El instituto Topeka
Los hombres
(JANE)
¿Recuerdas que hace dos inviernos resultó que no había comprado nuestros billetes para Florida, que descubrí la noche de antes, cuando intenté imprimir las tarjetas de embarque, que en realidad no había llegado a comprarlos? Tenía el claro recuerdo de haberlos adquirido a través de Orbitz, pero, como vamos a Sanibel cada enero, debía de ser un recuerdo de algún año anterior. Cuando papá me preguntó por los billetes unos meses antes del viaje —si eran vuelos directos o si teníamos que hacer escala en Chicago; cuánto costaban—, no mentí al contestar: Sí, son sin escala, cuestan más o menos lo mismo que el año pasado. Pero sentí al respecto esa especie de malestar de baja intensidad, o en retrospectiva sé que lo sentí, como si, justo por debajo del umbral de la conciencia, o asomando a veces a la conciencia y sumergiéndose luego otra vez, sospechase que no los había comprado, que solo había pensado hacerlo, y que luego recordase falsamente que los había comprado. Siempre que el viaje salía en la conversación, yo experimentaba un ligero temor, tan ligero que ni siquiera tenía la necesidad de buscarle una explicación: quizá estaba preocupada por otra cosa; quizá es solo que no me gusta viajar en avión; quizá pensar en el viaje me recuerda lo lejos que estoy de ti y de las niñas. Normalmente, como buena neurótica, habría verificado los billetes en mi ordenador varias veces durante las semanas anteriores al vuelo, solo para reconfirmar las horas, que teníamos asientos contiguos, pero ese temor sutil, ese conocimiento que no era un conocimiento, me disuadió de buscar los billetes en mi correo electrónico, así que no fue hasta la noche anterior al viaje, en el momento en que mi padre me sugirió que imprimiera las tarjetas de embarque, cuando descubrí —cuando ya no pude evitar descubrir— que no los había comprado. No me lo puedo creer, exclamaba una y otra vez, mientras buscaba en mi Gmail, pero en realidad lo había sabido en cierto nivel desde el principio. Pero eso no es exactamente así, o no es solo eso: creo que tenía la sensación de que, mientras evitase buscar los billetes, estarían ahí; solo si buscaba el archivo desaparecerían, como si el pasado hasta ese momento fuese indeterminado, como si pudiera huir de él. ¿Me explico? Los billetes comprados de un día para otro nos salieron carísimos; por suerte todavía quedaban plazas, aunque supongo que siempre suele haber plazas libres en los vuelos de ida y vuelta para Kansas City.
Recuperar el recuerdo de lo que mi padre había hecho vino a ser algo así. Siempre lo supe, lo llevé dentro de mi cuerpo, pero no sabía lo que sabía, aunque sabía que sabía algo y que temía saberlo plenamente, lo temía como si solo por el hecho de llegar a saberlo, llegar a recordarlo, el recuerdo que reprimía se hiciese realidad. Y creo que Sima fue la primera persona en intuir los contornos de ese conocimiento desconocido que yo llevaba dentro; ella me ayudó a ver que lo que a mí se me escapaba tenía una forma, era una pieza del puzle de mi personalidad, y ella hizo visible la silueta: el hecho de que lo que yo no me permitía saber afloraba en otros ámbitos de mi experiencia. Y en cuanto esa silueta se hizo visible, pude —en realidad no podía no poder— hacer frente al conocimiento que siempre y nunca había tenido.
En realidad tú no puedes recordar cómo era Sima por entonces, cuando tenías cuatro o cinco años, cuando ella pasó de ser mi mejor amiga a ser también mi terapeuta, aunque nos decíamos que aquello eran solo «consultas», una manera de desdibujar los límites que era, ni que decir tiene, problemática; deberíamos haber sabido que no era algo bueno, y de hecho lo sabíamos. No presento esto como excusa, pero entre las personas de la Fundación había tantos deslices en lo que se refiere a las relaciones profesionales y personales y psicoterapéuticas que hasta cierto punto creo que sencillamente nos parecía algo normal. Pero también nos considerábamos — también éramos— dos feministas formando una alianza terapéutica en un contexto donde esos deslices acostumbraban a utilizarse para reforzar las relaciones patriarcales. Al principio me analicé con Allen Caplan, a quien recordarás del barrio, porque en la Fundación se consideraba que no analizarse era una falta en tu contra, señal de que eludías una reflexión seria sobre tu propia psicodinámica o algo así, y tuve que aguantar cosas de un sexismo intolerable. Una vez, en una reunión del personal, saqué el tema de las diferencias salariales entre hombres y mujeres y más tarde ese día, cuando estaba en el diván de Caplan, él me animó a plantearme si mis preocupaciones por cobrar menos que los hombres podían guardar relación con la envidia del pene. Vio indicios de «esfuerzos fálicos». Una vez pregunté a otro analista de alto rango por qué se refería a los miembros varones del posdoctorado como «doctor» y llamaba a las mujeres por su nombre de pila, y ya me ves otra vez en el diván, recibiendo el sermón de la envidia del pene. Poner objeciones al diagnóstico de envidia del pene era una señal inequívoca de envida del pene. (Debería buscarte una nota dirigida al doctor Tom que se filtró, en la que uno de aquellos analistas me describía como una «marimacho presuntuosa»; podrías reproducir en tu libro una versión ligeramente retocada). Ahora parece una parodia, pero así era la realidad. Trabajar con Sima se me antojaba una forma de resistencia a esa cultura, una manera de reconciliarme con aspectos de mi pasado sin que las condiciones las estableciera la tradición freudiana no examinada de la Fundación, que trataba como patología la experiencia femenina cuando no encajaba con la teoría del hombre supremo.
Dicho esto, todo era un gran caos de sobredeterminación. Sima se analizaba con Klaus, que era como un segundo padre para papá, o quizá era más bien que papá era como un segundo hijo para Klaus; existía siempre cierta tensión entre Eric y nosotros, a pesar de que nos caía bien, porque los dos considerábamos que era demasiado agresivo con la medicación; sencillamente tenía una fe desmedida y nada crítica en la psicofarmacología como curalotodo. Y por otra parte, claro está, Jason y tú erais íntimos amigos, estuvisteis juntos prácticamente desde que nacisteis, erais como hermanos; en nuestros testamentos las dos parejas nombrábamos a la otra como custodios legales del niño en caso de producirse una tragedia. (Por cierto, Natalia y tú tenéis que hacer testamento; no lo posterguéis más). Y luego ocurrió aquello entre papá y Sima, en lo que una vez más estuvo presente Klaus —tendrás que preguntárselo a él si quieres conocer los detalles; a mí me lo contó años más tarde, alrededor de la época del asunto de Darren Eberheart—, pero en su día solo tuve una vaga noción de todo aquello, otra cosa que sabía y a la vez no sabía. Y si quieres que te sea totalmente sincera, no tengo muy claro que mi relación con Sima —quien, por cierto, era la persona, hombre o mujer, con el físico más imponente de Topeka— estuviera totalmente desprovista de carga sexual. Dicho en otras palabras, no estaba desprovista de carga sexual. Por otra parte, está el hecho de que Sima fue, pese a nuestras diferencias metodológicas, la lectora más perspicaz de mi manuscrito, es decir, yo sentía que dependía de ella, o que estaba en deuda con ella, en otro sentido más; también quería decir que Sima, aunque ella lo negaría, tenía cierto sentido de la propiedad sobre el libro; y desde luego tendría una relación muy complicada con su futuro éxito.
Al cabo de un mes o dos de nuestra llegada a Topeka, Sima y yo manteníamos largas reuniones informativas, acompañadas de mucho vino, sobre la semana en la Fundación, algunos debates sobre nuestras respectivas orientaciones teóricas, pero también grandes conversaciones sobre nuestro pasado, nuestra infancia. La intimidad entre nosotras surgió de forma rápida e intensa; tenía algo de vertiginoso; éramos como niñas en un campamento de verano o como universitarias de primer año que se aferran a una nueva amiga con un entusiasmo teñido de desesperación. Nos sentábamos juntas en el balancín del porche de Greenwood Avenue, fumando (recuerdo que en el extremo de los cigarrillos de la marca indonesia que Sima fumaba había un poco de azúcar) y bebiendo vino barato en tarros de mermelada —Sima era muy elegante, eso para ella era barriobajero—, y chismorreábamos y nos reíamos y también hablábamos abiertamente sobre nuestra niñez en familias con madres fuertes pero acomodaticias y padres desastrosos. Su padre, que no visitó Topeka ni una sola vez, era un respetado cirujano de Los Ángeles, cardiólogo, creo; había emigrado de Irán, y había cortado lazos con casi toda su familia de origen. Se centraba tan exclusivamente en el hermano mayor de Sima, Amir, de quien se esperaba que fuese también cirujano, que Sima se sentía totalmente invisible. (Ya conoces el favoritismo de mi padre para con Deborah, quien probablemente preferiría quedar excluida de tu obra; mi padre no se molestó en ocultar su predilección). Amir tenía la cabeza hecha un lío, había intentado suicidarse con poco más de veinte años, o al menos Sima lo consideró un intento de suicidio; la familia sostenía que fue solo una juerga imprudente, cosa que sacaba de quicio a Sima. Recuerdo que Sima tenía la extraña costumbre de sonreír cuando lloraba; veo sus dientes perfectos brillar un poco a la luz del crepúsculo mientras me contaba que la familia había ido a buscar en coche a su hermano al hospital de UCLA, que su padre, al volante de su Mercedes, se pasó dale que te pego todo el camino con la monserga de que un estudiante de medicina debería saber que no hay que mezclar alcohol y opiáceos, hablando del intento de suicidio de su hermano profundamente sedado como si no fuera más que otro fracaso académico, una comprensión deficiente de la química. Yo me quedé sencillamente sin habla, me contó Sima, sonriendo, bebiendo vino, con las lágrimas resbalándole por los marcados pómulos, sencillamente no podía emitir sonido alguno. Te reirás de mí si te digo que cuando Sima hacía eso de llorar y reír a la vez —veo su cara iluminada por una llama tras la mano ahuecada mientras se encendía otro cigarrillo— era como ver ese hermoso fenómeno meteorológico de cuando llueve aunque hace sol, que supongo que es efecto del viento que arrastra la lluvia de las nubes a unos cuantos kilómetros de distancia.
