El indiano
XII - El paraíso perdido
(1808-1810)
Jacobo Salom le escribió una carta en la que le expresaba la triste situación en la que estaba cayendo España, informándole de que él y su hermano Daniel habían tomado la determinación de invertir en Cuba, haciendo escala en Puerto Rico para verles. Que partirían de Barcelona a mediados de marzo y llegarían a San Juan a mediados de abril a más tardar.
Los Salom explicaban en una larga misiva que desconfiaban de lo que fuera a suceder. Que el rey Carlos IV no estaba nada firme en su trono, y que era probable que sucedieran cosas y ninguna buena. Napoleón se iba a apoderar de España, y aunque eso no era lo que les preocupaba, sí lo hacía la respuesta del pueblo y de los militares, empujados por los ingleses, que al igual que en Portugal intentaban frenar a aquel señor que nunca tenía bastante.
No había problema para que se quedaran ambos hermanos una temporada en las habitaciones de invitados, incluso aunque trajeran algún criado. Todo se preparó al gusto de Bella, que los conocía muy bien. El diez de marzo, La joven Beatriz fondeó otra vez más en el puerto natural de San Juan. No se atrevía el capitán Bustamante a atracar, porque más de una vez con las mareas vivas y a plena carga, había tocado fondo. Era prudente el fondeo, aunque más antipático para los pasajeros, chalupa va, chalupa viene, y sobre todo para las personas mayores, como era el caso de los Salom, que sin embargo llegaron al muelle y subieron por la escala de piedra desde la chalupa con más agilidad de la que se les hubiera atribuido. Los acompañaba un mayordomo bien dispuesto que lo organizaba todo. Hilario Ruiz llevaba toda la vida con Jacobo Salom, y al final servía a los dos hermanos. No se ha dicho aún aquí que los Salom eran gemelos, y que por tanto tenían el mismo gusto y actitud ante la vida. Así pues, Hilario encargó a unos mozos que desembarcaran el equipaje, dos mundos grandes y pesados, dos baúles medianos, y cuatro maletones cada uno. Ambos llevaban aferrados, sin soltarlos un instante, sendos maletines de piel negra con la documentación más indispensable y unas bolsitas que contenían diamantes. Para bajar los mundos desde el barco no hubo mucho problema con una pequeña garrucha, pero para subirlos por la escalera de piedra resultó más complicado; menos mal que Pedro, previsor, había llegado acompañado de dos negros de los de Santiago, Proto y Rufo, que cargaron uno cada uno a la espalda como si llevaran una pluma.
Tanto se admiraron los hermanos de la fuerza de aquellos negros que se los regaló allí mismo, uno a cada uno, como un presente de bienvenida. No querían aceptarlos, pero Hilario, que no estaba por hacer grandes esfuerzos, les dijo en un aparte que ya que estaban en las Américas, no era mal regalo para lo que hiciera falta. Al final los aceptaron a regañadientes, aunque con la boca chica. Ellos habían traído diez garrafas de una arroba cada una con distintos vinos del Penedés como uno de los obsequios, además de anchoas de la Escala, legumbres escogidas, y embutidos de girella, lo que fue muy celebrado por él, que veía que su bodega de vinos estaba en cuadro y que aquellas exquisiteces resultaban imposibles de adquirir allí.
Bella hubiera bajado al puerto a recibirlos, pero estaban los cuatro niños con fiebres y ella por una vez tenía que hacer de madre; ayudada, eso sí, por la Madame y por Tecla, que les preparaba infusiones de hierbas cogidas en el monte, al gusto de una india curandera en la que todo San Juan tenía mucha fe y de la que la sirvienta tomaba buena nota. Cuando llegaron a la hacienda, Bella salió al porche a recibirlos con una gran sonrisa, feliz de tenerlos allí, ya que para ella eran parientes muy cercanos, muy parecidos en todo a su difunto padre. Y allí les presentó a Madame, que pudo comprobar que aquellos hombres hablaban el francés con gran soltura, lo que le hizo comprender que toda la familia de Bella era gente de calidad.
A mediodía pasaron al comedor, una gran estancia tras el porche con todas las grandes puertas cristaleras abiertas, de manera que daba la impresión de estar casi al aire libre, que era donde solían comer con buen tiempo; es decir, allí, la mayor parte del año. La mesa se había puesto al estilo de la casa, con una preciosa vajilla, la cubertería de plata con las iniciales B. S., que tenía su historia —ya de Bella Salom, originariamente de Barnabe Sebastian, armador de Portsmouth, que la perdió junto a la vida en los traidores arrecifes cercanos a La Guaira—, y una hermosa cristalería adquirida por el bisabuelo Salomón Salom en Praga. Almorzaron ligero pero sabroso: unos entrantes
variados, de segundo una «vieja»[38] al horno que les supo a gloria, y de postre pastel de chocolate, una exquisitez de la Madame, empeñada en quedar bien. El tío Jacobo, que en lo único que se diferenciaba de su hermano era que hablaba por ambos, les contó la situación en Cataluña como él la veía.
—La vamos a tener y gorda, y no falta mucho para ello. Y si no, ya lo veréis. Por eso hemos querido aprovechar para venir, que en Cuba tenemos que comprar unas fincas para tabaco que nos han propuesto. Estamos convencidos de que eso del tabaco será el negocio de este siglo. Los socios nos pidieron que no invirtiéramos a ciegas, vosotros estabais aquí, así matamos dos pájaros de un tiro, y aquí estamos. Iremos a ver a ese banquero, Joseph Macías, con el que ya estamos en contacto. Con vuestro permiso hemos decidido quedarnos aquí en Puerto Rico un mes para ambientarnos, y después, en el barco mensual que va de aquí a Santiago, nos iremos allí seis meses; más tarde repetiremos la operación, y a principios de noviembre, si Dios quiere, volveremos para estar unos días con vosotros si nos dais cobijo, y vuelta a Barcelona para llegar con tiempo antes de Navidad. A ver si mientras pasa lo más gordo, porque en España va a pasar algo más pronto que tarde, y si no, al tiempo.
Pedro se ofreció para acompañarlos a Cuba y poder darles su mejor opinión de aquello que les propusieran, y ambos se lo agradecieron. Mientras, la Madame se desvivía por ambos. Le encantaba la gente de mundo y aquellos dos caballeros lo eran, además de realmente exquisitos en el trato. No tenía la Madame manías con judíos, y menos si eran de aquella clase.
Bella no podía dejar de pensar en sus padres. Jacobo era el que más se parecía a David en el carácter, un hombre abierto y con las ideas claras. Daniel pensaría lo mismo, pero se lo reservaba. Mientras, Hilario, el mayordomo y hombre para todo que los acompañaba, iba y venía, intentando que a sus amos no les faltara nada, y que se encontraran las habitaciones con el equipaje colgado en los armarios y la ropa colocada en los cajones. Las dos estancias de invitados asignadas eran hermosas y muy amplias, aún sin estrenar. Cuando Pedro mandó construir la mansión hizo traer desde España todas las persianas mallorquinas copiando exactamente las de su hogar en Valencia, para toda la casa, y allí en Puerto Rico demostraron ser perfectas para permitir la ventilación y al tiempo el asombreamiento. Se accedía a las habitaciones de invitados a través de un patio ajardinado interior. Cada una disponía de un vestidor, un dormitorio con amplios lechos con mosquitera, un gabinete de recibir, y un aseo con una modernidad que los huéspedes celebraban mucho: el retrete turco independiente, una losa cerámica en el suelo conectada a una fosa séptica y un balde de zinc al lado para la limpieza. Perfecto.
Mientras se las mostraba, los Salom le contaban los detalles de la política en España, y parecían estar bien informados.
—Vemos con gran satisfacción, sobrino, que vivís como los mismos reyes: mejor que ese Carlos, el nuestro, seguro; y mucho mejor que el señor príncipe de Asturias, don Fernando, que no sabe nunca a qué carta quedarse. Ese emperador corso, es en efecto un hambriento corsario que se los va a merendar a todos ellos. El rey tendrá que abdicar cualquier día en su hijo, por mucho que el príncipe no sea el soberano que necesitaría España en estos tiempos. Nosotros sabemos a través de nuestros contactos financieros que un
agente de Napoleón, un tal Izquierdo[39], dispone de una bolsa sin fondo para comprar voluntades y lo que sea menester, tanto en París como en Madrid. Así es hoy como se conquistan los reinos, más que a cañonazos.
Durante aquellos días Pedro les mostró el ingenio y su funcionamiento, las plantaciones de caña y demás; también las cabañas de los esclavos, que disponían de cierta libertad, y las casitas de los libertos, que se habían ganado la confianza, a los que se pagaba un jornal suficiente, y que incluso podían salir a determinadas horas de la hacienda.
—¿Y a los esclavos? ¿Se les permite salir en algún caso?
—Queridos tíos. Los esclavos solo salen para un fin concreto, por ejemplo, cuando tienen que llevar a cabo un trabajo, o se les ordena acompañar a este o a aquel. En otro caso tienen terminantemente prohibido salir de la hacienda, y por supuesto al anochecer deben estar de vuelta en el poblado, salvo razón expresa.
—¿Y os habéis visto obligado a ejercer fuerza contra alguno? Quiero decir, castigarles físicamente.
