El gran invierno
Capítulo 10
Tras el cristal de la cabina de traducción sintió la presencia de alguien. Miró un segundo, luego volvió a clavar la vista en el texto mecanografiado. Fuera esperaba el otro traductor. Besnik leía las últimas frases que le quedaban para llegar a la nota que con tinta roja indicaba «hasta aquí». A través de los auriculares llegaba grave y pausada la voz de Enver Hoxha. Nuestro único crimen es ser un partido pequeño, el partido de un pueblo pequeño, de un pueblo pobre que, en opinión del camarada Jruschov, solo debe aplaudir, asentir y callar. Besnik se había puesto de pie y, al pronunciar la última palabra, abrió la puerta de cristal. El otro traductor entró veloz y se acercó al micrófono. Besnik salió. Tenía la frente empapada en sudor. Miró de pasada las otras cabinas donde los intérpretes, con los auriculares en los oídos, movían la cabeza preocupados, al parecer, por la interrupción de unos segundos de la traducción al ruso, de la cual traducían ellos.
Besnik, con paso ligero, fue a su puesto. Uno de los miembros de la delegación le miró con una sonrisa neutra que se apagó de inmediato en su rostro. Un silencio espeso dominaba la sala. Las carteras negras sobre la mesa semejaban pequeñas fieras. El rubor coloreaba el semblante de buena parte de los presentes. Los ojos irritados por la ira. Las manos se movían nerviosas tras las carteras. Algunos se aguantaban la barbilla con el puño. Jruschov mantenía la cabeza erguida. Miraba una y otra vez a los lados. Frente a él, los chinos escuchaban con el rostro impasible. Jruschov se llevó la mano a la frente. Desde atrás, alguien puso una carpeta ante él. Jruschov consultó algo, luego volvió a levantar la cabeza de manera nada natural. Los búlgaros no le quitaban ojo. La barba cónica de Ulbricht era la imagen de la cólera. Por la espalda de Jruschov volvieron a pasar una carpeta. La carpeta de Bucarest, pensó Besnik. La cara de Ho Chi Minh, de barba fina, rala, y ojos perdidos en una lejanía entristecedora, parecía transparente. Un negro contemplaba los bajorrelieves de las paredes. Los chinos continuaban escuchando absolutamente inmóviles. Una mano volvió a cambiar la carpeta delante de Jruschov, pero ahora Besnik no lograba imaginar de qué carpeta se trataba.
Una parte de los semblantes iban adquiriendo una expresión cada vez más nerviosa. En frentes, caras y cuellos se dibujaban de continuo manchas y rayas rojas. Los pequeños auriculares con sus hilos negros colgando a ambos lados semejaban ahora tentáculos de un animal marino, algo entre cangrejo y pulpo, al que hubieran sujetado la cabeza por las sienes, le provocaran dolor, le torturaran. Esta escena duró un buen rato. Por fin, Hoxha pronunció las últimas palabras y, después de mirar unos segundos hacia la sala petrificada, abandonó la tribuna y caminó con paso largo hacia su asiento mientras ellos apartaban de sus sienes los dolorosos tentáculos que dejaban, con toda seguridad, arañazos y heridas terribles en el lugar donde habían estado aferrados.
La sala callaba. Jruschov alzó la cabeza sin fijar la mirada en ningún sitio. Soy el dirigente del Estado más poderoso del mundo, pensó; pero esta idea rodó por la periferia de su conciencia sin lograr penetrar en ella. Echó una mirada a la sala y gritó para sus adentros: ¡Ayudadme! Con urgencia, alarmado, quiso llevar su mente a algo tranquilizador, pero no pudo recordar más que las estepas de Kazajistán. La sala continuaba petrificada. Yo derroqué a Stalin, dijo para sí. El silencio de la sala le pareció extraordinariamente largo. En realidad solo habían pasado cinco segundos. Al cumplirse el sexto segundo, alguien, situado por el centro, levantó la mano.
—La palabra —dijo el hombre que levantó la mano—. Pido la palabra.
Avanzó precipitado hacia el micrófono, se apoyó en la tribuna, abrió la boca (abría la boca más de lo necesario para crear palabras) y habló con rapidez:
—Protesto enérgicamente contra el discurso que acaba de pronunciar aquí el camarada Enver Hoxha, rechazo absolutamente sus calumnias contra nuestro Partido padre, el Partido Comunista Soviético, estoy profundamente indignado…
Construyó a continuación otras frases, utilizando en cada una de ellas adverbios terminados en mente y agitando sin cesar la mano derecha.
Los ojos de la mayor parte de los presentes irradiaban un brillo vengativo. Sus cabezas asentían balanceándose. Gomulka tomaba notas rápidas en un papel. Los flecos de la enorme pañoleta de Dolores Ibárruri, una de cuyas puntas estaba caída sobre los papeles que tenía delante, parecían garras negras.
Tras el primer orador, pidió la palabra otro. Este no utilizaba adverbios terminados en mente, pero estaba todavía más indignado. Llamó varias veces a rechazarlo todo. Pronunció con abuso las palabras «siempre», «toda la vida» y otras relacionadas con el tiempo. Concluyó su cólera con las palabras «nunca, nunca».
