El informe Manila
El mar del Sur
A la orden del adelantado que mandó dar velas, la capitana enfiló al Poniente. El piloto mayor trasladó la orden al contramaestre y éste a los marineros.
—¡Buen viaje nos dé Dios! —gritó Quirós.
—¡Buen viaje nos dé Dios! —respondieron a coro los marineros y todos los que nos encontrábamos en cubierta.
Aquel grito multitudinario, aquel rezo en común, aquel deseo de esperanza, me puso la piel de gallina y a más de uno casi se le saltaron las lágrimas. Ahí estaban reflejadas todas las ansias de muchas personas, las ilusiones por un proyecto trabajado y preparado durante demasiado tiempo. La segunda oportunidad en la vida para otras personas que veían en las promesas del adelantado y en las posibilidades de las islas Salomón la ocasión para redimirse y dejar un futuro mejor para sus hijos. En aquellos primeros minutos de silencio, interrumpidos únicamente por las órdenes que recibían los marineros, cada cual se encontraba ensimismado en sus propios pensamientos, en sus planes de futuro, en sus oraciones… en el final de la jornada que ahora sí se iniciaba de verdad. Era un viernes, día en el que gustaba partir a Mendaña, 16 de junio de 1595 y desde los cinco grados Sur de Paita buscábamos los diez grados Sur, con un rumbo Oeste-Sudoeste. Los soldados hicieron sonar los clarines y los tambores, exacerbando aún más la melancolía en los viajeros.
Isabel siguió la maniobra desde una discreta posición en el puente, acompañada por su hermana Mariana y relativamente cerca de su marido, el adelantado. Con la mirada fija en el horizonte y el rostro sereno, se podía adivinar en sus ojos una pizca de emoción. Ella no veía el punto donde cielo y mar se confundían, ella intuía ya la grandeza de las islas que quería gobernar. Las vislumbraba… quizá iba más allá y se imaginaba paseando en su calesa por las calles de las ciudades que habían fundado… quizá sus sueños eran ir y venir, abriendo rutas para viejos y nuevos productos que llenarían los mercados desde Filipinas al Perú.
—«Bendita sea la luz, y la Santa Vera Cruz y el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad. Bendita sea el alma, y el Señor que nos la manda. Bendito sea el día, y el Señor que nos lo envía» —rezó con todas sus fuerzas el grumete encargado del reloj de arena, avisando así a los marineros y a toda la gente de a bordo que ya había pasado una hora.
Las primeras horas transcurrieron con la gente ocupada en ir acomodándose en los emplazamientos que se les habían asignado en alguna de las cubiertas. Diez grumetes viajaban en la cubierta superior del castillo de proa; justo debajo de ellos, en otra cubierta, se acomodaron los quince marineros encargados del bauprés y del trinquete; en la tercera cubierta de proa, sobre los pañoles de cabos y anclas y el de los de víveres, se acomodaron treinta y cinco pasajeros, gente que mayormente pertenecía al servicio de Isabel Barreto, unos que viajaban con sus familias y otros que eran solteros; en la misma cubierta pero en popa estaban los sargentos mayores y los soldados, que hacían un total de treinta y dos; en la cubierta inmediatamente superior tenían sus aposentos el condestable y el contramaestre junto al resto de la marinería, con lo que eran treinta más. En las cubiertas superiores viajaban el adelantado con su esposa Isabel, Mariana de Castro, que no iba en la Santa Isabel que mandaba su marido el almirante Lope de Vega, los tres hermanos Barreto, Lorenzo, Diego y Luis, el piloto mayor con su esposa Ana Chacón y su hija, el maese de campo, los escribanos, el vicario, el capellán y yo, que disponía de un pequeño camarote en el que sólo cabía un coy, dos arcones, dos botijas de agua y un pequeño baúl en el que me sentaba para escribir, haciendo de mesa uno de los arcones; por fortuna, tenía un ventanuco que miraba a babor. Éramos en total ciento treinta y siete personas a bordo de la capitana; en la Santa Isabel viajaban ciento ochenta y cuatro; veintitrés en la San Felipe y treinta y cuatro en la Santa Catalina; para hacer un total de trescientas setenta y ocho personas participando en la jornada.
Los vientos nos fueron favorables durante las primeras semanas de navegación y el clima benigno, con lo que se facilitó mucho la vida en las naos. La gente estaba de buen humor y aunque no eran muchos los solteros que formaban parte del contingente de la San Jerónimo ya se sospechaban posibles acomodos. Todo transcurría con normalidad, con los marineros haciendo su trabajo sin sobresaltos, con la soldadesca consumiendo el tiempo sin mucho que aportar, los capitanes departiendo y cambiando impresiones, compartiendo proyectos, y yo participando de todo un poco. Aproveché la bonanza para ir conociendo mejor el barco; en las bodegas visité primero el pañol del contramaestre, en el que éste guardaba todo lo necesario para reparar el barco, velas de repuesto, amuras, clavos, etc., justo encima se encontraba la cocina y muy cerca el cuarto del maestro armero. Avanzando hacia proa, en las bodegas centrales del barco se había estibado el agua y buena parte de los víveres, para los que también se habían dispuesto dos pañoles más, cerca de proa, entre ellos estaba la santabárbara; ya en proa un último pañol estaba ocupado por material de marinería.
