El informe Manila
El paraíso que no llega
Mariana de Castro le había pedido a su hermana Isabel que terciara ante el adelantado para que le concediera permiso para poder viajar en la Santa Isabel, con su marido Lope de Vega, almirante de la flota. Isabel comprendía a su hermana y aceptó mediar ante Mendaña, no sin antes decirle que prefería que hicieran el viaje juntas. La suerte no estaba de parte de Mariana, porque cuando partimos de las islas Marquesas se encontraba a bordo de la capitana, lejos de su marido y notoriamente afligida. Y no era la única persona en la flota que sufría, el ambiente que se respiraba en los cuatro barcos había cambiado. Un viento de desasosiego descendía velas abajo y recorría las cubiertas. Los rostros de los marineros y de los colonos expresaban una gravedad no justificada, los soldados mostraban continuamente su descontento con todo y formaban corrillos que les servían para extender su desagrado por todo el barco.
Isabel Barreto estaba al tanto de los dimes y diretes, como lo estábamos otras personas: el piloto mayor, el vicario, Lorenzo Barreto, el maese de campo o el mismo adelantado, sólo que cada uno podía saber cosas de los demás que difícilmente coincidirían con las informaciones que otros tuvieran. La capitana se había convertido en una madeja de chismorreos, muy complicada, cada vez más; reconducir la situación sería una ardua tarea, poco menos que imposible. Lo mejor sería alcanzar las islas Salomón cuanto antes y darle un final a la jornada que satisficiera a la mayoría. A Isabel, perfectamente informada por sus criadas, le empezaba a resultar agobiante tanto rumor, tanto pesimismo, y se enfurecía al saber que la soldadesca no escatimaba esfuerzos para enrarecer cada día más la convivencia en la nao. Habló con el adelantado de ello y se quedó perpleja: a su marido no le preocupaba lo más mínimo lo que su esposa le estaba contando. En realidad, se encontraba al tanto de todos los rumores que circulaban por su nao.
—Me exasperas con esa actitud indolente —replicó Isabel a su marido en pleno acaloramiento—. ¿Te estás burlando de mí?
—No, Isabel, no —respondió Mendaña—. Sólo que debes confiar en mí. Nadie excepto yo ha navegado por estos mares y si mis cálculos no fallan, y no deben de fallar, mañana avistaremos las islas Salomón. Calculo que mañana estaremos a unas mil cuatrocientas leguas del Perú, tal vez a mil quinientas, por lo tanto, a lo largo del día de mañana deberíamos de ver en el horizonte alguna de las islas Salomón.
—¿Estás seguro?
—Isabel, es tal como te lo estoy contando —respondió Mendaña.
—Pues entonces —continuó su esposa— podrías anunciarlo a tus oficiales y a la tripulación para que se calmaran los ánimos y variara el talante de las personas.
—¿Te das cuenta de por qué estoy tranquilo? —preguntó Mendaña—. Mañana al amanecer daré la noticia para que todos estén especialmente atentos, fijando sus miradas en la línea del horizonte.
Así fue como Mendaña anunció a la flota que, con seguridad, a lo largo del día tendríamos las islas Salomón ante nosotros. Era el 9 de agosto de 1595 y, efectivamente, ese anuncio había devuelto la alegría y las esperanzas a los que en la jornada participábamos. Quirós confirmó los cálculos del adelantado diciendo que nos encontrábamos a unas mil cuatrocientas cincuenta leguas del puerto de El Callao y que ésa era la distancia que le había facilitado Mendaña como la aproximada para llegar a las islas de Poniente.
Se veían grandes nubarrones en el cielo que, de vez en cuando, descargaban algún chaparrón; hacia el Norte estaba más claro y hacia el Sur, donde se suponía la gran tierra ignota, el cielo era negro, como si las nubes se concentrasen sobre tierra firme, así pensaba Quirós y también Mendaña, pero ambos estaban de acuerdo con que si se había marcado un rumbo éste no debía ser alterado sin justificación, aventurándose en la localización de una tierra sobre la que no se tenía ninguna seguridad sobre su existencia. El tiempo tan revuelto no influyó en los ánimos de la gente que, además, no regateaba en la comida ni en la bebida ante la inminencia de la llegada del final de la jornada; final en el que encontrarían, según les habían prometido, riquezas y abundante comida para fundar una gran colonia para la corona de España. Pero la noche llegó antes de lo previsto pues, por culpa de las nubes que habían cubierto completamente el cielo, el día se oscureció demasiado pronto. No gustó eso al piloto mayor, ya que sin el referente de las estrellas en el cielo le iba a costar mucho trabajo orientarse. No gustó tampoco a los demás, porque no habíamos alcanzado a ver las islas que nos había anunciado el adelantado. Sin embargo, con el estómago lleno y soplando una brisa fresca en el exterior, los que no estábamos de guardia nos recogimos a dormir plácidamente, con la esperanza de que tal vez al día siguiente sí que llegaríamos a nuestro destino final. Pero tampoco; ni siquiera dos días más tarde, ni los siguientes. Algo raro pasaba porque nadie entendía que el adelantado hubiese anunciado la llegada para días atrás y no tuviésemos ni el menor rastro del archipiélago que él mismo había descubierto veintisiete años antes. Los rumores, las dudas, el desasosiego y la desesperación se estaban apoderando de nuevo de la flota. Isabel preguntaba a su marido y no obtenía respuestas. Quirós hacía lo propio y repasaba sus cálculos y estimaciones y los comparaba con los del adelantado. Sí que pasábamos cerca de islotes o de islas de perfil muy bajo y muy reducido bojeo que resultaban peligrosas para la navegación, porque se encontraban rodeadas de arrecifes que podrían causar mucho daño, sobre todo a las dos naos por tener más calado.
