El indiano

G. H. Guarch · Capítulo 4 de 39

Páginas del PDF

El indiano

III - El regreso

 

(1800 - El nuevo siglo)

 

Desde Valencia en diligencia el viaje se hacía muy largo y pesado. Llegaron a Barcelona al atardecer del cuarto día, después de reventar un caballo y romper una rueda. Cosas de la vida según el cochero. Para entonces le dolían todos los huesos del cuerpo; tanto, que mientras desesperado intentaba dormir, había pensado que en lugar de ballestas se podrían colocar aquellos muelles ingleses de los que había oído hablar, entre el armazón de las ruedas y la caja de la diligencia, para mejor comodidad de los viajeros, y aliviar así la interminable tortura que eran los viajes en coche. Luego al descender de la diligencia en las Atarazanas, en el mismo puerto, olvidó aquello. Barcelona era como la otra puerta de las Américas en Europa: con más tráfico comercial que la propia Sevilla, dada la profunda relación que los catalanes mantenían con las Indias —sobre todo con las Antillas, que casi eran ya como una extensión de Cataluña—, y al tiempo con el Mediterráneo.

Dando largas zancadas, a buen paso, seguido de un mozo de cuerda que le llevaba el baúl, Pedro se dirigió a la casa de su tía Esther en la calle Ataulfo. Recordaba bien dónde vivía por otros viajes a Barcelona muchos años antes; caminó resuelto, sin duda alguna a través del bullicioso barrio gótico de aquella gran ciudad que lo había obsesionado desde la primera vez que lo cruzó, con sus almacenes de coloniales, sus colmados repletos de lo que hiciera falta, sus buenas tiendas donde se podían adquirir toda clase de cosas, desde ropas adecuadas a los trópicos, hasta armas, escopetas, carabinas, revólveres y pistolas hechas en Bilbao o en Bélgica. Velamen, cordelería, maromas, cabos, brújulas, buenos sextantes ingleses, cadenas. Allí pensaba hacer la lista de a bordo para que no se le olvidara nada. Había podido comprobar que una buena navaja, un cuchillo o una espada valían su peso en oro en Caracas, pues aunque se encontraban, eran escasas y caras; también los aperos de montar, sillas, cinchas y guarniciones, siendo las hechas en España las más demandadas. También allí se podían adquirir cosas exóticas, como en la antigua tienda de la plaza Real, en la que el taxidermista trabajaba en monos, ya fueran titís u orangutanes, hasta serpientes y cocodrilos y siempre mantenía a algunos en su escaparate para delicia de los niños y los payeses que iban a contemplar los desconocidos especímenes. Leyó los rótulos de los almacenes: los apellidos catalanes y valencianos abundaban; algunos de los indianos procedentes de Cataluña cuando volvían cargados de plata pregonaban que habían encontrado El Dorado. Él no iba a ser menos, aunque hubiera sido el azar quien lo hubiera conducido a la fortuna. A fin de cuentas, en aquellos momentos Pedro estaba convencido de que el azar era parte esencial de la existencia.

Se detuvo en la esquina. Allí seguía la gran mansión con el escudo sobre la fachada de piedra, en un lateral del gran portón que daba al patio de carruajes abierto grabado en la piedra: «1609». Entró sin más. Recordó las cuatro palmeras, una en cada esquina, y en el centro la antiquísima fuente de mármol amarillento. Un criado con librea se le acercó solícito, reconociéndolo, ya que su tía habría advertido de su inminente llegada. La mansión era grande, y los criados que habitaban en el semisótano se encargaban de cerrar y atrancar el portón al anochecer. Si a partir de ese momento alguien pretendía entrar, avisaba al sereno dando palmas y gritando «¡sereno!» un par de veces, y al poco se escuchaba al propio «¡va! ¡va!»; lo que daba mucha seguridad a tales horas, a pesar de no ser Barcelona ciudad de malhechores: de día el portón se mantenía abierto, aunque vigilado por el portero.

La última vez que Pedro había estado allí apenas tendría diecisiete años, pero nada había cambiado. Le entregó su maleta y su bolsa al hombre, que asintió sonriente aunque nunca se habían visto, y subió a ver a Esther, impaciente por que ella le contara los pormenores de su compromiso. Corrió por la espaciosa galería que rodeaba el patio con sus finas y esbeltas columnas de piedra, pensando que si se hacía una buena casa tendría que parecerse a aquella. Como le había dicho su abuelo siendo apenas un niño, «las cosas nunca deben hacerse a medias». Entró en el salón, de allí pasó al gabinete. Allí, sentada en un amplio sillón, junto a la chimenea encendida, con el sol de la mañana penetrando por los cuatro balcones a la calle —una imagen que tenía grabada—, igual que la recordaba, se hallaba Esther Guarch. Pensó que era muy hermosa y mucho más joven de como la recordaba; se acercó y le besó la mano y luego en las mejillas. Ella se incorporó y lo abrazó sonriente.

