvo, le acarició el cuello, sonriendo,

y le dedicó unas palabras de cariño que la yegua agradeció con un bufido que se

convirtió en una nube de vaho que subió hasta perderse entre las hojas de las hayas

nevadas. Hacía frío, pero el cielo estaba despejado, así que tendría un rato para

disfrutar del silencio del bosque y del lago helado antes de que oscureciera. El

invierno tenía el inconveniente de no poder salir a navegar en el lago Wannsee, pero

su familia tenía los recursos suficientes como para que ella pudiera ocupar su tiempo

libre en otras actividades. Había sido educada para ello, y aparte de una navegante de primera que habría podido conseguir una medalla en los Juegos Olímpicos de 1936 si

no se hubiera presentado voluntaria para aquella misión en España, también era una

excelente amazona.

Después de cerciorarse de que no iba a llover resolvió dejarse el pelo suelto. Le

gustaba sentirlo flotar en el aire cuando galopaba al trote. Desde el establo hasta el

lago no se había encontrado a nadie en su propiedad, pero Frida sabía que si un

hombre se hubiera cruzado en su camino difícilmente habría podido evitar volverse

para mirarla, cabalgando con la espalda recta, la mirada al frente y la melena

escarlata al viento. Sabía la impresión que causaba en el sexo opuesto y estaba

acostumbrada a ello, además. Lo doloroso para su madre, y lo extraño para sus

amigas, no era que a sus espléndidos veintinueve años siguiera soltera, sino que ni

siquiera estuviera comprometida o que hubiese un empresario, un abogado, un

médico o un militar con el que estuviese planteándose pasar el resto de su vida. Sin

embargo, Frida nunca se había considerado muy hermosa, aunque también sabía que

su presencia irradiaba algo especial que hacía que al entrar en una sala los caballeros

siempre terminasen fijándose en ella cuando creían que no los estaba viendo.

Se reía para sus adentros cada vez que alguien de su confianza sacaba el tema,

pero ¿cómo iba ella a plantearse tener una relación estable con la clase de vida que

llevaba? Lo pensaba, claro, y era lo único que podía hacer. Aparte de su madre, nadie

de su círculo íntimo sabía que la Abwehr la había captado seis años antes, cuando el

gobierno español hizo oficial el ofrecimiento de una cátedra en Madrid al profesor

Albert Einstein. Por su condición de joven, y brillante, científica —y también por la

decisión que había mostrado tres años antes, cuando cruzó la frontera belga junto a

otros tres estudiantes con la decisión inquebrantable de secuestrar al padre de la

Teoría de la Relatividad y llevarlo hasta Alemania—, la enviaron a Madrid para

obtener información de primera mano sobre la veracidad del ofrecimiento y las

posibilidades reales de que el judío más famoso del mundo se convirtiese en

catedrático de la Universidad Central de Madrid, en ciudadano español incluso, como

habían comentado muchos, sobre todo después de que renunciase a la nacionalidad

alemana desde Estados Unidos cuando el Führer llegó al poder, en enero de 1933.

Cuando pensaba en Albert Einstein las sensaciones que la afectaban eran

contradictorias. Desde hacía siete años, aunque sabía que cumplir con el propósito no

sería fácil, se había prometido muchas veces no pensar en él, y cuando se rendía a la

evidencia y el nombre de Albert Einstein transformaba la duermevela en insomnio,

rebajaba el nivel de exigencia para convencerse de que podía separar al premio Nobel

de la persona, al científico del hombre. No en vano había admirado al físico por las

dos Teorías de la Relatividad, la Especial y la General, y aunque no podía admitirlo

públicamente, le parecía una tontería monumental que Werner Heisenberg tuviera que

enseñar la Relatividad a sus alumnos del Instituto de Física Kaiser Wilhelm de Berlín

sin mencionar el nombre de Albert Einstein, como si el viejo judío no hubiera

existido nunca o fuese un fantasma. Las noticias que llegaban de él indicaban que estaba acabado, y aquello la congratulaba casi tanto como la idea de que alguna vez

alguien vendría a darle la noticia de su muerte. Cumpliría los sesenta ese mismo año,

el 14 de marzo, y su fatigado corazón ya le había dado varios avisos. La formidable

propaganda del Reich se había encargado de enterar al mundo de que Albert Einstein

era un científico obsoleto al que le habían dado el Premio Nobel sin merecerlo, un

eremita que llevaba veinte años encerrado en su torre de marfil, cegado por el orgullo

pueril y por la soberbia ciega, pensando que todos los científicos del mundo estaban

equivocados menos él; un sionista —el más peligroso de todos, porque era muy

famoso— que había dedicado los últimos años de su vida a empañar la imagen de

Alemania, a cuya nacionalidad había renunciado, en el resto del mundo. Enfurruñado

con los jóvenes científicos que se empeñaban en hacer valer los postulados de la

Mecánica Cuántica, estaba desperdiciando los últimos años de su vida en un exilio

tranquilo en Estados Unidos, y Frida estaba convencida de que como científico era