No fue hasta que Sima y yo tuvimos hijos —Jason y tú os lleváis ¿cuánto?, ¿cuatro meses?— cuando nuestras conversaciones sobre mi padre pasaron a ser más intensas. Parte de ello se debía sin duda a que tener hijos hacía aflorar los recuerdos de nuestras propias infancias, cosa que tú ya sabes ahora que tienes a las niñas. Pero lo que también ocurrió fue que la abuela y mi padre empezaron a venir de visita desde Phoenix para verte, y Sima se fijó en que yo mostraba algunos comportamientos sutiles pero extraños, o sea, aparte del simple hecho de estar exasperada por la presencia de mis padres. Por ejemplo, una noche en la que había invitado a Sima y Eric a cenar, y en la que mi padre preparó el único buen plato de pollo que sabía hacer, ella observó que yo era incapaz de separarme de tu lado cuando mi padre andaba cerca. Dijo que era como en aquella película de Buñuel, El ángel exterminador, en la que los invitados a una cena son misteriosamente incapaces de abandonar el salón al que se han retirado después de comer. Pero en este caso era solo yo quien no podía marcharse: Jason y tú estabais cada uno en vuestro moisés en el salón, donde ya estábamos tomando el postre. Sima observó que yo me levantaba a recoger unos platos y vasos para llevarlos a la cocina y que, en cuanto llegaba al límite del salón, de repente me daba la vuelta y volvía a sentarme, dejando los platos en la mesita de centro: «Ya me ocuparé de esto más tarde». Obviamente era un acto inconsciente, irracional —incluso si no me fiara de mi padre, no tendría por qué preocuparme en ese contexto—, pero la cuestión es que no podía perderos de vista cuando tú y él estabais juntos. En un momento dado le pregunté a Sima: ¿Quieres un cigarrillo? Sí, respondió ella, y nos levantamos, nos dirigimos hacia la puerta y de pronto dije: La verdad es que no me apetece, ve tú; y volví a sentarme. Si papá observó algo de esto, si se dio cuenta de que yo actuaba de manera extraña, debió de dar por supuesto, razonablemente, que estaba tensa por la presencia de mis padres, lo que es relativamente normal para cualquiera, y además mi padre era una compañía bastante difícil en los aspectos más convencionales: se quejaba sin cesar, mostraba escaso interés por los demás. Más tarde Sima me dijo que cuando salió a fumar ella sola — eran otros tiempos, las madres que daban el pecho fumaban despreocupadamente— y se sentó en el balancín del porche y miró a través del ventanal hacia el salón donde estábamos todos, y me vio desplazar una silla para colocarla entre mi padre y tu moisés… sospechó, y sospechó que yo no sabía lo que sabía. Quizá al ver la escena brevemente desde fuera, enmarcada por la ventana, transformada en una pintura o una película muda, se puso de manifiesto ante sus ojos.
—Siempre lo llamas «mi padre» en lugar de «el abuelo», aunque dices «la abuela» y no «mi madre», como si todavía me protegieses de mantener cualquier clase de relación con él.
Esto resulta interesante. Probablemente tienes razón. Ahora recuerdo aquella noche en tercera persona, como si estuviera contemplando el salón desde la posición de Sima en el balancín del porche: recuerdo erróneamente ese momento como el momento en que empecé a revivir más plenamente lo que había ocurrido, pero no fue así. Después de esa visita, Sima mencionó lo que había observado, y digamos que yo le quité importancia; no es que estuviese reactiva, me examiné al respecto, pero a mí no me pareció que tuviera conexión con ninguna realidad. Creo que sencillamente no podía dejarlo aflorar a la superficie mientras amamantaba a un bebé. Le expliqué a Sima que era verdad que me alteraba un poco cuando él andaba cerca, que estaba segura de que actuaba sintomáticamente de muy distintas maneras, pero que no creía que hubiera ocurrido nada cuando yo era pequeña y que, aunque mi padre era distante y estaba totalmente desconectado de sí mismo, no creía que me hubiera tocado nunca de manera indebida. Debo decir que Sima no me presionó, y eso la honra.
Ella y yo seguimos hablando de nuestros padres en particular y de los padres en general, pero no fue hasta un par de años más tarde cuando el pasado profundo se reafirmó. Mi padre sufrió un derrame cerebral en Phoenix y cogimos un avión para ir a verle; calculo que tú tendrías cinco o seis años, aún ibas a Randolph, no al Círculo Brillante. Recuerdo el miedo que te daba verle la cara un poco paralizada, el lado derecho, que debido a la parálisis parecía el mismo pero distinto, como si lo hubiera sustituido su doble; al principio no te acercabas a él, aunque tampoco es que fuera la clase de abuelo hacia la que un niño echaría a correr. El derrame resultó no ser muy grave, pero fue el principio del largo proceso de intentar averiguar cómo tratar con padres que envejecían, así que había mucha tensión en el ambiente. Y luego ocurrieron dos cosas con mi madre. Por entonces nadie utilizaba la palabra «desencadenante».
Una noche papá y la abuela te llevaron a alquilar un vídeo. No tenían televisión por cable y tú te morías de ganas de ver tus dibujos animados. Volvisteis con no sé qué película de Disney y otro vídeo, El gato Fritz. (Un analista podría señalar que Fritz era el nombre del hijo asesinado de Klaus, el que creo que Klaus relacionaba siempre en su mente con papá). Papá te puso ese vídeo en el pequeño televisor de la cocina, el que la abuela tenía allí para ver las noticias por la mañana, y acto seguido se marchó. Al cabo de un rato, entré a ver cómo estabas y lo que vi en la pantalla —tardé un minuto en entender lo que veía— era una especie de violación en grupo de animales antropomorfos; ¡era una puta película X de dibujos animados! Yo ni siquiera sabía que existían. Me quedo allí de una pieza, paralizada —tú estás engullendo tan tranquilo tus palomitas de microondas; dudo que tuvieras la menor noción de lo que se representaba allí—, y de pronto aparece mi madre y mira la televisión, la violación en grupo en dibujos animados, y dice: «Vaya por Dios». Y vuelve a salir como si tal cosa. Yo recobro la compostura, apago aquello, te digo que te vayas a jugar con la abuela, cosa que haces sin rechistar (ya te habías dado cuenta de que pasaba algo); llamo a gritos a tu padre, que viene corriendo, y le pongo la cinta. Se horrorizó como correspondía, aunque también pareció encontrar todo aquello bastante gracioso. No tenía ni idea de cómo había ocurrido; dijo que solo había mirado el título cuando tú le entregaste la caja; lo sentía mucho.
Aquella noche no pude dormir. Y no fue porque me preocupara que esos dibujos animados te hubieran causado algún trastorno, ni porque estuviera enfadada con papá por la confusión. No, fue aquel «Vaya por Dios»; fue porque mi madre entró en la cocina, vio a un niño ante una escena de violencia sexual y expresó su sorpresa exactamente en el mismo tono y exactamente con el mismo nivel de despreocupación que mostraría al mirar el precio en la etiqueta de unos zapatos. Aquello me encolerizó y no fui capaz de explicarme mi cólera; pasé la noche bañada en sudor frío, oyéndote murmurar en sueños en el colchón hinchable al lado de nuestra cama. A la mañana siguiente, apenas pude mirarla. Hablé con papá sobre lo que sentía —sabía que era una locura—, y él centró su respuesta en asumir la responsabilidad por el alquiler del vídeo; pensaba que yo sencillamente estaba experimentando la intensidad de todo lo que estaba pasando: el derrame cerebral, el envejecimiento de los padres y demás. Pero decidí que tenía que decirle algo a mi madre, o quizá no pude contenerme. Estábamos sentadas en el pequeño jardín rocoso que tenían en la parte de atrás, con todos aquellos cactus y suculentas que a ti te encantaban, y dije: «Mamá, ¿por qué no te sorprendiste más al ver ese horrible vídeo? ¿Por qué te marchaste de la cocina como si tal cosa?». Y ella contestó, no sin razón: «Bueno, pensé que era asunto tuyo, que la madre eres tú». «Bueno, ya —dije—, ¿y si yo no hubiera estado allí?» Ella podría haber dicho un millón de cosas en respuesta a mi pregunta; podría haber dicho: «Si Jonathan y tú no hubierais estado aquí, ese vídeo ni siquiera se habría alquilado»; podría haber dicho: «Por supuesto que lo habría apagado». En cambio, se quedó muy pensativa, pareció analizar el asunto detenidamente, y después dijo: «A Adam no le habría pasado nada». No recuerdo lo que respondí ni si respondí; es como si en mi cabeza la cinta terminara en ese punto.
Lo segundo ocurrió unos días después, el último día de nuestra estancia allí. Más o menos me había recuperado de todo aquel asunto de los dibujos animados —o al menos ya no estaba enfadada—, y la abuela y yo mirábamos unas pinturas y unos grabados que ella tenía pero nunca había enmarcado; quería saber si me gustaría llevarme algunos a Topeka. La abuela ya había empezado a hacer eso que tú detestas cuando yo lo hago; cada vez que yo hablaba con admiración de una pintura o algo, decía: «Llévatela, es tuya, me encantaría que te la quedaras», como si estuviera despidiéndose ya del mundo, despojándose de sus cosas. Así que aquello no fue una simple conversación despreocupada, en el sentido de que, especialmente con el telón de fondo del derrame de mi padre, hablar acerca del futuro de esas piezas de arte era también una forma de hablar acerca de la mortalidad. (¿Dónde estaba mi padre durante esa visita? Supongo que estaría en su habitación o de charla con papá, quien creo que andaba ocupado haciendo unas grabaciones; apenas recuerdo verlo por allí, pese a que su derrame era la razón de nuestra visita). Pero a la abuela y a mí nos encantaba hablar de arte. Ya sabes que fue muy pobre durante buena parte de su vida, que era extremadamente frugal, que no había llegado a graduarse en el instituto; me encantaba que le encantara el arte, que valorase algo al margen de su precio, como tú dirías, y admiraba realmente su buen gusto: por ejemplo, aquella vez que le llamó la atención un lienzo en un rastrillo casero en Midwood allá por 1952, y con el tiempo todos nos dimos cuenta de que había descubierto una pequeña pintura muy importante, algo que te parece cada vez más profundo conforme lo vas mirando más y más. Algunos de mis primeros recuerdos más queridos son de cuando iba con ella al Metropolitan; le gustaba especialmente la escultura antigua; «Me tranquiliza», decía; el mármol la tranquilizaba. Como ya sabes, trabajó para varios artistas —les ayudaba a adquirir material, les llevaba la contabilidad—, y le pagaban con pinturas. El caso es que estábamos en el garaje, viendo unos grabados que había colocado entre grandes láminas de cartón, cuando de repente me dijo: «Tengo que confesarte una cosa».