—En algún caso. Pero de eso se encargan los capataces. Es desagradable ver azotar a uno de ellos. Una falta leve solo se castiga con látigo cuando el que la comete es reiterativo y no atiende a razones, o se hace el sordo. Dos docenas de latigazos es ya una falta grave, y si se trata de algo muy grave, como por ejemplo un robo, se le darían cincuenta, pero eso solo ocurre de tarde en tarde. Es mejor no verlo.
—Veo que sois magnánimo. Eso denota vuestro talante. ¿Y a las mujeres?
—Bueno, veréis. Tengo una especie de pacto con Bella: vuestra sobrina se opone a que las mujeres sean castigadas físicamente. Además sería tirarse piedras en el tejado dejarles cicatrices, pues perderían valor. Solo se les priva de libertad unos días, o cosas semejantes.
—Bien, bien. ¿Y premios? ¿Qué premio se les puede dar por cumplir al fin con su deber?
—También hay premios. Si un esclavo se porta muy bien durante mucho tiempo, o por alguna razón muy especial, se puede llegar a pensar en otorgarle la libertad. Aun así no suelen marcharse, prefieren la seguridad de lo conocido. Algún ingrato sí lo ha hecho. Al liberarlos se les entrega un documento sellado por el secretario del juzgado, aquí el de San Juan, que certifica que es un hombre o una mujer libre, para que nadie los moleste. Otro premio puede ser darle una mujer por una tarde, por unos días, o incluso para siempre, depende.
Jacobo Salom era hombre curioso, siempre ávido de saber.
—Veréis. Mi hermano y yo estamos iniciando esta aventura de la que apenas sabemos nada. Ahora vamos a adquirir unas grandes fincas para cultivar tabaco cerca de La Habana, y la idea es hacer cigarros de esos que llaman puros, solo hojas de tabaco enrolladas, para llevarlos al mismo corazón de nuestros queridos enemigos, los británicos, grandes consumidores, pero que aún no saben distinguir. Nosotros les vamos a proporcionar la mejor clase de cigarros que hayan visto jamás.
—Eso está muy bien cavilado, pero ¿cómo los llevaréis sin correr grandes riesgos? Se trata de una mercancía muy valiosa y hay que llevarla muy lejos.
—Amigo mío. De eso se encargarán otros. Lograremos que los neerlandeses y los alemanes lleguen hasta Cuba, y sean ellos los que pongan nombre a los cigarros y los lleven hasta allí. Que ganen un buen dinero, y que nos paguen en oro cada vez que compren en La Habana. Ese será el negocio de este siglo, no correr más riesgos que los imprescindibles. Aun así, vos lo sabéis bien, hay que lidiar cada día con los imponderables, pues las circunstancias mandan y el hombre de negocios tiene que limitar sus riesgos. Por eso debemos aprender lo imprescindible. Ni Daniel ni yo hemos poseído esclavos. Bueno, miento. Tuvimos en tiempos una hermosa esclava que nos regaló un turco en Venecia, por un préstamo importante que consiguió por nuestra mediación. No podíamos decirle que no, pues el hombre se hubiera ofendido; total, que se la quedó Daniel una temporada. Era muy joven y hermosa; cuando el turco nos la dio, tendría trece o catorce años: ¡una belleza! Allí, en el palacio que tenía aquel hombre en Venecia, nos mostró unas cuantas para que eligiéramos, tal y como Dios las había traído al mundo, hasta que Daniel señaló a Isis, que así se llamaba. Una circasiana blanca, pero esclava. Daniel me confesó un día, después de los meses que la tuvo para su uso personal, que nunca antes había pensado todo lo que se podía llegar a hacer entre dos personas. Sabéis que ambos somos solteros. Así que me la cedió una temporada, y cuando llegó el momento la regalamos a un compromiso que teníamos, un presente a un buen amigo que nos hacía grandes favores. Lo que son las cosas, el hombre se encaprichó con ella, y su mujer terminó separándose. ¡Lo que es la vida! Por nuestra parte, era lo mejor que podíamos hacer. ¡Al final te encariñas y es peor! Fue la única verdadera experiencia con una esclava, por eso no tenemos costumbre de tratar con ellos; y menos con estos negrazos, que la verdad, imponen, como esos dos buenos mozos que habéis tenido la bondad de regalarnos, que bien vendrán para que vayan cinco pasos detrás nuestro y que nadie se meta con dos pobres ancianos.
Jacobo Salom sonreía. Pedro sabía que cada uno de ellos llevaba encima una pistola cargada en aquel viaje y que sabían usarla. Además Hilario tampoco era manco, que aunque delgado, era fuerte como un roble, y siempre llevaba con él un látigo extensible por si las moscas.
Después de aquella conversación, habló con una de las cocineras, que a su vez buscó en el poblado dos muchachas apañadas de unos quince años, llamadas Bernarda y Basilisa, para que fueran cada noche discretamente a los dormitorios de ambos, aleccionadas antes, sabiendo muy bien lo que se esperaba de ellas. Ya se encargaba Tecla de que estuvieran recién bañadas, bien limpias y perfumadas cada noche, envueltas en un trozo de seda que la sirvienta les entregaba cuando les daba el visto bueno. Llegaban las dos muchachas acompañadas de un negro que allí las aguardaba paciente algo antes de las once, cuando más o menos se retiraban los Salom, tras la cena a las ocho, y después de estar platicando un par de horas en familia; y se iban antes de amanecer de vuelta al poblado sin tener que entrar en el resto de la casa. Todo en la discreción de la noche, como ligeros fantasmas que iban y venían en silencio, ya que ninguna de las dos hablaba dos palabras en castellano. De ello resultó que Tecla, que era lista como el hambre, les enseñó unas cuantas más en catalán, que había aprendido durante su estancia en Barcelona y de atender a la señora, para que impresionaran a los viejos. Jacobo, feliz el hombre, una mañana desayunando, queriéndole agradecer que estuviera haciendo algo tan especial por ellos, le confesó que aquello era como el mismo cuadro de Tintoretto, aunque con final feliz. Unas hermosas jóvenes de cuerpos como flores, unos viejos que echaban de menos su juventud perdida, un ambiente idílico como si hubieran muerto y llegado al paraíso, que así definieron aquel lugar. Tecla le había contado riendo a Bella, mostrándole sus enormes y blanquísimos dientes de marfil, que cada noche, don Daniel, a la muchacha Basilisa la hacía meterse desnuda en la bañera de mármol que tenía en su sala de aseo, haciendo luego como que la espiaba desde detrás de unas cortinas, y el viejo parecía disfrutar mucho con la farsa.
Los hermanos Salom, discretos por naturaleza, no pronunciaron comentario alguno sobre aquel generoso presente, salvo el mínimo que Jacobo le hizo a él, más que nada para agradecerle el detalle; pero lo cierto es que no debió desagradarles, ya que tampoco lo rechazaron.
Bella estuvo radiante aquellos días. Todo le parecía poco para halagar a sus queridos tíos, y hacía que Osborn, que ya entraba y salía de la casa con confianza, le trajera las mayores langostas para hacerlas hervidas un momento con salsa de Mahón, que era una receta de la Barceloneta que a ella le encantaba; o les preparaba a media tarde un chocolate, o a media mañana una limonada. De hecho se veía a los dos bastante repuestos, ya que el viaje, ambos lo confesaron, había sido muy malo por el tiempo.
Los días pasaron volando; de pronto se había metido y mucho el mes de mayo que traía el barco, y con él la noticia de que el diecinueve de marzo, aquel melancólico rey, Carlos IV, «el cazador», como lo conocían muchos porque apenas hacía otra cosa, había abdicado en su hijo Fernando, «el ambicioso», que en un instante pasó de prisionero a rey. Apenas al día siguiente había llegado a Madrid envuelto en el entusiasmo popular como Fernando VII.
—Cuando llega un rey nuevo el pueblo grita «¡viva! ¡viva!», pero ese rey tan liante saldrá pronto de España, le estorba al señor Bonaparte para sus planes. Y si no, al tiempo.
Eso lo dijo con retintín don Jacobo con la aquiescencia de su hermano, mientras aguardaban el embarque bajo el sol del trópico, cubiertos con sus nuevos sombreros blancos de hoja de palma. Al final las dos muchachas embarcaron con ellos para acompañarlos, al menos hasta que volvieran a pasar en unos meses por aquel mismo puerto. Aquella relación entre unos hombres viejos y unas muchachas tan jóvenes no hacía mal a nadie; les habían comprados zapatos y vestidos a las muchachas, y para cualquiera las llevaban como criadas para todo. Tiempo tendrían de pensarse si después seguirían con ellos de vuelta a Barcelona, aunque ambos pensaban que lo que allí en el trópico se veía bien por todo el mundo, en Barcelona sería motivo de chistes y mofa provocada por las envidias. Ya verían.
Los pesadísimos mundos los llevaban a hombros los dos esclavos como si tal cosa, otros contratados para ayudarles con el resto de equipaje iban en dos chalupas hacia el barco fondeado. No era en aquella ocasión La joven Beatriz, sino otro más moderno y vistoso aún, el Isla de Cuba, perteneciente a otra compañía. El barco tocaba en Santo Domingo, Santiago y luego, La Habana. Un trayecto de apenas cinco o seis días, todo lo más una semana. El problema no era el tiempo, que no podía ser mejor, con la brisa suficiente para hinchar el trapo; sino la situación, que aunque Europa parecía muy lejana, al final los problemas siempre acababan llegando hasta allí.