—Siéntate aquí, Pedro, en este escabel a mi lado, como cuando éramos niños para que mi padre nos contara historias. Ahora no son historias sino realidades. Sé que te ha ido más que bien en las Indias, esas Américas que han llenado de ilusiones la cabeza de tantos españoles. A muchos también de pájaros. Aquí, en Barcelona, crisol de España para bien y para mal, lo vemos cada día. Muchos catalanes hacen buenos negocios en aquellas lejanas tierras, otros se han vuelto locos, pero muchos más se han arruinado o se han perdido para los restos. Solo unos pocos han logrado fortuna, tú entre ellos. No me extrañó al saberlo. Te diré que siempre pensé, ¿por qué no Pedro? Nos alegramos de ello, nunca dudé de ti, y a pesar de que tu padre creía haberte perdido para siempre, yo tenía el pálpito de que regresarías. Mientras, tampoco he estado quieta. Tú encontraste tu El Dorado, y yo la mujer perfecta para ti. Pronto podrás ver que esa Francisca Salom vale un imperio; lo comprobarás pronto, la disfrutarás, y si Dios quiere crearás una gran familia. Me dice el seny, Pedrito, que esta vez hemos acertado. Hemos quedado el viernes para que la conozcas. Iremos a comer a su casa, así que no seas impaciente, que solo te faltan tres días.

»Si me preguntas por la situación en España y en Cataluña, te diré que hasta ahora este país ha ido a paso de tortuga, hubo momentos en que era como si en lugar de caminar hacia delante fuésemos hacia atrás. Pero tengo la certeza de que con gente como tú todo cambiará, aunque esos reyes Borbones nunca hayan entendido a los españoles. Mira, sobrino, ahora están asustados con esa revolución de los franceses, pero entre tú y yo, sin que nos oiga nadie, te diré que sería lo mejor que podría pasarnos si llegara, que en otro caso creo que seguiremos siendo los últimos de la fila. ¡Un país de pandereta en el que abunda la ignorancia y la injusticia! ¡Podrás comprobar que aquí sigue todo parado a pesar de tantos funcionarios! ¡Pero no quiero hablar de política contigo, sino que me cuentes cómo hiciste fortuna!

»Y ahora ve a descansar a tus aposentos, donde te hospedaste la última vez. Te han preparado un baño caliente, también te recogerán la ropa de viaje y la lavarán, pide lo que necesites y se te proporcionará. Sabes que para mí, más que un sobrino siempre has sido un amigo cercano. ¡No he podido dejar de recordarte en estos años! Y ahora ve, que luego a las nueve cenaremos: mi esposo está en Igualada y no bajará hasta dentro de unos días. Anda, ve y descansa, que viajar en esas diligencias es como meterse entre piedras de molino que dejan el cuerpo hecho harina.

Decidió seguir los consejos de Esther. Siempre la había considerado una mujer sabia, que había hecho por él más de lo que podía. En el mismo dormitorio le estaban preparando una bañera de mármol con agua caliente; se desnudó y se introdujo en ella pensando que falta le hacía librarse de la mugre del viaje, mientras el criado retiraba su ropa usada y la que llevaba en el baúl en una bolsa de tela. Aquel baño era un verdadero placer que en América no había podido darse. Allí no había bañeras como aquella, solo cubas de zinc o un balde que el negro de turno te dejaba caer para aclararte. Después se secó y se puso la ropa interior y una de las camisas adquiridas en Valencia, unos calzones nuevos, y encima una casaca confeccionada para las mejores ocasiones, perfumándose por último con una colonia que encontró en la sala de aseo. Luego cuando bajó al comedor vio que Esther también se había arreglado con esmero, como si quisiera celebrar su regreso. Antes de la cena le entregó el presente que traía para ella. Una preciosa pulsera de oro antigua confeccionada por indios mayas, un objeto singular y distinto que había adquirido en Caracas adonde había llegado a través de Cartagena de Indias, exquisitamente trabajada como si hubiera sido hecha por los mejores orfebres de Italia. La que había traído para su madre no era de tanto mérito, y además, en su piadosa generosidad, la mujer la había depositado como ofrenda en el camarín de la Virgen de los Desamparados. Reflexionó que a su madre la quería como tal, pero por Esther sentía algo más que una gran admiración. Ella le agradeció el detalle y se la colocó en la muñeca para demostrarle su afecto.

