El instituto Topeka
Estudiando en Nueva York
(JONATHAN)
Volábamos en círculo sobre el JFK, esperando permiso para aterrizar; el atasco se debía al mal tiempo; nos hallábamos en la cola de una tormenta, suspendidos en aire turbulento. Entrábamos y salíamos de las nubes. Las luces de la ciudad visibles abajo, luego nos envolvió un gris oscuro. Luego otra vez las luces. Resultaba extraño avistar otros aviones que volaban en círculo a corta distancia; era como ver nuestro propio avión desde fuera, como si pudiera atisbarme a mí mismo enmarcado por una ventana oval iluminada, primera y tercera persona. Aceleramos y después redujimos la velocidad, aumentamos y disminuimos de altitud, tal vez en busca de aire más estable. Cada cinco o diez minutos, el comandante: Disculpen, señores pasajeros; esperamos tomar tierra en breve. Sus anuncios se parecían tanto entre sí que se convirtieron en un único anuncio, que solo sirvió para que el tiempo pasara más despacio, o para evitar que pasara. Los auxiliares de vuelo habían recorrido hacía rato los pasillos para recoger los últimos restos de comida y bebida, para decirnos que plegáramos las bandejas, que volviéramos a poner los respaldos de los asientos en posición vertical, y posteriormente habían regresado a sus propios asientos a fin de prepararse para el aterrizaje que nunca llegaba. Concebí la fantasía de que habían abandonado de algún modo el aparato, junto con el piloto y el copiloto, de que solo quedábamos los pasajeros oyendo una grabación. Al final se acabaría el combustible, nos estrellaríamos en Queens. La cabina estaba en penumbra; algunas personas, milagrosamente, dormían, incluida la mujer menuda sentada junto a mí bajo la manta azul de la compañía aérea, similar a una manta de hospital, propiedad de la Fundación; roncaba con la boca abierta, el ronquido de una mujer mucho más corpulenta, con lo que parecía que la voz estuviera siendo doblada. Otros leían periódicos o voluminosos thrillers en tapa dura —pero ¿cómo podían leer?— bajo los focos de luz del techo. Tal vez solo fingían leer. (A menudo sospechaba que la gente solo imitaba los movimientos de la lectura, o remedaba la quietud propia de la lectura; ¿fingía yo leer de niño, tal vez como un recurso para huir de algo, de la ira de mi padre? Mientras caminaba por la biblioteca durante el posgrado, pensaba: Ni uno solo de vosotros, si os cerrara el libro, sería capaz de decirme qué acaba de leer. Técnica de imitación aplicada a la lectura. Y cuando yo mismo leía, tenía clara conciencia de que otros me observaban, de que interpretaba el acto de concentración, lo cual naturalmente me distraía de la página).
El avión dio una brusca sacudida —el golpeteo del equipaje de mano en los compartimentos superiores; algunos ahogaron exclamaciones— y se estabilizó. Yo iba agarrado a los dos reposabrazos metálicos. Por lo regular, yo permanecía indiferente a los movimientos bruscos del aire, tanto es así que ahora me sorprendía mi incomodidad; pero es que casi nunca viajaba solo en avión, me acompañaban siempre Jane y Adam, que detestaban volar, tenían miedo a las turbulencias. ¿Acaso me relajaba solo cuando iba con alguien inquieto, cuando sabía que sería útil que yo conservara la calma, que calmara? Ahora solo, sobrevolando en círculo la ciudad entre los pasajeros que dormían y los que fingían leer, abandonados por la tripulación, a la deriva debido a la ausencia de alguien que me necesitara, sentí lo que solo puedo describir como nostalgia. En el aire entramos en regresión. Necesitaba a mi madre, mi mamá, mi mami.
La primera vez que viajé a Nueva York en avión, ella se sentó entre mi hermano y yo para evitar que nos incordiáramos mutuamente; yo tenía dieciséis años, el futuro revolucionario tenía catorce. Íbamos bien vestidos; por aquel entonces todo el mundo se ponía su mejor ropa para volar. Como para ir al templo o la iglesia, tocar el rostro de Dios; ahora se ve a familias enteras en chándal, pijama, con esas almohadillas para el cuello; una forma de regresión. Las hélices ensordecedoras. La cabina llena de humo de tabaco, ceniceros en todos los reposabrazos. Recuerdo que las comidas durante el vuelo eran elaboradas: los cubiertos auténticos, una pequeña flor natural en la bandeja. Quizá volábamos en clase business, si es que eso existía en aquellos tiempos. Regresábamos a Estados Unidos después de dos años en Taiwán, donde mi padre era diplomático de bajo nivel en Asuntos Exteriores. No recuerdo por qué él viajó a casa por separado, qué excusa dio.
En los años cincuenta, incluso un diplomático de bajo nivel en Taipéi vivía como un rey: cocinera, criados, chófer. Vivíamos en un amplio bungalow de estilo estadounidense en un barrio de casas prácticamente idénticas, ocupadas todas por extranjeros, sobre todo estadounidenses, unos cuantos británicos. Jardines con el césped recién cortado resplandecientes de sustancias venenosas. Un día estoy en Chevy Chase, disparando con una escopeta de aire comprimido a las ardillas en nuestro jardín lateral, practicando la técnica del beso con Jackie Captain, que vivía unas casas más abajo, aprendiendo a conducir en el sedán Packard (mi padre me enseñaba a circular a poca velocidad en los aparcamientos de grandes almacenes, risas compartidas poco comunes), y al día siguiente me llevan en un Imperial negro reluciente por las bulliciosas calles de Taipéi, dispersando palanquines y vendedores ambulantes y cabras y pollos, me lleva a la Escuela Internacional de Taipéi el chófer Chang, que no le ahorraba bocinazos a nadie, que se dirigía a mí, un chico larguirucho y granujiento, como «Señor Caballero». («Al mirar usted un automóvil nuevo, flamante, ¿se ha parado alguna vez a pensar que, en los incontables miles de generaciones que precedieron a este siglo, ni siquiera los reyes más poderosos de la tierra podrían haber tenido uno como ese? Ni podrían haber volado en avión»). En la escuela estadounidense no había chinos, excepto por los bedeles, quizá una secretaria o dos; el chino ni siquiera se enseñaba como idioma, solo el francés y el latín; los alumnos eran principalmente hijos de funcionarios. Mi inmediato enamoramiento de Donna Selkie, la curva donde su hombro se convertía en su pecho. Mi asignación, un fajo de papel moneda multicolor de poco valor sujeto con una goma elástica, una pequeña fortuna para los lugareños. La forma en que el criado, Lin, aparecía en silencio en nuestro amplio salón enmoquetado de blanco con una bandeja de plata para ofrecer gin-tonics a los adultos, limonadas a los niños. Caballos encabritados en jade rojo flanqueaban la chimenea; en las paredes colgaban un pergamino de una escena de montaña, otro de un ave posada en una rama, con una baya roja en el pico, pero también algunas obras incongruentes: pinturas impresionistas falsas que habíamos enviado en barco y el grabado de Chagall de mi madre. Teníamos una piscina en la parte de atrás; ahí está otra vez Lin con su bandeja de plata, pequeños cuencos de madera con frutos secos caramelizados junto a las bebidas. Mi madre, con un bañador de una pieza azul oscuro y gafas de sol de ojo de gato, pasaba las páginas de una revista de modas en una hamaca. (En una ocasión, un asomo de vello púbico en torno al borde de su bañador, un arranque de ira por que ella me «obligara» a ver eso). ¿Por qué no se metía nunca en el agua? Te levantabas por la mañana y te cepillabas los dientes, y cuando volvías a tu habitación la cama ya estaba hecha. Durante las cenas con múltiples platos de pato y pargo colorado y estofado de cerdo, los chicos podíamos levantar la mano en cualquier momento y pedir una hamburguesa. Cada noche podías tomar helado con frutas y nueces, aparecía una especie de bandeja giratoria con aderezos: almendra laminada, crema batida, perlas de azúcar. Lin añadía la guinda personalmente.