Tal y como habían quedado, Pedro los acompañó a La Habana, ciudad que no conocía y que le encantó por su hermosa arquitectura. Allí era como si cada uno de los que se habían hecho ricos compitiera con el vecino por tener la mejor casa, la más ostentosa y estudiada fachada, el mejor coche con los más espléndidos caballos. Una manera de derrotar a los rivales en una pugna sin sangre que al final beneficiaba a todos. Allí también había muchos catalanes y algunos valencianos, y los Salom pensaron que tendrían que ofrecer una pequeña fiesta de presentación. Él reflexionó que no era mala pugna aquella, y que otra parecida tendrían que tener en San Juan, para evitar que aquellos nuevos ricos se hicieran unos caserones sin gusto alguno como estaba sucediendo.
Fueron a ver varias fincas, y al final compraron dos muy extensas. Una cerca de La Habana, enorme, con una superficie como el doble de su hacienda; la otra muy alejada, en Camagüey, en el mismo centro de la isla, aún mucho más grande, como el doble que la anterior. Aun así la primera costó más del doble, y fue la que se tuvo como más adecuada para empezar la aventura del tabaco. Después dieron con aquel traficante de esclavos, Carranza, que les prometió una espléndida partida de esclavos, de la misma tribu de Guinea, aseguró, que los que le había vendido a Pedro en Santiago. Carranza fanfarroneaba de que nadie vendía la calidad que él ofrecía. En un aparte le preguntó por la mestiza, por Rebecca Walker. Tuvo que explicarle que le había dado carta de libertad y que ella se había casado en San Juan. Carranza le dijo entonces en voz baja que tenía algo muy especial para él: dos niñas, algo pequeñas aún, de unos doce años, que podría dejarle en cien escudos cada una. Tan jóvenes no venían maleadas, aseguró, y se les podría enseñar latín. Aunque dudó un momento, al final Pedro no quiso comprarlas, en parte por Bella. Bastante había tenido con el episodio de Rebecca Walker, y si se presentaba con unas niñas, tal vez le malinterpretaría. Quería tener la fiesta en paz.
Luego supo que la mejor casa de citas de La Habana también era de Carranza. No le extrañó: aquel hombre disponía de buenos contactos entre los mercaderes de esclavos, que siempre le reservaban lo mejor. Carranza terminó invitándolo, y aun sin muchas ganas, Pedro decidió ir por curiosidad, ya que la última vez que había estado en un sitio semejante había sido en Caracas, pero hacía ya mucho de aquello. Carranza deseaba impresionarlo y lo llevó una noche, mientras le explicaba que el obispo de La Habana quería cerrarle aquel lugar, ¡que incluso le amenazó con la Inquisición! Un envidioso, murmuró con sorna. Allí solo podían ir los que tenían dinero de verdad; los demás no eran bienvenidos, ni falta que hacían. Se trataba de un gran local, al estilo de París, más recargado y barroco, como se usaba en Cuba, con un pequeño teatro en el que las muchachas cantaban y bailaban semidesnudas. Algunas eran muy hermosas, mostrando sus senos y traseros en posturas sugerentes. Carranza le ofreció unos tragos de ron, bebieron un rato en silencio, solo observando, y luego le dijo que lo siguiera. Ya notaba que el ron le estaba haciendo efecto cuando Carranza lo llevó a una casa cercana, con la puerta protegida por dos negros enormes y le hizo subir a la planta superior. Una mujer les abrió la puerta. Carranza le precedía haciéndole señas para que lo siguiera. Abrió la puerta de una habitación mal iluminada. Dentro vio a dos muchachas mestizas muy jóvenes —apenas tendrían trece años—, tendidas en un gran lecho y prácticamente desnudas. Carranza le sonreía con benevolencia, señalando hacia las niñas. A pesar del ron, en aquel momento Pedro se dio cuenta de que debía salir de allí cuanto antes, y sin despedirse de Carranza, como si le faltara el aire, bajó corriendo las escaleras.
Carranza se asomó al balcón y le gritó:
—¿Qué mosca os ha picado, don Pedro? ¡Volved aquí! ¡Son solo esclavas para que disfrutéis a vuestro gusto!
Pedro no atendió a aquellas libidinosas llamadas: caminó a trompicones por la calle embarrada por la lluvia, hasta que vomitó en un callejón. De pronto comprendió que, esclavas o libres, todo aquello le repugnaba profundamente.
Al día siguiente se vio con Joseph Macías, que le contó la situación en España. Según le dijo, el dos de mayo había habido grandes disturbios en Madrid en contra de los franceses, y al día siguiente fusilamientos en respuesta a la actuación de las turbas contra los dragones y soldados del emperador. Poco después el rey había resignado su trono a Napoleón, y obligado a su hijo a ceder los derechos que por herencia le correspondían. No eran noticias alentadoras para volver a España, y Pedro se alegró de tener su familia a salvo allí.
Dos días más tarde, Pedro embarcó en La Habana para San Juan. Tuvieron muy mal tiempo, que a la noche siguiente en alta mar se transformó en una espantosa tormenta. Llegaron gracias a que el velero era muy noble y manejable. Había aprendido a temer el mar y se alegró de entrar en las protegidas y conocidas aguas de la bahía de San Juan, donde pescaba sus langostas Osborn cuando no estaba pintando. ¡Qué tipo más curioso!
Aquel verano estaba siendo muy caluroso. Era difícil conciliar el sueño y se acostaban tarde, después de intentar refrescarse un poco en las mecedoras del porche. Una excusa para hablar mucho y reconciliarse del todo, al punto que Bella volvió a quedarse embarazada. La profecía llevaba las de cumplirse en su integridad.
—¿No querías una niña? ¡Pues esta será niña, y le pondremos Francisca! No podría llamarse de otra manera.
Bella parecía contenta y satisfecha, convencida también de que sería niña. Poco a poco, tras la trágica desaparición de sus padres, la alegría había vuelto a ella. Pedro la mantenía al corriente de lo que estaba sucediendo en España, insistiendo que era una suerte estar bien lejos en aquellos días, para que no se le ocurriera marchar otra vez para tener a su hija en Barcelona, tal y como había hecho con Francisco.
—Bella, esto no ha hecho más que empezar. Ahora se meterán los ingleses por medio y habrá una cruenta guerra, tal y como nos dijeron tus tíos. No es tiempo de viajar allí, pero te prometo que iremos cuando el asunto se aclare.
El azúcar subió mucho de precio, y la esbelta chimenea del ingenio echaba humo constantemente. Unos meses más tarde los apuros económicos parecían disiparse, y Joseph Macías vino a verlo para traerle los pagarés convertibles en oro de la última cosecha y de las cantidades a cuenta de la siguiente. Todo el mundo quería garantizar sus pedidos y pagaban un porcentaje a cuenta.
Cenando en la hacienda, Macías se sinceró con él:
—Ahora sois un hombre importante en el negocio del azúcar. Yo de vos, vendería lo justo. Va a seguir subiendo. Tengo contactos a través de nuestro común amigo Jacobo Santángel, que se ha radicado en Barcelona, con una casa de banca propiedad de un tal Nathan Rothschild. Os diré algo: intuyo que Napoleón no ganará la última batalla, aunque es bien cierto que hasta ahora parece invencible. Pero amigo mío, Napoleón ha impuesto el sistema métrico, sin duda un avance, el racionalismo en las ciencias, en las letras, en las artes si queréis; aunque al final los que se llevarán el gato al agua serán los comerciantes con menos escrúpulos, es decir, los ingleses. Han tenido la visión de hacerse con el mar océano que España no tendría que haber perdido nunca, porque eso la llevará a la ruina; mientras los ingleses construyen barcos más grandes y mejor artillados, nosotros seguimos enzarzados en estúpidas riñas de familia: que si el Milanesado para este, que si Nápoles para aquel, que si Sicilia para el otro. Ahora Napoleón ha metido los dos pies en el charco que se llama España, y no saldrá indemne. Veremos al final, pero me temo que Inglaterra va a ganar la carrera.
Mientras Macías le hablaba de aquello, Pedro escanciaba el buen vino del Penedés que los tíos Salom habían traído. Le admiraba la visión que los israelitas tenían del mundo en su totalidad. Allí, sin más, estaba Bella, la madre de sus hijos: cristiana por circunstancias, en el fondo tan judía como aquel Joseph Macías o Jacobo Santángel, o como aquel banquero de Londres, Da Costa.
—Perdonad, Joseph, ¿cómo habéis dicho que se llama ese nuevo financiero de Londres?
—Sí, querido amigo, me refería a Rothschild. Por lo que me cuentan, pronto oiremos hablar de él y de sus hermanos, emplazados en distintas capitales de Europa. Hasta ahora, cuando se hablaba de finanzas todos miraban a París, pero ya os adelanto que dentro de poco todos lo haremos hacia Londres. Quiero decir, si tuvierais que apostar, yo os recomendaría esa ciudad.
—¿Me permitís una pregunta indiscreta? ¿Cómo puede ser que los de vuestra raza estéis siempre tan bien informados, querido amigo?