En las cubiertas corridas, sus ocupantes se las arreglaron para obtener el máximo de intimidad, aprovechándose de los baúles y de los fardos que cada cual llevaba a modo de separación entre los coyes. Hombres y mujeres fueron buscando a sus afines, con los que empezaron a compartir ilusiones, esperanzas e incluso proyectos. Isabel pasaba muchas horas del día con su hermana, entre los aposentos y el puente, sobre todo para que Mariana pudiera ver, aunque fuese en la distancia, a su marido Lope de Vega que mandaba la almiranta. Con ellas, excepto en el puente, estaban siempre algunas criadas, generalmente Swami y la Pancha. Isabel se desahogaba con su hermana hablándole de sus intenciones para cuando llegasen a las islas Salomón, le preocupaba mucho el que se pudiera encontrar una ruta rápida y segura que permitiera establecer una línea de comercio directa entre las islas de Poniente y el Perú, para así tener la posibilidad de suministrar al virreinato las especias y las sedas, sin tener que pasar por las aduanas de Acapulco y Panamá, yendo directamente a El Callao. Veía quizá más futuro en el éxito de las rutas que se pudieran abrir que en el propio establecimiento de nuevas colonias en las islas Salomón o en otras tierras susceptibles de ser descubiertas. Era una mujer que no dejaba de sorprender; en Lima su mayor preocupación consistía en lograr fundar una hermosa ciudad en unas tierras vírgenes, llenas de riquezas y agradables para vivir; tal vez en alguna ocasión, de soslayo, mencionó la apertura de rutas directas con Perú pero sin ningún énfasis, como no queriendo darle importancia para que nadie pudiese reparar en sus intenciones ocultas. A diario dedicaba un precioso tiempo a cambiar impresiones con el adelantado, procurando en todo momento mantenerlo vigilante, atento a todo lo que aconteciese en su flota; quería verlo concentrado y con carácter, de tal manera que estuviera en condiciones de tomar las decisiones más acertadas en cada una de las situaciones, comprometidas o no, que pudieran producirse.
Alguna noche, acompañé a Quirós en la vigilancia de las guardias. Observábamos maravillados aquel firmamento que se mostraba tan evidente, tan manifiesto que parecía querer cubrir con su manto la San Jerónimo y a toda la flota. Orión, la Corona Australis, Sagitario y la Cruz del Sur eran fieles compañeros en nuestro viaje por un mar que por su inmensidad más bien parecía un gran océano. El invierno había llegado y con la puesta de sol refrescaba en alta mar, a pesar de que estábamos a pocos grados de latitud Sur. Yo miraba las estrellas ensimismado, incluso sentía cierto vértigo ante aquella sensación de infinito que en cierto modo nos envolvía, confundiéndose con el mar en el oscuro y difuminado horizonte. Buscaba el suelo de la cubierta para sentirme protegido y, por si con eso no era suficiente, procuraba centrarme en las luces de las linternas de las demás naves de la flota que resultaban ser un bálsamo ante tanta grandeza, disipando también la sensación de soledad que emanaba de aquel punto del universo tan alejado de cualquier parte. Quirós, acostumbrado a tantas noches de navegación por el Atlántico, el Cantábrico y el Caribe, leía otras cosas en la noche, su observación de las constelaciones y de las estrellas era más técnica que romántica. El piloto mayor acumulaba experiencias y datos para sus anotaciones que luego incluiría en las cartas marinas que dibujaría para la Casa de Contratación de Sevilla, en la que se ubicaba la Escuela de Pilotos de la corona española, de tanto prestigio como la de Lisboa, en la que él había adquirido sus primeros conocimientos teóricos como marino. Quizá, mezclados con tanto dato técnico se fueran enhebrando en sus pensamientos algunas ideas menos pragmáticas y más ensoñadoras, pero su rostro curtido por el efecto de los elementos, haciéndole mayor de lo que verdaderamente era, no daba pistas sobre ello.
—«Bendita sea la hora en que Dios nació, Santa María que lo parió, San Juan que lo bautizó. La guarda es tomada, la ampolleta muele, buen viaje haremos si Dios quiere» —cantó el grumete para indicar al jefe de guardia y a la tripulación que era medianoche.
—¿Me acompañáis de ronda por las bodegas? —preguntó Quirós.
El oficial de guardia debía comprobar que todo estaba en orden, también en el interior del barco, que la carga se mantenía en su sitio, que no había extraños en los pañoles, que el agua que se pudiera filtrar no supusiese un problema que requiriese esfuerzos especiales… El pañol del contramaestre estaba en orden; en la bodega de estribor nos saludó el maestro armero José de Viariz, hombre de confianza del adelantado, que lo había ubicado allí para que le vigilara los víveres, era seguramente la persona que disponía de más espacio a bordo. De los pañoles de proa, y con las mismas responsabilidades que José de Viariz, se encargaba José Manuel Cancela Díaz, el capataz de los Barreto; estaba despierto, muy despierto… se encontraba en plena faena… no podía parar, a la fuerza tenía que terminar lo que estaba haciendo… seguramente con la Pancha. Seguimos de largo. Cuando subimos a la cubierta principal, oímos la voz del grumete encargado de girar las ampollas del reloj…
—«Buena es la que va, mejor es la que viene. Una es pasada y en dos muele. Más molerá, si Dios quiere. Cuenta y pasa, que buen viaje hace» — dijo, y finalizó con más fuerza—: ¡Ah de proa, alerta, buena guardia!
—¡Buena guardia a la capitana! —contestó el grumete de guardia en la proa que después se dirigió a su capitán y a mí—: ¡Buena guardia, piloto mayor, buena noche, señor!
Los grumetes habían cantado las doce y media, demostrando que estaban despiertos, manteniendo, igualmente, despierta a la guardia con sus avisos cada media hora.