tan dañino para el Reich como cualquiera de esas ardillas que se refugiaban de la

nieve bajo las ramas de los árboles. Ella, aunque sólo se había cruzado con él dos o

tres veces cuando estudiaba Física en Berlín y apenas habían cambiado algunas

palabras, terminó sabiéndolo todo sobre Albert Einstein, por lo que la imagen que el

mundo y ella misma tenían del científico se mezclaban con la del ser humano,

detestable para Frida, que se escondía bajo la melena blanca desordenada y la

apariencia estudiada de sabio distante. Antes de odiarlo más que a nadie en el mundo,

antes incluso de haberse cruzado con él en las escaleras de la Universidad Humboldt

cuando estudiaba, lo había tenido tan cerca que si hubiera querido matarlo le habría

bastado con caminar un rato por el prado que rodeaba a la mansión de sus padres en

Wannsee. La casa que el káiser Guillermo le había regalado a Albert Einstein en 1928

no quedaba lejos de la finca familiar, sino muy cerca también del mismo lago helado

que ahora contemplaba mientras pensaba en él, y estaba segura de que alguna vez sus

embarcaciones habían llegado a cruzarse cuando navegaban en verano. La de

Einstein era mucho más grande, un barco de siete metros. Tummler, recordaba el

nombre pintado en la amura de babor y en la de estribor, un barco que le habían

regalado sus amigos al cumplir cincuenta años, con un pequeño y discreto motor que

le ayudase a volver al embarcadero cuando el viento no soplase. Le habían contado

que era tan mal navegante como temerario. Pero ya hacía muchos años que no veía al

viejo y acabado premio Nobel. Y Frida estaba segura de que no lo volvería a ver

nunca. A veces se paraba a pensar en cuánto había influido en su vida un judío con el

que apenas había cruzado alguna palabra a pesar de haber pasado los veranos tan

cerca y de haber estudiado en la misma universidad donde él daba clases. Si pasó en

Madrid cerca de un año, fue para averiguar hasta qué punto era posible que Albert

Einstein se convirtiese en ciudadano español. Aunque ella había tenido otras razones

para instalarse en Madrid, las mismas que dos años antes de mudarse a España la

habían llevado a presentarse voluntaria para una misión secreta con el objetivo de

secuestrar al viejo profesor, cuando pasó una temporada en Bélgica después de decirle al mundo entero, desde Nueva York, el muy cobarde, que nunca volvería a

Alemania mientras Hitler permaneciera en el poder. Se iba a morir antes de que algo

así sucediera, Frida estaba convencida.

Aunque se sintió frustrada porque la operación se cancelase, aquello le sirvió para

que la Abwehr se fijase en ella y le encomendase lo de Madrid. Mientras tanto se

había enterado de muchas cosas de la vida de Einstein, cosas íntimas que no había

contado a nadie. Tal vez antes de saberlas se habría encargado de ese asunto con la

frialdad, la distancia y la prudencia necesaria que un agente debe tener para poder

llevar a cabo su trabajo sin implicaciones emocionales. Incluso cuando unos

exaltados habían saqueado la vivienda de Einstein próxima a la casa de sus padres

ella no quiso participar, y le parecía una pérdida de tiempo acercarse a una pira para

quemar los libros del científico en la plaza de la Ópera, frente a la Universidad, como

un auto de fe absurdo.

Einstein estaba acabado, ella quería creerlo. Necesitaba creerlo. Pero ahora había

cosas más importantes de las que debía preocuparse, y el asunto de Albert Einstein

podía esperar, y aunque en una parte oscura de su alma albergaba un rencor que la

consumía, se esforzaba en convencerse de que aquella posibilidad le importaba

menos que el hecho de que su madre, sus primas o sus amigas se preocupasen porque

aún no hubiera encontrado esposo. Había conocido a algunos hombres a lo largo de

su vida, pero ninguno le había interesado lo bastante como para abandonarlo todo por

él. Tal vez para alguien con la mentalidad anticuada de su madre, veintinueve años

eran muchos años para no tener ya un marido y tres o cuatro hijos por lo menos, pero

los tiempos habían cambiado, y aún habrían de cambiar mucho más. Y ahora el

mundo estaba pasando por un momento delicado, una encrucijada que iba a decidir el

destino de millones de personas. Alemania había recuperado la autoestima que perdió

en el Tratado de Versalles, y volvía a ser una nación temida y respetada. A Frida le

gustaba decirlo en ese orden: temida y respetada, en Europa entera, en el mundo

entero. Pronto Francia y Gran Bretaña tendrían que rendirse a la evidencia, si es que

no lo habían hecho ya, y admitir que Alemania, bajo la firme dirección del

nacionalsocialismo, había vuelto a ser, en un tiempo récord, el país más importante de

Europa. Y todo ello se debía, pensaba Frida von Kleinsberg mirando el lago helado,

sentada en el embarcadero, cubriéndose las rodillas con los brazos para protegerse del

frío, a la superioridad de los alemanes de verdad, que, como ella, habían luchado y

lucharían para conseguir que el nuevo Reich durase mil años, como había asegurado

el Führer.

