El informe Manila

Pemón Bouzas · Capítulo 6 de 15

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El informe Manila

El inicio de la jornada

 

Formados frente al palacio del virrey, en la plaza Mayor de Lima, se encontraban cien soldados prestos para pasar revista. Algunos portaban arcabuces y la gran mayoría lanzas y sables. García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, virrey del Perú, presidió el acto acompañado por el adelantado Álvaro de Mendaña y Neira y por otros cargos militares y funcionarios civiles del más alto rango. Al mando del batallón se encontraba un veterano capitán, Pedro Merino Manrique, que en sus más de cuarenta años de servicio a la corona había estado presente en muchas batallas. De baja estatura, tez morena y pelo cano, generaba temor y respeto en la tropa por su altivez y gallardía. Él era el hombre elegido para el cargo de maese de campo de la Armada del mar del Sur. Nunca antes, y estaba a punto de jubilarse del servicio activo, había ostentado tanta dignidad y tanto mando. Iba a ser el responsable de la seguridad de la flota y de los dignatarios y colonos en las islas de Poniente. Como el riesgo para él no significaba nada nuevo, a pesar de su edad no podía dejar escapar una oportunidad tan fantástica para poner un broche de oro a su carrera como militar, y lo del oro era literal. Ambicionaba, pues, las riquezas y honores que se anunciaban como seguras en la jornada de Mendaña. Con él se encontraban varios oficiales, entre los que destacaba el sargento mayor Luis Andrada, los sargentos Juan de Isla y Diego de Vera, el ayudante del sargento mayor Estamante Jordán y Tomás de Ampuero, ayudante del maese de campo.

Mendaña conocía bien las escasas dotaciones militares que la corona mantenía en Lima y El Callao, y era consciente de que una parte importante de la milicia estaba integrada por soldados que habían sido arrestados y se encontraban cumpliendo condena y por otros hombres, algunos también de armas, que habían aceptado la amnistía del virrey a cambio de enrolarse en la armada de la expedición.

Isabel presenciaba la ceremonia de jura de lealtad a la corona, al virrey y al adelantado, sentada en la calesa junto a su hermana Mariana de Castro. No perdía detalle y sacaba sus propias conclusiones. Se la veía muy seria, sin embargo, se puso más tensa y malhumorada cuando el negro que tenía a su servicio y que conducía su calesa le señaló a dos hombres a los que reconoció como integrantes del grupo de blancos que repartían dinero entre los cimarrones para que asaltaran las haciendas de los barrios altos. El criado de Isabel se refería a los soldados Manuel Antonio y Juan López.

Tampoco a los capitanes nombrados por el adelantado se les veía muy contentos. Francisco Vargas y Lorenzo Barreto hablaban nerviosos con Lope de Vega, Vicente de Palmeira y Francisco Pedreira de Fontiñas. Desconfiaban de muchos soldados y no les gustaba nada que entre ellos figurase Juan de Buitrago, el alguacil involucrado en el caso del oidor Pérez de Alcázar. También conocían al maese de campo, Pedro Merino Manrique, y se sentían disgustados por tal nombramiento. Cuando finalizaron los actos, así se lo hicieron saber a Mendaña, que se encontró de golpe con las quejas de los capitanes y de su propia mujer. El adelantado contemporizó con todos ellos y evitó que hubiera más discusiones sobre el tema.

—Debéis tener confianza en el maese de campo —dijo—. Es un hombre con mucha experiencia y mano dura, al que le gusta la disciplina y no consiente que nadie ponga en duda su autoridad.

—Pero es que el problema está también en el maese de campo elegido —contestó Lorenzo Barreto—. Todos conocemos a Pedro Merino Manrique y sabemos que no es hombre para tanto cargo.

—Merino es un soldado que necesita una cadena de mando por encima de él —siguió Vicente de Palmeira—. Si recae en él toda la responsabilidad, algo a lo que no está acostumbrado, le va a venir grande el puesto y puede dar palos de ciego, con el peligro que conlleva que eso le ocurra al que manda en cien hombres armados.

—Olvidáis, señores —sentenció Mendaña con la intención de zanjar el tema—, que yo estoy al mando y que Merino juró lealtad a la corona, y en mi persona recae como adelantado que soy, la representación real cuyo estandarte presidirá la capitana, la nao San Jerónimo.

Se le veía muy cansado, demasiado tal vez, y muy indeciso en general. Todo lo contrario que Isabel, que había cambiado su alegre carácter por una gran determinación. Zarparíamos el viernes día 7 de abril. En los barcos se trabajaba a destajo, contra el tiempo, ultimando las obras de carpintería en camarotes, bodegas y cubiertas. Buena parte de las provisiones se estaban estibando, dejando únicamente para el final el abastecimiento de agua y de vegetales y otros productos perecederos. Algunas de mis cosas se encontraban ya a bordo, en mi camarote, y yo me encontraba igualmente impaciente por embarcarme y partir. Era realmente angustiosa la espera y esa ansiedad nos alteraba los nervios a todos, lo cual podría resultar peligroso para la buena convivencia en un espacio tan reducido, como lo eran las cubiertas de los barcos, durante tanto tiempo de singladura.

