El informe Manila

Pemón Bouzas · Capítulo 5 de 15

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El informe Manila

Dispuesta la flota

 

La Ciudad de los Reyes estaba conmocionada por la detención del oidor Manuel Pérez de Alcázar y del alguacil Juan de Buitrago. Nunca, en la corta historia del virreinato, se había producido una detención de tan alto nivel. Los más viejos del lugar aseguraban que, tras el asesinato de Pizarro, este hecho era el más significativo de los ocurridos en la ciudad, pero sin duda exageraban, aunque sí que era de destacar su carácter excepcional. La población podría confiar en la administración de justicia y, desde luego, tanto Juan Bautista Monzón como Alonso Maldonado de Torres, los otros oidores de Lima, salieron altamente reforzados en su prestigio ante la sociedad limeña.

Isabel Barreto estaba en boca de todos. Anteriormente ya se la consideraba una mujer un tanto atrevida por dedicarse a tareas reservadas a los hombres, llevar algunas parcelas de los negocios familiares, realizar actividades calificadas como «diferentes», ya fuera montar a caballo a horcajadas, practicar esgrima, acudir a la Universidad de San Marcos y escuchar las lecciones a escondidas, a través de una celosía, pero ahora se había erigido en la protagonista principal de la detención del oidor. Parecía un personaje fuera de su tiempo, una pieza que no encajaba en el rompecabezas de finales del siglo XVI.

Cuando el oidor Monzón citó en la Audiencia a Mendaña y a los Barreto, incluidos los capitanes Francisco Vargas y Lope de Vega, inculpados en delito de levantamiento forzoso de soldados, la sala se encontraba repleta de gente, toda Lima quería conocer el desenlace de aquella retorcida historia y colocar en su lugar a cada protagonista de la misma. La audiencia comenzó con la exposición de los hechos, destacándose las diferencias entre las partes, las acusaciones del oidor detenido y las pruebas presentadas por Mendaña y los Barreto. Luego vino el turno de los testigos; Juan Pérez de Maldonado y Juan de Santillana de Guevara declararon, junto a otros más, haber visto cómo Mendaña y Lorenzo Barreto levantaban gente para su jornada. Otros hombres hicieron lo propio refiriéndose a los capitanes Vargas y Lope de Vega. Cuando los oidores citaron a Díaz de Medina y a Martínez de Aguilar, que habían denunciado su propio reclutamiento forzoso y el de otra gente de los que se decían testigos, dando fechas y mencionando lugares, no se presentaron en la sala. Ante tal ausencia, el oidor Monzón solicitó los pliegos con los nombres y las firmas de los levantamientos correspondientes a los días y lugares citados por la acusación, aunque sus testigos no estuvieran presentes. Así pudo comprobar la inexistencia de tales nombres en los documentos, constatando la autenticidad de los mismos, por lo que cerró el caso devolviendo los ducados de oro a Isabel Barreto, autorizando la continuidad de los preparativos de la jornada a las islas de Poniente, exculpando a los capitanes y ordenando la detención de los falsos testigos. Todas estas decisiones agudizaron aún más la gravedad de las actuaciones del oidor Pérez de Alcázar que, con todos los informes dictados por la Audiencia de Lima, sería enviado tan pronto como fuera posible a España, para ser juzgado por el Consejo de Indias.

Isabel Barreto se veía de nuevo en la senda correcta. Había conseguido sortear con éxito un gran obstáculo y hacía votos para que fuera el último, sabía perfectamente que la llegada del invierno no permitiría más retrasos. A medida que transcurrían los días, se mostraba cada vez más imperativa, con un carácter más enérgico y menos dado a contemplaciones. Tenía tres barcos y necesitaba marineros expertos, buenos soldados, un gran número de colonos, amén de completar las provisiones.

Una nueva sorpresa agitaría los preparativos de la expedición. Un hacendado y encomendero llamado Alonso de Leiva, pariente del oficial que vino desde Valparaíso a anunciar la llegada de Hawkins, se presentó en casa de los Barreto solicitando permiso para incorporarse a la expedición.

—Si me aceptáis —dijo—, aporto mi nueva embarcación que, aunque pequeña, es muy marinera. Hablo de la fragata Santa Catalina, una galera sin remos, muy rápida, construida siguiendo los planos diseñados por el almirante don Álvaro de Bazán, el capitán general que salió victorioso de la batalla naval de Lepanto contra el gran turco.

