El gran invierno

Ismail Kadaré · Capítulo 20 de 28

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El gran invierno

Cuarta parte

 

Pashaliman

Capítulo 20

El siete de febrero, a las 10 de la mañana, el grupo de arqueólogos que trabajaba en el descubrimiento del antiguo Oricum, recibió orden de suspender las labores y marcharse inmediatamente. La orden estaba mecanografiada en dos idiomas, ruso y albanés, y firmada por el comandante albanés de la base naval de Pashaliman y por el representante del Pacto de Varsovia, el general soviético Zheleznov.

Los arqueólogos recogían sus instrumentos y herramientas. Algunas de las losas con inscripciones antiguas eran cargadas en dos camionetas entoldadas. Las viejas inscripciones romanas, bizantinas y turcas casi no se distinguían, ya que aún no las habían limpiado bien el barro. Era posible que hubiera también inscripciones normandas, pero todavía no habían analizado los datos. La orden de partir había sido repentina y, además, en el preciso momento en que estaban descubriendo un anfiteatro.

—¡Qué desastre! —murmuraba el jefe del grupo, paseando arriba y abajo ante los automóviles. Su cabeza calva empapada, denotaba desesperación con una desnudez insoportable.

Una y otra vez se detenía como si se le hubiera ocurrido algo, pero por el modo en que reemprendía el paseo, se deducía que lo había rechazado. En realidad, después de probarlo todo para llegar a un acuerdo con el mando de la base, había hecho el último intento: envió dos telegramas a Tirana con la esperanza de que allí anularan la sorprendente decisión de la autoridad militar. Pero en lugar de la anulación, recibió una orden tajante del mando de la base: todo el grupo debía marcharse en cuatro horas. Por desgracia, el terreno de las excavaciones se encontraba en el recinto de la base naval y comprendieron que cualquier oposición sería inútil.

Lloviznaba. Una de las camionetas ya estaba cargada y el chófer cerraba la caja.

—¿Cogemos la losa de la segunda galería? —preguntó alguien.

No hubo ninguna respuesta.

Silva Krasniqi, la única mujer del grupo, miraba ora al jefe ora a los obreros que, cubiertos de barro, cargaban con dificultad pesados trozos de mármol.

Junto a las entoldadas camionetas se arremolinaron un montón de niños. Hablaban albanés y ruso. Seguramente eran hijos de los oficiales de la base. Silva recordó la orden bilingüe mecanografiada. Algo había oído sobre el distanciamiento de la Unión Soviética. Algo le había contado su hermana, Ana, la última vez que fue a Tirana, sin embargo no alcanzaba a entender qué relación podía tener todo aquello con las investigaciones arqueológicas.

Distanciamiento, pensó mientras su mirada se posaba por enésima vez sobre el arqueólogo delgado de cara pálida que daba vueltas entre los obreros, dando gritos. Está nervioso, pensó Silva. Espera a… la bella rusa.

Cuando estuvieron en la zona de la inundación, se le notaba a la legua que estaba impaciente por regresar aquí. Ahora manifiesta nerviosismo en todo, en la flexión de las rodillas, en la voz, en los ojos grises e, incluso, en los pantalones de pana, con mucho más barro que otras veces.

A las camionetas se habían acercado varias mujeres entradas en carnes, mas ella, Yelena Grachova, no aparecía. Seguro que vendrá en el último momento. A despedirse…

Silva contemplaba los sombríos pedregales que limitaban el paisaje en todas direcciones. La bahía, creada por una ancestral falla geológica, era tremendamente extensa. Parecía que las aguas se hubieran abalanzado desesperadas, causando una profunda herida a la tierra. El tajo había sido despiadado. La tierra se deformó, quiso cerrar la herida, pero no pudo. Ahora se extendía a ambos lados del agua, rocosa, rala de árboles a cuya sombra no brotaban más que algunas flores de otoño que, por desconocidas razones, en aquella zona llamaban hierba de viejas. Justo en el punto más profundo de la bahía se halla la base naval. La isla de Sazan permanece como un centinela entre ella y el mar abierto. En cambio, la ciénaga, que comienza inmediatamente detrás del anfiteatro, separa el recinto de la base de la tierra continental.

Silva había pensado más de una vez que allí se encontraba el fin del mundo. No en balde aquel lugar había sido base militar desde hacía dos mil trescientos años. Pashaliman, dijo para sí. Un nombre del todo extraño. Era como decir General-limán. Su jefe insistía en que se trataba de la base naval en servicio más antigua del mundo. Las de su época habían sido destruidas mucho tiempo atrás, mas Pashaliman permanecía. El jefe opinaba que el propio hecho de que los romanos hubieran construido en Oricum (como ellos la llamaban) un anfiteatro para los oficiales de la base, muestra la importancia de la guarnición que en ella mantenían. Los emperadores de Bizancio tenían allí cerca sus playas privadas. En el medioevo, Pashaliman fue el puesto más avanzado del Imperio Otomano. Desde allí se preparaban los turcos para atacar Europa. Bajo la fría lluvia, el mar tenía una rugosidad de bronce.

—¿Cargamos la losa rota? —gritaba uno de los obreros desde las gradas del anfiteatro. Alguien respondía: no, no, aquella otra.

Dentro de dos horas habrá acabado esta historia. Silva seguía con la vista a los obreros que, caminando despacio para no resbalar en el barro, se acercaban a la camioneta llevando a cuestas media columna.

Dentro de dos horas, repitió para sí, sin sentir el más mínimo alivio. Dentro de dos horas ellos se irían y la rusa se quedaría allí, tras los alambres de espino, tras el cenagal del pantano y los centinelas… De todas formas, ¿qué importancia tiene?, pensó. Él la recordará.

