El instituto Topeka

Ben Lerner · Capítulo 9 de 9

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El instituto Topeka

Apercepción temática

 

(ADAM)

 

Desde el apartamento de una sola habitación de doña Alana, en la esquina de la calle Ciento ocho con Amsterdam, un apartamento que en esencia no había cambiado desde 1942, cuando ella llegó de Vieques, el apartamento en el que había criado a dos hijas ella sola, la cama pulcramente hecha donde dormían sus niñas aún allí junto a la cama de matrimonio pulcramente hecha, situada al lado de una mesita sobre la que había un teléfono con disco giratorio, el último teléfono con disco giratorio de mi vida (el hecho de que mis hijas no vayan a conocer las líneas fijas, un profundo cambio desde la perspectiva de los sistemas familiares), un apartamento que semejaba el único punto permanente en torno al cual se reorganizaba constantemente el barrio, íbamos a pie, Natalia y yo, empujando el cochecito doble bajo un calor impropio de noviembre, hacia Riverside Drive. Delante de nuestras hijas intentábamos disimular nuestra tristeza por los últimos indicios de la progresiva demencia de su bisabuela: que llamara a Natalia por el nombre de su madre durante la mayor parte de la visita; que pensara que Luna, nuestra hija mayor, era un niño, teniendo Natalia que apartarle el cabello castaño hacia atrás para mostrar los pequeños pendientes de oro; que Bisi, como la llamaban las niñas, arrancara un imán de nevera en forma de coquí de la mano de la pequeña Amaya con repentina desesperación, Es mío, del modo en que lo haría otra niña, y luego contemplara el imán en la palma de su mano, confusa por lo que había hecho, mientras Amaya rompía a llorar. Paramos en la isla peatonal de Broadway y, mientras esperábamos a que cambiase el semáforo, Natalia saludó a los viejos sentados en el banco a nuestra izquierda, su español ininteligible para mí por las vocales suprimidas, audibles los trinos de los pájaros tras el paso de un autobús, y yo fingía no observar a un sintecho que escarbaba en la papelera metálica verde a nuestra derecha, confirmando que no era una amenaza para las niñas, incapaz de no pensar en esos términos, ahora Amaya echándose una siesta, el chupete en la boca, Luna cantando una canción sobre hipopótamos para sí misma, las nubes deslizándose rápidamente a través del espacio entre los edificios cuando alcé la vista, la voz de Cardi B saliendo de un coche aparcado en doble fila. Cuando no queríamos que las niñas entendieran nuestra conversación, Natalia y yo nos hablábamos en una jerga polisilábica, palabras complicadas, algo que yo solo podía hacer en inglés, lo cual nos permitía también convertir los temas serios en una especie de juego —nos sentíamos como niños imitando el habla adulta —, así que dije: «Contemplar la neurodegeneración es oneroso, pero su personalidad fundamental está intacta», o algo así; Natalia dijo: «Tengo la esperanza de que pueda llegar a su conclusión sin ser reubicada en una institución», o algo por el estilo. Cambió el semáforo, cruzamos la calle, Luna señalando la furgoneta de Mister Softee: Papá, me prometiste un helado; No, dije que podías comer galletas en casa de Bisi o esperarte y comerte un helado, culpabilidad por los niveles de azúcar proyectados en su sangre. Luna comenzó a gimotear, Natalia, que con las niñas solo hablaba en español, le explicó las consecuencias que podría acarrear su gimoteo; Luna lo dejó correr, reanudó su rapeo sobre los hipopótamos, incorporando ahora la palabra «oneroso», que pronunció «honoroso», el lenguaje convertido en masilla en su boca, batiendo palmas para dispersar a unas palomas mientras descendíamos hacia Riverside, Luna encantada con un hombre que hacía dominadas en un andamio, papá, tú puedes hacer eso. Vaya vida ha tenido tu abuela, le dije a Natalia, como siempre le decía, y qué siglo tan especialmente demencial para haber vivido, haber nacido en los primeros tiempos de los automóviles y los aviones y ahora hablar por FaceTime (con el teléfono de Natalia) con una prima en la isla, con la electricidad restablecida de modo provisional, mientras sus bisnietas corretean alrededor de ella. Natalia asintió ante los lugares comunes, Conducción caballerosa, con aquella peculiar sonrisa que esbozaba para contener las lágrimas, para ejercer una presión ascendente en los conductos, Trump lanzando rollos de papel de cocina a la multitud tras el paso del huracán María, la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias repartiendo caramelos Skittles y otros dulces corporativos, mientras yo empujaba el cochecito para subir el bordillo y acceder al paseo principal de la avenida; doblamos a la izquierda y enfilamos hacia el sur en dirección al Hippo Playground de la Noventa y uno.