Mendaña recibió con los brazos abiertos a Alonso de Leiva y le agradeció la confianza depositada en el proyecto. No era De Leiva un comerciante del entorno de los Barreto y Mendaña, lo cual venía a demostrar el calado que tenía el viaje a las islas Salomón en la Ciudad de los Reyes y el prestigio y la credibilidad de Mendaña como marino. Ya no eran necesarias más embarcaciones, cuatro eran suficientes, pensaba Mendaña.

—Mi ofrecimiento no se queda únicamente en incorporarme a la flota —dijo De Leiva—, también llevaré mi gente, la necesaria para la marinería, mi propio piloto, que se pondrá a las órdenes de vuestro piloto mayor, y unos pocos colonos. Calculo que seremos unos treinta a bordo de la Santa Catalina.

—En este momento, y con las facultades que se me reconocen como adelantado de las islas de Poniente y las Salomón, os nombro teniente capitán de la Santa Catalina. Mandaréis vuestro barco y tendréis la potestad de levantar gente para esta jornada. Contáis con mi confianza y con mi agradecimiento, señor De Leiva.

La incorporación de Alonso de Leiva había sido el espaldarazo definitivo. Una nao bien pertrechada, otras dos embarcaciones grandes aunque un poco viejas y una fragata nueva podrían servir —pensaba Mendaña— para llegar muy lejos. Pero el adelantado tenía que resolver ahora una cuestión capital para garantizar el éxito de la navegación: la contratación de su piloto mayor, del hombre que haría las cartas de navegación con las coordenadas que el propio Mendaña le diese y el que dirigiría el trabajo de los otros pilotos responsables de cada uno de los demás navíos.

Al verano le quedaban pocos días. Isabel Barreto los pasaba supervisando personalmente los bastimentos almacenados en la propia hacienda de su padre y en un tambo en El Callao. Aun así, y a pesar de su nerviosismo por la proximidad de la realización de su sueño, tuvo tiempo para visitar a Francisco Potter y agradecerle todas las gestiones que hizo ante los otros oidores de Lima, para solucionar el problema causado por Pérez de Alcázar.

—Siempre habéis estado a nuestro lado —dijo Isabel—, y nunca escuché de vuestra boca la menor insinuación o el menor interés por participar en la jornada de mi marido. Os lo pregunto directamente, amigo Francisco, ¿queréis venir con nosotros a las islas Salomón?

—Querida Isabel —respondió Potter—, para mí fue y será siempre un placer ayudar a mis amigos y es un honor que vos y vuestra familia os encontréis entre ellos. Si por vuestra parte mi colaboración es requerida para algún que otro menester, sabéis que podéis contar conmigo. También os agradezco la invitación que me hacéis para participar en la jornada, invitación que debo declinar por muchas razones, entre las que se encuentra el esperado nacimiento de mi hijo. Además, mi vida ya ha tenido suficiente ajetreo y lo que quiero es disfrutar de mi hogar y dedicarme a poner a pleno rendimiento mis encomiendas.

—Os entiendo, Francisco, y quiero que sepáis que os llevo en mi corazón porque sin vuestra ayuda difícilmente habríamos conseguido salir adelante.

Isabel estuvo durante un buen rato con Concepción, la mujer de Potter, interesándose por su estado e intercambiando deseos e ilusiones para un futuro inmediato, muy prometedor para ambas pero radicalmente diferente en los anhelos. Pocas veces se podía ver a Isabel entre mujeres, como una más. A mi llegada a la casa de Potter, mi anfitrión, Isabel se dirigió a mí. Mi actuación con los capitanes Vicente de Palmeira y Francisco Pedreira de Fontiñas era conocida en Lima y, por ello, no eran necesarias mayores discreciones.

—Señor De Melo —dijo, dirigiéndose a mí con una franqueza inusual —, nunca podré olvidar lo que habéis hecho por mí en la Audiencia. No sé cómo agradeceros toda vuestra entrega y vuestros servicios, por eso quiero que sepáis que, tanto mi familia como yo, estamos en deuda con vos.

—Señora —contesté—, fue un honor serviros y me complace de veras que todo haya salido de la mejor manera para vuestros intereses. Y ya que me brindáis esta oportunidad, deseo aprovechar la ocasión para expresaros mi deseo de participar en vuestra jornada. Mañana mismo le comunicaré mis intenciones a vuestro esposo, el adelantado, esperando ser bien recibido a bordo.

—Podéis estar seguro de que seréis bienvenido —respondió Isabel—. Me hace muy feliz que nos acompañéis. Necesitamos hombres como vos en la flota.