—¿Tan hermosas joyas hacen los indios? ¡Qué increíble belleza! Ya quisieran algunos de nuestros mejores artesanos llegar a esta factura. Gracias, querido Pedro, en verdad tienes buen gusto y sabes cómo halagar a una mujer. ¡Es una verdadera joya! Pero pasemos al comedor. Siéntate aquí, junto a mí, que mi esposo tiene costumbre de que nos sentemos cada uno en una punta de la mesa, como si estuviéramos peleados, lo que solo sucede un día sí y otro también. Y ahora, escúchame. Te decía que esa joven dama, Francisca Salom, está impaciente por conocerte. Si es de tu agrado, como estoy segura, podrías rubricar el compromiso. En tal caso, y como me advertiste que no querías demorar tu estancia en España, deberías fijar el enlace a tu criterio, dentro de un par de meses, a principios de abril. Un buen momento para llevarlo a cabo sería justo antes de la Semana Santa. El arcipreste de la catedral, con el que mantenemos muy buena relación, me propuso casaros en la capilla del Cristo de Lepanto. Pero estoy yendo más deprisa que tú, aguardemos por tanto a ver si Francisca, o Bella, como la llaman los suyos, es la mujer de tu vida; entonces, si estás de acuerdo, podremos cerrar la fecha definitivamente. Aunque también tendremos que aguardar a ver qué piensa ella de todo esto. Y ahora, cuéntame tus andanzas. Me gustaría saber cómo lograste hacer tal fortuna según cuentan, en tan corto plazo.

Pedro asintió. Percibía la gran empatía que existía entre Esther y él, desde que era pequeño sentía una enorme confianza con ella. Mientras el mayordomo iba sirviendo los platos le contó todo lo sucedido. Esther lo escuchaba con atención y él hablaba apenas sin reservas. Lo que no había sido capaz de contarle a su padre lo supo Esther.

—Pedro, siento una gran envidia. Me hubiera gustado gozar de la libertad que tenéis los hombres. Aquí seguimos como siempre: la mujer, con la pata quebrada y en casa. Mientras vosotros, siempre andando el camino arriba y abajo según os plazca. ¡No hay derecho! ¡Llegará el día en que la mujer se rebelará, de eso no me cabe duda! ¡Pero mientras, aquí estamos, siempre aguardando al rey de la casa! ¡Somos unas bobaliconas!

—¡Esther! —desde que eran niños la llamaba así en ocasiones, ya que se llevaban apenas siete años—. ¿Pero tú crees lo que dices? ¡Aquí estás como reina en su palacio, haciendo lo que te place! ¡No te quejes, que tu marido no te tiene encerrada!

—¡Sí me quejo, Pedro! ¿Cómo no voy a quejarme? Aquí, en este país de nuestras penas la herencia mora aún sigue pesando mucho. ¿De qué libertad hablas? En mi caso, es mi marido el que administra todo, y yo solo acato. ¡Hasta de lo mío, que mis padres me dejaron regular fortuna, es él quien hace y deshace! Por otra parte, conforme o no, siempre tengo que obedecer lo que él disponga, que si se me ocurriera faltarle al respeto, hasta la cárcel me esperaba. ¡El código penal lo escribieron los hombres olvidándose de la mujer! ¡Todo para el pueblo, pero sin el pueblo! ¡Todo para la mujer, pero sin contar con ella! ¡Cuánta hipocresía! Si no, ahí lo puedes comprobar. Él tiene, que lo sé bien, una amante, eso está en boca de todos. Tampoco se molesta en ocultarlo. ¿Dónde está ahora tu querido tío? ¡En Igualada, revolcándose, y perdona la crudeza, con esa mona vestida de seda! ¡Qué paradoja de la vida! ¡Pues de igualdad nada! Yo no podría ni pensar en algo semejante. ¡Pecado mortal! ¿Por qué? Te lo diré. Es la costumbre, la herencia, la historia, que viene de los antiquísimos tiempos del garrote, la que nos mantiene sojuzgadas. ¡No hay más, ni es otra cosa! ¡El hombre a la suya y la mujer que aguante hasta que reviente! ¡Pues ya estoy harta y más que harta! ¡Qué digo! ¡Ya lo estamos! Pero no te quepa duda de que llegarán otros tiempos, aunque por desgracia, nosotras no los veremos.