—Sería prudente que se adelantasen la galeota y la fragata para que, sin riesgo para ellas, nos fueran dando la profundidad —dijo el piloto mayor a Mendaña.
—Tenéis razón —respondió el adelantado—. Así también nos avisarían de bajos y de las rocas que se pudieran encontrar. Vos sois devoto de Nuestra Señora de la Soledad, ¿no es cierto?
—Sí, lo soy —respondió Quirós.
—¿Lleváis una imagen de la Virgen con vos?
—Sí, señor, cada día le rezamos mi familia y yo en la intimidad de nuestros aposentos.
—¿Os importaría trasladar cada mañana esa imagen al puente para que en el rezo general todos nos podamos encomendar a ella, para que tercie por nosotros y por nuestra salvación ante Nuestro Señor Jesucristo?
Quirós se sorprendió ante tal petición del adelantado y, aunque no puso ninguna objeción al pedido, quedó muy preocupado. Ese gesto de ponerse en manos divinas para solucionar la jornada significaba únicamente que el adelantado no sabía dónde se encontraba, no se podía fiar ya de ningún parámetro de navegación, estaba perdido y todos nosotros con él. Mal asunto. Desde aquel día, cada mañana Mendaña obligaba a todo el mundo a estar en la cubierta superior para rezar la salve delante de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad.
La galeota y la fragata se pusieron al frente de la flota, siguiendo las instrucciones del piloto mayor, y ahí se mantuvieron durante todo el día, pero al llegar la noche, y ante el temor de ser ellas las víctimas de los arrecifes, se dejaron adelantar y navegaron muy retrasadas, lejos de cualquier reproche por parte del adelantado. Era notorio el desencuentro existente entre Mendaña y sus oficiales. Ya no se le respetaba. Las naves avanzaban hacia lo desconocido guiadas por un hombre completamente derrotado por las circunstancias. A todos los males que supone el encontrarse perdidos, había que añadir el de la consecuente escasez de víveres y de agua. Se había derrochado muchos días atrás, ante la inminencia de la llegada a las islas Salomón que había predicho Mendaña, y ahora todo eran quejas y precariedad en la alimentación. También escaseaba la leña para hacer fuego, no sólo en la capitana, pues la almiranta envió un bote para que se le suministrara leña y también agua, que tenían sólo nueve botijas y eran ciento ochenta y dos personas a bordo. Decían los marineros enviados en el bote de la Santa Isabel que ya habían picado, para leña, mucha de la obra muerta de la propia nao y que por eso necesitaban nuestra ayuda. Asimismo pedían agua, porque en la almiranta viajaban muchas más personas que en la capitana, eran casi la mitad de la gente de la jornada y la estiba de bastimentos en las islas Marquesas había empezado por la San Jerónimo, sin dar tiempo a completar las necesidades de la almiranta. A Mendaña lo de la leña le pareció bien pero lo de darles agua, no. Creía que se trataba de una treta para tener mayores reservas, con lo cual negó el agua a pesar de las constantes súplicas y de que en nuestra nao teníamos almacenadas casi cuatrocientas botijas llenas.
Isabel decidió, de nuevo, tomar las riendas. Con mucha sutileza y sin hacerse notar, fue hablando con algunas personas para conocer sus opiniones sobre cuáles serían las medidas más convenientes a tomar para la salvación de la flota. Además de con sus hermanos, mantuvo largas conversaciones con el piloto mayor.
—Creo, señora, que —dijo Quirós—, o bien la latitud y la longitud que me fueron facilitadas por el adelantado estaban equivocadas, o bien, por alguna circunstancia que se me escapa y que dudo se haya producido, nos hayamos desviado del rumbo que debiéramos haber seguido.
—¿Qué creéis vos que sucedió? —preguntó Isabel.
