El factor Einstein

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 4 de 35

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El factor Einstein

Capítulo III

 

Frida von Kleinsberg no hubo de esforzarse demasiado para no mostrarse ansiosa en

el trayecto desde la casa familiar en Wannsee hasta la sede de la Abwehr, en la calle

Tirpitzufer de Berlín. El comandante König tampoco hizo ninguna mención al asunto.

Había inclinado el cuerpo y había besado la mano de la baronesa al despedirse. A la

madre de Frida le gustaban los hombres educados, y el comandante König, si hubiese

tenido quince años menos, se habría convertido enseguida en un candidato estupendo

para engrosar la lista de hombres casaderos con los que su Frida podría, y debería,

tener la oportunidad de formar una familia. Incluso la hija única de los barones Von

Kleinsberg pensaba que, a pesar de ser demasiado mayor para ella, pero viudo y sin

hijos, puede que para su madre, con esos modales de otra época que eran perfectos

para engatusar a las abuelas, el pelo gris cortado al cepillo y el uniforme sin mácula

de la Wehrmacht, aquel oficial se habría convertido en un candidato idóneo al que

poder considerar su yerno en un futuro no demasiado lejano, un hombre que le diera

unos nietos de los que disfrutar antes de morir.

Frida lo miró. Su barbilla impecablemente rasurada descansaba sobre la mano,

mirando distraídamente el paisaje nevado que acompañaba a la autopista que los

llevaba a Berlín. Le fue imposible evitar una sonrisa al imaginar a su madre ahora, en

la mansión de Wannsee, haciendo cábalas respecto a las posibilidades que el hombre

que había venido a buscarla tenía de convertirse en su yerno. Tuvo que girar la cara

un tanto y mirar por su ventanilla para que su acompañante no se percatase de la

situación. Aunque cada vez que la baronesa le sacaba el tema ella terminaba

enojándose, en el fondo se divertía. Pero no tardó en concentrarse en el motivo por el

que habían venido a buscarla a la casa de sus padres. Debía de ser por algo

importante, muy importante, pero si el comandante König pensaba que ella iba a

intentar sonsacarlo durante el trayecto estaba muy equivocado. Sentía curiosidad,

claro, pero sabía esperar, sobre todo cuando tenía la certeza de que conocer la

respuesta sería un hecho inevitable, que tal vez dentro de un rato alguien la enteraría

de la razón por la que la habían ido a buscar y que a lo mejor ni siquiera el hombre

que viajaba a su lado conocía, y a lo mejor no llegaría a conocer puesto que su

cometido muy bien podía limitarse sólo a encontrarla y llevarla ante quien

correspondiese. Apenas hablaron, pues, durante el trayecto. Al cabo, no eran sino dos

soldados entrenados y disciplinados que no habían de fingir que ninguno tenía nada

que ocultar al otro mientras hablaban del tiempo, de cuánto se estaba prolongando el

invierno o de que los dos tenían muchas ganas de que llegase la primavera.

El chófer pasó por delante de un cuartel y al llegar a la altura de la calle

Tirpitzufer giró a la derecha. Un poco más adelante se levantaba el edificio gris de

cinco plantas donde la Abwehr del almirante Canaris tenía su sede. No era la primera

vez que la buscaban para ir a las oficinas centrales del servicio de inteligencia nazi,

así que también podría tratarse de un asunto rutinario. Pero aunque Frida se decía eso para no hacerse ilusiones en vano, en el fondo estaba convencida de lo contrario.

Alemania estaba atravesando un momento crucial en su historia y no cabían asuntos

banales. Estaba segura de que se trataba de algo importante. Y lo deseaba.

Los guardias de la puerta se cuadraron ante el comandante König, que devolvió el

saludo con una leve inclinación de cabeza. Antes de atravesar la entrada del edificio

Frida se subió las solapas del abrigo y echó un vistazo al canal del Spree, que, igual

que el lago Wannsee, todavía presentaba una capa helada en la superficie aquella

tarde de finales de enero. Aún se demoró unos segundos más, como si quisiera

retrasar un poco el momento en que le comunicasen lo que ya no tenía dudas de que

se trataba de algo de extrema gravedad.

El comandante König la acompañó hasta la segunda planta. Nada más verlos

llegar un bedel se levantó y golpeó con los nudillos en la puerta que había detrás de

él. No era la primera vez que Frida visitaba el despacho del jefe de la Sección

Primera de la Abwehr, la que se encargaba, entre otros menesteres, de los asuntos

científicos.