¿Por qué te lo tomas todo tan en serio?, le solía decir Ana. En el amor, lo principal es saber evitar el drama. No entiendo por qué le gustan tanto los dramas a la gente. Yo los odio, como odio el ahorro. A fin de cuentas, los dramas no demuestran más que pobreza.

Silvia esbozó una sonrisa amarga. Sin dramas. Es fácil decirlo. Pero, ¿acaso hay anfiteatro sin drama? El drama estaba allí, ante sus pies. Había comenzado con el descubrimiento de la segunda grada. Entre la gente que se había acercado a verla, estaba ella, la bella rusa. Miraba sombría. Toda ella era una tristeza de cristal que contrastaba con el desnudo pedregal del entorno, con la ciénaga y la soledad de las alambradas que rodeaban el lugar.

Silva no recordaba quién fue el primero en hablar con ella. Pero mientras se descubría la tercera grada, él estaba desconcertado. En la cuarta, su desconcierto se tornó aturdimiento, con un residuo continuo de brillo en los ojos. La quinta grada, en cambio, fue nefasta para Silva.

De nuevo esbozó una sonrisa amarga. Sin dramas. Era fácil decirlo. Cuando preguntó a su hermana si eran verdad los rumores que circulaban sobre sus relaciones con el escritor Skënder Bermema, Ana hizo un gesto incomprensible con la mano, sin dar ninguna explicación.

Silva respiró hondo. La bruma que permanecía suspensa sobre la bahía gris acentuaba la sensación de abandono del entorno. Al pie de la ciénaga se levantaba la tumba del Bajá Viejo, como todos le llamaban, una antigua tumba turca cuya piedra de cabecera tenía esculpido un turbante en la parte superior. Silva no había visto nunca una tumba tan triste. Más que la propia visión de la sepultura, esa sensación de tristeza la provocaba la tierra yerma y salada que la rodeaba y, sobre todo, la inscripción de la losa, grabada en turco antiguo: «En esta quinta perdida y maléfica, donde termina el espacio islámico; bajo la orfandad del cielo, frente al mar y las

tierras malditas del [25] kaur, reposa el siervo de Alá y del padishá, almirante Mirahor Cevdet Oglu Pashá, comandante de este eterno puerto de guerra. Descanse en paz».

Cuentan que, según la última voluntad de este viejo general, las guarniciones posteriores mantuvieron encendido un candil sobre su tumba durante trescientos y pico años. Creían que la llama santa del candil se divisaba desde lejos, desde las costas malditas de la tierra no islámica del continente europeo. El candil se apagó en enero de 1913, semanas después de que saliera de Vlora la última guarnición turca.

Silva había anotado todo esto para contárselo a sus amigos en Tirana. Mas ahora no quería pensar en ello.

Un camión cubierto con un toldo verdoso se detuvo frente a la entrada del cuartel. A lo largo de todo el día habían estado llegando camiones con jóvenes reclutas. En la base estaba ocurriendo algo.

Silva miró el reloj. Ya no quedaban más que diez minutos para que expirara el plazo límite fijado en la orden bilingüe.

En esos momentos, el camión con los reclutas de Tirana encaraba lento las curvas de la carretera de montaña. En una de ellas, le salió al paso un hombre envuelto en una zamarra con una capucha gris sobre la cabeza. Agitó los brazos y el chófer frenó.

—¿A Pasha? —preguntó el hombre de la zamarra.

—A Pasha —respondió el chófer—, pero este es un camión militar.

El viajero se puso la mano en la oreja para oír mejor.

—¿Militar? —repuso—. Ahora todos somos soldados.

El chófer sonrió y le indicó con la cabeza que subiera. El hombre de la zamarra puso un pie en la rueda trasera y se lanzó a la caja. Los reclutas volvieron la cabeza.

—¿Cómo estáis, muchachos? —saludó el recién llegado.

Le respondió un murmullo.

—Parece del Ku Klus Klan —dijo una voz al lado de Beni. Algunos reclutas rieron. Entonces, el viajero se quitó la capucha empapada. Era un campesino entrado en años de cabello descolorido y ojos claros, límpidos, entre unas arrugas que, moviéndose como rabiosos remolinos sobre su ajada piel, daban a su rostro rojizo un aspecto de tierra tostada.

—¿Adónde vais, muchachos? —preguntó.

—A Pasha —respondió uno de los reclutas—, a la base militar.

Los miró a todos y suspiró.

—¿No lo crees?

El campesino encogió los hombros y sonrió.

—¿Sois de Tirana?

—Sí.

Volvió a suspirar.

—Parece que no lo crees —dijo el recluta.

—Abuelo —intervino otro—, quiero preguntarte una cosa. ¿Qué sale de emparejar un erizo y una serpiente?

Beni alargó la cabeza desde su rincón. Lo había oído en alguna parte. El campesino fingió no escuchar.

—No lo sabes —dijo el recluta—. Te lo diré: dos metros de alambre de espino.

Los demás rieron.

—Escucha, chaval —dijo el campesino—, tú quizá hayas ido a la escuela y allí hayas aprendido cómo se cruzan el erizo y la serpiente. De eso no entiendo, pero los alambres de espino los conozco mejor que tú. Los he saltado con estas piernas y estas manos, echando encima la zamarra, ¿te enteras? Los he saltado cuando, con Selam Musai, echamos a Italia al mar en 1920, ¿te enteras? Las alambradas aún están allí, en Pashaliman, rodeando la base, ¿te enteras?