—No la considero indiscreta. El libro, Pedro Guarch, el libro. Sin querer atrasar, todos nosotros hemos aprendido a leer y escribir, a conocer el valor de las palabras, a interpretarlas en su justa medida. Las palabras forman poemas y hermosos cuentos; pero no lo olvidéis, también contratos. Y en un contrato, la posición de la coma puede querer decir una cosa o la contraria. Y los números igual. A fin de cuentas, todo lo que nos rodea son números. Reflexionad sobre ello. Vivimos entre números y el que sabe fijarse en ellos, al final tiene ventaja. ¿No os parece?
—Me admiráis, Joseph. Os pediría algo. Veréis. Ahora estoy comenzando a educar a mis hijos. Si conocéis a un israelita que quiera venir a enseñarles aritmética os lo agradecería. Aquí hacemos lo que podemos, aunque bien es cierto que Madame pone mucho de su parte. Los pequeños empiezan a hablar francés como el español, y mi esposa les enseña catalán, pues no quiere que el día de mañana los parientes los miren mal.
—No dudéis de ello. Me caéis muy bien y os deseo lo mejor. Intentaré serviros.
No cayó su petición en saco roto. A primeros de octubre el Isla de Cuba trajo a un hombre de aspecto discreto, de unos cincuenta y tantos, alto y delgado, de cabello cano y ojos grises, que venía con una carta de recomendación de Jacobo Santángel.
Señor Don Pedro Guarch Miralles
Hacienda San José. Caguas. San Juan de Puerto Rico En Barcelona, Reino de España, a 2 de septiembre de 1808 Muy apreciado amigo Pedro:
Por indicación expresa de nuestro común amigo Joseph Macías, he
encontrado al hombre que cumplirá con lo que pretendéis: Dom José Alemán.
Se va de España por las circunstancias, aunque nadie lo obliga. Es
hombre tranquilo y le disgusta la situación. Os aclaro que nunca ha tenido problemas con la Santa, ya que ha actuado como buen cristiano. Su esposa falleció hace unos meses y al no tener hijos, nada lo ata, y quiere cambiar de aires. Estaría de acuerdo en lo que según me contó Macías le propondríais.
Sé de él que siempre ha sido maestro. Un excelente profesor. No os
arrepentiréis.
Incondicionalmente vuestro,
Jacobo Santángel
Pedro asintió al leerla. Aquel hombre discreto le había caído bien nada más verlo.
—Así que vos sois Dom José Alemán. Sed bienvenido. Ya os pondría en antecedentes mi buen amigo Jacobo Santángel. Precisamos un buen preceptor para nuestros hijos, aún pequeños, pero preferimos hacerlo cuanto antes. ¿Queréis encargaros de su educación? No tendréis queja, he hecho levantar una casa cercana que podéis ocupar desde ahora mismo. En cuanto a la remuneración, os pagaré mensualmente la cantidad estipulada. El lugar os agradará y el clima es bueno. ¿Estáis de acuerdo?
El maestro asintió.
—Sí, en principio. ¿Mas no os parece don Pedro que deberíamos darnos un tiempo de reflexión? Lo digo por vos más que por mí, pero lo creo prudente. Darnos tres meses. Si al cabo de ese tiempo estamos de acuerdo, firmaremos el contrato. En otro caso, yo seguiré mi camino y no tendréis de lo que arrepentiros.
Pedro volvió a asentir. Le gustaba la prudencia de aquel hombre.
—Así lo haremos. Y ahora permitidme que os enseñe vuestra casa.
Pensando en otras necesidades, había hecho construir en el mismo camino que llevaba a la de Madame, cercana a ella, otra casa de similar porte. Al profesor le gustó, ya que reunía todo lo que podía necesitar, y apenas a diez minutos andando de la casa principal. Allí tendría independencia y tranquilidad cuando la necesitara, y para ir a dar las clases no tendría por delante más que un corto paseo.
Al verla, el profesor hizo un comentario:
—Este precioso lugar me recuerda el ambiente que describía Bernardin de
Saint-Pierre en su novela [40] Pablo y Virginia.
—La conozco. La leí en mi juventud en francés obligado por mi madre. Os diré que como en aquel libro, esta naturaleza que nos rodea es como si estuviera creada para la felicidad de los hombres. Lo podréis comprobar. Una vez me encontré en un trance en el que el mar había hecho naufragar un gran navío; pude entonces comprobar la fuerza de aquel mar, tal y como Saint-Pierre lo describió en su obra. En esos instantes las cosas se perciben de otra manera.
—¿Me permitís una pregunta? ¿Vos creéis que el hombre es bueno por naturaleza? Lo comento porque me habláis de educar a vuestros hijos y me gustaría saber lo que pensáis.
—Si os referís al libro de Rousseau, el [41] Emilio, os diré que en efecto ese libro me impresionó. Me parece un sabio pedagogo, y creo que algunas de sus propuestas son válidas.
Se había dado cuenta de que el profesor estaba examinando al hombre que lo quería contratar para educar a sus hijos. Quería evaluar su posición para saber qué pretendían de él. Pedro prefirió dejarle clara su postura.
—Profesor, por cierto, ¿os parece bien el título para referirme a vos? De acuerdo. Si no me equivoco, pertenecéis a la tribu de Israel. Os diré que mi esposa tiene también esa sangre, aunque no practica la religión mosaica puesto que en su familia eran conversos. Aunque dos tíos de ella, hermanos, han decidido regresar a la antigua ley. Por tanto mis hijos, según ella, podrían ser considerados judíos. En cuanto a mí, también llevo algo, parte de mi sangre al menos. Os lo quiero aclarar para que estéis tranquilo. Como debéis saber, aquí hay Inquisición, aunque por el momento no se mete en camisa de once varas. Más bien están por vigilar a los protestantes y demás, aunque poco porvenir tienen con esa Revolución de los franceses que se han puesto el mundo por montera. Así que no tenéis nada que temer. Lo que pretendo es que mis hijos aprendan lo necesario para poder salir adelante en la vida, y creo que vos sois la persona adecuada para enseñarles.
El profesor Alemán comenzó con Pelegrín, que acababa de cumplir los siete años. Dos días más tarde le comentó a Pedro que su primogénito parecía mucho mayor, que podría decirse que tenía al menos diez años. En cuanto a Pedrito, aun con cinco años, asimismo le pareció muy inteligente y dispuesto. Del pequeño Antonio se seguiría encargando por el momento la Madame, que había hecho buenas migas con el profesor. Bella estaba satisfecha con aquel hombre que tanto le recordaba a su padre, con un talante serio pero al tiempo con un agudo sentido del humor. Decidieron que tanto a Madame como al profesor los invitarían a comer o cenar de tanto en tanto, sin crearse vinculaciones que los obligaran. Creían que ellos también agradecerían esa libertad. La Madame actuaba a su criterio, pero si le rogaban que se quedara a cenar, no decía que no. Poco a poco se iba estableciendo algo importante en la hacienda. En ocasiones Pedro paseaba un rato junto al profesor y hablaban de cualquier cosa. Ambos estaban interesados en lo que Napoleón proponía para el futuro.
—Creo que ese hombre se ha visto superado por los propios acontecimientos. Poco tuvo que ver en la Revolución, más bien podríamos afirmar que surgió de ella. Sin la Bastilla y sin los jacobinos aquel personaje no habría existido. Toda la parafernalia que se creó alrededor del Terror y del gran cambio lo aupó hasta convertirlo en lo que es hoy, un emperador ensoberbecido en sus victorias, que no creerá nunca que el pueblo español pueda vencerlo. Y mirad, Napoleón está preparado para vencer a los austríacos y hasta a los alemanes, porque juegan con su misma baraja; pero cuando los españoles jueguen a otro juego desconocido para él, con sus «guerrilleros», se arrepentirá de haber entrado en la partida. Lo veremos pronto.
—Estoy de acuerdo con vuestro criterio, lo comparto. Soy español y me temo que vamos a tener una larga guerra hasta expulsar a los invasores. Los ingleses intentarán entretener a los franceses en España, bien lejos de su patria. ¡Y eso será como meter la mano en un avispero! Ahí vemos que Trafalgar está olvidado y que vamos a jugar a otra cosa. ¡Quién nos iba a decir a los amos del mundo que de pronto íbamos a perder hasta la camisa en esta apuesta!
Pedro se había dado cuenta de que el profesor era una enciclopedia viviente, pero al que faltaba cierto contacto con la vida real. Antes de un mes, decidieron que el profesor se quedaría allí al menos dos años. Después ya se vería.
Los tíos de Bella volvieron a pasar de vuelta de La Habana, quedándose algo más de una semana, mientras arribaba el Isla de Cuba. Parecían muy satisfechos del viaje y de la experiencia, de las fincas adquiridas, de los esclavos negros comprados a Carranza —según aquel de las mejores partidas de negros que habían llegado a la isla—, de los buenos ratos que Bernarda y Basilisa les hacían pasar; tanto, que se las llevaban a Barcelona como sirvientas, y que dijeran de ellos lo que quisieran, pero no querían privarse de aquel placer del que nunca habían disfrutado.
En cuanto a Proto y Rufo, los habían liberado ante notario: a Proto lo nombraron capataz de los otros esclavos adquiridos a posteriori, mientras que Rufo se iba con ellos a Barcelona. Todo ello bajo la administración de Buenaventura Miralles, su primo segundo, que al final, después de la carta que le había enviado, terminó viajando a La Habana para entrevistarse con ambos.
