El gran invierno

Ismail Kadaré · Capítulo 6 de 28

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El gran invierno

Segunda parte

 

Huéspedes en el castillo

Capítulo 6

Aunque todavía no se veía el aeropuerto, se sentía su proximidad. Tras el cristal del automóvil, Zana distinguió la punta de una antena, algunas señales somnolientas difundidas por la fría llanura, los cristales de la torre de control y, por fin, un trozo de pista y el ala de un avión, que aparecieron furtivamente en la lejanía. Todas estas señales y símbolos, que tenían algo de metal y de pájaro, demostraban que el acuerdo entre la tierra y el cielo se había firmado precisamente en este lugar. Zana suspiró. La larga pista húmeda, la torre meteorológica, las antenas, las señales somnolientas, tenían en su totalidad gris algo inalcanzable. Sin dejar de mirar fuera, pasó la mano alrededor del cuello de Besnik, como queriendo asegurarse de que aún estaba allí. Luego pensó si podrían existir aeropuertos sin despedidas y esta idea se deshizo en su mente como se deshacen durante el día cientos de pensamientos parecidos, cuya absurdidad le resultaba simpática. Como la mayoría de la gente de fantasía normal, a Zana le gustaba sentirse dominadora del mundo, creando en su mente relaciones diferentes, irreales y caprichosas entre los seres y los objetos. No se daba cuenta que este trono de soberana no era más que una herencia de su infancia. Ahora, las señales del aeropuerto se le antojaban menesterosos muertos de frío que maldecían a todos los aviones y pasajeros del mundo. Los árboles y el verdor del entorno seguían con la sangre helada las locas evoluciones de los aparatos, la larga pista se lo tomaba todo en serio y quería que todo saliera bien, pero, mira por dónde, no todos los aviones eran inteligentes, incluso algunos eran tontos de verdad, y solo por casualidad y en raras ocasiones llegaban a su destino.

El coche se detuvo. Descendieron en la plaza asfaltada frente a la terminal. El conductor sacó la maleta y los tres se apresuraron bajo la lluvia para entrar cuanto antes en las oficinas de la aduana. Tras ellos frenaron otros autos. En la aduana no había mucha gente. Besnik entregó el billete y el pasaporte. Las formalidades fueron breves.

El conductor regresó al coche. Ellos dos entraron en la sala de espera, por cuyas puertas acristaladas pasaba continuamente la gente.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó Besnik cuando se hubieron sentado en una de las mesas libres. Ella le miró a los ojos como si no comprendiera en qué idioma hablaba. Bajo sus ojos él vio esas dos pequeñas sombras malva que, según dicen, se forman de hacer el amor y, de repente, las dos líneas, como enfocadas inesperadamente, le parecieron un testimonio emotivo, el único testimonio real de su relación, toda una crónica de las horas pasadas juntos, una especie de borrachera y sufrimiento, ahogado todo ello en esa ternura que crea la idea de que todo esto sucede en el cuerpo de la hembra amada, que ella lo sufre, que se inicia con dolor y finaliza con dolor, al dar a luz el primer hijo, y que en este mundo no puede haber nada grande sin dolor.

—¿Qué? —dijo Zana.

—Que si tomamos algo —respondió él.

—Sí.

—¿Café?

Ella asintió con un movimiento de cabeza. Contemplaba el enorme avión, con las alas extendidas y la cola en alto, que se mojaba bajo la lluvia y recordó cómo pelaba su madre las aves en la cocina.

Besnik pidió los cafés.

A la sala continuaba llegando gente. Besnik reconoció a dos ministros y a un miembro del Comité Central. También ellos pidieron café.

—Mal tiempo —dijo alguien a su lado.

—Para un avión que despega, el tiempo no tiene ninguna importancia — explicaba otro—. Sobre todo para los aparatos modernos.

—¿Sí?

Zana no quitaba ojo al avión gigante. Las despedidas solo pueden ser grises, pensó. Estaba ahora con un hombre al que llamaban Besnik, sentados en sendas sillas, en un punto del globo y alrededor no había ni sala ni paredes con cuadros y puertas y horarios de líneas aéreas, sino campos interminables, mesetas abiertas a los vientos invernales, y él se trasladaría hacia el nordeste para volver de nuevo a este punto, a la tierra pelada.