Luego se levantó Ibárruri. Hoy he escuchado el discurso más vergonzoso del movimiento comunista desde los tiempos de Trotski, dijo. Intervino sin quitarse la pañoleta. Las canas sobresalían bajo los flecos mientras agitaba los brazos. ¿Qué pretendéis, camaradas albaneses?, gritó dos o tres veces dirigiéndose al lugar donde estaban ellos. ¿Cómo osáis tocar…?
Sus palabras eran amargas. Señor Enver Hoxha. ¿Qué pretende usted, señor Enver Hoxha? ¿La guerra? Las arrugas, las canas, el pañuelo enlutado y todo lo que poseía de madre y viuda al mismo tiempo, esa tristeza de España, ibérica, sorprendentemente semejante al luto de los balcánicos, dolor infinito de penínsulas que se sumergen en lo hondo del mar como en la muerte, todo ello se esforzaba por auxiliar a sus palabras. Era toda una reserva que ella utilizaba sin escatimar nada, hasta el punto de que al acabar su intervención parecía ya no tener ni canas, ni arrugas, ni luto.
—Pobre vieja, sin patria —murmuró Enver Hoxha, quitándose los auriculares. Junto a él, el miembro de la delegación que había estado en España miraba a Ibárruri como si tuviera delante a un fantasma. Su frente estaba repleta de pequeñas gotas de sudor. Un cielo abrasador y un altavoz, bajo un cielo descolorido por el bochorno, pendían aún sobre su memoria. Por aquel altavoz, en una larga trinchera junto al río Ebro había escuchado su voz por vez primera. Cien veces había estado dispuesto entonces a arrojarse a la muerte por ella. Ahora, la voz que escuchaba no era más que el cadáver de la voz de antaño.
Mientras Ibárruri se dirigía a su asiento, Gomulka levantó la mano. Pedía la palabra. Caminó pesadamente hacia la tribuna y, en cuanto se volvió al auditorio, demostró que su palabra preferida, apresada entre los dientes, era «unidad». Érase una vez una unidad inquebrantable, pensó Besnik. Se han atrevido a atentar contra la unidad, ustedes… Pronunció en una retahíla las palabras «quinta columna», «puñalada por la espalda», «Judas».
Las miradas amenazantes pululaban, chocaban, se fundían unas con otras, creando una única masa gelatinosa. Esta reunión no es más que ojos, pensó Besnik. Parecían decir: jamás imaginamos que el asunto llegara hasta aquí, que afectara a la… unidad, nuestro bien más preciado, nuestra esperanza, nuestro orgullo, nuestra gloria. ¿Qué nos queda ya? ¿Qué podemos esperar? ¡Oh calamidad!
Tras la intervención de Gomulka se hizo un descanso. Los delegados abandonaron ruidosos las sillas y salieron, una parte hacia el bar y otra al salón. Al salir, hablaban entre ellos, sacudían la cabeza, los hombros, abrían los brazos.
Besnik y el otro traductor andaban detrás del pequeño grupo de la delegación.
—Es duro cuando te atacan —dijo Enver Hoxha cuando se detuvieron junto a la barra del bar, mirando las etiquetas multicolores de las botellas de refrescos.
Sentían las miradas feroces de la gente desde todos los rincones. Iban y venían en grupos a su alrededor, discutían apasionadamente, pensaban, prometían, se garantizaban unos a otros que harían algo, que intervendrían, les provocarían, amedrentarían, demostrarían su fuerza, como entonces, como entonces, como entonces, en tiempos de Lenin, de Trotski, de St… de Bujarin, incluso más, de Marx, de Kautsky, de Bernstein, más allá incluso, de la cuarta encíclica, del segundo cisma, de la gran ruptura de la iglesia, de Roma, de Bizancio, más lejos aún, del matriarcado…
Jruschov pasó entre los grupos. Las miradas de todos ellos seguían cada gesto suyo. Le rodearon como una muralla defensiva. Dijo algo señalando con la cabeza a Enver Hoxha. ¿Qué, qué?, se preguntaban unos a otros los que estaban un poco más lejos y no habían oído bien. El camarada Jruschov ha dicho que Enver Hoxha ha arrojado barro sobre todos nosotros, explicó alguien en un ruso macarrónico. ¿Barro?
No dijo barro, sino [6] gavno. ¿Y qué significa gavno? No conozco esa palabra. Debe ser un vocablo popular. Dos o tres intérpretes hojeaban con premura sus pequeños diccionarios de bolsillo. G, G, G, murmuraba uno. Luego se volvió hacia otro. En mi diccionario no viene. El otro seguía buscando. G, G, G. No os molestéis en buscar, creo que es una palabra ordinaria, intervino un tercero. No creo que venga en ningún diccionario de bolsillo.