Esther le hablaba en la confianza total que con él tenía, explayándose más que nunca antes. Tal vez porque la última vez que se vieron, antes de irse a Venezuela, él tenía veintidós y ella veintinueve; ahora tendría treinta y cuatro, y era veinte años menor que su marido. No pudo evitar pensar que Esther había madurado, y cómo. Hermanastra de su padre, ya que era hija de la segunda mujer de su abuelo, que la engendró veintiocho años después que a Jaime Guarch, y que por tanto muy poco o nada tenía que ver con aquel hermanastro ya tan viejo. Además su madre le había contado un oscuro secreto —a voces— de familia. Esther no era en realidad una Guarch, pues algo había habido entre su madre y un amigo cercano de la familia, de lo que nació ella. Naturalmente de aquello solo se hablaba a hurtadillas aunque toda la familia estuviera informada. Si era así, pensó, nada les unía más que la amistad, que esa sí era fuerte desde que él nació. En aquellos momentos, mientras brindaba con ella con el amable vino de la finca de Villafranca, la vio como nunca antes: una mujer hermosa y sin vueltas, que tenía fama de decir siempre lo que se le venía en gana.

Cuando ella quiso conocer más de sus andanzas en las Indias, Pedro le habló de la finca que iba a adquirir en Puerto Rico y de su inminente viaje a Génova para encargar lo que fuera preciso de maquinaria para el ingenio de azúcar que allí pensaba montar. Ella lo escuchaba arrobada, pensativa en ocasiones.

—Si es así, ¿viviréis allí, no?

—Bueno Esther, uno nunca sabe. En principio no, ya que mi deseo sería volver aquí a Barcelona al menos cada tres años, tener aquí mi casa y que mis hijos se educaran en esta ciudad. Pero no sé lo que resultará. Aquello está muy lejos, y probablemente nos canse pronto una vida tanto tiempo separados. Lo que sí te digo es que si ella no aceptara esa situación, no me caso. Una vez en marcha el ingenio, lo dejaría en manos de alguien de total confianza, al que no le importara vivir allí: he pensado en Buenaventura Miralles, primo tercero nuestro, al que conoces, que podría llevar el negocio si hiciera falta. No sé si sabes que tiene un problema, pero eso a mí no me importa.

—¿De qué problema hablas? Me has dejado intrigada.

—Buenaventura es un soltero empedernido; te diré, esto entre tú y yo, que parece que rehúye a las mujeres, y que se siente atraído por los hombres, aunque luego a la hora de la verdad, sea hombre cabal. Para lo que pretendo es adecuado. A mí, lo que haga o deje de hacer en privado, es cosa suya. En cuanto a lo del pecado nefando, siempre he pensado que si la Inquisición supiera cómo somos en realidad, nos quemaba a todos sin dejar uno.

—¡Qué hartura de Inquisición! ¡A ellos habría que juzgarlos por muchas cosas! ¡A ver si llegan ya las abiertas ideas de Francia a este país, aunque en verdad me parezca imposible que aquí cuajen! En esta España de nuestros pecados no sabemos lo que verdaderamente significan la libertad, igualdad y fraternidad. Este es un país plagado de pillos y pícaros, o como prefieras llamarlos: granujas, truhanes, rufianes, buscavidas, aprovechados por doquier, que van a la suya sin mirar por el prójimo; unos porque no quieren ver, otros porque se pasan de listos y no respetan a nadie, y los que no, por cotillas y chismosos. Me temo que esa revolución de los franchutes se estrellará aquí, y si no, al tiempo. Ahí tienes a ese Godoy, el «príncipe de la Paz», a ese otro príncipe de Asturias, y a gran parte de la corte. ¿Pero tú crees que con estos mimbres vamos a ningún sitio?

—Esther, ¡ten cuidado con quién comentas estas cosas! ¡Es peligroso para cualquiera, pero si se las escucharan a una mujer…!

—¡Harta estoy de serlo, Pedro! ¡De seguir siendo menor de edad con treinta y tantos! ¡De un marido infiel! ¡De tantas cosas! Mira Pedro, estudié en Francia dos años, en las Dames de Saint-Mour, en París por expreso deseo de mi madre. No sé qué habrá sucedido con ellas en esta revolución, pero a pesar de todo allí tuve la oportunidad de poder percibir otra forma de entender la vida. Sueño con que vendrán otros tiempos mejores para las mujeres, ¡lo que habría dado por vivir en ellos y no en esta cárcel en vida!

Pedro no había oído nunca a una mujer expresarse de aquella manera y fue como una revelación para él. Esther tenía razón. Incluso entre aquellos negros traídos de África la mujer parecía tener más protagonismo. Aun esclavizadas, las mujeres actuaban con gran dignidad y los hombres parecían escucharlas. Al menos entre las que él había tratado. Aunque le pidiera prudencia podía comprender su indignación, pues su padre, que conocía las interioridades, le había advertido de la delicada situación en que se encontraba el matrimonio de su hermanastra.