—Zana, tómate el café, que se enfría.

Ella sonrió.

—¿En qué piensas?

Volvió a sonreír y no respondió. De la puerta de cristal que se abría y cerraba sin parar llegaba a intervalos una corriente de aire frío. La sala del aeropuerto estaba llena. Besnik reconoció entre el gentío al albanólogo Schneider. Varios geólogos checos tomaban coñac. Miró el reloj. En ese preciso momento, por los invisibles altavoces se oyó, al principio con muchas interferencias y después más clara, la voz de la locutora: «El vuelo Tirana-Moscú parte dentro de quince minutos. Los pasajeros deben salir a la pista».

En la sala sonó un ruido de sillas, pasos, maletas que se levantaban del suelo, de los sillones, de las sillas, que pasaban de mano en mano, rumor de voces y suspiros. Todos se agruparon en la puerta acristalada por la que, quién sabe por qué razón, no se podía pasar. Alargaban la cabeza, se ponían de puntillas, preguntaban por qué no pasaban los de delante y, al no obtener respuesta alguna, volvieron a dejar las maletas en el suelo, buscando paquetes de tabaco en los bolsillos.

Fuera seguía lloviendo. Zana, pegada al cristal, miraba distraída el camión cisterna que se alejaba del avión. Después escuchó un cuchicheo general «el camarada Enver, el camarada Enver» y vio cómo las cabezas de todos se acercaban al húmedo cristal. Ciertamente era él. Con un gran abrigo negro, muy alto, con sombrero también grande, avanzaba bajo la lluvia hacia el avión seguido de un pequeño grupo.

—¿Viene el camarada Enver, o está despidiendo a la delegación? —preguntó una voz al oído de Besnik.

Besnik encogió los hombros.

—No lo sé.

—Me parece que está subiendo.

En efecto, estaba subiendo. Sujetándose a la barandilla, subía hacia la portezuela del avión. Al llegar a lo alto de la escalerilla, se giró un segundo y saludó con la mano, agachó la cabeza y entró. Tras él, entraron los demás.

La escalerilla permaneció vacía un momento bajo la lluvia. Luego el resto de los pasajeros empezó a caminar hacia ella con premura. En la puerta de cristal, dos empleados hojeaban deprisa los pasaportes y la gente, después de saludar a sus parientes, caminaba con rapidez por la explanada de asfalto.

Con la mano que tenía libre Besnik abrazó a Zana y ella le besó.

—¡Buen viaje! —le dijo en voz baja.

Caminaba por la mojada explanada y quiso volver la cabeza en dos o tres ocasiones, pero, de repente, la escalerilla metálica del avión se le apareció muy cerca y empezó a ascender. La escalerilla temblaba entre el fuerte viento y las pequeñas gotas de lluvia. Mientras se dirigía al avión, pensó en volverse y saludar con la mano a Zana cuando estuviera subiendo los peldaños, pero, cuando estuvo arriba, la puerta del avión, negra, ovalada, se alargó hacia él como una boca y se metió dentro.

En el avión reinaba un relativo silencio, un sinfín de ruidos leves, voces, diálogos en voz baja. Ocupó un asiento junto a la ventana, se dio cuenta que la terminal estaba al otro lado y se levantó. Por el redondo cristal, vio saludar con la mano a algunas personas, como en una película muda.

En los asientos contiguos se sentaron dos de los geólogos checos, pero les llamaron sus compañeros, que al parecer le habían encontrado mejor sitio, y se levantaron. Pasó el albanólogo Schneider y detrás dos o tres mujeres rusas con niños de la mano. Luego Besnik notó que alguien se dejaba caer con fuerza en uno de los asientos que habían abandonado los checos. Volvió la cabeza. Un hombre de espaldas anchas, pelo corto y con una maleta grandísima en la mano le miraba amablemente.