Al parecer, aquello a lo que más temía en este mundo había sucedido. Diez minutos antes, cuando ellos salieron al salón tras una sesión extraordinariamente larga, lo había comprendido inmediatamente todo por sus semblantes descompuestos. Parecía que allí dentro, sus ojos y sus cejas se hubieran agitado tanto de ira, que se habían descolgado por completo y luego habían vuelto a colocarse de cualquier manera en los rostros con extrema dificultad. El corredor se vació de nuevo, las puertas se acababan de cerrar y al otro lado continuaba sin duda la desdicha. Nunca había sido curioso. Su conciencia nunca le había permitido escuchar palabras sueltas ni retazos de conversaciones en los descansos entre sesiones. No obstante, hoy, por primera vez, aceptaría enterarse de algo. Se había quebrado algo muy grande, también él podía quebrantar algo en su conciencia. Pero no había oído nada durante el descanso. Y ahora que se había arrepentido, ya era tarde. El corredor estaba vacío por completo. Los botones de los abrigos parecían ojos apagados. El guardarropa apoyó el mentón en el puño. Un poco más allá, los demás compañeros se habían reunido a comentar. Seguro que habían oído algo. Los guardarropas de los miembros del Comité Central quizá habían oído detalles, incluso detalles importantes, por no mencionar ya a los que se encargan del guardarropa de los embajadores y demás, que seguro sabían todo con pelos y señales.
Contempló unos momentos al pequeño grupo al fondo del corredor. Antes les reprochaba con desprecio este tipo de conversaciones. Durante años se sintió orgulloso de su soledad. Pero hoy estaba cansado. Hoy, para su sorpresa, sentía cierta envidia. Hizo frente a la tentación por unos instantes, luego hizo lo que durante años había considerado no solo indigno, sino humillante: despacio, con paso largo, se acercó y pidió un cigarrillo. Extrañados, le alargaron con rapidez sus paquetes y él, al momento, sin siquiera encender un pitillo, como si temiera volver en sí y arrepentirse, les preguntó a bocajarro (no sabía andarse con rodeos) por aquello que le estaba torturando. Abrieron los ojos, sorprendidos y contentos al mismo tiempo, y se apresuraron a responder, interrumpiéndose unos a otros:
—Me parece que han estallado las disputas.
—Disputas serias.
—Lo nunca visto.
—Despacio —dijo el viejo empleado—, ¿tú de qué te ríes?
—No me río. ¿No ves que he bebido de desesperación? ¡Tómame el aliento!
—No es necesario.
—He bebido. He estado en el bar. Serguéi Ignatiev, me dije, aunque estás de servicio, echa un trago, de desesperación. ¿Se ha roto la unidad? Se ha roto. ¿A qué esperas? ¡Al diablo todo!
—No puedo seguir escuchando —dijo el viejo empleado—, me dan náuseas.
—Toda la vida unidos. Estábamos habituados —dijo el borracho y suspiró—. A pesar de todo —continuó—, no se sabe. A lo mejor ahora, sin unidad, puede que la vida sea más alegre. Como dijo Marx, la unidad es provisional, lo eterno son las querellas.
—No puedo seguir escuchándote —dijo el viejo—, ¡desgraciado!
Se fue a grandes zancadas, diciéndose «¡pobre de mí!».
Ellos continuaron hablando uno tras otro, con rabia, gesticulando, ofendidos, indignados, violentados profundamente, completamente, condenando, desenmascarando, destrozando, enterrando a los escisionistas, fraccionalistas, oportunistas, dogmáticos, nacionalistas, chovinistas, provocadores, agresores, belicistas. Nuestro único crimen… Por turno, Ulbricht, Ali Yata, Thorez, después Zhivkov, que inició el ataque con las palabras «ingratitud y cinismo», tras él, Dej que dijo: tuvimos la impresión de que desde esta tribuna hablaba «la Europa libre». Luego los demás, cada cual asiéndose a su epíteto favorito, estimulados por los anteriores, alzaban la voz cada vez más, abrían trágicamente los brazos, se golpeaban el pecho, decían «no» y «jamás».
Una parte de los europeos y latinoamericanos utilizaban cada vez más símbolos bíblicos, los otros, sobre todo musulmanes y asiáticos, leían antiguos proverbios, otros, principalmente africanos, ante la imposibilidad de traducir sus simbolismos y proverbios, se conformaban con frases generales.
Alguien se levantó en defensa de los albaneses. La sala se heló de nuevo.
—Nosotros los comunistas no conocíamos esta situación —dijo—, de lo contrario hubiéramos dado nuestras cuotas de partido para comprar trigo para Albania.
Después de este habló otro. De nuevo en su defensa. La cabeza de Jruschov se movió amenazadora. La sala se encrespó. Inmediatamente fueron atacados los dos. Se recompuso la situación. Se esperaba con desasosiego el discurso de los chinos. Pidió la palabra Luigi Longo. Los largos adverbios en italiano empezaron a salir como trallas silbantes de su boca.
La primera Roma, dijo para sí Besnik.
Tras el italiano, subió a la tribuna uno que utilizaba palabras entrecortadas, mutiladas. Le siguieron otros. De los micrófonos salían gritos dramáticos. Besnik recordó haber leído algo sobre los trágicos chillidos de los últimos dinosaurios. En algún calendario, o en una revista científica, o en la escuela, en la clase de zoología, había oído hablar de una manada de dinosaurios. Eran unos mil, la última manada de fantasmas, en trance de desaparición, que caminaban por el desierto australiano. Marchaban continuamente hacia el norte, buscando un lugar más tranquilo para sus cuerpos, para sus miembros entumecidos y para respirar, que cada vez se les tornaba más difícil. Y, caminando sin descanso, se encontraron en medio de un llano pantanoso y, cuanto más se esforzaban por evitarle, más se hundían en la ciénaga. Se hundían. Llovía. Sus trágicos aullidos se esparcían por el horizonte. El mundo ya no tenía lugar para los monstruos que le habían dominado tanto tiempo. Les ahogaba su propio peso. El quejido fantasmagórico, doloroso hasta la desesperación, se extendía bajo la indiferencia del cielo. Duró varios días y varias noches. Uno tras otro, los bramidos se apagaron hasta que en el pantano perdido se hizo el silencio.
