El gran invierno
Primera parte
Réquiem por el verano que pasó
Capítulo 1
Los últimos días de septiembre se levantó un fuerte viento que estuvo soplando cuarenta y ocho horas seguidas. Además de otros daños, tiró varias antenas de televisión y dobló la mayoría de las que quedaron en pie. Cuando amainó la ventolera, la gente, encaramada a los tejados, se dedicó varias jornadas a repararlas. Junto a los hierros desnudos, con capuchas para protegerse de la lluvia, parecían extrañamente lejanos y en cierto modo fuera del tiempo. Comenzaba octubre. Los boletines de noticias se hacían cada vez más largos, debido a que se retomaban las reuniones y guerras dejadas a medias durante los meses de verano. Las guerras se desarrollaban en la periferia de los continentes; en el centro de las metrópolis, en engalanados edificios seculares, se celebraban las conversaciones entre gobiernos. Eran alrededor de cien en todo el mundo, sin contar los países que, como seres mitológicos bicéfalos, tenían dos gobiernos. Escuchando las informaciones, la gente sentía más o menos lo mismo que cuando hace mal tiempo y se está caliente dentro de casa. Esta sensación se reforzaba con el boletín meteorológico al final de los informativos. En Europa había niebla continuamente, media Asia estaba cubierta de nieve y la temperatura y las presiones eran tales que podían propiciar el desplazamiento de ciclones desde el centro de los desiertos. Después de todo esto, resultaba natural que los locutores pronunciaran las palabras «buenas noches» o «felices sueños» con cierto tono sarcástico.
Cuando Besnik salió a la calle, aún no habían dado las siete y media. La tarde era húmeda. Había llovido. Vio las primeras gabardinas por el gran bulevar y le sorprendió como si acabara de hacer un descubrimiento inesperado. Había llegado el otoño de verdad.
Las aceras estaban repletas. Por las altas puertas de los ministerios salía gran número de funcionarios. Caminó un rato entre la riada de transeúntes, luego recordó que no tenía tabaco y entró en un bar. En la barra había mucha gente. Esperó a que le llegara el turno mirando su cara reflejada en la superficie niquelada de la cafetera. Al salir, mientras buscaba cerillas en el bolsillo, sus dedos toparon con algo frío y liso. Era el carrete. Lo había sacado el sábado anterior de la cámara y aún no lo había llevado a revelar. Eran fotos de la playa. El primer verano con Zana, pensó sin apartar los dedos del celuloide. La había fotografiado en todos los lugares de la playa de Durrës y, una vez en Tirana, ella esperaba impaciente las copias. Pero había estado permanentemente ocupado con el trabajo de la redacción. Cuando, una semana antes, Zana descubrió que no solo no había revelado el carrete, sino que todavía estaba en la máquina, se enojó por el olvido. Le pidió perdón y, para demostrar su sinceridad, lo extrajo delante de ella. Cuidado, cuidado, que no le entre luz. Ella alargó las manos con rapidez, como para proteger de la destrucción lo que se encontraba allí fijado. Una película velada, pensó él. La desaparición fulminante de las caras, los cabellos, la línea de la costa. Semejante a la luz cegadora de una explosión atómica, sobre la cual escribían versos últimamente casi todos los jóvenes literatos.
Recordó haber visto antes un laboratorio en la calle de las Barricadas. Atravesó la plaza Skanderbeg y enfiló la calle de Dibra. En la acera de la derecha, junto a la farmacia, vio a Beni. Le había encontrado varias veces en ese mismo lugar con un grupo de amigos de su edad. Hoy estaban de nuevo allí, apoyados en la pared con las largas piernas ligeramente dobladas por la rodilla. Fumaban. Le había dicho varias veces que no se quedara allí, pero no le gustaba el papel de hermano mayor entrometido, y apretó el paso como si no le hubiera visto.
Casi no se podía caminar por la calle de Dibra a causa del gentío. Los rojos autobuses avanzaban despacio, recibiendo el reflejo de las luces de los escaparates. En la calle de las Barricadas chocó varias veces con otros transeúntes por ir mirando hacia arriba para leer los letreros. Muebles. Artículos de cocina. Café. Confecciones. Bombonería. Bar. Por fin: Foto Estudio.
Había muchos clientes. Algunos sentados en viejos sillones, situados a ambos lados de la pequeña sala. La mayoría esperaban turno ante la ventanilla.
Se situó detrás de un muchacho robusto de pelo rubio. Más allá, de pie, un soldado. Junto al soldado, dos chicas, con pinta de estudiantes. Hablaban en voz baja reprimiendo la risa a duras penas. El soldado las miraba triste. Con toda seguridad se va a hacer una foto para enviarla a sus padres, pensó Besnik, a alguna cooperativa lejana. La foto, cuidadosamente enmarcada en madera, sería colgada junto al hogar y las muchachas del pueblo mirarían con curiosidad y dulzura la cara del soldado, antes tan normal para ellas, con el aire y el misterio de la gran ciudad.