Terminaron de cenar y Esther, aduciendo cansancio, se despidió de él para retirarse a sus aposentos. Él también se sentía molido por el viaje y no puso pero alguno. La besó en la mejilla y se dirigió a su dormitorio, que daba a una pequeña plaza posterior. Ya no hacía frío, aunque por la noche refrescara. Los sirvientes le habían encendido la chimenea en la gran estancia y se notaba. También le habían dejado una bandeja con chocolate caliente y brandy. Bebió un trago, más por curiosidad que por otra cosa. Luego se desnudó poniéndose un camisón de franela comprado por su madre, que estaba en todo, aparte de los que él se había hecho confeccionar, y se introdujo en la gran cama de invitados pensando que allí se vivía mucho mejor que en Caracas, donde estaba todo por hacer, y donde el solo hecho de vivir era arriesgado. Recordaba que poco antes de volver unos indios habían asaeteado a unos cuantos españoles que entraron en la selva en busca de oro. Y eso podía suceder en cualquier momento. Era aquella otra forma de vida, jugándosela cada día para ver si mejoraba la suerte, aunque lo cierto era que muchos se quedaban en el camino. Unas fiebres, la picadura de una serpiente, una pendencia inesperada, sin contar con las circunstancias, pues todos los días sucedían cosas: este, ahogado al cruzar el torrente; aquel, despeñado en la montaña; el otro, desaparecido, cuando no una flecha que parecía surgir de la nada. No resultaba fácil volver con oro después de tantos años de larga pelea con el destino. Y los que regresaban de la selva con buenas pepitas de oro, a los dos días entre el alcohol, las prostitutas, los jugadores de ventaja o los ladrones, se quedaban como antes cuando no peor incluso. Sin embargo él lo había conseguido, y su madre le reprochó que no fuera todos los días a la iglesia a dar gracias a Dios por su infinita bondad y generosidad. No estaba por la labor, ni pensaba que Dios tuviera nada que ver con su suerte; más bien quería pasar desapercibido en las alturas, que ninguno allí se fijara mucho en él. En aquellos pensamientos se hallaba, a punto de abrazarse a Morfeo, cuando notó un leve crujido en la gran cama que lo espabiló.

—¿Quién anda ahí? —susurró extrañado, no queriendo alarmarse, sin saber siquiera si era ya parte del sueño. Pero pudo reconocer la cálida voz de Esther.

—¡Tranquilo, Pedro!, soy yo, Esther. ¡No te alarmes y calla, que no podía dormir pensando en ti, así que aquí estoy!

Pedro notó con sorpresa cómo el cuerpo desnudo de Esther se deslizaba junto al suyo, y cómo ella lo abrazaba como si fuera lo más natural del mundo. Se sintió excitado de pronto, no protestó y en silencio devolvió el cálido abrazo con fuerza. A fin de cuentas se trataba de una hermosa mujer, nada tenía que objetar si ella así lo deseaba.

Al despertar por la mañana vio que estaba solo en la habitación. Se estiró en la cama recordando la noche anterior y volvió a sentirse excitado. Se aseó, se vistió despacio y se dirigió al comedor. Esther estaba desayunando y sonrió levemente al verlo entrar.

—¿Has dormido bien, querido Pedro?

Asintió, sintiendo cómo el deseo volvía a apoderarse de él. Se acercó y la besó largamente en la mejilla. Ella no hizo el más mínimo atisbo de rechazo.

—Me alegro. ¡Ayer estarías agotado! Que esos largos viajes en coche le dejan a uno como si le hubieran dado una paliza.

Era evidente que ella prefería no mencionar lo sucedido. Aun así, comentó:

—Querida Esther, anoche debí cenar demasiado. Tal vez fue ese excelente cava que me ofreciste. Tuve un sueño muy vívido, tal cual como si estuviera realmente sucediendo. Aunque no fue un sueño pesado, muy al contrario, me sentía tan bien que lamenté que terminara.

—¡Qué extraño! ¿Quieres creer que lo mismo me ocurrió a mí, Pedro? ¡Tienes razón, debió ser la cena! Que yo tampoco estoy acostumbrada a cenar mucho. Ángeles, la cocinera, quiso agasajarte, así que le diré que preferimos algo más ligero por las noches. Bueno, después de desayunar tenemos mucho que hacer. Si te parece bien, esta tarde iremos a conocer a tu futura esposa. Espero haber acertado con tu gusto.

Esther actuaba con total naturalidad, sonriendo como si nada hubiera sucedido. Pedro la observaba con otros ojos. Era sin duda una hermosa mujer, elegante y culta. Su marido, el desgraciado de Oriol Rius —no podía tildarlo de otra manera—, debía estar ciego para cometer el error de dejarla sola e irse con otra que con seguridad no le llegaría a la suela de los zapatos. ¡Qué estúpido! Siempre había tenido en poco aprecio a aquel hombre, pero en aquellos momentos sentía un profundo desprecio por él.