—¿Cómo han osado atacar al gran partido padre? ¿Cómo han osado levantar la mano contra el partido padre? Levántense que no es tarde, camaradas albaneses, arrodíllense ante él, como el hijo que ha levantado la mano a su padre, y pídanle perdón.
El orador terminó su intervención con voz temblorosa.
Subió a la tribuna el representante del Partido Comunista Checoslovaco. Antes de pronunciar las primeras palabras, abrió los brazos, una vez, dos veces, luego meneó la cabeza. Camaradas. La Unión Soviética, nuestro hermano mayor, nuestro padre, el más humano de los Estados, el que nos defiende de los lobos, ha sido monstruosamente acusado aquí de chovinismo de gran Estado, de colonialismo e injerencia… camaradas, disculpen, no puedo más, no puedo.
Ocupó la tribuna un delegado de Latinoamérica.
—¿Qué está ocurriendo ante nuestros ojos? ¡Se ataca al Partido de Lenin! Y ¿dónde? En su propia fortaleza, en el viejo Kremlin. ¿Qué está ocurriendo, camaradas, qué está ocurriendo? En nuestras propias narices se arroja barro sobre nuestro glorioso padre. Aquí, junto al mausoleo de Lenin —el orador se deshacía en llanto. Sacó un pañuelo del bolsillo. Muchos delegados se llevaron las manos a la cabeza. Había que hacer algo, había que hacer algo.
Teatro antiguo, pensó Besnik. Con coro de Euménides. Notó que se le revolvía el estómago, como aquel día en Butrinto, cuando vio las culebras colgadas de los hombros de las estatuas. Los delegados seguían pidiendo la palabra uno tras otro… camaradas, deidades, estatuas de los clásicos del marxismo, sienten cómo la tierra tiembla, fulmina… El coro de los primeros secretarios: atruena, fulmina. Besnik tenía la impresión de que a la mayoría de ellos les colgaban serpientes de los hombros. Todo este veneno tenía que salir un día, pensó.
—Levantar hoy la mano contra el partido padre, atentar contra la sacrosanta unidad, eso significa, ¡oh!, eso…
Enver Hoxha se había colocado de nuevo los auriculares. En realidad no escuchaba palabras, solo el sonido de las frases. Incluso, había dejado de oír la traducción al francés y movía el sintonizador por todos los idiomas. Los idiomas del mundo. Allí mismo, muy cerca, a menos de dos milímetros, lenguas separadas por océanos y por siglos. Ahora en la mayor parte de ellos se insultaba a Albania.
Continuó moviendo el sintonizador. Al hacerlo durante un rato y casi mecánicamente, fue rompiendo poco a poco sus vínculos con la sala. Quizá fuera un momento de fatiga, una especie de sopor. La realidad ante él comenzó a tornarse alba, a inmaterializarse y, de repente, sin motivo ni asociación de ideas, con una claridad sorprendente, vio ante sí una hilera de viejas gjirokastritas enlutadas, sentadas en un banco largo, que lloraban con serenidad de manera totalmente monótona, con una mano en la ceja derecha, conforme a la costumbre. Había muerto Tare Sherifi. Era invierno. Desde los grandes ventanales se veía el puente de Zerzebil y a la gente que pasaba por él con el cuello de la chaqueta levantado. Entraba de súbito en la gran habitación donde lloraban las mujeres y se quedó clavado en la puerta. Era la primera vez que veía un plañido colectivo de tales proporciones. Llanto «con todo el alma», así se le llama. Todas parecían embriagadas. Era más que un rito, una suerte de arte. A su lado, una mujer mojó un paño en agua fría y lo puso en la frente de otra, y esta, en lugar de agradecérselo, abrió los ojos turbados y la recriminó: «¿Por qué me haces volver en mí?».