Así fraguaron una alianza por la que él entraba en una décima parte en lo de La Habana, y les cedía a ellos el veinte por ciento de la sociedad del ingenio, no de la hacienda, que eran escrituras distintas al haber segregado aquello. Era un buen trato para ambas partes, que así no pondrían todos los huevos en la misma cesta. Acordado el asunto fueron al único notario que había en la isla, en la calle mayor de San Juan, Oleguer Busquets —un catalán resabiado que se deshacía en reverencias—, y rubricaron una escritura de participaciones. Con aquella transmisión y lo que ya había vendido a los del Círculo, a Pedro le quedaba el cincuenta por ciento del ingenio de azúcar y el resto de la hacienda completo. Calculó que el diez por ciento de la plantación y fábrica de tabaco de La Habana equivalía al cincuenta por ciento del ingenio de azúcar. Lo uno por lo otro, al final se quedaba igual, más diversificado.
Bella, que estaba en todo, entregó a sus tíos unos patrones cortados por ella misma en papel seda para que se los hicieran llegar a Encarnación Oliver, la modista de su madre en Barcelona toda la vida, que seguiría trabajando, para que le confeccionara no menos de media docena de vestidos, mientras ella pudiera viajar más adelante. A finales de febrero salía de cuentas, para tener a Francisca. Al menos de eso no tenía la menor duda.
Quedaron en que a pesar de la situación se reconstruiría lo que se había quemado de la casa de Igualada, y que de ello se ocuparía el encargado Severiano Uclés, que era como de la familia; que se pintaría y redecoraría la mansión entera, para que cuando ellos fueran, cuando terciara, encontraran las cosas a su gusto y manera. También les encomendaron que hicieran ver por un maestro de obras la casa de la calle Ataulfo, que Esther Guarch le había legado, y que se hiciera lo preciso para ponerla al día; ya que aquella era, con diferencia, mejor casa que la de sus suegros, más amplia y señorial, sin desmerecer la de los Salom, ahora de Bella, que no se quedaba atrás. Jacobo le comentó en un aparte que no creía que lo de Napoleón fuera a arreglarse en menos de tres o cuatro años, y que en aquel interregno podrían suceder muchas cosas, pero que se haría todo puntualmente como su sobrina y él le indicaban.
Pasaron raudos los casi diez días entre continuas demostraciones de afecto, largas conversaciones nocturnas en las que filosofaban —lo que era muy propio de los Salom—, buenas comidas y reparadoras siestas, hasta que llegó el momento en que los hermanos debieron embarcar con rumbo a Barcelona. Pedro apreció que aquellos dos hombres actuaban ya con mucha más soltura que la primera vez, cuando llegaron como seminaristas al convento. Ya entendían las formas y maneras del trópico, como que «ahora» quería decir «dentro de un rato», y que «dentro de un rato» quería decir «mañana lo más pronto»; y sobre todo que la vida se apreciaba de otra manera, disfrutando del instante, sin calentarse mucho la cabeza con el día de mañana. En Europa, la verdadera y racional Europa, lo importante era el mañana; en los trópicos, el momento presente, y que fuera lo que Dios dispusiera. En el fondo, la parquedad de Lutero y Calvino contra la exuberancia caribeña.
Lo cierto es que ambos hermanos parecían muy satisfechos, conscientes de que habían hecho un gran negocio, e insistieron que por mucho que durara la situación en Europa, tampoco quedaría tanto para volver a lo de antes. «Lo más cuatro o cinco años», apostó Daniel, lo primero y lo último que le escuchó Pedro al discreto anciano mientras embarcaban en la chalupa que los conducía al navío.
Luego permaneció en el puerto viendo levar anclas al Isla de Cuba, para luego izar velas y a todo trapo embocar con decisión la mar abierta. Era una pena, pensó, que con tan hermosos navíos y tan buenos y experimentados navegantes, los ingleses hubieran tomado la delantera. Toda España seguía aún pensando cómo aquel Nelson había sido capaz de enviar al Santísima Trinidad, un navío indestructible, la mayor fortaleza flotante del mundo, y al San Juan Nepomuceno, que tampoco se quedaba atrás, al mismo fondo del Atlántico en Trafalgar. ¡Una verdadera pena! ¿Pero quién había dado la
estúpida orden de virar a estribor[42]?
Los meses pasaron con rapidez. Para febrero Bella dio a luz a Francisca, un parto largo que se complicó a pesar de que ayudó la comadrona de San Juan, que se las sabía todas. Al final todo salió bien, y nació la preciosa niña que tanto esperaban, mientras Bella seguía maravillándose de que la profecía al final fuera a cumplirse. No podía entenderlo, y era que no tenía explicación.
Mientras resultó que la Madame, que también era capaz de ver el futuro, el mismo día que llegó el profesor envió a su sirviente negro al poblado para que se buscara una negra hermosa. Pedro se admiró de la astucia femenina de aquella sagaz mujer, que prescindía de Rómulo, el joven esclavo negro que hasta aquel momento le proporcionaba lo que necesitaba cada noche, para adoptar otro rol bien distinto: el de una melancólica dama entregada a sus recuerdos, haciendo crochet mientras suspiraba sentada junto a la ventana. También observó cómo ella, a partir de aquel día, poco a poco, sin aparentarlo, iba arrimándose al recién llegado; un hombre que tampoco esperaba ya mucho de la vida, y que, mira por dónde, sin buscarla, encontró la mujer que le haría feliz para el resto de sus días.
Pensó que nada tenía él que objetar a aquel negocio, más bien lo contrario, ya que aquello vincularía al profesor más que cualquier contrato. Era aquel hombre educado y culto por demás, pero aun así tenía cosas que aprender, al tratarse de alguien que habría vivido su vida casado con una buena mujer, probablemente algo ingenua y pazguata, muy devota, con la que habría hecho el amor, ambos con los camisones puestos; para de pronto darse de bruces con aquella fogosa francesa de la Martinica, resabiada y astuta, con arte suficiente para atar corto a un hombre, y que una noche de luna llena se le metió en la cama como Dios la trajo al mundo para enseñarle idiomas. Desde aquel día el profesor daba la impresión de estar como flotando, sin saber bien dónde se estaba metiendo, pero sin querer salirse de la nueva situación. Un castellano viejo habría pensado que a aquella mujer la enviaba el mismo diablo para seducirlo, y habría huido persignándose, pero aquel israelita parecía estar abierto a lo que el mundo y la carne aún quisieran ofrecerle. Ella, que había
leído a Ovidio[43] en su juventud, le explicó pacientemente cómo y de qué manera conseguiría el amor de una mujer. El profesor se lo confesó a él con sinceridad unos días más tarde: «Mire, don Pedro, en verdad la soledad es muy mala».
Luego llegaron las malas nuevas y supieron lo de Severiano Uclés, al que se había encargado la reconstrucción de la casa de Igualada y la puesta en marcha de la finca, donde también había frutales, vides y tierras de labor. Aquel buen hombre informaba de cada paso que daba a Jacobo Salom, que a su vez escribía a su sobrina cada tres meses para ponerla al día. Severiano llevaba en la casa Salom desde que era un muchacho, y ahora, casi un viejo, quería hacer méritos para terminar sus días allí, esmerándose lo mejor que podía. Pero no contaba con el destino. En febrero de 1809 se encontró con que los franceses mandados por el general Chabran entraron en Igualada y quemaron la casa de Antoni Franch como represalia por la humillación militar
que sus somatenes les habían infligido en el Bruch[44]. Fue al retirarse cuando las tropas cruzaron campo a través por la finca de los Salom; y tan rabiosos estaban, que unos cuantos soldados que portaban antorchas incendiaron la casa —que en aquellos momentos se hallaba abierta y en obras—, ante la desesperación y la impotencia de Severiano, que intentó detener el fuego con poco éxito. Aquella vez la mansión ardió totalmente, hundiéndose hasta los tejados, y ni Severiano ni los albañiles que en ella trabajaban pudieron salvar siquiera los muebles, ni un solo cuadro, nada de lo que prudentemente habían trasladado al almacén colindante para evitar el polvo.
Aquella misma tarde Severiano bajó a Barcelona, enfermo al comprobar lo sucedido, para avisar a los hermanos Salom del desastre. Tan agobiado estaba, que en el mismo despacho sufrió un síncope mientras lo contaba, muriendo en el acto. Nada pudieron hacer por él, y el cuerpo fue llevado al depósito municipal para su entierro.
A pesar del riesgo, los hermanos Salom subieron a Igualada para comprobar in situ cómo había quedado todo. Cuando vieron las ruinas ennegrecidas, los cuatro muros que aún humeaban, que nada se había salvado del fuego, decidieron aconsejar a su sobrina no seguir invirtiendo en la finca mientras continuara la invasión francesa en España. Era absurdo arriesgar de nuevo un dineral sin garantías, y así se lo recomendaron a Bella en una carta que le enviaron días más tarde.
Pocos días después, el mismo Antoni Franch con un pequeño ejército que había formado con voluntarios de la región y somatenes, muchos de ellos de Igualada, atacó a los franceses, obligando al general Chabran a levantar el campo y causándole muchas bajas. Aquello no fue una particular represalia por lo que a él le habían hecho, pero significó una satisfacción para los Salom cuando lo supieron. Justicia divina. El que la hace, la paga. Eso al menos decía el Talmud.