Cuando llegamos al parque infantil, Luna saltó del cochecito para que Natalia y yo pudiéramos bajarla por los peldaños de piedra, y luego le desabroché el cinturón a Amaya (¿por qué tengo la sensación de que es peligroso utilizar en la ficción los nombres de mis hijas?) y la cogí en brazos y me dispuse a despertarla (¿por qué pesa más cuando está dormida?) cantándole mi propia canción sobre los hipopótamos, que están catalogados como «vulnerables» pero no «en peligro de extinción», Papá quiere llevarte a los columpios, mi pequeña hipo, y al final le saqué de la boca el chupete, que ella llama su «bobo», lo que hizo que abriera sus ojos de largas pestañas y hablara, aunque solo fuera para reclamar el bobo, «Papá bobo poquito más». Se lo di, la dejé en el suelo, tiré de la cinturilla de su pantalón listado con los colores del arcoíris para comprobar cómo estaba el pañal; luego la solté, la observé dirigirse andando como un pato hacia su hermana, que se había subido a uno de los pequeños hipopótamos de piedra con movimientos vacilantes, y me sonreía y saludaba con la mano. Semiconscientemente, recorrí con la mirada el parque infantil, no pude evitarlo, en busca de posibles matones o cristales rotos en el asfalto y tomé nota mental de la altura relativa del equipamiento lúdico, qué clase de lesiones podía provocar tal o cual objeto. Después comprobé en el teléfono si tenía mensajes de fuera de ese encuadre, consulté el tranquilizador despliegue de titulares, escándalos, regresiones arcaicas, lo último en el Hielo del Mundo, antes de apagarlo como parte de mi renovado esfuerzo por estar más presente para mis hijas. También realizaba un renovado esfuerzo por no intervenir a cada instante, por no estar demasiado presente en ese sentido, así que dejé que Luna y Amaya, sin estar muy pendiente de ellas, subieran por una pequeña escala metálica amarilla (probablemente una caída no conllevaría una conmoción cerebral) hasta la trepadora, mientras niños de distintas edades correteaban de un elemento a otro, se balanceaban en las barras; había también un ancho tobogán metálico. Natalia, a cierta distancia, sacaba las botellas de agua de la mochila guardada en la cesta de debajo del cochecito.

Luna hizo cola en el tobogán detrás de un par de niñas más altas; Amaya hizo cola en ávida imitación detrás de su hermana. Fue entonces cuando reparé en el niño, quizá de siete u ocho años, unos cuantos más que Luna; no estaba deslizándose, sino sentado en lo alto pateando el metal laminado. Cuando una de las niñas mayores le pidió que se apartara para bajar ella, el niño dijo: Este tobogán es solo para niños, nada de niñas en este tobogán, vete. La niña llamó a su padre, que andaba por allí cerca, para que la ayudara con el niño que no respetaba los turnos; Luna y Amaya observaban con atención para ver cuál era el desenlace de aquella situación, preparándose, me dio la impresión, para asimilar cualquier lección que la vida pudiera darles. (Esa expresión peculiar en los ojos de un niño, una mezcla de presencia y ausencia, cuando está a punto de quedar impresionado, de recibir una impresión que va a grabarse como en cera… la presión que eso ejerce en el habla y los gestos de aquellos que nos hacemos pasar por adultos). El padre, cuyo acento era probablemente afrofrancés, pidió al niño amablemente y con una sonrisa que permitiera a los demás bajar cuando fuera su turno, y el niño replicó: No, nada de niñas en este tobogán, no, vete. Ante lo cual el padre, todavía sonriente, preguntó: ¿Y dónde están ahora tu papá o tu mamá? El niño, tras una breve vacilación durante la que se rascó las costras de las rodillas, señaló a regañadientes con la cabeza hacia un hombre sentado en un banco a unos diez metros, que parecía observar desde esa distancia la escena del tobogán. Intenté distraer a Luna y Amaya, habéis visto esas barras, niñas, pero ellas, absortas, seguían con la mirada al otro padre que, todavía sonriente, se acercaba al padre sentado en el banco, mientras el niño continuaba emitiendo ruidos atronadores y las niñas mayores, pacientes aunque disgustadas, esperaban en la cola la intervención de los adultos. Fingí no prestar atención al intercambio entre los dos padres, pero el padre de la niña regresó enseguida, perplejo, un poco alterado incluso; le dijo a su hija que era momento de pasarse a los columpios, que en cualquier caso tenían que marcharse pronto. El padre y yo cruzamos una mirada, y él enarcó las cejas para dar a entender que el padre del banco se traía mal rollo. Miré directamente hacia el banco para transmitirle al mal padre reacio a controlar a su hijo que me ponía del lado del buen padre, aprovechando al mismo tiempo la oportunidad para medir fuerzas con el mal padre, no pude evitarlo: era más alto y más delgado que yo; vestía más formalmente que cualquiera de los otros adultos en el parque infantil, como si hubiera salido de trabajar, pese a ser domingo; llevaba pantalón caqui y chaqueta y una camisa rosa, sin corbata; imaginé que trabajaba en cuestiones financieras, titularizando algo. Saltaba a la vista que no era un tipo duro; llevaba unas gafas de montura negra como las mías, como las de un millón de padres en la ciudad. Era blanco, así que no podía darse entre nosotros esa complicada dinámica política en particular, por más que hubiera afectado a su interacción con el otro padre. Volví a mirar a mis hijas, que seguían esperando, intranquilas, todos nosotros observando al niño que no cedía el tobogán, que seguía produciendo aquel atronador estrépito metálico, ahora en mi cabeza una tormenta inminente, un gran sistema ciclónico con un núcleo caliente. Dije a Luna que había columpios libres para nosotros, y vamos a pedirle un poco de agua a mamá, que hablaba con una mujer a quien parecía conocer cerca de donde estaban los cochecitos, pero Luna y Amaya, junto con una niña mayor que las precedía en la cola, no se movieron: Quiero bajar por el tobogán, papá, ese niño no se está portando bien.