—Además, significa, se quiera o no, ponerse al servicio del imperialismo. Sí, camaradas. El imperialismo sueña desde hace tiempo con este día negro para el movimiento…
Alguien hablaba un idioma entre griego y turco. La segunda Roma, dijo Besnik para sí y desconectó los auriculares. Al ver que buena parte del auditorio hacía lo mismo, por un momento tuvo la impresión de que no eran auriculares, sino viejas coronas de espinas que se quitaban y ponían sin cesar en sus torturadas cabezas. Ahora mencionará el orador las treinta monedas de Judas, pensó Jruschov. Se sentía eufórico. La cruz, la tierra de Judea, los días de pascua, cubiertos por el polvo de décadas, mezclados extrañamente con congresos de partidos, plenos en los que se habían derrotado fracciones, y fiestas del Primero de Mayo afluían a oleadas a su cerebro. Miró de reojo a los albaneses. Enver Hoxha estaba recostado en el respaldo de la silla. Después de toda esta tormenta se arrodillará, pensó Jruschov. No recordaba bien el final de Judas en la Biblia. A lo mejor debo mostrarme misericordioso con él, pensó de nuevo. No volveré a usted como el hijo pródigo, le había dicho Hoxha. Jruschov sonrió en su fuero interno. Volverás, se dijo, en una noche de invierno, entre la nieve, llamarás a las puertas del Kremlin hasta el alba. Y detrás de ti volverán los demás, pensó al poco, mirando a los tres auxiliares que le flanqueaban. Con uno le ligaba el recuerdo amargo de Bucarest; con otro había intercambiado réplicas llenas de ironía y de hiel en Nueva York, en la reunión de jefes de gobierno en la ONU, cuando… cuando se quitó… el zapato. El tercero, el más joven, había participado en la comisión preparatoria de la conferencia. Pertenecía a la nueva generación de dirigentes y había estudiado en Moscú, pero sus ojos eran tan ajenos como los de los demás. Jruschov recordó que, polemizando con ellos, había sentido siempre que en algún punto del horizonte, tras las nubes, le esperaba el choque con Hoxha. Ya se ha producido, dijo para sí. El huracán se ha desencadenado sobre él. Volvió la cabeza en aquella dirección y vio que continuaba recostado en el respaldo del asiento, ajustando con una mano los auriculares. Volverás, repitió Jruschov fatigado. En invierno, de noche. Y si abro o no la puerta, es asunto mío.
Había subido a la tribuna uno de los delegados escandinavos. ¡Dale!, dijo Jruschov para sí, ¡ataca! Pero el delegado se extendía en otros problemas. Jruschov intentó concentrarse.
Llegó por fin el momento del ataque en el discurso del escandinavo. Jruschov se removió en el asiento, como hacía cada vez que un discurso llegaba a este punto. En cuanto a la intervención del camarada Enver Hoxha, a nuestro juicio es inoportuna, dijo el orador. Otro problema, prosiguió… ¿Nada más?, estuvo a punto de gritar Jruschov. ¿Eso es todo, figurín sin sangre? Inoportuna. ¡Vaya descubrimiento de eunuco!
Era la enésima vez que Jruschov montaba en cólera aquella mañana extraordinaria. Tampoco olvidaría fácilmente a los húngaros. Demasiado moderados en el ataque. Yo sé lo que queréis vosotros, murmuró. Queréis la cabeza de Mikoyán, él sabe cómo apretaros las tuercas.
Los chinos, dijo para sí. Todo el mundo conoce su cantinela.
Cuando subió el chino a la tribuna, el silencio de la sala se hizo más profundo.
El único que no seguía su discurso era uno de los delegados escandinavos, que llevaba un rato moviendo por todas las lenguas el sintonizador de sus auriculares, sin escuchar nada. El globo y el comunismo, pensaba. El globo y el comunismo. Cómo podría explicar a una persona de otro mundo, de otro planeta, por ejemplo, la cuestión del comunismo. Llevaba horas rumiando este supuesto. Cómo explicarle que la atmósfera que rodea nuestro planeta, los océanos, los continentes, los desiertos, la vegetación, la vida de los seres vivos tienen relación con algunas frases sencillas, escritas en papeles, con unos signos inventados por los hombres. «La materia es lo primario, la conciencia lo secundario». «Propiedad privada o propiedad social». El extraño visitante podría carcajearse. Cómo podía creer que una leve mutación en esta frase, por ejemplo, la conciencia es lo primario, la materia lo secundario, puede provocar terribles tempestades sobre el planeta, que ardan continentes enteros, se enrarezca la atmósfera, se embravezcan los mares. ¿No será todo esto una supina banalidad? ¿No serán frases y solo frases, impotentes en realidad, con un falso poder, solo en los sueños, y basta con que se despierte el hombre, se restriegue los ojos y diga: «¡qué tontos hemos sido!»?
Era la primera vez que se tambaleaba en tal grado su convicción en el comunismo. Parecía un hombre que a fuerza de visitar un cementerio y ver lápidas, epitafios y cruces, pierde la confianza en la vida. Esta reunión era para él una enorme tumba.
Tras el chino, subió a la tribuna un delegado moreno que hablaba un español curiosamente parecido al siseo de una escoba.
—La posición frente al glorioso partido padre soviético es piedra de toque para cualquier comunista del mundo.
Esta es mi prueba, pensó Besnik en otra cosa. Esta es mi prueba.
Le dolía la cabeza, pero notaba que su cerebro funcionaba, a pesar de todo, con extraordinaria lucidez. La densidad de los pensamientos era insoportable. No había sabido antes que se hallaba tan estrechamente ligado a la causa de la revolución. Incluso si alguien hubiera dicho antes en público que el camarada Besnik Struga está unido al Partido y al Poder popular, quizá se hubiera ruborizado por un curioso sentimiento entre la modestia y la vergüenza. En varias ocasiones se había preguntado: ¿soy un militante? Y le había parecido que no era exactamente un militante. Sabía que no había razón para no serlo. Toda su familia había estado con la lucha, su padre era un viejo comunista, él mismo era candidato al partido; no obstante, se sentía aún un poco ajeno.