—Yo más bien me inclino porque la longitud no fuese la que el adelantado creía. Quizá las islas Salomón estén mucho más lejos de lo que él había calculado en su momento, o tal vez sus pilotos no hicieron bien las estimaciones, cosa que también dudo, llevando a bordo al insigne cosmógrafo Pedro Sarmiento de Gamboa y como piloto mayor a Hernán Gallegos.
—¿Pensáis que es posible que le hubieran engañado en las estimaciones? —volvió a preguntar Isabel.
—Hoy por hoy —continuó Quirós— vuestro esposo es un gran navegante, no hay duda de ello. Pero debéis pensar que cuando mandó la flota en 1565 era un joven con muy poca experiencia como marino. Ahí quizá esté la clave de este grave problema que nos puede conducir a la muerte a todos los que aquí nos encontramos.
—¿Qué haríais vos para intentar salvar la flota?
—Seguiría avanzando sin subir mucho de los diez grados Sur ni bajar de los ocho. Es posible que, navegando con el mismo rumbo, más tarde o más temprano, alcancemos las tan ansiadas islas que son causa de nuestra angustia.
—Eso haremos, señor Quirós, eso haremos —sentenció categórica Isabel.
—Os recuerdo, señora, con todos mis respetos —dijo el piloto mayor—, que yo seguiré las órdenes de vuestro esposo, el adelantado.
—Yo, personalmente, me encargaría de que recibieseis el más duro de los castigos si así no lo hicierais, señor Quirós.
—Me parece que nos entendemos, señora. Quedo a vuestra disposición.
Los hombres hablaban y hablaban. Unos decían que estábamos totalmente perdidos y que avanzábamos hacia una muerte segura y que por eso había que repartir toda la comida, evitando así una larga agonía. Otros decían que las islas Salomón nunca habían existido, que todo era un invento de Álvaro de Mendaña para poder lanzarse a la aventura de un posible y casual descubrimiento. Incluso había quien decía que como había pasado tanto tiempo, casi treinta años, desde que Mendaña las había descubierto probablemente las islas Salomón se habrían hundido y que habríamos pasado por encima de ellas. Se oía de todo y cada comentario era a cual más disparatado. Hacía quince días que habíamos abandonado de muy mala manera las islas Marquesas de Mendoza y más de diez desde que el adelantado había anunciado que se iban a avistar las Salomón. La rutina y la desesperanza fueron rotas por alguien que gritó: «¡Tierra! ¡Tierra por el noroeste!». Se trataba de cuatro pequeñas islas, muy planas ellas, muy arenosas y llenas de palmeras. Mendaña las bautizó como islas San Bernardo por ser el día dedicado a ese santo.
Se buscó la forma de desembarcar para buscar agua, leña y alimentos, pero por el sudeste era imposible ya que las islas estaban protegidas por un largo bajo de arena que nos haría encallar. Se estaba en ello por el sudoeste cuando el vicario, Juan Rodríguez de Espinosa, llevando a un aparte al adelantado le convenció para que siguiéramos nuestro camino sin más interrupciones. Quirós insistió para hacer entrar en razón a Mendaña pero no lo consiguió, por eso se dirigió a Isabel, para que mediara ante su marido, por la conveniencia de hacer aguada, leña y recolección de alimentos, que la escasez era mucha, habiendo alguna gente enferma. Isabel oyó al piloto mayor y trató, a su vez, de convencer a su marido, pero tampoco logró hacerle cambiar de parecer. Ni siquiera logró averiguar cuáles fueron las verdaderas razones, aducidas por el vicario, para no hacer escala en las islas San Bernardo. Alimentos debía de haber en aquel lugar, pues a mí me pareció ver unas cuantas canoas tripuladas por indios en las proximidades de la playa, y no fui el único en verlas, otras personas ratificaron la veracidad de mi observación. Otra vez, se complicaba la travesía y la vida a bordo de las naos. Para algunos, la aparición de las islas que el adelantado bautizó como San Bernardo confirmaba que navegábamos con buen rumbo, que después de unas islas vendrían otras y que, finalmente, llegaríamos a las más importantes y deseadas, las islas Salomón. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo, ni compartían un ápice tal opinión, más bien al contrario, se mostraban muy pesimistas, más que eso, completamente derrotistas. Y como casi siempre, todos los comentarios negativos provenían del mismo sector, de la soldadesca. Aquellos hombres se aburrían día tras día, hora tras hora, en lo que para ellos era un sin vivir. La total falta de actividad en unos hombres acostumbrados al máximo riesgo y la casi permanente acción les conducía al nerviosismo y a la desesperación. Se les veía al límite, en cualquier momento perderían el control; manoseaban sus armas con ansiedad, deseosos por disparar, por lanzar cuchilladas a diestro y siniestro, por oler la pólvora quemada y por oír el estruendo de los disparos. De sus bocas salían críticas a los pilotos, a los contramaestres, a Quirós y al mismísimo Mendaña, capitán general de la flota. Se entrometían en el duro trabajo cotidiano de los marineros, a los que increpaban con insultos y provocaciones, teniendo que intervenir en varias ocasiones gente de rango para evitar que la sangre llegara al río. En una de estas trifulcas el maese de campo, Pedro Merino, tomó partido por los necios de sus soldados, viéndose involucrado, una vez más, en conflictos impropios de su condición de jefe. Fue otra vez el piloto mayor quien salió en defensa de sus marineros, cargado de razón y lleno de prudencia.