—El coronel Piekenbrock la espera, señorita Von Kleinsberg —dijo el bedel al

salir, unos segundos después.

La breve invitación sólo hacía mención de ella, y antes de volverse hacia el

comandante König ya supo que el oficial le ofrecería un leve movimiento de cabeza

como despedida, sin mover un músculo de su rostro para no dejar traslucir ninguna

emoción, y se volvería por donde había venido, como si entrar sola en el despacho de

su superior, el coronel Piekenbrock, fuera la secuencia final de una serie de actos

premeditados que habían comenzado antes de que ella lo supiera, cuando la persona

que tomaba las decisiones en ese edificio en el que ahora se encontraba decidió que

era la persona idónea para encargarle una misión que todavía desconocía pero de

cuyo contenido no tardaría en enterarse. Devolvió la inclinación de cabeza, muy leve

también, al oficial, y atravesó la puerta que le franqueaba el bedel después de

detenerse un instante, igual que había hecho antes de entrar en el edificio, como si

adivinase ya que nada volvería a ser igual cuando el funcionario cerrase la puerta

despacio a su espalda y el coronel Piekenbrock la pusiese al corriente de lo que estaba

pasando.

—Señorita Von Kleinsberg. —El coronel Piekenbrock se había levantado de su

asiento y había inclinado la cabeza levemente para saludarla, un gesto muy parecido

al que König había empleado para despedirse, como si mover un poco el cuello fuera

el gesto estipulado por la Wehrmacht para saludar a una señorita. A Frida no le

gustaba levantar la mano para hacer el saludo militar, y no tenía obligación de hacerlo

porque tampoco pertenecía al ejército ni ostentaba ninguna clase de graduación. Ella

era lo que la Abwehr consideraba un agente libre al que poder encomendar una

misión cuando fuera necesario, y sólo levantaba el brazo para saludar, al estilo nazi,

en momentos puntuales de exaltación, en un desfile, para jalear al Führer en un

discurso. Pero en privado prefería no saludar así, y ello no significaba falta de adhesión al régimen o desapego, sino todo lo contrario. Frida amaba a su país, tanto

que estaría dispuesta a dar la vida por él si hiciera falta. Y era una seguidora tan

ferviente de las directrices del Partido Nacionalsocialista como cualquiera de los

hombres uniformados que trabajaban en ese edificio. Y si tenía que hacer caso a

ciertos rumores que circulaban por Berlín, era más que posible que muchos de los

oficiales que trabajaban a las órdenes del almirante Canaris arrugasen la nariz en

privado al tener que obedecer las consignas del Führer. Con que tal vez ella fuese más

partidaria del Partido Nacionalsocialista que muchos de ellos. Y el oficial que ahora

la invitaba a tomar asiento lo sabía. Cómo no lo iba a saber, si él fue el mismo que la

reclutó, cuando todavía no dirigía la Sección Primera de la Abwehr, seis años antes,

después de la fallida misión en Bélgica.

—Frida, tenemos una misión que encomendarte. —El coronel no tardó en abordar

el centro de la cuestión más de cuatro o cinco minutos.

Piekenbrock siempre actuaba de la misma forma. La invitaba a sentarse, charlaba

un rato con ella de cosas banales, le preguntaba por el estado de salud de su madre y

se lamentaba de la muerte del barón, tres años antes, de lo que hubiera disfrutado

viendo cómo Alemania se había recuperado, casi del todo ya, de los humillantes

acuerdos de París, al final de la Gran Guerra. Después de unos minutos de

conversación siempre acababa tratándola de tú. No había muchas mujeres que

trabajasen para la Abwehr, y Frida sabía que el hecho de ser joven y que muchos

hombres la considerasen hermosa, además de su condición femenina, era la causa de

que algunos oficiales, sobre todo si, como el coronel Piekenbrock, la conocían desde

niña, la tratasen con cierto paternalismo, aunque tampoco tenía dudas de que ninguno

de ellos, ni siquiera el propio Piekenbrock, que había sido compañero de armas de su

padre durante la Gran Guerra, se andaría con remilgos a la hora de encomendarle una

misión que pusiera en peligro su vida. Y Frida tampoco se había arrugado nunca ante

las dificultades que entrañaban las dos misiones en las que había participado hasta

ahora. Para la primera se presentó voluntaria y no tuvo éxito, pero no había sido culpa

de ella: la reina madre de Bélgica había rodeado la casa que le había cedido a Albert