—Maravilloso —dijo el hombre para sí, intentando colocar la maleta bajo las piernas. Hizo ademán de decir algo a Besnik cuando se encendieron los motores y el movimiento de manos de quienes habían acudido a despedir a los viajeros se hizo más denso. Todos los pasajeros del avión se acercaron a las ventanillas. El avión se puso en movimiento y, vibrando por entero, se dirigía despacio hacia la pista. La terminal del aeropuerto, la torre, las antenas, todo giró como respondiendo a una orden y desapareció de su vista. Cuando el avión se detuvo en la cabecera de la pista, apareció de nuevo el edificio de la terminal, pero la gente, empequeñecida por la distancia y borrosa por lo sombrío del día, casi no se distinguía.

Los motores rugieron con mayor potencia. Su estruendo se transformó en quejido, pero cuando parecía llegar al culmen, de los pulmones metálicos surgió, dentro del quejido originario, un nuevo quejido, salvaje y desgarrador. Daba la impresión de que la máquina voladora no podía elevarse al cielo sin experimentar en el último momento un dolor cruel. Y en realidad, nada más iniciar el rodaje sobre la pista, la fuerza del quejido decayó. Se sintió cómo las ruedas se separaban del cemento, el descomunal cuerpo del avión se alivió, como liberado del esfuerzo y, momentos después, entre el aparato y la tierra se creó un abismo que crecía a una velocidad increíble. El avión se metió entre las nubes. El ruido de los motores se iba haciendo sordo. Después las nubes quedaron abajo y los motores parecían adormecerse.

Besnik contemplaba el desierto de nubes. Todo su ser estaba relajado. Este relajo continuó un rato. Estaba medio adormilado, cuando le despertó la voz del vecino.

—Usted deber ser de la delegación, ¿no?

—Sí —dijo Besnik.

—¿Trabaja en alguna institución central?

—Soy periodista.

—¡Ah, sí! —dijo el otro algo sorprendido.

—Al parecer me ocuparé de la traducción.

El otro meneó la cabeza. Tenía ojos claros, cálidos.

—¿Y usted? —preguntó Besnik.

—Yo también voy con la delegación. Trabajo en el Consejo Económico de los Países del Pacto de Varsovia.

Besnik le miró con cierta extrañeza. No había en él nada que recordara un pacto entre Estados. Y, como queriendo disipar sus dudas, Besnik le hizo una pregunta que nunca se hubiera permitido en otras circunstancias.

—¿Cómo está el asunto del trigo soviético?

—¿El trigo soviético? —El hombre del pacto abrió los ojos. La pregunta era inesperada. Miró a Besnik a los ojos, ensombreció el rostro, luego miró por el cristal, como queriendo asegurarse una vez más de que estaban demasiado lejos del suelo y de repente, en contra de lo que era normal en él, le respondió.

—Hemos comprado trigo a Francia.

—Algo he oído —dijo Besnik. Sí que había oído algo. El otro, más aliviado por la intervención de Besnik, prosiguió:

—Con oro.

Se miraron de nuevo.

—¿No se esconde nada tras el trigo? —preguntó Besnik sin dejar de mirarle. Era tarde. El hombre del pacto había logrado controlarse.

—No sería de extrañar —dijo—. Detrás del trigo pueden ocultarse muchas cosas. ¿Ha paseado alguna vez entre los trigales en el mes de junio?

—No bromee. Estoy hablando en serio. ¿Sabe lo que dijo él sobre las ratas?

—¿Ratas? —exclamó. Sus párpados, hombros y cejas, cogidos por sorpresa minutos antes, ahora se movían, manifestando una extrañeza absoluta—. ¿Qué dice de ratas? No sé nada. Perdone, algo sí sé. Sé que las ratas aparecen en casos de peste. ¿No se referirá a algo así? No he oído nada. Hace tiempo que no sabemos de casos de peste. No obstante, todo es posible. Tengo un amigo médico en el Centro Sanitario de la República, me ha dicho…

—¿Se está burlando de mí? —le cortó Besnik ofendido.

—No, ni mucho menos —dijo—. Usted me preguntó por las ratas y yo le respondo. Quizá usted sepa algo.

