El informe Manila
La reina de Saba
La desesperación se había mutado en alborozo, en embriaguez, causada no por vinos o licores sino por un incontenible desenfreno originado por ese brusco cambio de expectativas, pasando de un estado mental de abocamiento a la muerte a otro tremendamente vital. La mayoría de los indígenas de la aldea de Espíritu Santo, en la isla filipina de Samar, se habían volcado con nosotros, sabedores de las penalidades por las que debíamos de haber pasado, a la vista de nuestro lamentable aspecto. Durante varios días, con sus noches, no cesaron de estibar agua y todo tipo de alimentos, desde la aldea a la capitana. Carnes frescas, huevos, arroz, mucho arroz, frutas de todo tipo, leche… formaban parte del festín, los fogones no pararon de preparar comida para saciar hambres actuales y atrasadas. De todas las maneras, aquella gentileza desinteresada, de solidaridad con los necesitados, que éramos nosotros, los poderosos españoles, duró lo que los nativos consideraron como un período razonable. Cuando vieron que nuestro aspecto y nuestra salud mejoraron, mantuvieron su disposición a ayudarnos, pero pusieron precio a todo lo que les pedíamos. Afortunadamente, quien más quien menos guardaba sus monedas, innecesarias durante la jornada, con lo que además de lo que pagó la adelantada para aprovisionar la nao y para su bodega privada, cada cual fue completando sus raciones con las vituallas que habían adquirido.
El contramaestre, bastante recuperado de sus fiebres, y unos cuantos marineros bajaron a tierra firme, se fueron hasta la aldea a encargar cables y cabos para la arboladura de la capitana porque lo poco que quedaba estaba podrido. Con unas cuantas monedas pusieron a bejuquear a hombres y mujeres. Por lo pronto, se hicieron con cuanto cabo de bejucos toparon para emplearlos desde ese mismo momento en las jarcias de la mayor y del trinquete.
Unos se reponían de sus males, alguno murió por no comer con mesura después de tanta hambre pasada, otros se afanaron por reparar el barco, sustituyendo masteleros y vergas podridas por otros nuevos fabricados con troncos y ramas de árboles que, sin ser los más apropiados, pudieran resistir la navegación que restaba hasta Manila. Isabel rezó mucho aquellas dos semanas. Daba gracias por finalizar la jornada con vida, por haber podido salvar parte de su hacienda, por poder honrar la memoria de su difunto marido el adelantado Mendaña y de su querido hermano Lorenzo, enterrado en Santa Cruz; por ver cómo sus otros hermanos, Diego, Luis y Mariana, conservaron sus vidas, por tantas y tantas venturas y desventuras. Pero la mujer no olvidaba a la adelantada. Sabía que en pocos días debería presentarse ante el gobernador de Filipinas y tendría que rendir cuentas para que aquél informase a su majestad. No se le escapaba el hecho de que no fueron pocos los conflictos que desgraciadamente ocurrieron en la jornada, su difunto esposo tuvo que ejecutar a Pedro Merino Manrique, ni más ni menos que su propio maese de campo, y a dos de sus secuaces, también oficiales de su majestad. Por otra parte, tres de las cuatro naves habían desaparecido tragadas por las aguas del mar de Sur, dos de ellas con ella como adelantada. También estaban ahí los numerosos conflictos, casi amotinamientos, que se habían producido en muchos días de navegación desesperada. Todas esas penumbras no deberían eclipsar el éxito que significaba el hecho de que, por primera vez en la historia de la corona española, una mujer acumulase los títulos de adelantada, gobernadora, marquesa, capitana general y almirante de unas tierras descubiertas por su marido y de una flota, diezmada terriblemente, pero en definitiva arribada a Manila con una mujer al mando. Ella conocía a la familia del gobernador en funciones, eran gente de alta alcurnia procedente de la capital del antiguo reino de Galicia, Betanzos de los Caballeros. Contaba con una baza a su favor que no iba a dejar escapar. No paró, por tanto, de reunirse con sus hermanos