Los buenos vientos y la climatología favorable nos acompañaron, afortunadamente, desde nuestra partida de Paita. Disfrutábamos de un clima tropical ya que, según los cálculos de Quirós y de Mendaña, debíamos de estar más o menos a la misma altura que Lima pero cientos de leguas al Oeste. Los alimentos no faltaban, pero era evidente que en un mes todos los víveres frescos se habían agotado. Quedaban algunas botijas con fruta que había que ir consumiendo para no tener que tirarla por podrida. Se comían básicamente carnes curadas y en salazón, mucha torta de harina, algún pescado enganchado en las redes que algunos marineros lanzaban al agua una que otra noche, y agua, que para eso el piloto mayor se había empeñado en no partir sin llenar las mil ochocientas botijas. Aun así no se apreciaba nerviosismo entre los embarcados. Lo mismo ocurría en la almiranta y en las embarcaciones más pequeñas, la Santa Catalina y la San Felipe, que informaban al piloto mayor y al adelantado con cierta frecuencia de las novedades a bordo, que no eran muy diferentes de las nuestras. No obstante, sí que debería ser tenida en cuenta la manifiesta ociosidad de los soldados, poco acostumbrados a estar parados. El maese de campo los mantenía ocupados todo lo que podía, haciéndoles revisar y limpiar los arcabuces y mosquetes, mantener afiladas con las chairas las armas blancas, los sables, puñales y estoques, pero últimamente tampoco era nada bueno que tuvieran en sus manos el armamento, ya que se les veía inquietos por la inactividad, estaban deseosos por entrar en acción o, cuando menos, por oler a pólvora quemada, si les dejaran disparar… por eso mismo, el piloto mayor sugirió al adelantado que una vez por semana se hiciesen prácticas de tiro con cada uno de los cañones, para mantener diestros a los artilleros. Con esa decisión, aplaudida por Mendaña, se ocupaba también a los soldados que, bajo la supervisión del maese de campo, disparaban sus arcabuces igualmente una vez por semana.
Era el 16 de julio, el día estaba despejado, menos viento que en días anteriores, mar en calma. La flota se había agrupado y la gente principal se había vestido para la ocasión, el vicario y el capellán en la capitana y los frailes franciscanos en la almiranta iban a celebrar, con misas solemnes y rezos varios, la festividad de Nuestra Señora del Carmen, día grande para los hombres del mar. Con tal motivo, los barcos se habían engalanado con pendones y banderas. Los clarines y tambores dieron mayor solemnidad a los actos, se sirvió ración y media de alimentos y agua y, por gentileza del adelantado, se repartió vino entre los que quisieron catarlo. La gente se mostraba feliz y, aunque se oían algunas bromas sobre las islas que tan lejos se hallaban, toda la jornada transcurrió en un ambiente de fiesta.
—Señorita —dijo Swami—, no sé si estamos llegando a donde el adelantado nos quiere llevar, pero huelo tierra.
—¿Qué dices, Swami? ¿Has bebido demasiado? —preguntó Isabel.
—No, señorita, he bebido como todos, pero le aseguro que siento la tierra cerca.
Isabel tomó nota del comentario y esa noche se lo participó a su marido.
—¿Estamos cerca? —preguntó Isabel a Mendaña.
—Muy lejos no debemos de estar —respondió el adelantado—, pero no tanto como para oler tierra tal como te dijo Swami.
—Ella no suele equivocarse. Tiene una gran intuición y tú lo sabes.
—Isabel, hay una gran diferencia entre tener esa clase de intuición y saber navegar. Te digo que no hay tierra conocida por estas latitudes.
Los siguientes días, Mendaña pasó más tiempo del acostumbrado con su piloto mayor. Estudiaban las cartas y hacían estimaciones de longitud, calculaban que debíamos de estar a unas mil cien leguas de las costas del Perú, pero ambos sabían que los cálculos de longitud se apoyaban en datos relativamente fiables que tenían que ver con los nudos de velocidad, la medición del tiempo… y los instrumentos no eran precisos, por eso hablaban de estimación. Sí que conocían la latitud con mayor precisión, navegábamos en los 11 grados Sur. Según lo apuntado por Mendaña a su piloto mayor antes de zarpar de Paita, las islas Salomón se encontraban en esas latitudes a unas mil cuatrocientas cincuenta leguas, por lo tanto, aún faltaban algunos días para llegar al destino final, siempre y cuando Mendaña estuviera en lo cierto en la distancia correcta y Quirós no hubiese errado en su estimación.
Al mediodía del día 21 de julio, el vigía de la cofa de la mayor, avistó tierra. Una inmensa alegría recorrió el barco, la emoción provocó algún desmayo entre las mujeres y a todos se nos puso la piel de gallina ante la visión de unas tierras desconocidas. ¿Habíamos llegado a las islas Salomón? Ésa era la pregunta que le trasladaba Quirós al adelantado.
—Es algo que no puedo responder hasta desembarcar y comprobar quién habita esa isla y cómo es su orografía. Pero me parece pronto para ser las Salomón.
La flota puso rumbo a la isla descubierta, a la que llegamos al atardecer. Prudentemente se decidió no acercarse demasiado para evitar cualquier situación de peligro. Al día siguiente se desembarcaría para hacer el reconocimiento de aquellas costas. La isla fue bautizada como isla de la Magdalena, por ser la víspera de esa festividad. Esa noche Mendaña ordenó al maese de campo que dispusiera una guardia de soldados convenientemente armados para evitar sorpresas no deseadas.
El descubrimiento de la isla de la Magdalena fue, como cabía esperar, todo un acontecimiento para todos los componentes de la flota. Los barcos habían fondeado juntos, lo suficientemente cerca como para participar de la inmensa alegría que se vivía. Larga fue la noche y muchos los encuentros amorosos entre penumbras. Si cuando el vigía gritó tierra el vicario tenía varias peticiones de casamiento entre la gente de la jornada, con la buena noticia llegaron a ser hasta quince las peticiones entre los de la Santa Isabel y la San Jerónimo. Ya en sus aposentos, después de cenar en compañía de los demás hermanos, Isabel no tardó en recordarle a su marido el acierto, el instinto convertido en olfato de la negra Swami, que había predicho la proximidad de tierra cinco días antes. Mendaña declinó cualquier discusión, no sin balbucear que tal predicción había sido una casualidad.
