El indiano
XXIX - «La cosa más vil que haya visto bajo el Sol»
XXIX - «La cosa más vil que haya visto bajo el Sol» [104]
(Finales de 1826)
Tras el juramento que había hecho a Bella en su lecho de muerte, Pedro había decidido por fin liberar a los esclavos. No solo por aquella promesa, era algo que venía rumiando desde tiempo atrás, tal vez cuando Casimiro le salvó la vida fue cuando comenzó a ser consciente de ello. También quería vender la hacienda, aunque fuera como reconocer que no había sido capaz de culminar su sueño. Era duro aceptar ante los demás que las circunstancias le hubieran vencido, pero sabía que en su interior se libraría de un enorme peso que estaba aplastando su conciencia. En cuanto a Concetta, compartía su criterio sin dudarlo, no solo por humanidad, que también, sino sobre todo porque aquello significaría que volverían definitivamente a España, y por tanto también a Génova, que era lo que ella más anhelaba, aunque no lo manifestara más que con algún suspiro perdido, o que de tanto en tanto hablara de su palazzo encantado con profunda nostalgia.
Volvieron los dos a Puerto Rico. Pedro había hecho aquel trayecto al menos cinco veces que recordara, ella solo una anteriormente; sin embargo, por alguna razón, en aquella ocasión el océano le pareció inmenso y sufrió pálpitos al no ver tierra por ninguna parte. Tuvo que refugiarse en el pequeño camarote. Ya no se hacían barcos como el Isla de Cuba. Pensaba que necesitaba llegar a Puerto Rico, pero que después no sería capaz de volver a embarcar de nuevo. ¡Qué extraña cosa era la mente!
Había llegado a un principio de acuerdo con los otros socios de los Salom, interesados en lo del azúcar al saber que aquel era uno de los mejores ingenios de las islas, aunque existía un serio problema en el precio de venta: bajaba mucho sin los esclavos. Pero había empeñado su palabra en liberarlos a todos sin excepción, y ahora no iba a echarse atrás. Además de ello, les cedería el terreno del poblado, y los huertos y prados donde cultivaban sus hortalizas y pastaban sus mulos y hasta algún caballo.
Cuando alguno le preguntó que por qué iba a hacer algo así, pensaba que todo había comenzado cuando estuvo en Londres y fue a las afueras a visitar a William Blake con aquel banquero judío, Da Costa. Recordaba a Blake cuando murmuró mirándole a los ojos que estaba de acuerdo con John Wesley. Le dijo que también para él la esclavitud era la cosa más vil que había bajo el sol. Aquella frase le había hecho mella. Pedro no quería ser el hombre más vil, aunque comenzaba a creer que podría llegar a serlo si no lo remediaba de alguna manera. Cuando se fuera al otro mundo querría subir la escalera, y aunque no sabía bien donde lo llevaría, prefería ir hacia arriba que hacia abajo.
De nuevo Casimiro estaba allí para recibirlos en el muelle y llevarlos a la Hacienda San José. Una mañana espléndida, una leve brisa, con Concetta a su lado satisfecha de haber vuelto. Ella conocía los pasos que estaba dando para vender la propiedad, y cuando él le pregunto que qué le parecía, le contestó gentilmente que lo que él hiciera estaría bien. No quería influirle en lo más mínimo. Entonces le explicó sus planes. A través de un contacto del doctor Rapallo le habían hablado de lo que estaba llevando adelante la Sociedad Americana de Colonización. También propuso a Casimiro que reflexionara si les merecería la pena volver a África. Casimiro replicó que lo pensarían y que ya le dirían algo. Aunque Pedro se dio cuenta de que no parecía entusiasmarse por aquella propuesta, decidió que él quería comprobarlo.