Por qué se hace tantas fotografías la gente, se dijo y su pensamiento voló de nuevo a Zana. Él mismo no tenía afición a la fotografía. Te viene de la filosofía islámica, le pinchaba ella a veces.
—¿Usted, compañero? —preguntó la mujer al muchacho robusto sin levantar la vista del bloc de facturas.
—Fotografías para el documento de candidato al partido —dijo el rubio, separando las palabras con decisión.
—¿Nombre?
El soldado y las muchachas debían estar esperando turno para entrar al estudio. El joven robusto tomó la factura y fue junto a ellos.
—¿Usted?
Besnik entregó el carrete.
—¿Revelado? ¿Copias?
Besnik afirmó con la cabeza. La dependienta le preguntó el nombre. Tienes un nombre bonito, le había dicho ella en la playa. Me gustará llamarme Zana Struga. ¿No me va?
Ahora llueve en todas las playas, pensó.
La mujer le tendió la factura.
—Dos lek y medio. El viernes estará listo.
Cogió la factura y salió. Fuera, habían empezado a caer de nuevo pequeñas gotas. Caminó bajo las marquesinas de los almacenes, leyendo sin querer los letreros del otro lado de la calle. Limpieza en seco. Bar-comidas. Farmacia. Recordó que su padre le había encargado unas pastillas de valium. Últimamente tenía molestias.
Cruzó por el paso de cebra y entró en la farmacia. En el mostrador había una bonita farmacéutica. Le explicaba a un campesino la utilización de un medicamento. El campesino la escuchaba sin entender nada. La farmacéutica reinició la explicación, repitiendo tras cada palabra «¿entiendes?». Levantó la vista como buscando ayuda entre quienes esperaban al otro lado del mostrador. Sus ojos encontraron los de Besnik y, encogiendo levemente los hombros, sonrió. Al final, sin decir nada, el campesino cogió el frasco y se marchó. La muchacha desapareció en la rebotica.
La serpiente, dijo para sí. Su mirada se había posado sin querer sobre el símbolo de la farmacia, estampado sobre un cristal enorme: una copa y una serpiente enroscada en ella. ¿Quién habrá inventado este repugnante símbolo? Algún psicópata, seguro. Yo también tengo miedo a las serpientes, pero, de todas formas, me sorprende el asco que te producen a ti, le había dicho Zana cuando vieron una culebra partida en dos por las ruedas de un automóvil en la carretera de la playa. Entonces él le habló de las culebras de Butrinto. A ella se le descompuso el semblante y acabó diciendo ¡basta, basta! Tampoco a él le apetecía recordarlas, pero acudían a su mente cada vez que veía, en sellos de correos o postales, las gradas del antiguo teatro. Era un recuerdo de sus primeros trabajos como periodista. No había visto en su vida tantas serpientes. Es probable que ni los periodistas que van de servicio a la jungla tengan oportunidad de ver tantas. Había salido con prisa por la tarde. Por la larga carretera pasaban de continuo motocicletas de la policía de tráfico. En todas las ciudades y pueblos, a ambos lados de la calzada, pancartas y banderolas rojas daban la bienvenida al primer ministro soviético. Llevaba varios días en Albania. Debía estar en Butrinto antes de medianoche, pues existía la posibilidad de que este fuera uno de los primeros lugares que visitara Jruschov. Besnik no había visto nunca las ruinas de la célebre ciudad antigua. Al día siguiente, a pesar del cansancio por el largo viaje, se despertó temprano, se levantó y salió. La calma era extraordinaria. Las ruinas de la muralla, las columnas, las estatuas y el anfiteatro estaban allí abajo, a sus pies. Edipo rey. Electra. Todo estaba despejado y muerto. Solo se oían lejanos golpes de martillo. Alguien clavaba una tela roja en la que se leía, en albanés y ruso, una frase del último discurso de Jruschov en Tirana: «Albania se convertirá en un jardín floreciente en Europa». Besnik descendió para ver más de cerca las estatuas y las gradas del anfiteatro, medio cubiertas por las aguas. Debía de haberse producido una inundación, porque las aguas estaban turbias y fluían lentamente por todas partes. Se sentía su murmullo sosegado. Las estatuas mutiladas lo contemplaban todo con malvado desprecio. De repente, vio las serpientes. Se deslizaban despacio sobre la superficie marrón del agua con una agilidad terrorífica. Besnik dio un paso atrás y, en ese momento, escuchó una risa. No te asustes, están muertas. Era Zef, de ATA. Están muertas, repitió. Mira, otra más allá. En las columnas. Ya la veo, dijo Besnik. Las han envenenado hace unos días, explicó Zef. En las ciénagas de los alrededores hay muchas y son peligrosas. ¿Me entiendes? Jruschov tiene costumbre de caminar. No se sabe lo que puede ocurrir. Por eso, por si acaso, han echado el veneno. Mira otra, señaló Besnik. Qué imagen más asquerosa.