Con el alba, la actividad se recobró. El adelantado quería que el maese de campo y algunos capitanes se desplazasen a tierra en una de las lanchas, para inspeccionar la costa y para elegir un buen lugar en el que establecer un campamento que tuviera un manantial de agua dulce en sus proximidades, que permitiera rellenar, sin tener que recorrer grandes distancias, las botijas de los cuatro barcos, pero tal operación debería esperar. Ya no quedaba duda de que la isla de la Magdalena estaba habitada, unas setenta canoas repletas de indios bogaban con furia hacia las naos. Serían en total unos cuatrocientos nativos los que se acercaban y venían totalmente desnudos. Uno de ellos, el más decidido sin duda, se aferró a la San Jerónimo extendiendo el brazo en solicitud de ayuda para subir a bordo y se le ayudó, con él subieron unos treinta o cuarenta más. Nos traían cocos, nueces, plátanos y otras clases de frutos y nos señalaban, con ostensibles gestos y vociferando, hacia un lugar de la costa que suponíamos debía de ser un buen puerto para surgir las naves. Se mostraban muy solícitos y muy admirados por lo que veían, cada utensilio, cada parte de la cubierta o de la arboladura de la nao, algunas mesas tendidas con comida, todo les sorprendía. Las mujeres que estaban a bordo salieron a la cubierta superior para poder admirar a aquellos hombres fornidos y muy altos, más que la mayoría de nosotros; eran muy claros de piel, pero tenían los cuerpos muy tatuados con muchos puntos y peces, dibujados en color azul. Si los nativos se mostraban pasmados ante aquellas ropas de hombres y mujeres, con prendas llenas de colorido y que ocultaban la mayor parte de nuestros cuerpos, las mujeres de a bordo se regalaban la vista ante los esculturales y desnudos cuerpos que tenían ante sí. Todo lo tocaban, barbas de los hombres, músculos de brazos y piernas, cara y cabellos de las mujeres, vestidos, amén de todo lo que encontraban en la cubierta, tanto es así que el adelantado quiso poner orden, pero no hubo respuesta por lo que ordenó que se realizara un disparo de culebrina. El estruendo fue tal que todos los nativos se echaron al agua muy asustados. Desde otras canoas lanzaron una cuerda al bauprés y se pusieron a remar con intención, bien de robar el bauprés, bien de remolcarnos, no consiguiendo obviamente ninguna de las dos cosas. Sí que se enfurecieron con el susto que se les dio, tanto que desde las canoas se abalanzaron con furia contra nosotros pertrechados con hondas y con lanzas de madera; algunas piedras batieron contra el casco de la capitana y una fue a dar en la cabeza de un soldado, que quedó conmocionado. Pedro Merino, el maese de campo, ordenó a los arcabuceros disparar, pero el chaparrón que había caído mientras los nativos estaban en la San Jerónimo había humedecido la mecha y la chispa no llegaba a la pólvora. En una de las canoas, había un viejo de largas barbas que daba voces continuamente, estaba muy alterado, agresivo en demasía, y parecía ser hombre principal a tenor del caso que le hacían desde las demás canoas. El sargento mayor ordenó que se disparara un verso, con tan mala fortuna para el viejo nativo que el impacto le abrió la cabeza y además mató a otros siete que le acompañaban en su misma canoa.
A la vista de los incidentes, el adelantado pospuso la orden de inspeccionar la costa en el bajel, tiempo habría si fuera menester más adelante, con lo que decidió continuar la exploración por mar. Así fue como en poco tiempo avistamos otras islas, la primera fue bautizada como isla de San Pedro, a la segunda se la llamó isla Dominica y a la tercera se la bautizó como isla de Santa Cristina, decidiendo Mendaña considerar esas cuatro islas, incluida la Magdalena, como un archipiélago al que desde ese momento llamó islas Marquesas de Mendoza, en memoria del marqués de Cañete, García Hurtado de Mendoza, virrey del Perú, que había resultado esencial para el inicio de la jornada.
Isabel y su hermana Mariana de Castro no perdían detalle de lo que acontecía. A Mariana las islas le parecían pequeñas y no pensaba que en ellas se pudiera uno beneficiar tanto como se pensaba en el Perú.
—Grandes no son —contestó Isabel—, pero no sabemos las riquezas que guardan. Mientras que el adelantado no ordene que se inspeccionen no podemos aventurar nada. Pero son un verdadero paraíso, un regalo para la vista.
—En eso tienes razón —contestó Mariana—, pero sigo pensando que me parecen poca cosa…
—¿Poca cosa? —preguntó con sorna Isabel—, pero si no quitabas ojo a los indios que subieron a bordo, estabas tan ruborizada que cualquiera que te hubiera visto pensaría que no conocías hombre.
—Qué cosas dices, Isabel, tú sabes que no tuve muchas oportunidades de estar con mi marido… y no te metas tanto conmigo que tú también mirabas.
—¡Pero, hermana! ¿Viste qué hombres?
Isabel no tenía todavía suficientes elementos para hacerse una idea sobre lo conveniente y adecuado de ese archipiélago que acababan de descubrir. Si su marido había bautizado las islas, era obvio que no se trataba de las Salomón. Ahora no quedaba más remedio que esperar acontecimientos para valorar si las Marquesas eran un buen lugar para fundar una colonia o convenía seguir camino en busca de las Salomón.
Nuevamente, Mendaña ordenó a Pedro Merino que alcanzase tierra en compañía de veinte soldados. Una vez en el bote se vieron rodeados por doce o catorce canoas, y fue tal el agobio que sintieron nuestros soldados que realizaron cuatro o cinco descargas, matando a varios indígenas. Desde la capitana tuvimos ocasión de observar el incidente y algunos sentimos dolor y vergüenza al ver cómo un indio se tiraba al mar con su hijo en la espalda y un arcabucero los mató a los dos de un disparo.
—Maldigo y espero que esta maldad se vuelva contra el que me ordenó hacerlo —se oyó decir al autor del disparo en clara referencia al maese de campo.
—¿Entonces por qué no disparasteis al aire? —pregunté.
—Por no mancillar mi reputación de buen tirador —respondió orgulloso el soldado.
—¿Dais más importancia a vuestra puntería que a la vida y a las almas de dos infelices? —preguntó Quirós.
—Podréis estar orgulloso de vuestras habilidades cuando entréis en el infierno —sentenció el vicario.
