El indiano
XXVI - La confesión de Vicente Martí
(1823)
Sentado en la oscuridad en la terraza Pedro reflexionaba sobre la situación, de cómo le estaban afectando las circunstancias y la misma historia. España había perdido en pocos años casi todo su imperio colonial, con excepción de Filipinas, Cuba, y por supuesto Puerto Rico, aunque sabía que las tropas españolas seguían combatiendo en Perú sin mayor esperanza. Muchos lo tachaban de un desastre histórico; otros, como él, habían estado aguardando a que sucediera. Era algo que se veía venir, con aquellos Borbones que no habían hecho más que ir a la suya, y para colmo aquel mal rey, don Fernando, que quería imponer a los demás una voluntad de la que carecía. Lo había visto actuar y a Pedro entonces solo le produjo vergüenza ajena. En cuanto a los lugares donde había invertido, Cuba, Puerto Rico y Venezuela —aunque allí muy poco y lo daba por amortizado—, estaba convencido de que al menos aquellas islas seguirían siendo españolas por muchos años. Demasiados intereses creados con la metrópoli. Algunas insurrecciones que no habían conseguido más que reforzar la presencia española. Hasta aquel momento gran parte de América había sido una enorme colonia española, con todo su mercado cerrado y vinculado a este país. A partir de entonces las cosas cambiarían y el comercio se abriría a Inglaterra, Francia, a todos los demás. No sabía cómo afectaría aquello a la economía española pero sentía cierta inquietud.
Cuando los Salom le ofrecieron comprar su parte del negocio de tabaco a través de una carta que enviaron a Buenaventura Miralles —para no tener que tratar con él—, Pedro aceptó sin discusión y además se lo pagaron bien, permitiéndole recuperar con creces la inversión que había realizado. Aquellos dos querían demostrarle su malestar y disgusto con él, y lo hacían como mejor sabían, financieramente, como si le estuvieran diciendo: «¡No te queremos con nosotros!». A Pedro le daba lo mismo. La fortuna de aquellos ancianos antes o después terminaría siendo de sus hijos. Que se quedaran con sus manías, pues aunque le atraía lo del tabaco, había decidido no seguir invirtiendo en América, sino ir haciéndolo poco a poco en Cataluña, sobre todo en Barcelona.
Tampoco Concetta iba a decirle nunca que preferiría volver a lo que conocía. A ella le gustaba mucho Barcelona, y sobre todo Génova, el ambiente mediterráneo, aunque cuando él le preguntaba si deberían volver, ella negaba sonriendo, repitiéndole: «¡No, amigo mío, este lugar me encanta!».
En cuanto a lo de viajar a Venezuela a comprobar lo del testamento del hermano del notario Tazio, se lo estaba pensando. Seguramente podría hacer un buen negocio, pero había decidido ir cuando las cosas se hubieran tranquilizado. No antes. No se fiaba de aquel Bolívar, y no tenía ganas de que en cuanto bajara a tierra lo acusaran de espía, como les había sucedido a algunos españoles que llegaron después de la independencia. Había solicitado un salvoconducto justificando que seguía teniendo propiedades de cuando residía allí, y esperaba obtenerlo. Tampoco pensaba pasar en aquel lugar más tiempo del imprescindible.
Como si lo hubiera intuido, unos días después llegó un enviado del gobernador para que fuera a verlo. Se había recibido su salvoconducto para Venezuela. Le dijo que si bien no podía encargarle oficialmente nada, que tuviera los ojos bien abiertos para informarle después de lo que hubiera visto.
En Caracas se encontró casualmente con aquel antiguo amigo suyo, Vicente Martí, que al pronto aparentó no haberle visto; pero como Pedro lo siguió y lo llamó, no tuvo otra que pararse a hablar con él. Le invitó a un ron en la terraza de una taberna para que le hablara de la situación allí, pero notó que Martí lo observaba de una manera rara, hasta que le preguntó qué le pasaba.
—Iba a deciros antes de que me lo preguntarais que aquel Ballester que conocisteis murió hace tres años. Tuvo la ocurrencia de oponerse como juez al Libertador, y este se lo llevó por delante. Murió ahorcado aquí en Caracas.