—¿Qué desea, por favor? —le preguntó la farmacéutica.
—¿Me puede dar unas tabletas de valium?
—¿Tiene receta?
Besnik se encogió de hombros.
Ella esbozó una sonrisa con expresión de reprimenda y, sin decir nada, se inclinó a escribir la factura.
Hoy no es nada, había dicho Zef el de ATA; ayer y sobre todo anteayer era espantoso. Flotaban sin cesar, una tras otra, enredándose en las columnas, en las piernas de las estatuas. Zef señalaba con la mano: El orador. El filósofo. Otro filósofo. ¿Ves allí aquel grupo de estatuas, que tienen los brazos rotos? Exacto. Representan un coro antiguo. Anteayer, las serpientes colgaban de sus hombros. ¡Ya está bien! había protestado Besnik. No tengo ganas de oírte. No obstante, estuvo un buen rato mirando los reptiles muertos que aparecían una y otra vez sobre las turbias aguas, como en una pesadilla. Algunas quedaban unos instantes enganchadas en las gradas del anfiteatro. Espectadores, de Esquilo, de Edipo rey.
—Pague en caja, por favor —dijo la farmacéutica.
En la calle ya no había la aglomeración humana de media hora antes. Había cesado la lluvia. Algunos viandantes miraban las carteleras de los cines. Se dio cuenta que, a medida que avanzan las horas de la tarde, hay más gente en las calles y los cruces que se detiene sin objeto ante los anuncios de películas que no entrarán a ver, porque la proyección ya ha comenzado, o gente que se pasa las horas muertas ante todo tipo de anuncios y cuadros horarios que, con toda seguridad, no utilizarán nunca.
Él mismo se detendría ahora con gusto ante cualquier cartel inútil, pero recordó que debía ir a casa de Zana. Empezó a caminar con rapidez para salir otra vez a la plaza de Skanderbeg. Pensó en coger el autobús, pero cayó en la cuenta de que a esas horas el servicio comenzaba a reducirse. Pasaba frente a los silenciosos edificios de los Ministerios. Las numerosas ventanas que hacía una hora brillaban con la luz, estaban ahora oscuras. En algún piso, el segundo o el tercero, sonaba un teléfono. Sonrió sin motivo aparente. Dobló a la derecha y cruzó el oscuro parque para salir a la calle de la Central de Correos. Se oía música de baile en dos o tres puntos. Cristales revestidos de vaho tras los cuales aparecían borrosas figuras gelatinosas, como en el mundo submarino. En los centros de trabajo y las escuelas se realizaban las primeras fiestas para celebrar el mes de la amistad albano-soviética. Aquella música le produjo una contracción en el corazón. Recordó que hubiera sido mejor decir a la mujer del laboratorio la sensibilidad de la película. De todas formas, no tenía mucha importancia. En realidad ni siquiera él sabía qué sensibilidad tenía. En Butrinto, Zef realizó veinte exposiciones para fotografiar las serpientes. ¡Qué cosa más horrible! Intentó quitárselas de la cabeza. Seguramente el soldado se habría hecho ya sus fotos, después de sudar un cuarto de hora bajo los focos, a las órdenes del fotógrafo. Las estudiantes también. Dos años antes, cuando se hizo las fotos para los documentos de candidatura del partido, la muchacha que le atendió le dijo: ¡Enhorabuena, camarada!
Llegó a casa de Zana. Una villa grande de dos pisos. Había bastantes en aquel barrio. En el primer piso vivían los dueños de la casa, una familia de burgueses expropiados tras la guerra.
Subió las escaleras. La madre de Zana abrió la puerta.
—¡Besnik! —gritó—. Qué alegría verte.
Se había vuelto a cortar el pelo como el invierno pasado, poco después de que se formalizara el noviazgo de ellos. A él le gustaba que siguiera conservándose bien. Mamá es tan alegre, decía siempre Zana. Me encantaría tener su carácter, pero, no sé. Tengo miedo de hacerme una cascarrabias. ¿Tú qué dices? Decía todo esto en un tono jovial, acariciante, segura de que se censuraba algo que a él le resultaba simpático. En casa de Besnik hablaban poco. No solo su padre y su tía (y él mismo, se comprende), también Beni había comenzado a hablar cada vez menos. Quizá hablaba mucho en la calle de Dibra con sus compañeros, con las rodillas ligeramente dobladas y el cigarrillo entre los labios, pero en casa casi no abría la boca. La única voz que se oía allí era la de Mira. Ya se sabe que las chicas de su edad (estaba en undécimo curso) siempre hablan mucho.