Las desastrosas noticias que les llegaban demostraban a Bella que donde mejor estaban por el momento era en Puerto Rico. Toda España, sin librarse muchos otros países de Europa, no eran más que el tablero donde se jugaba la ambición de Bonaparte. En Cataluña particularmente, en todos sus pueblos y ciudades se sucedían las terribles noticias, un día sí y otro también. Los catalanes eran gente tranquila amante de la buena vida, pero cuando los sacaban de quicio resultaba difícil volver a calmarlos. Por otra parte, aun con muchos peros, ella se había habituado a aquella confortable vida en la que brillaba como una verdadera princesa. De tanto en tanto, con guerra y sin ella, entre tantos desastres y desgracias, con barcos ingleses merodeando o bien lejos, le seguían llegando las cajas enviadas por Encarnación Oliver, la modista de Barcelona, que a pesar de la distancia sabía que seguía teniendo en ella, aun al otro lado del mundo, una de sus mejores clientas. Las facturas se las pasaba el taller a los Salom, que las pagaban puntualmente sin objeción alguna, tal y como Bella les había indicado.
Encarnación conocía la talla de Bella sin necesidad de tenerla delante. Había cosido muchos vestidos para doña Elvira, a la que tanto se parecía su hija, y recordaba la talla mirando las notas que guardaba después de tantos años, cuando aquella dama tendría treinta y cinco, los mismos que Bella ahora. No le hacía falta más, solo buscar las sedas, las telas de Lyon, los organdís y las muselinas, los encajes que le encantarían, que a pesar de las guerras y las dificultades seguían llegando a Barcelona —pues el universo femenino no se alteraba por culpa de las ambiciones desmedidas del corso Napoleone—, y saber, como sabía muy bien, cuál era la moda en aquellos momentos en París, gracias a los contactos que la Madame que trabajaba para Bella Salom en Puerto Rico le había proporcionado. Se escribía allí con algunas modistas de renombre, como la que vestía a la española Cabarrús, considerada la reina de la moda y el savoir faire en París, lo que no era poco. Encarnación Oliver creía que los hombres debían hacer sus guerras, y ganar o perder sus batallas disfrazados de guerreros, montando sus caballerías, disparando sus cañones. En toda Cataluña estaban empeñados en una sangrienta guerra a muerte contra los franceses, en todas las ciudades, en cualquier lugar, todo ello parecía inevitable. Pero si en algún momento las mujeres tenían que estar más hermosas, era cuando aquellos soldados volvían de sus contiendas. El reposo del guerrero, al menos en Francia, requería la elegancia y el encanto de las damas que los aguardaban.
Fue también por entonces cuando la Madame, que tenía sus contactos, supo la primera en Puerto Rico que Napoleón se había divorciado de Joséphine, su antigua amiga de Martinica, y contraído matrimonio por razón de estado con la archiduquesa María Luisa, hija del emperador austríaco José II: una «tontorrona», a la que le gustaba jugar a las casitas, según la habían definido alguna vez. Napoleón, le aseguró a Bella, amaba la guerra y a la criolla de Martinica, pero había sacrificado el amor de su vida a la diplomacia. Fue Madame también la primera que intuyó que el general Bonaparte había perdido su amuleto de la suerte al desprenderse de la preciosa Joséphine, y que a partir de aquel momento le abandonaría la fortuna y se torcería su destino. Joséphine le había enviado a Clotilde, la amiga común, su particular salvoconducto: «Laissez entrer chez la Citoyenne. Bonaparte». Cuando aún era la ciudadana Beauharnais y vivía en la rue
Ghantereine 6, de París[45].
Por ello, cuando llegaba el Isla de Cuba —por entonces desde Cádiz, ya que Barcelona estaba tomada por los franceses—, lo hacía siempre sorteando el destino, librándose una vez más de los que hubieran querido echarle mano. Cierto que los ingleses jugaban a una falsa amistad con el pueblo español, privándose por el momento de perseguir los barcos que ondeaban aquella bandera, y que los franceses andaban ocupados en otros menesteres. La cuestión era que el navío volvió a hacer entrada con sus velas desplegadas en la bahía cuando apenas salía el sol. En cuanto escuchaba el lejano cañonazo de fogueo desde la fortaleza del puerto, Pedro bajaba presto a ver lo que aquella vez traía el barco para ellos; y casi siempre, entre otras mercancías, llegaban unos discretos cajones dirigidos a la Hacienda San José conteniendo las grandes cajas de cartón forrado con los modelos destinados a la dama, enviados desde Barcelona a Cádiz en diligencia, como si mismamente se trataran de valijas diplomáticas que no pudieran esperar.
Así, al menos cada mes, Bella estrenaba un precioso vestido, llevando cada domingo uno distinto a la vez anterior a la misa de doce en la catedral, a la que asistían los señores en su calesa o en el coche cerrado de dos caballos, dependiendo del tiempo, para del brazo de su marido recorrer las treinta varas —no habría más— hasta la escalinata, y luego todo el pasillo central hasta la primera fila reservada por el diácono para la familia Guarch. Y casi todas las damas, y las que solo eran mujeres, se mostraban envidiosas al ver que aquella dama parecía tener siempre todo lo que deseaba, como si le cayera del mismo cielo.
Y de nuevo, el negro Apolonio tenía que dibujarla con nerviosos trazos al carboncillo en los muros de cal de la parte de atrás del cementerio de la catedral, y allí volvían las mujeres a contemplar despacio cómo eran los preciosos vestidos de la dama con todo detalle, y no como los imaginaban, porque Apolonio no necesitaba más que una mera ojeada para poder interpretar hasta los mismos encajes. Una lástima que aquel antiguo esclavo no tuviera otro trabajo que barrer la iglesia y rascar de rodillas las gotas de cera de las losas, porque bien mirado, era un verdadero artista.
En marzo de 1810 Bella supo que aquella vez le tocaba a Carmen, que debería nacer a principios de noviembre. Luego, a medida que el embarazo fue avanzando, llegó un momento en que se sentía tan pesada que imaginó que aquella vez podrían llegar hasta dos juntas. Carmen y Dolores. Mirando atrás ya tenía cinco hijos, y pensó que con siete habría cumplido el vaticinio. Punto final.
Cabalgando por el camino que separaba las plantaciones de caña, Pedro no dejaba de pensar en que la última cosecha no había dado el rendimiento que esperaba. El ingenio requería de inversiones y resultaba más costoso de mantener de lo que en un principio había pensado; además, estaba la situación en Europa, donde había demanda, pero pocas garantías de cobro. Por otra parte las colonias españolas comenzaban a rebelarse frente a la madre patria, demandando la independencia. Los zalameros ingleses calentaban los ánimos por debajo, y sonreían en las mesas de la diplomacia. Aquella inestable situación no beneficiaba a nadie. Los industriales, los comerciantes, los profesionales, los obreros, lo que demandaban sobre todo era paz y tranquilidad. Y en España, concretamente en Cataluña, las cosas iban de mal en peor. Los franceses defendían cada uno de sus baluartes sabiendo que aquella región era fundamental para sus aspiraciones. Y además la situación de la monarquía, con aquel ambiguo príncipe, Fernando VII, «el deseado», que parecía haberse entregado a Napoleón en cuerpo y alma, al que aseguraba tener más consideración, y mucho más respeto, que a su propio padre biológico, el rey Carlos IV. Aunque los españoles no terminaban de creerlo, como si todo fuera un monumental engaño por parte del propio Napoleón, del que decían había raptado al heredero, y se inventaba todas aquellas historias de amor filial y demostraciones de afecto hacia un tirano que por sus ambiciones tenía sojuzgado al pueblo español y mantenía una sucia contienda que cada día le costaba la vida a muchos patriotas españoles.
Aunque Pedro sentía en su más profundo interior una gran admiración por Bonaparte y su voluntad de cambiar el mundo, no estaba de acuerdo con sus métodos, que tenían al país sumido en una larga y sangrienta contienda. A pesar de todo creía que su intuición no le había engañado: todo estaba resultando como una vez había soñado, su familia crecía sin sobresaltos en aquel pequeño paraíso que había sabido crear. Bella acababa de anunciarle que esperaba de nuevo: aquella vez llegaría María del Carmen, como la bautizarían, y podría ser que no llegase sola, en cuyo caso vendría acompañada de María de los Dolores, en familia, Carmencita y Lolita. ¿Qué se habría hecho de la bruja india que con aquel vaticinio le había marcado la vida? ¿Seguiría allí en su oscura gruta, adivinando el porvenir? Pensó que tendría que volver a Venezuela en cualquier momento, pues allí había dejado algunas propiedades, y le gustaría comprobar que seguían siendo suyas. Tendría que explicarle a Bella adónde iba y que no tardaría en volver. Su relación se había ido transformando con los años. Entre ellos ya no había amor y la pasión se había extinguido, aunque quedaran los rescoldos, a los que era preciso soplar de tanto en tanto; algo parecido a la amistad de dos personas que se necesitaban para seguir adelante en la vida. Pedro percibía la desconfianza que el asunto de Rebecca Walker había dejado en ella, una profunda cicatriz que permanecería para siempre, aunque le asegurara una y mil veces que le había perdonado de corazón. Solo entonces, cuando ya no tenía remedio —porque nunca se podía volver atrás—, había comprendido que el amor era tan frágil como el más fino cristal; y más para alguien como Bella, que nunca había sabido lo que era luchar por sobrevivir, siempre entre algodones y mimada por la vida. Bella no podría imaginar lo que él había sentido por Esther, la única vez en toda su vida que había sentido verdadero amor por una mujer. Alguien que se entregó a él sin esperar nada, sin pretender nada. Nunca podría olvidar la noche en que Esther se deslizó en su lecho. Aquello había sido para él una revelación, al comprender que en su interior podía seguir albergando sentimientos que nunca había imaginado. Pero el destino, que podía ser tan generoso, al propio tiempo podía ser terriblemente cruel. Quid pro quo.