Esa expresión, «Tengo que confesarte una cosa», no era propia de ella, era como si estuviese repitiendo algo que había oído en televisión. Ni que decir tiene que en aquel garaje hacía un calor atroz, pero cuando pronunció esas palabras me quedé helada. «Bien, adelante», conseguí decir. «Verás, ya sabes que trabajé para Lassiter». (Lassiter era el tipo que creó todas esas piezas estilo Chagall que tenemos en casa; a papá le gustan más que a mí). «Pues bien, había una pintura suya, una pequeña acuarela, que yo admiraba especialmente. De hecho, él mismo me hizo fijarme en ella porque tenía muchos colores rosados; dijo que como yo me llamaba Rose, pensaba que quizá me gustara. Y me gustó, a decir verdad me encantó… supongo que porque parecía conseguir tanto con tan poco, que es lo que a él se le daba bien, crear todo un mundo a partir de unas pocas formas y colores». «¿Qué es lo que necesitas “confesar”?», pregunté, tratando de ocultar mi impaciencia. «Verás —dijo—, me enseñó esa pequeña pintura rosa y me encantó, y le pregunté si podía quedármela, como me quedaba algunas de sus pinturas, y, para mi sorpresa, Lassiter dijo que no, que la tenía reservada. Creo que quizá la estaba reservando para mí, que iba a dármela de regalo para que no fuera una especie de pago, para que no tuviera nada que ver con algún tipo de deuda. Pero en realidad no lo sé, porque eso ocurrió muy al final de su vida y no volvió a sacar el tema». «Mamá —dije, más exasperada de lo que cabía esperar—, ve al grano». «De acuerdo —dijo ella—, el caso es que cuando Lassiter murió, su hijo me pidió que elaborase una lista de sus obras. Me dio unas llaves para que pudiera ir por allí y ponerlo todo en orden; se me hacía muy extraño estar en el apartamento, que era también su estudio, sin él. Y entonces… robé la pintura rosa. No la incluí en el catálogo que estaba preparando, sencillamente la metí en una bolsa de papel marrón y me la llevé a casa; bajé corriendo por la escalera con la pintura como un vulgar ladrón, como la ladrona que era. Estoy segura de que su hijo me la habría dado sin mayor problema, me estaba muy agradecido por todo lo que había hecho, y puede que también Lassiter hubiera querido que yo la tuviese. Ciertamente podría haberla comprado; su hijo me la habría vendido por muy poco; tampoco es que Lassiter fuera un artista de primera línea. En mi vida había robado nada y nunca he vuelto a robar desde entonces. Y esto no se lo he contado a nadie, ni siquiera a tu hermana, que ahora tiene la pintura».
Recuerdo que me apoyé en su enorme Volvo azul familiar, que noté el metal caliente a través de la blusa, y necesité esa sensación para permanecer anclada a mi cuerpo mientras intentaba asimilar lo que me había contado. Estaba confusa, y confusa con respecto a la razón por la que estaba confusa; era como si estuviese oyendo varios relatos al mismo tiempo, como si estuviese oyendo el relato de la abuela por un oído y un relato distinto por el otro. Y entonces dije, recuerdo que hablé con voz muy serena: «¿Eso es todo lo que tienes que confesar?». Y ella pareció quedarse perpleja y dijo: «Sí». Y yo, ahora con voz inexpresiva, como si otra persona hablase a través de mí, pregunté: «¿Es eso lo peor que has hecho en la vida?». Se detuvo a pensar por un momento, ya no perpleja, como si esa fuera la pregunta que esperara, y respondió: «Sí, creo que sí, creo que es lo peor que he hecho en la vida».
Cuando volvimos a Topeka fui a casa de Sima, de hecho me presenté allí nada más llegar —Eric había ido a no sé qué congreso—, y le conté esos dos episodios, los conté como si su significado fuese evidente. Yo estaba repantigada en su enorme sofá de cuero amarillo y ella sentada en un sillón frente a mí, sus piernas de tez aceitunada, largas y perfectas, por encima del reposabrazos, y estábamos tomándonos nuestro vino y fumando como siempre. Sima se limitó a escuchar; ojalá supiera expresarte con qué dominio manejaba Sima el silencio, cómo lo calibraba, cómo de algún modo te hacía sentirte escuchada, cómo iba a tu encuentro y se reunía contigo dondequiera que estuvieses… puede que todas estas expresiones te parezcan tópicos, pero debes saber que creo que tú a veces también la tienes, esa habilidad, cuando no estás en actitud de debate. Permanecía allí inmóvil con esa sonrisa preciosa y a la vez muy triste y comprensiva, y lo que hizo, en parte al no hacer nada, fue darme a entender que la razón de mi malestar no era evidente, que mi ira por la incapacidad de mi madre para «protegerte» del vídeo, o mi ira porque en su mente el hecho de robar la pintura fuese la peor acción de su vida, no se habían integrado aún en una narración coherente. Sima creó un espacio para que yo escuchara que había profundidades por debajo de lo que estaba diciendo que aún no había sondeado.
Entonces ocurrió algo en ese espacio creado por su silencio: mi discurso empezó a desintegrarse, a fragmentarse bajo la presión emocional, se convirtió en una sarta de incongruencias, tal como me suenan a mí los versos de algunos de los poetas que tú admiras, o, supongo, tal como suenan Palin o Trump, pronunciando sinsentidos como si tuvieran sentido, como si fueran argumentos o información, aunque yo hablaba mucho más deprisa que los políticos; mi habla se aceleraba como si yo corriera detrás del significado mientras este retrocedía; era como si yo estuviera sufriendo un derrame. Sima me señalaría después que yo utilizaba una y otra vez la expresión «tren de pensamiento»; por ejemplo, decía: «¿Por qué mi madre le daría esa pintura a Deborah? Bueno, según mi tren de pensamiento…», y entonces me interrumpía a media frase y empezaba a hablar de algo totalmente distinto.
—Porque ocurrió en un tren.
Cuando mi padre y yo volvimos a Brooklyn desde Seattle, adonde habíamos ido a visitar a unos amigos de la familia; yo tenía seis años. Cuando la abuela tuvo que irse a Los Ángeles repentinamente porque su hermana enfermó. Y se llevó a Deborah y me dejó a mí sola con mi padre, que es lo peor que hizo en la vida. Y entonces, en algún momento, mi discurso ya no se sostenía en absoluto como discurso; me deshice en sollozos, los sollozos se adueñaron de mí. No lo vi venir, fue tan involuntario y sorprendente como un espasmo muscular. Al principio era como si me riera de los sollozos, sol y lluvia, me reía involuntariamente por lo vehementes e inesperados que eran, y al final me abandoné por completo a ellos. Tuve una increíble sensación de alivio al dejarme ir: este lenguaje ha acabado siendo puro sonido. Este lenguaje ha llegado a su límite, y se construirá uno nuevo, lo construiremos Sima y yo. Recuerdo que miré a Sima a través de las lágrimas y vi que ella no venía hacia mí, que se quedaba allí sentada —ahora erguida, muy serena—, llena de compasión, pero que no iba a acercarse a abrazarme o estrecharme, y pensé —resulta extraño que fuese siquiera capaz de pensar— que hacía bien en quedarse sentada, en permanecer allí inmóvil, en esperar; recuerdo que pensé que habíamos iniciado la terapia.
Desde la perspectiva de los sistemas familiares, es mucho lo que se ha perdido con la desaparición del teléfono fijo. Piensa en la de veces que de niño —antes del móvil, antes de cualquier forma de identificador de llamada — cogías el teléfono fijo y te veías obligado a mantener una conversación, por breve que fuese, con tías o tíos o amigos de la familia. Incluso si se reducía a un contacto de cinco segundos. —Qué tal, cómo va el colegio, está tu mamá—, representaba un contacto oral periódico en tiempo real con una comunidad extensa, que, por medio de la repetición, se reforzaba. Ahora nunca hablas con nadie a menos que lo llames directamente. No es que lamente la pérdida de la tecnología antigua, me encanta hacer un FaceTime con las chicas, pero creo que es realmente un cambio profundo, aunque se encuentre entre los más sutiles; quizá deberías escribir sobre eso en algún sitio.
También implicaba que, cuando los Hombres empezaron a llamar a casa, a menudo eras tú quien descolgaba, y probablemente más de una vez no colgaste cuando yo te decía: «Adam, ya lo he cogido». (Qué extraño le resultaría todo esto a tus niñas de Brooklyn del siglo XXI: dos personas descolgando los auriculares en distintas habitaciones de una casa grande en Topeka). Para mí era una cuestión de orgullo mantener el número en el listín; borrarse de la guía telefónica me parecía un acto paranoico o presuntuoso, pero probablemente debería haberlo retirado. No sé cuántos hombres distintos habría, porque sospecho que muchas de las llamadas eran del mismo hombre que simplemente cambiaba la voz, pero desde luego había unos cuantos, sobre todo a partir del momento en que salí en Oprah; tengo la sensación de que recibíamos una media de una llamada por semana. A menudo empezaban muy educadamente, con voz normal: «¿Puedo hablar con la doctora Jane Gordon, por favor?». Pero cuando yo decía «Soy yo», o tú ibas a buscarme y yo decía «Dígame», generalmente la voz se convertía en un susurro o un siseo; después —casi invariablemente— oía la palabra «puta». A veces solo querían hacerme saber que era una puta que les había arruinado el matrimonio, o que las putas como yo eran el problema de las mujeres de hoy, una panda de putas feminazis, o que debía cerrar la puta boca (dejar de escribir); transmitían su mensaje y colgaban. Pero expresaban también amenazas con distintos grados de especificidad: que si yo era una puta que debía andarme con cuidado, que si iba a llevarme mi merecido, que si me pegarían un tiro mientras paseaba por el campus de la Fundación (esto último lo dijo solo uno de los que llamaban, pero llamó varias veces), y así sucesivamente. Y había variaciones sobre el tema de la violación: Voy a violarte; Alguien tendría que violarte; Probablemente te han violado; Si no fueras tan fea, te violarían.
Las llamadas afectaron mucho más a papá que a mí. Yo sencillamente consideraba que si alguien pretendía agredirte, no iba a llamarte antes para avisarte, aunque no sabría decirte por qué pensaba eso, sobre todo dada mi experiencia profesional con mujeres maltratadas. Desde luego no fue agradable, pero esos individuos eran también tan dignos de lástima —me los imaginaba sentados en sus La-Z-Boys, armándose de valor para hacer la llamada obscena, quizá pelándosela después de tanta excitación, si no durante — que en realidad no podía tomármelos en serio, o solo me los tomaba en serio como especímenes de la deleznable fragilidad masculina. (Por supuesto, si algo hemos aprendido, es lo peligrosa que puede ser esa frágil masculinidad). Quizá no me permitía experimentar malestar porque bajo ninguna circunstancia estaba dispuesta a darles la satisfacción de mostrarme dolida o colérica o asustada. Nunca pregunté «¿Quién es?», nunca dije «No se atreva a volver a llamar a esta casa», nunca dije «Voy a avisar a la policía», aunque papá insistió en que llamáramos; dijeron que «seguirían de cerca la situación», a saber lo que quería decir eso. Pero un día inventé cierta técnica para responder a las llamadas de la que todavía estoy bastante orgullosa.