Varias veces intentó averiguar el porqué de ese estado de ánimo. No existían razones de índole subjetiva. No había tenido nunca ninguna reserva hacia el partido. En varias ocasiones tuvo la impresión de que todo se había clarificado en su conciencia, de estar a punto de descubrir la verdadera razón, pero no era más que una luz efímera tras la que todo volvía a ensombrecerse. Entonces se esforzaba por autoconvencerse de que era un comunista como los demás, pero esto no duraba mucho. Enseguida comprendía que le faltaba entusiasmo. Sentía que no estaba entre los comunistas más entregados. No tenía sentido engañarse. Los demás eran otros. Otros… Algunos rasgos conocidos, que llevaban tiempo agitándose en su memoria, la curva de una nariz, determinado trazado de las cejas que recordaba la letra Z, acabaron por definirse en su mente. Raqi, el jefe de personal. Él era uno de los otros. En el cerebro cansado de Besnik fulguró una idea, después otra, se cruzaron ambas y de repente creyó comprender la razón real de por qué no era como los otros… Eran precisamente ellos quienes, durante años, le habían llevado a la posición del extraño, del indiferente. Eran ellos quienes se habían autodefinido como los más íntimos del Partido, más que los demás, los de mayor confianza, los de casa. A los demás, en cambio, los consideraban extraños, gente menos segura. Ellos eran «nosotros» mientras que los demás eran «ellos». Raqi se autoincluía en «nosotros». Besnik entraba en «ellos». Apoyó la mano en la frente. ¿De dónde ha salido esta negra fuerza usurpadora?, pensó. Se presentan donde menos te los esperas, se dijo al poco. En el barrio, en el trabajo, en las organizaciones de la juventud, del partido, en situaciones diversas, en reuniones, mítines, incluso en simples cenas o fiestas de cumpleaños, brotaban inesperadamente, se autotitulaban, se autoproclamaban. Raqi era uno de ellos. Raqi le había amargado varias veces la vida con aquella mirada, con el sobreentendido de ese «nosotros» que llevaba impreso en la cara. Besnik se había sublevado en varias ocasiones. De dónde saca él el derecho a ser «nosotros». Quién se lo ha dado, de dónde lo ha cogido. De qué ley, de qué párrafo, de qué instancia. Pero la rebeldía de Besnik era efímera, a veces por cansancio, a veces por indiferencia. Porque su presión era tan persistente y montaraz, que los demás, por cansancio o por falta de voluntad, acababan cediendo, dejándose sugestionar, sometiéndose a la hipnosis.
Esto es terrible, pensó Besnik. Así se fabrican los indiferentes, los ajenos. Cientos de personas se alejan de la revolución, gradualmente, sin darse cuenta. No es que se vayan, son expulsados tranquilamente. Se les desclasa. Seguro que cada cual tiene algún momento de lucidez y sale del aturdimiento, mas estos casos son raros. Pierden la confianza en sí mismos. Poco a poco se resignan a no ser más «nosotros». Es triste para ellos, pero es una realidad. Quizá llega incluso un día en que olvidan lo que fueron. Hace falta una fuerte sacudida para volver en sí, pensó. Una sacudida como esta reunión. Cada uno tiene su prueba. Pensó que cada uno tiene su prueba y que no podía haber pruebas generales, porque la prueba recalificadora general sería, por ejemplo, la guerra, pero su precio es demasiado elevado.
Esta reunión es mi prueba, se repitió. Esta ha sido mi suerte. Ya no me alienaré más. Vuelvo a ser «nosotros». Estoy salvado.
Se le habían inundado los ojos. En la tribuna hablaba alguien con voz aguda.
—Nosotros, los comunistas mongoles, denunciamos con la mayor energía… nosotros…
Besnik miró el reloj. La una y veinte. Nosotros, pensó distraído. ¿Y por qué vosotros?
¿Qué le pasará? ¿Por qué no viene? Esto era demasiado. Lida, frente a las escaleras de Correos, a duras penas se contuvo para no mirar el reloj. No obstante, sabía que los minutos habían pasado y que seguían pasando con rapidez, con lentitud. Debía ser la una y veinte. Esto ya era demasiado, demasiado, demasiado, gritó para sí. Estaba como paralizada, aunque en su fuero interno se agarró de los pelos, cayó en la acera, rodó bajo los pies de los transeúntes y, aún más, bajo las ruedas de los coches. Nunca en su vida había experimentado semejante desazón. No era un corte profundo, un pinchazo de cuchillo. Era peor. Se sentía aplastada por una losa.
La gente seguía comprando periódicos en el quiosco. La gente era absurda y los periódicos que compraban todavía más absurdos.