para organizar su futuro, un futuro que dependía, sin lugar a dudas, de lo que aconteciese durante el recibimiento que les ofrecieran en Manila. A nadie más confió sus planes. Quería llegar cuanto antes a la capital de las Filipinas, pero no quería precipitarse en la estrategia a seguir, por lo que consintió días de relajamiento para hombres y mujeres y apuntaló las bodegas para evitar escasez en los últimos días. De quien tampoco se supo mucho fue del piloto mayor que, salvo en las breves horas que llamaba a oración o que disponía de sus marineros para los quehaceres en la nao, se recluía en su camarín. Organizaba sus notas, planificaba asimismo su propio futuro. Era evidente que se había producido un choque de intereses entre lo que pudiera favorecer a la adelantada y lo que presumiese que podría conseguir el piloto mayor, como marino, artífice de la navegación desde Santa Cruz hasta Manila sin cartas de marear y sin apenas datos, si exceptuamos los conocidos y distribuidos por la Casa de Contratación de Sevilla y por su Escuela de Pilotos y de lo que pudiera haber aprendido en la Escuela de Pilotos de Lisboa, donde se formó. Si alguien pretendía regresar a Santa Cruz o buscar las islas Salomón tendría que contar con sus servicios, no quedaba nadie con vida de la primera expedición de Mendaña y de la jornada presente, sólo él era capaz de pilotar. Quién sabe, tal vez considerase que el futuro le pertenecía y en su mente se hubiese fijado como meta ser el nuevo adelantado en un tercer viaje a las míticas islas con nombre bíblico.
El lunes 29 de enero de 1596 zarpamos de Espíritu Santo con destino a Manila. A algunos no les hubiera disgustado nada quedarse allí, decían que ya buscarían la manera de llegar a la capital cuando se encontrasen totalmente recuperados. Detrás de aquellas aparentemente inofensivas intenciones se encontraban otras muy distintas que escondían los temores a algún tipo de represalia por acontecimientos pasados, de los que obviamente se sentían culpables. No deberíamos tardar más de una semana en llegar a nuestro destino final porque, si la navegación entre tantas islas, muchas de ellas con arrecifes coralinos amenazando a cualquier embarcación, y entre tantos canales era complicada, contábamos con la inestimable ayuda de media docena de nativos conocedores de una ruta que habían realizado en múltiples ocasiones. Aun así, y a pesar de las dos semanas de recuperación que se habían disfrutado, la navegación fue un verdadero suplicio. Todos, hasta los marineros más experimentados, sufrían de un agotamiento extremo, tanto de las fuerzas como del espíritu. Si, en general, los supervivientes de la jornada necesitábamos varias semanas de descanso para recuperarnos del agotador periplo, cuanto más los esforzados marineros que tuvieron que luchar contra viento y marea para traernos a tierras cristianas. Ellos sí que necesitaban un largo descanso antes de volver a su oficio.
Dejamos atrás el mar de Samar, la isla de Masbate y el mar de Sibuyan para cruzar el canal que separa la isla de Mindoro de la de Luzón que veíamos por babor. A los cinco días de navegación, los hermanos Diego y Luis Barreto pidieron que se les permitiese acercarse a la costa, con algunos hombres, para hacer provisión de alimentos, que empezaban a escasear porque se comía sin control, sin racionamiento. Se les esperó todo el día y no regresaron a la San Jerónimo, lo cual resultó muy extraño. Quirós preguntó a la adelantada qué hacer y ésta le contestó que continuase rumbo a Manila, que no se preocupase por sus hermanos que sabrían guardarse, sobre todo en tierras de españoles. El piloto mayor acató las órdenes y continuó con la navegación. Cada hora que transcurría se hacía más pesada, no llegaba el ansiado final que supuestamente estaba a pocos días de distancia. ¿Qué tramaba Isabel? ¿Qué estratagema puso en marcha con sus hermanos? Todas eran conjeturas pero ninguna certeza. Tendríamos que esperar al final de la jornada para saber a qué atenernos.