»Pero ya que nos hemos encontrado, os diré que he pensado mucho en vos; permitidme contaros algo, y descargar mi conciencia. Recordaréis bien que por mi mediación comprasteis una muy buena finca en Puerto Rico, y también que a través mío os llegó aquel individuo, Miguel Mellant. ¡Un verdadero demonio! No es disculpa, pero fue Ballester quien me obligó a recomendároslo, y así lo hice a sabiendas, que ya había oído hablar de él en Caracas, de la clase de persona que era. Desconozco la relación que mantenía con Ballester. Uno supuestamente representaba la justicia, y el otro lo peor de los hombres. Veréis, Mellant había sido condenado en España por abusar de niños, concretamente en Sevilla; no se pudo probar que hubiera asesinado a algunos, aunque las pruebas lo acusaban. Fue desterrado y la cuestión, que al poco de llegar aquí tenía otra cara, la de un hombre entendido en mecánica, alguien que sabía de todo y podía aparentar lo que no era, convencer al que tenía enfrente. Me he arrepentido muchas veces de haberlo recomendado, porque comprendo que sería como tener al mismo Satanás dentro de casa. ¡No fui capaz de negarme! ¡Ballester tenía un expediente mío, por unos dineros que dejé de pagar que me hubiera podido llevar al trullo! Pero en lugar de eso, me tuvo unos años acogotado, haciendo labores sucias para él, que era hombre ambicioso; y os diré que algo de extraño había en aquel personaje, porque más que el dinero, que no lo despreciaba, estaba por tener cogida a la gente por sus partes. ¡Qué cosa tan curiosa y al tiempo qué hombre tan perverso! Él sabía bien lo que Mellant podría llegar a haceros si os lo endilgaba. Aquel Mellant que Dios confunda, tenía también su deuda con Ballester. Sabía que si el secretario se ponía a ello, tardaría poco en verse en grandes dificultades, al punto que podría terminar en el garrote, y no eran exageraciones. Pero Ballester lo utilizaba, moviendo sus hilos como hacía conmigo y con muchos otros, a los que tenía por marionetas, era como si disfrutara jugando con la vida de la gente. No sé lo que se creía, pero era un demonio encarnado. Soltero, a mí me daba que también estaba por los niños, y que Mellant se los proporcionaba. Por eso lo tenía como cómplice en la faena más sucia. Después de todo, ¿quién iba a echar de menos a un pequeño esclavo adquirido en La Guaira? ¡La palabra de un negro no vale nada contra la de un blanco! ¡Ningún juez hubiera admitido una demanda basada en el testimonio de un negro! Y tendremos que aceptar que no sería prudente hacerlo. ¿Pues qué es un esclavo al final? ¡Nada! ¿O un niño indio que en un momento dado estaba donde no debía? O tantos otros, hijos no queridos de padres que solo pensaban en beber ron, o de prostitutas que los dejaban sin más en la misma calle. Os diré que tragedias de esas, grandes o pequeñas, sigue habiendo muchas en estas colonias que solo han servido para enriquecer a unos cuantos.
»Pero os decía que a mí también me tenía bien agarrado. ¡Os juro por Dios que en otro caso os lo hubiera dicho! La cuestión es que a sabiendas os recomendé al mismo diablo, de lo que me he arrepentido y mucho. Ballester, que sabía lo que hacía con ello, estaba muy complacido porque según él le habíais hecho, y perdonad la expresión, una marranada que al final tendríais que pagarle con creces. Lo prefería así, como una venganza a largo plazo, sabiendo que había metido la serpiente en vuestro paraíso. Desconozco si os llegó a perjudicar. Aquel era hombre malvado donde los haya, y durante algún tiempo pensé que pronto os daríais cuenta y os libraríais de él. Decidme que fue así y podré librarme de este cargo de conciencia.
Pedro asintió. Todo lo que le estaba contando Martí le cuadraba.
—Pues mirad, Martí, ese hombre consiguió lo que pretendía, romperme la misma vida. En efecto, vos lo habéis dicho con clarividencia, fue como la serpiente en el paraíso. Yo entonces me creía alguien, sin darme cuenta de que la fortuna juega con los hombres, y da y quita, y suma y resta, y al final lo que importa son otras cosas que no sabemos valorar hasta que no hay remedio. Por ese motivo, al que se felicita por haber sido capaz de enriquecerse, le diría que tuviera cuidado con la vida, que probablemente se la jugará por otro lado. Mirad, no quiero filosofar con vos, que no me tengo por filósofo, pero a mí, al final, en el debe y haber de la existencia, al menos por ahora, no me siento afortunado, aunque los que me tratan crean otra cosa bien distinta. Me hubiera gustado llevar una vida normal, sin que esa diosa de la fortuna me señalara. Os decía que Mellant me hizo mucho daño: trajo a los demonios del mal a mi casa, mi mujer me abandonó, mis hijos me rechazan, los más pequeños ni me conocen apenas, y mucho de ello, y me consta, se lo
debo a ese Mellant, que debería haberse llamado «Méchant»[102]. Pero no fuisteis vos, no os culpéis; fui yo, yo solo, cegado por la codicia, que entonces quería triunfar en mis empresas al precio que fuera, y si lo contraté sin saber quién era fue porque vos me lo recomendasteis. Solo me importaba que me construyera las naves para el ingenio y que tuviera a los esclavos controlados. Lo demás me daba igual, así que no puedo decir que fue vuestra culpa, que yo me la busqué y vaya si la encontré. Al final, ¡mala fortuna!