 

La mañana del 7 de abril se presentaba muy calurosa para estar ya mediado el otoño, el cielo era de un azul intenso y la mar brava no parecía presentar dificultades para la navegación. Era un día grande en la Ciudad de los Reyes y en el puerto de los Reyes, El Callao. Toda Lima se había desplazado hasta la zona de embarque para participar de la solemnidad de la despedida a la Armada del mar del Sur. Un funcionario leyó en voz alta a todos los presentes, ante la atenta mirada de los virreyes, García Hurtado de Mendoza y Teresa de Castro, marqueses de Cañete, que presidían el acto, la capitulación por la cual su majestad el rey Felipe II nombraba adelantado de las islas de Poniente a don Álvaro de Mendaña y Neira, autorizándole a él y a su gente a portar estandarte real y partir en busca de nuevas tierras y riquezas para la corona y con las ansias de atraer a los nativos de un mundo pagano a la auténtica fe de Cristo. Una vez concluida la lectura, el arzobispo de Lima, Toribio Alonso de Mogrovejo, celebró santa misa, seguida con mucho fervor tanto por los que partían como por los que se quedaban en Perú. Finalmente, fue el virrey quien tomó la palabra para desear la mejor de las fortunas a los integrantes de la jornada, loando la misma y a su mantenedor, el adelantado Mendaña que, con la ayuda de Dios, conduciría sus barcos a buen puerto en un nuevo paraíso que se convertiría en otra joya para la corona de España. Álvaro de Mendaña se dirigió a los virreyes y demás autoridades presentes agradeciendo muy particularmente la actuación de los marqueses de Cañete, que con su empuje como virreyes consiguieron poner en marcha lo que varios antecesores suyos habían sido incapaces de hacer.

Finalizados los actos protocolarios, poco a poco fueron subiendo a bordo de cada una de las cuatro naves los colonos, los soldados y la gente principal. Las despedidas en la playa del puerto resultaron emotivas, llenas de mucha ventura y buenos deseos. También se escucharon promesas de reencuentros felices. En cada nave esperaban los contramaestres, condestables y marinería. Todos se encontraban contenidamente alegres y esperanzados por lo que pudiera depararles la jornada que estaban iniciando.

Las primeras naves en completar su dotación fueron las pequeñas. La Santa Catalina, en la que iba al mando su propietario el teniente capitán Alonso de Leiva, con su piloto, doce marineros y un escribiente; en el puerto de Cherrepe se iban a incorporar ocho matrimonios más, vecinos del pueblo de Saña, para hacer un total de treinta y una personas a bordo. La San Felipe estaba mandada por su dueño, el capitán Felipe Corzo, y con él viajaban su piloto, ocho marineros y otras once personas para hacer un total de veintiuno. De la misma manera, se esperaba completar el número de viajeros con nuevas incorporaciones en algunos puertos situados al norte de El Callao. En Trujillo y sobre todo en Paita se encontraban algunas familias esperando la llegada de la flota para unirse a ella.

En la San Jerónimo Isabel esperaba la llegada de su marido. Se encontraba en el puente con su hermana Mariana, viendo cómo subían a bordo las familias, el grupo de solteros y los soldados asignados a la capitana. Con ellos venía el maese de campo, Pedro Merino, que no paraba de dar órdenes a grito pelado, como queriendo hacer notar su presencia y rango a todos los que le rodeaban. Quirós, el piloto mayor, supervisaba desde su lugar de mando en el puente toda la operación de embarque y, si era menester, daba alguna que otra indicación al contramaestre. Los marineros, siguiendo un plan de distribución de las personas en las distintas cubiertas, fueron acompañando a los futuros colonos, a los sirvientes de la gente principal y a los soldados a los lugares que les habían sido asignados. La excitación era máxima, al pisar las cubiertas de los cuatro barcos, las ilusiones creadas y las esperanzas depositadas en el viaje se empezaban a materializar. Ya no se trataba de una utopía, estábamos a bordo y, aunque tardaríamos una hora en zarpar, no volveríamos a pisar tierra en mucho tiempo.

—¡Piloto mayor, preséntese ante mí! —aquel grito inesperado, aquella orden fuera de tono y lugar, dada por el maese de campo a Quirós, nos puso a todos alerta y el propio piloto mayor, muy sorprendido, no daba crédito a lo que acababa de oír—. ¡No ha oído mi orden! —insistió Merino.

—Me parece que desconoce su cometido a bordo, señor maese de campo —respondió Quirós con educación, conteniendo su furia.

—¡Pero quién se cree usted que es! —insistió Merino—. Prepare a su gente para zarpar, veo a los marineros con mucha holgazanería, dando mal ejemplo. Voy a imponer aquí una férrea disciplina militar para que nadie se descuide.

—Señor maese de campo —respondió Quirós muy enrojecido de cólera —, gobierne usted a sus soldados y deje la marinería a mi cuidado, que para eso fui contratado.

—¿Quién es usted para decirme lo que tengo que hacer y cómo he de desarrollar mis obligaciones? —inquirió muy azorado el maese de campo, que no esperaba una respuesta así, tan parecida a lo que él consideraba desacato a su rango y dignidad—. Usted aquí hará lo que yo le ordene, en todo momento, y si le digo que dirija la nao contra las rocas, lo hará cumpliendo mis órdenes, ¿me ha entendido? Y no quiero que vuelva a cuestionar mi autoridad, es la última vez que se lo consiento.