—¿Llueve? —preguntó la madre de Zana—. ¿Te has mojado?
—No, ha empezado ahora. ¿Hay alguien dentro?
—Está mi hermana con su marido, Skënder.
Besnik la miró inquisitivo.
—Skënder —le espetó Liria en voz baja—, ya le conoces, ¿no?
—¿Skënder Bermema, el escritor?
Liria dejó escapar una carcajada.
—¡Claro! Eres sorprendente. ¿No sabías que mi hermana está casada con él?
—Sí, pero… no le veo desde hace tiempo. Desde…
En realidad no le había vuelto a ver desde que le conoció, en la cena con motivo del compromiso de Zana. De todo el círculo familiar de Zana, había sido el más distante y cuando Liria dijo: dentro están mi hermana y su marido, Skënder, le pareció casi increíble.
Te pillé, dijo para sí pasándose las palmas de las manos por el cabello. Así que tú también haces visitas a la familia como todos los mortales.
—Ah, los yernos de hoy —continuaba Liria en voz baja, cariñosa, mientras Besnik pensaba que si alguien le hubiera dicho de pronto que el famoso escritor Skënder Bermema era el marido de la tía de Zana se hubiera quedado boquiabierto.
—¡Buenas noches! —saludó, entrando en la sala de estar.
El hombre, cuya cara había visto tantas veces en las páginas de la prensa literaria y en la televisión, le sonrió. Fue una sonrisa en cierto modo independiente de lo que ocurría alrededor. Sentada en el canapé junto a su esposo, alta y sin ningún parecido con Liria, su mujer escuchaba con atención cuanto se hablaba, sin intervenir en la conversación.
—¿Cómo va eso, Besnik? —preguntó el padre de Zana.
Besnik hizo un gesto con la cabeza, que significaba «bien», y se sentó en una de las butacas. Lo único que le molestaba cuando hablaba con su suegro era no encontrar una manera cómoda de dirigirse a él. Al principio, cuando se conocieron, le llamaba como todo el mundo, camarada Kristaq. Pero al cabo de dos semanas notaba que aquello no iba. La propia Zana se había mordido los labios de alegría en dos o tres ocasiones mientras hablaban. Llamarle sencillamente Kristaq le era más difícil, no solo por ser viceministro, sino también por la edad y… algo más, algo relacionado con todo su ser, con su cuerpo, su voz, su modo de caminar e incluso con su estilo de vestir.
—Bien, ¿y usted? —respondió Besnik. Por fin había encontrado una solución intermedia, mantenía el tratamiento de usted, evitando el nombre. Naturalmente, esto era difícil, por ejemplo, por teléfono, cuando lo cogía el suegro. Entonces se veía obligado a decir camarada Kristaq, pero, de todas formas, por teléfono todo era más sencillo, y la palabra camarada armonizaba mejor con los números y las señales. Todo estriba en que el socialismo no ha penetrado aún en todas las células de nuestro ser, dijo un día Ilir, cuando salió a colación el tema. Nos resulta difícil llamar a las personas mayores camarada fulano, porque la sombra de la palabra «señor» ronda todavía en nuestro subconsciente. Igual que rondan los antiguos señores por la planta baja de la villa donde vive la familia de Zana, pensó Besnik.
—Ha empezado el otoño —comentó Kristaq pensativo, sin apartar la vista de su yerno, como si este hubiera traído de la calle las huellas del otoño. Besnik se pasó la mano por el pelo para sacudir unas gotas de lluvia.
—Sí, se ha estropeado el tiempo.
—Ayer se marchó el último de los embajadores que habían venido de vacaciones —dijo Kristaq con un tono de voz como si hablara de la migración de los pájaros—. Justo el otoño.
—Octubre está ya bien avanzado —puntualizó Liria.
—Segundo otoño —intervino Skënder Bermema sin quitarse el cigarrillo de la boca—, por algo le llaman así.
—Ya no se utiliza ese nombre —replicó Kristaq—, a no ser en las novelas.
—Pues muy mal que no se utilice. Para mí, las palabras octubre o septiembre, son estériles; sin embargo, primer otoño, segundo otoño y tercer otoño están llenas de vida.
—Interesante, no se me había ocurrido.
—Se trata del drama completo del frío con su ritmo creciente, acto tras acto — prosiguió con su teoría Skënder Bermema. Con el movimiento de sus labios graves, la ceniza del cigarrillo, que aún no había tirado, le cayó sobre la rodilla, pero no se dio cuenta o simuló no dársela. Su mujer se la limpió con un movimiento suave de la mano.
La conversación sobre el otoño se agotó en un minuto, como cualquier conversación sobre el tiempo.