—Yo le digo lo que sé. Y me da miedo decírselo —añadió al poco.

El otro no le quitaba ojo. En su mirada no había ninguna curiosidad.

—Quería preguntarle cuánto trigo hemos tenido que comprar a Francia y me acordé de algo que dijo el camarada Jruschov sobre las ratas —dijo Besnik—. Lo he escuchado con mis propios oídos cuando estuvo el camarada Jruschov en Albania. Dijo que Albania produce tanto trigo como devoran las ratas en los graneros de la Unión Soviética.

—¡Extraño, extraño! —exclamó el otro—. ¡Extraño! —repitió tras una pausa, pero no era difícil comprender que en sus ojos no había ni chispa de extrañeza.

Permanecieron callados durante un rato. Besnik miraba por la ventanilla.

—Ah, ahora almorzaremos —dijo el otro, frotándose las manos con alegría.

Las azafatas servían el almuerzo. En realidad ni siquiera lo probó, aunque repetía continuamente «maravilloso».

—¿Dónde estamos? —preguntó al cabo.

Besnik se encogió de hombros. Entre el abismo de nubes aparecían algunos contornos difusos. Podía ser la tierra, si no se trataba de otra capa de nubes.

—En algún lugar entre Rusia y Ucrania —dijo Besnik.

—Una tierra enorme, infinita —dijo el otro. Miró un buen rato por la ventanilla, después respiró hondo.

El sueño volvía a adueñarse de Besnik.

—Usted me hablaba antes de la peste —dijo el otro. Besnik se despertó de inmediato.

—Yo no he hablado de la peste. Solo mencioné las ratas.

—Ratas, peste, es lo mismo —prosiguió el otro—. Da igual, no tiene importancia, quizá empezara yo. Me refería a otra cosa. Recuerdo un libro que leí hace tiempo. Para ser sincero, no recuerdo ni el título, ni el autor. En realidad el libro no estaba entero. O, para ser más exacto, no era más que una hoja arrancada de un libro en la que cierto día me envolvió cerezas un campesino. Cuando me las comí y me disponía a tirar el papel, leí sin querer un par de renglones y me quedé perplejo. Aquel papel hablaba de una epidemia de peste.

—Hay muchos libros sobre la peste —dijo Besnik con indeferencia.

—Sí, pero esta era diferente. Se trataba de una peste equina. —Cargó todo su cuerpo en el hombro de Besnik, señalando la tierra con el dedo—. Allá abajo, en algún lugar allá abajo, en la linde entre Europa y Asia, sobrevino la peste equina.

Besnik miró hacia abajo sin mover el cuello.

—Los mongoles habían reunido hordas interminables y se preparaban para conquistar Europa. Todo el continente temblaba. Todo quedaría arrasado. Pero, de repente, en el último momento, sobrevino la peste. Los jefes de los mongoles, a las puertas de sus tiendas, contemplaban con tristeza el lejano horizonte nebuloso al que no lograrían llegar nunca. Eso ponía en aquella hoja.

Besnik seguía mirando abajo. La superficie de nubes resultaba monótona. Por los altavoces se oyó una voz femenina.

—Nos acercamos al aeropuerto Vnukovo de Moscú. Se ruega a los pasajeros se coloquen el cinturón de seguridad.

El descenso duró bastante. El avión vibraba cada vez más. Sobre las alas relucieron de nuevo gotas de lluvia. Las nubes pasaban veloces por ambos lados. Daba la impresión de que un gigante soplara furioso en los cristales de las ventanillas. Después, por una grieta entre las nubes, apareció una de las pistas, las señales verdes y lilas, que se acercaban con rapidez y, antes de lo que se esperaba, el enorme cuerpo del avión tocó tierra. Bajo los pies de los pasajeros se sentía decaer la furia de los motores y el aparato, sereno, se acercaba al edificio de la terminal.

—Por fin llegamos —dijo el hombre del pacto—. ¡Cuántas veces he hecho este viaje! —añadió después.

Besnik quiso decir algo pero su cerebro funcionaba con lentitud y prefirió ocuparse de la cartera.