Más tarde salió a dar una vuelta por la rambla. Ella prefirió quedarse en casa con la excusa de estar muy ocupada. Bajó al puerto y caminó en dirección a la Barceloneta por el camino paralelo a la playa. Los pescadores intentaban encontrar compradores para sus capturas mientras una fila de carros aguardaba la subasta del pescado. Unos muchachos, probablemente hijos de pescadores, se bañaban desnudos en la escollera en construcción, lanzando agudos gritos de satisfacción. Sintió una profunda envidia y cierta nostalgia por no poder volver a aquellos años sin preocupaciones, en los que solo se pensaba en el momento presente. Después volvió hacia el centro. No era capaz de quitarse de la cabeza lo sucedido aquella noche. Una inesperada sorpresa que de improviso lo había cambiado todo. Notó que era incapaz de pensar en ella sin excitarse. Iba haciendo cábalas, dándole vueltas a la cabeza. Después de aquello ya no sentía ningún interés por conocer a su prometida. Había estado pensando en aquel día los últimos meses, y ahora de pronto todo parecía bien diferente. La única mujer que en aquellos momentos le interesaba era Esther. Pero aunque le costara, tendría que quitársela de la cabeza. ¡Menudo escándalo! ¡No quería imaginar que llegara a saberse! Sus padres lo repudiarían. ¡Un gravísimo escándalo familiar! ¡Nada menos que un perverso affaire con su propia tía carnal! Aunque en realidad no lo fuera, ya que no les unía otro parentesco que la relación familiar de toda la vida.

Al volver a la casa de Esther la encontró en su gabinete. Irradiaba tanta serenidad y belleza que se sintió anonadado. Ella sonrió con naturalidad y él no supo qué decirle. Luego comieron en silencio y al terminar él se dirigió a la biblioteca, una gran estancia algo fría y oscura por los cortinajes corridos. Al cabo de un rato entró Esther y cerró la puerta con llave tras ella. No intentó evitarlo, aunque pensó que era algo imprudente hacer el amor en el diván, y mucho más incómodo que el lecho. Luego ya no le pareció lo mismo.

—Vengo a hacer la Revolución contigo, voy a enseñarte lo que aprendí en París siendo una moza. Ahora vas a aprender francés, pero del bueno.

Pedro la abrazó con fuerza. Estaba dispuesto a aprender lo que quisiera enseñarle aquella hermosa maestra. Nadie los molestó y estuvieron en ello toda la tarde. Había conocido a bastantes mujeres de todas las clases sociales, desde esclavas a damas de alcurnia, pero la sensación que ella le transmitía era bien distinta. No sabía si podría llamarlo amor, pero no estaría muy lejos. Un profundo sentimiento que le impedía separarse de ella. Mientras descansaban Esther le confesó que desde siempre había sentido una fuerte pasión por él. Luego, tal vez para tranquilizarlo, le contó lo que él ya sabía: no existían lazos de sangre entre ellos. Ella llevaba su mismo apellido, pero sus padres no habían sido hermanos; su madre había tenido un amante, y ella era con total seguridad hija de aquel hombre.

Él replicó que le daba lo mismo, con sangre o sin ella ya no podría vivir sin amarla. Pero de una u otra manera debían ser muy prudentes para evitar que la servidumbre se apercibiera. Ella asintió. Con toda serenidad le dijo que conociendo a su marido, si llegaba a sospechar lo más mínimo, los mataría a los dos. En cualquier caso, no lo aguardaba hasta unos días más tarde. Estaría en Reus bien entretenido con su cortesana, que estaba como enviciado con aquella mujer y aprovechaba cualquier excusa para huir a sus brazos. Entonces él le dijo que ya no tenía el menor interés en conocer a la que iba a ser su prometida, y que no quería engañarla, por lo que de mutuo acuerdo decidieron que le enviaría una misiva en mano explicando que se encontraba con fiebres tropicales y que debía esperar unos días para visitarla. No se les ocurrió otra cosa y así lo hicieron. Fue a llevarla Gasparín, uno de los criados más jóvenes. Un negrito de apenas doce o trece años, compañero de otro de la misma edad, Baltasarín, comprados ambos siendo niños como esclavos en Sevilla por un primo de ella al que se los había encargado. Llevaban en la casa casi tres años pero aún seguían vistiendo calzas cortas. Gasparín era más avispado y de total confianza. Esther advirtió al resto de la servidumbre de que su huésped estaba con fiebres, para evitar que alguien se fuera de la lengua y dijera lo que no tenía que decir. Mientras, con la excusa de ir a un médico, él bajó al puerto y pudo adquirir un pasaje en un velero que saldría para Génova unos días más tarde.