Unos días más tarde apareció el hombre que pretendía adquirir la hacienda. La condición para la venta era que aunque él liberara los esclavos, deberían permanecer como mínimo dos años trabajando en ella, eso sí, a sueldo. Se trataba de un español de México que tenía la intención de cambiar de aires, que le dijo claramente que él no creía en la abolición de la esclavitud. Puestos de acuerdo en el precio, aún existía un problema y no pequeño, pues el mexicano pretendía pagarle la mayor parte en doblones de oro, y solo la cuarta parte del precio total en pagarés avalados que él podría canjear en Barcelona, más setenta y cinco mil doblones en pequeños baúles con un peso de una arroba cada uno que él tendría que llevar hasta España. Todo ello lo supervisaría Joseph Macías, que estaba asesorándolo. Era un asunto arriesgado, pero Pedro no quería demorar más la venta y aceptó. El comprador le dijo que volvería tres meses más tarde, en julio, con el oro y los pagarés.
Alertado por los grandes propietarios, el gobernador lo citó en su despacho para que le explicara aquello de sus intenciones de liberar a los negros. Algunos de los miembros del Círculo le habían manifestado su profundo disgusto por lo que estaba pasando. ¿Qué era aquello de liberar a los esclavos y además cederles parte de las tierras? El gobernador mostró su disconformidad diciéndole que aquello podría inducir al resto de los esclavos de la isla a la rebelión. Pero Pedro sabía que en ninguna parte estaba escrito que no pudiera hacerlo, y contestó al gobernador con toda calma, diciéndole que se había convencido de que la esclavitud era algo a extinguir, y que de hecho los ingleses y los americanos ya la habían abolido. El gobernador le contestó molesto que lo que estaba haciendo no era leal para con los otros. Él simplemente se encogió de hombros.
La noche que cerró el trato y firmó el preacuerdo de venta en aquellas condiciones tuvo la sensación de haberse quitado un gran peso de encima, y al tiempo también la de haber dejado buena parte de su vida en aquella hacienda. Fue un verano caluroso, con muchas tormentas por las tardes. La cosecha fue una de las peores que recordaba a pesar del esfuerzo de la gente. Se daba cuenta de que tampoco él era el mismo de años atrás. Concetta sufría frecuentes pesadillas que la hacían despertarse gritando por la noche, y Pedro comprendió que solo se le pasarían cuando volvieran a Barcelona.
Un día Concetta y él fueron en la calesa, seguida de todos los esclavos a pie en una larga excursión, al juzgado de San Juan. Al principio la gente no sabía de qué se trataba, luego cuando se corrió la voz de lo que pretendía hacer, algunos mostraron su enfado apostrofándole, otros lanzaron piedras contra al edificio. Sus negros tenían orden de no contestar a los provocadores. A medida que iban entrando se levantaba acta de cada uno, que era liberado firmando con su nombre. Que supieran escribir extrañó a los oficiales del juzgado, y era que gracias a aquel buen Elías primero, y más tarde al profesor Alemán, se había enseñado a leer y escribir a la mayoría. El que no era capaz decía su nombre y firmaba con una cruz donde le señalaba el oficial. Luego el juez rubricaba cada una de las actas de liberación. Al final se liberaron ciento ochenta y ocho hombres, ciento noventa mujeres, y setenta y tres niños, en total cuatrocientas cincuenta y un almas. Más tarde, allí mismo, en presencia del notario, se firmaron las escrituras de cesión de los terrenos que se les entregarían, y que fueron segregados de las fincas que componían la hacienda por los que se designaron los apoderados de la comunidad establecida para firmar los documentos. Todo se había preparado a través del buen hacer de Joseph Macías, para evitar errores y problemas de última hora.
Era casi de noche cuando retornaron a la hacienda en una larga procesión silenciosa de hombres y mujeres ya libres, rumiando qué es lo que sería de ellos ahora que podían decidir su destino. Pedro comentó con Concetta que algunos parecían no terminar de creerse que habían dejado de ser esclavos. Muchos habían nacido allí y no conocían otra condición. Al día siguiente se hizo una fiesta al atardecer, y se asaron varios cabritos y aves en la plaza del poblado, en la que quisieron agradecerle a su manera lo que había hecho por ellos. Le había explicado con claridad a Casimiro las condiciones en las que estaba llevando adelante el trato por la hacienda, y todos estaban conformes en seguir en ella, haciendo lo que sabían. Solo dos dijeron que ya que eran libres se marchaban a buscarse la vida. Aunque podía hacerlo por el pacto al que habían llegado, Pedro no se opuso a ello y abandonaron aquella misma tarde la hacienda.