—Mi nombre es Pedro Fernández de Quirós y soy el piloto mayor de la flota y la máxima autoridad a bordo después del señor adelantado — respondió—, y si usted se empeña en que lleve mi barco contra las rocas preocúpese por rezar que yo haré lo que mejor convenga para mi barco y mi gente y no será ningún desatino. Y con usted no tengo nada más que hablar.

Pedro Merino Manrique nunca había sufrido una indisciplina semejante, así lo creía, nunca nadie en el ejército le había cuestionado una orden y menos públicamente. Estaba tan encolerizado que echando mano a su sable se dispuso a agredir a Quirós abalanzándose sobre él. Se interpusieron, sorprendentemente, dos soldados que sin dudarlo dieron la razón al piloto mayor, apoyándose en su experiencia como hombres viajados por mar al servicio del rey. Isabel Barreto, que no tenía ninguna simpatía por el maese de campo, se acercó al lugar del conflicto, del que había sido testigo con su hermana, y terció en favor del piloto mayor.

—Me debo —gritó indignado Quirós— a mi señor el adelantado, que me contrató como piloto mayor de su flota y me entregó este barco para que fuese su capitán y eso voy a hacer. Pronto subirá a bordo el adelantado Mendaña, que pondrá las cosas en su sitio y a las personas también, indicando a cada uno de los presentes cuáles son sus obligaciones y dónde no deben meter las narices.

Pedro Merino había cedido en su impulso de bravucón, más por la toma de posición de los soldados y de otra gente, entre los que me encontraba, que por la presencia de una mujer, aunque ésta fuese la esposa del mismísimo adelantado, amén de la firmeza del piloto mayor.

—Y os digo más —insistió aún alterado Quirós—, que si entendiera que de todo lo que queda por descubrir vos pudierais ser gobernador, por no ser mandado por quien tanto se adelanta y tan poca reputación muestra, no acudiría a la jornada.

Álvaro de Mendaña no esperaba, ni necesitaba, al subir a bordo encontrarse con un problema de tal calibre. Tuvo que tirar de la mayor elocuencia y poder de convicción para tranquilizar los ánimos y zanjar el incidente, pero Mendaña no era el hombre preclaro que llevaba un cuarto de siglo esperando la segunda oportunidad, las circunstancias le superaban y con frecuencia se le veía incapaz de tomar las riendas, de utilizar la autoridad que el rey le había conferido, de imponer un criterio claro ante sus subordinados. Quirós ya había hablado con su mujer, Ana Chacón, que le acompañaba en la jornada junto a su hija, para expresarle su deseo de desembarcar si el adelantado no ponía remedio a la situación generada; aceptó la palabra de Mendaña de que bajo su autoridad las obligaciones de cada uno quedarían perfectamente definidas. Pero cuán lejos de imponerse estaba el adelantado.

Las urgencias por normalizar la jornada hicieron que Mendaña diese a su piloto mayor la orden de partir, a lo que Quirós replicó que no era el mejor momento porque había poco viento. Desconozco con qué intención se envió una barca con unos cuantos hombres a tierra, lo que sí sé es que regresaron sin poder poner pie en la playa porque, según ellos, mucha gente armada se lo impidió. Quizá el incidente pueda justificarse como una medida de precaución por parte del virrey para que no se produjera ninguna deserción entre los amnistiados que debían, a cambio de la libertad, participar en la jornada. Con todo, la falta de viento nos impidió salir el viernes 7 de abril de 1595, como así quería el adelantado. Pernoctamos en los barcos sin movernos de la bahía y a la mañana siguiente la galeota, la San Felipe, se adelantó a todos abandonando la mar mansa con dirección norte. Nada más salir de la bahía se cruzó con una nao cargada de mercancías que entraba a puerto. En la Santa Isabel y en la Santa Catalina todos estaban impacientes por recibir la orden de zarpar. Y Quirós tomó el mando.

—Larga trinquete en nombre de la Santísima Trinidad —empezó diciendo el piloto mayor con una primera orden que era todo un ritual en la Marina española—, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero. Que sea con nosotros y nos guarde y nos guíe, y acompañe y nos dé buen viaje a salvamento, y nos lleve y vuelva con bien a nuestras casas.

Al piloto mayor contestó la tripulación poniendo manos a la obra y rezando en alta voz un avemaría, que rápidamente fue seguida por todos los que nos encontrábamos a bordo. Nadie olvidaba que la defensa de nuestra fe era uno de los valores principales que definían la idiosincrasia de nuestro pueblo y que no sólo buscábamos riquezas, también almas que se adhiriesen al cristianismo. Las oraciones iban a estar muy presentes en la vida cotidiana a bordo, lo sabía por mi experiencia cruzando el océano Atlántico y por haberlo vivido cada vez que estuve embarcado. El vicario Juan Rodríguez de Espinosa y el capellán Antonio de Serpa dirigieron, nada más movernos, el rezo del santo rosario, que fue seguido por todos los civiles que se encontraban a bordo e incluso por muchos de los marineros que en esos momentos atendían sus obligaciones como tales. Se izaron vergas, se largaron velas, mayor, trinquete y gavias, también la de mesana y con la fuerza del viento las naos dejaron atrás el puerto de El Callao de la Ciudad de los Reyes. Poco a poco, aquella costa fue desapareciendo de nuestra vista; mientras tanto, en nuestras mentes se establecía la duda de si algún día tendríamos la oportunidad de volverla a ver.