»Os decía que mi esposa Francisca falleció de tuberculosis hace poco menos de un año, después contraje matrimonio con otra dama catalana de sangre genovesa, y sigo viviendo en la misma hacienda, pero mi vida no ha sido lo que hubiera podido ser. He tenido siempre la sensación de que alguien me espiaba, de que un jettatore me había lanzado el mal de ojo, y de que hiciera lo que hiciese no podría librarme de esa maldición. Mellant era justamente lo que me habéis contado: un vicioso que abusaba de niños que no podían defenderse. Se hizo una casa en mitad de un bosque en una loma dentro de la propiedad. No me metí en ello porque lo consideraba alguien necesario. Le permití lo que no tendría nunca que haberle permitido, hice la vista gorda, miré para otro lado. Tuve mi responsabilidad en lo que luego sucedió. Cuando mucho tiempo después supe por uno de los capataces quién era en verdad aquel hombre, ya era tarde. Asesinó a varios niños esclavos después de abusar cruelmente de ellos, había llamado al mal y todo empezó a desbaratarse. Mi esposa no quiso saber más de mí, a vos puedo contároslo para que sepáis hasta dónde llegaron las cosas, y al final me dejó. Cuando llegó a Barcelona al poco enfermó, como si aquel mal la estuviera siguiendo.
Martí, que escuchaba en silencio, de pronto lo interrumpió:
—¿Me podríais decir de qué enfermó vuestra esposa?
—Ella murió de tisis. Según el médico que la trató, los síntomas eran claros: dificultades al respirar, tos continua y esputos manchados de sangre. También adelgazó mucho, la piel se le oscureció, tenía fuertes dolores de cabeza, al final quedaba totalmente agotada, y sufría pérdidas de conciencia. No cabía duda en el diagnóstico.
Martí hizo un gesto de duda con la boca.
—Pues me vais a perdonar, pero os tengo que contar algo. Veréis, el tal Mellant había sido también condenado por intento de envenenar a sus víctimas, que fue lo que le llevó a la cárcel. Y os diré que se pueden confundir algunos de los síntomas de la tuberculosis con los de envenenamiento.
—¡Eso es imposible! ¡Entre otras cosas porque cuando le apareció la enfermedad Mellant llevaba años despedido, y además sé a ciencia cierta que bien lejos de nosotros! ¡Y ella enfermó en Barcelona, casi medio año después de llegar allí! ¡Eso que insinuáis no tiene sentido!
—Don Pedro, tendréis razón sin duda, pero este viejo ya ve fantasmas en cualquier sitio. En fin. Os pido perdón por el daño que pude ocasionaros con aquel informe. ¡Nunca tendría que haberlo hecho, pero como os he contado, temía tanto a aquel hombre que me vi obligado a ello! ¡Os ruego me perdonéis!
—Sí, Martí. Habéis tenido la fuerza de espíritu para contármelo, y os estoy muy agradecido. Quedad con Dios.
Se separaron y lo vio alejarse entre la gente. Aquel hombre solo había sido otro instrumento en manos de Ballester, no podía culparlo.
Resultó que la herencia de Paulo Tazio, el hermano del notario, no era lo que esperaba. Al igual que él había hecho en su día, Paulo no había invertido más que en quimeras. En placeres auríferos en el Cuyuní, en minas sin explotar y en una enorme finca en la sabana al otro lado de las montañas, según contaban un lugar inhóspito lleno de caimanes y fieras en la que era imposible asentarse. Desde luego no era lo que Pedro esperaba y desistió, sabiendo que ya no quería aceptar riesgos, aunque después de todo pensaba que solo por la confesión de Martí había valido la pena el viaje.
Volvió en el primer barco que salía hacia La Habana. No quería seguir mucho tiempo más allí, ya que los rebeldes bolivarianos parecían sentir odio cerval hacia los españoles, haciéndoles culpables de todas sus desgracias. En el barco soñó una noche con que se hundían. En el fondo abisal veía cuerpos fantasmales que servían de alimento a extraños peces luminosos.
Llegó a La Habana muy cansado, aunque aliviado de haber vuelto de una pieza. Ya no tenía nada que ver con la tabacalera, pero al día siguiente fue a visitar a Buenaventura Miralles. Cuando lo vio, su primo corrió hacia él.
—¡Pedro, estaba pensando en ti! ¡Qué terrible desgracia! ¡Los hermanos Salom han desaparecido en el naufragio del Habana! ¡Tendrían que haber llegado a puerto hace tres días, y hay un testimonio de unos pescadores acerca del hundimiento de un gran navío cerca de las Bahamas! ¡Qué terrible desastre!