Un nuevo incidente con sangre y muerte impedía que se realizaran los planes de Mendaña para inspeccionar las islas y, como en el caso anterior, el maese de campo y sus soldados, con las armas tan prestas, estaban de por medio. Con la guardia alerta, se pasó el día a bordo de los barcos. Isabel habló con su marido para que permitiera que su hermana Mariana pudiera visitar a su esposo Lope de Vega, almirante de la flota, a bordo de la Santa Isabel.
—Llevan mucho tiempo separados y prácticamente están recién casados —dijo Isabel—, ¿no crees que es triste que hayan tenido tan pocas oportunidades para estar juntos?
—Hoy he convocado a los capitanes y pilotos de los cuatro barcos para una reunión en mi camarote —respondió Mendaña—, luego podrá irse con Lope y estar con él algunos días en la almiranta.
—Espero que esa reunión no te canse demasiado —dijo muy melosa Isabel—, te estaré esperando. Quiero celebrar contigo este descubrimiento.
—Bueno, ya hablaremos más tarde porque ahora tengo cosas muy importantes en las que pensar y no quiero distracciones.
—¿Sabes que te has vuelto muy gruñón y muy poco considerado conmigo en los últimos tiempos? —más parecía una afirmación que una pregunta la lanzada por Isabel—. Hay amor cada noche en las bodegas del barco y nuestros aposentos están sin estrenar, permanecen vírgenes, ¿ya no te gusto?
—Ya te digo que ahora no puedo pensar en eso —respondió Mendaña, queriendo zanjar el tema—, hablaremos más tarde.
Lope de Vega, almirante de la flota y capitán de la Santa Isabel, Felipe Corzo, capitán de la San Felipe y Alonso de Leiva, teniente de la Santa Catalina, habían acudido a la cita a bordo de la San Jerónimo con sus respectivos pilotos. Mendaña y el piloto mayor Quirós quisieron escuchar las incidencias que se habían producido en cada nave de la flota en lo que iba de jornada, para así conocer el estado general de la misma que serviría para un mejor acierto a la hora de tomar decisiones. Se concluyó que era conveniente hacer aguada por haberse consumido mucha y la restante no estar lo suficientemente fresca como para afrontar muchos más días de travesía; asimismo, era necesario hacer leña para suministro de las cocinas y maderas para repuestos en carpintería. Lógicamente se aprovecharía para hacer acopio de frutos frescos y de animales para hacer despensa de carne fresca, huevos… en definitiva, se acordó que lo más indicado sería hacer tierra y montar un campamento en una playa que sirviera de puente entre los encargados de buscar las provisiones y los propios barcos de la flota. Mendaña expuso a los presentes sus dudas sobre la posibilidad de que las islas del archipiélago en el que se encontraban, bautizado como islas Marquesas de Mendoza, formase parte del de las islas Salomón que él mismo había descubierto el 7 de febrero de 1568, hacía nada menos que veintisiete años. Según sus cálculos debían de faltar aún entre doscientas y trescientas leguas, es decir, no estaban lejos, con lo cual no sería de extrañar que las islas Marquesas perteneciesen al grupo de las ansiadas Salomón. A Quirós le pareció un poco arriesgado que Mendaña hubiese dado tanta información y que hubiese sembrado la duda sobre la posición exacta de las Salomón, sobre todo al hablar de que podían faltar doscientas o trescientas leguas. Hasta la fecha y siguiendo las órdenes explícitas del adelantado, las cartas náuticas distribuidas entre los pilotos de cada barco eran muy escuetas, con apenas una docena de datos, pero con un punto de llegada en las mil quinientas leguas al oeste de Lima. El piloto mayor empezó a pensar en la posibilidad de que Mendaña estuviera navegando un tanto a ciegas, veintisiete años de distancia entre un viaje y otro suponían demasiado tiempo, suficiente como para errar en los cálculos o confundir datos que en su día estuvieron más claros. No obstante, se estaban haciendo las cosas bien y el hecho de hacer tierra parecía una buena idea ya que las islas se antojaban un buen lugar incluso para fundar una colonia que sirviera de puente entre las Salomón y el Perú.
—Mañana irá a tierra el maese de campo con algunos de sus hombres —dijo Mendaña—. Los pilotos, mientras tanto, buscarán un buen lugar para surgir la flota, lo suficientemente cerca de la playa.
—¿Debemos redoblar la guardia? —preguntó Alonso de Leiva.
—Sí, será necesario estar más vigilantes mientras no conozcamos mejor a los nativos —aseveró Mendaña.
—Si la situación es estable, ¿podremos permitir a la gente que tome tierra? —preguntó ahora el capitán Felipe Corzo.
—Creo que es prematuro pensar en esa posibilidad —respondió el adelantado con el asentimiento de los demás—. Esperemos, a ver qué es lo que sucede en uno o dos días antes de volver a pensar en ello.