Confío en que pronto podamos tomar tierra, señores pasajeros. Creo que el trabajo de mi padre consistía principalmente en organizar visitas para versiones más importantes de sí mismo; le correspondía asegurarse de que el señor X disponía de todo lo que necesitaba, la habitación idónea en el Grand Hotel, una con balcón, el chófer más fiable, el que hablaba bien inglés, que la señora X, cuando tuviera las inevitables molestias estomacales, fuera trasladada a la clínica idónea, que la pareja posara para las fotos idóneas: aquí estamos delante del templo Longshan, aquí estamos en la calle Dalong, en el templo de Confucio (que parece antiguo, pero se reconstruyó en 1939; la voz de Klaus: Una finísima línea entre la conmemoración y el borrado). Pensábamos que la vaguedad del trabajo de mi padre era prueba de su importancia; ¿quizá, comentábamos mi hermano y yo en susurros, era de la CIA? Sin duda otras personas que rondaban por allí eran de la CIA, tenían que serlo, incluido Jim Selkie, que hablaba chino con fluidez: una señal inequívoca. Jim casi nunca estaba, siempre andaba de viaje por imprecisos motivos profesionales. (El pobre Paul Conway, una especie de asesor comercial, que impresionó a todo el mundo con su determinación de aprender el idioma; se enclaustró para estudiar chino solo con libros; cuando salió al cabo de un par de meses, hablaba por los codos… pero en cantonés, no en mandarín; ups. La gente se limitaba a sonreírle educadamente. En cualquier caso, su pronunciación habría sido ininteligible).
Las bandejas de plata, los carritos con las bebidas, como el del avión, solo que más bonitos: la happy hour era a las cinco, salvo los fines de semana, que empezaba antes. Siempre se dejaba caer alguien por casa, o nos dejábamos caer nosotros por otra casa, donde nos acomodábamos junto a una piscina idéntica a la nuestra, agua turquesa a la luz de tikis. El «hombre» de alguien salía con hielo nuevo, limas, otra botella de tónica o sifón. Vaciaba y sustituía ceniceros. ¿Sonaba música? ¿«Unchained Melody»? Había cigarrillos y vasos de whisky o copas de martini en las manos de todos los adultos. No sé si nosotros los niños veíamos como borrachos a los mayores, pero sí éramos conscientes de su distancia, la dimensión histérica de esta. Como aquellos dibujos animados de Charlie Brown donde las voces adultas son solo una especie de «bla, bla, bla», probablemente una trompeta o un trombón; nos dirigían la palabra muy de vez en cuando, pero lo experimentábamos como sonido articulado sin significación. Mi hermano, quizá retado por mí, se lanzó una vez en bomba, totalmente vestido, a la piscina de un vecino, salpicando y empapando a los invitados; solo dio lugar a estridentes carcajadas entre los adultos achispados, incluido mi padre, que en Maryland lo habría azotado con el cinturón por un espectáculo así. Donna Selkie, cabello trigueño con un tirante moño, sentada una noche junto a mi madre; a Donna le habían servido una bebida semirreal, un dedal de ginebra mezclado con sifón; cuáles son sus planes para la universidad, pregunta algún diplomático, esforzándose en no arrastrar las palabras, inclinándose para oírla mejor, apoyando una mano en su muslo. Mi padre doblando la esquina de la casa una noche cogido del brazo de la mujer de otro hombre, «Creo que te gustará ver la glicina», de pronto parándose para admirar su collar, cogiendo el pequeño colgante y separándolo de su clavícula… para descubrirme a mí entre los arbustos fumando uno de los cigarrillos de Lin, que este había accedido a entregarme de mala gana. Mi padre se limitó a quitármelo de la boca, dijo que se lo terminaría él, me ordenó que volviera a la casa; en Estados Unidos me habrían castigado sin salir todo un mes.
Éramos representantes del país más poderoso del mundo, el poder estaba en cada una de nuestras células, véase cómo hacían reverencias los «nativos», su gratitud por nuestra fuerza supuestamente civilizadora, el futuro era nuestro. Pero además éramos judíos, una de las dos familias judías del barrio, del complejo, de la urbanización, y hacía solo quince años los hornos estaban aún en funcionamiento. Más adelante yo consignaría las pérdidas lejanas en un genograma. Y nos hallábamos a menos de dos mil kilómetros de Hiroshima, más cerca aún de Nagasaki. (Volando en círculo sobre el JFK, imaginé que nuestro avión tenía un compartimento para bombas, que estábamos esperando el momento adecuado para soltarlas). Nunca oía hablar de los campos de concentración ni de las bombas, ni en las casas estadounidenses ni en la Escuela Internacional de Taipéi. El esfuerzo colectivo de la represión era tremendo, hacía indispensable el alcohol. Un optimismo intenso pero sin contenido sobre el futuro era la única protección contra el pasado reciente, en el que todos los regímenes de valor se habían desmoronado, mediante gas o radiación. Represión pública, represión privada: lo que yo sabía y a la vez no sabía era que mi madre estaba enferma; la versión oficial era que había enfermado en Estados Unidos pero ya se encontraba mejor, que los años en el extranjero serían un merecido descanso; pero los niños sabíamos que no se había curado, aunque nadie pronunció nunca —ni siquiera ya cerca del final— la palabra «cáncer» en nuestra presencia. Durante esos dos años mi madre tenía por lo general buen aspecto, pero su peso fluctuaba, su sonrisa era demasiado inmutable, demasiado como una máscara, como una madre disimulando su miedo a las turbulencias.
Les habla el comandante. James Toomey, hijo de un contralmirante, capitán del equipo de baloncesto International Tigers de Taipéi, que solo jugaba contra otras escuelas internacionales de la isla, llevaba siempre pegado a sus talones a otro chico, un tal Robert Russell. Russell era un gigante con pocas luces y pelo a cepillo, un Lenny del George de Toomey. Solo que Toomey siempre estaba instigando a Russell, retándolo a comerse una sanguijuela o a agarrarle los pechos a una chica o a echar laxante en la taza de café de un profesor. Un día, en un monte cercano a la escuela, Toomey entregó a Russell su rifle de calibre 22 y dio instrucciones al hombre-niño para que disparara contra casi todas las vacas flacas del rebaño de un granjero local. Yo, apocado como era, vi parte de aquello antes de huir, con lágrimas en los ojos; un estampido, más la detonación de una pistola de juguete que de un arma, y acto seguido una vaca hincaba una rodilla, se tendía, extrañamente serena, mientras Toomey seguía bramando órdenes a Russell como un oficial al mando. (Cada vaca moribunda hablaba con los ojos, «dos grandes ojos castaños. Su dulce mirada hablaba de nobleza, resignación y tristeza, y frente al visitante —el estadounidense— expresó un auténtico y soberano desprecio»).
El granjero, cuya vida, o al menos medio de vida, había sido destruido, se presentó, para asombro de todos, en la Escuela Internacional al día siguiente, gritando, llorando; me dijeron que lo que pedía no era una compensación, ni que Russell fuese castigado, sino que alguien se disculpara, lo mirase a la cara y se disculpara. No recuerdo qué ocurrió más allá del hecho de que los chicos se burlaron del granjero en una jerigonza seudochina a lo Jerry Lewis, imitaron su manera de cruzar los brazos y negarse a moverse hasta que la policía se lo llevara a rastras. (La mitad de lo que salía de las bocas de los adolescentes estadounidenses era esa parodia racista de lenguaje). Quizá alguien sacó unos cuantos billetes multicolores de un fajo y le dijo que se largara; quizá no le dieron nada; quizá le dieron una paliza. Los chicos chicos son, dijo mi padre. Los chicos chicos son, dice Confucio. (Corrían innumerables chistes sobre Confucio: Cepíllate los dientes, dice Confucio, etcétera). Por otro lado: una regresión arcaica. Recuerdo un enfrentamiento entre un par de muchachos lugareños y unos cuantos Tigers, quizá amigos de Toomey; alguien robó una bicicleta a alguien, o al menos fue acusado de ello; los detalles se han perdido. Cuando Russell y otro Tiger empezaron a moler a palos a uno de los chicos taiwaneses, este sencillamente lo aceptó, agachándose de vez en cuando, pero sin devolver nunca un golpe. Y sus amigos se quedaron inmóviles, fumando aquel tabaco local, Banana; no solo pasivos sino impasibles. Nadie iba a pegar a un chico blanco. ¿De verdad hubo una función escolar en la que los chicos llevaban la cara pintada de amarillo?