Y así fue como expresé abiertamente mi decisión de ir a las islas Salomón. Era mi deseo y tenía libertad para poder ir, de esa manera informaría desde primera fila a su majestad el rey Felipe II, que estaba ansioso por ampliar su imperio para mayor gloria de los españoles.

Unos días más tarde, de madrugada, Mendaña y los Barreto se movilizaron sobresaltados. Estaba ardiendo el tambo que guardaba buena parte de los bastimentos de la jornada. Muchos hombres acarreaban agua haciendo una enorme cadena que iba desde la playa de la mar mansa hasta el lugar del siniestro. Había que procurar salvar del pasto de las llamas todo lo que fuera posible y evitar que el incendio se extendiera por las edificaciones vecinas de El Callao. El resplandor del fuego se veía desde Lima. Mendaña y los suyos galopaban desesperados, sus rostros expresaban una rabia contenida y una gran impotencia. Hasta bien entrada la mañana no se consiguió sofocar totalmente el incendio. Por suerte ni el armamento ni la pólvora estaban guardados allí, si no la catástrofe hubiera sido irreparable.

Ya más tranquilos, aunque exhaustos por tanto trabajo, escucharon a los alguaciles, que apuntaron la posibilidad de que el fuego hubiese sido provocado intencionadamente. Algunos vecinos afirmaban haber visto a gente extraña merodeando por allí la tarde anterior. No iba a ser fácil dar con los sospechosos por lo que, para Mendaña, era más importante evaluar los daños y determinar las nuevas necesidades de provisiones, amuras y cabos, jarcias, velas, madera, instrumentos de carpintería, hasta completar la larga lista de bastimentos necesarios para el viaje.

Fue aquella misma mañana cuando Mendaña supo de la presencia en Lima de un navegante portugués al servicio de la corona española. Se llamaba Pedro Fernández de Quirós y gozaba de gran reputación entre los hombres del mar. Mendaña conocía su fama y quiso entrevistarse con él.

Quirós había nacido en Évora y se había educado en Lisboa, estudiando en la prestigiosa escuela de pilotos de la capital lusa. Tan pronto como pudo se embarcó, empezando como escribiente y pasando después por todos los puestos de la navegación comercial, aprendiendo su oficio como mejor se hace, con la práctica. Cuentan que pronto destacó por su habilidad como piloto, lo que le permitió llegar a ser piloto mayor mucho antes de lo previsible, siempre en naos comerciales, donde forjó su fama. Era, sin duda, el hombre que necesitaba Mendaña. Quirós se entusiasmó con la idea y agradeció la confianza, pero una vez puestos de acuerdo en lo económico, reclamó ser la máxima autoridad, después del adelantado, en temas de navegación y en la supervisión de la contratación de los marineros y contramaestres que iba a tener a su mando. También quiso visitar las naves para ver en qué condiciones se encontraban y, en su caso, ordenar las reformas que considerase menester realizar para su mejora. Mendaña pudo comprobar la disposición de Quirós a emprender la jornada, pero también el rigor y la seriedad con que trabajaba.

El virrey García Hurtado de Mendoza se había estado carteando semanalmente con el rey Felipe II. Ambos eran conscientes de que urgía que la jornada de Mendaña se pusiera en marcha de una vez por todas. A los intereses económicos y estratégicos, se sumaba siempre la defensa de la fe católica, pero en esta ocasión había algo más. En la correspondencia de Hurtado de Mendoza al rey se reflejaba el constante incremento de la delincuencia en el último año, de tal manera que las mazmorras de Lima se encontraban repletas y, aun así, los robos, los ultrajes y los asaltos no disminuían. La Ciudad de los Reyes y todo el virreinato del Perú se habían convertido en el lugar deseado de los vividores por cuenta ajena. La fama que esas tierras del Nuevo Mundo tenían, debido a sus riquezas y a las remesas de oro y plata que anualmente enviaban a la metrópoli, traspasaba la península Ibérica y se extendía por toda Europa. Muchos hombres y mujeres, ávidos de dinero fácil y deseosos de una vida más que confortable, se aventuraban como polizones en la flota de Indias o bien comprando ilegalmente sus pasajes en el mercado negro, lejos de la Casa de Contratación de Sevilla. A ellos había que sumar los que, habiendo llegado legalmente al Perú, se habían relajado en su moral, lo que les había hecho pasar en repetidas ocasiones por el tribunal de la Inquisición o por los salones de pleitos de las audiencias. Era sorprendente que muchos religiosos fuesen condenados varias veces por fornicar y más sorprendentes eran los argumentos con los que se defendían, diciendo que yacer con indias no era pecado y que de esa manera saciaban sus instintos, fruto de los calores tropicales. En fin, que el virrey Hurtado de Mendoza, con la total connivencia de su majestad el rey Felipe II, llegó a la conclusión de que era políticamente saludable y necesario limpiar el país de gente indeseable.