—¿Dónde has estado estos días? —se dirigió Kristaq a Besnik—. No te hemos visto el pelo.
—He estado trabajando en un artículo bastante extenso.
—¿El artículo sobre la crisis de Oriente Medio, del periódico de hoy?
—Sí, en colaboración con un compañero.
—Está bien escrito, pero el de anteayer sobre problemas de la importación no me gustó nada.
Besnik miraba las pesadas cortinas de la habitación que más o menos combinaban con el diván color café y la estantería donde estaban alineadas las obras completas de Lenin. Luego su mirada pasó al televisor. Estaba desmontado. Un montón de cables y lámparas al aire. Daba la impresión de que el aparato se había hecho el harakiri.
—No está roto —dijo Kristaq al captar la mirada de Besnik—. Vamos a cambiarle una lámpara que no va muy bien. No es que se critique a un sector con el que tengo cierta relación —continuó—, sino que es un artículo superficial y poco responsable. En la importación se presentan dificultades imprevistas.
Besnik no supo qué decir. En realidad no lo había leído. Sus ojos se cruzaron con los de Skënder Bermema que, bajo su gris profundo, irradiaban aquella sonrisa suya inmutable.
—Imprevistos sorprendentes. Por ejemplo, supongamos que la Unión Soviética retrasa la entrega de determinada cantidad de trigo y nos vemos obligados a escribir a una firma francesa: ¿qué dirías tú? Aunque esto no es ninguna suposición —Kristaq bajó la voz—, y no son cosas para ir diciéndolas por ahí, tú lo comprendes. Así que nos encontramos ante este hecho. ¿Qué habría que hacer, según ese periodista vuestro? ¿Armar jaleo porque se retrasa el trigo? ¿Crear malentendidos entre el pueblo? La verdad es bien sencilla: la Unión Soviética ha tenido algunas dificultades. Dicen que el clima, ¡maldita sea! —gritó con rabia. Sus ojos iban de un lado para otro para no coincidir con los de Besnik.
El clima, pensó Besnik. Pero ¿por qué se enfada?
Zana entró en la habitación y la conversación se quedó a medias.
—¡Buenas tardes! ¿Cómo estás?
Se sentó en un extremo del diván y le sonrió. A él siempre le gustaron los vestidos veraniegos sencillos, y ella lo sabía. Le gustaban los vestidos de punto, sobre todo acabado el período de playa, cuando sus días están contados. Durante unos segundos miró el pelo denso y castaño con leves tonos aceituna, los brazos y las rodillas que se empeñaban en mantener el último resto de sol y, fugaz, pasó por su mente, quizás por milésima vez, la idea de que tendría una mujer bella.
Volvió a sonreír y con toda naturalidad le puso la mano sobre la suya. No tenía reparo en hacer gestos así delante de sus padres, cosa que satisfacía a Besnik.
—¿Estás cansado?
—Un poco.
Cerca, seguramente en el comedor, se oía un rumor liviano. Liria entró con su habitual jovialidad.
—Una copita de raki antes de la cena, ¿qué decís?
—No nos opondremos —respondió Kristaq—. Zana, enciende el televisor. Ahora dan las noticias.
El televisor, aun con los cables fuera, sorprendentemente funcionaba.
—Naturalmente, cuestión de clima —dijo Besnik—. No hay lugar para malentendidos.
—Naturalmente —repitió Kristaq—. En el informe que preparamos ayer con el ministro así lo definimos, «cuestión de clima».
Las noticias ya habían comenzado.
—Ahí tienes tu Oriente Medio —dijo Zana.
Los dos rieron. En la pantalla se veían soldados con casco y equipo en un desierto. Recordó fugazmente al soldado que una hora antes esperaba para hacerse una foto. Seguro que ahora estará caminando bajo la lluvia caminó del cuartel.
—Las fotografías estarán pronto —comentó a Zana.
—¡Qué bien! —exclamó sin apartar los ojos del televisor. Ahora ocupaba la pantalla un enorme avión de pasajeros que acababa de aterrizar. Aguantándose el sombrero con la mano para que no se lo llevara el viento, descendían la escalerilla varios hombres altos. Los reporteros se empujaban para fotografiarlos.
—¡Cuánto me gustan los aeropuertos! —susurró Zana.
Liria entró con las copas en la mano.
—¿Se han reanudado las conversaciones de París? —preguntó, mirando de reojo la pantalla mientras colocaba las copas en la mesita—. ¿Queréis unas aceitunas?
—No —respondió Kristaq—. Son los ministros de Exteriores en Bruselas — añadió tras una pausa.
—Todos los días conversaciones, ¡cómo no se cansan! —dijo Liria.
Zana suspiró.