Podíamos ir a donde quisiéramos, pero nunca podíamos penetrar en la imagen que nuestro poder proyectaba, así que en cierto sentido no íbamos a ninguna parte; casi todo lo que yo veía era a través del cristal de la ventanilla del Imperial, que por supuesto Chang mantenía impoluta. Incluso cuando deambulábamos por aquellas calles que nos habían dicho que debíamos evitar, la gente nos cedía el paso, no quería problemas. Ni siquiera existíamos en la economía; o bien nos cobraban un quinientos por ciento más del precio de mercado por unos dumplings, o bien nos los daban gratis. Estados Unidos era una enorme institución; no tenía exterior. A cada semana que pasaba, los adultos se distanciaban más de nosotros. Me hice buen amigo —las amistades eran como las de campamento de verano, una intimidad rápida y desesperada — de Frank Selkie, que era mucho más aventurero que yo, que incluso hablaba un poco el idioma, que me ayudó a desenvolverme un poco. El hecho de que yo estuviera obsesionado con su hermana fue un extra: entrar a hurtadillas en el cuarto de baño por la noche cuando me quedaba a dormir para hundir la cara en su toalla, inhalar el aroma de su champú Prell, la humedad transferida desde su cuerpo; me masturbaba de la manera más silenciosa posible, corriéndome en el lavamanos; siempre tomaba la precaución de tirar de la cadena por si alguien estaba escuchando.
Los Selkie no tardaron en convertirse en la familia con la que manteníamos una relación más estrecha en Taipéi; se pasaban por casa sin avisar, sin que ello quisiera decir que estábamos «recibiendo visita»; nadie tenía que cambiarse para la cena. Pronto ya ni siquiera escondía el tabaco. ¿Era Eleanor Selkie la mujer con quien estaba mi padre cuando me sorprendió fumando un cigarrillo de Lin? Eleanor era la amiga más íntima de mi madre. Tres tardes por semana daban clases gratuitas de mecanografía a las jóvenes taiwanesas. Salían juntas de compras y hacían todo lo que hacían las esposas de los diplomáticos; recuerdo que asistieron a un curso de tejido de bambú, y nuestro salón se llenó de cestas. Lin siempre se aseguraba de que contenían fruta fresca. Veo los caquis en la larga mesita de centro de palisandro, la mesa que posteriormente mi padre nos regaló a Rachel y a mí.
Frank rebosaba energía; convencía a un camionero taiwanés para que nos llevara a Hsinchu u otra ciudad cercana y tomábamos sopa de sepia y cerveza en un mercado nocturno, luego volvíamos otra vez a dedo; si mal no recuerdo, uno podía parar a casi cualquiera. Una vez hicimos novillos y salimos con unos camaroneros de la bahía de Qianshui; el mar estaba un poco encrespado —«oleaje moderado», no mucho peor que el aire por encima del JFK—, y me pasé una hora vomitando por la borda mientras los profesionales fumaban y me observaban con una mezcla de aburrimiento y fascinación que yo asocio con los visitantes de un zoo.
Luego estaba Beitou: Frank y yo pensábamos, hablábamos incesantemente sobre Beitou. Las bailarinas de Beitou. O Peitou. Era otra ciudad, o simplemente otro distrito de Taipéi. Eran famosas sus aguas termales, uno podía decir que eran su destino, pero todo el mundo sabía que algunas de las casas de baños eran burdeles donde, pagando, uno podía darse un «revolcón acuático». Frank sostenía que él ya había perdido la virginidad con una de las «mujeres perdidas», una mentira tan evidente que ni me molesté en rebatirla. Con más temor que entusiasmo, presentí que al final tendría que ir allí, que no había forma de eludirlo, que me debía a mí mismo volver a Estados Unidos convertido en un hombre, que aquella era la única manera concebible. Frank y yo fuimos al menos dos veces al distrito en lo que, después de arredrarnos, decidimos llamar misiones de reconocimiento. Los dos veíamos todo aquello con pesimismo, casi con desaliento, como si nos preparáramos para combatir en una batalla o someternos a una operación quirúrgica.
El acontecimiento en sí, que tuvo lugar a finales de mi primer año de instituto, fue brumoso incluso en su día, gracias a una botella de Kinmen: alcohol de grano, como disolvente en la lengua. La habitación estaba revestida de madera, la cama era muy baja. Un olor a incienso. La chica, delgada, más o menos de mi edad, llevaba el cabello largo en un estilo pretendidamente occidental, con un flequillo largo, y se tendió de espaldas, en bragas y sujetador, ambas prendas muy blancas. ¿O estaba envuelta en una toalla? Yo permanecí allí inmóvil, paralizado. Al final se levantó y se acercó a mí, me la mamó durante unos segundos, un momento turbador, y luego procedió a realizar un trabajo manual como si tal cosa. Recuerdo que la miré desde arriba; fijé la vista en la raya del pelo, la blancura de su cuero cabelludo. Me preocupaba estar demasiado borracho. Entonces, de repente, caí en la cuenta de que los gritos que oía eran los míos mientras algo parecido al placer recorría mi cuerpo; cerré los ojos para visualizar mejor a Donna. Había un lavabo, donde ella fue a lavarse las manos y la cara. Después regresó a la cama y encendió un cigarrillo y fumó mientras yo no paraba de decir sandeces en medio de una oleada de alivio y culpabilidad. Hablé y hablé. Poco después Frank y yo corríamos por las calles —estaba lloviendo o había llovido; resbalábamos una y otra vez sobre la piedra mojada—, eufóricos por nuestro triunfo. Describí con todo detalle cómo «la mía» había gritado de placer mientras follábamos.
La culpabilidad fue una sorpresa, su intensidad, el impulso de confesar: confesar concretamente a mi madre, quien yo pensaba que podía absolverme. Todos esos recuerdos de acercarme a ella, casi decirle dónde había estado, aunque no exactamente lo que había hecho. Dirigirme hacia la butaca grande y verde donde ella se sentaba a leer o a fingir que leía. Quedarme de pie en el umbral de la puerta de su dormitorio donde ella, encorvada sobre su escritorio, escribía postales para enviar a Bethesda. Estaba el sueño en que la chica de Beitou o Peitou llamaba al timbre de casa durante una fiesta, sosteniendo en su mano extendida una pequeña caja envuelta para regalo. Lin la dejaba entrar, se hacía el silencio. ¿Qué contenía? ¿Una alianza nupcial? ¿Semen? Para mí, esa culpabilidad estaba relacionada de algún modo con lo que yo sabía, al menos semiconscientemente, que ocurría entre mi padre y Eleanor. Yo había cometido algo así como una mala acción sexual, estaba convirtiéndome en un hombre, mientras que el hombre de la casa, como era propio de los hombres, traicionaba a mi madre, que estaba enferma, a la que nosotros enfermábamos. Estaba el sueño en el que Frank y yo regresábamos a la casa de baños y allí descubríamos, cuando se nos permitía la entrada, que era la casa de mis padres en Chevy Chase, y nos recibía mi madre y nos preguntaba si nos apetecía una cerveza de raíces mientras esperábamos. Entretanto, yo deseaba que Donna lo supiera, pensaba que así aparecería ante sus ojos como una persona experimentada, madura, misteriosa. Estaba cada vez más obsesionado con ella, pero sombríamente, porque era la hija de Eleanor; el deseo adolescente quedaba atrapado en una red de relaciones entrecruzadas cuya sobredeterminación afectaba a casi todo intercambio. Y ahora mi madre y mi padre se peleaban, los oíamos desde el piso de arriba, alzando la voz, un vaso haciéndose añicos contra la chimenea que no utilizábamos. Me pregunto dónde se reunían mi padre y Eleanor para sus citas. ¿Un hotel? ¿La embajada? Al margen de lo que Donna supiera —sobre las casas de baños, sobre nuestros padres—, empezó a interesarse por mí, o a sufrirme, tanto si languidecía por individuos como Toomey como si no. Magrearse en la plataforma de observación del lago Bamboo. Forcejear con su sujetador en la oscuridad artificial del cine durante alguna sesión de tarde doblada. Tal vez La mujer y el monstruo. Le metí un dedo en el asiento trasero del Imperial una noche cuando estaba aparcado en el garaje. Donna Selkie, quien, dos años después de la muerte de mi madre, pasaría a ser mi hermanastra cuando por fin Eleanor abandonó a Jim por mi padre. Se casaron en el Ayuntamiento, siendo Frank el único testigo. Al año siguiente conocí a Jane.
