El gran invierno
Capítulo 27
Iso para todas las partes
Por los vidrios de la ventana llega desde fuera la luz del mediodía, abismal en su blancura. Los radiadores emitían un calor sofocante. Besnik había tomado una parte de las cartas del pueblo y trabajaba en su oficina.
Todos aquellos días, sumergiéndose en un trabajo que no había realizado nunca, iba maravillándose cada vez más. A veces tenía la impresión de ejercer el papel de
intermediario entre el periódico y una [31] turma de truenos cuyo lenguaje había comenzado a entender poco a poco.
Sobre la mesa, había cartas con los textos más sorprendentes: dichos, proverbios, baladas, opiniones, propuestas, inicios de rapsodias. En nada se parecían estas cartas a las miles y miles que durante años habían llegado al periódico sobre las más diversas cuestiones. Había en ellas una diferencia en la proporción de las cosas así como elementos épicoheroicos viejos, sin utilizar desde hacía largo tiempo.
Por tercera vez leyó Besnik la carta de dos montañeses de Bjeshkët e Nemuna. En ella se reclamaba la quema del Kremlin para lavar esta gran afrenta. Besnik quiso reír, mas no pudo. Algo en aquella misiva se lo impedía. El espíritu épico popular tiene el sueño pesado, le había dicho dos días antes el escultor Mujo Grabrani. No despertaba más que ante las cosas importantes. Besnik recordó a Nikë Ukcama, con aquel mecanismo de calzas negras, moviéndose por el bulevar. Él era de Bjeshkët e Nemuna, de donde procedía la carta. Para los montañeses viejos, el Kremlin era
sencillamente la casa de Jruschov, que había traicionado la [*] besa dada a Albania, y exigían que fuera quemada por la comunidad, como cualquier casa que viola la besa.
En parte de las cartas había baladas y canciones. Besnik separaba las que más le gustaban.
¿Adónde vas, adónde has ido,
Enver, en este otoño frío?
La ruta a Moscú no es nada buena,
La lluvia y el viento la tierra hielan.
Es gélido allí el invierno
Sobre Moscú sopla el hielo,
Guarda la puerta el cañón-zar,
La campana-zarina en el umbral.
Ni a reyes ni a zares preguntaste,
Los terribles cañones despreciaste.
Del medioevo empujas las puertas,
Al interior del castillo entras.
Besnik leyó y releyó los versos de la anónima balada y no sabía si de verdad tenían algo de especial o solo le gustaban por haber hecho él mismo ese camino en invierno. Recordó la nieve que blanqueaba el cañón-zar y la parte superior de la campana-zarina. En los descansos, por el jardín del Kremlin, muchos delegados de los partidos daban vueltas a su alrededor con una expresión de sorpresa servil en la cara y un eh, cuándo vas a tronar, hermano cañón, y tú, hermana campana…
Besnik prosiguió la lectura:
Ochenta y un partidos
Estaban de la mesa en torno.
La historia estaba contigo,
Y entraste tú entre todos.
Te dijeron qué quieres, dónde vas.
Mas tú no volviste la vista atrás.
No, no se trataba de que él hubiera hecho ese viaje y que hubiera entrado por la puerta de aquella fortaleza. Era otra cosa.
Sonó el teléfono y cogió el auricular. Era otra cosa. Sí, escucho, dijo. En estas baladas, el acontecimiento que había convulsionado al mundo estaba condensado. La voz del teléfono decía algo con vehemencia. El mausoleo milenario estaba preparado, mas, antes de instalarte allí, había que embalsamar el acontecimiento. Sí, escucho, repitió Besnik por tercera vez. Se trataba de una técnica particular: millones de palabras, conversaciones, pensamientos, artículos periodísticos, mítines, noticias radiofónicas, carteles, etcétera, etcétera, eran elaborados de una forma especial. Sí, sí, repetía mecánicamente Besnik sin retirar el auricular de la cara. Como un viejo maestro reconvocado a la tarea, el espíritu épico se disponía a eliminar las partes blandas, mortales, del acontecimiento, sí, sí… para petrificarlo, haciéndole indestructible frente a cualquier tempestad.
Besnik colgó el teléfono. Sus ojos estaban leyendo otros versos, parecidos a los anteriores.
Aquí y allá estamos todos
Por el Pacto de Varsovia ligados.
Solo falta uno de nosotros,
Solo uno nos ha abandonado.
Se fue, se fue la hermana menor,
Nosotros nos quedamos en este glaciar,
De la campana-zarina alrededor,
sobre la cabeza el cañón-zar.
Por un instante, creyó haber captado un elemento del proceso secreto del embalsamamiento. Se trataba de simplificar las cosas hasta el punto de que los Estados pudieran hablar e insultarse como verduleras. No te da vergüenza, URSS, un país tan grande y cometer tales afrentas. Besnik releyó los versos en que parecía que los campesinos checos o búlgaros cantaban como si fueran de Laberia. Era ese estribillo que convertía al Kremlin en una casa que había violado la besa y reducía el campo socialista a los límites de un lugar que, para lavar la afrenta, debía coger la antorcha y dar fuego al Kremlin. En el lugar en cuestión, no sería extraño que Checoslovaquia pidiera una taza de harina a Hungría, o que Polonia hablara mal de Mongolia.