Einstein en Le Coq sur Mer de un amplio servicio de vigilancia, y eso que la rutina

anárquica del genio judío hacía mucho más que difícil que un servicio de escolta

pudiera cuidar de él con unas mínimas garantías de poder salvarlo si alguien intentaba

acabar con su vida o secuestrarlo, como habían intentado Frida y los otros tres

estudiantes que cruzaron la frontera con el pretexto falso de ir a rendir pleitesía al

creador de la Teoría de la Relatividad. No pudieron hacer nada, ni siquiera

consiguieron acercarse a menos de quinientos metros de la casa que el físico habitaba

junto a la playa. El plan para secuestrar a Einstein y llevarlo hasta Berlín para que

sufriera escarnio público y viera en primera fila cómo sus libros se convertían en una

columna de humo después de arder en una pira en la plaza de la Ópera había

fracasado. Para entonces Frida ya había viajado a Cracovia y se había enterado de

cosas de las que tal vez no debía haberse enterado, pero a pesar de ello se esforzaba en convencerse —ahora, y seis años antes— de que aunque secuestrar a Albert

Einstein en Bélgica podía parecer un plan descabellado y pueril, era lo mínimo que

una joven recién licenciada en Física podía hacer por su país, que hervía tan henchido

de sí mismo que ya no cabía en sus fronteras.

Seis años antes Frida había pensado que el motivo por el que el coronel

Piekenbrock la había dejado a ella y a sus tres compañeros de clase que llevasen a

cabo la misión fue por la antigua amistad que le unía al barón, pero con el tiempo

acabó convenciéndose de que la razón fundamental por la que aceptó dejarlos viajar

hasta Bélgica era porque se trataba de una misión descabellada que no tenía ninguna

posibilidad de salir adelante y que no conllevaba ningún riesgo, además, para la

Abwehr. Si salía bien, y Frida todavía pensaba que no era imposible que las cosas se

hubieran desarrollado de otra manera, el servicio secreto podría haberse apuntado el

éxito de haber secuestrado a Albert Einstein, y, si salía mal, lo más probable era que

ella y sus tres compañeros se hubieran vuelto escarmentados a Alemania, y que se les

hubieran quitado para siempre las ganas de convertirse en espías. Pero eso tal vez

valdría para los otros tres, no para Frida von Kleinsberg.

La oportunidad le llegó de nuevo por parte de Piekenbrock, a finales de ese

mismo año: tendría que marcharse a Madrid. En principio sólo iban a ser unas

semanas, y, casualidades de la vida, otra vez había sido Albert Einstein la piedra de

toque que había conseguido que sus intereses y los de la Abwehr confluyesen. El

gobierno español le había ofrecido la ciudadanía y una cátedra en la Universidad

Central de Madrid al premio Nobel después de que renegase de Alemania. Frida viajó

a Madrid, y al final, en vez de unas semanas, fueron nueve meses. Quién lo iba a

decir: su condición de licenciada en Física le había servido para obtener un puesto en

el servicio secreto. Durante el tiempo que pasó en Madrid pudo ofrecer información

de primera mano para su gobierno de la situación en España y de las condiciones que

se avizoraban para los intereses alemanes en la situación política tan inestable en la

que se encontraba el país. Luego estalló la guerra civil, inevitable, como ella había

anunciado en más de uno de los informes que había enviado a sus superiores a través

de la embajada alemana en Madrid, y, desde que acabaron los Juegos Olímpicos de

1936 hasta ahora, que la guerra española estaba a punto de terminar con una más que

segura victoria de las tropas del general Franco, no habían vuelto a encargarle una

misión en el extranjero.

Dados los antecedentes, Frida pensaba que lo más lógico era que tuviera que

volver a España. Cataluña había caído y el ejército de Franco no tardaría en desfilar

por las calles de Madrid, y la capital de España, con la guerra que se avecinaba en

Europa, se iba a convertir de nuevo en un destino importante. No esperaba Frida,

pues, que la misión que le iba a encargar el coronel Piekenbrock fuera a devolverla a

sus orígenes y, mucho menos que al final, como si el destino hiciera una pirueta

extraña, acabaría trenzándose con el pasado.

—¿Te gustaría volver a ser la licenciada en Física Frida Klein que trabaja en el Instituto Kaiser Wilhelm de Berlín?