Cuando alcanzamos el surgidero de la localidad de Santa, fondeamos los barcos muy cerca de la galeota, la San Felipe. Nos esperaba su capitán, Felipe Corzo, con una nao repleta de mercaderías y de negros que, procedente de Panamá, se dirigía a Lima. No era la primera nao que Corzo retenía. Entre Lima y Santa había confiscado, cual diligente corsario, muchas provisiones y aparejos a varios barcos con los que se había cruzado. Ahora esperaba al adelantado con el regalo de esa nao. Mendaña había entrado en una permanente nebulosa mental desde los días del juicio al oidor, y nadie era capaz de aventurar cuál sería su respuesta a ninguno de los problemas o cuestiones que se le plantearan, si éstos requerían una rápida y decidida solución por parte de la máxima autoridad de la flota. En esta ocasión parecía más centrado y mostró su disconformidad con la usurpación de los bienes de otras naos; no era necesario y sí contraproducente. Por lo tanto, Mendaña ordenó al capitán Felipe Corzo, dueño de la galeota, que desistiera en su afán por confiscar la nao. Con esta decisión, el adelantado dejó clara su postura a los navegantes para que la tuvieran presente en adelante, mientras estuviesen navegando y fondeando por las costas del Perú para seguir incorporando gente a la jornada, y también bastimentos, los cuales deberían ser obtenidos de otras maneras. No quedó suficientemente satisfecho Juan Rodríguez de Espinosa, el vicario de la flota, que también quiso dejar constancia de su autoridad, y ya empezaban a ser muchas en la flota.

—Ante una actitud vandálica como la vuestra —dijo el vicario en voz alta para ser escuchado por las tripulaciones de la San Jerónimo, la San Felipe y la nao apresada—, debo hacer que caiga sobre vos —aludiendo al capitán Felipe Corzo— todo el peso de la ley de Nuestro Señor Jesucristo. Sois un mal ejemplo para vuestra gente y vuestros soldados y por ello os castigo con la excomunión.

—¿Qué? —preguntó incrédulo, petrificado Felipe Corzo incapaz de decir más.

—Os ordeno, además, que devolváis a sus dueños todo lo que habéis usurpado o, en su caso, paguéis su precio justo.

Felipe Corzo se retiró sin mediar más palabras con el vicario y absolutamente aturdido por tan drástica decisión. No le afectaba el devolver lo que había confiscado, se sentía totalmente vilipendiado y humillado públicamente por el vicario, que además había tenido el atrevimiento de dar una orden que sólo al adelantado correspondía y, encima, le había excomulgado.

Hechas todas las restituciones, se dieron velas y partimos cara el norte, buscando el puerto de Cherrepe, que servía de fondeadero para la población de Santiago de Miradores. En la nao capitana, la San Jerónimo, empezaban a escucharse murmuraciones, lo cual no parecía bueno, pues todavía nos encontrábamos en los primeros días de navegación y realmente la auténtica jornada por el desconocido mar del Sur aún no había comenzado. No se escuchaban quejas concretas, pero sí comentarios alusivos a los excesos del vicario con un capitán del adelantado; también se hablaba de la altanería mezclada con insolencia del maese de campo, que además buscaba mantener su principio de autoridad por la vía del miedo. Lo más preocupante era que entre la gente se empezaran a tener dudas sobre la capacidad del propio Mendaña para mantener un criterio definido y plena autoridad sobre sus oficiales. Eran evidentes los recelos de Quirós con el maese de campo, pero también el notable distanciamiento y la falta de relación entre los Barreto, sobre todo de Isabel y su hermano Lorenzo, con Pedro Merino Manrique. Todos esperábamos una reacción por parte de Mendaña y que éste dejara las cosas claras, poniendo a cada uno en su sitio y a sí mismo por encima de todos, tal como debía ser.

Cuando fondeamos en el surgidero de Cherrepe, se usaron las barcas para llegar a tierra. Nos esperaban allí varias familias y unos cuantos hombres levantados mayormente por el capitán Lope de Vega. Se cargaron más provisiones que, junto con los colonos, fueron llevadas a bordo de la Santa Isabel. Entre tanto, llegó al fondeadero una hermosa nao, nueva, robusta, que venía a cargar en este puerto y en otros del virreinato del Perú harina, azúcar y otros productos que tendrían como destino la ciudad de Panamá. Era una embarcación tan hermosa que la tripulación de la Santa Isabel convenció a su capitán, Lope de Vega, para que hablara con el adelantado y le propusiera cambiar la almiranta por esa nao tan nueva. Álvaro de Mendaña escuchó las razones esgrimidas por Lope de Vega.