—Perdone, abuelo, no lo dije para molestarle —dijo el recluta.

—No, ya; pero bueno es que lo sepas —replicó el campesino encolerizado, rojo como un tomate.

—Tú también nos has ofendido —dijo otro recluta—. Desconfiabas descaradamente de nosotros.

El campesino miraba con ojos inquisidores.

—Nos has ofendido un poco —suavizó la acusación el recluta.

El campesino movió un hombro. Después el otro.

—Bueno, yo soy viejo, no lo toméis en serio —dijo. Al parecer, era uno de esos tipos que se enfadan por nada.

—Toma un cigarrillo —dijo el recluta conciliador, alargándole el paquete—. ¿Cómo te llamas?

—Belul Gjonomadhi —respondió.

El recluta sacó cerillas y le encendió el cigarrillo.

—Escucha, tío Belul —dijo el recluta—, seguro que estás pensando: ¿estos mocosos van a defender la base militar?

El campesino movió la cabeza. Beni se acordó de su padre. ¿Con esos pelos vas a defender tú la base?

—¡Qué malos sois! —exclamó el campesino, provocando la carcajada de los reclutas.

Ya habían hecho las paces. El campesino les confesó que no confiaba nada en los medios modernos de guerra. Sobre todo tenía manía a los radares, que había visto en un documental. Le habían parecido juguetes infantiles que dan vueltas en el aire.

—No se hace la guerra con la radio o el teléfono —dijo—. El teléfono es para el amor, no para la guerra.

Los reclutas reían a gusto.

—¿Sabéis algo de Selam Musai, el que agarró el cañón por la garganta?

—Sí, lo hemos estudiado —respondieron varias voces.

—Yo, Belul Gjonomadhi, lo he visto con estos ojos. No llamó a nadie por teléfono Selam Musai para preguntarle si agarraba o no el cañón por la garganta. Ni consultó libros para ver si se agarraba el cañón por la garganta. No señor. Se lanzó a la garganta del cañón, quería derribarlo y allí mismo, encima del cañón, murió.

Los reclutas se miraron unos a otros.

—Así fue —dijo el paisano, mirándolos orgulloso.

Había cesado la lluvia. El cielo parecía cansado, extenuado.

—Al teléfono le has cogido mucha manía —dijo uno de los reclutas, queriendo retomar la conversación.

—Le tengo manía. El teléfono no es para los hombres. Una vez hablé con la vieja, desde Tirana, donde había ido a ver a un sobrino. Belul, ¿qué te ha pasado? me dijo la vieja. Qué voz es esa que parece la de una mosca. Belul, querido, no me vuelvas a llamar por teléfono, me dan ganas de llorar cuando te oigo.

De nuevo rieron los reclutas.

—La palabra del hombre no tiene fuerza por teléfono —prosiguió Belul—. Por ejemplo, si me dice alguien por teléfono: al ataque, Belul Gjonomadhi, aunque tuviera intención de atacar, no lo haría. Vete a la mierda, le diría a quien me lo ordenara. ¿Con esa voz que tienes quieres que haga la guerra?

—Sin embargo, para el amor es perfecto —dijo uno de los muchachos.

—Para eso se ha inventado, chavales, para el amor.

—Ahí está Vlora —dijo alguien.

A lo lejos aparecieron la ciudad de Vlora y el mar. El campesino miró un rato hacia allá. Sus ojos se reducían, como si se retiraran al interior de las cuencas. Le cambió la cara. De su anterior aspecto solo quedó una humedad de sonrisa, pero lejana, como de roca erosionada. Ignorando la presencia de los demás, en el distanciamiento que acababa de crear, empezó a cantar:

Oh, bella Vlora en la ensenada,

en Europa la primera rada.

Los reclutas quisieron reír, mas no pudieron. Uno de ellos dijo:

—Estás exagerando, tío Belul.

Siguió cantando sin responder. Ahora la carretera bordeaba el mar. Un espacio agreste y blanquecino se desplegaba por todas partes. La cabeza del viejo también era blanquecina. Terminó por fin la canción y permaneció un rato fatigado, como después de un trabajo penoso. En la lejanía se divisaba la isla de Sazan.

—Ah, Vlora, Vlora —dijo triste el campesino, colocándose la capucha en la cabeza—. ¡Quién no ha deseado echarte el guante! Chófer —gritó—, frena, chófer, que me apeo aquí.

El camión se detuvo. El paisano descendió y les hizo señas con la mano.

—¡Hale, muchachos, que os vaya bien! —gritó.

El camión arrancó.

—Abrid los ojos —gritó de nuevo mientras se alejaba el camión—, una Vlora tenemos…

Dijo algo más, pero ya no le oyeron porque el chófer aceleró en ese momento.

La carretera avanzaba a la orilla del mar, al fondo de la bahía. El silencio se apoderó de la caja del camión. Los reclutas habían levantado el toldo y contemplaban los montículos pelados. Hacía frío.

—La base —dijo alguien.

—¿Dónde?

—Allí, a lo lejos. Casi no se distingue.

—Sí, mírala.

A la derecha, el mar. A la izquierda, una ciénaga muerta. La carretera discurría ahora por el centro de un alargado espacio yermo. Aquí y allá, los juncos brotaban de las aguas estancadas. El camión se bamboleaba entre los baches.

—¡Alto! —gritó una voz fuerte—. Stoi! —siguió una segunda voz.

El camión se detuvo.

—¿También hay centinelas soviéticos? —preguntó alguien.

—Claro. La base es conjunta.