Uno de los aviones que volaba en círculo sobre el JFK esperaba a aterrizar en 1961, la primera vez que yo me acercaba a la ciudad desde el aire, mi cabeza con el pelo a cepillo contra la ventanilla oval, cuyo cristal vibraba por efecto de la hélice; los soviéticos acababan de detonar la Bomba del Zar, la mayor explosión de la historia obra del hombre; a mí, todas las nubes me parecían hongos nucleares. Y uno de los aviones que volaban en círculo aguardaba su turno en el invierno de 1991, la última vez que viajé a la ciudad, habiéndose prohibido recientemente fumar durante el vuelo, yo en medio de Jane y Adam, Sima y su familia dos filas por detrás, el bombardeo aéreo de Irak en su vigésimo día. Un atisbo del perfume de Sima, si era perfume, perceptible de algún modo en el aire encapsulado y viciado del avión: sándalo, lluvia. Un pequeño rasgo flotante de otro mundo. Verla pasar junto a nuestros asientos en dirección al lavabo a través de una zona de aire revuelto, cómo la turbulencia no afectó la desenvoltura de su andar. Sus brazos, en lugar de contribuir al esfuerzo de mantener el equilibrio, se alzan hasta detrás del cuello, confirman la presencia del colgante, lo reacomodan ligeramente. Era una moneda antigua, quizá griega, un dracma engastado en oro, pero Sima acostumbraba a esconder el colgante en la espalda, justo por debajo de la nuca, para que diese la impresión de que solo era una cadena fina. Cuando hablaba, a veces se llevaba la mano a la moneda, la deslizaba hacia delante; si hablaba sobre algo intenso, íntimo, en ocasiones, sin pensar, en respuesta a un impulso infantil, se lo acercaba a la boca, lo mordía con delicadeza, como si tasase los metales. Quizá eso solo ocurrió una o dos veces; quizá yo había reproducido en bucle la imagen en mi cabeza.
El cambio se operó poco después de publicarse el libro de Jane, en el campus de la Fundación. Pasé por delante de Sima —acababa de mantener una reunión con el doctor Tom— sin darme cuenta de que ella estaba allí, fumando en un banco frente a la torre del reloj, y me llamó. Pronunció mi nombre en voz baja, como dándome permiso para simular que no la oía. Y supe, al instante, que no debía volverme; una sensación en la parte baja del estómago, mitad ansiedad, mitad excitación; una voz queda dijo en mi cabeza: «No». No ¿qué? Era la mejor amiga de mi mujer; nuestras familias pasaban juntas casi todos los fines de semana; habíamos charlado antes un millón de veces. Ella era indiscutiblemente guapísima pero no existía una atracción especial; no éramos compatibles; ella era una elegante analista que escribía sobre Wilfred Bion; yo era un especialista en chicos perdidos.
No hubo una atracción hasta que la hubo; me senté y hablamos de trivialidades, pero ahora los escasos centímetros que nos separaban eran pura estática; mi imaginación, no, mi conciencia de la presencia de su muslo bajo la seda blanca de su pantalón; apenas podía mirarla; posé la vista en el reloj, en los árboles, cada hoja más nítidamente delineada ahora que unos minutos antes. El contenido de esa conversación —debió de durar unos veinte minutos — ha quedado en el olvido, pero fue la primera vez que me fijé en que se llevaba la mano a la nuca en busca del colgante, lo deslizaba hacia delante. Ese detalle estableció una diferencia, señaló un cambio. Y fue el principio, nuestros encuentros, nuestros paseos por los jardines. Privados, pero a la vista de todos.
En la primera etapa, Eric era un tema, posiblemente porque era algo seguro e inseguro a la vez; un reconocimiento de nuestra relación delimitada y un desafío a la misma. «¿Te he hablado alguna vez de cómo nos conocimos, de que su novia, que me conocía un poco de una clase en la que habíamos coincidido y en la que a menudo discrepábamos, una clase sobre psicoanálisis y literatura, borracha en una fiesta de estudiantes de posgrado, sus dientes manchados de vino tinto, insistió una y otra vez en que yo le hacía ojitos a él (una bonita expresión, ya anacrónica por entonces)?; en realidad yo apenas me había fijado en él, ciertamente no sentía interés sexual. Pero su novia estaba tan borracha y fue tan insistente que él, después de que ella se marchara malhumorada con unas amigas, se acercó a mí para disculparse; así empezó todo». ¿Cuál era la moraleja de esa historia, el sentido de esa prehistoria? ¿Que su conexión con Eric era tenue, fundada en un error de reconocimiento? ¿Que todo deseo en cierto sentido lacaniano conlleva un error de identificación? ¿Que la gente proyecta en Sima sus propios temores y deseos? No era propio de mí cavilar, enredarme en espirales analíticas, pero una hora con Sima alimentaba setenta y dos horas de pensamiento obsesivo. Una noche, ya tarde, cuando Jane telefoneó a Eric para plantearle una pregunta médica sobre Adam, caí en la cuenta de que mi conciencia se hallaba en el extremo equivocado de la línea: yo estaba con mi mujer y mi hijo, pero mi mente se representaba a Sima medio despierta al lado de Eric: su cabello esparcido sobre la almohada, una ligera porción de sus labios, la curva donde el hombro convergía con el pecho.
Mi función era escuchar. Ella escuchaba a todos los demás, pero me hablaba a mí; ese era en principio mi don, hacer que la gente se sintiera escuchada, pero aquello era más complicado, conllevaba transferencia, transgresión: ella hablaba a Klaus a través de mí, quizá lo deseaba a través de mí, un cuerpo de la edad de ella. Yo lo intuía. Y Sima me decía lo que sentía que no podía decir a Jane y, al invitarme a su intimidad, castigaba a Jane por ese sentimiento. En cuanto las «consultas» entre ellas situaron a Sima en el papel de terapeuta, a Jane en el de paciente, para Sima resultó imposible compartir, como había hecho en el pasado, su propia experiencia emocional con Jane. Sima vivía eso con resentimiento, al margen de que fuera en parte obra suya. Esas conversaciones sobre el padre de Jane removieron la conflictiva relación de la propia Sima con su padre; Jane era la persona a la que Sima, en el pasado, habría confiado esos mismos sentimientos. Habría sido posible, con el tiempo habrían podido reacomodar sus posiciones, si Jane no se hubiese hecho famosa. Pero cuando el libro alzó el vuelo, Sima se sintió como si la hubieran sacrificado: ella había desaparecido en el papel de terapeuta para ayudar a Jane a sanar, mientras que Jane había obtenido la clase de fama que su propio padre tal vez habría valorado finalmente. Envidiaba a Jane, dijo Sima, porque me tenía a mí, una persona que escuchaba, que sabía atender a los sentimientos, mientras que para Eric todo era dopamina y serotonina, todo se reducía a mantener el equilibrio químico adecuado, encontrar la pastilla mágica. Por eso el padre de Sima había aprobado a Eric («Eric es la única de mis decisiones que recibió el apoyo de mi padre, y una de las pocas en las que pareció fijarse»); esa era una de las razones por las que su matrimonio se había distanciado cada vez más.
Yo percibía esas dinámicas, pensaba que percibirlas en cierto modo me protegía, que es el estúpido error que cometen los psicólogos, un error muy habitual en la Fundación; pensábamos que si disponíamos de un lenguaje para nuestros sentimientos, podríamos situarnos por encima de ellos. Más bien los alimentábamos. Yo podía explicar nuestra mutua catexis en relación con el éxito de Jane. Podía explicar mi repentina e intensa dedicación a Sima como una repetición del comportamiento de mi padre. Y tuve que reconocer el hecho, y reprenderme por él, de que si traicionaba a Jane, mi traición a Rachel formaría parte de una pauta más que ser indicio de una única corrección de la trayectoria. Tal vez yo era un hombre que buscaba madres sustitutas y luego las abandonaba como mi padre. (Íbamos a visitarlos a Maine, a mi padre y Eleanor, y yo nunca mencionaba a mi madre, era incapaz de obligarme a pronunciar su nombre, como si su nombre fuera cáncer). Pronto Sima y yo estábamos procesando la sobredeterminación de nuestra relación durante una comida y luego, esa misma tarde, viéndonos para procesar el almuerzo durante un paseo. Sin esconder nada para esconderlo todo. Jane viajaba a menudo por el libro. Yo dejaba caer ante Jane alusiones —tanto voluntarias como involuntarias— a mi naciente intimidad con Sima, y luego me encolerizaba que a ella no pareciera preocuparle (cólera que yo ocultaba). Más tarde, cuando sí pareció preocuparle, también me encolerizó: ¿En serio estás insinuando que yo, etcétera? Pronto Sima empezó a pasarse por mi consulta cuando sabía que yo no estaba ocupado. Nuestra primera puerta cerrada. Para el resto del mundo, estábamos en consulta. Entonces un día ella está de pie mirando por la ventana, hablando de una película que ha visto, que quería ver conmigo, se lleva el colgante a los labios. Y tal vez ese sea el día en que yo me levantaré y me dirigiré hacia ella. Cerraré la persiana de lamas. Me apretaré contra ella por detrás. Le quitaré el colgante de la mano, de la boca, y lo desplazaré hacia atrás y luego tiraré un poco, ejerciendo presión con la fina cadena. Para evitar el riesgo de que se rompa, ella echará la cabeza hacia atrás, momento en el cual la besaré, deslizaré la lengua por sus dientes.