En cuanto a la casa decidieron dejar la mayoría de los muebles. Solo se llevarían algunos adquiridos a Dufresne, traídos de Francia, una docena de cuadros de cierto mérito y unas cuantas cajas de libros, que muchos de ellos los había traído él de su casa en Valencia, y en algunos aún se podía encontrar el exlibris «COSME LIBRERO»; y otros pocos habían pertenecido a David Salom, porque la mayoría de ellos se los llevó Bella en su partida. También embalaron unos bronces antiguos italianos, procedentes de cuando se quitó la casa de los Guarch en Valencia. La mayoría de las cosas era absurdo llevárselas, y formaban parte del acuerdo con el comprador. Que las disfrutara con salud.
Tres meses más tarde, tal y como habían quedado, llegó el mexicano en un barco fletado por él, un velero de tres mástiles que amarró en el pequeño puerto que ya se había construido en San Juan, con calado suficiente. Allí se descargaron las cajas que contenían los baúles. Con intención eran de distintos tamaños y bastante más grandes de lo que contenían en realidad, para disimular el peso del oro que cada una de ellas contenía. Supuestamente ninguno de los que iba con él sabía lo que llevaban encima. El caballero les había dicho que se trataba de piezas de maquinaria para el ingenio.
Allí Pedro se dio cuenta de lo complicado que podría resultar llevar aquel oro hasta Barcelona si se corría la voz de todo ello. Sería preferible seguir con la misma historia. Pero naturalmente él tenía que contrastar lo que contenían, y que efectivamente se trataba de oro antes de firmar la escritura de venta. De modo que se desembarcaron las cajas, se cargaron en dos carretas de bueyes, y a su paso cansino se llevaron a la casa. Allí ya se encontraba preparado Joseph Macías con otro ayudante. Ambos se encerraron con las cajas en el despacho, y en presencia del mexicano y de él fueron abriéndolas y comprobando una a una lo que contenían. Naturalmente comprobaron las piezas con piedra de toque, incluso algunas al azar se cortaron por la mitad. Nadie se podía ofender por ello, tenían que hacerlo antes de firmar las escrituras al día siguiente. Resultó que todo estaba bien.
Bajaron al notario a firmar oficialmente, aunque el contrato se rubricó en la casa para poder dejar el oro allí al cuidado de Casimiro y un grupo escogido, sin decirles de lo que se trataba, solo que cuidaran que nadie entrara o saliera. En la notaría de Oleguer Busquets, en San Juan, se firmaron por fin las escrituras. Cuando Pedro levantó la pluma de ganso del papel comprendió que la hacienda había dejado de ser suya. Allí ya no le quedaba nada más que los recuerdos.
Tenía, según el pacto con el mexicano, una semana para dejar la casa. Cuatro días antes ya estaban embarcando en el puerto. El oro en sus baúles, dentro de los mismos cajones, formando parte de la gran mudanza general, para no levantar la liebre. Concetta y él bajaron al puerto en la calesa. Los negros los acompañaron para despedirlos en larga comitiva, aquella vez cantando, queriendo demostrar a todos lo que sentían por aquel hombre. Antes de subir a la chalupa que los llevaría al barco saludaron a todos y cada uno de ellos, que en interminable fila querían despedirse personalmente. Los hombres inclinaban la cabeza delante de doña Concetta, y a él le estrechaban la mano porque se la tendía a cada uno de ellos, que si no, no se hubieran atrevido. Las mujeres inclinaban la cabeza ante los dos. Cada uno de los niños entregaba una miramelinda a la señora, que iba formando un gran ramo con todas ellas. Después descendieron al bote para que los llevara al Habana II.
Los que allí estuvieron comentaban que aquel tiempo era extraño. Una absoluta calma chicha, nunca se había visto que no se moviera una hoja en el mismo malecón. El navío tuvo que aguardar un par de horas a que llegara la brisa y lo empujara lentamente fuera de la bahía. Ya afuera, apareció el viento, como si hubiera querido prolongar su estancia.