El chófer salió de la cabina. Los centinelas se acercaron. Los dos con casco. El chófer mostró un documento. Los centinelas se acercaron a la parte trasera del camión y lanzaron una mirada sombría a los reclutas.

—Pasad.

—Projodite.

El camión prosiguió la marcha por el alargado terreno yermo. A lo lejos se distinguían unos edificios rojizos.

—Mira, los cruceros —dijo alguien.

—No, esos son buques nodriza.

—¿Y los submarinos?

—No se ven. Quizá estén más al interior.

De nuevo centinelas. Con casco. El camión se detuvo. Alguien abrió la parte trasera del camión y los reclutas comenzaron a descender. Allí cerca había dos camionetas cubiertas con sendos toldos. A su alrededor merodeaban civiles y militares. Estos volvieron la cabeza hacia los reclutas.

—De la capital —dijo una voz.

Se oyó la voz recia de un oficial. Los reclutas miraban en derredor. Algunos desentumecían las piernas. Una voz que Beni conocía muy bien preguntaba al acercarse.

—¿Han llegado los reclutas de Tirana?

Volvió la cabeza.

—¡Beni! —gritó el marido de Zelka. Le abrazó y, sin quitarle el brazo del hombro, le apartó del grupo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu padre?

—Así, así —dijo Beni—. No muy bien.

—¿Continúa con los rayos?

—Hace unos días le internaron en el hospital.

—¡Ah, sí! —exclamó el oficial, mirándose las botas. Luego levantó la cabeza y preguntó por el resto de la familia.

Sin darse cuenta se habían alejado del grupo de reclutas.

—Esta es la base —dijo el marido de Zelka. Beni miró alrededor sin apreciar nada de particular. Era un lugar inhóspito y gris. Lo había imaginado de otra manera.

—¿Dónde están los submarinos?

—Ya los veremos. Ahora lo veremos todo.

Sin quitarle el brazo del hombro, el oficial le enseñaba la base.

—Aquel edificio es el Estado Mayor. Más allá está el taller de reparaciones. Esa de ahí es la «calle en balde». Todos la llaman así porque no lleva a ninguna parte. Esta es la calle número 1 de la Costa. Allí detrás ¿ves aquellas casas pequeñas de tipo escandinavo? Son las viviendas de los soviéticos. Se llaman casas finlandesas. Más allá están las viviendas de nuestros oficiales. Después empieza el pantano, que separa la base del resto del terreno. Aquel edificio rojo de la izquierda es el club. Allí hay baile los sábados hasta medianoche.

—¿Baile? —se sorprendió Beni.

—Sí —dijo pensativo el marido de Zelka—. Bailan toda la noche como si no pasara nada.

El paisaje, que poco antes le parecía muerto a Beni, se recubría ahora con un misterio. Se baila.

—Quizá hayas oído algo, pero, aunque ya se os comunicará… la situación aquí es bastante grave.

—Algo he oído —dijo Beni—. Me lo ha contado Besnik.

—La situación aquí es bastante grave —repitió—. Tienes que tener cuidado con las provocaciones. Mira, los submarinos. ¿Los ves? Ese grupo de ahí son submarinos de tripulación mixta. El otro grupo, más allá, de momento solo lleva tripulación soviética. Aquellos dos grandes buques son bases flotantes. Más allá está la nave capitana. ¿La ves? Los demás son el dique flotante, lanchas torpederas y otros navíos de superficie. El resto no se ven porque están fondeados en la isla.

—¿Hay más submarinos? —preguntó Beni.

El marido de Zelka soltó una carcajada.

—¿Más aún? ¿No basta con estos submarinos modernos? Esta es la base naval más poderosa del Mediterráneo.

Beni hizo un gesto de asombro.

—Italia no tiene ni la mitad de la potencia militar de Pashaliman —añadió el marido de Zelka.

Beni se acordó de Belul, el campesino que había tirado la zamarra sobre las alambradas italianas.

—Pero, mira por donde, la manzana se ha agusanado —dijo el marido de Zelka, agitando la cabeza con desesperanza.

Esta expresión tan conocida nunca había provocado en Beni un pronto de desazón tan repentino. La manzana se ha agusanado. Quiso preguntar si no sería posible arreglarlo, pero recordó la conversación con Besnik y no hizo la pregunta.

Se habían acercado al lugar donde se encontraban los reclutas.

Alrededor de los automóviles de los arqueólogos reinaba la misma agitación anterior. Un bajorrelieve de mármol, envuelto con celofán, estaba de pie en el suelo.

—Los arqueólogos se van —dijo el marido de Zelka—. En la base se ha decretado el estado de emergencia.

El jefe de los arqueólogos, totalmente empapado, chasqueaba continuamente los dedos. Parecía fuera de sí.

—¿Qué se va a hacer con el bajorrelieve de los gladiadores? —preguntaba alguien, señalando con la mano el mármol envuelto con celofán.

—Intentad colocarlo en una de las camionetas —dijo el jefe—. No esperéis que todo lo resuelva yo.

Las camionetas ya habían encendido el motor. Los obreros intentaban levantar el bajorrelieve.

—Han descubierto un anfiteatro antiguo —dijo el marido de Zelka—. Al pie del pantano.

Una de las camionetas arrancó. El grupo de gente, que había seguido la carga de los objetos, se apartó para abrir paso al vehículo.

—El hocico de jabalí —gritaba un obrero, golpeando el cristal de la cabina de la camioneta donde iba el jefe del grupo.

—No nos hace falta —dijo el jefe desde el interior—. Que le coja quien quiera.

—¿Qué es eso del hocico de jabalí? —preguntó Beni al marido de Zelka.