Mendaña y su esposa fueron citados a palacio. Aquella mañana, García Hurtado de Mendoza les comunicó dos nuevas y empezó diciéndoles la buena.

—Estimados amigos, mi confianza en vos se ha visto recompensada, pues estoy seguro de que en pocas fechas iniciaréis vuestra jornada. Ello me satisface enormemente, porque vuestras hazañas quedarán vinculadas históricamente a mis responsabilidades como virrey del Perú. Quiero haceros saber que la corona tenía previsto incluir, sin incrementar el precio que ya habéis pagado por las naos, una serie de bastimentos que paso a relatar —dijo el virrey, dispuesto a leer el documento de cesión:

Sesenta pipas para el agua, dieciséis piezas de artillería, munición para esas piezas, ciento cincuenta arcabuces, cien botijas de pólvora, veinte quintales de plomo, trescientos rollos de mecha, juegos de velas, amuras y cabos…

Mendaña e Isabel expresaban agradecimiento con una incontenible sonrisa, mientras escuchaban toda la relación en la que también se incluía grano, harina, frutas y algunos animales para la provisión de carne fresca, leche y huevos. El virrey ponía cada vez más énfasis en su lectura, como queriendo revalorizar, hacer más grande de lo que ya de por sí era tal dispendio. Era consciente de que había una segunda parte que iba a gustar menos.

—No se nos escapa el esfuerzo que representa para vos esta extraordinaria aportación —dijo Mendaña—, por ello y por todo el apoyo que hemos recibido de vos, desde que sois nuestro virrey, esperamos que nuestra jornada sea lo más fructífera posible para mayor gloria de nuestra corona y para poder devolveros con creces las muestras de generosidad que nos habéis mostrado. Quedamos en deuda con vos.

—Hay algo más, amigos —continuó el virrey—. ¿Cómo vamos de hombres y de colonos?

—Ése es nuestro punto flaco por el momento —respondió Isabel—. Todo el proceso por las injurias en contra de nuestros capitanes retrasó el levantamiento de más gente…

—No va a ser necesario que alcancéis la cifra de quinientos a la que os obliga la capitulación. Estoy al tanto de vuestros problemas y voy a poder ayudaros. He concedido una amnistía a todos aquellos presos que decidan aceptar realizar el viaje con vos.

—Pero, señor, ¿gente peligrosa en una flota? —preguntó asustado Mendaña.

—Paciencia, señor adelantado —dijo el virrey—. No estoy pensando en asesinos ni en rufianes que tengan las manos manchadas de sangre. He ofrecido clemencia a aquellos que están cumpliendo condenas por delitos menores. Algunos curas que han perdido los hábitos, soldados que han cometido faltas, ladronzuelos, rameras.

—Las rameras pueden causar problemas entre la marinería, señor — apuntó Mendaña.

—No se asuste, Mendaña, recuerde que manteniendo una buena disciplina a bordo no habrá problema que no se pueda solucionar. Y por otra parte, va a necesitar mujeres solteras para que se establezcan en las futuras colonias que vos fundéis en las tierras por descubrir, esas mujeres van a tener una segunda oportunidad para rehacer sus vidas decentemente, uniéndose en matrimonio con algunos de los hombres solteros que viajarán con vos. Hasta el momento son unas veintisiete mujeres y setenta hombres los que se han acogido a esta oferta de indulto.

—Con esa aportación superamos ya las trescientas cincuenta personas a bordo de los cuatro navíos de que disponemos —calculó rápidamente Isabel.

—Una cifra muy respetable para iniciar la jornada —sentenció el virrey —. ¿Cuándo estimáis que podréis zarpar?

—Si no hay más contratiempos, Dios quiera que no, esperamos partir durante la primera semana de abril —indicó Mendaña.

—Cuando la fecha se haga definitiva, debéis informarme para poner en marcha todos los actos de despedida de la flota —dijo García Hurtado de Mendoza—. Os expreso ya mis mejores deseos de una buena navegación y de éxito en vuestros descubrimientos. Quiero recibiros a la vuelta con todos los honores.