Cuando uno de los Hombres llamaba, y yo contestaba, y él empezaba a hablar en un susurro para llamarme puta de la variedad que fuese, yo hacía como si no lo oyera bien: «Perdone, ¿puede hablar más alto?». Normalmente, lo que ocurría era que el individuo repetía, confuso, lo que había dicho levantando un poco la voz, y aunque yo lo oía perfectamente, decía, con tono igual de educado, sin delatar el menor conocimiento del carácter de la llamada: «Perdone, la conexión no es muy buena, ¿puede levantar un poco más la voz?». Y yo seguía diciendo lo mismo, seguía pidiendo educadamente al pobre desdichado que hablara más alto. Él quizá repetía su mensaje una o dos veces, pero al cabo de un rato siempre se avergonzaba del sonido de su propia voz —o a lo mejor le preocupaba que alguien lo oyera; a saber cuántos de esos hombres tenían a mujeres o hijas en la habitación contigua—, y al final sus voces vacilaban o se quebraban o, más a menudo, sencillamente colgaban en lo que parecía un repentino arranque de vergüenza. En un par de esas llamadas, papá escuchaba por el otro teléfono y teníamos que ahogar la risa mientras percibíamos cómo el interlocutor amenazante trataba en vano de reunir el valor para utilizar su voz de adulto.
Luego estaban los Hombres de la tienda, en Dillon’s. ¿Te acuerdas? Tú y yo íbamos a comprar a Dillon’s casi todos los domingos cuando estabas en el parvulario —por alguna razón, te encantaba hacer la compra—, y a menudo, mientras yo empujaba nuestro carrito de aquí para allá, se nos acercaba un hombre o una mujer. Si era una mujer, siempre expresaba gratitud, con frecuencia de manera muy conmovedora: «Su libro salvó mi matrimonio»; «Usted cambió mi vida»; etcétera. Después la mujer y yo «nos apretábamos las manos». Recuerdo que en las novelas rusas leía que tal o cual personaje «apretaba la mano» de un conocido en un momento de emoción, y nunca supe qué quería decir. Pero eso es lo que yo hacía con esas mujeres; no íbamos a abrazarnos, eso no podía ocurrir en el Medio Oeste de Estados Unidos, pero solo estrecharnos la mano, que resultaba muy masculino, muy profesional, se nos antojaba insuficiente. Así que nos cogíamos las manos y aplicábamos cierta presión, comunicándonos solidaridad a través de ese contacto, y luego seguíamos con nuestra compra. Pero los Hombres… ellos no me llamaban puta en público, y a veces ni siquiera decían nada de nada, limitándose a insinuar mediante una mirada o una risita que sabían quién era yo. Sin embargo, uno o dos me abordaron, muy educados: «¿Es usted la doctora Gordon?». Cuando respondía que sí, tenía que aguantar cosas como: «Espero que esté orgullosa de sí misma, rompehogares», «Compadezco a su marido»; esa clase de comentarios. Yo decía: «Que tenga un buen día», y ahí se acababa la cosa. (Estuvieron también los faxes que los Phelps empezaron a enviar: en uno aparecía mi retrato con unos cuernos dibujados, me llamaban «ramera jezabeliana a pluma y a pelo», explicaba que yo utilizaba mi «púlpito» para alentar a sodomitas que merecían la muerte; creo que aún lo guardamos en alguna parte. Pero, claro, los Phelps acosaban a cualquiera de la Fundación que captara la atención del público, ya que, como institución, nos negábamos a reconocer la maldad de la homosexualidad).
Eso era desagradable, pero poco más; huelga decir que muchas mujeres sufrían agresiones considerablemente peores. Para serte sincera, creo que me sentía halagada por esa prueba del alcance de mi libro, de sus repercusiones; incluso los aspectos negativos del reconocimiento pueden suscitarte cierta excitación, y en general me asombraba el fenómeno en que se había convertido el libro. Pero la fama de cualquier tipo, al igual que un nacimiento o una muerte, cambia toda relación. Al principio actué con ingenuidad a ese respecto, pero aprendería. Y creo que debería haber hecho más para protegerte de los Hombres. Por esa época viviste un par de episodios que, diría, tuvieron relación con ellos y con los cambios más en general.
Uno tuvo lugar en Dillon’s. Yo acostumbraba a pedirte que fueras a buscar cosas de la lista que habíamos hecho juntos y que las trajeras al carrito, y entonces las tachábamos; te encantaba la responsabilidad, te sentías muy mayor. «A ver, necesitamos sal —decía yo—, ¿dónde está la sal?» Y entonces te señalaba aproximadamente la dirección y tú reconocías el salero Morton de casa o, si era necesario, preguntabas a algún empleado de allí con tu ensayada y encantadora formalidad: «Señor, ¿podría enseñarme dónde puedo encontrar la sal?». Casi parecías inglés. El caso es que un día te pedí que fueras a por la leche —semidesnatada, la del tapón azul— y tú te marchaste a buscarla. Pero tardabas en volver y empecé a preocuparme. Cuando te encontré —puede que al cabo de cinco minutos, aunque se me antojó media hora—, tú ibas llorando por un pasillo, casi hiperventilando; hacía mucho tiempo que no te veía tan alterado.
«Hay hombres detrás de las paredes —conseguiste decir por fin—, hay hombres allí al fondo, escondidos en las paredes, que se ríen de mí e intentan agarrarme». Yo estaba muy confusa, y también sentí pánico, rabia: «¿Qué hombres, quién ha intentado agarrarte, quién te ha tocado?». La verdad es que no entendía qué estabas diciendo, pero al final dije: «Enséñame dónde ha pasado eso», y me llevaste a la sección de productos lácteos. «¿Dónde están los hombres que te han molestado?», pregunté, y tú te limitaste a señalar la nevera de la leche. Yo no sabía qué estaba pasando. «Ahí no hay hombres», dije, sonriendo para calmarte, aunque yo no sentía la menor calma, y abrí la puerta de cristal para enseñártelo, saqué una botella grande del estante. Fue entonces cuando oí las voces detrás de la nevera. Después de un momento de vértigo, un eco de tu propio terror, caí en la cuenta de que unos empleados estaban reponiendo las neveras desde atrás, de que el fondo de la nevera era una mampara móvil que daba al almacén. No sé si se habían reído de ti o si, a modo de broma, incluso habían tirado de la botella de leche que tú intentabas sacar, o si simplemente estaban trabajando y charlando y quizá riéndose de sus cosas, pero entendí lo que tú habías visto, por qué te habías asustado. Me tranquilicé, intenté explicarte la situación muy despacio y con la mayor claridad posible. Tú dejaste de llorar, pero seguías alterado. Lo que yo estaba describiendo —que había hombres (y mujeres, insistí) trabajando detrás de las paredes— te parecía aún muy amenazador. Y creo —¿será por la analista que llevo dentro?— que para ti fue peor por el hecho de tratarse de leche, porque, como estabas jugando a ser mayor, estabas intentando conseguir el alimento que en otro tiempo te había dado yo de mi pecho.
En los meses siguientes tuviste algunas pesadillas relacionadas con eso: que pudiera haber hombres en las paredes. Hombres malos. Además, estaban esos hombres que llamaban por cables invisibles. Klaus tenía una elegante y ridícula interpretación marxista de la situación, que consideraba prueba de tu intuición precoz del trabajo alienado, pero estaba claro que estabas percibiendo toda la masculinidad tóxica que se arremolinaba alrededor. Papá también se preguntaba si tenías la sensación de que él no podía proteger a la familia o algo así, si empezabas a contrastar la delicadeza de papá con la cultura del Hombre de Marlboro que nos rodeaba, un contraste agravado por el hecho de que yo fuera en ese momento la que aportaba más dinero a la casa gracias a mi fama recién adquirida, y la gente siempre andaba preguntando cómo lo llevaba papá, pensando que obviamente era algo castrante, que para él eso suponía una pérdida. También creo que tú sabías que lo que estaba ocurriendo con mi libro, con la atención que recibía, era desestabilizador, conllevaba grandes cambios. En cualquier caso, aquellos sueños no duraron. Luego ocurrió lo del chicle.
Seguro que esto no lo pondrás en tu novela. Una noche papá y yo estamos viendo una película en la cama. Han pasado muchas horas desde que te acostaste y damos por supuesto que estás profundamente dormido. De pronto apareces en la puerta, desnudo, tan tranquilo, y yo digo: «¿Qué pasa, Adam?». Y tú, con toda naturalidad, como si solo estuviéramos de charla, contestas: «Ah, iba al orinal y estaba mascando chicle, y el chicle se me ha caído». Desde hacía poco se te permitía tener un paquete de chicles, previo acuerdo de que antes de meterte uno en la boca nos pedirías permiso; te encantaba el chicle. Papá se había quedado medio traspuesto, en realidad no estaba viendo la película, y, sin abrir los ojos, dijo: «Bueno, ¿y lo has lavado?». Y tú no respondiste. En ese momento presentí que pasaba algo y encendí la lámpara de lectura de la mesilla y dije: «Ven».
Cuando llegaste a mi lado, vi que te habías envuelto el pene y el escroto cuidadosamente con el chicle. O sea, debiste de mascarlo, aplanarlo, amasarlo intencionadamente para envolvértelo todo. No quedaba nada a la vista. «Dios mío», dije tocando el chicle, que ya se había endurecido. «¿Qué pasa?», preguntó papá, ahora del todo despierto, preocupado, dándose la vuelta para acercarse. Un silencio. De pronto los dos estallamos en carcajadas, no pudimos contenernos. Y tú te reíste porque nosotros nos reíamos; sentiste alivio al ver que no te íbamos a reñir.
«¿Y esto cómo ha pasado?», pregunté mientras te cogía y te metía en la cama entre nosotros. Tú tenías ensayada la respuesta: «El chicle se me ha caído de la boca y se me ha quedado pegado al cuerpo». En esa etapa utilizabas la palabra «cuerpo» para referirte casi exclusivamente a tu pene. Si decías: «Me pica el cuerpo», querías decir el pene. «Adam, esto no puede habérsete caído de la boca así sin más», dije. «Te lo has envuelto la mar de bien —señaló papá, en un intento de iniciar el proceso de esclarecimiento—. Debe de haberte llevado mucho tiempo, muchos chicles». Pero tú insististe en que estabas en el baño, mascando tan tranquilo, y que se te cayó de la boca, y voilà, te quedó ese paquetito perfectamente empaquetado.
Fue gracioso hasta que nos dimos cuenta de que no podíamos quitártelo. Como te habías cubierto totalmente la uretra, te sería imposible orinar, lo cual es grave. Al cabo de un rato —papá aún se reía entre dientes, pero yo empezaba a preocuparme— telefoneamos a Eric y lo despertamos, ya que él era un «médico de verdad», y le preguntamos qué debíamos hacer. Durante una hora más o menos fuimos alternando entre la comedia y el pánico. Probamos con vaselina, manteca de cacao, aceite de oliva… ya no recuerdo qué fue lo que dio resultado al final. Pero te lo quitamos, te reprendimos con delicadeza, te dijimos que íbamos a tomarnos todos un descanso con el chicle, y luego volvimos a acostarnos.