—¡Qué bonito es! —dijo a media voz mientras las cámaras seguían a los estadistas dirigiéndose a grandes pasos a la terminal del aeropuerto. Acercó el hombro a Besnik y le cogió del brazo. Su frondosa cabellera tenía el agradable aroma de siempre.
—¿Vas a tomar una copita, Zana? —preguntó Liria.
—¡Salud! —brindó Kristaq.
Mientras traía una copa, Liria preguntó si habían oído rumores sobre cambios en el Ministerio de Agricultura, pero nadie respondió.
—¿Sabéis? —continuó— he oído que anteanoche vieron al ministro caminando por la calle bajo la lluvia, hecho una sopa. ¿Ha ocurrido algo?
—Liria —cortó Kristaq—, ¿eres tú quien se dedica al cotilleo político, en lugar de los de abajo? —y señaló el suelo con la mano.
—¡Hombre! —refunfuñó Liria.
—Ni hombre ni nada, no está bien andar hablando de un camarada con esa responsabilidad —le espetó Kristaq.
—Precisamente él, por tener un puesto así debería preservar su autoridad, y no…
—A cualquiera le puede pillar la lluvia en mitad de la calle, ¡maldita sea!, y si te pilla la lluvia, pues te mojas, ¿o no? —dijo Kristaq, dirigiéndose a las visitas.
—Claro —intervino Skënder Bermema—. ¿No hablábamos antes del clima?
Kristaq soltó una carcajada, moviendo la cabeza.
—Del clima —dijo— y del segundo otoño.
Todos rieron y, como tenían el tenedor en la mano, la escena resultaba aún más cómica.
Cuando acabaron de reír, su esposa le dijo algo al oído a Skënder Bermema.
—No os vayáis —dijo Kristaq—, quedaos a cenar.
—Nos quedaríamos con mucho gusto —respondió Skënder Bermema, mirando a Besnik—, pero estamos invitados en otro sitio. Incluso se nos ha hecho tarde.
Cuando se levantaron y la cabeza de Skënder Bermema se situó bajo la lámpara, Besnik observó con sorpresa que su cabello castaño tenía un reflejo rojizo parecidísimo al de la amiga más íntima de Zana, Diana Bermema. ¡Si son parientes!, estuvo a punto de exclamar, es normal.
—Así son estos escritores —dijo Liria cuando se fueron—. Cuando les viene la inspiración…
Los ojos de Zana buscaban la mirada de Besnik. Mamá utiliza a menudo frases manidas, no se lo tomes en cuenta, le había dicho Zana. No tiene mal corazón.
Sonó el teléfono. Liria se levantó de inmediato. Era ágil, aunque pareciese demasiado gorda, sobre todo comparada con su esposo. Mirando la cara delgada y alargada de Kristaq en la vieja fotografía, vestido de guerrillero, Besnik se extrañaba de que, después de tantos años, hubiera cambiado tan poco.
—Coge aceitunas —le dijo Kristaq—, son muy buenas.
En el pasillo, Liria seguía hablando por teléfono.
—Golpe de Estado —dijo Zana, señalando con la mano la pantalla del televisor.
Volvieron la cabeza sin ninguna curiosidad. En el televisor se veía la plaza de una ciudad con un enorme monumento en el centro.
—Ahora son normales —comentó Kristaq, retirando la vista de la pantalla.
Empezaron a hablar de la exportación de aceitunas y tabaco. En realidad, Besnik era periodista especializado en economía, aunque se ocupaba con frecuencia de problemas internacionales, sobre todo del Mercado Común o del petróleo.
—¿Dónde han dado el golpe de Estado? —preguntó al poco Kristaq.
Zana se encogió de hombros.
—¿Cómo quieres que me acuerde del nombre?
—¡Indiferente! —le espetó Kristaq, moviendo el dedo en un gesto recriminatorio.
Besnik sonrió.
Liria por fin dijo «adiós» por el auricular y asomó la cabeza por la puerta:
—¿Cenamos?
El comedor estaba pegado a la cocina. Una habitación agradable pintada de color claro. Junto a la ventana, un cactus grande. En la pared, una naturaleza muerta.
—He hecho la pasta como a ti te gusta —dijo, sirviendo a Besnik.
Kristaq hizo una broma. Definitivamente problemas del clima, pensó Besnik. De lo contrario no tendría tan buen humor. Como es cuestión de clima el asunto de las serpientes. Cuestión de lluvias. A pesar de todo, cuando Zef, el de ATA, había enseñado las fotos, el jefe de personal, clavando los ojos en ellas, había exclamado: ¡qué significa tanta pasión por fotografiar serpientes muertas!
Kristaq llenó de vino los vasos. Besnik no tenía hambre, pero se comió la pasta con rapidez empujado por el miedo, casi pánico, a que Liria dijera la frase «el apetito viene comiendo», que, sin ninguna razón, odiaba. Mientras comía, sus ojos leían sin querer la etiqueta de la botella de agua mineral. Recomendada a los enfermos de riñón y de hígado. Aconsejable en casos de infección del estómago y de trastornos digestivos.