Sabor agridulce o quizá más dulce que agrio el que dejó en Isabel y su marido aquella entrevista con el virrey. El hecho de tener que llevar algunos presos liberados a bordo no iba a ser nada grato, pero negarse a ello habría sido contraproducente. El virrey había sido muy generoso con los bastimentos y era de agradecer su postura de permanente apoyo a la jornada.

Abril estaba a la vuelta de la esquina e Isabel quería conocer lo que le iba a deparar el destino. Para ello fue a buscar a su criada Swami, que aquella tarde se encontraba muy atareada preparando ungüentos en compañía de otra criada a la que llamaban la Pancha, una india de muy buen ver que llevaba viviendo desde niña en la hacienda de los Barreto.

—¿Qué estás haciendo, Swami? —preguntó Isabel—. ¿Para qué son esos ungüentos?

—Señorita, estoy preparando medicinas para el viaje —respondió Swami.

—¿No me habías dicho que ibas a llevar las hierbas para hacer tus pócimas en el barco?

—Sí, señorita, pero así ya llevo unos tarros preparados y de paso le doy un poquito a la Pancha, que ya necesita.

La Pancha sonrió inocentemente a Isabel. La señora era comprensiva y nunca había puesto reparos a Swami para que hiciera preparados para las personas de la hacienda.

—¿Qué té pasa, Pancha?

—Nada, señorita.

—No le ocurre nada —siguió Swami—, pero tiene que aplicarse este emplasto para que no la dejen preñada. Señorita, a la Pancha le gusta mucho estar con los hombres —continuó diciendo entre carcajadas que ruborizaron tanto a la Pancha como a Isabel.

—Venga, Swami, acaba pronto que quiero ir a la huaca a conocer mi futuro. Tráete a la Pancha si quieres.

—Será bueno conocer adonde nos van a llevar esos barcos por ese mar tan grande que no tiene fin —dijo Swami.

—Pancha, quiero que vengas con nosotras en el viaje, ¿te apetece?

—Me da mucho miedo, señorita —contestó—, pero iré si vos lo queréis.

Ya en la huaca, el nerviosismo de Isabel se acrecentó. Nunca antes se había sentido de esa manera ante los designios del destino, pero ésta iba a ser su más grande aventura y la vida de todos los participantes en ella estaba en juego. En el mar, en un mar desconocido para casi todos menos para Mendaña, la muerte estaba siempre al acecho. Los hechiceros hicieron su trabajo y procedieron a contar lo que habían visto…

—Veo tierras lejanas, tierras verdes y tierras de fuego —dijo uno de los hechiceros—. Veo muerte… cabezas cortadas… veo gloria y esplendor… te veo reina —dijo al final mirando a Isabel.

Isabel se quedó muda y pálida. ¿Por qué tanta muerte? ¿Quién iba a morir? ¿Reina de qué? ¿Dónde? Todas esas preguntas se agolpaban en su cabeza y no la dejaban respirar. Cuando recobró el conocimiento, con la inestimable ayuda de Swami, regresaron a casa, pero se detuvieron un momento en la iglesia de Santa Ana. El frescor que se respiraba dentro del recinto religioso acabó de recuperar a Isabel que, con el rosario en la mano, no paraba de rezar pidiendo protección para ella y los suyos. A Swami y a la Pancha se las veía más contentas, los signos escudriñados por los hechiceros habían resultado benignos y se les auguraba una buena travesía, con dificultades pero con final feliz. Isabel se dio cuenta de ello y se alegró por sus criadas, pero les pidió que juraran no decir a nadie nada de lo que habían visto y oído esa tarde en la huaca. Por la noche, la Pancha, mientras cabalgaba sobre un criado llamado Antonio, le hizo prometer que le pediría al señor Nuño que le dejara ir en la expedición, a lo que Antonio dijo que sí encantado. Unas horas más tarde, José Manuel Cancela Díaz, uno de los capataces de Nuño Rodríguez Barreto, era agarrado por las orejas y empujado bruscamente hacia atrás, ante sus ojos sudorosos quedaban los hermosos pechos que estaba besando, sorprendido oyó cómo la Pancha le decía que esperaba verlo en el barco de la señorita en el viaje a las islas de Poniente.