¿Y si ahora dejamos bajar a las niñas?, le dije al crío, sonriendo como le había sonreído el padre anterior, pero el niño, después de patear el tobogán un poco más, gritó: No, estas niñas son tontas, estas niñas son feas, las niñas tontas y feas no pueden bajar. Que yo supiera, esa era la primera vez que alguien dirigía esos apelativos a mis hijas de cuatro y dos años. Casi contra mi voluntad, me imaginé agarrando al niño por el cuello para sacarlo del tobogán; en lugar de eso dije, ya sin sonrisa pero con tono ecuánime: Esas cosas no se dicen. La niña más alta empezó a llorar, seguida de Luna y luego de Amaya, que se quitó el bobo para gimotear. ¿Ves cómo has herido sus sentimientos?, dije, mirando hacia el mal padre sentado en el banco, el mal padre que sin duda veía lo que estaba ocurriendo. Por favor, bájate del tobogán ahora mismo, pero el niño se limitó a patear otra vez el metal, y, antes de darme siquiera cuenta, ya iba camino del mal padre, oyendo en la cabeza la voz de mi propio padre: No lo hagas, coge a las niñas y llévalas a los columpios, déjale el tobogán al niño (los chicos chicos son), ese debe ser el ejemplo que des a tus hijas, no se gana nada con la confrontación. A medida que acortaba la distancia con el mal padre, procuré sonreír de nuevo y, cuando ya estaba cerca, dije: Eh, ¿qué tal? Intenté servir de canal a la voz de mi propio padre, una voz que de algún modo desarmaba a otros hombres, los autorizaba a actuar de un modo ajeno a sus guiones machistas; el mal padre apenas reconoció mi presencia con un gesto de asentimiento. Puede echarme una mano, dije con toda la calma posible; su hijo está jugando en el tobogán y hay otros niños, incluidas mis hijas, que esperan su turno, y a él le cuesta un poco compartir el espacio. El mal padre respondió airado: No, no voy a ir allí; de eso nada; dejemos que se las arreglen entre ellos.

Mi padre dijo: Adam, es evidente que este tipo tiene serios problemas, mira cómo tiembla; puede que se sienta incapaz de controlar a su hijo y no sepa qué hacer, puede que su matrimonio se esté yendo a pique, puede que le hayan dado un diagnóstico terrible… quién sabe; lo que sí sabemos es que alargar la conversación no servirá de nada. Y aunque discrepo de él, dijo mi padre, aunque está manejando mal la situación, los niños sí se las arreglarán, es decir, Luna y Amaya buscarán otro sitio donde jugar y ya está. Asentí con la cabeza, tal vez imperceptiblemente, a mi padre, al doctor J, a su cordura, a la vez que mi propia voz —en apariencia tranquila, aunque ya se me había acelerado la respiración— respondía: No puedo permitir que su hijo intimide a mis hijas. Por favor, venga a llevárselo. Y el mal padre dijo: No; no acepto órdenes de usted; esta conversación se ha terminado. El mal padre se sujetó la mano derecha por la muñeca y se la sostuvo torpemente contra el pecho como para contener un temblor, discinesia tardía, o para evitar que la mano me golpease por voluntad propia; yo no habría sabido decir si estaba haciendo teatro para intimidarme o si aquello indicaba una inminente crisis nerviosa. Éramos un par de blanquitos privilegiados con estrategias de paternidad divergentes; éramos dos hombres no soberanos en un estado de naturaleza hobbsiano al borde de la confrontación primaria. Con aparente comedimiento, pero notando lo tenue que era mi propio autocontrol, dije: Lo que le estoy pidiendo es que venga a ayudar a los niños a jugar juntos; sé que otro padre se ha dirigido ya a usted; sé que probablemente se siente incapaz de controlar a su hijo y no sabe qué hacer o a lo mejor su matrimonio se está yendo a pique (¿por qué esgrimir la empatía de mi padre?), pero no voy a permitir que su hijo insulte a mis hijas. Déjeme en paz, dijo el mal padre, y, quitándose las gafas, se las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Déjeme en paz. ¿Se las había quitado en previsión de una pelea? ¿O porque de algún modo ese gesto lo ayudaba a calmarse? Me obligué a inhalar profundamente por la nariz, retuve el aire, exhalé audiblemente.

Me alejé del mal padre sentado en el banco y regresé al tobogán, donde todos los niños, incluido su hijo, nos habían observado en silencio. Vámonos, dije a mis hijas, y cuando Luna se negó, le ordené entre dientes: Ahora mismo, vámonos ya o nos iremos derechos a casa; yo soy el padre, yo soy el cauce arcaico de la violencia masculina a la que la literatura debe vencer sustituyendo la fisicalidad por el lenguaje. En ese momento llegó Natalia para preguntar qué pasaba, y le expliqué, con forzada despreocupación, que el niño —el hombrecito— tenía dificultades a la hora de jugar, que yo había hablado con su padre, que los padres habían hablado a través de mí, que era hora de que las niñas buscaran otra actividad. Natalia se dio cuenta de que yo estaba alterado y, con su natural desenvoltura, redirigió a las niñas hacia los columpios; el niño inició otra andanada de ruido atronador; sentí en mi espalda la mirada del mal padre, intuí su sensación de victoria. Me dije que no debía volverme para ver su sonrisa.

Me volví, vi su sonrisa. De pronto, como si hubiera salvado la distancia en un solo paso, me hallaba a centímetros de él, del mal padre, mirándolo desde arriba, su cuero cabelludo muy blanco allí donde el pelo negro raleaba, mis manos frías, una señal habitual de migraña y/o ira, un sistema simbólico desmoronándose dentro del cuerpo. El tipo era alto, tenía la ventaja de la envergadura, obtendría una puntuación elevada en el denominado índice de simio, en tanto que mi propio habitus permanecía bajo la estrecha vigilancia de los médicos, atentos a indicios de un síndrome genético que en mis plegarias nocturnas pedía no haber legado a mis hijas, atentos a una posible dilatación allí donde la aorta se une al corazón; así y todo, presentía que podría con él, por más que no me hubiese enzarzado en una pelea física real desde que me marché de Topeka. A diferencia de lo que ocurría en Topeka, era improbable que el tipo fuese armado; no vi el contorno de una pistola a través de su ropa. Instintivamente, recurrí a un elemento de sorpresa discursiva: He intentado recabar su ayuda, dije, empezando con el vocabulario de la Fundación, pero exponiéndolo como si fueran palabras soeces; he estado pidiéndole ayuda con la intención de que el parque infantil sea un espacio seguro para mis hijas; reconozco que mi reacción ante su hijo no ha sido solo por su hijo; tiene que ver con eso de agarrarlas por el coño; tiene que ver con mis temores con respecto al mundo al que las he traído. El mal padre, claramente sorprendido por la mezcla de pasión y desapasionamiento, por el revoltijo de vocabularios, respondió: Deje que los niños encuentren ellos solos la solución. Mi hijo está jugando en el tobogán; no está acosando a nadie. Tiene siete años, ¿vale? No, dije, no vale; el niño engendra al hombre, la «solución» a la que los niños llegarán será la repetición. (Yo ayudé a crearla, a Ivanka, mi hija, Ivanka, mide un metro ochenta, tiene un cuerpo estupendo, ha ganado mucho dinero. Porque cuando eres una estrella, ellas te dejan hacer lo que sea. Puedes hacerles cualquier cosa. Tienes la autoridad. Una luna o una estrella muerta infinitamente densa suspendida del firmamento del sótano).