Tras la pasta, Liria sirvió filete con patatas fritas y ensaladilla rusa.
La conversación en la mesa era trivial, sin ninguna pretensión, una de esas conversaciones en la que se puede entrar libremente y salir con la misma libertad, encontrándola después como se la dejó momentos antes, agradable e indefinida.
—Y este es el flan de Zana —dijo Liria mientras sacaba del frigorífico cuatro platos de postre.
El flan de Zana, pensó Besnik. Algo que tenía relación con Zana. Como una somnolencia, atravesó su cerebro la idea de que dormirían juntos muchas noches y muchas siestas.
—¡Enhorabuena! —dijo Kristaq—, solo que has empezado la casa por el tejado.
—Tiene tiempo de aprenderlo todo —intervino Liria.
—No, no tengo tiempo.
—¿Por qué, cuando os casáis?
Zana miró a Besnik.
—Pensamos a principios de enero.
Liria echó una mirada rápida a sus caras, intentando adivinar si existía motivo para tanta prisa. Después de pasar veinte días juntos en un hotel de la playa, esta duda entraba dentro de lo normal. Pero sus rostros permanecieron bastante tranquilos.
—¿No es un poco precipitado?
—¿Por qué te parece precipitado? —respondió Zana.
Ella piensa lo mismo, dijo Besnik para sí mirando a hurtadillas sus mejillas que sombreaban las líneas oblicuas de la cara. Muchas noches y muchas siestas, pensó. Como en el hotel de la playa. Entornó los ojos. Ahora la arena estaría endurecida por la lluvia y el verano le pareció tan lejano como la época paleozóica.
Kristaq encendió un cigarrillo.
—¿Por qué te metes? —dijo a Liria con un tono festivo—. Que hagan lo que quieran. El café lo tomamos allí —añadió levantándose. Besnik fue tras él. Zana y su madre lo hicieron más tarde. Zana se sentó junto a él en el canapé. Se había sujetado el pelo con una cinta azul. ¿Por qué no nos casamos en diciembre?, pensó Besnik.
—A ver qué hay en la televisión —dijo Liria apretando el botón del interruptor. En la pantalla aparecieron dos seres que se movían entre la niebla, luego se aclaró la imagen y los dos seres se convirtieron en dos hombres que se golpeaban.
—Boxeo —dijo Besnik.
—¡Uf, qué rabia le tengo! —protestó Liria.
Debían ser los últimos asaltos, porque los púgiles parecían muy cansados. En la torpe lentitud de sus golpes había algo monstruoso.
—¡Ay, se ha caído uno! —exclamó Zana. El árbitro, con las piernas ligeramente abiertas ante él, empezó la cuenta. El boxeador se puso de rodillas, apoyó un brazo en las cuerdas y, siguiendo con los ojos borrosos la mano del árbitro que subía y bajaba, intentó levantarse, pero no pudo y cayó redondo a la lona.
—Es terrible —dijo Zana—. Qué pena me da.
El adversario empezó a dar vueltas al cuadrilátero, saludando a la muchedumbre que le aclamaba.
—Es un deporte bárbaro —intervino Kristaq.
Liria trajo el café. Después empezó el último boletín de noticias. Volvieron a salir los soldados con casco y equipo a la espalda, caminando por la arena. Ahí tienes tu Oriente Medio. Besnik miró el reloj. Había pasado la medianoche.
—Se ha hecho tarde —dijo levantándose.
—Ha empezado a llover otra vez. Coge el paraguas de Kristaq. ¿Te doy la gabardina? —le preguntó Liria.
—No, con el paraguas tengo bastante. Buenas noches.
—Buenas noches —dijo Kristaq con la voz velada por un bostezo.
—Buenas noches, Besnik. Salud —dijo Liria desde la puerta.
Zana, colgada de su brazo, bajaba las escaleras para despedirle. Le corrió por la cabeza la idea de que es muy fácil imaginar la felicidad subiendo o bajando escaleras. En el piso bajo, una de las ventanas todavía tenía una luz pálida.
—¿Qué dices, saldrán las fotos que hicimos contra el sol? —preguntó ella con voz somnolienta.
La besó en el cuello y ella se estrechó dulcemente contra su hombro. Después de tres semanas de fogosas relaciones íntimas en la playa, se habían visto relativamente poco durante el último mes y Besnik sentía nostalgia de todo lo que pertenecía a Zana. Se besaron un rato en las escaleras, pero era más un suplicio que una satisfacción. Ella se apartó.
—¿Por qué no nos casamos en diciembre? —susurró Besnik con cierto tono de reproche.