 

La suerte estaba echada y quien más quien menos hacía sus cuentas y se preparaba para la aventura. Yo mismo velaba mis armas. Ponía a punto mi arcabuz, con su mecha, pólvora y plomos, mi sable y mi daga, y mi arma secreta, un arma de fuego de mano que funcionaba como un arcabuz pero se agarraba con una sola mano. Se la compré a un maestro armero veneciano y era muy práctica en las distancias cortas. Por lo demás, mi equipaje era muy parco en prendas, con lo que un baúl de medianas dimensiones sería suficiente. Siguiendo el consejo de Potter, llevaría otro con provisiones y una pipa de agua y unas garrafas de vino.

La gente principal que iba a participar en la jornada, incluido yo, fue citada en casa de los Barreto para intercambiar impresiones, marcar unas directrices y, en definitiva, conocernos un poco más. Mendaña era la máxima autoridad, conferida por su majestad el rey Felipe II y confirmada, muchos años después, por el virrey, en este caso García Hurtado de Mendoza. Era pues el adelantado de las islas Salomón y, en general, de todos los territorios por descubrir. Era el capitán general de la flota, el gobernador vitalicio de los territorios a conquistar y el representante de su majestad allá donde llegase. Mendaña presentó a todos los allí reunidos al piloto mayor, al responsable de la navegación y máxima autoridad a bordo, por debajo de Mendaña, se trataba del marino portugués Pedro Fernández de Quirós, un hombre muy recto y muy religioso y de contrastada fama como navegante. Iría, como es lógico, en la nao San Jerónimo, que sería por lo tanto la nao capitana de la flota. En el mismo barco iría también el maese de campo, el hombre responsable de los soldados que acompañarían la expedición y darían seguridad en las nuevas tierras, pero Mendaña desconocía todavía quién ocuparía ese cargo, nombramiento que haría el propio virrey. También en la capitana viajarían sus cuñados, los capitanes Lorenzo y Diego, y su esposa Isabel Barreto, con todos sus criados. Mendaña, o quizá Isabel, guardaba para mí un pequeño camarote en la segunda cubierta, muy próximo al destinado para el vicario.

Álvaro de Mendaña nombró almirante de la flota al capitán Lope de Vega, marido de su cuñada Mariana de Castro. Iría, por tanto, al mando de la que sería nao almiranta, la San Francisco, con un sacerdote, los capitanes Vicente de Palmeira y Francisco Pedreira de Fontiñas. Lo que sí parecía claro era que el teniente capitán Alonso de Leiva iría al frente de su nave, la fragata Santa Catalina, con su piloto y la tripulación necesaria, así como con alguna gente que había levantado. De todas formas, este reparto de responsabilidades y las asignaciones a tal o cual barco no eran definitivas y Mendaña era consciente de ello. Pero había conseguido generar entusiasmo entre los presentes; como buen marino que era, sabía que partir con optimismo mejoraría la convivencia y la navegación.

Al día siguiente, Isabel acompañaba a su marido al puerto de El Callao. Allí estaban citados con el piloto mayor Pedro Fernández de Quirós para revisar las naos y realizar los ajustes de última hora. Primero fueron conducidos en una chalupa a la nao San Jerónimo. Isabel pudo comprobar in situ cómo era por dentro la embarcación en la que iba a viajar durante varias semanas, o tal vez meses; la recorrió sin perder detalle, escuchando muy atentamente los comentarios con los pros y los contras del piloto mayor. La nao era del agrado de Quirós y Mendaña coincidía con él en lo principal. De todas formas, estaba un tanto escasa en velas de repuesto y en otros elementos necesarios para el buen funcionamiento del barco. Quirós también estaba contento con su camarote, que compartiría con su mujer y su hija. Isabel, sin embargo, veía muchas estrecheces en los habitáculos asignados para ella, su marido, sus hermanos y el personal a su servicio. Mendaña tuvo que convencerla de que para ellos se había habilitado una zona más que suficiente, teniendo en cuenta el espacio total disponible en un barco.

De la nao San Jerónimo se fueron a la San Francisco. En ella empezaron los problemas. Quirós puso mala cara desde un principio, ya antes de subir a bordo hizo comentarios sobre el mal aspecto general del barco. Mendaña callaba sin decir nada, pero siendo hombre de mar y con tanta experiencia ese silencio sólo significaba que Quirós tenía razón. Los carpinteros trabajaban duramente en las cubiertas, pero sus esfuerzos iban orientados a la construcción de camarotes y al refuerzo de mástiles y vergas. Mendaña y su piloto mayor bajaron a las bodegas; los pañoles hacían agua y la madera del casco se encontraba en penosas condiciones, estaba prácticamente podrida.