Papá consideró que aquello se reducía a la exploración de un niño de su propio cuerpo y no le dio más vueltas. Yo no pude evitar preguntarme si fue una especie de castración simulada, un intento de no ser un chico, un hombre, uno de los Hombres. En cualquier caso, no me malinterpretes: por lo general eras muy feliz, te iba bien en el colegio, tenías buenos amigos y demás, así que no pensamos que ese episodio fuera una expresión de algo concreto. Pero yo personalmente no pude quitarme de la cabeza el asunto del chicle; para mí, fue cada vez menos gracioso y más inquietante, aunque naturalmente nunca te lo transmití. Y eso no tenía nada que ver contigo, tenía que ver conmigo, con mis «consultas» cada vez más intensas con Sima, con lo que se estaba desenterrando en ellas. Y aunque sabía —es decir, en la medida en que una madre puede llegar a saber una cosa así— que nadie te había tocado nunca inapropiadamente ni nada por el estilo, seguía preocupándome que estuvieras comunicando algo, un temor si no un trauma. Por cierto, creo que todo esto explica en parte por qué fui tan excesivamente dura con aquella chica, Peterson, Anna, tu canguro, cuando os sorprendí besándoos unos años después. O sea, Anna necesitaba que le hablaran muy en serio, y que hubiera consecuencias, pero yo básicamente me dediqué a darles un susto de muerte a ella y a sus padres, hablando de ella como si fuera una depredadora sexual peligrosa, como si tuviera suerte de no acabar en la Fundación o en la cárcel.
Luego, a los ocho años, sí experimentaste un trauma, que es una manera curiosa de expresarlo, ya que el trauma es el desmoronamiento de la experiencia como tal. Me refiero a la conmoción cerebral. Ahora que eres padre probablemente puedas imaginar lo que representó para nosotros, o imaginar que no puedes ni imaginarlo. Ya sé que recuerdas la caída, una caída como otras muchas, pero en todo caso te diste un buen golpe en la cabeza. Ocurrió en el callejón de detrás de Woodlawn. Te las arreglaste para volver a pie a casa. En retrospectiva, mi mayor temor es lo cerca que estuve de pasarlo por alto, de dejarlo correr. ¿Te acuerdas de que yo estaba hablando por teléfono? Era una entrevista, no recuerdo con quién… para algún periódico. Hablaba por el teléfono de la cocina, enrollándome el cable en torno a la mano; tú entraste, y se te notaba un poco aturdido. Tapé el auricular y te pregunté si estabas bien, y contestaste: «Me he caído del monopatín». Te pregunté si tenías algún corte o arañazo, y dijiste que no con la cabeza. Te eché un vistazo por encima: no tenías ninguna marca, y desde luego nada en la cabeza; no estabas llorando. Te dije que cogieras un zumo de la nevera si te apetecía, que podías ver un poco la televisión arriba.
La entrevista fue breve. Luego empecé a revisar la correspondencia que me había llevado a la mesa de la cocina. Lo recuerdo con sensación de culpabilidad, como si supiera que algo andaba mal, pero que no quería reconocerlo porque eso lo convertiría en realidad —como con los billetes de Sanibel—, aunque eso probablemente me lo esté inventando ahora. Lo que sé es que cuando por fin llegué a lo alto de la escalera y vi el zumo sin abrir tirado en la moqueta, supe de inmediato con todo mi cuerpo que algo no iba bien; todavía veo aquel brik rojo, la pajita de plástico intacta en su envoltorio de plástico. Sencillamente no tenía sentido. No era una simple cuestión de desorden por tu parte; no podía ser un olvido (acababas de cogerlo); si habías decidido que no lo querías, al menos lo habrías dejado en un estante o algo así. Comprendí que era el resultado de que habías perdido la relación con el objeto —¿qué es esto que tengo en la mano?—, o quizá con tu misma mano. Es difícil explicar cómo el hecho de ver un objeto trivial desplazado de la gramática de la vida cotidiana puede alertarte súbitamente de la irrupción de la violencia. Eché a correr.
Estabas en tu habitación, en la cama, totalmente vestido, y tenías la camiseta manchada de vomito. Tuve que zarandearte para despertarte; por Dios, seguro que sacudirte era lo último que debía hacer. Y debí de llamarte por tu nombre a gritos. Recobraste el conocimiento, gracias a Dios, y te llevé escaleras abajo hasta el coche y te metí en el asiento trasero y te puse el cinturón y te llevé lo más deprisa posible al St. Francis. Para entonces ya estabas gritando de dolor con los ojos cerrados. Yo te decía que todo iría bien, intentando hablar a través de las lágrimas, y cuando no hablaba me mordía la lengua, notaba el sabor de la sangre. No me puedo creer que te llevase yo misma en lugar de llamar a una ambulancia; resulta increíble que no nos estrelláramos y nos matáramos los dos.
Ya te hemos contado la mayor parte de lo que ocurrió a continuación, seguro que lo recuerdas en tercera persona. Papá llegó allí desde la Fundación lo más deprisa posible. Hubo que hacerte una tomografía y estabas fuera de control por el dolor y el miedo; pensabas que todo el mundo a tu alrededor pretendía hacerte daño. Te arrancabas las vías de los brazos. Y el habla se te desorganizó por completo: palabras equivocadas, palabras arrastradas, luego solo ruido. Tenías la visión muy afectada, al igual que el equilibrio, y por eso tus expresiones y movimientos eran extraños, impropios de ti. Cuando quedó claro que no había forma de calmarte con palabras, empezaron a inyectarte sedantes, a mi niñito de ocho años, porque no había otra manera de administrártelos. Tres adultos para sujetarte, agujas largas. Y después, llegado un punto, te relajaste hasta quedar inconsciente y pensé: Bien, ahora descansará, el efecto de los fármacos se le pasará dentro de una o dos horas, todo irá bien. Pero entonces oigo que un médico le dice a papá: «Ahora solo queda esperar a ver». La tomografía reveló una hinchazón considerable, y no sabíamos cuándo despertarías ni en qué estado.
Pronto empecé a hacer algo que se asemejaba a la oración. Hice promesas a una instancia superior, negocié, cosa que no hacía desde niña. Si ha de morir alguien en la familia, que sea yo; si Adam queda bien, prometo hacer X, prometo hacer Y. La única promesa que recuerdo fue: No volveré a escribir. Pensaba —¿porque estaban entrevistándome cuando tú entraste en la cocina?, ¿porque me sentía culpable, pese a mi ideología política, por ser madre y tener una profesión?— que era yo la responsable de que te encontraras en ese estado, que te había fallado. «Compadezco a su marido; compadezco a su hijo», decían los Hombres dentro de mi cabeza. «Si la envidia del pene no te hubiera empujado a escribir ese libro —decía Caplan, decía el doctor Tom, decía un coro de colegas varones—, nada de esto habría ocurrido». Sentada a tu lado en la UCI en aquella espantosa silla tapizada de plástico, me sentí derrotada, desesperada: «Tenéis razón, tenéis razón, soy una mala esposa, una mala madre, una mala hija, una rompehogares (al fin y al cabo, había contribuido a romper el matrimonio de papá; y hace mucho tiempo, cuando era muy joven, había estado con otro hombre casado; ¿lo convertía eso en un patrón?); permite que él se ponga bien y yo me comportaré».
Estuviste inconsciente durante quince horas. Los horrendos pitidos de aquellas máquinas. Hubo una gran tormenta y en algún momento el hospital tuvo que activar los generadores; recuerdo que, debido a eso, las luces del pasillo cambiaron de color, pasando de un blanco implacable a un rojo amenazador. Y a eso de las dos de la madrugada, papá susurró mi nombre, y entonces te miré y vi que tenías los ojos abiertos. Se te veía muy tranquilo. Antes de que fuéramos capaces de hablar, dijiste muy educadamente: «Hola». Papá preguntó: «¿Cómo te encuentras?». «Bien», dijiste. «¿Sabes dónde estás, cielo?», pregunté, procurando que no se me quebrara la voz. «En el hospital», dijiste, y te reíste un poco por la estupidez de la pregunta. En ese momento entró la enfermera —bien porque nos oyó, o bien porque papá la avisó por medio del timbre, o bien porque estaba haciendo su ronda— y dijo: «Vaya, mira quién se ha despertado». Y luego te hizo la misma pregunta, sabes dónde estás, y tú repetiste la respuesta, y esta vez te reíste con más ganas, como si eso fuera un juego tonto, eso de preguntarte dónde estabas cuando era evidente. Y después, señalándonos a papá y a mí, la enfermera preguntó: «¿Y sabes quiénes son estas dos personas encantadoras?». Y tú nos miraste y, con una cálida sonrisa, dijiste: «No».
Se me empañó la visión. Fue como si el mundo se hubiese transformado en una versión de sí mismo ligeramente distinta, una de la que yo había sido excluida. Mi niño iba a ponerse bien, pero a costa de dejar de ser mío. «Lo sabrás —afirmó la enfermera, con aplomo tranquilizador—, pronto recordarás que estos son tu mamá y tu papá». Y tú dijiste: «Ah», te quedaste pensando por un momento y preguntaste: «¿Cómo os llamáis?». Esa fue una pregunta extremadamente difícil. Es decir, tú nunca nos llamaste por nuestros nombres de pila; para ti no eran nuestros nombres, aunque por supuesto los conocías. «Yo me llamo Jonathan —dijo papá, visiblemente incómodo—. Esta es tu mamá, Jane». Por alguna razón no parecían nuestros nombres verdaderos. Y entonces la enfermera, dirigiéndose a ti, preguntó: «¿Y tú cómo te llamas, cariño?». Abriste la boca para responder, de pronto te interrumpiste, una pausa espantosa. «Te llamas Adam», dije. «Adam», repetiste, como si lo ensayaras, como si probaras su pertinencia. Entonces dijiste que ibas a dormir un poco y cerraste los ojos y te dormiste otra vez. Miramos a la enfermera y ella dijo: «Ahora el descanso le vendrá bien, todo le volverá, se pondrá bien; voy a avisar al médico».
Al cabo de unas horas te volviste a despertar, te incorporaste en la cama tú solo, dijiste que tenías hambre, todo ello señales tranquilizadoras, pero preguntaste de nuevo cómo nos llamábamos. En ese momento la enfermera de turno era Holly Eberheart, y entró a hacerte unas preguntas. Holly Eberheart, recordarás, era una mujer muy corpulenta; todavía lo es, supongo. Llevaba puesto un jersey y en el jersey tenía tejido el abecedario… o quizá solo la A, la B y la C en el pecho, no lo recuerdo con exactitud. Nos sorprendió que no llevase uniforme, pero resultó que el jersey tenía una finalidad. Se sentó a tu lado y dijo: «Adam, cariño, ¿qué es esto?», y se señaló la gigantesca A en su gigantesco pecho derecho. Siguió un largo momento durante el que te quedaste mirando su pecho, que ella parecía ofrecer, y luego nos miraste a nosotros, como pidiendo instrucciones. Y papá y yo nos dimos cuenta de que no sabías si ella estaba pidiéndote que identificaras una parte del cuerpo, su pecho, que prácticamente se sostenía entre las manos, o la letra, y no querías ser grosero. Papá tuvo que toser para disimular la risa. Veíamos que sabías qué letra era pero que no tenías claro cuál era la pregunta, y pensamos que ibas a responder: «Eso es su teta», que es la palabra que tú habrías utilizado; pero al final dijiste, muy vacilante: «¿A?». «Correcto», dijo ella, y tú, visiblemente aliviado, contestaste a todas las demás preguntas sin titubeos. Para entonces yo también estaba tosiendo y riendo; por alguna razón aquello nos proporcionó gran alivio.