Frida enarcó las cejas. La propuesta, que no era tal, sino una orden disfrazada de

amabilidad, la había cogido por sorpresa. Pero fue ése el único gesto que dejó

entrever: levantar las cejas apenas, fruncir un poco el ceño, como si no entendiera

muy bien el motivo de aquella misión.

Sonrió, sin abrir la boca, dejando escapar un poco de aire por la nariz.

—El Instituto Kaiser Wilhelm…

—Efectivamente. En el departamento de Física Atómica, claro.

Frida asintió. Desde que el mismo káiser Guillermo acudió a la inauguración del

primero en Berlín, en 1912, había varios centros distribuidos por toda Alemania en

los que se impartían disciplinas como Química, Matemáticas, Física o Astronomía.

De ellos habían salido varios premios Nobel. Ella misma había sido una alumna

destacada que había realizado bastantes investigaciones y había impartido algunas

clases esporádicamente después de licenciarse. De hecho, la Abwehr le había podido

proporcionar una tapadera sólida en España gracias a su relación con el Instituto de

Física Kaiser Wilhelm de Berlín. Y ahora era el servicio secreto el que la devolvía a

sus orígenes. Bien pensado, la cuestión no dejaba de tener cierta gracia.

—Será de nuevo como volver al principio —añadió el coronel Piekenbrock, y

Frida pensó por un momento que le adivinaba el pensamiento. Pero enseguida se

concentró en la fotografía que Piekenbrock acababa de extraer de una carpeta.

—Seguro que recuerdas a este hombre —le dijo.

—El profesor Steiner. —Frida sonrió al responder—. Fui alumna suya.

—Y también formaste parte de su equipo de investigación al finalizar la carrera,

cuando empezaste a trabajar para nosotros.

El coronel Piekenbrock tenía buena memoria. El profesor Steiner le había servido,

además, para ponerse en contacto con algunos científicos españoles que la acogieron

durante su estancia en Madrid.

—¿Qué le ocurre al bueno de Steiner?

Piekenbrock sacudió la cabeza, como si le disgustase darle una mala noticia.

—Estamos convencidos de que es un traidor al Reich.

Frida asintió con la cabeza, despacio, muy seria. Le disgustaba enterarse de que el

viejo Steiner era un traidor a Alemania, y le bastaba saber eso para tener la certeza de

que estaba sentenciado. Sin embargo, prefería pensar que aún seguía en su puesto,

enseñando Física, investigando, como había hecho durante toda su vida. Se

imaginaba eso al tiempo que hacía un esfuerzo por mentalizarse de que ella iba a ser

la encargada de darle el golpe de gracia. Cumpliría con su deber si Steiner se había

convertido en un disidente. A pesar de que creía conservar cierto aprecio por el

profesor, Frida nunca tenía dudas cuando de establecer prioridades se trataba. Pero

eso no le iba a impedir preguntar. Con el coronel Piekenbrock podía permitirse

alguna licencia.

—¿Qué ha hecho?

El oficial cogió la foto que Frida le había ofrecido al preguntarle, volvió a

guardarla en la carpeta y pasó unas páginas, como si buscase en el informe la

respuesta adecuada a la pregunta que la hija del barón Von Kleinsberg, su antiguo

compañero de armas, le acababa de formular.

—Está pasando información sobre nuestros avances en el campo atómico a un

colega en Estados Unidos.

En la respuesta de Piekenbrock había dos cosas que le llamaban la atención a

Frida. La primera era que los Estallos Unidos no eran enemigos del Reich todavía,

sobre todo porque sus intereses aún no se habían encontrado. A pesar de ello, Frida

sabía que si Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a Alemania, que los

americanos se apuntasen a la fiesta sólo sería cuestión de tiempo y de que el

presidente Roosevelt, empeñado en meter la nariz en los asuntos de Europa,

convenciese a los norteamericanos de la necesidad de intervenir. Estados Unidos era

una amenaza todavía lejana, pero ningún alemán en su sano juicio debería dejar de

tenerla en cuenta. Lo segundo le llamaba más la atención y le producía una curiosidad

que tenía menos que ver con su parte de espía que con su mitad de experta en

Mecánica Cuántica. La Física, sobre todo en Alemania, avanzaba a pasos de gigante.

A Frida le producía cierto pesar haber pasado unos años un poco al margen de todo, y

aunque le quedaba la satisfacción de haber servido bien a su país y de haber asistido a

ciertos acontecimientos importantes que algún día se estudiarían en los libros de

historia, conservaba cierto resquemor por no estar tan enterada como le habría

gustado de los últimos descubrimientos de sus compatriotas en el campo de la Física

Atómica. Por las palabras del coronel deducía que Alemania se había encargado por

fin de impulsar la investigación en el campo de la Física Atómica. Y estaba segura,

quién que tuviera ojos podría no estarlo, de que la aplicación de esos avances sería en

el campo militar.