—Creo que, entre otros objetos, han encontrado una cabeza de jabalí fosilizada. Seguramente un resto de las luchas de gladiadores.

Partió la segunda camioneta. Unos le decían adiós con la mano. Otros suspiraban.

—Se van todos los civiles —comentó una mujer.

—Vosotros llegáis, ellos se van —dijo el marido de Zelka.

—¿Qué? —preguntó en ruso un hombre de cara rojiza y mirada perdida.

—Nada —dijo el marido de Zelka. Atrajo hacia sí a Beni por el hombro.

—Es ingeniero de submarinos —le susurró—, muy bueno, pero, qué quieres, bebe demasiado. Me parece que ya está como una cuba.

El hombre ebrio giraba los ojos en busca de un par de ojos que aceptaran su mirada, mas la gente se iba.

—Ah, Yelena Mijailovna —dijo pletórico de felicidad al ver que, por fin, una mujer se acercaba. La mujer era hermosa y de aspecto somnoliento—. Yelena Mijailovna, ¿cómo está? Maravillosa, como siempre, desdeñosa, tardía.

Ella le miró de soslayo, sin interrumpir la melodía que tatareaba con voz nasal.

—¿Se van? —preguntó la mujer, mirando el reloj—. ¿Tan pronto?

—Se van —respondió el otro—. Nos han dejado unas zanjas y unas inscripciones.

Ella miró las zanjas y las gradas semidescubiertas.

—El escenario está preparado. Ahora debemos interpretar la tragedia.

—¿Qué tragedia? —preguntó ella con indiferencia.

—La tragedia que tiene a sus pies ¿acaso no la ve? —gritó el hombre con voz grave, solemnemente tétrica.

Ella, sin hacerle caso, reinició el canto de su melodía.

—Nadie te comprende en este desierto —dijo él.

—Serguéi Galactionovich, ¿lo dice en serio?

Le clavó su mirada gris, en la cual erraba un fulgor juguetón, completamente solo en aquella cubierta desértica.

—¿Por qué me mira así?

El hombre soltó una escandalosa carcajada.

—Yelena Mijailovna —gritó como si de repente la descubriera—, querida Yelena Mijailovna, usted, ¿qué hace usted aquí? Dígame, ¿qué hace usted en este infierno? Su sitio está en otra parte, lejos de aquí. Lejos —se acercó a ella y la mujer hizo un gesto de asco, al sentir el olor de alcohol—. Váyase de aquí, cuando aún no es tarde. Aquí, pronto nos destrozaremos unos a otros, como pulpos.

Serguéi arqueó las cejas, haciendo ademán de engullir. Ella le miró con miedo.

—¿Lo dice en serio?

Estas palabras le provocaron una explosión de risa.

—Yelena Mijailovna, querida Yelena Mijailovna —dijo, alejándose con paso inseguro—, usted… es… aquí… un malentendido. Malentendido —gritó desde lejos —. Malentendido.

 

El jabalí era de verdad terrible, pero, como se sabe, tenían un defecto, no podía doblar el cuello. Así que, el gladiador podía esquivar fácilmente su horrible hocico. Pero si se dejaba tocar… Mientras se agitaba en la cama sin poder dormir, Beni pensaba en todo tipo de cosas.

—¿No puedes dormir? —preguntó una voz en la cama de la derecha.

—No —respondió Beni.

—Yo tampoco. ¿Eres de Tirana?

—Sí.

—Yo soy del sur. ¿Habéis llegado hoy?

—¡Ajá!

—Nosotros llevamos aquí tres días.

La compañía era alargada y fría. Beni se había tapado media cabeza con la manta.

—¿Os han explicado la situación? —preguntó poco después la voz.

—No —dijo Beni—. Todavía no.

—Seguro que lo harán mañana.

—¿Y a vosotros?

—A nosotros sí.

—¿Y qué, cómo está la situación?

El vecino se removió en la cama.

—Grave —dijo al poco.

—¿Tienes tabaco? —preguntó Beni.

—No. Tengo una botella pequeña de raki. ¿Quieres?

—Bueno. ¿De dónde la has sacado?

El vecino se movía de nuevo en la cama. Después, Beni sintió que su mano se alargaba en la oscuridad.

—Me la metió el viejo en la bolsa. Toma.

Beni alargó la mano y primero tocó el codo del vecino y luego la botella. La tomó, quitó el tapón y echó un trago.

—Gracias —dijo, devolviendo la botella en la oscuridad. Se escuchó un ruido suave. Al parecer, el otro también echaba un trago.

—Me cuesta dormir —dijo.

Beni no sabía de qué hablar. Durante un rato escuchó el crujido de las dos camas. Más lejos, hacia el centro del dormitorio, alguien hablaba en sueños. Se oía el rumor del mar.

—Este asunto de la base de Pashaliman me recuerda un caso de mi aldea —dijo la voz—. ¿Te lo cuento?

Scheherezade, pensó Beni.

El otro volvió a removerse en la cama. Esta vez, la voz le llegó totalmente diferente, al parecer por el cambio de posición de la cabeza.

—Es una historia algo sorprendente —dijo—, casi increíble. Es la historia de una mina —añadió y cayó un momento, como si esperara la opinión del oyente ante el hecho de que la historia tratara de una mina. Mas Beni no dijo nada—. Si te aburren las historias de minas…

—Escucha —le interrumpió Beni—. Si de verdad tienes intención de contarme esa historia, cuéntamela.

—Qué impaciente eres —dijo el otro y volvió a moverse. De nuevo se oyó el trajín de la botella—. ¿Quieres otro trago?

—Luego.