—La nao almiranta es vieja y su arboladura ya sufrió lo suyo en muchas leguas de navegación anteriores a esta jornada —dijo Lope de Vega al adelantado—. Sería bueno atender los consejos de la gente marinera que tengo a mis órdenes y cambiar la Santa Isabel por esta nao que se encuentra en magnífico estado y ofrece enormes garantías para una arriesgada jornada como la que estamos emprendiendo.

—Comprendo vuestras alegaciones —contestó Mendaña—, pero la Santa Isabel, sin ser tan nueva, es una nao perfectamente válida para nuestros propósitos. Calmad los ánimos de vuestra gente, seguid con el abastecimiento y disponeos a zarpar en cuanto todos hayamos completado nuestros quehaceres.

Mendaña zanjó la cuestión muy seguro de sí mismo y no se dejó amilanar ni por su capitán, el almirante de la flota, ni por la tripulación de éste. Empero tuvo que escuchar cómo su mujer, Isabel, lamentaba la decisión.

—En la almiranta va Lope y todo lo mejor para él es bueno para nosotros —dijo—. Mi hermana Mariana está preocupada por las murmuraciones sobre la seguridad de la Santa Isabel que manda su esposo.

—¿Tú crees que he hecho mal? —preguntó Mendaña a su mujer.

—Deberías pensar algo más en la familia. A Mariana le causa inquietud todo lo dicho y a mí me apena verla preocupada por su marido. Tal vez mañana puedas reconsiderar tu decisión…

—Lo pensaré.

El adelantado volvía a titubear, tras una decisión asumida, que ya había hecho pública, se estaba dejando aconsejar en sentido contrario por Isabel. Si verdaderamente daba marcha atrás, en la almiranta se lo agradecerían, pero su autoridad volvería a estar cuestionada. Los hechos sucedidos en las horas posteriores cambiarían el curso de las cosas, no sabiéndose entonces si para bien o para mal. En la Santa Isabel no había gustado la decisión tomada por Mendaña y unos cuantos, no se sabe quiénes, ni si hubo, o no, falta de connivencia por parte de gente principal, se tomaron la libertad de taladrar la nao, de tal manera que quedase inservible para la navegación, a no ser que pasase por las manos de los carpinteros de ribera para que la pudiesen reparar de tan mal intencionadas actuaciones. Se dio la voz de alarma y todo el mundo se puso manos a la obra para salvar el barco y todos sus bastimentos, como así fue. El adelantado no daba crédito a lo sucedido. Tamaño acto de indisciplina le obligaba a incautarse de la nao que todos pretendían, realizando su permuta por la Santa Isabel pero suponía, al fin y al cabo, que se cumpliesen los deseos de su mujer Isabel Barreto. Tripulación, colonos y soldados de la Santa Isabel bajaron a tierra mientras el maese de campo, Pedro Merino, cumplía órdenes y se incautaba de la moderna nao que junto a la flota estaba fondeada. No resultó fácil, pues tuvo en contra en todo momento a uno de los propietarios de la carga, un sacerdote de origen italiano llamado Alonso Mañero de Firenza, que por su boca lanzaba pecados e improperios indignos de un miembro de la Iglesia. Pedro Merino seguía a lo suyo, impertérrito, como si tanta maldición no fuese con él. Los soldados y los marineros estaban realizando el trasvase de bastimentos de una nao a otra. Como la furia del cura no cesaba, tuvo que intervenir Mendaña.

—Para paliar las pérdidas que le pudiéramos ocasionar —le dijo el adelantado—, le entrego a cambio la nao Santa Isabel, una buena parte de la carga de su propiedad, seis mil seiscientos pesos de plata ensayada y la promesa de pagarle lo que faltare dentro de dos años, o antes si la flota estuviera de regreso con anterioridad a lo previsto.

Tal mediación con la consiguiente negociación por parte del adelantado pareció calmar un tanto los ánimos del cura, que a pesar de todo seguía atentamente todos los movimientos que se producían en la flota y según unos cuantos testigos no paraba de lanzar maldiciones a diestro y siniestro. Varios marineros se asustaron cuando escucharon al cura decir que la nao embargada nunca llegaría a ningún puerto.

La nao requisada fue rebautizada con el nombre de la que se entregó a cambio, Santa Isabel, que al mando del almirante Lope de Vega, pasó a ser la almiranta de la flota. Mendaña estaba muy contrariado, toda su gente de confianza se daba cuenta de ello, pero lo que más nos preocupaba era que también se daban cuenta otros de menos apego que además eran perros viejos curtidos en mil enredos. Pasando a mi lado el adelantado murmuraba para sí mismo «consiento pero no olvido».

 

Sólo restaba realizar la aguada para completar las mil ochocientas botijas de que disponíamos y que el adelantado indicase si surgíamos en Paita, como último puerto del Perú, o nos adentrábamos definitivamente en el gran golfo, en el mar del Sur. El maese de campo y los soldados no cesaban de protestar, porque a su entender llevábamos demasiado tiempo costeando el virreinato y ellos se habían embarcado para ir a las islas Salomón en busca de riquezas que allí les estaban vedadas. Los hombres trabajaban arreo transportando agua a bordo de los cuatro barcos. Teníamos la, ayuda del corregidor del partido judicial, Bartolomé de Villavicencio, que puso a disposición de la flota indios y mulas para ir a las fuentes y a los pozos a cargar el agua en las botijas, pero la buena disposición del corregidor duró poco, ya que fueron muchas las molestias que causaron entre la población los soldados y otra gente levantada por el adelantado, por lo que una mañana no aparecieron ni los indios ni las mulas, sólo el deseo de que nos fuéramos de una vez.