—Lamentablemente, señor, debo deciros que esta nao no está en condiciones de realizar una travesía de esta envergadura —sentenció Quirós —. Usted mismo debe darse cuenta de que la madera está podrida. Este barco sólo sirve para navegar costeando y en jornadas cortas. Un simple golpe de mar puede abrir un boquete bajo la línea de flotación con resultados funestos.

—Me gustaría tener argumentos para llevaros la contraria —respondió Mendaña—, pero debo reconocer que no podemos contar con esta nao.

Al ser descartada la nao San Francisco, la Santa Isabel pasaría a ser la almiranta. El problema ahora era que sólo disponían de tres barcos. Quirós repasó con Mendaña el barco que Isabel había comprado a Gallegos de Andrade. Su estado tampoco era el ideal para una jornada tan larga, pero el piloto mayor la dio por buena.

—Debemos retirar a los carpinteros de la San Francisco y traerlos para la Santa Isabel. Deben realizar las reparaciones más urgentes en la estructura de esta nao y repartir los bastimentos de la San Francisco entre ésta y la San Jerónimo —sentenció el piloto mayor.

La fragata Santa Catalina, mucho más pequeña que las naos, con capacidad para treinta o cuarenta personas, estaba en perfectas condiciones. Hacía pocos años de su botadura y durante ese tiempo había sido mimada por sus pilotos y por su propietario.

—Pienso en esta embarcación para que regreséis en ella a informar al virrey del Perú de nuestros descubrimientos y de la llegada a las islas Salomón —dijo Mendaña a Quirós.

—Es una buena decisión —subrayó el piloto mayor—. Es una nave muy rápida y muy marinera que me permitiría hacer el tornaviaje con muchas garantías y gran rapidez.

Tanto Mendaña como Isabel echaban sus cuentas. Disponían de dos naos y de una fragata. Cada nao podría llevar entre ciento cincuenta y ciento noventa personas y en la fragata podrían viajar unas treinta o cuarenta. Eso significaba que en la jornada podrían participar entre trescientas treinta y cuatrocientas personas.

—Señora —dijo Quirós—, tal como se encuentran las embarcaciones, en la San Jerónimo no podrán viajar más de ciento veinte personas, porque se ha destinado mucho espacio para gente principal. En la Santa Isabel sería muy arriesgado meter a más de ciento sesenta porque no es una nao en perfectas condiciones. Calcule, por consiguiente, que dispone de espacio para unas trescientas veinte personas en total.

—Pues estamos ya muy justos —dijo Isabel—. Todo dependerá del número final de soldados que llevemos, porque entre la gente principal y las personas a su servicio ya somos casi el centenar.

—Las tripulaciones de las tres naves sumarán otros ciento treinta —dijo Quirós.

—Llevamos unos cincuenta colonos, mujeres y niños, sin contar los que nos asigne el virrey fruto de la amnistía que concedió a los que no cometieron delitos de sangre —apuntó Mendaña—. Van ya unos doscientos ochenta.

—Como dice vuestra esposa —dijo Quirós, aludiendo a Isabel—, estamos ya muy justos.

Con esas cábalas regresaron a Lima. En la cabeza de Isabel rondaba una sentencia que se le había quedado grabada de tanto escucharla cuando era niña: «Dios proveerá». Se la debía, la frase, a una amiga de su madre llamada Encarnación Caamaño que, ante la adversidad de haberse quedado viuda demasiado joven y con seis hijos a su cargo, confió en su fe y en la ayuda del Señor para sacar a sus hijos adelante con los pocos recursos que le habían quedado. Isabel era una mujer con mucha fe, en Dios y en sí misma, por eso tenía la certeza de que si ella lo daba todo, Dios cumpliría su parte.

No tardó mucho en comprobarlo. En la hacienda de los Barreto esperaba el capitán Felipe Corzo, un oficial con negocios propios, que me había presentado en palacio mi amigo Potter en el transcurso de la recepción que dio el virrey cuando, junto a otra gente principal, llegamos al Perú.

—Como vos sabéis, tengo una galeota —dijo Felipe Corzo a Mendaña y los Barreto—. La pongo a vuestra disposición si me aceptáis en la jornada. Me gustaría acompañaros a las islas Salomón. ¿Qué me decís?

—«Dios proveerá» —dijo Isabel en voz alta, llena de alegría.

—Bienvenido —respondió Mendaña—. ¿Tenéis gente?

—Mi barco es pequeño como sabéis —continuó—, no necesita muchos hombres para navegar y mi tripulación está dispuesta a acompañarme. Aun así, podemos llevar a ocho o diez personas más. No cabemos más de veinte, la San Felipe sólo dispone de una cubierta y a la intemperie.