Al día siguiente la actividad comenzó al rayar el alba. Era el día del apóstol Santiago y antes de enviar ninguna barca a cumplir las misiones encomendadas, todos participamos en los actos religiosos que el vicario había programado. Tras oír misa y recibir la bendición de Juan Rodríguez de Espinosa, los marineros echaron al agua las barcas en las que Pedro Merino Manrique y veinte soldados más irían a tierra. Yo pedí autorización para acompañarles y me fue concedida. A medida que nos acercábamos a la playa, pudimos ver más claramente a los indios, que sin duda sabían de nuestra llegada porque nos estaban esperando en la orilla. Nos tranquilizó ver que no portaban ni las lanzas ni las hondas con las que nos habían atacado, sin embargo los soldados se mantuvieron alerta, con los arcabuces listos para hacer fuego si fuera menester. Desde la San Jerónimo seguían con atención nuestra arribada a la playa, todos en cubierta estaban temerosos de las dificultades que pudiéramos encontrar, algunas mujeres rezaban el santo rosario con el capellán Antonio de Serpa, lo mismo sucedía en la Santa Isabel. Los Barreto y, por supuesto Mendaña, hacían votos en silencio para que no se produjeran incidentes y se pudieran normalizar las relaciones con los indios, de tal forma que nadie saliera perjudicado y todos ganando. Echamos pie a tierra y algunos soldados tomaron posiciones. La respuesta de los indios fue concluyente, se acercaron a nosotros con los brazos extendidos ofreciéndonos gran cantidad de manjares, frutas variadas, muchos cocos abiertos para poder beber y comer su pulpa; nos traían también huevos, gallinas y una especie de masa blanca comestible que ellos se llevaban a la boca para que viéramos que era buena. Todo fueron parabienes, intercambios de buenas voluntades, por señas obviamente, y un interés muy grande por hacerse comprender; a nosotros nos pasaba lo mismo. Buscamos un manantial de agua que encontramos muy cerca de la playa, localizamos también muchos frutales y con gestos pedimos a los indios que nos consiguieran más cocos. Resultó definitivo para reducir las suspicacias que pudieran haber surgido el hecho de que a las pocas horas, con mucho trabajo adelantado en la procura de bastimentos, hicieran acto de presencia ante nosotros varios grupos de mujeres nativas, algunas con sus hijos en brazos. Fue una verdadera aparición, nos quedamos paralizados, como si hubiésemos visto a los mismísimos ángeles descendiendo de los cielos, aquellas mujeres eran bellísimas y, al igual que los hombres, estaban totalmente desnudas. Esbozando amplias sonrisas, se fueron aproximando a cada uno de nosotros, agasajándonos con más comida y muy solícitas para entablar conversación y amistad con los visitantes. Desde la flota se vio aquel gesto con enorme satisfacción, por fin nos topábamos con algo de qué alegrarnos.
Aquel surgidero fue bautizado con el nombre de «Madre de Dios». Allí quedaron fondeadas las cuatro naves de la flota, dispuestas para recibir los bastimentos de refresco tan necesarios para continuar con seguridad la jornada. Durante todo el día y los dos siguientes, se fue haciendo acopio de todo lo necesario, sobre todo de agua fresca. Los indios colaboraban con nosotros en la recolección de frutas, en el transporte de las botijas de agua y en el aporte de cerdos, gallinas y otras aves. A las nativas no les costó ningún trabajo ganarse nuestra simpatía; con su enorme poder de seducción, parejo a su desnuda belleza, modos a los que no estábamos acostumbrados en tierras cristianas, consiguieron llevar al éxtasis a más de uno; era difícil, por no decir imposible, resistir aquella tentación. Nunca supe cómo se llamaba la nativa que me cautivó en aquel encuentro ocasional, un amor efímero pero infinito. En mis recuerdos quedará para siempre como la india de la isla Santa Cristina; aquel día no pude evitar recordar a Curi Ocllo, la mujer inca que me había amado en la hacienda de Potter en lea.
Al cuarto día, el 28 de julio, el adelantado pisó tierra acompañado por su esposa Isabel y por mucha gente principal. Con toda solemnidad, banderas y estandartes, cajas y clarines, el vicario celebró misa ayudado por el capellán y por los dos frailes de la almiranta. Los nativos asistieron atónitos al acto religioso, pero respetuosos y en silencio, de hecho, algunos procuraban imitar nuestros gestos poniéndose de rodillas cuando nosotros lo hacíamos y realizando la señal de la cruz tal como nos veían hacer. Fue verdaderamente chocante el que una hermosa india de larga y rubia cabellera se acercara, durante la celebración, a Isabel y se pusiera a darle sombra con una palmera y a abanicarla. Resultó asombroso ver a la hermosa mujer del adelantado, luciendo un elegante vestido, arrodillada sobre la arena, ser abanicada por la bella nativa que lucía su turbadora desnudez. Nos hizo gracia también el comprobar cómo, una vez finalizados los actos religiosos, algunos indios continuaban poniéndose de rodillas y persignándose. Había cordialidad entre unos y otros, y ése fue el motivo por el que Mendaña autorizó a todo aquel que quisiera bajar a tierra que lo hiciera, siempre dentro de los márgenes lógicos de seguridad en cuanto al número de personas que se pudieran encontrar a la vez en la isla y los que necesariamente tenían que permanecer a bordo de cada barco. Isabel y Mariana, acompañadas por la Pancha y otras criadas, se retiraron a una cala próxima para disfrutar de unas horas de solaz. Otros hombres, francos de trabajo, disfrutaron asimismo de la hospitalidad de las nativas, a algunos ya les estaba empezando a parecer aquella isla un lugar paradisíaco, idóneo para llevar una vida regalada y plena de placeres. Entre tanto, marineros y soldados realizaban la estiba cumpliendo las expectativas, pero sin hartarse en exceso de trabajar, que el lugar era bueno para el disfrute.
Regresé a la capitana bastante antes de la puesta del sol en la misma barca que Isabel, su hermana y algunas criadas. Una vez en la nao, la mujer de Mendaña estuvo interesada en conversar conmigo en la cubierta.
—¿Os gustan estas islas? —me preguntó.
—A primera vista me parecen un lugar agradable, sano… —respondí—, yo diría que podrían servir de puerto puente entre el Perú, las islas Salomón y las Filipinas, garantizando así una mayor seguridad en las futuras rutas entre esos lugares, tanto para la propia navegación como para frenar la posible injerencia de potencias extranjeras o de corsarios.
—Sois rápido y muy perspicaz en vuestras reflexiones —continuó Isabel—. Estoy de acuerdo con vos en que una de las claves de esta jornada es la de determinar una buena ruta, segura y perfectamente estudiada por nuestros pilotos, que nos permita abrir nuevos mercados entre las islas de las especias, China, Filipinas, las Salomón y el Perú. Ése va a ser el mejor descubrimiento de esta jornada, al margen de las riquezas que nos puedan deparar las islas descubiertas por mi marido, hace ya tantos años. Pero volviendo a estas islas, ¿creéis que habrá gente dispuesta a establecerse en ellas como primeros colonos y fundadores de una nueva ciudad?