—Investigaciones atómicas.

No era una pregunta, ni tampoco se trataba de una afirmación. Era más bien una

reflexión que se le había escapado de los labios.

—Pronto estarás al corriente.

—Supongo que ya se habrán dado cuenta por fin —dijo Frida, mirando hacia

arriba, como si al hacerlo el mismísimo almirante Canaris pudiera escucharla— de las

posibilidades militares que tiene la enorme energía que se encierra en el núcleo de

una partícula.

El coronel Piekenbrock no contestó. Incluso era posible, pensó Frida después de

haber dicho la frase, que tal vez el coronel no supiese nada, que el desarrollo de la

investigación de la energía atómica, con los nubarrones de guerra en el horizonte, era

un asunto que debería tratarse con la máxima discreción. La capacidad de destrucción

derivada de la fisión de un átomo era algo difícil de entender para los no iniciados.

Sólo alguien con amplios conocimientos de Física podía llegar a imaginar la

devastación causada por una bomba detonada con energía atómica. Y era, por tanto, en la comunidad científica donde existían mayores probabilidades de que alguien

hablase más de la cuenta. Y si el viejo profesor Steiner se había ido de la lengua, con

mala intención o sin ella, aunque Frida ya había dejado de confiar en las buenas

intenciones de los demás mucho tiempo atrás, merecía ser castigado por ello. Sin

piedad.

Pensaba Frida también que si el profesor Steiner estaba pasando información a

sus colegas norteamericanos y aún no lo habían detenido era porque estaban

esperando algo, y si ella estaba ahora sentada a la mesa del despacho del coronel

Piekenbrock era porque tendría que desempeñar algún papel en el asunto.

El oficial parecía haberle leído el pensamiento otra vez.

—Steiner envía las cartas con los avances en nuestras investigaciones, mejor

dicho, con los avances que él imagina en nuestras investigaciones, puesto que no

tiene acceso a ninguna información oficial, a través de una embajada. Hace nueve

meses que interceptamos la primera. En realidad no sabe mucho, pero le dejamos que

siguiera con las misivas para no despertar sospechas y porque así podríamos

averiguar cuánto sabía, y, lo más importante, cuánto sabían en Estados Unidos.

—¿Y tienen mucha información?

—Pues mucha y poca cosa. En realidad no se han enterado de nada que deba

preocuparnos todavía. Lo que saben todos los científicos. Que el átomo es fisionable,

y que estamos desarrollando un programa para poder aplicar la energía atómica al

campo militar, algo que, aunque no lo hubiera anunciado el profesor Steiner, hasta un

niño norteamericano podría imaginar.

—La fisión del átomo la ha anunciado el profesor Joliot en la revista Nature hace

muy poco. Es de dominio público. Cualquier científico norteamericano que esté

suscrito a la revista, y estoy segura de que la mayoría lo está, puede haberse enterado.

El coronel Piekenbrock asintió, pero enseguida fue al grano. Al cabo, no tenía

más tiempo que perder con ella que el que necesitara para darle las órdenes

pertinentes.

—Pero es ahora cuando empieza el verdadero juego. Si la fabricación de un arma

de estas características ya no es una utopía, puesto que todavía tenemos en Alemania

los mejores científicos, los investigadores que se fueron harán todo lo posible por

contrarrestar nuestros avances.

Piekenbrock no era dado al entusiasmo o al derrotismo, pero a Frida le había

parecido detectar cierto orgullo al referirse a que Alemania aún conservaba los

mejores científicos, y alguna sombra de pesadumbre por haber dejado marchar a los

judíos que ahora tratarían de boicotear los planes del Reich desde su cómodo exilio.

—¿Y cuál va a ser mi cometido en esta aventura?

Ya no tenía sentido demorar más la pregunta. Se trataba de un asunto donde la

ciencia mandaba, y estaba claro que no la habían enviado a buscar a Wannsee sólo

para contarle las últimas novedades.

El coronel Piekenbrock se levantó, y al hacerlo a Frida le pareció que la reunión estaba a punto de concluir. Ella se levantó también.

—Ya hemos detenido al profesor Steiner.