En algún momento, quizá hacia el final de la mañana, Eric y Jason vinieron de visita. Jason te trajo cromos de béisbol, recuerdo, aquellos sobres con palitos de chicle dentro. También trajeron un poco de comida que no podías comer; los médicos dijeron que no debías ingerir nada por un tiempo. Recibiste a Jason afablemente, pero cuando te preguntamos quién era dijiste que no estabas seguro, lo que a Jason le resultó gracioso. A los adultos nos sorprendió lo poco preocupados que parecíais los dos ante el hecho de que tú ya no recordaras las coordenadas de tu vida. Eric intentó tranquilizarnos al respecto, como para entonces habían hecho ya varios médicos. Papá volvió a preguntarte: «¿Te acuerdas de nuestros nombres, quiénes somos?». Y tú contestaste: «Jonathan y Jane, papá y mamá», pero saltaba a la vista que estabas recitando conocimientos recién adquiridos, aunque tal vez también empezabas a asimilarlos, a vincularlos de nuevo con tus recuerdos a medida que estos volvían. (Volvían ¿de dónde?) Estabas mirando los cromos con Jason, enseñándole orgullosamente también las vías intravenosas, los electrodos. Papá y yo caímos de pronto en la cuenta de que no habíamos comido nada desde hacía una eternidad y comenzamos a devorar las magdalenas o lo que fuera que Eric había traído. Entonces llegó Sima —no sé por qué llegó por separado; quizá había estado aparcando— y nos fundimos en un abrazo largo e intenso. Y mientras estábamos abrazadas, apartaste la vista de los cromos y, como si tal cosa, la saludaste por su nombre.
Quedas para comer con una amiga a la que no ves desde hace tiempo, y ella inicia la conversación diciendo, ahora con un asomo de amargura en la sonrisa: «Vaya, me cuesta creer que hayas encontrado un rato para mí». Le preguntas varias veces cómo le va últimamente, pero ella vuelve a dirigir la conversación una y otra vez a ti y a las aventuras de tu gira para la promoción del libro, insistiendo en que ella lleva una vida corriente, sin ningún interés. Llegas con cinco minutos de retraso a una reunión de personal porque te has derramado el café en la blusa, has intentado en vano limpiarte la mancha con toallitas de papel en el baño, y oyes en susurros: «Me sorprende que se haya molestado siquiera en presentarse». Un colega menciona que ha recibido una beca sustanciosa, tú le das la enhorabuena, pero asoma de nuevo esa sonrisa un tanto amarga: «Ya me imagino, claro, que eso a ti debe de parecerte una nimiedad». Tú protestas, pero por alguna razón eso empeora las cosas. En una sesión para estudiar un caso, el consultante comenta la resistencia de una paciente a plantearse una terapia intensiva, y el psicólogo jefe dice en broma, arrancando una risa general: «Puede que le baste con leer el libro de Jane; sin duda se curará y se ahorrará mucho tiempo y esfuerzo». Tienes que cambiar una cita con el dentista para hacer hueco a una reunión con un profesor y unos padres; la recepcionista deja escapar un suspiro exasperado: «Bueno, estamos aquí para servirla, doctora Gordon». En la reunión, haces respetuosamente una pregunta sobre el plan de estudios. «Puede que aquí no hagamos nada del otro mundo, pero sabemos enseñar lengua y literatura a nuestros alumnos».
Incluso con papá, que en general me apoyaba mucho y estaba orgulloso de mí: si me olvidaba de fregar los platos, ahora era porque me consideraba demasiado superior para las tareas domésticas, por más que hubiese sido desorganizada toda la vida; si me mostraba impaciente por algo, era porque había cambiado a fuerza de oír decir a los demás que era extraordinaria, pese a que también me decían que odiaba a los hombres o que era una vendida intelectual. Estaba cansado de que le preguntasen qué se sentía siendo «el señor de Jane Gordon» o de recibir elogios por «ser una mamá». La gente dice de una persona que «la fama la ha cambiado», o la elogia comentando que no la ha cambiado, pero el problema con esa formulación es que la fama o la mala reputación del tipo que sea lo cambia todo alrededor de la persona, todas las relaciones en las que está integrada, independientemente de lo que la persona en cuestión haga. Puedes moverte en tu nueva realidad mejor o peor, claro está. Y gracias a Dios mi fama, en la medida en que puede hablarse de fama, llegó a su apogeo antes de la existencia de internet, así que no me pasaba el día buscándome en Google o leyendo tuits y comentarios… que están infestados de Hombres.
Pero hasta el viaje que hicieron juntas nuestras familias a Nueva York — tú estabas en sexto o séptimo— mi relación con Sima pareció en esencia intacta, o al menos me lo pareció a mí. El libro se lo dediqué a ella. Daba la impresión de que se alegraba sinceramente por mí, y al principio fue mi más acérrima defensora contra la inevitable acusación de que había renunciado al rigor teórico a cambio del éxito popular. Sin duda Sima entendió mejor que nadie por qué elegí un estilo accesible; ante todo, creía que podía ayudar a mucha gente describiendo la dinámica de los triángulos o entre hermanos con la mayor claridad posible, y que traducir esos conceptos en consejos prácticos era mi punto fuerte como terapeuta. Además, como Sima sabía, tenía una profunda, arraigadísima alergia a todo lo que desprendiera el menor tufo a abstruso, a la forma en que la jerga profesional —sobre todo, aunque no solo, de tipo psicoanalítico— podía emplearse para anular a las mujeres tachándolas de histéricas; eso guardaba relación con lo que había ocurrido con mi padre, todo el secretismo y la manipulación que conllevan los abusos. Aunque, claro, de ese modo los académicos y teóricos puros lo tuvieron más fácil para desautorizarme; si tu libro recibe el agasajo del New York Times, entonces solo estás traficando comercialmente con ideología reformulada; no se te ha de tomar en serio. Desde luego, pueden esgrimirse argumentos reales sobre qué se gana o qué se pierde con un modo de discurso u otro, el antiintelectualismo puede ser tan malo como el esnobismo, pero llamaba la atención que si uno de los veteranos de la Fundación o sus aliados aparecían en el Times era por la trascendencia de su obra, pero cuando una marimacho con envidia del pene como yo recibía atención, era porque lo había reducido todo a una especie de psicología de tocador para mujeres.
Sima y yo dejamos de «consultar»; es decir, ya no manteníamos sesiones programadas para hablar sobre mi padre, sesiones por las que yo había insistido en pagar, para dejar claro qué era profesional y qué era personal; ahora lo que está absolutamente claro es la profundidad de nuestra confusión. Habíamos dejado las sesiones, pero seguíamos atrapadas en nuestros respectivos papeles: yo era la paciente, ella era la doctora. Sencillamente no podíamos cambiar las tornas; yo me había convertido en la que hablaba, ella se había convertido en la que escuchaba, la que presionaba con delicadeza, la que aconsejaba. A esto se reducía Topeka en pocas palabras: yo le hablaba a Sima sobre mi complicada experiencia con la acogida que recibió el libro, sobre sus efectos en mis relaciones, en particular con papá; Sima hablaba sobre su relación con mi vida profesional (y sobre su relación con mi relación con esta) en el diván de Klaus; probablemente Klaus le transmitía algo de esto a papá —aunque de un modo codificado, quizá involuntario— durante sus paseos (o, como Klaus empezaba a perder movilidad, en su salón, donde Klaus fumaba su pipa); y podría seguir así. Este es el telón de fondo contra el que la relación de Sima y papá se fue de las manos, pero tendrás que preguntarle a él…
—Si quiero detalles.
Si quieres detalles. Me interesa saber cómo recuerdas el viaje a Nueva York. Volviendo la vista atrás, fue una pésima idea. Yo tenía un acto en el centro Ninety-Second Street Y, una especie de conversación en público sobre mi trabajo, y me preguntaron a quién deseaba como interlocutor. Pensé que pedírselo a Sima, convertir aquello en unas vacaciones de familia —el editor pagaría su billete—, sería una manera de honrarla, sería muy divertido. Ella aceptó al instante cuando se lo propuse, pero sospecho que, casi de inmediato, empezó a sentirse como mi comparsa, una figurante, quédate con la palabra que más te guste. Imprimieron un folleto promocional en el que no constaba su nombre («Conversación con Jane Gordon»; los Phelps se hicieron con uno de ellos, rotularon encima y lo hicieron circular por fax: «Jezabel Gordon se disculpa por los maricones»), y luego, cuando insistí en que se incluyera, lo escribieron mal; el editor reservó habitaciones para nuestra familia en un hotel de lujo, y Sima no quiso pagar un alojamiento así, quería un sitio menos caro, y se ofendió cuando me ofrecí a pagar la diferencia. Luego yo quise que todos nos alojáramos en el sitio más barato para poder estar juntos, pero ella alegó que eso era ridículo, insistió en que lo dejara correr. Todo esto antes de que saliéramos de Kansas City.
El Y estaba abarrotado a pesar del mal tiempo: era enero; aquella noche se alternaban la lluvia y la aguanieve. Siempre me pongo nerviosa antes de hablar en público (seguramente tomé un lorazepam), pero por alguna razón me sorprendió que Sima también lo estuviera; se paseaba de un lado a otro por el salón verde, echaba la ceniza sin darse cuenta en uno de los cuencos de almendras saladas en lugar de en el cenicero, me preguntaba si se la veía bien, cosa que nunca hacía, quería repasar las preguntas una y otra vez, pese a que teníamos temas más que suficientes. (Papá y Eric estaban con vosotros los niños; no recuerdo adónde fuisteis, a algún sitio turístico; quizá comisteis en el Hard Rock Café). Después de que nos presentaran, de que ocupáramos nuestros asientos en el escenario —había dos sillas orientadas una hacia la otra, una mesita y encima una jarra de cristal con agua, micrófonos fijos—, Sima se volvió a mirarme, para hacer la primera pregunta, y justo antes de que hablara vi que le había cambiado la cara. Ahora se advertía en su sonrisa cierta frialdad, cierta distancia, un asomo de amargura. Era algo sutil, pero más profundo aún por el hecho de ser sutil: una cara que conoces íntimamente se altera de manera más perturbadora cuando se altera solo un poco; piensa en cómo reaccionaste cuando papá se afeitó el bigote por primera y última vez, quizá eras demasiado pequeño para recordarlo; lo hizo para una película.
