
El préstamo de la difunta
de Vicente Blasco Ibáñez

Manuel Alcázar ya no es el chaval hambriento de La busca. Trabaja de cajista en un barrio del norte de Madrid, entre descampados y tapias de cementerio, y con los años acabará llevando su propia imprenta, mientras la Salvadora guarda el dinero de la casa. Su hermano Juan vuelve de una juventud de bohemia por Barcelona y París con la cabeza llena de anarquismo y una fe casi religiosa en la redención de los pobres. El grupo que da nombre al libro se reúne en una taberna de las afueras, junto a un juego de bolos, y discute sin descanso: dinamita o propaganda, anarquía o socialismo. Baroja los mira con simpatía y con sorna. Escribe en escenas cortas y diálogo seco, sin sacar moraleja, y cierra la trilogía con un entierro al anochecer.