No resultaba fácil la situación, pues Esther era más atrevida que prudente. Él tuvo que simular que no se encontraba muy bien, que el médico le había recetado que no saliera de casa durante unos días hasta que se le pasaran las fiebres. Si daban lugar a que alguien sospechara, podrían tener un disgusto. Esther iba a medianoche a su habitación como un fantasma, y cuando comenzaba a clarear, volvía a la suya; y durante el día apenas se veían más que para comer o cenar, aunque algunos ratos los dedicaban a retozar en la biblioteca. Él no era capaz de disimular su pasión y la hacía ir allí para encerrarse con ella como si no tuviera suficiente con las noches. Cuando Esther recibió un aviso de que su marido bajaría a Barcelona el día siguiente, la casualidad hizo que coincidiera con su viaje a Génova. El azar había evitado provocar una situación límite. Él le prometió regresar, y Esther le pidió que la llevara con él a Caracas. Mientras hacían el amor aquella última noche ambos sabían que no eran más que promesas imposibles.

De madrugada, aún no habían dado las cinco, Pedro recogió su equipaje y bajó al puerto a paso vivo aunque le sobraba tiempo. Iba pensando en todo lo sucedido. Hasta que la vio de nuevo nunca se le hubiera ocurrido pensar en Esther como en una mujer. Ahora solo pensaba en ella, solo la veía a ella, solo soñaba con ella, como si lo hubiera poseído. A las seis en punto se hallaba a bordo de Il Messaggero, una esbelta goleta de tres palos matriculada en La Spezia, en el camarote del armador que había adquirido para la travesía. No estaba dispuesto a pasar más penas y fatigas que las necesarias. El marido de Esther tendría que llegar a su casa a última hora de la mañana, y para entonces él se encontraría en alta mar. No se sentía orgulloso de haber convertido en un cornudo a su propio tío político, pero así era la vida, y además aquel hombre no se merecía otra cosa.

La goleta se separó del muelle con ayuda de dos barcas de remos, entre gritos guturales en italiano y catalán, para soltar los cabos en el momento justo y comenzar a tirar de la popa. A pesar de todo parecían entenderse muy bien, e hicieron la maniobra como si la tuvieran aprendida de memoria. El poco viento y el oficio de los remeros colaboraron en ello, hasta que una vez aproada se izó el velamen con rapidez para tomar la primera brisa del amanecer y salir del puerto grácilmente, como si de pronto la nave se hubiera despertado. Dos horas más tarde, cuando ya habían dejado atrás la línea de costa, en el estrecho camarote Pedro comenzó a repasar sus notas para ver lo que tendría que encargar. Era una larga lista, muchos artefactos, calderas, destiladoras, bandejas, cosas que significaban una gran inversión. Llevaba con él pagarés librados en Barcelona contra el Banco de Génova por una cantidad importante. Dinero como para no tener que trabajar más en su vida. ¿No se estaría equivocando? Dudó un rato. Luego pensó que si algo faltaba lo dejaría pendiente de la entrega. Tenía que hablar con varios proveedores, y le habían hablado de que en La Spezia podrían fabricarle unas calderas de alta presión, varias veces mayor que la atmosférica como resultado de combinar varios cilindros, un nuevo invento con el que se obtenía mayor rendimiento y calidad. También tendría que encargar la calderería en cobre necesaria, incluyendo las pailas clarificadoras; de todo ello llevaba dibujos a escala para que se las hicieran a medida, incluyendo algo fundamental en un ingenio moderno como el que pretendía, la descachazadora, que igualmente debería ser fabricada a medida para la clarificación del guarapo. Estaba aprendiendo a toda prisa, pero sabía lo que se estaba jugando en el envite, y ni quería ni podía equivocarse. En todo ello le asesoraba un tal Miguel Mellant, un español que llevaba en las Antillas gran parte de su vida, al que había conocido a través de Vicente Martí, el mismo que le recomendó la finca, alguien que aseguraba saber de aquello por experiencia propia. Aunque le reconoció que no tenía más título que lo que había visto y pensado como mejorarlo. Mellant era hombre de labia, a pesar de que algo en él no terminaba de convencerle, lo había contratado para montar el ingenio. Allí en San Juan lo había dejado trabajando en ello, subcontratando la dotación prevista y estudiando los planos que el único topógrafo no militar de todas las Antillas estaba levantando de la finca en cuestión; ya que los que figuraban en las escrituras no tenían las cotas de nivel necesarias para poder levantar la construcción de la nave principal, los almacenes, los barracones y las oficinas. Pedro quería conseguir el mejor y más avanzado ingenio de las Antillas, aunque sabía que para ello tendría que hipotecarse. Merecería la pena por cumplir su sueño, ya que no estaba dispuesto a aguardar a tener el dinero suficiente. Eso sí, todo a la espera de su vuelta para culminar la opción sobre los terrenos, aunque la decisión de ir adelante la tenía tomada.