—La historia de la mina —dijo la voz—. La mina la encontró uno de nuestros campesinos, una tarde a la orilla del mar. Era una mina marina. A él le pareció un bidón de aceite —la voz empezó a hablar cada vez con mayor rapidez, como si temiera que al otro se le acabara la paciencia y dejara de escuchar—. Aquel año las aceitunas no maduraron y no se encontraba aceite por ningún sitio, ni una gota. Con un bidón de aceite podías garantizar el pan del año. Pero era una mina. Sin embargo el campesino creyó que se trataba de un bidón de aceite. ¿Te aburres?

—¡Vaya! —rezongó Beni, que había comenzado a seguir la historia con cierto interés—. Si no me vas a dejar disfrutar de lo que cuentas, más vale que lo dejes. Te lo digo sinceramente, más vale que lo dejes. No quiero oírte.

El otro no rechistó. Beni creyó que ya había renunciado al empeño de contarle la historia e intentó pensar en otra cosa. Mas, justo entonces, volvió a escuchar la voz de su vecino, esta vez muy baja, como si hablara consigo mismo. Beni no dio muestras de estar escuchando ni el desconocido pretendió saberlo hasta el final de la historia. Su voz parecía ahora salida de un cuento de hadas. Oyéndole, Beni imaginaba la mina negra flotando sobre las aguas del mar. Debe estar medio llena, pensó el paisano, de lo contrario se hundiría. Pero, dios, incluso así es bastante.

Se metió en el agua y la empujó hasta la orilla. La mina se movía solícita, mas al llegar a la orilla encalló en la arena. Era más pesada de lo que parecía. Entonces, corrió hasta la casa, dio la noticia a la mujer y a los hijos. Al caer la noche, fueron todos a la playa. La mina estaba allí, levemente ladeada. Empezaron a empujarla todos juntos, pero unos salientes, unas antenas, que ellos juzgaron cuernos, dificultaban la operación.

Toda la noche bregaron con la mina. Poco a poco se acercaban a la casa. Por fin, hacia el amanecer, con mucho esfuerzo, la metieron en casa. ¿Cómo se abrirá? dijo el campesino que daba vueltas con un destornillador en la mano. Descubrió unos tornillos y comenzó a destornillarlos. Luego, con ayuda de un cuchillo, levantó una tapa. Allí vieron, por unos segundos, pequeños mecanismos redondos de colorines, algo parecido a la esfera de un reloj con muchas agujas. Funcionaban. Tic-tac. ¡Una mina! gritó el campesino y cogió a su hija pequeña en brazos. Corrieron fuera de la casa gritando como locos: una mina, poneos a salvo. Lo que sucedió después es inolvidable. Gritos, alocados golpes en las puertas, ruidos de pasos. Por la mañana, la aldea estaba vacía. Era un lugar muy pequeño y puede evacuarse rápidamente, en diez minutos. Por la mañana, pues, todos se encontraban en el molino. Allí, la aldea reunida examinó el asunto. ¿Qué podían hacer? Regresar a la aldea, junto al peligro, o establecerse en algún lugar cercano, provisionalmente, hasta que encontraran el modo de sacar la mina. Había diversidad de opiniones. Si tenemos que morir, mejor hacerlo en nuestras casas, decía la mayoría. El campesino escuchaba todo esto y bajaba la cabeza pensativo. Sus ojos parecían decir: yo lo hice, hermanos, yo saqué el diablo del mar y lo llevé a la aldea. A eso del mediodía, fueron regresando uno tras otro. Los más audaces primero, luego los que vivían más lejos del centro, donde estaba la mina, y, por último, las mujeres y los niños. Fue un regreso triste. Las puertas de las casas rechinaban lentamente. Las ventanas se cerraban con cuidado. La gente hablaba en voz baja, como si temieran despertar a la bestia. Al atardecer, todos estaban en sus casas. Solo el aldeano en cuya casa se hallaba la mina, durmió con su mujer y sus hijos en casa ajena. Su casa quedó vacía. A partir de entonces pertenecía a la mina. Fue la tarde más silenciosa en la historia de la aldea. No se sintió el guirigay de las mujeres ni el ruido de los cántaros en la fuente. Aquella noche, por primera vez en la vida del lugar, fueron a por agua los hombres. Fueron fuera de la aldea, a un torrente a dos horas a pie y regresaron casi a medianoche, extenuados. Encontraron a sus mujeres con la sangre helada. ¿Ha ocurrido algo? No. Pensábamos en vosotras. Creíamos que estallaría en cualquier momento. ¡Ah! A veces nos zumbaban los oídos. El agua está lejos, muy lejos. ¿Qué haremos con la fuente? Esa fue la primera noche que pasaron con la mina. Huésped más terrible no había pernoctado nunca en el lugar. Allí habían hecho noche ladrones, asesinos, correos turcos en viaje hacia Pashaliman, fugitivos de las prisiones, hechiceros, pero todos ellos no eran nada en comparación con el nuevo huésped. La vida se tornó sombría. La casa de la mina y la fuente junto a ella ofrecían una imagen de abandono. Por las noches, los ancianos nos contaban los típicos cuentos del dragón que había privado de agua al poblado y el joven de la estrella en la frente que le dio muerte. ¿Cuándo vendrá el muchacho de la estrella en la frente para matar a la mina? preguntaban los niños. Todos le esperaban. La gente estaba cansada de ir a buscar agua tan lejos, estaban hartos de pesadillas. Las mujeres echaban de menos el golpear de los cubos y los cántaros en la fuente, el deambular de los hombres borrachos por la calle. Estaban cansados de la bestia que les había bloqueado el agua y que había sentado sus reales en el centro de la aldea. Analizaron de nuevo el asunto y resolvieron deshacerse de la mina. Pero ¿cómo?