Esta vez se ha pasado de verdad, se dijo mecánicamente, con una suerte de sangre fría que era peor que cualquier nerviosismo. Todas las angustias de las demás esperas no eran nada comparadas con esta angustia nueva. Días antes, por fin, se habían reconciliado. El estudiante albanés le había llamado por teléfono como solía: ¿Es el D 1-22-29? Ella corrió a la cita, por qué, por qué, por qué, le hubo preguntado aunque no quería oír nada, nada. Él no dio ninguna explicación de por qué no había ido a la cita anterior. Dijo algo vago, parecía cansado, su frente estaba húmeda. Perdóname, Lida, ni yo mismo sé por qué pasó, pero no dependía de mí, no… de mí. ¿No me volverás a atormentar?, preguntaba ella, nunca, nunca, respondía él. Y después caminaron abrazados por la calle de Gorki, luego por el bulevar Tverskoi, junto a los bancos de hierro, hasta salir a la plaza Arbat y de allí, en metro, hasta la casa del muchacho, donde ocurrió lo que en su imaginación siempre había sido más temible y más hermoso, más terrible y más fácil; lo que hasta ahora había dejado en su rostro una laxitud misteriosa, una especie de claroscuro que ningún cosmético puede dibujar sobre la cara de una mujer. Habían retirado entre los dos el único obstáculo que quedaba entre ellos. A pesar de ello, no venía. Después de haberse consumado todo entre ellos, seguía sin acudir. No venía. ¿Por qué? Los cristales de los coches, que habían brillado como seres vivos unos días antes, cuando ella les hizo saber su decisión, ahora eran opacos, ciegos. Los números en los carteles de los horarios en las puertas de los cafés habían muerto. En el quiosco seguían vendiéndose diarios desde el inicio del mundo.
Ahora ya puede continuar la reunión como quiera, pensaba cincuenta pasos más allá, saliendo por detrás del edificio de Correos, el corresponsal de AFP. Esta ha sido mi prueba. Mi suerte.
Escisión. Todos estos últimos días, en las fachadas de las casas, en los cristales de su coche, en las puertas, en los mapas, en el rostro de los transeúntes, en todas partes, no había visto más que grietas. Todo se cuarteaba, al principio suavemente, luego cada vez con mayor vigor, como producto de un terremoto. Ahora todo estaba confirmado. Había escisión. Los gigantes se habían enfriado. El campo había perdido… el sueño… la unidad. Ya no dormirá más… Recordó su primer viaje sobre el cielo comunista, aquel deambular por el vacío, aquel crepúsculo, aquella ceguera, cuando iba en busca de la grieta, la lagartija por el desierto, cuando no creía nada, cuando se sentía perdido. Ahora la escisión correteaba vivaz por la superficie del globo, atravesaba penínsulas, continentes, se distinguía desde lejos, desde los polos, desde el ecuador. Su noticia volaba ya por el éter. En todas partes, en innumerables oficinas ministeriales, especialistas de todas clases, consejeros secretos, ministros, embajadores, generales y mariscales, presidentes de gobierno, millonarios, presidentes de Estados seculares y presidentes de Estados recientes, todos, sin excepción, como una seña celestial, como la aparición de un cometa o un eclipse solar, contemplaban ahora la escisión.
Acababa de transmitir la noticia y se dirigía con prisas a un café.
El mundo, como quiera que sea, es bello, se dijo al pasar junto al quiosco de los periódicos, donde, entre la gente que esperaba de pie, vio de refilón a una bella muchacha con los ojos anegados de lágrimas. Sonrió para sus adentros, como si viera la cosa más increíble.
Caminó un rato por la calle Gorki, atravesó el cruce ante el hotel Moscú y, marchando sin rumbo por la acera de la derecha, entre el gentío que afluía hacia el GUM, se encontró en la Plaza Roja. El mausoleo de Lenin, cerrado durante las fiestas, estaba abierto de nuevo. Miró un momento los muros rojizos del Kremlin y pensó que detrás se alzaban las torres y las cúpulas bajo las cuales se están peleando. No, no eran torres ni cúpulas. Eran las antiguas tiendas de los sitiadores a los pies de las murallas de Troya… Y ellos se pelean allí… en los muros del Occidente asediado. Canta, oh musa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo… Anuncia, AFP, la cólera de Jruschov, hijo de Serguéi…
La idea de que estaba asistiendo a la Iliada del Comunismo recorrió todo su ser. De todas formas, bueno será que tome un café, se dijo, aunque incluso sin café su cerebro trabajaba con una densidad excesiva. Al entrar por una de las puertas del GUM, volvió otra vez la cabeza hacia la derecha. El mausoleo de Lenin, con esa interminable hilera de gente, cometa de cola negra sobre el gélido universo comunista, retuvo su mirada unos segundos.
El orador alzó el brazo y lo bajó señalando a la delegación albanesa.
—La historia les estigmatizará con el nombre de «escisionistas» —gritó.
La escisión no la traje yo, la hallé entre vosotros, dijo para sí Besnik, medio adormilado. El sueño, que tanto tiempo había rechazado, había regresado y le apresaba en su suave regazo. Ahora eres mío, parecía susurarle. Ahora todo ha terminado.
De los micrófonos llegaban palabras lejanas y frías como auroras boreales. La historia. La historia.
—Se cierra la sesión —declaró el presidente de la reunión.
La sala comenzó a vaciarse. Las espaldas de los delegados se alejaban y alejaban continuamente. Aquella asamblea se había iniciado con ojos y terminaba con espaldas. Salían en orden por la puerta principal. Las espaldas de los checos. De los
polacos. De los franceses. De la tribu acu-acu. [7] Shpineri, dijo Besnik para sí. La lengua albanesa debía tener una palabra así.