A las doce y media llamaron a la puerta del camarote con los nudillos, hablando en catalán con el cerrado acento del Ampurdán:

— [9] Què diu el patró que pugi a menjar!

No quería hacerle un feo, y además tenía hambre, así que subió al cuarto de derrota —que también era el comedor, la sala de estar de la tripulación y lo que hiciera falta—, y al final comió mejor de lo que creía: atún recién pescado y tomates, todo ello hecho sobre una plancha de hierro en la pequeña cocina de ladrillos refractarios de carbón vegetal que era capaz de alimentar a la media docena de hombres que componían la tripulación, además del cocinero y su ayudante, y en aquel viaje a él mismo. El pan de buen trigo no podía ser más tierno, ya que había sido comprado aquella misma mañana en el horno que surtía a la mayoría de navíos del puerto. El vino del Penedés tal vez algo áspero tampoco era malo, aun pensando que el patrón lo había escanciado con generosidad. Después fue a echar una siesta, ya que no había pegado ojo entre unas cosas y otras. En el mínimo camarote apenas cabía el catre y su baúl. Nada más. Allí tendido no podía dejar de pensar en Esther. La seguía viendo desnuda sobre la cama, hermosa, dispuesta, sin rubor ni falsas vergüenzas y se sintió excitado. Mientras comenzaba a dormirse meditó que lo más sensato sería tirar la carpeta de cuero con los complicados y costosos proyectos de aquel ingenio por la borda, dejar perder la fianza —que se la llevara en buena hora el diablo— y escribirle a ella una carta para declararle su amor; carta que le enviaría desde Génova para que abandonara a aquel hombre que no la merecía y se fuera con él, para dedicarse ambos a vivir la vida en Roma o en Nápoles, que después de todo no eran mal sitio para llevar a cabo il dolce far niente; eso sí, sin decir a nadie dónde estaban ni con quién, que eso a nadie más que a ellos incumbiría y se evitarían problemas y disgustos. A fin de cuentas, ¿qué se le había perdido a él en Puerto Rico? Llevar una vida de perros, arriesgándola cada día para sacar adelante un ingenio en el que nada le iba ni le venía, más que jugarse lo que llevaba ganado gracias a la fortuna, además de evitarse la deuda de los otros buenos dineros que necesitaría para poder poner en marcha todo ello. Para que luego llegara la sequía, la epidemia, el fuego a destiempo, la desgracia de turno, o la caída de los precios; lo que fuera para llevarse la cosecha y dejarlo todo en manos de los usureros, a los únicos que había aprendido a temer más que a una vara verde. Pensó que probablemente los dioses jugaban con los hombres, disfrutaban con ello, les proporcionaban una oportunidad en la vida para que tuvieran algo en qué pensar, y luego, ¡zas!, los aplastaban como a insectos; y con seguridad disfrutarían haciéndolo, con tantas víctimas potenciales. Alguien se estaría riendo allá arriba conociendo de antemano lo que después sucedería, porque aquella generosa fortuna que le había llegado bajo el nombre The White Star, no era fácil que se repitiera más de una vez en la vida de un hombre.

Pedro llegó entonces a incorporarse y salir al puente al aire libre aferrando la cartera. El mistral soplaba con fuerza y la goleta hendía las olas velozmente. El cielo se había encapotado como queriendo avisarle de que todo no sería el paraíso. Pensó que solo sería un instante, lanzarla lo más lejos y verla hundirse en la mar sabiendo que ese mismo instante todo cambiaría en su destino. Daría lo entregado en la opción por la finca por amortizado y el viaje por bueno, por cambiar una vida por otra bien distinta, probablemente con muchas menos preocupaciones. ¿Crear un ingenio? ¿Fundar una familia? ¿Convertirse en un perfecto caballero? La alternativa se le antojaba mucho más atractiva, y después de todo, Esther bien valía el posible riesgo: en aquel preciso momento en que las olas formaban cabritillas y las gaviotas se mantenían sobre el barco, tuvo por un instante la certeza de que junto a ella sería feliz. ¿Pues quién era aquella Francisca Salom a la que ni siquiera conocía más que por una engañosa miniatura? Encogió el brazo para lanzar la carpeta, pero no fue capaz; un instante después mientras el horizonte se iluminaba con los relámpagos volvió al camarote. Debió dormirse sin poder dejar de pensar en la terrible noche del huracán en La Guaira.