Aquellos desplantes y la mala reputación que algunos de los hombres tenían allá donde tocaban tierra hicieron que Mendaña tomase la determinación de dejar en Saña a un grupo de elementos tildados de indeseables por buena parte de los participantes en la jornada, con la esperanza de lograr así la mejor convivencia posible entre los que finalmente partían con la flota. Allí fueron desembarcados a la fuerza una veintena de hombres de los que se habían alistado como soldados de conveniencia, algunos de ellos amnistiados por el virrey, y un par de mujeres que, en las pocas semanas que llevábamos a bordo, ya habían causado mucho daño provocando unos cuantos altercados entre hombres que se creían con el derecho de exclusividad como beneficiarios de sus favores.

—Largad velas —dijo Mendaña a su piloto mayor.

—No considero acertada vuestra prisa por partir —contestó Quirós—. Bien sabéis que en este momento no tenemos más que la mitad de las botijas con agua y que éste es un mar muy grande y desconocido.

—Daréis a los soldados un cuartillo de ración en vez de la mitad y así tendremos agua suficiente para la jornada.

—Soy el responsable de las personas que se encuentran a bordo, y en tanto que me habéis nombrado piloto mayor, como tal, no estoy dispuesto a arriesgar con algo tan esencial como el agua, ni a escatimar a unos para dar a otros. Os ruego tengáis a bien no partir sin completar la aguada.

El adelantado atendió las peticiones de su piloto mayor y le ordenó que pusiese rumbo a Paita, que era un buen puerto para la aguada y que una vez completada partiríamos con rumbo a las islas Salomón. Las cosas no iban a mejorar en Paita. El primero de los incidentes que allí se dieron fue una discusión muy agria entre Pedro Merino, el maese de campo, y el vicario. Discutían sobre cuestiones de límites de autoridad, con una vehemencia impropia de sus respectivas dignidades, pero que no causó sorpresa porque ambos habían dado muestras, en mayor medida el maese de campo, de su autoritarismo, dejando en evidencia sus notorias carencias para administrar las responsabilidades propias de sus respectivos cargos. Juan Rodríguez de Espinosa llegó a agarrar por el cuello al maese de campo, el vicario era más corpulento que el hombre de armas, pero Merino desnudó su espada. Suerte que se interpuso el adelantado pidiendo mesura a las partes. Aun con éstas, el maese de campo golpeó con la espada a un capitán que resultó ser Luis Barreto. Merino alegó en su favor que fue un golpe sin intención hacia esa persona y que ni siquiera suponía que fuese un cuñado del adelantado el que recibiese el golpe. Si Lorenzo y Diego, igual que Isabel, ya estaban muy encontrados con el maese de campo, ese incidente empeoró la situación.

Pedro Merino Manrique subió a un bote y se fue a tierra con su honor mancillado y su autoridad cuestionada. Desembarcó decidido a quedarse en tierra y a no realizar la jornada, tanto es así que incluso mandó que le bajaran de la nao San Jerónimo sus ropas y todas sus pertenencias. Para los Barreto aquélla era una buena noticia, no tendrían que depender en tareas defensivas de aquel capitán tan envalentonado y pagado de sí, ellos y otros oficiales y sargentos mayores se sentían capacitados para mandar la tropa y defender con eficacia la flota, los campamentos y las ciudades que se fundasen a lo largo de la jornada. Isabel no era de otra opinión y presionaba a su marido para que no intercediese y dejase a Merino a su suerte en Paita. Pero Mendaña hizo caso omiso de todos los comentarios procedentes de su familia. Desembarcó también él y se fue a hablar con Merino, al que convenció para que continuase en su puesto de maese de campo.

No había tregua para Mendaña, o todo se había puesto en su contra o no había sabido mandar en la flota como de un adelantado se esperaba. Y la verdad era que ni siquiera era capaz de consensuar las decisiones importantes con los Barreto, incluida su propia mujer. Su familia tenía prisa, por eso se puso al frente de los que se mostraron más ansiosos por zarpar. Aquellos dos meses transcurridos desde que se había salido de El Callao pesaban como una losa y para Isabel, poco acostumbrada a tener que desenvolverse en espacios tan reducidos como eran los camarotes del barco, por muy amplias que fueran sus dependencias personales, aquello se estaba convirtiendo en un suplicio; por otra parte, estaba la recomendación, tanto de su esposo como de sus hermanos, de que no se dejara ver demasiado por cubierta, ya que no gustaba a los marineros llevar mujeres a bordo pues creían que eran portadoras de mala suerte; encima, todavía estaban en Perú. No lo soportaba más y así se lo hacía saber continuamente a su marido. Los ecos de tanta gente mandando en el adelantado habían llegado a los oídos del piloto mayor, que estaba harto de las continuas dificultades que día a día surgían entre los participantes en la jornada. Así que, ni corto ni perezoso, consultó con su mujer y entre ambos decidieron abandonar el proyecto.