Pero suena el teléfono, sonó el teléfono, y desapareció, en el acto, todo entre Sima y yo. Pasé la mayor parte del tiempo que él permaneció inconsciente suplicando perdón en una silla de hospital tapizada de plástico: Si alguien de la familia tiene que morir, que sea yo; si Adam se recupera, prometo que nunca volveré a apartar la atención de mi mujer y mi hijo; nunca, ni por un instante, envidiaré el éxito de Jane. No me convertiré en uno de los Hombres, no dejaré que él se convierta en uno de ellos; tan solo permite que se ponga bien y me comportaré. Pidiendo perdón no a Dios, sino a mi madre. Y cuando Sima vino al hospital al día siguiente después de la larga pesadilla y Jane y ella se abrazaron, me asombró que la energía entre nosotros hubiera quedado totalmente erradicada. Jane y ella habían regresado de golpe a la posición correcta, volvían a ser amigas íntimas. Eric nos tranquilizaba; agradecíamos su calma, su competencia, su aplomo. Formábamos un cuarteto que se apoyaba mutuamente, nos centrábamos en nuestros hijos. Adam —que en ese momento empezaba a recordar quiénes éramos todos— me dio un chicle que sacó del paquete de cromos de béisbol que Jason le había llevado a modo de regalo. Acepté el chicle como la oblea de la comunión, una especie de signo de absolución, nueva determinación.
Después de eso nunca volvimos a estar juntos a solas, abandonamos nuestras conversaciones. El deseo y la culpabilidad por el deseo volverían a asaltarme, pero solo a modo de destellos, no como una obsesión. Y de pronto la atracción volvía a estar ahí. Una alteración involuntaria en el campo electromagnético alrededor del cuerpo. Quizá tuvo que ver con otra caída: Klaus, nuestro padre sustituto, que convirtió a Sima en una versión de Donna, rodó escaleras abajo. Una fractura de cadera, una ligera conmoción cerebral. Tal vez tuvo que ver con el hecho de que estaba poniéndome en contacto con parientes de mi familia materna, muchos de ellos en Rusia, intentando reconectar con esa parte de mi historia, y eso removió las cosas. Tal vez tuvo que ver con un millón de cuestiones, incluido sencillamente un apetito crudo y básico que la interpretación enturbia en igual medida que esclarece. La comezón del año X. Una crisis de la mediana edad. Pero en 1991, cuando ella volvía a su asiento entre turbulencias y desplegaba una sonrisa perfecta al pasar por nuestro lado, experimenté una oleada de terror y deseo. Un atisbo lejano de jazmín a su paso.
Bueno, señores pasajeros, desde la cabina de mando, como no podía ocurrir nada en un viaje en familia, algo ocurrió. Fue el día después de que Adam mandara a Jason a urgencias. Fue el día en que Jane y yo saldríamos a cenar por la noche, tal como Eric y Sima habían salido a cenar la noche anterior. Llevé —probablemente fue idea de Jane— unas cuantas cosas de la farmacia a su hotel: una loción calmante que habían recomendado las enfermeras, una bolsa de hielo. Jane debía de haber telefoneado para anunciarles que yo iría, para confirmar que estaban allí. Fue Sima quien respondió al teléfono cuando pedí en recepción que llamaran a la habitación, y me dijo que subiera. Cuando se abrió la puerta, descubrí que estaba sola. Con Sima era imposible saber cuándo iba vestida para salir; siempre se la veía «arreglada», expresión que mi madre utilizaba con mujeres a quienes admiraba; llevaba pendientes, unas medias lunas de oro, que se hacían eco sutilmente del dibujo de su falda. Normalmente no me habría fijado en un detalle como ese, pero ella intensificaba mi sensibilidad. Estaba arreglada, siempre serena, pero por debajo, corría un río de energía temeraria. O tal vez yo —como cualquiera que se obsesionara con ella— simplemente estaba proyectando mi propio deseo desestabilizador. La serenidad y la elegancia le conferían un aspecto más adulto que el del resto de nosotros, como si los demás solo jugáramos a ser adultos, pero el trasfondo sexual amenazaba toda nuestra rutina decorosa; parecía mayor y a la vez más joven que yo.
No dijo nada sobre dónde estaba su familia. Tampoco me invitó a entrar ni insinuó que me fuera. No cerramos la puerta. Era una manera de negar que ocurría mientras ocurría. En el pasillo enmoquetado había un carrito de la limpieza, similar al carrito de las bebidas de una compañía aérea, al de Lin. Alguien aparecería en cualquier momento y tendríamos que desenredarnos al instante; así que eso lo limitaba. Y la limitación lo posibilitó. La restricción coexistía con una sensación de total abandono. Como si estuviéramos dentro de nuestros cuerpos y suspendidos por encima. Era consciente de la presencia de la bolsa de plástico de la farmacia que había dejado caer en el suelo, una tenue conciencia que me amarraba a la realidad a la vez que mi lengua se deslizaba por sus dientes, dentro de su oreja, recogía sal de su cuello. ¿Sabía ella que Eric y Jason estaban lejos? ¿O quería que la descubrieran, que toda la estructura sobredeterminada se nos viniera encima? En 1961, en 1991, yo tenía los dedos dentro de ella, sin vello púbico asomando del contorno de la seda. El calor me sorprendió. Era su propia justificación. El deseo era tan intenso que era referido, en el sentido en que se habla de un dolor referido: ella me agarraba a través del vaquero, pero el placer, aunque «placer» no es la palabra adecuada, se extendía por todo mi cuerpo, una receptividad que siempre he asociado, acertada o erróneamente, a las mujeres. Tal vez me sentía como una mujer, como Jane, como si ella y Jane entablaran contacto a través de mí. Como el sonido que indica que el comandante ha iluminado la señal del cinturón de seguridad, la campanilla del ascensor que llega al rellano. Nos apartamos el uno del otro y ella entró en la habitación, en el cuarto de baño. Yo la seguí inmediatamente dentro de mi cabeza; follaríamos en la ducha, sobre las baldosas blancas y negras. Pero no me moví. Entonces cogí la bolsa de plástico, la dejé en la cama y me marché.
Jane y Adam estaban en la habitación de nuestro hotel; Adam veía un partido de fútbol, Jane fingía leer. Los saludé y le dije a Jane que iba a ducharme, a prepararme para salir. Me metí en la ducha y me hice una paja. Luego me senté dentro de la bañera, como hacía cuando tenía resaca o me sentía indispuesto, esperando a que me sobreviniera el llanto. En cambio, escapó de mí una risa incontrolable, como en un sueño producto de la ansiedad: me masturbaba como un adolescente mientras mi hijo preadolescente estaba en la habitación. Me había pegado el lote. Me moría de ganas por contárselo a Frank Selkie, que había muerto en 1988. Me moría de ganas por contárselo al grupo de hombres. Pero iba a ser difícil contárselo a mi madre o a Eleanor o a Rachel, aunque quería que Donna lo supiera.