—¿No os parece, señor maese de campo, que deberíais dejar en paz a los marineros? —dijo Quirós.
—Son unos haraganes y por ello les reprendo —respondió el maese de campo.
—Son los hombres que llevan meses trabajando duramente para que todos nosotros hayamos llegado hasta aquí, teniendo la misma ración que vuestros soldados que en todo este tiempo no han dado palo al agua y cuando ocasionalmente lo han hecho corrió la sangre, trayendo amargura y desolación a los hombres y mujeres de buena fe que estamos en la jornada.
—¿Estáis acaso cuestionando a mi gente?
—A vuestra gente y a vos, que no sabéis o no queréis mantenerlos en la disciplina y el orden.
—No consentiré ninguna intromisión en lo que atañe al contingente militar de la flota —respondió enrojecido por la furia Pedro Merino—. Soy el maese de campo y conozco perfectamente mis obligaciones y sé cómo manejar a mi gente sin que ningún piloto me tenga que dar lecciones.
—Sería bueno que pusieseis en práctica esos conocimientos de los que hacéis alarde —dijo Luis Barreto, al quite, por si hubiera lugar a echar una mano al piloto mayor—. Gran parte de los incidentes que se producen a bordo tienen en medio a alguno de vuestros hombres.
—Si tan capacitado estáis y no queréis injerencias en lo vuestro, dejad en paz a la marinería que ya tienen bastante con su piloto mayor para que les gobierne. Dedicaros a vuestros menesteres y dejadnos a los demás con los nuestros —concluyó Quirós.
La tormenta dialéctica se quedó ahí, no sin elevar el grado de malestar en la nao. La tormenta tropical agitó las aguas del mar del Sur y descargó truenos por doquier con tal furia que mismo parecía que el cielo se había enojado con nosotros. La noticia positiva fue que los denostados marineros reaccionaron con presteza y acumularon baldes y botijas que pronto se llenaron con el agua de la lluvia y que sirvieron para completar la reserva de agua dulce que quedaba en la capitana. Era seguro que en la almiranta y en las naves pequeñas harían lo propio, porque ellos sí que iban necesitados.
Esa misma tarde, con la tormenta alejándose y la mar buscando su acomodo, cuando me disponía a escribir mi diario, recibí la visita de Isabel Barreto en mi minúsculo camarote. Venía, con su hermana Mariana y con la Pancha, de visitar a José de Viariz, el criado de confianza que guardaba los víveres del pañol de estribor. Habían estado haciendo recuento de provisiones y el cálculo estimativo de los días que podrían durar. Isabel pidió a su hermana y a la Pancha que se fueran a los aposentos de la familia.
—Vos diréis, señora. ¿A qué debo el honor de esta visita?
—Os traigo esta garrafa de vino de Porto. Seguro que os hará bien y os ayudará a soportar estos días de incertidumbre —respondió Isabel.
—Os agradezco enormemente vuestra gentileza. Con este vino dormiré mejor. Pero no habéis venido solamente a traerme el vino, ¿verdad?
—Decidme, De Melo, ¿qué opináis de la situación? ¿Creéis, como mucha gente en el barco, que estamos perdidos?
—No os descubro nada que no sepáis si os digo que la gente se siente a la deriva —contesté—. Acabáis de subir de las bodegas y supongo que habréis visto el desánimo en las caras de los que descansan en la cubierta inferior. Llevan varios días encomendando sus almas al Señor ante lo que suponen que va a ser una muerte segura.
—Sí, he visto esas miradas… es algo que nunca imaginé en Lima, nunca creí que esto iba a pasar en nuestra flota. Pero ¿qué creéis vos? ¿Estamos perdidos?
—No soy marino como para poder aventurarme en la respuesta que me estáis pidiendo de forma tan categórica —respondí—. Desconozco si las islas Salomón quedaron atrás, si están más adelante o si han sido borradas de la faz de la tierra porque se las haya tragado el mar. Lo que sí me parece acertado es continuar con el mismo rumbo, es posible que no hayamos llegado y, en caso de haberlas pasado de largo, tal vez podamos encontrar otro archipiélago como los que hemos descubierto anteriormente en estas latitudes.
Isabel pareció quedar satisfecha al escuchar una opinión que, probablemente, coincidía con lo que ella creía y, quizá, con lo que alguna que otra persona consultada con anterioridad le hubiese dicho. Pero ella quería algo más.