Y su primera pregunta fue sobre mis padres, un tema que ni una sola vez habíamos mencionado como posibilidad. Fue sobre mis padres, pero yo la percibí como si fuera sobre mi padre. «Nosotros los psicoanalistas estamos sin duda obsesionados con los padres —dijo Sima, a todas luces tenía planeado decir desde el principio—, así que he pensado en empezar preguntándote por los tuyos», por mis primeras experiencias, por cómo influyeron en mi decisión de convertirme en terapeuta, en mi trabajo. Vista desde fuera, era una pregunta totalmente razonable, pero yo sentí que pretendía meter el dedo en la llaga. ¿Estaba retándome a divulgar los abusos? ¿A hablar de cómo había recuperado ese recuerdo con ella? ¿O sencillamente era paranoia mía? Tenía la sensación de que Sima —o su doble— me amenazaba, me recordaba que ella, a diferencia de mis «admiradoras», sabía la verdad sobre mí. «No te creerán, ni siquiera estoy segura de creerte yo misma», leí en su cara, por disparatado que resulte, o lo que es lo mismo, vi fugazmente a Sima como el padre abusador que refuta la realidad del niño. Yo me hallaba a la vez en aquel escenario y de vuelta en el Brooklyn de los años cincuenta; durante un breve instante estuve en aquel tren.
Pero entonces me oí contestar a su pregunta, hablar con toda naturalidad, explicar la dinámica de mi casa cuando era niña, dejar caer algún que otro comentario jocoso; el público —compuesto casi exclusivamente de mujeres— se reía, entusiasta. Volví a introducirme en mi cuerpo. La sensación de pánico y vértigo pasó y la conversación se desarrolló bastante bien; recuerdo que tuve la impresión de hacer un buen papel durante la ronda de preguntas del público.
Después de firmar libros en una mesa larga en el salón principal, con Sima sentada incómodamente junto a mí aunque ella no tenía nada que firmar, salimos al aire frío y encontramos un sitio donde comer: un restaurante griego, tenuemente iluminado. En cuanto nos sentamos y pedimos el vino, le di las gracias por participar en el acto conmigo, por haberlo hecho tan bien. «Tu primera pregunta me ha sorprendido —dije al cabo de un par de minutos —, porque en ningún momento habíamos hablado de empezar así». Y fue entonces cuando me di cuenta de que su cara no había vuelto a la normalidad; mantenía la nueva cara del escenario, había llevado esa cara pública a nuestra conversación privada. «¿Qué quieres decir?», preguntó. «Solo quiero decir que no me esperaba la pregunta y me ha desorientado, dado que tú conoces gran parte de la respuesta real, que no estoy dispuesta a compartir en público». Ella no dijo nada. «Solo estoy diciendo —proseguí— que me ha sorprendido y siento curiosidad por saber por qué lo has planteado así». «Bien —dijo, desplegando su nueva sonrisa, desaparecida ya su característica mezcla de calidez y tristeza—, si quieres analizar la forma en que te ha decepcionado mi actuación de esta noche, la forma en que te has sentido agraviada por el hecho de que yo haya venido aquí en avión con mi familia para contribuir a agasajarte, podemos hacerlo, pero quizá sea mejor dejarlo para mañana, si no te importa. Estoy muy cansada».
Mi recuerdo del resto del viaje —pasamos otros dos días allí— tuvo algo de pesadilla. Papá y yo habíamos decidido con bastante antelación llevarte a ver la casa donde me crie, en Flatbush, muy cerca de donde das clases; Sima y Eric habían comentado que querían acompañarnos; yo intenté liberarlos del plan —prefería que ninguna otra parte del viaje se centrara en mí—, pero solo conseguí ofender aún más a Sima; supongo que pensó que pretendía librarme de ellos. Vinieron, pero no querían estar allí —nos limitamos a quedarnos plantados en la acera de la calle Nueve Este, cerca de la avenida J, notando el viento frío en la cara, contemplando la fachada, papá tomó una foto, y nos fuimos—, y por supuesto tardamos una eternidad en llegar allí y volver a nuestros hoteles en el Upper East Side. Entonces Jason y tú empezasteis a reñir —quizá os habíais contagiado de la energía entre los adultos— y os convertisteis básicamente en parodias de turistas maleducados de visita en la gran ciudad, gimoteando en los trenes, dándoos empujones. Tú querías ir a una tienda de artículos de béisbol, Jason quería subir a lo alto del World Trade Center, estabais los dos exasperantes. No era nada del otro mundo, pero de repente me sentí paralizada: si insistía en consentir a Jason, Sima se sentiría tratada con condescendencia; si proponía algo que parecía dar preferencia a tus deseos, sería prueba de mi narcisismo; si sugería que podríamos separarnos un rato y volver a encontrarnos más tarde, Sima podría sentirse abandonada; así que me callé y adopté una actitud pasiva, que probablemente se interpretó como hosquedad.
Fue idea de papá que nos quedáramos con Jason esa noche para que Sima y Eric pudieran salir solos a cenar, y fue también idea de papá que pagáramos nosotros, como gesto de agradecimiento; yo le dije que me parecía bien cualquier plan, pero que quería que quedara claro que era cosa de él, no mía. Eric y Sima accedieron de mala gana, y a vosotros os entusiasmó la perspectiva de quedaros en el hotel y pedir servicio de habitación y ver la tele. Para mí, la idea también representó un alivio: necesitaba descansar de Sima. Después de la cena, en un restaurante no muy lejos de nuestro hotel, pasarían a recoger a Jason.
Se reanudaron las peleas; quizá tú querías ver Terminator y Jason quería ver Terminator 2 o algo así, no sé. Yo había dejado la disciplina en manos de papá, pero papá parecía estar allí solo a medias, pasaba por alto vuestra agresividad. A mí me resultabais insoportables, me decía a mí misma: No puedo creer que yo sea madre de uno de estos protoadolescentes topekanos plagados de acné, con gorras de béisbol y obsesionados con el deporte; que Dios me ayude en los próximos seis años. Os pedimos unas hamburguesas carísimas, que os tuvieron callados durante unos minutos. Luego empezasteis a hacer el payaso, a pelearos un poco, aunque al menos ahora os reíais, daba la impresión de que lo pasabais bien. Decidí darme una ducha muy larga —el cuarto de baño era palaciego, un balneario—, y os dejé allí a los tres para que os las arreglarais solitos.
Al principio pensé que el griterío procedía de la película, pero de pronto me di cuenta de que pasaba algo. Cerré el grifo, me puse a toda prisa un albornoz del hotel y, al abrir la puerta, os encontré a los dos liados a puñetazos, pegándoos de lo lindo, y a papá intentando interponerse, pero sin mucho éxito; en un instante, pasé de veros a Jason y a ti como niños a veros como jóvenes, con verdadera fuerza acumulada, verdadera rabia, verdadera violencia. Los dos forcejeabais, tratabais de derribaros mutuamente, y tú, queriendo o sin querer, le diste un codazo a Jason en el labio superior. Él soltó un grito, tú retrocediste un poco; papá lo agarró, lo tendió en la cama de través y con cuidado, muy despacio, tuvo que desprenderle del labio los hierros del aparato; sangraba mucho; fue una suerte que el aparato no lo traspasara del todo. Tú te habías retirado a un rincón de la habitación y estabas reproduciendo mecánicamente todo un repertorio de chorradas masculinas —«Ya te he avisado, hijo de puta; tío, te he dicho que te apartaras»—, pero tenías lágrimas en los ojos, otra vez un niño.
Al cabo de una hora y media, Sima y Eric, los dos un poco entonados, llegaron al vestíbulo del hotel, donde me encontraron esperándolos. «Todo está en orden —dije—, pero Jason y Adam se han desmadrado y Jason se ha llevado un golpe en el labio que podría necesitar puntos; ahora están en el hospital, a solo unas manzanas de aquí». Eric empezó a lanzar una andanada de preguntas que intenté contestar, pero Sima, tras un gesto inicial de preocupación, mantuvo una frialdad absoluta. «No debería haberte confiado a mi hijo»: eso fue lo que proyecté o interpreté en la máscara en que se había convertido su rostro. Seguí disculpándome mientras íbamos a pie al hospital, yo cada vez más ansiosa por ver en Sima una señal de humanidad, pero ella, como si le hablara a una desconocida con la que se había tropezado, repetía: «No pasa nada, déjalo; los chicos chicos son».
Tú y Jason —que tenía el labio hinchado como en los dibujos animados— hicisteis las paces, no hubo más discordias ni incidentes durante el resto del viaje, aunque para mí fue un tormento. Por más que en aquel momento yo no lo hubiera creído posible, aquello fue el principio del fin de mi amistad con Sima, pese a que durante varios años traté de acceder a ella, implorándole que me dijera qué había hecho, llorando abiertamente por teléfono o en la puerta de su casa o en una cena en Steak and Ale cuando ella se dignó verme, solo dime cómo arreglar las cosas, sugiriéndole que visitáramos a un terapeuta o le pidiéramos a un amigo que mediara, todo lo que se me ocurrió, pero fue en vano; «Jane, estás haciendo una montaña de un grano de arena; solo nos hemos distanciado un poco desde que tú andas tan ocupada con tu vida profesional», etcétera; es la única verdadera amistad adulta que he perdido. No imaginas el dolor que me causó, que me causa, en parte porque lo ensombrecía el trauma que ella me había ayudado a resolver. No estoy insinuando que hubiera la menor equivalencia entre lo que hizo mi padre y el hecho de que Sima me abandonara; solo quiero decir que no podía experimentar lo segundo sin sentirlo modulado por lo primero, dada la naturaleza de nuestra relación, los borrosos límites entre terapeuta y amiga. Llevábamos ya varios años sin hablarnos cuando nos vimos obligadas a retomar brevemente el contacto debido al incidente con Darren.
La otra única parte del viaje que recuerdo con claridad es la tarde y la noche en que Sima insistió en que ellos se quedarían con Jason y contigo para que papá y yo pudiéramos salir. «Estamos deseando ver qué clase de venganza se toma Jason con Adam —comentó papá en broma—, podemos quedar directamente en el hospital», y los cuatro nos reímos, aunque incómodos. Y durante todo el rato que estuve fuera con papá, no paré de imaginar que volvíais a pelearos, que te golpeabas en la cabeza con algún canto, otra conmoción cerebral.