Jane y yo fuimos al Metropolitan. Conservaba en los senos nasales el olor y el sabor de Sima, que se resistían a abandonarme. Me daba cuenta de que hablaba como un poseso; me repetía una y otra vez que debía aflojar o callarme. Me descubrí describiéndole a Jane la única película existente de mi madre. Kodachrome, 1960. Iba a caballo, o quizá era un poni. Era en una especie de festejo o carnaval a las afueras de Taipéi. Recordaba muy claramente la filmación de aquella película, le expliqué a Jane. Era la primera vez que cogía una cámara. Lo recordaba como el origen de mi interés por ese medio. Pero hacía solo unos meses, le conté, había encontrado las bobinas en el desván y las había llevado a la Fundación para verlas. La película era tal como la recordaba, solo que en un color deslavazado, no en blanco y negro; muda, por supuesto. Ella sonreía, un poco desequilibrada, el pelo en la cara agitado por el viento, el poni o el caballo pequeño aburrido, del que tiraban mediante una larga cinta morada. Recordaba el peso de la cámara en mi mano mientras intentaba mantenerla firme; recordaba que llamaba a mi madre mientras filmaba, para que se volviera a mirarme. Ella lo hacía, saludaba con la mano. Pero de pronto se ve en la toma a un adolescente, que parece decirle algo a mi madre. Y al verlo salir del encuadre caí en la cuenta de que era yo.
Nos dieron permiso para aterrizar en 1999, la mujer sentada a mi lado seguía roncando mientras dormía, el respaldo de su asiento seguía inclinado pese a la indicación de volver a ponerlos en posición vertical, Adam, de veinte años, desmoronándose o al borde del desmoronamiento debajo de nosotros en Nueva York, que es un logaritmo de otras ciudades, de otros tiempos. Al principio me mostré reacio a ir a recogerlo, a llevarlo a casa; me preocupaba transmitirle el mensaje equivocado, no respetar su competencia, hacerle sentir que era incapaz de superar el semestre, o que Jane y yo dudábamos de su capacidad para conseguirlo, pero al final el hecho fue que nos preocupaba demasiado —más bien nos aterrorizaba— la gravedad de su desmoronamiento como para que nos importara la señal que pudiéramos enviarle; queríamos tenerlo a la vista.
Nunca se había adaptado bien a Nueva York; incluso antes de su ruptura, de su crisis, se advertía cierta exaltación en su voz. Natalia se había ido a Barcelona a pasar el semestre y él había decidido que, en lugar de pasar también parte de su tercer curso en el extranjero, se quedaría ese otoño en Columbia: tenía amigos allí y quería estudiar con los poetas, quizá buscar una manera de conocer a algunos de sus héroes literarios; probablemente también lo asustaba abandonar su idioma. Natalia y él seguirían siendo pareja, y en cuanto terminase el semestre, se reuniría con ella en España, viajarían un poco, celebrarían el nuevo milenio en el Viejo Mundo, fuegos artificiales en la Nova Icària o algo así, luego regresarían los dos a Providence.
Infravaloró en qué medida ir a Nueva York durante un semestre sería — sin Natalia como fuerza estabilizadora— como marcharse otra vez de casa. Habían iniciado su relación muy al principio de su primer curso en Brown; ella era su familia sustituta. Él no tenía verdadera experiencia de la ciudad, que es abrumadora, sobre todo cuando uno se ha criado en Topeka. La bipolaridad de ese lugar: plenitud rutilante en un momento, un abismo al siguiente. Su desprecio altivo y solemne. Y la relación entre ellos había sido complicada a la manera propia de los años universitarios; él volvía a casa durante las vacaciones (cuanto más cara la universidad, más largas las vacaciones), se liaba con sus exnovias; Natalia estaba esperando a que madurara. Entonces ella se fue a España y ya no quiso seguir esperando; se enamoró de un español, un músico de algún tipo, una estrella del rap underground o aspirante a estrella, se mudó de la casa de su familia de acogida al apartamento de él. Imaginé porros en un pequeño balcón de forja con vistas a una calle estrecha. La rigidez de las sábanas puestas a secar en tendederos en los patios interiores. Eso que beben ellos: Coca-Cola con vino tinto.
Ella seguía sin contarle lo suyo con ese tipo, quizá con la esperanza de que él se interesara por alguna otra en Nueva York, que rompiera con ella, tal vez pensando, al menos al principio, que sencillamente dejaría al español cuando se acercara el final del semestre y se impusiera de nuevo la vida real. Pero unas semanas antes del final del semestre, antes del final del milenio, antes de que él, como estaba previsto, volara a Barcelona, ella le envió un e-mail: No vengas a España; no he sido sincera; estoy enamorada de un hombre con el que vivo; siempre te querré, pero es mejor que no volvamos a hablar; no regresaré a casa.
La primera vez que él nos llamó desde un teléfono público de Broadway —minutos después de recibir el e-mail, que había leído en el vestíbulo del gimnasio de Columbia, donde tenían un par de ordenadores— estaba conmocionado. ¿Os podéis creer esta mierda?, repetía una y otra vez; a todas luces, él no se la podía creer. (El hecho de que fuera la situación más corriente del mundo, una relación entre estudiantes universitarios yéndose a pique por una aventura en el extranjero, tanto se le daba; nada es un tópico cuando uno lo vive). Jane y yo estábamos los dos al teléfono —ella en su despacho; yo en la cocina— y no parábamos de decirle lo mucho que lo sentíamos. Le pregunté qué iba a hacer el resto del día y contestó: Tengo que localizarla, hacerla entrar en razón. (El hecho de que no tuviera forma de ponerse en contacto con ella, de que solo dispusiera del número de la familia de acogida, no pareció ocurrírsele). Y esa noche, explicó, debía asistir a un gran recital de poesía en el centro Ninety-Second Street Y; su profesor, un poeta llamado Stoke, o quizá Coke, iba a leer, y también John Ashbery, el héroe de Adam. Existía alguna posibilidad de que después lo invitaran a la cena; esa era la clase de ocasión con la que había soñado al decidirse por Nueva York. Le dijimos que nos llamara más tarde, que no se viniera abajo, que nosotros estábamos a su lado, y colgamos, tras lo cual subí al despacho de Jane para procesar la noticia, que ella se tomó sorprendentemente bien.
Para cuando llegué a su despacho —menos de medio minuto después—, el teléfono volvía a sonar. Jane lo cogió, saludó, y luego, audibles incluso desde el umbral de la puerta donde yo estaba: sollozos. Qué voy a hacer, la quiero, la necesito, la odio, que se vaya a la mierda, etcétera. Permanecí allí mientras Jane hacía todo lo que había que hacer: escuchaba, no restaba importancia, pero introducía afirmaciones tranquilizadoras sobre su fortaleza, su red de apoyo. Volví a bajar al teléfono de la cocina y me sumé a la conversación. ¿Lo había oído alguna vez tan alterado? Me lo representé perdiendo los papeles en Broadway con su ropa de gimnasio, ajeno al frío, aunque mi imagen de la calle procedía del Nueva York de mi pasado. Copos de nieve de 1969. Un ejemplar de Conducción caballerosa en una pila cercana de libros desechados.
Al final bajó la voz, lo que no equivale a decir que se calmó. Le pregunté si aún se proponía asistir al recital en el Y; respondió que lo dudaba, dudaba que fuera capaz de recobrar la compostura. Le animé a ir, aunque fuera solo de una manera mecánica, dije que podía serle útil ceñirse a su horario, intentar distraerse. Conocíamos a uno de sus amigos de Columbia, Dan, que había pasado una noche en casa mientras recorría el país en coche el verano anterior, y pedimos a Adam que, por favor, se pusiera en contacto con él, le pidiera que lo acompañara al recital. También le pedimos que prescindiera de toda sustancia, drogas o alcohol, después de experimentar semejante conmoción; aseguró que así lo haría. Al final anunció que tenía que colgar — estaba claro que iba a empezar a llamar a Barcelona, por inútil que fuese— y le dijimos que estaríamos en casa toda la noche, que podía telefonear a cualquier hora, pero desde luego queríamos saber de él antes de que se acostara.
Estábamos preocupados, pero no muy preocupados; sabíamos que la sanación podía ser un proceso largo, pero pensábamos —al menos yo— que se recompondría bastante deprisa; al fin y al cabo, solo había decidido realmente comprometerse con Natalia justo cuando ella estaba a punto de marcharse; a todas luces veía con ambivalencia la perspectiva de mantener una relación a largo plazo a los veinte años. Aproximadamente a esa edad yo perdí a mi madre, me casé con Rachel. Pero cuando Adam telefoneó pasadas unas horas, no nos gustó lo confuso y fragmentado que empezaba a ser su discurso.