Habían arrimado la escalerilla metálica al cuerpo del avión. Besnik acercó la cabeza al cristal y vio bajar a Enver Hoxha seguido de los otros tres miembros de la delegación y un pequeño grupo de colaboradores. Entre tanto, Besnik sentía que el aparato se iba quedando vacío y, caminando por el pasillo, se apresuró hacia la salida. En la escalerilla le esperaba el viento. Un frío amargo. Se alzó el cuello del abrigo y, apoyándose en la barandilla, bajó aprisa. A uno y otro lado había grandes aviones: Air France, Air of India, KLM. El cielo parecía estar repartido entre las compañías internacionales. Si no hiciera tanto frío, Besnik hubiera sonreído. No había cosa más absurda que pensar que ese cielo infinito, por el que acababan de cruzar, pudiera soportar semejantes nombres, que parecían anuncios de almacenes. Hubiera sonreído, además, por otra cosa: empezaba pronto a ejercer el papel de traductor, ya que había comenzado por traducir cosas que normalmente nadie traduce, como son los nombres de las compañías aéreas.

Apretando el paso, Besnik alcanzó al grupo de la delegación, que se dirigía al edificio del aeropuerto. Todos llevaban los cuellos de los abrigos levantados y en sus manos las carteras parecían extraordinariamente grandes, negras, pesadas. Era un caminar silencioso. Hacía mucho frío. Inesperadamente dijo para sí: ¡Qué clase de llegada es esta a la capital de la gran amistad…! Ni reporteros, ni cámaras, ni banderolas ni pioneros con ramos de flores. Solo carteras negras y un rumor ahogado de pasos.

 

La caravana de coches dejó Moscú a un lado y se dirigió a la periferia. El día iba muriendo con rapidez. Los montones de nieve que flanqueaban la carretera intentaban alargarle aunque fuera un poco la vida, pero era tarde. Todo se tornaba gris. Sobre los pinos solitarios, sobre las estaciones periféricas de ferrocarril, sobre las lagunas y hondonadas, ya había caído la tarde. Cuando entraron en el jardín de la villa de dos plantas donde residiría parte de la delegación, la nieve que cubría la gran extensión que rodeaba el edificio rezumaba un extraño silencio. Los escasos y dispersos árboles habían aceptado tiempo atrás la más absoluta soledad en medio de aquella nieve.

Las puertas de los dos pisos, las escaleras de madera y las puertas de los pasillos rechinaban continuamente. Dejaron las carteras sobre las mesas, a los pies de las camas, en los alféizares de las ventanas mientras esperaban que todo estuviera dispuesto. Una parte del personal técnico partió para el hotel Moscú. Los cristales dobles de las ventanas estaban cubiertos de hielo.

Del primer piso, donde se instalaron los miembros de la delegación, bajó uno de ellos. Miró afuera a través de los helados cristales y entró en una de las salas pequeñas.

—Reunámonos un momento, camaradas —dijo al primero que vio. Se reunieron. Algunos ocuparon las sillas que rodeaban una mesa alargada, otros permanecieron de pie junto a las ventanas. Se hizo un silencio tan profundo, que el hombre que se disponía a hablar alzó la cabeza algo sorprendido.

—Así pues —dijo en tono descuidado, como para romper la solemnidad de aquel silencio, y esbozó una sonrisa. Pero el silencio seguía siendo el mismo de antes, profundo, despiadado. Resultaba evidente que estaban esperando. Sus ojos chocaron con las miradas fijas, serias, de todos. Respiró hondo—: Así pues, camaradas — prosiguió—, como vosotros mismos habéis visto hoy —calló de nuevo, golpeando la mesa con los dedos como si esperara que salieran de allí las palabras que buscaba—, como habéis comprobado vosotros mismos por el recibimiento que nos han dispensado, con los soviéticos… —el golpear de los dedos sobre la mesa se tornó más fuerte, nervioso. Luego levantó la mano como si se hubiera liberado la fatiga de buscar las palabras adecuadas—. Así pues, como habéis visto, nuestras relaciones con los soviéticos se han enfriado.

