
La estafeta romántica
Cuarenta cartas y ningún narrador. Para contar 1837, con el país partido entre cristinos y carlistas y la expedición de don Carlos avanzando hacia Madrid, Galdós se limitó a abrir la valija del correo. Escriben curas de aldea, señoras de provincias empeñadas en casar a quien no quiere, un viejo aragonés manirroto y una dama de Madrid que calla lo que sabe sobre el origen de Fernando Calpena. La guerra entra en esas hojas igual que entra todo en un pueblo, de segunda mano y ya deformada: dan por fusilado a don Beltrán de Urdaneta, le celebran unas honras fúnebres de arcedianos y catafalco, y luego resulta que está vivo y comiendo a la mesa de Cabrera. El suicidio de Larra llega en una posdata, entre chismes. La última carta no es un desenlace, es un chantaje con buenos modales.