—No sabemos lo que nos deparará el futuro, ni lo que Nuestro Señor Jesucristo nos tiene preparado, pero —dijo, posando su mano sobre mi brazo— en caso de peligro y de revueltas a bordo, ¿puedo contar con vos?
—¿Acaso lo dudáis, señora? —contesté, dando un pequeño paso hacia ella en señal de entrega y disposición.
—Gracias, Antonio —dijo Isabel, era la primera vez que se dirigía a mí usando mi nombre de pila.
Quise besar su mano para sellar la confianza, pero inesperadamente se acercó a mí regalándome un beso fugaz del que reaccioné cuando cerró la puerta tras abandonar mi camarote.
Los días pasaban y la flota avanzaba hacia lo desconocido, pero manteniendo el rumbo marcado por el piloto mayor.
Ciertamente, más que una flota aquello parecía un grupo de naves que hacían la misma ruta por casualidad. Tras la capitana, pero muy retrasada y navegando por babor, nos seguía la fragata Santa Catalina con el teniente capitán Alonso de Leiva y su gente. Ligeramente detrás de ella les seguía la galeota San Felipe, con el capitán Felipe Corzo y su gente y, muy retrasada, casi en el límite del alcance visual desde la capitana, navegaba la almiranta, la Santa Isabel, con el capitán Lope de Vega y ciento ochenta y una personas más. No era bueno para la seguridad de los barcos tanta dispersión, pero ya no había en la flota nadie que impusiera el suficiente respeto ni la necesaria autoridad para reconducir en la jornada el orden y las buenas maneras. Ni siquiera a bordo de los barcos; mientras las familias con hijos buscaban la mejor forma para subsistir con el racionamiento, los demás, incluso algunos marineros y gente principal, se dieron a una vida desordenada y licenciosa, no exenta de escándalo en algunos casos. Contra lo que muchos pudieran suponer, porque hablar se hablaba, la Pancha era una mujer fiel a sus hombres, a Antonio y al capataz Cancela, aunque también se decía que aprovechaba las noches libres del negro cimarrón, cuyo vigor se había corrido entre las mujeres. Otras concedían sus favores a cambio de comida o agua, con lo que los más deseados eran los hombres de posición, que contaban con despensa propia y con alimentos fuera del control del racionamiento. Luis Barreto tenía relaciones con una mujer llamada Manuela que se había incorporado a la flota a última hora en Paita; otros que también se incorporaron allí dicen de ella que dejó en Perú a su marido, un viejo regordete dueño de una hacienda con treinta indios y de un almacén que vendía provisiones a toda la comarca, con quien su familia la había obligado a casarse unos meses antes. Lo que había comenzado en las islas Marquesas como una relación normal, de pareja, se había hecho público gracias a la maledicencia de la gente, en el momento en que pudo parecer puro comercio carnal a cambio de comida. Si bien es cierto que el vicario Juan Rodríguez de Espinosa había expresado su malestar al adelantado por la conducta pecaminosa de su cuñado con una mujer casada, la insistencia no había ido a más y la discreción imperaba en la pareja. No lo era tanto Diego Barreto quien, sin pareja conocida, había sido visto en más de un regazo. El problema serio lo tenía y lo causaba el capitán Lorenzo Barreto, a quien se le atribuía una relación adúltera con una mujer llamada Dolores, algo mayor que él pero muy exuberante y con mucho donaire, que viajaba con su marido, el soldado Juan de Buitrago, exalguacil de la Audiencia de Lima. El asunto se las traía. En un barco es muy difícil, si no imposible, preservar la intimidad y muy fácil alimentar los rumores y las calumnias. Si Buitrago conocía o no lo que hacía su mujer, estaba por ver; si consentía o no también. Pero quien no pasó por alto tal afrenta fue la milicia, pues no podían consentir que alguien se estuviera beneficiando a la mujer de un compañero de armas; eso constituía una verdadera ofensa a los soldados y oficiales del batallón que protegía la flota. Todo este escándalo derivó en una intervención pública de los implicados, negando tal relación adúltera ante la presencia del adelantado, del piloto mayor, del maese de campo y de otra gente principal, entre los que se encontraban el vicario y el capellán. La cosa quedó ahí, pero la reputación de Lorenzo Barreto y de Dolores, la mujer de Buitrago, quedó desde entonces en entredicho. Isabel tenía que evitar que su familia se viera nuevamente implicada en más escándalos de esa clase y por eso invitó a su hermano Lorenzo a tomar una copita de licor en su camarote.
—Lorenzo, debes evitar volver a encontrarte con Dolores hasta que lleguemos a las islas Salomón o hasta que se calmen los ánimos de la gente —le dijo Isabel a su hermano.
—¡Pero si no tengo nada que ver con esa mujer! —respondió.