El padre no dijo nada; sacó el teléfono y empezó a escribir un mensaje, dando a entender claramente que mi presencia no le resultaba amenazadora. ¿Me está ignorando?, pregunté estúpidamente. El padre me miró, ahora malos padres los dos, y dijo: Ya no estoy hablando con usted; le he pedido que me dejara en paz, ahora le digo que se vaya a la mierda. Solo cuando oí el golpeteo metálico sobre el asfalto, tomé plena conciencia de que le había arrancado el teléfono de un manotazo.

 

Nuestro vuelo se había retrasado varias veces debido a un problema mecánico; habíamos llevado a las niñas arriba y abajo por el pasillo rodante, las habíamos atiborrado de comidas procesadas exorbitantemente caras de los puestos del aeropuerto, las habíamos dejado ver una y otra vez en nuestros teléfonos vídeos de ellas bailando. Para cuando aterrizamos en Kansas City (considerables turbulencias durante el descenso; disimulé mi terror ante las niñas leyéndoles, hasta que Amaya, indiferente a los movimientos bruscos del aire, me quitó el libro de las manos), recogimos el cochecito que habíamos entregado en la puerta de embarque, nos reunimos con mis padres, recuperamos el equipaje de la cinta, realizamos el viaje en coche de una hora hasta Topeka (los halcones posados en lo alto de los postes telefónicos, campos de trigo marrón y soja verde, el abuelo y la abuela cantando con las niñas «Billy Broke Bolts», «The Golden Vanity», Luna vomitando a las afueras de Lawrence, un cambio de ropa en un área de descanso), y finalmente entramos en el camino de acceso donde yo tan a menudo había aparcado en estado de embriaguez mi Camry, solo faltaban un par de horas para mi recital en la Universidad de Washburn. De pie en la ducha, tuve la sensación de que se hubieran borrado veinte años, de que el agua los hubiera desprendido de mí, y al salir sentí como si tuviera de nuevo dieciocho, una inquietante sensación agravada por el hecho de que Natalia había llevado a las niñas a dar un paseo por el barrio de casas victorianas y calles adoquinadas y no se oía el menor sonido de la familia que yo había formado, era todo un sueño, mi madre tecleando algo en su despacho, dejando que el teléfono fijo sonara y saltara el contestador, mi padre en Dillon’s para una compra rápida, leche entera y macarrones, ecológicos si tenían, etcétera. Me vestí con cierta formalidad, aunque no con un traje del centro comercial West Ridge —iba a leer poesía, no me estaba preparando para un debate, aunque era muy posible que mis preparadores estuvieran entre el público—, y dije a mi madre que me iba a dar una pequeña vuelta en coche antes del acto, ya nos veríamos allí con ella y con mi padre; me dijo dónde estaban las llaves del Prius blanco; Leon Semenov les había hecho un buen precio. Envié un mensaje a Natalia para comunicarle que me reuniría con ella y con las niñas más tarde esa noche, décadas en el futuro, luego apagué el teléfono, que aún no se había inventado.

El silencio del coche eléctrico aumentó en mí la sensación de ser un fantasma, o al menos no coetáneo de mí mismo, y no digamos ya el paisaje, la historia no había quedado atrás sino que se había detenido. Pasé por delante de la casa de Klaus, la fachada blanca repintada de azul claro, un desconocido cortando el césped; lo saludé con la mano y él movió la cabeza con gesto receloso. Dejé atrás el callejón donde me di un tremendo golpe en la cabeza, luego el St. Francis, en la Séptima, donde permanecí brevemente en estado comatoso, un niño en el espacio, mi mente una caja con falso fondo. No tardé en llegar al Círculo Brillante de Oakley Avenue, donde Darren y yo empezamos a desarrollar nuestros poderes. Bajé las ventanillas y avancé lentamente por delante del centro preescolar de una sola planta; imaginé que oía a los niños jugar en el patio de atrás, pese a que a esas horas debían de estar todos en casa. Percibí, aunque solo en mi memoria, un leve olor a barro y hojas en descomposición, un atisbo de ozono que indicaba la inminencia de una tormenta.