Por un momento Frida sintió una leve punzada al pensar que lo habrían fusilado.

No podía evitar sentir cierto afecto por su viejo profesor, pero volvió a esforzarse por

desterrar aquella sombra de su cabeza inmediatamente. Estaba a punto de empezar

una guerra y la traición era algo demasiado grave como para mirar para otro lado. Tal

vez Steiner no le había dicho a sus colegas exiliados nada que ellos ya no supiesen,

pero estaba claro que, a pesar de haberse quedado en Alemania, no estaba de acuerdo

con la forma en que el Partido Nacionalsocialista manejaba el país. Muchos

compañeros suyos se habían marchado cuando pudieron, pero él se quedó. Mientras

esperaba a que Piekenbrock concretase cuál iba a ser su misión, se preguntó qué

habría hecho ella, a quien nunca había obligado nadie a abandonar Alemania y que

cuando había salido del país siempre había tenido la certeza de poder regresar, si se

hubiera visto en la piel del viejo profesor, si habría pesado más el amor a su patria

que sentirse amenazada. Le gustaría saber si estaba muerto. Se preguntó si la dejarían

hablar con él antes de que lo fusilaran.

—Un experto en grafología ha falsificado su letra y ha escrito una carta a su

interlocutor en Estados Unidos.

—¿Y ha respondido ya?

—Todavía no la hemos enviado. Era el mismo profesor Steiner quien se citaba

con un funcionario de la embajada española en un café de la avenida Unter den

Linden, no muy lejos de la Universidad Humboldt, para entregar el correo que el

funcionario remitía al consulado de España en Nueva York por valija diplomática.

La embajada de España. Frida sintió una corriente subirle por la espina dorsal. El

cerco se estrechaba cada vez más en torno a ella. Física Atómica, España, Nueva

York, y una guerra que se avecinaba. La oportunidad de su vida parecía haber

llegado. De repente desaparecieron los ramalazos de remordimiento que la habían

sacudido un instante antes, al pensar en su antiguo profesor fusilado o torturado.

—Lamentablemente —prosiguió el coronel Piekenbrock, enseñándole un sobre

cerrado como quien blande una espada—, el profesor Steiner no podrá enviar más

cartas a Estados Unidos, pero nosotros tenemos que mantener viva esta

correspondencia, al menos hemos de enviar esta última carta.

Frida la cogió, la sopesó y la miró, como si se dispusiera a abrirla.

—Será usted quien se encargará de entregarla y de convencer al funcionario de la

embajada española de que Steiner le encomendó dársela personalmente. Su antiguo

profesor le cuenta en la carta a su contacto que es usted una fiel colaboradora y que se

ocuparía de hacerle llegar este último mensaje en el caso de ser detenido.

Pero Frida, aunque se esforzaba en prestar atención al coronel, ya no podía

concentrarse. Aún tenía la carta en las manos, un sobre blanco, sin remite, pero con la

dirección del destinatario en una letra que parecía calcada de la pulcra caligrafía del

profesor Steiner. Pero no era la letra en sí, sino el nombre de la persona a la que iba dirigida, lo que le había llamado tanto la atención que ahora sí estuvo segura de que

su papel en las semanas que se avecinaban iba a ser tan importante que, si se

esforzaba, llegaría a ocupar uno de los despachos principales de aquel edificio, tal vez

el mismo que ahora ocupaba el coronel Piekenbrock, o, quién sabe, incluso más.

Hacía casi tres años que no había vuelto a saber nada del profesor Altamira, y

ahora acababa de enterarse de que estaba en Nueva York y que era la persona a quien

el profesor Steiner había estado poniendo al corriente de las investigaciones de

Alemania en el campo de la Física Atómica. Tratándose de Alfonso Altamira había

muchas más posibilidades de que ella tuviera un papel decisivo en la resolución del

asunto. Antes de levantarse de la silla se le habían ocurrido media docena de cosas,

por lo menos, que podría sugerirle al coronel Piekenbrock, pero se contuvo. Era más

que posible que sus superiores de la Abwehr ya hubieran pensado en ello y que ya

estuvieran preparando la forma de ponerla en un barco que la llevase a Nueva York.

Pero de momento no dijo nada. Era cuestión de tener paciencia. Frida creía

firmemente que la vida se comportaba muchas veces de una forma caprichosa, igual

que la Mecánica Cuántica sostenía que sucedía con las partículas subatómicas. El

azar existía, pues, y a veces regalaba, inesperadamente, resultados extraordinarios.