—A los hombres que en algún momento estuvieron en tierra se les ve contentos, les gusta este lugar…
—Las mujeres son hermosas, ¿os referís a eso?
—Eso, como vos decís, influye positivamente en la actitud —respondí —, pero también tiene su importancia el clima tan agradable, el hecho de que hay comida en abundancia, los nativos no parecen hostiles…
—Y las mujeres dadivosas. O sea, creéis factible la construcción de un poblado fortificado.
—Tengo mis dudas… no sé cómo pueden responder los soldados. Son hombres rudos, necesitados de acción y, aunque aquí gozan de muchos placeres, la relajación permanente acaba por hastiar. Señora, estos hombres —continué— esperan oro, riquezas fáciles, en unas tierras que se imaginan semejantes al paraíso. Si no encuentran ese lugar que se les ha prometido, serán un verdadero problema.
—Entonces no os pronunciáis, no podéis o no queréis darme un sí o un no.
—Es difícil ser categórico, lo siento. Pero aunque veo posibilidades de dejar aquí un establecimiento, a la hora de la verdad creo que la gente se echará atrás cuando vea partir a la flota.
—¿Os habéis divertido en la playa? —preguntó con malicia.
—Ha sido muy agradable volver a pisar tierra firme después de tantos días de navegación —respondí—. Estas islas encierran mucha belleza, pero no tanta como esta nao con vos en cubierta.
—Vais a conseguir sonrojarme, señor De Melo —dijo Isabel, halagada por el piropo—. Nos gustaría contar con vos para la cena.
—Para mí será un placer cenar en vuestra compañía.
En los aposentos del adelantado se sirvió la cena a la que fui invitado; además de los anfitriones, asistían también los cuatro hermanos Barreto. Se respiraba un aire de satisfacción, para los asistentes se vislumbraba un exitoso final de la jornada. De seguir de esta guisa en los días que quedaban hasta las islas Salomón, todo hacía presagiar fortuna y gloria. Quizá el más precavido, que no escéptico, era el propio Mendaña, que observaba la efervescencia de ánimos de su esposa y cuñados. Tal vez tuviese en mente la regla no escrita de los hombres del mar que cuenta que «cuando se navega, sólo se puede decir que se llegó al punto de destino cuando se pisó tierra».
Amaneció otro día y muy temprano, en el puente estaba ya el piloto mayor. Quirós observaba cómo se preparaban las barcas para ir de nuevo a tierra para completar los bastimentos.
La mañana se presentaba espléndida y la gente dispuesta a realizar su trabajo.
—¿Cómo van las cosas, amigo Quirós?
Comedido en palabras como era, el piloto mayor se mostró serio, luego esbozó una sonrisa y finalmente se decidió a contestar a mi pregunta, que lancé a modo de saludo.
—¿No os parece que es demasiado temprano para una pregunta tan complicada como la que me habéis planteado?
—Sólo pretendía saludaros y entablar conversación —respondí—. Pero si vos veis complicación cambio mi pregunta por unos sencillos «buenos días nos dé Dios».
—¿Qué os preocupa? —espetó el piloto mayor.
Parecía gallego el portugués, haciéndome una pregunta como respuesta a la que anteriormente yo le había planteado.
—Mis preocupaciones son las normales en situaciones como las que estamos viviendo, pero ahora, viéndole a usted así, me parece que voy a tener que preocuparme por algo más, ¿me equivoco?
—No me gusta tanta euforia cuando todavía no se han alcanzado las metas deseadas.
—¿No le gustan estas islas? —pregunté.
—Éste no es el lugar de destino, no veníamos aquí, vamos a las Salomón, allí está la tierra prometida y ése es el objetivo de la jornada. Espero que a nadie se le olvide.
—Es usted de ideas fijas —le dije.
—Es posible, me gusta terminar lo que empiezo y esto no se ha terminado.
Razón no le faltaba a Quirós, por eso se enervaba con las alegrías ajenas cuando el trabajo para el que había sido contratado no había finalizado. Marineros y soldados partían a tierra en los botes que esa mañana iban a realizar varios viajes entre la playa y los barcos, porque Mendaña quería dar la oportunidad a la gente que aún no había pisado las islas de solazarse en la playa durante unas horas.
Desde el descubrimiento de las islas Marquesas de Mendoza hasta hoy se habían celebrado unas cuantas bodas entre los solteros que participaban de la jornada, y a alguna pareja más se le veía intención de unirse en matrimonio. El vicario y los demás religiosos tuvieron esos días más trabajo del habitual, entre las festividades de la Magdalena y del apóstol Santiago, la celebración del descubrimiento del archipiélago y los casamientos. Había concordia, buena voluntad y magníficas relaciones con los nativos. Todo apuntaba a que podrían ser factibles los planteamientos del adelantado, en los que Isabel había tenido mucho que ver, de dejar una colonia en la isla Santa Cristina. De hecho, unos cuantos componentes de la expedición, entre ellos algunas familias, habían expresado su deseo de quedarse en el caso de que el adelantado así lo estimase conveniente. Mendaña, efectivamente, había participado de sus intenciones a algunos de sus allegados, quería dejar en la isla unas treinta personas y un grupo de soldados que garantizaran la seguridad de los colonos.
La mañana del 3 de agosto, el batel se dirigía a la playa desde la capitana como era costumbre, con unos cuantos soldados. Una docena de indios les salieron al encuentro en sus canoas y, cuando se acercaron suficientemente, algunos de ellos puestos en pie ofrecieron sartas de cocos a los nuestros. La orden fue ignorar a los nativos y virar a la capitana.
—Que nadie diga ni una palabra a los indios —gritó el sargento—. ¡Preparen los arcabuces!