Desde Oakley, mientras Cardi B sonaba en la radio, me dirigí hacia el antiguo campus de la Fundación, en la Sexta. El campus había sido abandonado desde que la Fundación, o lo que quedaba de ella, se trasladó a Texas en 2003. En 2005, muchos de los edificios se alquilarían como espacio de oficinas, la torre del reloj había sido ampliamente reformada con ese fin, pero entonces atacaron los vándalos; los daños fueron tan graves —o quizá tan desconcertantes— que el alquiler se aplazó indefinidamente. Imaginé que, como ocurrió con el zoológico de Topeka, se había retirado con carácter oficial a la Fundación el título honorífico de «Mundialmente Famoso», se había tachado del expediente. «Durante mis veintinueve años como agente del orden, no sé si he visto alguna vez una agresión tan brutal contra un edificio —declaró Randall Listrom al Topeka Capital-Journal—. Esto ha sido obra de alguien muy, muy enfadado. Alguien se ha pasado su buen tiempo aquí dentro. Esto no han sido unos chavales que han venido a divertirse durante una horita». Según el Berliner Lokal-Anzeiger, los autores del hecho, que nunca fueron detenidos, «volcaron una estantería en la biblioteca del edificio, prendieron fuego en un lavabo, destruyeron los elementos sanitarios, dejaron pilas de excrementos humanos en una sala, destruyeron el panel de control de un ascensor y pintaron con espray obscenidades por todo el edificio». ¿Pintarrajearon la pared de cobre?

Apagué la radio, tal como podría haber hecho al cruzar un cementerio, y dejé el Prius en el aparcamiento vacío más cercano a la torre. Encontré el banco de hierro dedicado al doctor Tom, miré el reloj parado —eran las 3.50, el final perpetuo de la hora clínica— que siempre me recordaba a Regreso al futuro, me toqué con la lengua el velo del paladar, un martillo neumático a lo lejos, un silbido descendente entre los árboles, que habían empezado a resplandecer con la llegada del crepúsculo. Traté de calentarme las manos, invadido ya por la ansiedad previa al recital. Imaginé que todas las palabras que se habían pronunciado alguna vez en la Fundación seguían de algún modo en el aire, accesibles si pudiera sintonizarlas, del mismo modo en que las antiguas emisiones de radio han empezado a regresar del espacio tras rebotar en cuerpos celestes de hielo, lo que en 2014 permitió a un radioaficionado captar el anuncio del desastre del Hindenburg realizado por Herbert Morrison en 1937, el año del nacimiento de Fritz, Oh, la humanidad, radiación electromagnética cayendo de nuevo a la Tierra. Cerré los ojos y escuché, pero había muchas interferencias, el ruido del Big Bang, la crepitación de las chispas, los rayos, las estrellas, un cuerpo cargado bajo seda blanca, cables cruzados.

Aún tenía las manos frías sobre el volante cuando dejé el campus y a sus fantasmas y tomé por Southwest Wanamaker, pasando junto al Starlite y el Hypermart, en dirección al lago Sherwood. Sabía por Facebook que Amber —doctora en medicina por la Universidad Estadounidense del Caribe, completado un período de residencia en el centro médico de la Universidad de Kansas— vivía ahora en Omaha, tenía dos hijos, un marido que vendía seguros, era una gran hincha de los Huskers, seguía una dieta paleo estricta, pero también estaba en su casa, en todas las casas, moviéndose detrás de las cortinas mientras yo me abría paso por la urbanización, el flocado estático verde sobre el tablero, sorprendiéndome un eco de deseo juvenil, la lengua deslizándose por los dientes, la intensidad primera, el viento soplando desde el lago artificial, una voz que no podía representarme. Cuando dejé atrás Sherwood y paré en el semáforo de la Veintiuno, miré hacia Rolling Hills, el Stull prefabricado, pero había perdido su poder: mi abuelo, ahora cenizas, había vuelto a Potwin en una cajita de cartón. (Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, recordé la escena en la funeraria de Penwell-Gabel la primera vez que volví de la universidad, uno de mis recuerdos más entrañables de mi abuela, que ahora también es cenizas, pero esparcidas subrepticia, cariñosamente, en el jardín botánico de Brooklyn una primavera cuando los cerezos estaban en flor. El director de la funeraria enseñó una y otra vez a Rose lo que él llamaba «vasijas para los restos de los seres queridos desaparecidos» en una gruesa carpeta, pero a Rose todas las opciones le parecían demasiado caras; después de casi una hora de negociación en la que pidió repetidamente al director que pusiera las cenizas en una bolsa de plástico, «Puedo llevármelo en el bolso», lo cual, insistió él, era ilegal, accedió a venderle —por cuarenta dólares en efectivo— la caja de pino en la que se había embalado una de sus urnas de mármol. Al principio, mi madre se había exasperado por la obstinación de su madre; al final, todos nos reíamos a carcajadas, catárticamente, por su negativa a dar el brazo a torcer. Si al menos hubiesen ofrecido una urna de hojalata pintada).

De regreso en la ciudad, crucé Westboro, pero eludí la casa de Jason por miedo a que Sima o Eric estuvieran llegando o saliendo o trabajando en el jardín, me vieran, y eso me obligara a detenerme, a ponernos al día todos igual de incómodos, y quizá porque no quería estar cerca de su sótano, donde se hallaba, se halla, una versión de mí mismo, esperando permanentemente a ocupar su posición. En lugar de eso compré un paquete de Marlboro Reds en la Kwik Shop de la Diecisiete, y después de estacionar en el aparcamiento de Washburn lo más lejos posible de White Hall, me senté en el capó y me fumé dos cigarrillos, uno encendido con el otro, mientras hojeaba mis libros, las páginas marcadas con dobleces en las esquinas para poder leerlas mientras la oscuridad me envolvía. Como las candilejas en el teatro de la Fundación. ¿Quién asistiría a un recital así? Un puñado de poetas locales. En algunas clases de literatura de Washburn mis obras eran de lectura obligatoria. Muchas antiguas estrellas de la película sobre Ziegler y otros integrantes de la extensa comunidad de mis padres. Diversos maestros y profesores del Círculo Brillante y de Randolph y de la escuela de enseñanza media Robinson y del instituto de Topeka. También unos cuantos amigos, Mandy entre ellos, que me había enviado un mensaje para decirme que tenía muchas ganas de que, después del acto, nos viéramos un rato para ponernos al día. Erwood, si sus rodillas nuevas, cromo-cobalto y titanio, aguantaban su peso. Los Phelps estarían allí, estaban, vi, cuando por fin me acerqué a White Hall, cuando salté de nuevo a mi edad presente, el tranquilizante empezando a surtir efecto, no porque yo fuera un «poeta muy conocido», sino porque era el hijo de la Cerebro.