—Con todos mis respetos —le dijo Quirós al adelantado—, debo deciros que en estos dos meses he visto aparecer un incidente tras otro en una cadena que parece no tener fin. Vos me habéis contratado como piloto mayor para una jornada en la que creo que no es necesaria mi presencia, ya que vos mismo tenéis condiciones más que sobradas para llevarla a su fin. Por todo ello me rindo ante las dificultades y os pido autorización para que mi familia y yo podamos desembarcar aquí mismo, pues queremos abandonar la jornada.

—¿Vos también? —preguntó escuetamente Mendaña, completamente abatido.

—Señor, lo que mal empieza mal acaba. Y a este viaje se le ven a diario muy malos fines estando tan al principio que no parece que sea presagio de buenos augurios. ¿No creéis?

—Razón no os falta en vuestro análisis —respondió el adelantado—, pero os prometo que todo se va a enderezar y que nada más dejar el Perú los ánimos van a cambiar. Es cierto que llevamos demasiado tiempo costeando, pero eso se acabó. Si en dos días completamos la aguada, partimos definitivamente.

—No me siento con fuerzas suficientes como para afrontar este proyecto en el que cunde el desánimo sin apenas empezar.

—Entiendo… pero necesito —dijo Mendaña— que no hagáis firme vuestra decisión hasta el viernes. Quiero dar solución a otros temas y, al tiempo, que vos veáis quién tiene las riendas en la flota.

Aquel gesto impetuoso del adelantado quería representar una posición de fuerza que hasta ahora no se le había visto nada más que a ráfagas. Se encargó de acelerar el aprovisionamiento de agua. Intercedió ante el vicario para que reconsiderase la excomunión del capitán Felipe Corzo, que tenía a toda su gente angustiada al ser mandada por un hombre apartado de Dios y de su protección, lo que repercutía negativamente en los ánimos de toda la flota. En ese caso, la actuación del capellán Antonio de Serpa y de los dos franciscanos que viajaban en la Santa Isabel resultó decisiva. A todo ello hubo que sumar como algo positivo, como buena señal, la incorporación a la flota, a bordo de la nao almiranta, de un hidalgo llamado Ignacio López de Aido que pagó dos mil pesos de plata por su pasaje como sargento mayor. Había indicios de que las cosas se estaban enderezando y de que, por fin, se largarían velas y podríamos aventurarnos por aquellos mares ignotos.

Quien seguía sin verlo claro era el piloto mayor. Mendaña hablaba con él una y otra vez, intentando convencerle de que todo iba bien, que los vientos serían favorables y que los mejores sueños de grandeza se cumplirían al final de la jornada. El adelantado tenía que emplearse a fondo y sacar a relucir sus mejores dotes de persuasión, pues era consciente de que si había algún hombre de quien no podía permitirse el lujo de prescindir, ése era el piloto mayor. Es cierto que él solo se valía para llevar a cabo la jornada, pero prefería tener a otro navegante experimentado que asumiese las responsabilidades específicas de piloto mayor de la flota y capitán absoluto dentro de la nao, así él podría dedicarse a los menesteres de adelantado y capitán general. Además, le necesitaba para regresar con las noticias sobre los descubrimientos que se iban a procurar y sobre las fundaciones de las nuevas colonias españolas en el mar del Sur. Mendaña había estipulado en las condiciones del contrato de Quirós que éste sería el encargado de regresar al Perú con las noticias que se hubieran producido en la jornada y con el encargo de reclutar nuevos colonos para poblar las tierras descubiertas, amén de traer, en la nueva flota, los bastimentos necesarios para un mejor asentamiento de las poblaciones que se pretendían fundar en las islas Salomón. Nadie estaba en condiciones de suplir al piloto mayor asumiendo tales responsabilidades, nadie estaba preparado para ello, y si Quirós renunciaba a la jornada, tendría que ser el propio adelantado el encargado de regresar al Perú.

Isabel sabía lo que se jugaban y, poniéndose en el peor de los casos, pensando en la desgraciada posibilidad de que su marido, Álvaro de Mendaña, sufriera algún contratiempo que le inhabilitase, era imprescindible tener en la flota a Pedro Fernández de Quirós como piloto mayor. Debía actuar rápidamente. Por eso se dirigió a los camarotes asignados a Quirós, en la cubierta inferior a la suya y allí abordó a Ana Chacón, esposa del piloto mayor, que estaba en esos momentos atendiendo a su hija. No le entró de mujer a mujer, como sería previsible en cualquier otro caso y entre otras protagonistas, sino como si de ellas dependiesen las decisiones importantes que sus respectivos maridos debían afrontar.

—En estos dos meses hemos tenido muy poca relación —empezó diciendo Isabel—. Pero creo que eso debe cambiar de hoy en adelante.

—A los hombres de la mar no les agrada que las mujeres se dejen ver cuando están compartiendo viajes con sus maridos —respondió Ana Chacón—. Yo respeto esa norma, sobre todo para no causar ningún perjuicio a mi marido, por eso no se me ha visto en cubierta ni me he relacionado prácticamente con nadie.