Salió un muchacho y dijo estar decidido a arrastrarla y arrojarla otra vez al mar, pero no le dejaron. ¿Qué sentido tenía un sacrificio inútil? El valiente podía morir y hacer saltar por los aires toda la aldea. Habían escuchado que en el mundo hay unos magos que entienden de minas. Esos magos se llaman ingenieros. Resolvieron encontrarlos y traer uno a la aldea. Pagando, naturalmente. Reunieron dinero de cada familia, tres aldeanos montaron sus mulas y emprendieron viaje. El lugar era muy pequeño y apartado. Cerca no había ni ciudades pequeñas, ni mucho menos ciudades grandes donde encontrar ingenieros. Los campesinos estuvieron ausentes dos semanas enteras. Al cabo de las dos semanas, regresaron por fin a la aldea con un ingeniero. Este permanecía hosco sobre la mula, mirando indiferente a los aldeanos. Llevaba la cabeza cubierta con un sombrero de ala muy ancha y en la mano una cartera llena de herramientas. Los viejos le miraban con respeto. Las chicas y mozas casaderas con adoración. Enseguida se enamoraron de él. Para los niños, era el joven de la estrella en la frente que mataría al dragón. Se reunieron los hombres en el café del lugar. Es un trabajo arriesgado, dijo el ingeniero, mas lo haré y salvaré vuestra aldea. Pidió que al día siguiente, temprano, salieran todos de la aldea. Trabajaría solo. Hablaba con voz grave, agradable. Fue una noche extraordinaria. Nadie durmió. Debía ser la última noche de la mina. Y aquella noche, los dos, la bestia y su cazador, dormirían cerca por primera y última vez, esperando la mañana para enfrentarse a la muerte.

La mañana amaneció fría. El ingeniero desayunó; luego, con los brazos en jarras, observó la marcha de los aldeanos. Nadie le vio empujar la puerta, atravesar el abandonado patio, ni lo que hizo dentro. Todos esperaron en vano ver el humo en la chimenea, señal de que la mina estaba desactivada. A eso del mediodía, el ingeniero salió de la casa y se dirigió al molino, donde le esperaban. Tenía la cara descompuesta, pálida como la cera. Nada, gritó desesperado. Lo intenté en vano. Es un tipo nuevo, desconocido.

Los aldeanos se quedaron de piedra. He hecho todo lo posible, dijo el ingeniero, pero es un tipo nuevo, desconocido. Os pido perdón. Debo devolveros el dinero, aunque me temo que la familia lo habrá gastado. No soy rico… No queremos el dinero, dijeron los campesinos. Tú hiciste tu trabajo, pero, no estaba escrito que lo lograras.

El ingeniero montó la mula que había alquilado y, en medio del silencio, dejó la aldea. Su enorme sombrero se bamboleó un rato en la calle principal, hasta que desapareció y no le volvieron a ver.

Los días que siguieron fueron verdaderamente invernales. La gente comenzó a construir parapetos ante las partes de las casas que daban a la casa de la mina. Algunos excavaron refugios. Antes de irse, el ingeniero dijo que la mina debía ser muy potente. Les aconsejó los parapetos y los refugios. Asimismo dijo que sería bueno abrir zanjas que sirvieran de calles. Y de hecho, después de algún tiempo, el lugar se llenó de zanjas. Sustituían a las calles. Los lugareños caminaban por ellas agachados, como soldados en las trincheras. Ahora, toda la aldea parecía un lugar fortificado. Por aquel entonces, tres mozos marcharon a la guerrilla. Entre ellos, el segundo hijo del campesino que encontró la mina. El hijo mayor dejó la aldea una mañana. Dijo que iría a una ciudad lejana a estudiar cómo se desactivan las minas y que volvería para salvarlos. Se fue. Algún tiempo después, dijeron que le habían visto en una ciudad lejana, pero le habían visto medio borracho, en bares y tabernas, en compañía de prostitutas y artistas. No hubo más noticias suyas. Parece que nadie nos salvará de este fantasma, decían los aldeanos. Parece estar escrito que acabaremos nuestros días con él.

Nunca habían temido a la guerra. Hablaban de la guerra como de un oficio, como de una labor habitual de temporada. Incluso, raramente utilizaban la palabra «luchamos». Solían decir «nos baleamos» o simplemente «le dimos al griego» o «le dimos al serbio». Habían peleado contra los griegos, los austriacos, que hablaban con

la nariz, contra los italianos en 1920, cuando Çeço Vajguri[26] quemó una cisterna, por eso le cambiaron el apellido, y, sin embargo, jamás se habían enfrentado con un enemigo tan pérfido como la mina. Era un enemigo abyecto, que no sabías cómo enfrentar.

Esta situación de inseguridad se prolongó hasta principios de octubre de 1944, cuando una partida guerrillera se acercó por primera vez a la aldea. Los guerrilleros se encontraron ante una aldea fuera de lo común. Las chimeneas humeaban, lo que indicaba que la gente estaba allí, pero no se veía a nadie por plazas y calles. Después observaron las zanjas y los parapetos. No dudaron que se hallaban ante una posición fortificada del enemigo. Dispusieron las ametralladoras frente a las casas y esperaron a ver qué ocurría. El malentendido no duró más de una hora. Un aldeano que iba hacia el molino les aclaró el asunto. Toda la aldea salió a recibir a los guerrilleros, a un lado de la calle principal. ¿Dónde está la mina? preguntó un guerrillero ya maduro. Se lo indicaron. Váyanse de la aldea, dijo, yo desactivaré la mina. Este sí que tenía una estrella roja, en el gorro, pero la gente no estaba muy convencida. De todas formas, salieron de la aldea, como entonces con el ingeniero.