Concetta, emocionada, se mantuvo junto a él en cubierta hasta que la isla quedó atrás. Solo entonces dejó caer al agua el ramo de miramelindas que no podían meter en el camarote, ya que los hubiera sofocado. Fue en aquel momento cuando el viento comenzó a rolar y ponerse del noreste, algo raro cuando allí predominaban los alisios. Al anochecer arreció, y el sonido pasó a transformarse en algo parecido a una aullante manada de lobos que persiguiera al barco. Al amanecer empeoró y roló a norte arreciando. Para entonces era evidente que aquello no tenía buena pinta, que podría ocurrir algo; arriaron todo el velamen salvo la mesana, las olas montañosas impedían hacer ninguna maniobra y solo podían dejarse llevar, que de través hubieran volcado irremisiblemente.
Pedro no se asustaba con facilidad, pero se vio muerto, y sobre todo lo sentía por Concetta, a la que imponía mucho el océano. Aquella jornada fue en vilo, hasta que rompieron el palo de mesana, y ya entonces no había forma de mantener el barco con la proa enfrentada al montañoso oleaje. No era posible salir a cubierta, pero él salió aferrándose a lo que podía. Lo que vio alrededor lo aterró. Unas olas más altas que los mástiles, de pronto unos abismos que parecían abrirse dispuestos a tragarse al navío, espumarajos que traía el vendaval como si surgieran de las fauces de un enorme monstruo marino. Supo que no había nada que hacer más que confiar en la providencia. Fue cerca de medianoche cuando abrazados en el camarote escucharon un tremendo ruido, un fragor que parecía avanzar contra ellos. El barco había chocado contra unos rompientes, y de pronto todo se desmoronó a su alrededor, al tumbarse el casco que se iba astillando por el lado de babor, el opuesto a donde se encontraba su camarote. Un tremendo caos, y el agua lo invadió todo en un instante. Él perdió a Concetta al separarlos la fuerza brutal del choque. Un segundo más tarde estaba en el agua, golpeado por todas partes, intentando salir a la superficie, sin saber bien si aquellas olas lo arrastraban al fondo o lo subían arriba. Un instante en el que se vio muerto. ¿Aquel era el final después de todo?
Haciendo un enorme esfuerzo pudo asirse a un madero que por poco lo aplastó al pasar junto a él con enorme fuerza. En la penumbra, que aquello sucedía con una enorme luna como única referencia, en medio de una extraña y fantasmagórica fosforescencia que surgía de la misma espuma, una última ola lo lanzó a la arena de lo que tenía que ser una playa. Como pudo se incorporó, intentando correr hacia las sombras recortadas de unas palmeras. Solo allí, respirando con fuerza, Pedro pensó que otra vez más se había librado.
Amaneció de pronto, como si hubiera encendido una gigantesca bujía. Y de pronto, allí cerca, vio tendido en la playa lo que le pareció un cuerpo de mujer. ¡Era Concetta! Corrió hacia ella. Se hallaba semidesnuda, solo con la ropa interior, ¡pero increíblemente estaba viva! ¡Al igual que él había sobrevivido a la tempestad!
Solo tres más, dos marineros y un oficial, pudieron alcanzar la playa. A lo lejos parte del casco destripado había quedado trabado por los acantilados en los rompientes; apenas a media milla de la playa, unos mástiles tronchados eran movidos adelante y atrás por las olas en la arena. Restos del navío, cajones, maderos astillados, sogas, velas rasgadas. El temporal había remitido casi tan deprisa como había comenzado.
Alguien llegó hasta ellos. Les dijo que aquella era la isla de Antigua. Luego lo acompañaron hasta una cabaña cercana, y allí les dio de beber. Concetta había encontrado algo con lo que cubrirse, aunque en aquellos momentos fuera lo que menos importara.
Pedro volvió a trepar al acantilado. Allí, a lo lejos, donde el mar seguía batiendo el casco, yacía también su oro que se encontraría en el fondo, enterrado ya para siempre en la revuelta arena.