Podría decirse que lo había intuido. Hacía tres días de su espantoso sueño, que coincidía con lo que Buenaventura le estaba contando. Los Salom no se merecían aquel terrible final, en el que las pesadillas se confundían con la realidad. Sabía, porque ellos así se lo habían dicho, que no les gustaban los viajes en barco, que les producían temor. Era cierto que al final la relación con ellos se había ido agriando, pero no tenía ningún sentimiento negativo hacia aquellos hermanos: solo eran dos hombres mayores que confundían su lealtad familiar con la realidad de la vida. Ambos consideraban a Bella como a una hija, y por ello siguieron su criterio al apartarse de él.
Pronto se comprobó que el Habana había naufragado, sin saber qué habría podido suceder para ello. Algunos restos que lo demostraban aparecieron en las playas de Isla Larga y otras.
De acuerdo con Buenaventura encargó unas misas y un funeral. También se escribió una nota para el diario de la ciudad. Unos días más tarde Pedro volvió a San Juan sin poder dejar de pensar en lo dura que era la vida. Aquellos dos personajes siempre habían temido el mar, que al final se los había llevado. Qué extraña cosa era la intuición, algo que no había sucedido: era como dar la razón a los fatalistas, a los que creían en un destino inexorable.
Casimiro fue a buscarlo al puerto. No porque supiera que él iba a llegar, sino porque se informaba de los barcos que tocaban en la isla y bajaba a todas las llegadas, a ver si él aparecía en el siguiente. Cuando lo vio llegar en una de las barcas de equipaje le lanzó una larga y silenciosa mirada. Antes de poder decir nada, comenzó a llorar. Luego empezó a hablar entrecortadamente, como si no fuera capaz de decírselo. La señora Concetta se había golpeado con una rama baja cabalgando y llevaba casi un día sin recuperar el sentido. Mientras Casimiro se lo contaba Pedro no fue capaz de reprimirse: por primera vez desde hacía muchos años comenzó a llorar sin consuelo, notando cómo las lágrimas le corrían por las mejillas.
Concetta nunca había querido aprender a montar a caballo, era apocada para algunas cosas, siempre lo había sido. Él la animó a hacerlo diciéndole que de aquella manera tendría mayor autonomía, que allí las distancias eran largas; que aunque ya sabía llevar la calesa, si aprendía también a montar podría ir con mayor libertad arriba y abajo, además del placer que obtendría. Ella aceptó a regañadientes, más por hacerle el gusto que por otra cosa. Casimiro le preparaba por las mañanas una de las yeguas más dóciles, y comenzó a montar. Poco a poco se fue soltando: para cuando él marchó a Venezuela ya era capaz de hacerlo, si bien solo al paso.
Casimiro le contó lo que sabía. El hombre estaba destrozado. Le dijo que aquella mañana Concetta había salido loma arriba con su yegua Estrella. Le sorprendió que pusiera a la yegua al trote corto. Un rato más tarde, al ver que no volvía, se temió que hubiera podido caer u ocurrirle cualquier cosa, y con un criado que llevaba la calesa, él se adelantó cabalgando. La encontró tirada entre los matorrales con la yegua pastando a unos metros: vio que tenía un fuerte golpe en la cabeza, pero comprobó con alivio que aún respiraba. Algo muy parecido a lo que le había ocurrido a él. La subieron inmediatamente a la calesa y volvieron a la casa. Allí las criadas la acostaron. Luego llamaron al doctor Molins, que seguía allí.
—Su esposa ha sufrido un fuerte traumatismo en la frente. Debió golpearse con una rama que no vería. No sé lo que sucederá. Siento decirle que si no recupera el sentido en unas horas, creo que no podrá salir adelante.
Pedro estuvo a su lado en todo momento, incapaz de dejar de darle vueltas y vueltas a la cabeza. No tenía la menor duda de que solo él era el culpable de todo, su insistente carácter le había llevado hasta allí. No tendría que haberse separado de ella. Ya no tenía vuelta atrás.
Fue entonces cuando sucedió el milagro. A los dos días Concetta recuperó la conciencia.
—¿Qué…? ¿Qué ha pasado? Me duele mucho la cabeza. ¿Eres tú, querido? Siento una terrible sed.
Él se inclinó sobre ella y la besó en la mejilla.
—Nada, Concetta, te diste un pequeño golpe al caer del caballo. Pero no te preocupes. Bebe un poco y descansa, pronto estarás bien.
Cuando la dejó durmiendo Pedro salió al exterior. El cielo oscuro era como una bóveda gigantesca repleta de infinitas estrellas. Con los ojos húmedos pensó que al final, aunque no se la mereciera, el destino le iba a dar una segunda oportunidad.