El guerrillero desmontó la mina en tres horas. De la chimenea, fría desde hacía tiempo, se elevó una humareda azul. La multitud corrió a la aldea. Encontraron al guerrillero sentado en el pretil de la fuente, fumando un cigarrillo. Le abrazaron, le

levantaron en hombros, le besaron, le atosigaron preguntándole qué quería: [27] byrek,

carne asada, raki, vino, confitura, miel. Las viejas corrían entretanto blandiendo las varas de extender el byrek. Mas el guerrillero dijo que estaba muy cansado. Solo pidió un café cargado. Tomó el café despacio, entornando los ojos. Daba la impresión de que llevaba años sin tomar café. Mientras, la gente había entrado en la casa donde se encontraba la mina. Allí reinaba el silencio, como en la casa de un muerto. Estaba allí, desactivada y fría como un cadáver. Trozos y piezas rojas, azules, naranjas, brillantes, cables, tornillos, todo extendido cuidadosamente en el suelo. Los niños, con los ojos como platos, contemplaban las garras del dragón, las uñas rotas, las mandíbulas desencajadas y una sangre espesa, negra, que fluía de las piezas. El campesino que la había llevado hasta allí se arrimó, acercó la cabeza a su cuerpo y escuchó unos instantes. Ha muerto, dijo. El corazón ya no late tac, tac, tac. A pesar de los ruegos de los aldeanos, la partida no se quedó en el lugar. Marchó al cabo de una hora. A nadie se le ocurrió preguntar por el nombre del guerrillero. Solo cuando hubieron marchado, se dieron cuenta y corrieron con las mulas tras ellos para alcanzarlos. Más no lo lograron.

Años más tarde, unos reporteros que pasaron por allí escucharon la historia de la mina, escribieron sobre ella, pero en vano intentaron averiguar quién era aquel guerrillero. Solo se sabía que entonces debía tener alrededor de cuarenta años y que le gustaba el café, mas, ¡cuánta gente hay en el mundo a la que le gusta el café! ¿Duermes?

—No —respondió Beni.

—Pensaba que dormías.

El vecino permaneció callado un rato. Beni no sabía a ciencia cierta si había escuchado toda la historia o la había completado él durante aquel duermevela.

—¿Qué parecido tiene la historia que me acabas de contar con la situación en la base?

—En realidad no se parece en nada —dijo la voz—, a excepción del principio, cuando creíamos que la base sería para bien.

—¿Y no era para bien?

—Era, pero ya no lo es. Ah, olvidé que todavía no os lo han explicado.

—Pero aquí, en lugar de irse la gente como en esa historia tuya de la mina, pasa lo contrario —dijo Beni. Aquí nos estamos amontonando.

—Cierto —dijo la voz—. Nos estamos juntando aquí, hasta con prisas. Y todos tenemos una estrella en la frente.

—No te entiendo —dijo Beni.

—Yo tampoco te entiendo a ti —dijo la voz—. ¿Crees que te conté la historia de la mina con mala intención?

—No soy de esos.

—Me acordé de ella y te la conté, ¡maldita sea!

—No te he dicho nada. ¿Por qué te enfadas? —dijo Beni—. Me parece que estás bebido.

—Bebido estarás tú.

—¡Eh, vosotros! ¿Qué andáis murmurando toda la noche como brujas? —dijo una voz adormilada.

Durante un momento hubo silencio.

—Escucha —dijo Beni al rato—, no lo tomes a mal. No te lo he dicho con mala intención.

Se sintió cómo el otro respiraba hondo.

—Dame un trago —añadió Beni—. A ver si me duermo.

Beni oyó que el otro se movía. Sus manos se encontraron en la oscuridad.

—¿Qué pasará con la base? —preguntó Beni.

—No lo sé —respondió la voz—. Quizá la repartamos.

—Eso es más difícil que desmantelarla ¿no? —adujo Beni.

—Claro.

—¡Callaos de una vez! —habló de nuevo la voz adormilada.

—¡Buenas noches!

Y todos llevamos la estrella en la frente, dijo Beni para sí. Luego, de súbito, recordó la calle de Dibra bajo la lluvia. Las chicas. Los anuncios luminosos. Después su pensamiento viajó a las inscripciones de las losas de mármol, al anfiteatro recién descubierto, a la ciénaga junto al cuartel. Benus Strugus, pensó. Soldado romano Benus Strugus. Arbaan Strög, normando. El turco Ben Asker. Regresaba cansado de Pashaliman a la calle de Dibra, al pequeño bar. Le abrazaban, le atosigaban, le preguntaban: ¿Qué quieres, qué quieres, qué quieres? Estoy muy cansado, solo quiero un café cargado. Alrededor de la base se emparejaban los erizos con las serpientes. Se oía música. El alambre de espino se extendía frío bajo la lluvia. El aldeano Belul Gjonomadhi tiraba con cuidado la zamarra sobre las parejas recién formadas. Sobre la tumba del viejo bajá caían gaviotas muertas. Estoy cansado, repetía, vengo de Pashaliman. Aquí están mis compañeros, la primera cama de la derecha, la segunda, la tercera, una hilera de camas a la izquierda. Alineados. Todos con la estrella en la frente. Esta es mi lápida: «Arben Struga – caído por la patria en Pashaliman en 1961». Música. El recuerdo de Iris. Siempre.