Fuera esperaban los coches con el motor en marcha. Las portezuelas se cerraban una tras otra con golpes secos. Se anulará todo, se reprodujo en la mente de Besnik una frase dicha en la reunión. Los acuerdos, los créditos.
El negro cortejo de vehículos salía por la Alexandrovski Sad. Por el cristal trasero del coche, las torres del Museo Histórico giraron en loca evolución. A la mente de Besnik, al margen de su voluntad, acudían frases del último discurso, mas sin hilazón alguna: la historia… ustedes… nosotros…
Cuando salieron a la carretera de Leningrado, observó que los demás automóviles habían desaparecido. Solo quedaban su coche y otro, que rodaban veloces hacia la periferia.
—¿Dónde están los otros? —preguntó.
—Han ido a la embajada —respondió Jordan—. Creo que todos amaneceremos allí.
—¿Por qué?
Jordan esbozó una sonrisa. Besnik miraba los montones de nieve.
Las puertas de hierro de la villa estaban abiertas. El recinto, desierto, como siempre. En el interior de la villa se sentía el abandono. Las maletas, cerradas, estaban alineadas en el corredor. El gerente de la villa, a quien solo habían visto una vez, permanecía de pie.
—¿No van a comer? —preguntó.
—No —respondió Jordan.
—No —repitió Besnik.
Una de las cocineras subió, al parecer, de la cocina. Miró interrogante al gerente.
—No van a comer —le dijo este.
Ella permaneció de pie viendo cómo ellos, sin mirar a nadie, cogían las maletas y las llevaban al coche. Entre tanto había subido la limpiadora y, tras ella, otra cocinera.
—¿Se van?
No respondió nadie. Estaban sacando las dos últimas maletas. Las dejaron en el coche y volvieron para despedirse. En los ojos de dos gruesas mujeres había una especie de desconcierto.
Los automóviles partieron.
En la embajada se habían reunido todos. Las conversaciones discurrían tranquilas. En los ojos de todos había cierta humedad. A veces se sentía una oleada de tristeza. Todo se manifestaba de manera contenida, suave. Incluso las voces.
Besnik oyó las palabras «mañana», «tren» y comprendió que partirían al día siguiente.
Uno de los trabajadores de la embajada servía café continuamente.
—Ayer volví a reunir a los estudiantes —comentaba el embajador a otro—, les recomendé que tuvieran cuidado con las provocaciones.
El otro asentía con la cabeza.
—Sobre todo les recomendé cuidado con las amigas —añadió el embajador.
—Será mejor que no las vean.
—Sí —dijo el embajador—. Creo que no las verán más.
—¿Tan rápido? —preguntó el otro con una sonrisa amarga.
—Creo que las están dejando.
El otro respiró hondo.
Este tipo de conversaciones se desarrollaban en voz baja por toda la embajada.
Sentado en un canapé alargado, Enver Hoxha miraba a la gente que conversaba y tomaba café. Terminó el suyo y dejó la taza en una mesita baja. Besnik no quitaba ojo a la taza. Todas las viejas de Albania extenderían sus ajadas manos para volcar esa taza, para leer en ella los destinos del país. ¡Ah, en qué cosas pienso!, se dijo.
—Sí, creo que se están separando de ellas —repitió el embajador.
El empleado de la embajada continuaba sirviendo café a los que no lo habían tomado todavía. Alzaban las tazas y, antes de acercárselas a los labios, se miraban a los ojos, como se hace antes de brindar.
Al día siguiente, las delegaciones entraron una tras otra como de costumbre. Después, la pesada puerta de la sala Georgievskaya se cerró. El viejo encargado del guardarropa sintió una fuerte inquietud. ¿Era posible que estuviera equivocado? Volvió lentamente hacia el guardarropa y vio el sitio vacío. No se había equivocado. El abrigo largo y negro de Enver Hoxha, faltaba. Se fue la primera cigüeña, se dijo. Voló. Su cerebro estaba medio paralizado. ¿No se irán yendo lejos uno tras otro? Vio cómo dos de los encargados del guardarropa de los embajadores fingían pasar por allí por casualidad. Simulaban conversar, pero sus ojos estaban fijos allí, en la percha vacía. Quiso levantarse inmediatamente, para cubrir con su cuerpo la imagen de la percha vacía, pero después creyó que no tenía sentido. Desgraciado, desgraciado, se dijo a sí mismo. Estuvo un rato sin pensar en nada. Luego se repitió: se ha ido un pájaro. Y un poco después: ¿no estará llegando el gran invierno?
En ese momento, en uno de los vagones del tren Moscú-Varsovia que atravesaba con rapidez las estepas cubiertas de nieve, Enver Hoxha hablaba con el personal de la delegación.
—Por fin regresamos. —Contempló durante bastante tiempo la huida de las llanuras blanquecinas, después añadió—: ¿Se os ha ocurrido pensar de quién hemos sido huéspedes?
Besnik recordó la primera noche en la villa, los gaznidos del teléfono-búho. De Macbeth, dijo para sí y apoyó la frente en el cristal cubierto de escarcha.