Se echó hacia atrás la melena y la sacudió, como si en lugar de estar sentada junto

a un lago helado en invierno fuera verano y estuviera tumbada en una playa, frente al

mar. Permaneció así unos minutos hasta que sintió crujir la baranda del pantalán,

donde había atado la yegua. El animal se había inquietado, pero ella no se inmutó. Ni

siquiera se volvió, aunque sí se levantó, despacio. No le gustaba que la encontrasen

en aquella postura, sentada y relajada junto al lago, como si fuera una joven romántica. Unos segundos después advirtió el ruido de un motor que había adivinado

un poco después que su montura. Ellos sabían dónde encontrarla, y si se habían

preocupado de ir hasta allí para buscarla, seguro que se trataba de algo importante, lo

cual, teniendo en cuenta el cariz que estaban tomando los acontecimientos en Europa,

podía ser una cuestión vital para los planes del Reich. La yegua volvió a tirar de las

riendas y ahora sí escuchó el motor del coche con tanta claridad que no podía fingir

que no se había dado cuenta, pero todavía aguantó un poco más antes de volverse.

Dejó escapar el aire y sonrió, sabedora de que no podrían verla. Sin mirar supo que se

trataba de un Mercedes negro, un coche oficial que habían mandado para recogerla.

Quienquiera que fuese no podría percatarse porque ella estaba entrenada para que sus

emociones no pudieran ser percibidas a las primeras de cambio, pero Frida sintió algo

parecido a una corriente eléctrica subirle por la espalda. Era una sensación idéntica a

las otras veces, cuando le encomendaban una misión. Se había convertido en la mujer

que había llegado al rango más alto en el servicio secreto, y cuando le encomendaban

una operación sentía que se acercaba cada vez más a una meta indefinida que ni

siquiera ella misma, con sólo veintinueve años, se atrevía a vaticinar todavía.

Por el ruido del motor supo que al conductor del coche le costaba trabajo abrirse

camino sobre la espesa nieve. No era de extrañar, y menos raro aún le parecía que no

se hubieran atascado al ir en su busca. Aquello le habría divertido de verdad. Haber

tenido que ayudar a desatascar un coche en la nieve a un oficial y a su chófer. Porque

Frida sabía que eran dos, un oficial de inteligencia y su chófer. No era la primera vez

que iban a buscarla y lo sabía sin tener que darse la vuelta. No se giró hasta que

estuvo segura de que el coche se había parado, sin apagar el motor, y escuchó abrirse

una puerta y luego otra. Frida no pudo evitar sonreír al adivinarlo. El chófer se había

bajado primero, había abierto su puerta y después había hecho lo mismo con la del

pasajero.

La yegua soltó un bufido, inquieta, y Frida, sin dejar de mirar el lago, le pasó una

mano por el cuello para que se calmase. Hasta que el animal se tranquilizó no se dio

la vuelta del todo.

—Buenas tardes, señorita Von Kleinsberg. Necesito que nos acompañe a Berlín.

El chófer se había acomodado de nuevo en su puesto al volante, y el que le

hablaba era un militar protegido por un abrigo de cuero con las solapas levantadas.

Sabía quién era, y él sabía perfectamente quién era ella. Frida había leído su ficha,

igual que había leído las fichas de todas las personas con las que trabajaba. La

información era muy importante en su trabajo, y no sólo por saber en quién podría

confiar o no, sino por adivinar qué podía esperar de cada uno en los momentos

difíciles, que, aunque ahora parecían imposibles, ni siquiera Frida, a pesar de su fe

absoluta en las posibilidades del pueblo alemán para salir a flote, estaba segura de

que no podrían presentarse. El comandante König tenía un expediente intachable.

Frida lo había investigado y sabía que era un tipo duro y de fiar, aunque algo chapado

a la antigua, como la mayoría de los oficiales de su edad. Condecorado en la Gran Guerra, había sobrevivido a cuatro años de trincheras y Frida sabía que si no había

llegado a general era porque había sido degradado por negarse a usar el gas tóxico de

Fritz Haber contra los franceses y los argelinos en Ypres, en abril de 1915. Era un

militar que parecía haber sido educado en otro siglo, uno de esos que consideraban

que matar al enemigo con fuego de mortero era más civilizado que acabar con él

después de ponerse una máscara antigás para abrir unas latas de cloro líquido. Si lo

habían mandado a él para buscarla era porque sin duda se trataba de algo importante,

y eso le daba al oficial cierta ventaja con respecto a ella, pero no tardaría en enterarse.

Tal vez se lo anticiparía él por el camino o, si no, lo haría su superior inmediato, en el

edificio de la calle Tirpitzufer de Berlín que había visitado tantas veces.

El comandante la esperaba de pie, sin apartar los ojos de ella, sujetando la puerta

del automóvil abierta. Pensaba tal vez que era posible que Frida se metiese en el

coche en lugar de volver a la casa montada en su yegua.