A partir de los fragmentos, se formó en mi mente un montaje. Sale en Morningside Heights para ir al recital, olvidando el abrigo en su habitación, atraviesa el parque al anochecer con Dan. Hay asientos en la parte delantera reservados a los alumnos de su clase de poesía, así que Dan y él se sientan muy cerca del escenario. La sala está llena a rebosar. En una pizarra consta que su profesor, Coke, es el primero en leer; Ashbery lo presentará; luego Coke presentará a Ashbery. Antes del recital, Adam se ha cambiado de ropa, se ha lavado la cara, se ha enjugado las lágrimas; pese a tener el estómago revuelto, como lo ha tenido desde que recibió el e-mail, puede, aunque brevemente, y a distancia, acceder a una pequeña parte de la emoción de sus circunstancias: la oportunidad de escuchar y tal vez conocer al gran hombre.
Las luces de la sala, las luces de la cabina, se atenúan, anunciando el principio del acto, el descenso inicial. Y en la penumbra, el silencio expectante, Adam empieza a perder otra vez los papeles: síntomas de pánico indistinguibles de los síntomas de migraña; se le adormece la mano derecha, tiene la sensación de que su lengua pertenece a otra persona, teme vomitar. Tiene que ponerse en contacto con Natalia. Prueba con un poco de biorretroalimentación, se calienta las manos, inútilmente. Ahora Ashbery está en el estrado, dando las buenas noches, presentando el programa. Adam tiene que salir de ahí, lucha o huida. Se levanta, la silla produce un sonoro crujido, ha de atravesar una espesura de piernas, más ruidos al moverse la gente para dejarlo pasar. Tiene que pasar por delante del escenario. Y es entonces cuando Ashbery se interrumpe, deja caer una broma inocua («Tan malo es, ¿eh? Espera a oír los poemas»), y el público se ríe. De mi hijo. Las risas por su incapacidad para sobreponerse; las risas porque en ese momento su alma gemela viaja en la parte trasera de una motocicleta en Barcelona, agarrada a su hombre, el hombre de verdad con el que folla, una píldora mágica inundando su cerebro de serotonina mientras zigzaguean por el Barrio Gótico; las risas ante la idea de que él pudiese siquiera salir adelante en Nueva York, sea cual sea el significado de eso para un poeta, ser un escritor interesante o sofisticado, abandonar la protección de su madre, mamá, mami.
El aire frío le sienta bien en los pulmones, el viento le escuece en la cara allí donde la tiene humedecida por las lágrimas. Sin esperar a Dan, emprende el regreso en dirección a Columbia, deteniéndose por el camino para llamar a España desde un teléfono público de Madison, pese a que esas llamadas solo consiguen despertar a la madre de acogida, cada vez más irritada; las primeras dos veces ha preguntado por Natalia en un español entrecortado; ahora se limita a colgar. En Barcelona son seis horas más; bien podrían ser sesenta años; es un mundo del que ha sido sustraído. (Helo ahí maldiciendo, llorando, golpeando la mampara metálica con el auricular negro de plástico). Todas las conversaciones que oye en la calle, incluso la música de los coches que pasan, se le antojan comentarios jocosos a su costa. Cualquier otra noche le daría miedo, aunque no lo admitiese, atravesar a pie Central Park a oscuras, pese a que probablemente era mucho más seguro que circular por Topeka con sus chicos perdidos armados, pero ahora le es indiferente lo que pueda sucederle; si alguien lo apuñalara o le pegara un tiro, sería un alivio; no solo pondría fin a ese sufrimiento, sino que además castigaría a Natalia, que nunca se lo perdonaría a sí misma, que tomaría conciencia del espantoso error que había cometido. Hasta los propios árboles conspiran contra él, el viento entre las hojas una prolongación de las risas del Y, pero no se cruza con ningún compañero de viaje. No pasa por delante de ninguna posada o taberna, nadie le lanza un penique desde un carro de heno que él podría gastar en pan o cerveza. Empieza a llover, al cabo de un rato se alternan la lluvia y la aguanieve.
Nos telefoneó al llegar a la residencia, a su habitación de la octava planta. Paredes desnudas, libros y ropa desperdigados por el suelo. Después de contarnos lo del recital, alternó rabia y aflicción. «Me iré a España según lo previsto, la traeré de vuelta, ese tipo no me asusta», etcétera. Luego: «Mamá, la quiero mucho. No puedo aguantarlo. Tengo que pararlo». Adam, ¿estás pensando en hacerte daño?, pregunté, mi formación me llevaba a preguntarlo. No, dijo sin vacilar, pero sin un «claro que no», sin énfasis tranquilizador. Esta vez Jane y yo estábamos en nuestro dormitorio y oíamos a Adam por el altavoz. Yo imaginaba la versión infantil de él sentada en la cama entre nosotros, pero me habría conformado con 1997, cuando él tenía aún toda la vida por delante. Nos dimos cuenta por la naturaleza de sus pausas —cuando hacía una pausa— que estaba fumando un cigarrillo, cigarrillos, uno detrás de otro. Aquellos cigarrillos Banana de Taipéi. Pronto los virajes entre la ira, la angustia y la incredulidad se producían dentro de una misma frase con sollozos intercalados: «España voy a ir allí es como una sensación de hundirme que no para entrará en razón ¿no? esto no está pasando». Esta clase de discurso torrencial. Y cada vez respondía menos a nuestras preguntas («¿Dónde está Dan?»; «¿Has cenado?»; «¿Crees que te serviría de algo probar con unos ejercicios respiratorios?»; «¿Quieres que te concertemos una llamada con el doctor Erwood mañana?»; parecíamos los adultos de los dibujos animados de Charlie Brown). Y entonces dijo que creía que estaba siendo castigado. Castigado ¿por qué?, pregunté. Por Darren Eberheart. Por Mandy. Natalia solo es parte de esto, dijo entre sollozos. Cariño, intervino Jane, eres una persona maravillosa y no estás siendo castigado por nada. Estás pasando por una ruptura, una traición grave. Lo importante ahora mismo es que te concentres en la respiración y nos dejes que te ayudemos a calmarte.
Pero él prosiguió, ya no tanto por Natalia como por el sinsentido de todo, asomando a su discurso expresiones del recital en la universidad. Repetía una y otra vez «razón instrumental», que a mí me parecía una expresión apropiada porque pensé que la música de su lenguaje estaba ahogando su significado. En un momento dado era como si ensartara rimas sin sentido. Todos sus vocabularios estaban entrando en colisión y recombinándose: sus salidas de tipo duro de Topeka, el debate rápido, el lenguaje que había adquirido de alemanes deprimentes, sus poetas experimentales, la consabida terminología del desamor. Y algo similar a la lengua de trapo de un niño pequeño, regresión. No balbuceaba incoherencias, pero, desde nuestro dormitorio de Topeka, me lo representé con unos auriculares de diadema en Nueva York, recibiendo ciento ochenta palabras por minuto en el oído izquierdo, los mecanismos del lenguaje al borde del colapso. Jane se le adelantaba, tratando de interrumpirlo, de redirigirlo, mientras nos mirábamos alarmados, una sensación de impotencia. Y de pronto Jane pronunció su nombre enérgicamente y él calló en el acto, volvió a sí mismo (¿volvió de dónde?): «¿Qué?», preguntó. «No te oigo bien», dijo ella. (Le dirigí una mirada de perplejidad; lo oíamos alto y claro). «Perdona —dijo ella—, es que la conexión no es muy buena. ¿Puedes llamarnos desde otro teléfono?» «¿Qué quieres decir?», dijo Adam, confuso. «Hay mucha estática, se te oye muy bajo». «Quizá sea por la tormenta», dijo Adam, por lo visto ahora llovía a raudales en Nueva York. «¿Hay un teléfono de pago en la residencia o cerca?», preguntó Jane, y entonces entendí lo que se proponía, y al entenderlo se me cortó la respiración. «Creo que hay un teléfono en el sótano, al lado de las lavadoras», dijo Adam. Al lado de la pared de cobre. «Pero ya hablaré más alto», dijo, y eso hizo. «Lo siento, es que no te oímos», insistió Jane, como hacía antes con los Hombres. «Tendrás que llamarnos desde el sótano». «Vale —dijo Adam, por fin, e intentó serenarse—. Vale. Volveré a llamaros dentro de unos minutos».
Colgó, cogió las llaves y el tabaco y salió de su habitación en la octava planta, su ventana abierta a la tormenta. Sin darse cuenta, pasó de largo por la puerta de la habitación en la que Sima y yo estábamos en plena faena, y entró en el ascensor. Yo viajaba desesperadamente hacia él en la oscuridad. Estaba en el avión, autorizado por fin a aterrizar, el destello de un rayo lejano. Las puertas metálicas se cerraron, el tren de aterrizaje se desplegó, y descendimos, primera y tercera persona, juntos a través de las nubes. Jane, con sus palabras, nos había obligado a bajar.