—Os entiendo, porque el adelantado es de la misma opinión que vuestro esposo y yo tampoco quiero ser la excepción, pero creo que con discreción sí que podríamos compartir inquietudes, esperanzas e ilusiones, así conseguiríamos pasar mucho más agradablemente las largas horas de encierro que exige una jornada como la que vamos a afrontar.

—Mi marido —continuó Ana Chacón— no quiere continuar… lo sabéis, ¿verdad?

—Sí, lo sé. Y motivos no le faltan. Yo estaría muy molesta, y de hecho lo estoy, con ciertas actitudes negativas que han adoptado a lo largo de estas semanas determinadas personas principales. Pero si en su día vuestro marido aceptó ser contratado por el adelantado fue porque creyó en la jornada, en mi marido y en las enormes posibilidades de futuro que nos puede deparar el destino, si es que con tiento y buenas maneras, y guiados por buenos hombres, alcanzamos el fin glorioso de esta jornada. Las islas Salomón que descubrió el adelantado en 1567 son un territorio maravilloso, lleno de riquezas y en el que se pueden establecer bases para la flota española y factorías para las especias, y donde fundar ciudades para nosotras y para nuestros hijos.

—Todo parece bonito tal como lo explicáis, señora —dijo la mujer del piloto mayor—, pero hay gente mala a bordo y vos habláis de que con gente buena se llega a buen puerto… aquí hay gente muy ambiciosa y con mucha maldad.

—Lo sé, estoy totalmente de acuerdo con vos —confirmó Isabel—. Desgraciadamente, esas personas viajan con nosotros, pero los verdaderamente importantes en la jornada son el adelantado y vuestro esposo, el señor Quirós. De nosotras va a depender que tengan las fuerzas y la cordura suficientes para que nos puedan llevar a buen puerto para así poder cumplir nuestros sueños. Yo me encargo del adelantado, y os prometo que estaré pendiente de todos sus actos para que todo vaya bien. Os pido a vos que hagáis lo propio con el piloto mayor. ¿Aceptáis el reto?

—No os prometo nada, sólo que hablaré con mi marido y él tomará la decisión que más le convenga a él y a nosotras, su familia.

—Confío en vos y espero que nuestra colaboración se haga efectiva y sea eficaz.

Pedro Merino Manrique, el maese de campo, protagonista de algunos de los graves incidentes ocurridos en las semanas anteriores, hacía sus cábalas. Podía resultar un bravucón, un oficial pendenciero demasiado presto para desnudar la espada, era evidente que tenía mal carácter y que muy pocos de entre todos los que viajábamos lo escogeríamos por amigo, pero tonto no era. Con las mismas bajó a tierra y se presentó ante el piloto mayor.

—Tenemos nuestras diferencias —dijo el maese de campo—, y todo el mundo las conoce, pero somos hombres de bien que estamos aquí para sacar adelante una noble y muy cristiana misión.

—No es fácil llevarla a cabo cuando hay gente a bordo muy larga de manos y muy presta a desnudar la espada —respondió Quirós sin contemplaciones.

—Es cierto que el diablo la lía y nosotros le seguimos el rumbo con demasiada prontitud. Creo, sin embargo, que de caballeros es el entenderse y que no debe ser por nuestra causa que este magno servicio al rey quede sin satisfacerse.

—No creo en enmiendas fáciles y repentinas, señor maese de campo — dijo el piloto mayor—, me parecen más bien respuestas de conveniencia que verdaderos propósitos de enmienda.

—Vos gobernad la nao, dirigid la flota y a vuestros hombres que ni yo ni los míos seremos capaces de entorpeceros, de molestaros y mucho menos de cuestionar vuestras decisiones. Yo gobernaré a mis hombres en lo que a defensa y protección de los nuestros sea preciso.

Quirós era un hombre de palabra y no gustaba estar cambiando de parecer según soplara el viento. No cabía duda de que aquella conversación con el maese de campo le había hecho reflexionar, pero su esposa, Ana Chacón, hizo el resto, de tal manera que cuando Mendaña se aprestaba para una nueva entrevista con su piloto, apremiado por Isabel Barreto, quizá la última tentativa pensaba, se encontró a un Quirós dispuesto a emprender viaje dirigiendo la navegación de la flota a las órdenes del adelantado.

Mendaña se reunió con su piloto mayor en su despacho de capitán general de la flota a bordo de la nao San Jerónimo, la capitana, para darle indicaciones precisas sobre las islas Salomón, las rutas a seguir y las cartas de navegación de un mar que sólo él conocía. Mientras en el exterior se terminaba la aguada, Mendaña le dijo a Quirós que hiciera unas cartas en las que únicamente aparecieran tres o cuatro puertos en las costas del Perú, los de El Callao, Santa y Paita, dos puntos con el Norte y Sur, el uno en siete y el otro en doce grados, y mil quinientas leguas al oeste de Lima, las islas Salomón.

—No daremos más información a los otros pilotos para evitar malas tentaciones y posibles deserciones —dijo Mendaña—. Las demás embarcaciones deberán seguir nuestro rumbo.

—¿Están entonces las Salomón a mil quinientas leguas? —preguntó Quirós.

—No, se encuentran a unas mil cuatrocientas, pero mejor será que crean que llegamos antes que preocuparlos con algún posible retraso.

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