La mayoría de las baladas se referían a la reunión de Moscú.
Sala de Jorge, qué han visto
tus muros, que han oído.
Dividido el comunismo
Y una estrella con su brillo.
El teléfono no paraba de sonar, pero Besnik no lo cogía. Afuera estaba la calle con el ir y venir de los transeúntes, con las noticias y los periódicos, con las embajadas de los países socialistas, los carteles y la música de Beethoven. Aquí, en cambio, reinaba la quietud.
Se sentía inmediatamente cómo, preparándose para fundirse en los fundamentos de la nación, el acontecimiento rebasaba los límites de las relaciones entre Estados y entre partidos. Salía de la segunda mitad del siglo XX, donde se había producido, para extenderse en el tiempo universal.
Besnik recordó los isos de Skënder Bermema y abrió el cajón para sacarlos. Unos días antes, el escritor se los había mandado en un sobre solicitando su opinión. Dos de ellos, a pesar de estar escritos en prosa y con un estilo difícil, se parecían sorprendentemente a la balada ¿Adónde vas, adónde has ido? Era el mismo Kremlin sombrío, con las torres entre niebla, en cuyas puertas hacían guardia el cañón-zar y la campana-zarina. Seguro que alguien le había hablado de la balada. Además de los isos, había escrito un inicio de canto que a Besnik le gustaba más que los isos. «Venid todos aquí; vosotros, albañiles que construís el castillo de Rozafat, dejad a un lado los martillos; tú, Kostandin, que te has levantado de la tumba para cumplir la palabra
dada, frena un momento el caballo; vosotros, [32] krushq y kësollarë, allí donde estéis, dejad la canción y el plañido; vosotros, candidatos al partido, que realizáis el período de prueba, interrumpid un momento el trabajo; acercaos todos y escuchad lo que le ha ocurrido a Albania…».
Acercaos y sabed lo que le ha ocurrido a Albania, repitió Besnik para sí.
A Albania le había ocurrido algo. Besnik retiró la vista de las cuartillas escritas. Albania volvía a estar preñada de algo grande. Como le había ocurrido varias veces a lo largo de su dilatada vida. Cuantas veces le había sucedido esto, Albania había experimentado transformaciones agitadas. Su sangre, glándulas, humor, nervios, psique, incluso los ojos y las arrugas, y todo lo demás, volvía a revolverse como entonces, cuando se acercaron a su destino los superestados. Los enfrentamientos con ellos habían engrandecido sus proporciones aun cuando su cuerpo estaba tumefacto por los golpes.
Prosiguió la lectura:
No se ha visto un invierno así,
No se ha visto semejante tormenta.
Como astro que deja de lucir,
Se apaga del Kremlin la estrella.
De nuevo el camino hacia Moscú. De nuevo se vio a sí mismo en la sala del aeropuerto, aquella mañana de octubre, y los asientos de la sala y Zana que le acompañaba y el aviso «no smoking» en el interior del avión y todo lo demás le parecía empequeñecido, lejano, como visto a través de un anteojo mágico.
Viaje invernal. El avión que avanzaba entre las nubes. No le sorprendería imaginar que al avión le salían crines y que, ondeando, las blancas crines cruzaban las nubes.
Besnik continuó leyendo. A veces, las líneas escritas rodeaban su mente como una cinta. De repente, sintió una sacudida. Entre los versos de una balada vio dos dedicados a él:
El intérprete no traduce bien,
O no sabe ruso.
Soy yo, estuvo a punto de gritar. Permaneció unos instantes paralizado, se sintió pequeño, absolutamente perdido en aquella masa oceánica llena de espuma helada, reluciente. Soy yo, repitió, sin dejar de mirar los versos, como si tuviera miedo de perderlos en aquel espacio interminable. Esa sensación de asombro al verse allí, donde raramente se ve un ser vivo, fue sustituida por una melancolía especial, de esas que parecen tener la propiedad de descarnar al hombre.
En este estado perdió la noción del tiempo. Los versos aún estaban allí, sobre la mesa, dos ramas rotas que el océano de la épica popular empujaba hacia él.
Dos veces abrieron sus compañeros la puerta para recordarle que era hora de comer. A la tercera, entró Ilir y le arrancó del escritorio.
—Parece que se han roto —dijo mientras bajaban las escaleras.
—¿Qué se ha roto? —inquirió Besnik.
—Las relaciones diplomáticas.
—¡Ah! —exclamó, haciendo un gesto con la mano como si se tratara de una nimiedad.
Ilir le miró con extrañeza.
Mientras caminaba junto a su compañero, Besnik tenía la cabeza arriba, en los versos que había leído. Ilir le contaba ciertos detalles, mas Besnik seguía a lo suyo. Pensaba que ningún hecho trascendente en la vida de un pueblo comienza de forma inesperada. Albania llevaba tiempo preparándose para este gran enfrentamiento. Hace una hora no se sabía nada con certeza, seguía explicando Ilir, pero el movimiento febril en las embajadas de los países socialistas hacían presentirlo. Esta preparación lenta ha comenzado cien, cuatrocientos, o quizá mil años antes, pensaba Besnik. Mil años antes había comenzado Albania a preparar la generación de hombres llamados a afrontar este acontecimiento.