—A mí no me mientas, Lorenzo —espetó Isabel—. Sé muy bien dónde y cuándo empezó todo esto y creo que, dadas las circunstancias, deberías ser un poco más sensato y no perjudicarte ni a ti, ni a ella, ni la seguridad del barco, con tu terquedad. ¿Te queda claro?
—Está bien, hermanita —contestó Lorenzo—, creo que tienes razón y procuraré evitar más escándalos. Pero tú también deberías ser más prudente.
—¿Qué insinúas?
—No insinúo nada. Sólo te digo que tú también debes evitar comentarios, que los hay sobre ti y algún que otro hombre.
—¡Son mentiras! —gritó irritada Isabel—. ¿Quién te ha dicho a ti algo? ¿Cuándo he dado que hablar? ¿Quién es el que me acusa de semejante infamia?
—Tranquila, Isabel. Son rumores como otros cualesquiera de los que no se libra nadie a bordo. No pretendía irritarte así.
—Pues no hubieras hablado. Para otra vez piénsate antes lo que vas a decir. Pero te recuerdo que tú sí que debes tener mucho cuidado con lo que haces.
Ese mismo día, Mendaña se retiró pronto a sus aposentos, completamente derrotado. El fracaso acechaba y el resultado que llevaba implícito era la muerte de todos los participantes en la jornada, de su esposa, de sus cuñados, de sus amigos, de toda esa gente que había confiado en él, en su sueño; que se habían creído, con pelos y señales, todo cuanto él y sus capitanes habían estado diciendo en Lima y en las provincias al reclutar colonos. No importaba que todo el mundo fuese consciente de que un viaje oceánico era siempre arriesgado y más aún si se realizaba por un mar tan desconocido como el mar del Sur. Isabel se acercó a él y lo consoló. Le dio todo el cariño que era capaz de dar, de expresar, pero sobre todo le hizo ver que en esas horas de aflicción se debía más que nunca a los suyos y que debía participar activamente, junto a su piloto mayor, en la salvación de la flota, que se encontraba en peligro de muerte en medio de la nada, lejos de cualquier tierra cristiana.
—Ármate de valor, que lo tienes —le dijo Isabel—. Sal ahí fuera y toma el mando. Hazle ver a Quirós que no está solo y que tiene patrón a quien servir, y gánate, de una vez por todas, el respeto y la admiración de tus hombres. Y mañana, si Dios quiere, y con el viento a favor y la mar en calma, veremos qué nos depara el horizonte. Y si hay que seguir navegando no cambies el rumbo que, por lo pronto, hasta la fecha, nos hemos topado con islas y ¿quién es capaz de afirmar que las Salomón no están unas leguas más adelante? No consientas que nadie cuestione tus órdenes y si alguien se atreviera, no dudes en ser ejemplar en el castigo.
—Isabel, eres una mujer increíble —respondió Mendaña con voz trémula—, eres maravillosa, eres mi fuerza y mi inspiración. Nunca podré agradecerte suficientemente lo que has hecho por mí, lo que has aportado a mi vida, tu disposición, tu entrega…
—Déjate de piropos y sal ahí fuera y sácanos de este infierno.
El día 29 de agosto avistamos tierra. Se trataba de una pequeña isla cubierta de vegetación y rodeada de arrecifes. El adelantado la llamó isla Solitaria por no ver más a su alrededor. Dada la precaria situación de bastimentos, y de acuerdo con el piloto mayor, el capitán general esperó a la Santa Catalina y a la San Felipe y les ordenó que, con mucho cuidado, se adelantaran y buscaran un buen acceso para hacer tierra. Era imperiosa la necesidad de reponer agua dulce, madera y alimentos frescos. Alonso de Leiva y Felipe Corzo, en sus respectivos barcos, navegaron hacia la isla pero no encontraron ningún buen acceso. Con mucho riesgo intentaron incluso ver la posibilidad de fondear ellos y encargarse de realizar la estiba para los dos grandes barcos de la flota pero la maniobra, que habría que repetir en varias ocasiones, se presentaba demasiado arriesgada, con lo que desistieron e hicieron indicaciones a las dos naos, la Santa Isabel y la San Jerónimo, para que siguieran su rumbo, que aprovisionarse en la Solitaria era imposible. Por momentos, desde la capitana, pudimos ver muy de cerca cómo grandes rocas coralinas asomaban amenazantes por encima de las olas. Convenía alejarse y Quirós dirigía la marcha personalmente, teniendo a varios marineros sondando la profundidad de las aguas que surcábamos temerariamente.