Papá, en cambio, pareció exhibir un entusiasmo casi delirante por disfrutar de unas horas en la ciudad los dos solos. Decidió que debíamos ir al Metropolitan, cosa que a mí no me apetecía especialmente, quizá porque lo había visitado con mucha frecuencia de niña y no estaba de humor para más recuerdos de infancia, pero no se me ocurrió nada mejor; hacía demasiado frío para andar de aquí para allá. Él quería volver a ver un par de nuestras pinturas preferidas: aquella Juana de Arco de Bastien-Lepage; aquel Duccio que a ti tanto te gusta, en el que el niño aparta el velo de la madre. Papá y yo acostumbrábamos a pasar algún que otro rato en el Metropolitan cuando él estaba aún con su primera mujer, y ahora, en retrospectiva, pienso que parte de su extraña energía de aquella tarde tenía que ver con el hecho de que Sima y él estaban cada vez más enredados; quiero decir, los dos estábamos regresando a una escena importante de la historia de nuestra relación y de su propia historia… bueno, su lucha con la fidelidad. En todo caso, el Metropolitan era una parte destacada de nuestro bagaje como pareja. Hubo un día especialmente memorable cuando tomamos hongos o ácido y deambulamos por el museo, y él medio se trastornó, pero esa es otra historia. Ahora, veintidós años después, mientras recorríamos las salas cogidos del brazo, yo estaba teniendo mi propia experiencia de despersonalización, sin drogas de por medio: una abrumadora sensación de que mis marcos de referencia se venían abajo, de que el pasado y el presente se desmoronaban y fundían. Me sentía como una niña que quería que su mamá o Sima la protegiese de su padre, y como una madre que fracasaba en el intento de proteger a su hijo, que corría el riesgo de convertirse en uno de los Hombres (no estaba cumpliendo las promesas que había hecho cuando permanecías inconsciente; no estaba aprendiendo a comportarme); simultáneamente, me hallaba allí con la abuela para que el mármol la tranquilizara («Jane estará bien») y me hallaba allí con papá en el pasado más reciente mientras lo ayudaba a destruir su hogar y en el presente como famosa gurú de las relaciones que no podía ya comunicarse en ninguna de las suyas. Yo seguía viendo los Lassiter con el rabillo del ojo, seguía vislumbrando atisbos de su pintura rosa, oyendo susurros de otro tiempo. Por fin encontramos el Duccio —creo que habían reorganizado todas las salas—, y papá hablaba a mil por hora y de pronto dejé de entender lo que decía, aunque eso no es del todo exacto. Estaba describiendo una película que había rodado o quería rodar y una fotografía antigua de su madre a caballo y unas esculturas de caballos que sus padres tenían y caballos con orejeras en Central Park y los caballos de Caballo en movimiento de Muybridge y la relación entre imágenes quietas y móviles y la aplicación del Test de Apercepción Temática a sus chicos perdidos («Voy a enseñarte unas cuantas imágenes y me gustaría que te inventaras una historia sobre cada una. Una historia con un principio, una parte central y un final») y los experimentos sobre la «visión ciega» llevados a cabo por un neurólogo amigo suyo; todos esos temas se interferían y separaban como ondas.
Un vigilante anunció que las salas iban a cerrar. En el presente, teníamos una mesa reservada para cenar en el centro, un restaurante italiano de un lujo excesivo e incómodo que papá había elegido. En el guardarropa recordé que, muchos años atrás, cuando papá tuvo su mal viaje, salimos del museo tan deprisa que nos dejamos los abrigos; casi morimos congelados. Cuando entregué a la mujer la pequeña ficha numerada, medio imaginé que nos traería aquellos abrigos de nuestros tiempos estudiantiles. Nos los pondríamos y quedarían borrados veintidós años.
Darren ayudaba a su vecino Ron Williams a trasladar cosas desde su garaje hasta su camioneta o a la inversa, principalmente herramientas y maderos. Darren puedes ayudarme con esto lo llenaba de orgullo. Cody Williams era de la edad de Darren, y aunque habían jugado juntos en el pasado remoto, Cody, un deportista callado, ahora ni reparaba en su presencia. Cody no lo defendería de estereotipos como Carter o Nowak o Davis o Gordon pero tampoco le haría ningún daño, ni se sumaría a las risas. Fueran cuales fuesen las inclinaciones de Cody no desafiaría a su padre, quien tácitamente había dejado claro que nada de meterse con Darren. A veces Cody y Darren cargaban o descargaban la camioneta juntos y Darren experimentaba una breve sensación de finalidad común, de levantémoslo a la de tres. Si Ron y Cody estaban lanzando a la canasta en el camino de acceso, Darren podía aparcar la bicicleta y observar, o quizá desmontar y recuperar el balón para ellos. Prueba a tirar, Darren.
Los fines de semana por la noche Darren pasaba en bicicleta por delante de la casa de Ron, y a la luz amarilla del garaje veía a Cody beber con sus amigos, Mandy normalmente entre ellos. A veces Ron andaba por allí fumando tabaco de liar, lo saludaba con la mano, pero nunca le llamaba para que se acercase. Si era verano y Darren estaba en su jardín, oía las risas entre el ruido de los insectos y la radio.
Hasta que un viernes de noviembre, después de descargar equipo pesado hasta el anochecer, Ron le dijo, ante la muda objeción de Cody: Quédate a tomarte una cerveza. En el garaje Darren vio que había un barril plateado dentro de un cubo de basura de goma lleno de hielo, y observó mientras Ron acoplaba el surtidor y servía. Es el cumpleaños de Cody y prefiero que vengan a beber aquí. Le dio a Darren un vaso rojo de plástico básicamente lleno de espuma, después se sirvió para él y para Cody. Ron señaló una pila de sillas plegables y Darren desplegó una y se sentó al lado del barril mientras Ron colgaba unas herramientas en los ganchos de un tablero y Cody se llevó su vaso adentro, Voy a ducharme.
Moverse solo para beber o limpiarse la espuma con la manga y calarse lo máximo posible la gorra de los Royals por encima de los ojos le parecía a Darren su mejor estrategia para seguir siendo bienvenido. Cuando Ron se rellenó el vaso rellenó también el de Darren, pero incluso sin el alcohol la sensación de júbilo y nerviosismo habría liberado en su torrente sanguíneo sustancias químicas suficientes para impedirle sentir el aire fresco del otoño a través de la sudadera. Como para celebrar la ocasión, Darren vio encenderse con un parpadeo la farola más cercana y luego copos de nieve flotar alrededor como polillas más que caer. Oigamos las puertas de los coches cerrarse y las voces de los estereotipos Nowak Carter Gordon Davis acercarse. Ron estaba allí, así que Darren no se movió. Ningún comentario, pero los estereotipos dirigieron sonrisas de sorpresa inescrutables a Darren mientras saludaban al señor Williams, uno de los padres más enrollados, daban la mano a Cody, este ya de regreso con unos vaqueros holgados y prendas deportivas de marca. Ron debe de haber entregado a Darren la pila de vasos de plástico rojos porque de pronto se encuentra ofreciéndoselos a quienquiera que se acerque al barril. Un trabajo, este sin precios. Al frente del barril, Darren, dijo alguien, solo que más que nada se mofaba de él.
¿Cuándo aparecieron las chicas, Mandy entre ellas? ¿Y cómo sabía él que vestía unos vaqueros negros, un jersey rojo con el cuello en pico, el pelo recogido muy tirante, si no la habría mirado por nada del mundo? Pero ella dijo: Hola, Darren, una sonrisa natural en los labios con brillo recién aplicado, y cuando él le tendió los vasos ella cogió uno, gracias. Por sus dos años en el instituto de Topeka o en sus colegios anteriores Darren conocía los nombres de casi todos los presentes en el garaje, aunque rara vez tenía autorización para hablarles. Déjame que te lo llene yo, dijo Kyle Fulton, y eso hizo. Salud, tío, pillemos una cogorza. El metal de la cerveza suave en la boca de Darren, como cuando se llevó a la lengua una pila de nueve voltios.
Stan le había infundido un montón de ira con respecto a la música rap y todos esos blancos impostores a los que ahora les encantaba, pero lo que salía del estéreo le daba, como los carritos del supermercado o el cierre de la caja de munición o una de esas raras frases suyas que por alguna razón conservaban su sentido con el tiempo, esa sensación de pertinencia gracias a la cual Darren se sentía de su edad, se sentía de su grupo de edad, la misma edad que tenía su cuerpo, ahora su cuerpo con la noche. Darren no se había movido de su silla pero tenía la visera de la gorra un poco levantada y vio que algunas de las chicas aunque no bailaban en el garaje frío cabeceaban o se agitaban un poco al compás. La intensidad del deseo que eso le inspiró estuvo más cerca de la realización de ese deseo que cualquier cosa que hubiese experimentado antes. Darren en ese garaje, en su silla, el siglo pasado, su felicidad. Todos los ojos puestos en mí, decía la música.
Luego Davis le ofrecía tabaco, eh tío qué pasa. Sin resentimiento por lo que ocurrió el verano pasado. Gordon asintió con la cabeza. Darren sabía que debía estar en guardia, pero cuando la chica que se llamaba Amber dijo déjame verte el pelo, le quitó la gorra y deslizó los dedos con puntas de rubí a través o al menos por encima de la mata apelmazada negra no lavada ni cortada recientemente se sintió tan abrumado por la pura sensación que en ese momento poco le importaron las risas dispersas. Otros empezaron a intentar que hablara, dónde compraste esa pasada de botas, es eso un chupetón o un morado, todavía practicas artes marciales. Deberías salir más con nosotros, Darren. Sí, estamos hartos de ver siempre a los mismos gilipollas durante todo este último curso del instituto. Él se limitaba a reírse cada vez que los demás se reían, seguía bebiendo del vaso que ellos seguían rellenando.
A causa del alcohol y la pura euforia, se producía un retraso cada vez mayor entre la experiencia y el momento de registrarla conscientemente, tanto fue así que Darren se dio cuenta de que la fiesta había terminado justo cuando lo animaban a que montara en la parte de atrás de un Jeep Cherokee, Nowak al volante, Laura en el asiento del copiloto, ahí está el color cereza de su Marlboro Light, Davis junto a él en la parte de atrás, ofreciendo una botella de vino Mad Dog 20/20 Coco Loco, los bajos de lo que Nowak llamaba su equipo vibrando en el pecho de Darren, todos los ojos puestos en mí. Es como si para cuando el aire frío que entra atronadoramente por el techo solar que Nowak ha dejado abierto para que salga el humo Darren tomara conciencia de que están en la I-70 de que han llegado ya a Clinton Lake a unos treinta y cinco kilómetros, principalmente estudiantes de último curso bebiendo en torno a una hoguera, chispas que saltan crepitando de la naranja de Osage, unas cuantas parejas magreándose encima de mantas, la misma música procedente de otro equipo. Solo cuando se da la vuelta para tumbarse de espaldas después de haber estado vomitando sin esfuerzo sobre la hierba en algún lugar más allá del círculo resplandeciente de la fogata oye realmente que los demás corean Darren, Darren, Darren. Y ahora cierra los ojos ve las estrellas.