Ahora voy a enseñaros una imagen de uno de los manifestantes. Darren pesa más que la última vez que lo visteis, se ha dejado barba, casi con toda seguridad va armado, aunque en la fotografía no se vean los contornos del arma; lleva la gorra roja de béisbol, sostiene la pancarta en silencio. Si vuestras miradas se cruzaran, solo delatarían reconocimiento los pequeños espasmos mímicos. ¿Qué está ocurriendo en este momento? ¿Qué están pensando y sintiendo los personajes? Decidme cómo se ha llegado a esta escena.

 

Estaba encapotado cuando entramos en el metro, pero salimos de la estación de City Hall a pleno sol. Recorrimos a pie las escasas manzanas en dirección norte hasta Foley Square, que había sido el emplazamiento alternativo después de que se desmantelara Zuccotti Park. La arquitectura clásica de los edificios gubernamentales se cernía en torno a nosotros. Luna me pidió que leyera los lemas inscritos en las fachadas de piedra de los juzgados, y eso hice, pero mis intentos de parafrasear y explicar fueron endebles y entrecortados. «¿Quién les dio permiso para escribir en los edificios?», preguntó Luna.

Luna quiso tirar una moneda a la fuente que rodeaba la gran escultura negra de granito, un monumento conmemorativo al tráfico de esclavos; yo no tenía monedas de un penique, así que le di una de diez. Dedicó largo rato a pensar cuál sería su deseo antes de lanzar la moneda, que el sol reflejó justo antes de caer en el agua. «Ni se te ocurra preguntarme qué he deseado, papá». («Ni se te ocurra» era una nueva locución, copiada sin duda de alguna indolente amenaza parental; por lo general la usaba mal, al menos un poco: «Ni se te ocurra lo hambrienta que estoy ahora», cuando quería un tentempié, etcétera). Por encima de nosotros, un avión de aspecto anacrónico arrastraba una pancarta blanca y roja que anunciaba un seguro de coche, una clase de letrero que Luna nunca había visto. «¿Qué pasa cuando vuelven a bajar, los aviones?» Yo no tenía la menor idea. ¿Desprendían las pancartas en el aire antes de aterrizar? ¿No podía enredarse una pancarta en el tren de aterrizaje? «Muy buena pregunta, cariño». Seguimos adelante, Luna deteniéndose aquí y allá para recoger sámaras aladas de la acera, una de las vainas que yo de niño, en Topeka, llamaba «helicópteros». Pronto nos aproximamos al edificio Jacob Javits, en Federal Plaza número 26, una imponente losa de cristal donde se encontraban las oficinas del ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, mientras Natalia intercambiaba mensajes de texto con otros manifestantes que ahora convergían en la plaza. ¿Cuál habría sido el deseo de Luna?

Cuando cruzamos el perímetro de seguridad, fingimos, como estaba acordado, no conocer a ninguna de las otras familias implicadas, pero Luna saludó a unos cuantos niños a los que recordaba de acciones anteriores; no le habíamos pedido que disimulara. Aunque le habíamos dicho que íbamos a una manifestación, ella seguía preguntándose —por los detectores de metal y las bandejas de plástico para nuestras pertenencias— si íbamos a tomar un avión. «¿Un avión con uno de esos carteles que la gente puede leer desde aquí abajo?» Los guardias apenas nos preguntaron nada, pese a la repentina afluencia de visitantes; dijimos que teníamos que rellenar unos formularios de la Seguridad Social en uno de los centros administrativos albergados en aquel edificio de cuarenta plantas; Luna, como si eso respondiera a la pregunta del guardia, anunció que ya tenía casi cinco años, extendió los dedos por si él quería contar los años; «Mi hermana no ha venido, ella tiene dos». Habíamos pensado que era mejor dejar a Amaya con unos amigos en Brooklyn.

Ante los numerosos ascensores del vestíbulo principal, las familias se reunieron en silencio, coreografía de los pacíficamente indignados. Aguardamos hasta que pudieron ocuparse simultáneamente dos ascensores a fin de que pudiéramos llegar todos al mismo tiempo al ICE. Luna pulsó el botón de la octava planta y, cuando las puertas se cerraron, empezó a jugar alegremente con el piececito enfundado en un calcetín de un bebé que colgaba de la mochila de su madre. Hacía un calor incómodo. Olía a sudor y a desodorante en polvo y a leche materna seca y al chicle de sandía del padre visiblemente nervioso que estaba junto a mí. Mientras subíamos, uno de los organizadores dio las gracias a todos por acudir, «Enhorabuena por haber llegado hasta aquí», y rápidamente explicó al grupo que, para pasar, tendríamos que «apartar a empujones» al primer guardia; eso puso nerviosa a Luna: «¿Empujar no está mal?». Muy buena pregunta. Natalia le explicó en voz baja que no pasaba nada, no había peligro, simplemente teníamos que llegar al sitio donde podríamos hacer oír nuestras voces. Miré a Natalia con las cejas enarcadas; no habíamos entendido que tendríamos que abrirnos paso por la fuerza; habíamos pensado que simplemente ocuparíamos el espacio al que dieran los ascensores, entonaríamos nuestros cánticos, proclamaríamos nuestras consignas, transmitiríamos nuestros mensajes, una animada clase práctica para los niños, y nos iríamos cuando nos pidieran que nos fuésemos, procurando evitar todo conflicto que pudiera resultar perturbador para un niño.