La aparición de aquella isla calmó ligeramente los ánimos. La gente más próxima a Mendaña y los Barreto se encargó de difundir, entre la tripulación y el pasaje, la idea de que no se iba desencaminado con el rumbo actual ya que cada pocos días aparecían nuevas islas, lo cual era señal inequívoca de que en esas latitudes se encontrarían las de destino, las islas Salomón. El caso es que los días pasaban y todos nos sentíamos más desesperanzados, más cansados, más débiles de cuerpo y de espíritu. Las misas eran cada vez más frecuentes, los rezos de la salve y del santo rosario se sucedían, en algunas ocasiones el vicario celebraba una misa en una cubierta mientras el capellán Antonio de Serpa rezaba el rosario con otro grupo de gente en otra parte de la nao. Eran tantas las horas del día y de la noche sin consuelo que parecía no haber descanso para nadie. Por mi cabeza se pasaron episodios de mi vida, unos felices como los de mi infancia y adolescencia entre Galicia y Portugal, en compañía de mis padres y hermanos, y otros más comprometidos y peligrosos, en Flandes, en Italia y en Francia. Me turbaba el beso fugaz de Isabel, a quien quería retirar emocionalmente de mi cabeza y de mi corazón. Por eso buscaba consuelo en el recuerdo de mi estancia en lea, en la hacienda de Potter, rememorando aquellas plácidas y calurosas noches de inmenso cariño y placer que me había regalado Curi Ocllo, la princesita inca.
La mañana del 7 de septiembre se presentaba como una más, entre la monotonía y la desesperanza de un viaje a ninguna parte. El vicario Juan Rodríguez de Espinosa celebró misa en el puente, como cada día, ante la imagen de la Virgen de la Soledad. Como siempre, al finalizar los actos religiosos, algunos oficiales y hombres de confianza permanecimos en el puente junto al piloto mayor, departiendo con los Barreto y Mendaña. Aprovechábamos para intercambiar pareceres, refrescar nuestras mentes y otear el horizonte en busca de una tierra, de un paraíso que no llegaba, que se nos negaba sistemáticamente. Los ánimos de la gente estaban caldeados y todo apuntaba a que se debería reforzar la vigilancia ante un eventual intento de motín. Sobre eso hablábamos apoyados en la borda de estribor Lorenzo Barreto, su hermano Luis, Isabel y yo. De repente vi brillar un destello en el aire y, automáticamente, sin pensar en nada, me abalancé sobre Isabel derribándola y arrastrando con ella a Lorenzo. El puñal se espetó contra la puerta de acceso a los camarotes principales y de milagro no alcanzó su destino. Lorenzo se quedó lívido al sentir el acero de la toledana tan cerca de su cara. Todos reaccionamos rápidamente en busca del brazo ejecutor y miramos hacia el lugar desde el que supuestamente había sido lanzado el puñal. Allí sólo se encontraban marineros que no parecían, a primera vista, culpables, más bien todo lo contrario, estaban tan sorprendidos como nosotros ante la gravedad del suceso. Unos minutos antes, junto a los marineros estaban unos soldados, pero en aquel momento no quedaba ninguno en cubierta. Todo un misterio que habría que investigar y que ratificaba las sospechas sobre una posible rebelión a bordo. Tanto Isabel como su hermano Lorenzo, el resto de los oficiales presentes y el propio Mendaña, se deshicieron en agradecimientos y felicitaciones por mi intervención. Se interrogó, sin obtener resultados positivos, a todos los que estaban en cubierta en aquel momento, incluso se ofrecieron veinte ducados de oro al que entregara al culpable del incidente, pero a lo largo del día sólo se oyeron rumores, malos comentarios sobre el fin de la jornada y cruces de acusaciones de soldados a marineros, de marineros a soldados, del pasaje hacia unos y otros y, finalmente, el que nunca salía bien parado era Mendaña.
El viento soplaba fuerte del Sudoeste, tanto que navegábamos únicamente con el velacho del trinquete. Los vigías anunciaban bajos coralinos por todas partes, aunque no emergiendo claramente, y el cielo presentaba una gran cerrazón por la proa. Quirós sentía el peligro y ordenó a las naves pequeñas que se adelantaran para ir anunciando la profundidad de las aguas a las naos. La tempestad que se aproximaba hacía prever que la noche iba a ser larga y el trabajo para la marinería muy duro.
Un sonido atronador nos puso en alerta. Como si un fuerte rayo hubiese caído en el medio del barco, pero no fue así. La tormenta aún no descargaba, pero sí que se oían los truenos en la distancia y se veían los rayos a lo lejos. No tardaron en echarse encima de las naves de la flota una serie de grandes olas para las que no había explicación. Una vez superados aquellos inconvenientes, el mar se tranquilizó bastante y divisamos a lo lejos, justo tras la puesta del sol, la causa de tal estruendo y del fuerte oleaje. Teníamos ante nosotros una isla volcánica en plena erupción. La Santa Catalina y la San Felipe se fueron quedando atrás muy poco a poco, con lo que la San Jerónimo pasaba a ser la nao que iba al frente de la flota, seguida de la almiranta. Se les dijo precisamente a los pilotos de la Santa Isabel que se intentaría pasar la isla por el Sur pero que, en cualquier caso, el punto de encuentro para la mañana siguiente sería al sudoeste de la isla volcánica. Y así se comunicó a todos los barcos.