Ella le revolvió el cabello.
—Ahora, buenas noches.
—Buenas noches.
Al abrir el paraguas, recordó la conversación sobre el ministro calado bajo la lluvia y soltó una carcajada.
—Se despiden por las escaleras, se besan, se dicen buenas noches —dijo para sus adentros la vieja Nurihan, echando la manzanilla en el vaso. Noche negra. Aguzó el oído un rato escuchando los pasos que se alejaban. Si al menos pudiera conciliar el sueño, pensó. No lograba distinguir si le zumbaban los oídos o es que estaba lloviendo. Moriré con esta lluvia. Mi tumba se cubrirá de manzanilla.
La cucharilla golpeaba el vidrio del vaso. Qué han dicho contra el sol, pensó. Por qué dicen siempre cosas terribles.
Hacía veinte años que solo escuchaba cosas terribles. Perteneces a una clase derrocada, pensó, por eso estás abajo, para oír estas cosas.
El vidrio del vaso sonaba quejumbroso en su mano. Así, así, se repetía. Nosotros abajo, ellos arriba. Nosotros en los pisos bajos, en los sótanos, arrojados en el infierno; ellos arriba, encima de nosotros, con su vida y con otras noticias. Se despiden por las escaleras, se besan después de la cena.
Estuvo murmurando durante un rato, como de costumbre. Mamá, le solía decir Mark, por qué te haces mala sangre. Eso ya se ha acabado. Aunque no lo aceptara, daba la razón a su hijo. Había terminado de verdad y ella intentaba no darle más vueltas. Pero, a veces, bastaba cualquier nimiedad para que las heridas se reabrieran. Mientras seguía meneando la manzanilla, miró de nuevo el jersey azul claro recién empezado, que Emilia había dejado sobre el viejo canapé. El jersey, el primer encargo de aquella vigilia de invierno, le recordó, como cada año, la última y terrible predicción de Hançe Hajdija Peza e Madhe en aquel noviembre de 1944, días antes del derrocamiento. Vosotras, mujeres que aguardáis en silencio al destino igual que las arañas, tejeréis como ellas para ganaros el pan, desgraciadas de vosotras, arañas.
Bruja, murmuró Nurihan. Entre todos los males, cómo conseguiste encontrar el más prolongado, bruja. Durante todo el invierno venían uno tras otro a encargar jerseys, con una burla perenne en los ojos, como diciendo: vosotros los burgueses sois buenos para hacer bañadores y jerseys. Y Emilia, asustada, se mostraba servil ante ellos. Qué serviles son todos, pensó, hasta Mark, que es el más joven.
Empezó a sorber despacio la manzanilla. Ya hace tiempo que nadie habla contra ellos en nuestra casa, dijo para sí. Igual que las arañas. Ya no hay nervio. Pululamos como sombras mudas. Teje jerseys, teje, araña Emilia.
Bebió medio vaso y volvió a removerlo porque lo encontraba amargo.
De dónde ha salido esta ventolera que nos arrastra a todos, estuvo a punto de gritar. De Siberia, del desierto de Gobi. Quién sabe qué enormes arañas venenosas habrá allí. Espero que se me lleve este invierno. Ya no sentía la mano derecha. Que se me lleve cuanto antes. Y dejar de vivir sola, como una oquedad aislada en un mundo extraño. Un mundo nuevo… Donde pueda dormir, al menos. Donde no oiga sus pasos por la escalera. Ni sus incomprensibles palabras contra el sol.
Derrocados. En los pisos bajos, en los sótanos, repitió para sí. Los hay que están más hondo, bajo tierra, añadió al poco. Bajo tierra.
Como de costumbre, recordó a algunos conocidos muertos; luego, su cerebro extenuado pensó un buen rato en los muertos en general. Decenas de miles, tumbados sobre el barro en las posturas más diversas, de espaldas, de costado, boca abajo, con los brazos abiertos, según los ritos y costumbres de cada pueblo, cubrían como una red invisible el globo terrestre, un armazón de esqueletos que se iba haciendo más y más denso. Petrificados todos alrededor del mundo, eran, en cierto modo, las meninges del planeta.
Los muertos dominarían el mundo si no estuvieran más divididos que los vivos, pensó. Estuvo gruñendo bastante rato con el vaso en la mano. Después se tomó el líquido y se tumbó. A lo lejos se oía música de baile. Intentó imaginar cómo subían los efluvios de la manzanilla hacia su cerebro. Sube, sube, manzanilla dorada, se dijo. Nada se mueve, pensó luego. Llueve en todas partes. Nosotros yacemos bajo la lluvia. Lluvia y dictadura. Un vendaval que nos lo ha subvertido todo, susurró estremeciéndose en el colchón. Siberia. Desierto de Gobi. Desierto de Nurihan.