
El Grande Oriente
Madrid, 1821. El gobierno liberal se sostiene a duras penas y las logias pesan tanto como las Cortes. Salvador Monsalud se mueve ahí dentro, entre grados, tenidas y nombres simbólicos, tratando de sacar de la cárcel a Gil de la Cuadra, preso por la conspiración del cura Vinuesa. Como el personal de la cárcel está en manos de comuneros, se mete entre ellos por pura táctica, sin dejar el Grande Oriente y sin creer ya en ninguno de los dos. El retrato no es nada reverente: la solemnidad de unos hombres reunidos a oscuras sale con una sorna que aún funciona. Alrededor, dos mujeres: Sola, la hija del preso, y Andrea, que tiene otros planes. El final se juega en la calle, con el viejo recién salvado gritándole que le aborrece y una carroza de boda que casi lo atropella.