Una campanilla metálica anunció nuestra llegada; las puertas de los dos ascensores se abrieron simultáneamente, y nuestro grupo combinado de unas quince familias se encaminó hacia el pasillo donde había un solo guardia sentado a una mesa. Desconcertado por nuestro resuelto avance, el guardia se puso en pie y extendió los brazos para detenernos, Eh, no, todo el mundo tiene que pasar por el control, inscribirse, identificarse, área restringida, pero los padres lo apartaron de un empujón y se separaron a izquierda y derecha. Se produjo una breve aglomeración de cuerpos, y Luna, asustada, me dijo: «Cógeme, cógeme, cógeme», así que la levanté y ella escondió la cara en mi cuello cuando esquivamos los brazos del guardia; me llegó el olor del champú Mr. Bubble de la noche anterior impregnado en su pelo, del protector solar que le había aplicado en exceso en la nuca. Nos reagrupamos en el estrecho pasillo desde el que se accedía a las oficinas de acción ejecutiva del ICE. A través de una de las pocas ventanas, vi a una mujer con un hiyab ante una mesa flanqueada de hombres con trajes azules. La sala debía de estar totalmente insonorizada; no parecieron registrar alteración alguna. El grupo reconstituido empezó a cantar («This little light of mine»; como siempre, tuve que vencer el bochorno de oír mi propia voz) mientras algunos padres y sus hijos extraían carteles de las mochilas y los petates. Ahora varios móviles grababan; había una persona con una cámara de act.tv, transmisión en directo. Unos cuantos adultos sin niños intentaron entrar en las salas donde el ICE desarrollaba sus actividades, pero los guardias los obligaron a retroceder violentamente y las puertas se cerraron; los forcejeos inquietaron más a Luna, que repetía en mi oído izquierdo: «Quiero irme». «Solo vamos a cantar nuestras canciones aquí en el pasillo y enviarles nuestro amor a los niños y nos iremos», dije, pero a mí me generaba un conflicto exponerla a semejante intensidad, aunque muchos de los otros niños se reían y cantaban como si aquello fuera una excursión escolar, una visita al Museo de Historia Natural. Una madre con un bebé dormido durante todo el alboroto pronunció un breve discurso sobre lo que representaba separar a los niños de sus madres, encerrarlos en jaulas, sobre no dejarse engañar por la orden ejecutiva de ese día; las voces y los vítores resonaron en el estrecho pasillo. Luna apretó aún más la cara contra mi cuello; la tranquilicé, aunque probablemente no distinguía mis palabras, tan solo percibía las vibraciones de mi voz.

Empecé a experimentar una sensación que no notaba desde hacía al menos un año. De pequeña Luna estaba por debajo de su peso —«retraso del desarrollo», una serie de pruebas no concluyentes—, pero ahora crecía bien. En períodos de especial ansiedad, a menudo cuando la mecía para dormirla, imaginaba que se volvía cada vez más y más liviana entre mis brazos, hasta que empezaba a perder totalmente la sensación del hecho material que constituía, como si se evaporara. Era como una versión aterradora del «truco del brazo flotante» que conocí en el Círculo Brillante: apretabas los brazos muy fuerte contra una puerta, contabas lentamente hasta diez; cuando te apartabas, se levantaban involuntariamente por encima de ti (el fenómeno de Kohnstamm, la voz de Klaus; una primera experiencia de automatismo). Agradecí la presión de su cara contra mi cuello.

Natalia inició un cántico en español. No hubo más forcejeos, pero habían empezado a llegar policías de las otras plantas, muchos de ellos con chalecos antibalas, equipo táctico. (¿Cómo debía sentirse uno al vestirse así solo para hacer frente a un colectivo de familias cantando?) Ahora en el pasillo hacía tanto calor como en el ascensor; probablemente habían apagado el aire acondicionado, una primera respuesta habitual ante las ocupaciones. La policía se abrió paso entre nuestra muchedumbre resueltamente, amenazadoramente, uno de ellos embistiéndonos a mí y a otro padre al pasar. Al momento se apostaron en los dos extremos del pasillo; parecían esperar órdenes sobre si debían desalojarnos o solo contenernos. Las detenciones eran poco probables, habíamos supuesto, dada la presencia de bebés y niños pequeños, dado que nadie intentaba penetrar en las oficinas, pero presentí que ni siquiera una manifestante tan fogueada como Natalia sabía muy bien cuáles eran las reglas, de qué eran capaces los agentes del Estado, ahora que América volvía a ser grande otra vez. A Luna no le gustó el aspecto de la policía y preguntó a su madre, que había acabado de entonar la consigna, cuál de aquellos hombres era ICE. «¿Es ese ICE?» Natalia volvió a explicarle que estábamos totalmente a salvo, que nos hallábamos allí porque el gobierno y la policía trataban mal a otras familias. Que ICE no era una persona, sino un grupo de personas que obedecía las órdenes del presidente y que era injusto. (ICE, el hielo, es el elemento primordial del universo, cariño, más básico que el fuego). Somos activistas, ¿verdad, Luna? Natalia trató de coger a Luna de mis brazos, sentarse con ella en el suelo y hacer otro cartel —si ella quería, podía dárselo a un policía—, pero Luna no accedió a abandonar mis brazos; me resultó casi físicamente imposible dejarla ir, ni siquiera con su madre.