En aquellos momentos veía las cosas de otra manera. Recordaba cómo habían sido aquellos años entre Caracas y La Guaira, cuando todo era distinto para él, unos días en que habría preferido morirse de hambre antes que recurrir a la caridad paterna. Por orgullo o falsa dignidad, le daba lo mismo, la cuestión fue que solo volvió a Valencia cuando la fortuna llamó a su puerta. En aquellos oscuros años había hecho muchas cosas de las que luego se había avergonzado, y cuando creía que su destino era convertirse en uno de aquellos sicarios sin conciencia que nada poseían ni en nada creían, de pronto todo había cambiado para él, como si el destino le hubiera querido otorgar una segunda oportunidad.
Pero a pesar de todo lo que poseía, de la estabilidad que parecía tener su vida, Pedro seguía teniendo la incómoda sensación de que todo podría caerse a pedazos en cualquier momento, como si solo hubiera sido un sueño, una pesadilla recurrente en la que no había realidad, donde todo lo que le rodeaba desaparecía cuando quería asirlo. No se había atrevido a contárselo ni siquiera a Bella, temiendo que ella lo malinterpretara; o más bien que se diera cuenta de que no era en realidad el baluarte que pretendía ser, sino en el fondo un ser frágil que pretendía engañar a todos con una falsa imagen de fortaleza.
Meses más tarde recogieron la mejor cosecha de las que llevaban hasta entonces. También el embarazo de Bella seguía adelante. Todo iba bien menos las terribles noticias de España. Allí la guerra parecía haber sacado los peores sentimientos de los contendientes, llegándose en ocasiones a extremos inhumanos. Jacobo Salom les contaba una versión en la que los franceses eran los enemigos de España; pero él recibía otra del otro Jacobo, Santángel, que desde hacía un tiempo residía en Barcelona, donde no era así, sino una lucha entre los que pretendían difundir otros valores mucho más racionales y modernos y los que no querían ningún cambio. El progreso contra la reacción. Santángel justificaba el cambio de su mudanza desde Cádiz a Barcelona como algo natural. Alegaba que aquella ciudad andaluza se le había quedado pequeña, que para el trabajo que últimamente estaba desarrollando necesitaba una gran ciudad muy bien conectada con el resto de Europa. Él podía entenderlo, y más conociendo la ambición de Santángel. Aquel hombre no pertenecía a ningún lugar y al tiempo a todos. Como otros judíos, era un hombre sin país y sin fronteras que necesitaba el mundo entero para moverse. Viéndolo desde el otro lado del Atlántico, Pedro percibía que lo antiguo iría quedando atrás con rapidez; como la Inquisición, una anacrónica institución que ya no tenía sentido, y menos ante lo que significaba la Revolución que el pueblo francés había puesto en marcha y que para él no tenía vuelta atrás.
Pronto tuvo que viajar de nuevo a La Habana por el negocio del tabaco. Aquel asunto resultaba ser bastante más lucrativo que el azúcar. Pensó que tal vez se tendría que haber metido más a fondo en ello: al comparar los números, sobre el papel el tabaco proporcionaba más del doble de beneficio por cosecha para igual superficie, con la misma inversión. Era como estar perdiendo el tiempo con el azúcar, aunque esta no dejaba de ser rentable. Y también el café parecía más rentable, y probablemente las especias. En La Habana, Carranza supo que él andaba por allí y fue a visitarlo inesperadamente. No era aquel hombre de su agrado, pero no pudo evitar atenderlo.
Carranza lo observaba con cierto retintín.
—Don Pedro, ¿qué os pasó aquella tarde en vuestro anterior viaje cuando os marchasteis sin despediros? Llegué a pensar si no os habría ofendido, cuando mi único interés era halagaros.
—No, Carranza; veréis, tengo ya bastante con lo que tengo en casa. Y si os soy sincero no me gustan las mujeres tan jóvenes. ¡Me ofrecisteis apenas niñas!
—Lo que os decía. Solo pretendía proporcionaros un buen rato. Vos sabréis. Yo prefiero comer el primero en mi plato.
Pedro pensaba con cierta repugnancia que Carranza podría ser un buen tratante de esclavos, pero que no le agradaba como persona.
—Bueno, ¿y qué os trae por aquí? Ahora estoy servido, por el momento no necesito más esclavos.
Carranza asintió con la cabeza.
—No recordáis entonces que vuestros parientes, los señores Salom, me encargaron que les buscara cuatro docenas de mujeres jóvenes para criar, para la plantación de Camagüey. Las tengo a buen precio. Pero si no las queréis, las venderé al mejor postor. No perderé con ello.
Recordaba algo, pero desconocía que se le hubiera hecho un encargo tan en firme a aquel hombre.
—Bueno, si es así, decidme el precio para prepararos el dinero. Necesitaré tres días, ya que me habéis cogido casi por sorpresa. En todo caso, me gustaría ver la mercancía. No tengo la menor duda de vos, pero si no os importa, ya que en esa sociedad solo tengo una parte.
—No hay inconveniente. Si me acompañáis os las mostraré. Como siempre primera calidad, ya conocéis cómo trabajo. Solo lo mejor para mis clientes.
Pedro acompañó a Carranza a sus almacenes. Tenía varios capataces vigilándolos. Entraron en una lonja de piedra. En su interior vio centenares de negros sueltos, solo encadenados de dos en dos por los pies. Olía a sudor intensamente. Los negros ni siquiera levantaron la cabeza cuando entraron.
—¿Pero cuántos tenéis aquí, Carranza?
—Aquí, según los libros, hay cuatrocientos diecisiete exactamente, aunque creo que hay media docena que no van a aguantar. Los tengo allí al fondo, en un almacén aparte. Uno de ellos se tiró de cabeza contra el muro. Están recién llegados de Costa de Marfil, según me explicó el que me los vendió: muchos no se han hecho a esta realidad en la que han pasado de correr libremente por sus selvas y sabanas a estar encadenados para el resto de sus vidas. Hay alguno que solo lo entiende a latigazos. No hay más remedio que tenerlos de dos en dos, es lo más seguro. Así no pueden correr. Los que parecen más rebeldes los encadenamos a los muros. Así aprenden quién es el amo. Algunos llegan creyendo equivocadamente que siguen siendo libres, y hay que domarlos antes de ponerlos a la venta. Ya estoy escarmentado. Allí al fondo, en la nave de al lado, están las mujeres, pues es mejor tenerlas aparte, que algunos de estos se sublevan cuando escuchan sus gimoteos. Creen que esto es como un sueño y que van a despertar de nuevo en su selva. ¡Infelices! Estos van a ir a cultivar tabaco y algodón el resto de su vida trabajando dieciséis horas diarias. Pero venid, don Pedro, le mostraré algo interesante.
Carranza lo llevó donde había un numeroso grupo de niños y muchachos, entre ocho y doce años.
—Este grupo vale su peso en oro. A estos se les puede educar como uno quiera. ¿No los queréis?
Pedro dudó un momento. La verdad, en aquello Carranza tenía razón.
—Pues sí. Estos me los llevaría, pero a un precio razonable. ¿A cómo me los dejaríais si me los llevara todos? Y a todo esto, ¿cuántos hay?
—Aquí hay setenta y dos. ¡Esperad, tengo un listado! Aquí está. Veinte de doce o trece años, veinticuatro de diez a doce, y veintiocho entre ocho y diez años. La edad la suponemos por los dientes y nuestra experiencia. Están bien de salud, excepto dos, que esos no os los cobro y si salieran adelante mejor para vos. En cuanto al precio, os los pongo en el puerto a sesenta escudos cada uno. En total cuatro mil trescientos veinte escudos. ¡Una ganga! Aquí en la misma Habana hay un hombre que los quiere. Pero no me gusta tratar con él, pues es demasiado duro con los esclavos y se le mueren de las palizas, y más estos tan jóvenes. ¡Luego me reclama diciendo que se los vendí en malas condiciones! ¡Es un animal! A él prefiero no venderle nada. ¡Quedáoslos vos, don Pedro! ¡En poco tiempo tendréis una partida de primera clase! ¡Fijaos en cualquiera! Este, por ejemplo. ¡Estate quieto, joder! ¡Abre la boca, coño! ¡Mirad qué dientes! ¡Uno de ellos quiso morderme el otro día y tuve que arreglarle las costillas! ¡Fijaos qué cuerpos, y eso que son niños! Ahora son muy jóvenes, pero ya se les adivina la musculatura. ¡Y no os digo nada si los alimentáis como se merecen, veréis lo que dan luego! ¿Qué? ¿Os los quedáis? ¡Por ser vos, cuatro mil todos!