Volvió a pasar la mirada por todos y no había ningún movimiento en sus ojos. Quizá ya lo sabían y pensó que era natural, ya que la frialdad es una de las cosas que más fácilmente se notan en este mundo. Percibió que debía decir algo más. Pero era difícil, muy difícil. Se encontraban ante una enemistad nueva, que todavía parecía tan absurda e irreal que aún no se había formado una reserva de palabras suficiente para ella. Hasta ahora, todas las palabras habían servido a lo contrario. Las palabras, cogidas por sorpresa, estaban paralizadas y, por un momento, pensó que le sería más fácil hablarles en un idioma extranjero, y lo hubiese hecho si no fuera porque sonarían a poco serio.

Por fin, llenó los pulmones de aire y dijo:

—Debéis saber una cosa, camaradas. Hoy no somos invitados en casa de amigos. Pero tenemos la conciencia tranquila ante la historia. Han empezado ellos.

Señaló las ventanas con la mano como si «ellos» estuvieran detrás de los cristales.

Fuera caía la noche. En el desierto recinto daba la impresión de que los árboles se hubieran movido acercándose a la villa. Era un lugar desolado. Besnik recordó unos árboles parecidos en un camino de algún lugar del norte de Albania. Formaba parte de un equipo y uno de sus compañeros, alargando la mano hacia la ventanilla del coche, le había dicho: ¿ves aquellas hierbas de allí? Se llama eléboro y tiene la propiedad, según dicen, de curar la locura.

—Debéis estar cansados. Cenad y acostaos —dijo el miembro de la delegación, levantándose de la silla—. Mañana tendremos trabajo.

Empezó a subir las escaleras de madera y, llegando a la mitad, dijo:

—¡Buenas noches a todos!

—¡Buenas noches! —respondieron.

Cenaron con premura. La cocina estaba en el sótano y allí servían dos camareras viejas.

Se dispersaron por las alcobas con intención de dormir. Las tablas del pasillo aún crujieron un rato por efecto de los pasos.

—¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!

Las puertas chirriaban una tras otra.

Uno de los guardias de Enver Hoxha bajó las escaleras y las subió de nuevo. Tenía una expresión sombría.

En la habitación donde dormía Besnik, en la cama situada junto a la pared, alguien se disponía a acostarse. Era el hombre del pacto. Besnik comenzó a desnudarse.

—¡Buenas noches!

—¡Buenas noches, camarada!

Parecía bastante tranquilo. Arreglaba continuamente la colcha. Por fin apagó la luz y se acostó.

Pasaba el tiempo y Besnik no dormía. En el pasillo, alguien caminaba sin parar con pasos suaves. Las escaleras se lamentaban crujiendo. Le vino a la mente, sin ningún motivo, un hombre con los ojos desviados en el mostrador de una estafeta de correos de una pequeña ciudad. Cuando el hombre estaba escribiendo la dirección en el sobre, sus ojos, bastante desviados de por sí, se desencajaron aún más a causa de una gran tristeza.

En la cama de al lado se sentía dar vueltas al hombre del pacto. Dos o tres veces suspiró en un duermevela. Besnik quiso recordar algo tranquilizador, pero no era posible. Solo recordó un periódico amarillento que había visto en una empresa.

El otro seguía dando vueltas en la cama. Respiraba con dificultad.

—¿Y ese búho? —gritó angustiado de repente—. ¿Qué le pasa a ese búho que no para?

—Es el teléfono —dijo Besnik en voz baja—. En el sótano o en la cocina.

—¡Ah, el teléfono!

Ciertamente, en el sótano o en la cocina sonaba una y otra vez un teléfono.

Besnik aplastó una de las orejas contra la mullida almohada y tapó la otra con las mantas, pero el sonido del timbre seguía oyéndose, lejano. Así estuvo sufriendo un buen rato. Qué pasa, qué pasa, se repetía sin cesar. El timbre-gemido del teléfono-búho se repetía con mayor frecuencia.

Toda la noche estuvo gimiendo el quejumbroso teléfono.

Besnik sacudió la cabeza. ¿A quién le contaré esto? dijo para sí. ¿A quién?