¿Había sido un error llevarla? Luna no estaba ni remotamente aterrorizada o histérica, pero sí alterada, y a mí me preocupaba que alguno de los manifestantes más agresivos intentara acceder otra vez a empujones a alguna de las salas, provocando que la policía cargara contra nosotros, lo que asustaría aún más a Luna. Otra consigna: «Familias y niños merecen estar a salvo»; en un hueco entre los gritos, dije a Natalia, exagerando la enunciación ya que básicamente nos leíamos los labios: Voy a sacarla, ¿vale? Creo que está bien aquí, respondió Natalia, creo que se calmará. FAMILIAS Y NIÑOS, gritamos, luego los demás: MERECEN ESTAR A SALVO, y en los breves intervalos entre consignas intentábamos decidir si Luna y yo debíamos marcharnos o quedarnos, Luna ahora en silencio pero negándose a apartar la cara de mi cuello, que tenía húmedo por las lágrimas y el sudor. Finalmente Luna se separó, pero solo para decir —para decir de manera concluyente, con un tono de voz que casi siempre respetábamos— que quería irse. Vale, dije, y Natalia movió la cabeza asintiendo, quizá un poco a su pesar, y me abrí paso a través de los manifestantes hacia los policías, que dejaron claro con su actitud que teníamos suerte de que nos dejaran pasar. Para cuando se cerraron las puertas del ascensor, Luna estaba tranquila, sonriente. Exigió una chuche.

Fuera del edificio localizamos al grupo de manifestantes que se había congregado en gesto de solidaridad, tanto familias que no se habían animado a ocupar el edificio como aquellos que, sin ser padres, habían acudido en señal de apoyo. Allí era adonde se dirigirían los manifestantes reunidos dentro cuando abandonaran las oficinas del ICE. Un equipo de televisión se había instalado para esperar a que salieran e intentó entrevistar a Luna, pero ella, sonriendo tímidamente (he ahí la mella en el incisivo superior izquierdo), se fue corriendo a donde otros pocos niños jugaban en la plaza, saltando de una gran baldosa a otra sin tocar una sola juntura. Alguien había llevado tizas, y un niño dibujaba con ellas en la acera; pronto Luna también estaba dibujando, trazando lo que ella llamó una «fuente de corazones»; dijo que eso pararía al ICE, luego volvió a preguntarme qué era el ICE, dónde estaban los niños enjaulados, no son las jaulas para los zoos, para los animales («Que hablan solo con los ojos»); respondí lo mejor que pude. Recibí un mensaje de texto de Natalia en el que me avisaba de que enseguida saldrían, sin detenciones, que ya se habían calmado los ánimos, y que algunos niños estaban pronunciando discursos, «Ojalá Luna estuviera aquí».

Yo tenía aún la vista en el teléfono cuando un poli con equipo táctico, arma de grado militar cruzada a través del torso, se acercó a mí y me preguntó con manifiesto desdén si yo era uno de los organizadores de la manifestación: «¿Este espectáculo es obra suya?». Esbocé una sonrisa evasiva, la de alguien que no habla el idioma. El poli, fornido, de anchos hombros, blanco, me dijo: «Os hemos dejado montar vuestra pequeña manifestación aquí, pero esto se pasa de la raya, esto no». «¿Qué es lo que se pasa de la raya?», dije. Y señaló a Luna y al niño, que dibujaban corazones y espirales en el suelo con tiza amarilla y roja. «Esos niños están estropeando una propiedad del gobierno».

—No entiendo —dije inocentemente.

—¿Qué no entiende? —preguntó el agente con impaciencia.

—Supongo que no entiendo qué es eso de «propiedad del gobierno» — troleé—. ¿Es «propiedad del gobierno» lo mismo que «propiedad pública»? Porque me consta que estamos autorizados a usar esa tiza en las aceras, se borra con la lluvia.

—¿Va a decirles a esos niños que paren o se lo digo yo?

Luna y el niño más pequeño nos miraron, sin oír las palabras, pero registrando la intensidad.

—Creo que ya casi han acabado sus dibujos —dije—. Vamos, acabad, chicos.

Ellos prosiguieron, ahora Luna escribiendo su nombre.

—Haga que paren o tendré que hacerlo yo —casi con un siseo—. ¿Me entiende?

—No —respondí, bajando la voz—. Sintiéndolo mucho, no. No lo entiendo. ¿En qué consistiría exactamente hacerlos parar? ¿Va a esposarlos? ¿A enjaularlos?

—Va a ordenar a sus…

—La cuestión —lo interrumpí, ahora mi tono lo más despreocupado posible, pese a que sentía tanto ira como miedo— es que mi hija casi no me hace caso. —Luna estaba dibujando estrellas alrededor de su fuente—. Como esta mañana, antes de coger el metro, le he dicho que quería que se pusiera las botas de velcro y no las de cordones, pero…

—Es la última vez que se lo digo.

—… ya ve qué calzado lleva. ¿Usted tiene hijos? Porque yo no tengo la menor autoridad, es lo que intento decir. Sencillamente no tengo la menor autoridad sobre estos niños. ¿Tiene usted autoridad? ¿De dónde procede su autoridad?

Los manifestantes a nuestro alrededor empezaron a lanzar vítores cuando el grupo que había ocupado el edificio salió. Luna dejó de dibujar y me tiró de la camiseta: Vamos a aplaudir a mamá. El niño más pequeño también paró y se acercó a nosotros. Ambos tendieron sus tizas al poli como si estuviera esperando su turno para pintar.

Encontramos a Natalia, y Luna la abrazó y le pidió que la cargara sobre los hombros, y Natalia la complació. Uno de los organizadores se subió a un banco de piedra y vociferó: «Prueba de micro», y todos contestamos a gritos. El «micrófono humano», el «micro del pueblo», por el cual aquellos reunidos en torno a un orador repiten lo que el orador dice a fin de amplificar una voz sin equipo autorizado. Me abochorné, como siempre, pero me obligué a participar, a formar parte de un pequeño público que hablaba, un público que aprendía lentamente a volver a hablar, en medio del arrollamiento.

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