¡Por fin! Avistamos la entrada de la bahía de Manila. Quirós, ante las dificultades que planteaba la embocadura, dirigió la nao hacia la isla de Marivélez. De ella salió un barangay que enfiló hacia la capitana. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se comprobó que venían en él cuatro españoles. Se trataba del centinela de la bahía, que también hacía las funciones de práctico, que venía acompañado por el maese de sala del gobernador de las islas y por dos soldados. Subieron a bordo y se les dio la bienvenida. Preguntaron inmediatamente por la gobernadora, por doña Isabel Barreto, viuda del adelantado don Álvaro de Mendaña y Neira. Nuestra sorpresa, la del piloto mayor, la del sargento mayor, la de la gente de calidad y de los marineros que en la cubierta estábamos, fue mayúscula, nos dejó perplejos. Preguntaban por la heroína sin dejar de saludar a los valientes que con esfuerzo sobrehumano habían llegado a las islas Filipinas directamente desde el Perú, por un mar desconocido. Todo fueron parabienes mezclados con pesar, por el lamentable estado de nuestra enfermería, que se había llenado de nuevo porque, evidentemente, los enfermos necesitaban algo más que dos semanas de reposo y buenos alimentos en Espíritu Santo para continuar en un barco que olía a podredumbre. Alonso de Albarrán, que así se llamaba el centinela, presentó a la gobernadora al maese de sala del gobernador, el capitán Montero de San Sadurniño, perteneciente a una rancia familia de aquellas tierras de las que Isabel había oído hablar en casa de sus padres.
—Es un honor poder recibir a tan alta dignidad —dijo el maese de sala —. Soy portador de esta carta que su excelencia el gobernador de las islas Filipinas, don Luis Pérez Dasmariñas, me pidió que os entregara en mano. Tanto su excelencia como toda la ciudad de Manila esperan impacientes vuestra llegada.
Isabel rasgó el lacrado con el sello del gobernador y leyó la misiva.
Excelentísima señora: os doy la bienvenida a las islas Filipinas,
que son desde este momento vuestra casa. Conocedores que somos de vuestras hazañas y de vuestra proeza, de llegar hasta aquí por un mar ignoto desde el Perú, pido a Dios Nuestro Señor que sea breve la hora de vuestra arribada a Manila, en donde seréis tratada con los honores que una mujer de vuestra talla y dignidad merecen.
Don Luis Pérez Dasmariñas, gobernador.
El júbilo en la San Jerónimo se desbordó. Únicamente los más delicados de salud parecieron ajenos a la explosión de alegría. La estrategia de Isabel Barreto, siempre tan brillante, tan lúcida como pocos hombres de su tiempo, había dado resultado. Quizá había conseguido un mejor final que el que hubiera soñado cuando diseñó su plan. Aquella misiva de bienvenida del gobernador, tan cariñosa, la había emocionado. Lo había logrado, había conseguido sobrevivir a una jornada épica pero trágica a la vez. Su rostro volvía a brillar.
Entre tanto, casi sin darnos cuenta, otro barco, un champán de gran porte, se había abarloado a la San Jerónimo por babor. Ahí sí que llegaba lo que más se necesitaba en aquellos momentos, la comida. También la definitiva confirmación de que, de una manera insospechada, todavía se podrían alcanzar la fortuna y la gloria. En el champán, que pertenecía a un encomendero llamado Diego Díaz de Marmolejo, venían Diego y Luis Barreto. Se tardaron casi dos horas en trasladar a la capitana todos los alimentos que traían en su enorme cubierta. De hecho, se empezó a cocinar mucho antes de que se hubieran embarcado todos los víveres. Ahora sí que había empezado la fiesta.
Los hermanos Barreto, usando como ardid el pretexto de buscar comida fresca en algún lugar de la costa de la isla de Luzón, no muy alejada por tierra de la capital, desembarcaron con la intención de llegar a Manila antes que la San Jerónimo, y lo consiguieron con la ayuda de dos de los nativos de la aldea de Espíritu Santo que se habían embarcado en la capitana. Una vez en Manila, se presentaron ante el gobernador, a quien narraron convenientemente los avatares de la jornada, adornados con tonos épicos y con descripciones heroicas, sin olvidar los momentos más dramáticos, que fueron muchos. Fue tal el interés puesto por Dasmariñas que pronto toda la ciudad de Manila supo de la próxima llegada de la nao que había partido del Perú hacia las islas Salomón y en la que venía como gobernadora y capitana general una mujer que tenía por nombre Isabel Barreto de Mendaña. Desde el palacio del gobernador a la más humilde choza de los nativos de Manila, pasando por el fuerte de Santiago, las iglesias y los conventos de religiosos y religiosas, los mercados, las calles, el puerto de Cavite… se corrió la voz, una voz que hablaba de islas exóticas, ubicadas en un mar desconocido, que tenían por nombre el del bíblico rey Salomón, que debía buena parte de sus riquezas a la generosidad de una mujer procedente de tierras lejanas, a la que todos conocían como la reina de Saba. Las monjas, los pescadores, los soldados, las criadas, los mozos… todos, en Manila, anunciaban la llegada de la reina de Saba… y ésa era Isabel Barreto de Mendaña.