Las primeras gotas fueron el preludio de un intenso aguacero acompañado por rayos y truenos. Parecía que nos estábamos metiendo de lleno en la boca del infierno. La mar era muy gruesa y la San Jerónimo parecía un cascarón flotando a duras penas en el centro de un torbellino. Toda la marinería se encontraba en sus puestos, atenta a las órdenes de Quirós y de sus oficiales. Navegábamos sólo con la vela del trinquete para hacer gobernable la nao. Quirós tenía tres referencias en la cabeza, la dirección del viento, fuertes ráfagas del sudeste rolando al este, la dirección de las olas y el faro natural en que se había convertido el volcán, con su incandescente lava deslizándose por las laderas y por las grandes explosiones de gas que se producían en el cráter. Por momentos, el piloto mayor veía que nos acercábamos demasiado a la isla volcánica y eso le hacía temer la posibilidad de encallar con alguna roca coralina, como las que rodeaban a muchas de las islas que nos habíamos ido encontrando en nuestro periplo por el mar del Sur. También estaba muy pendiente de las otras tres embarcaciones de la flota, las dos naves pequeñas nos seguían, más o menos juntas, no muy alejadas de nuestra popa, a una distancia prudencial, mientras que la Santa Isabel viajaba por estribor, con lo que pronto tendría que maniobrar para pasar la isla por el sur, acercándose a nosotros, maniobra que parecía harto complicada, teniendo en cuenta cómo estaba la mar y la dirección del viento, o si no tendría que realizar una empopada y enfrentar la isla por su vertiente norte. El grumete encargado del reloj de arena cantó la hora, eran las nueve de la noche y todo apuntaba a que, de momento, la tempestad no remitiría. Quirós ordenó dar señales con las linternas a las otras naves que, una a una, fueron respondiendo. Mientras duró la tormenta, Mendaña se mantuvo siempre al lado de su piloto, ayudando en las maniobras, repitiendo las órdenes que no habían sido entendidas, manejando la caña…
Con el alba la mar se fue calmando, los vientos se hicieron más suaves y la lluvia fue cesando; de vez en cuando descargaba alguna nube rezagada pero lo peor había pasado. Quirós echó un vistazo a su alrededor y se detuvo observando el volcán, que habíamos sobrepasado por estribor. En su mirada se leía su admiración por las fuerzas de la naturaleza y su orgullo por haber sido capaz de enfrentarse a semejante tormenta y haber salido victorioso. Todavía se veían grandes nubarrones por el Sur, pero ya no eran amenazantes. Quirós, pasado el peligro, dejó en sus puestos a los marineros imprescindibles y mandó a todos los demás a descansar. Sus órdenes fueron quedar al pairo, no avanzar, para dar tiempo a las demás naves para reagruparse. Además, sería interesante inspeccionar la isla volcánica por si se pudieran obtener en ella las provisiones y los bastimentos necesarios para una mejor navegación. El agotamiento llevó a cada uno a su lecho, si bien algunos tuvieron la paciencia de esperar a que les calentaran un poco de agua para mojar en ella las galletas, para así poder descansar mejor y recuperar algo de calor en unos cuerpos destemplados por tanta lluvia, tantas olas batiendo en cubierta y tanto esfuerzo con las velas, los cabos, el achique… El murmullo de hombres, mujeres y niños rezando todo lo que sabían, dando gracias al Todopoderoso por haber pasado con bien aquel duro trance, sirvió de arrullo a los agotados marineros. Los que quedaron en cubierta, de guardia, se dieron el gustazo de ver cómo, poco a poco, los soldados, uno tras otro, aparecían pálidos, como si hubieran visto la muerte, en busca de aire fresco y de un lugar para vomitar lo que no habían sido capaces de arrojar antes por puro miedo.
No habían pasado tres horas cuando Mendaña fue despertado por Quirós.
—Señor —dijo el piloto—, la almiranta no aparece. Están con nosotros la Santa Catalina y la San Felipe, pero ni ellos ni nosotros sabemos nada de la Santa Isabel.
Mendaña subió a cubierta y se reunió con los capitanes de las otras naves y con sus pilotos. Se hizo balance de daños y se acordó que lo mejor sería esperar hasta el mediodía por si acaso la almiranta estuviera fondeada a cubierto, en algún lugar de la costa norte de la isla volcánica.
—En caso de no tener noticias de la Santa Isabel —dijo Mendaña—, aprovecharíamos la bonanza para que, con la galeota por el Sur y la fragata por el Norte, se completara el bojeo de la isla hasta encontrarles.
Y así fue, porque llegó el mediodía y la Santa Isabel no apareció. El cielo se fue despejando y cuando las dos naves pequeñas estaban dispuestas a partir en misión de rescate un marinero gritó: «¡Tierra por babor!».
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