Pedro asintió. Aquella vez no había ido a por esclavos, y había decidido no comprarle nada más a aquel individuo. Pero al ver aquella partida había cambiado de opinión. Y era cierto lo que Carranza decía, cuanto más jóvenes, mejor y más rápidamente asimilaban las enseñanzas. Algunos de aquellos eran demasiado jóvenes, pero eso no era malo. Le regalaría tres a Bella de los más jóvenes como pajes. Ya tenía los nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar, recordando a los que había heredado de Esther, Gasparín y Baltasarín. No quería que les sucediera como a Rufo, uno de los que había regalado a los hermanos Salom. Al llegar a Barcelona en el viaje de vuelta, se habían oído tiros cerca del puerto, lo cual era bastante frecuente en aquellos días por la ocupación francesa de la ciudad. En aquel momento, Rufo, aterrorizado, recordando tal vez cómo habían llegado los árabes a su poblado, dejó caer el baúl que cargaba y salió corriendo como alma que lleva el diablo por el puerto, atropellando al que se le ponía por delante, sin atender a las voces de sus amos. Al final, la guardia francesa que vigilaba el puerto lo abatió a tiros. Nadie sabía lo que habría podido pasar por la cabeza de aquel esclavo. Jacobo se lo contó en una carta, con sentimientos encontrados, ya que se habían acostumbrado a él.
Luego vieron a las negras. Tres de ellas habían parido en el barco y, sin embargo, los pequeños habían sobrevivido. Carranza le contaba que aquello había sido un milagro. La más joven tendría diez años, la mayor alrededor de treinta.
—A todos estos los cogieron en un lugar llamado Bocanda, en la Costa de Marfil, a la orilla de un río. ¡Fijaos qué ejemplares! ¡Estas negras valen su peso en oro! ¡Lleváoslas también, que no os arrepentiréis! ¡Son buenas madres! ¡Poned que cada una pueda llegar a parir diez veces!
Pedro movió la cabeza negando.
—¡Carranza! ¡Sois inasequible al desaliento! ¿Es que no acabo de compraros setenta negritos? ¡No necesito nada más!
Carranza asintió en silencio. No quería que aquel hombre se arrepintiera de su compra.
—Mañana vendré con el dinero; lo más tarde, pasado. No había contado con esta compra y no llevo encima suficiente; además esta mañana tengo cosas que hacer, y por la tarde he de ir a la hacienda. Quedamos mejor pasado mañana. ¡Ah! ¡Buscad al que me llevó la última vez a San Juan! Aquella polacra era muy marinera, y creo que estos cabrán en la bodega sin problemas. Tendréis que aprovisionarme de lo que se necesite para su alimentación, y eso me lo contáis aparte. ¿De acuerdo?
Carranza volvió a asentir.
—De acuerdo. Así se hará. Habéis hecho la mejor compra de vuestra vida. No os arrepentiréis.
Al día siguiente fue a la plantación de tabaco. Prometía una cosecha espléndida con aquellas grandes hojas verdes sin la menor tacha. Caminó entre las plantas. No se consideraba un experto, pero aquel tabaco era sin duda mucho mejor que el que tenía en la hacienda. Pensó que sería la calidad del suelo. En la hacienda de Puerto Rico una parte del suelo era, según uno de los capataces, más interesado. Como si escatimara sus frutos. Pedro no se arrepentía de haber entrado en aquella sociedad. Vio las cuentas con Oriol Pagés, el administrador, que lo aguardaba.
—Don Pedro, como podéis comprobar todo cuadra al céntimo. La cosecha promete ser excelente, el tabaco de primera calidad. Pero me harían falta cuatro docenas de esclavos si tengo que seguir roturando y preparando más terreno, y no quiero distraer a los que tengo en labores diferentes a las que desempeñan. Atended: a cien escudos serían cuatro mil ochocientos escudos, añadid la compra de cuatro bueyes, y construir otro secadero, poned en total diez mil escudos sobre el presupuesto que tenía, con eso sería suficiente. Si estáis de acuerdo, os agradecería que dierais orden al señor Macías para que se ingresen en la cuenta de la sociedad. Yo entregaré factura de las compras puntualmente, y os enviaré acuse por carta. No os he dicho que huyeron tres esclavos. Fueron capturados días más tarde, uno de ellos murió durante la persecución. Lo mataron los perros a dentelladas; y cuando llegamos, el otro estaba tan malherido que fue preferible dejarlo morir. Una pena tirar así el dinero. El tercero sufrió el castigo de dos docenas de latigazos, aunque os confesaré que no me gusta tener que recurrir a ello. Los deja inútiles por una temporada. Tendríamos que pensar en hacer otro tipo de escarmiento. Advertí al de los perros que eso no podía volver a suceder. ¡Un esclavo vale un dineral! Me dijo que la próxima vez solo emplearía perros de rastro y no dogos, que son verdaderas fieras y los lastiman.
—Bien hecho, pero os haré una advertencia. Si los dogos matan a alguno más, os lo descontaré del sueldo. Eso a los socios de Barcelona no les gustaría saberlo. Allí las cosas se ven de otra manera. ¿Y qué se os ocurre para corregir estos comportamientos? Algo habréis pensado.
—Si están emparejados, vender a la mujer del que huya. Si tienen hijos, vender los vástagos, eso les haría recapacitar; pero golpearlos es inútil, es como si no les dolieran los latigazos, y luego quedan inútiles por un tiempo aunque hay que seguir alimentándolos.
—No sé qué deciros. No creo que la solución que proponéis sea adecuada, a ver si va a ser peor el remedio que la enfermedad. Separar a los hijos de los padres no beneficiaría a nadie. Dejadme pensarlo. Os contestaré por carta. Pero os diré una cosa, en la hacienda que yo poseo en Puerto Rico, hasta ahora no ha muerto ni un esclavo por golpes ni maltratos. Procurad que no vuelva a ocurrir.
Aquella tarde volvió a La Habana en la calesa. Había llovido pero el cielo seguía amenazando, y las rodadas marcadas en el camino de tierra rojiza estaban llenas de agua que salpicaba con fuerza cuando las ruedas se introducían en ellas. Aún se escuchaban fuertes truenos en la lejanía, y de tanto en tanto el cielo se iluminaba con relámpagos. De pronto una enorme serpiente cruzó el camino delante de él, introduciéndose en la plantación de caña y desapareciendo. Fue solo un instante, pero el caballo, asustado, se alzó de manos relinchando. Nunca había visto una de tamaño semejante en Puerto Rico. Aquello le recordó que se encontraba en un territorio apenas colonizado, que la vida salvaje seguía estando allí mismo, apenas a unos pasos de distancia, con los grandes caimanes en los pantanos, los feroces tiburones en las mismas playas, los hombres pendencieros, alcoholizados, embrutecidos, que tiraban de cuchillo por cualquier motivo. Todos los días alguien mordía el polvo por última vez, con el corazón partido de una cuchillada. La violencia seguía existiendo en lugares como La Habana, donde solo las grandes casas que los españoles construían en el Malecón y alrededores daban la apariencia de una cierta civilización, de una cultura, como si fueran el telón de la gran obra de colonización que se representaba cada día; mientras se escuchaban las primeras voces que mantenían que había que independizarse de aquel lejano y caduco país por mucha madre patria que fuera, que no aportaba nada pero bien que se llevaba todos los beneficios: el tabaco, el algodón, el azúcar, las especias, en otros lugares el oro y la plata, o los impuestos recaudados por hombres siniestros vestidos de negro, a los que solo les interesaba esquilmar al que se pusiera por delante en nombre de los sagrados intereses del rey de España. Todo parecía poco a aquel viejo y remoto país que era como un animal con inmensas tragaderas que no devolvía nada, salvo aquella violencia soterrada, aquellas leyes cada vez más restrictivas, unos cuantos curas de pueblo con sotanas polvorientas, o los clérigos y familiares de la Santa, que llegaban sin saber bien lo que en realidad les aguardaba. También las prostitutas que ya habían hecho en la vida todo lo que podían hacer y que emprendían el viaje a las Indias como si quisieran hacer borrón y cuenta nueva; muchas de ellas terminaban juntándose con hombres que tampoco tenían nada que perder, malviviendo en frágiles y destartaladas cabañas en las playas, cubriéndose con cuatro trapos viejos que les recordaban mejores tiempos, subsistiendo al día con lo que sacaban del mar océano, y poco más; para encontrar que, a pesar de todo, aquellos últimos años que vivían sin otra ambición más que amanecer otro día, resultaban ser, sorprendentemente, los únicos felices de sus vidas. También llegaban gentes de fortuna, como él mismo, como los Salom, como los Pagés, como tantos otros catalanes, valencianos o vascos, blancos para los que un negro no era nada; o como los Carranza, que como estaba comprobando suministraban carne tierna sin el menor escrúpulo a los viciosos que podían pagarla. De pronto, Pedro comprendió que aquella gran serpiente en el camino le había evocado el paraíso que alguna vez había sido aquel lugar, que entre unos y otros estaban transformando día a día en algo bien diferente.
Recordó entonces que el doctor Rapallo le había hablado alguna vez de un tal Blake, del extraño infierno que aquel inglés había imaginado y dibujado. Aquello le había hecho reflexionar y pensó que le gustaría ir a Londres y conocerlo, poder explicarle que él también había entrevisto a la serpiente de aquel paraíso llamado Nuevo Mundo que se estaba perdiendo con gran rapidez. Decirle que de tanto en tanto él también percibía la visión del averno, la ominosa sensación de que allí tenía un lugar reservado, aunque quisiera creer que no lo merecía.