La nao San Jerónimo, con nosotros en ella, permaneció aún tres días más en la entrada de la bahía de Manila, en las proximidades de la isla de Marivélez, a las puertas del canal de entrada formado por la isla del Centinela y el farallón llamado del Fraile. El 11 de febrero de 1596 subió a bordo el contramaestre de la Armada real, Antonio Callón, con cuarenta marineros. Quirós le cedió el gobierno de la capitana. Aquellos brazos de hombres experimentados y descansados nos llevaron sin dificultad hasta el puerto de Cavite, donde fondeamos ese mismo día, dando término a la jornada del adelantado Mendaña. Nos recibió la flota de su majestad con el estruendo de toda su artillería, mientras, a pie de playa, una guarnición entera de soldados, marcialmente formados y vestidos con sus mejores galas, disparó con los arcabuces las salvas de ordenanza. Las lágrimas de los más duros hombres se confundieron en la cubierta con las de las mujeres y los niños. Estábamos salvados. Pero no sólo eso, nos sentíamos verdaderos héroes de una hazaña que tardaríamos un tiempo en asimilar, en comprender su magnitud.
Isabel Barreto se había dispuesto para el recibimiento que le tenían preparado, sus hermanos le habían dejado el camino abonado y ahora le tocaba a ella realizar su papel, por eso no dudó en ningún momento en ponerse sus mejores galas para la ocasión. Todos en cubierta miramos hacia ella, unos con admiración y alguno hubo que lo hizo con desdén e incluso con desprecio, pero en algo había unanimidad, era una digna representante de las mujeres de Lima, bella y orgullosa. Muchas lanchas, barangayes, champanes y embarcaciones de todo tipo se acercaron rodeando la San Jerónimo, de la misma forma que en tierra se acumulaba la gente que quería ver de cerca a los héroes de las islas Salomón y, sobre todo, a la reina de Saba. El entusiasmo crecía entre los habitantes de Cavite y de Manila, en tierra todo era expectación y en el mar, ofrecimientos de comida y bebida a los participantes de la jornada.
La mañana del 12 de febrero subieron a la capitana las autoridades de Manila, los representantes de los tres poderes, a saber, el maese de campo de la plaza, que subía a bordo en representación del gobernador, el regidor del Cabildo del Pueblo de Manila y el representante del Cabildo eclesiástico. Los tres saludaron a la adelantada con las mismas muestras de entusiasmo que en tierra mostraba el gentío. Aquellos ilustres dignatarios se sentían tan emocionados, tan felices por estar allí, por formar parte de la historia, que parecían levitar. De esa manera, con ellos sobre la cubierta de la capitana junto a Isabel Barreto, a Pedro Fernández de Quirós, al contramaestre de la Armada real Antonio Callón, que había fondeado la San Jerónimo en Cavite, y a la demás gente de calidad, comenzaron las labores de desembarco. Primero lo hicieron los más débiles y los enfermos, que fueron trasladados a los hospitales, luego y hasta el final todos los demás. Las pocas mujeres solteras fueron acogidas, en conventos unas y en casas de familias acomodadas otras; igual suerte corrieron los hombres solteros. Las mujeres viudas con y sin hijos fueron acogidas por familias nobles. A los soldados y a los marineros se los disputaban otras familias que querían cuidar de ellos, darles cobijo. En realidad la ciudad entera se volcó, en todas las casas hubo ofrecimientos para albergar a quien fuera menester. El momento cumbre del desembarco se produjo cuando Isabel pisó tierra. De nuevo, los soldados de la guardia del gobernador dispararon salvas que se confundieron con los fuegos de artificio y con el atronador ruido de tambores, clarines y cornetas. Miles de personas fueron testigos de aquel recibimiento, querían ser partícipes del que consideraban un acontecimiento histórico de primera magnitud.
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