—No es mucha la gente que podéis llevar, pero la nave nos será muy útil como auxiliar, para buscar fondeaderos y para realizar otros menesteres propios de una jornada de descubrimiento —apuntó Mendaña—. Os agradezco, amigo Felipe, que hayáis decidido acompañarnos en esta aventura.

Mendaña decidió poner fecha definitiva para iniciar la jornada, sería el viernes 7 de abril y así se lo hizo saber al virrey para que dispusiera lo que estimase conveniente para la despedida de la flota. Todos los integrantes de la expedición fuimos convenientemente informados de tal decisión para que tuviéramos todas nuestras pertenencias a punto para su estiba, y que ese día se pudiera partir con todo en orden y con la bendición del Señor.

El adelantado y su esposa eran conscientes de que uno de los valores más destacados de la capitulación, firmada en su favor por el rey Felipe II, era la cristianización de los pueblos paganos y la defensa a ultranza de la fe católica. Habían dejado para el final la gestión, en el arzobispado de Lima, de la incorporación a la flota de los representantes de la Iglesia, que serían los encargados de preservar la fe a bordo y de cristianizar a los indios de las tierras por descubrir. El arzobispo de Lima, Toribio Alonso de Mogrovejo, no era hombre de despachos, se manejaba mejor entre sus fieles, particularmente entre los más desfavorecidos, que entre sedas y oropeles más propios de su rango. Sus relaciones con las autoridades civiles no eran precisamente cordiales, de hecho, eran conocidos sus rifirrafes con el mismísimo virrey. Empero, gozaba de olor de santidad.

Toribio Alonso de Mogrovejo recibió a Mendaña y a Isabel. Estos contaron al arzobispo sus planes, el primero de los cuales era partir con la bendición del propio arzobispo. Luego le solicitaron la asignación de un vicario y de los capellanes que estimase convenientes, teniendo en cuenta que la flota estaba compuesta por cuatro barcos y que, con toda probabilidad, los territorios a cristianizar serían amplios. Mogrovejo atendió sus peticiones y les aseguró que en unos días conocerían a los religiosos que les acompañarían en la jornada. Él personalmente estaría en el puerto de El Callao para dar la bendición a la flota antes de zarpar. Efectivamente, antes de finalizar la semana, se presentaron en la hacienda de los Barreto varios religiosos.

—Mi nombre es Juan Rodríguez de Espinosa y me presento ante vos — dijo aludiendo a Mendaña—, porque he sido nombrado, por nuestro arzobispo Mogrovejo, vicario de la flota que vos mandáis y que partirá de descubierta por el mar de Sur. Os presento al capellán Antonio de Serpa y a nuestros hermanos franciscanos fray Anselmo de Neves y fray José Fernández.

Mendaña les dio la bienvenida y les contó sus planes, hasta donde podía alcanzar. Acordaron, asimismo, que el domingo celebrarían misa solemne en la catedral para que todos pudieran participar de una primera celebración de la santa eucaristía antes de zarpar. Cada día, cada hora, se iban ajustando las piezas y cuanto más se ataba, mayor era la sensación de que faltaban cosas, de que lo estimado era insuficiente. Quizá fuesen las preocupaciones lógicas de cuando alguien se enfrentaba a una situación extraordinaria y ésta, sin duda, lo era. Tal vez la más extraordinaria que yo pudiera imaginar. En mi caso, cuando incorporé a mi equipaje papel, plumas y tinta para tomar mis anotaciones y escribir mis impresiones, mi amigo Potter me recordó que seguramente también tendría mucho tiempo para leer; por eso mismo, me regaló dos obras que contaban la historia del virreinato del Perú, con la particularidad de que sus autores eran indios, una era la Historia del Perú del inca Garcilaso de la Vega y la otra la Nueva Crónica y Buen Gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala, otro inca.

—Me gusta mucho la historia —dije a Potter.

—Lo sé, de ahí mi regalo.

—Estoy leyendo estos días una estupenda historia de los incas titulada Suma y narración de los incas de un tal Juan Díaz de Betanzos, gallego de la capital, de Betanzos de los Caballeros. Es muy instructiva de cómo son la vida y las costumbres de los incas y de quiénes fueron sus jefes y sus más afamados guerreros.

—Cuando regreses de las islas Salomón, te presentaré al autor.

—Te tomo la palabra. Voy a echar de menos tu biblioteca cuando esté embarcado.

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