Así fue como desde la capitana vimos regresar al bajel seguido por las tres canoas de los nativos. La sorpresa fue general cuando alguien disparó un verso que mató a dos indios a la vez, y no acabó ahí el drama, porque los soldados del bajel descargaron sus arcabuces matando a otros tres. Los que estábamos en cubierta quedamos atónitos y los que se sumaron al oír el estruendo de los disparos, conmocionados. Nadie se explicaba aquel episodio violento que había causado tanta muerte. Los nativos que sobrevivieron al ataque alcanzaron a nado la orilla y escaparon despavoridos. Entre tanto, los soldados se hicieron con las canoas y recuperaron tres cadáveres que mutilaron a machetazos.
—Ahora ya conocen estos indios el poder de nuestras armas y el daño que causan nuestros machetes —dijo con voz entusiasta y muy militar Pedro Merino, el maese de campo—. Llevadlos a tierra —ordenó—, y colgadlos procurando que queden bien a la vista.
Así se hizo. Mendaña preguntó al maese de campo por lo sucedido.
—Era una trampa, señor. Venían con intención de espiar nuestra actividad y controlar nuestras naves —respondió Pedro Merino—. Querían atacarnos.
—¿No os parece poco sensato intentar atacar una flota, tan bien armada como la nuestra en comparación con el potencial de estos indios, con sólo doce hombres desde tres canoas? —tercié ante tal desatino.
Mi intervención no gustó nada al maese de campo, que se vio cuestionado delante del adelantado.
—No sabemos nada de lo que pretendían, pero es mi deber prever y abortar cualquier situación que pueda acarrear un peligro posterior — replicó, queriendo dejar constancia de sus capacidades para el mando y de su solvencia como militar.
—Precisamente por eso que vos decís, me parece desproporcionada vuestra acción cuando desconocíais las intenciones del poderoso enemigo que teníais enfrente, armado con sartas de cocos que podrían acabar hundiendo la flota —repliqué con vehemencia.
—Quiero recordaros que os estáis dirigiendo a un superior, soy el maese de campo y me debéis respeto y lealtad.
—Os mostraré mi respeto cuando vos respetéis la buena voluntad de esta misión que lleva el pabellón real, representado en don Álvaro de Mendaña, nuestro adelantado.
La discusión finalizó con la intervención del propio Mendaña que ordenó que todo el mundo siguiera con sus quehaceres y responsabilidades, que había mucho trabajo por delante. Nadie supo qué quería evitar el adelantado, si las matanzas inútiles e innecesarias o bien las discusiones a bordo de su barco. El pronunciamiento de Mendaña sí fue captado por su mujer y no le agradó nada. Aquel incidente echaba por la borda las pretensiones de fundar una colonia estable en la isla. Haberse enemistado gratuitamente con los nativos haría peligrar a los colonos cuando partiera la flota. Isabel Barreto estaba furiosa.
—Cuando todo parece ir bien, surgen los problemas —dijo muy alterada—. Y siempre se encuentra el maese de campo en medio. ¿Cómo has consentido tal actuación?
—Ya oíste que se había producido una situación de peligro, y en esos casos es el maese de campo el que debe tomar las decisiones que considere oportunas para nuestra seguridad.
—Pero ¿no has escuchado nada de lo que dijo Antonio García de Melo? —replicó furiosa—. ¿Qué peligro podía suponer un pequeño grupo de indios ante nuestras poderosas armas? Dime, ¿qué peligro representaban esos infelices?
—Tal vez venían armados y con malas intenciones. Eso sólo lo saben los soldados que participaron en la escaramuza.
—Estás ciego —contestó con una dureza inusitada Isabel—. Si le cortaras la cabeza al maese de campo sí que se acabarían los peligros. Es un hombre malicioso e incompetente.
La agresividad de Isabel y la mala conciencia del adelantado se habían aliado. Mendaña, desgraciadamente, estaba recuperando el abatimiento del que había hecho gala cuando los incidentes ocurridos entre El Callao y Paita, al inicio de la jornada. Esa misma tarde y al día siguiente, Isabel confirmaría sus sospechas pues los colonos, que antes se mostraban deseosos por fundar un hogar, una factoría, en la isla de Santa Cristina, estaban temerosos de quedar desamparados y, lo que es peor, preocupados porque se confiase su seguridad a unos soldados tan insensatos y con los aceros tan dispuestos. A ello había que añadir la cizaña que estaban sembrando algunas otras personas de mala fe que, ante el temor de ser elegidas para formar parte del destacamento militar en la isla, formaban camarillas para quebrar la moral de los compañeros y de los colonos que les querían escuchar. El más ruin pareció ser un tal Jesús María Campillo, un soldado enjuto y que peinaba canas, muy dado a hacer la guerra en las cantinas y en los barracones de los cuarteles, pero que nadie podría imaginar en el frente de batalla, ni siquiera en alguna pequeña escaramuza.
Los indios retiraron a sus muertos y, aun así, algunos de ellos se acercaron cautelosamente a la capitana haciendo gestos claramente pacíficos y gritando algunas palabras en castellano que habían aprendido, entre ellas «amigo». Mendaña, consciente del mal que se había hecho a los indígenas y de los inconvenientes resultantes, convino en que lo mejor era continuar la jornada, abandonando las islas recién descubiertas sin dejar a nadie en ellas. Los soldados se salieron con la suya.
Mendaña recibió a bordo a uno de aquellos indios que gritaban sin cesar la palabra «amigo». Muy perspicaz, el nativo se dio cuenta de que las naves se estaban preparando para partir y se apenó mucho, incluso llegó a implorar al adelantado que le permitiera seguir la jornada con nosotros, petición que Mendaña rechazó.
El adelantado mandó construir tres grandes cruces de madera que ordenó clavar en tierra firme, cerca de la playa, y que en un árbol se grabara una inscripción en la que se dejara constancia de quiénes éramos y cuándo habíamos estado allí. El día 5 de agosto al rayar el alba, poco después de la oración de buenos días del grumete, el piloto mayor puso rumbo Noroeste y al Oeste franco y la flota abandonó, con viento del Este, las islas Marquesas de Mendoza.
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