Del techo pendía una bola rotatoria cuya superficie se componía de un millar de facetas especulares que proyectaban óvalos de luces de colores por las paredes y el suelo de hormigón y los cuerpos de los patinadores mientras daban vueltas por la pista al son de ensordecedoras canciones populares. Algunas chicas lucían en torno al cuello tubos de plástico de sustancias químicas verdes relucientes. Los patinadores que descansaban o aquellos a los que les daba miedo patinar ingerían azúcar de paquetes en forma de pajita o comían algodón de azúcar de cucuruchos de papel blanco. Los acompañantes del colegio debían de estar allí en la oscuridad supervisando la Fiesta de Patinaje de Invierno de la Escuela Elemental Intermedia Randolph, pero los niños no percibían su presencia y sus padres o custodios simplemente los habían dejado en el Starlite en el límite noroeste de la ciudad. Fuera en el enorme aparcamiento caía la nieve sobre los contados coches aparcados.
Si bien cabría esperar encontrar a ese Darren de menor edad solo en la zona del bar envidiando a los patinadores más rápidos cuando pasaban, es de hecho uno de ellos, manteniendo el equilibrio sin visible esfuerzo, sus movimientos vigorosos y fluidos. Es capaz de hacer un giro con dos pies, una apertura de brazos y piernas. Enseñado por un vecino que le regaló un par de patines Chicago negros a una edad muy temprana, Darren posee a estas alturas una desenvoltura y un ritmo inasequibles para él cuando sus zapatos carecen de ruedas. Una vaga intuición de que este es el último año en que el patinaje sobre ruedas podría ser guay le confiere ahora una gracia y un valor añadidos.
Les corre fructosa por las venas y la música suena a tal volumen que se palpa y la dureza del suelo por el que se deslizan en la oscuridad se ve traspasada por los efectos lumínicos. Cuando una patinadora novata se tambalea, puede que te coja de la mano. Riesgo y misterio y violencia, la memoria colectiva del intento de Nick Dewey de algún tipo de salto en rotación el año anterior, la forma en que las luces prosaicas se posaron en él para mostrarlo cara abajo e inmóvil, exclamaciones ahogadas cuando el adulto le dio la vuelta. Luego está la tensión entre la fluida continuidad del patinaje y la intercadencia del compás cuatro por cuatro de la música popular, una inconmensurabilidad que intensifica la salvaje histeria sexual, pues ¿qué reconciliaría el ritmo repetitivo y la pura lubricidad salvo el acto de follar, un acto que da forma a la joven imaginación que hay más allá?
Lo que Darren recuerda de esa noche por su intensidad en primera y tercera persona simultáneamente es la Bola de Nieve, un acontecimiento que anuncian las luces dispersas al pasar a ser solo blancas. Por el sistema de megafonía llega la voz del DJ, sin que quede muy claro si es en directo o si es una grabación, dando instrucciones a las chicas para que se coloquen en una hilera a un lado de la pista, los chicos al otro. En los años anteriores, Darren, como muchos chicos sin éxito entre las chicas, abandonaba en ese momento la pista e iba en busca de golosinas o una bandeja de plástico con nachos acompañados de un recipiente de queso amarillo líquido y esperaba a que se reanudara el patinaje libre. Pero esta vez, quizá percibiendo la admiración que despierta su patinaje, se coloca en la hilera junto a la pared. Cuando el DJ anuncia en voz alta «Bola de Nieve», se dirige patinando hacia Jessica Baker y la coge de la mano, que ella no retira. Lentamente trazan círculos juntos al son de «Lady in Red» hasta que el DJ vuelve a gritar «Bola de Nieve», dando paso a un cambio de música, «I want to know what love is», y antes de decidir tras quién podría ir, el propio Darren ha sido elegido por Morgan Jensen. La forma en que ella depende totalmente de él en sus movimientos, el sudor de las palmas de sus manos mezclándose. Enséñame que el amor es real, yeah / quiero saber qué es el amor.
Así que cuando siete años más tarde se encuentra en un sótano en penumbra que huele a marihuana, cerveza y arena para gatos, sintiendo en su pecho la vibración de los bajos, y el mestizo Davis empuja a una alumna de primero borracha hacia él diciendo: Darren, esta tía buena está colada por ti, Darren, atrévete, y la tía buena, al borde de la incapacidad, le echa un brazo alrededor y dice arrastrando las palabras: Qué hay, guapo, es el Starlite lo que Darren recuerda, la última vez que fue el chico guay o el elegido. Aunque ahora el azúcar de las golosinas se haya fermentado y la violencia se inflija adrede y los padres estén fuera de la ciudad y ajenos a todo, ¿se equivoca él al percibir una continuidad, la sensación de que incluso inmóviles se mueven rápidamente sobre una superficie dura? Bésala, colega, bésala, dice Davis, pero Darren se limita a sonreír y beber de su vaso de plástico rojo y a reacomodarse la gorra de los Raiders flamante que se ha comprado en el centro comercial West Ridge.
El uniforme de Darren ha cambiado. En West Ridge, en el JCPenney’s, donde su madre lo había dejado y recogido, también había comprado dos vaqueros negros holgados de pernera ancha y varias sudaderas con capucha de colores lisos, el pequeño trazo de Nike sobre el corazón. En el Foot Locker había sopesado comprarse tanto las Air Jordan IX como las Timberland marrones, pero si lo hiciera, pese al dinero de Navidad de su madre, se quedaría sin ahorros, y con sus botas se sentía aún preparado para el combate y no podía obligarse a prescindir de ellas.
Cuando, a petición de Darren, la señora Eberheart le cortó el pelo al uno, sentado a la mesa de madera clara de la cocina y con una sábana alrededor, la mujer casi se convenció de que el creciente interés de Darren en su aspecto solo era indicio de una nueva madurez. Incluso ella se daba cuenta de que su estilo era un poco postizo, no del todo natural: por ejemplo ese fino cinturón beige trenzado que llevaba para sujetarse el pantalón caído constituía de algún modo no tanto una única mala decisión como una profunda incomprensión del juego del lenguaje en el que trataba de fingir fluidez. Pero el corte le confería un aspecto mejor, más adulto y más joven al mismo tiempo, aparentaba más su edad. Y cuando una madre había tenido que recoger a su hijo, un chico que padecía alucinaciones intermitentes, manchado de sudor y mugre y vómito a treinta y cinco kilómetros de su cama, sentía alivio cuando el posterior cambio inmediato en su comportamiento era vestir y asearse con más cuidado. Desde el día en que Darren había llamado a cobro revertido desde el centro de Lawrence, venía duchándose y afeitándose con regularidad; en lugar de llegar a casa del parque o el aparcamiento ya tarde al final del día manchado de hierba o aceite, la señora Eberheart lo encontraba viendo videoclips musicales en la butaca La-Z-Boy, o descansando entre series de flexiones, la ropa inmaculada.
Ella estaba en el St. Francis cuando fueron a buscarlo y empezaron allí la fiesta, pero se dio cuenta por las latas de cerveza y las botellas de refrescos con alcohol: Seagram’s, Zima. Las sorpresas de distinta índole se contrarrestaron: el hecho de que alguien buscara la compañía de Darren, el hecho de que tuvieran la desfachatez de dejar pruebas de que habían bebido, pero también el hecho de que hubieran vaciado y enjuagado y dispuesto educadamente las botellas y las latas en el fregadero, y el hecho de que la casa, por lo demás, estuviese impecable. Y fuera lo que fuese lo que habían hecho y adondequiera que hubiesen ido en su ausencia, después de aquella primera noche Darren estaba siempre en su cama cuando ella regresaba extenuada del hospital casi al alba. Nada más llegar subía por la escalera enmoquetada para entreabrir la puerta de su habitación.
Después de recogerlo, ella se había llevado el teléfono inalámbrico a un sitio donde Darren no pudiera oírla para llamar tanto a Ron Williams como a la madre de Laura Simms, que habían sido compañeros de ella en el instituto. Ron confirmó que había invitado a Darren a tomar una cerveza, porque prefería que bebieran allí, y le dio los nombres de los chicos con los que se había marchado; Laura —su madre había devuelto la llamada rápidamente para informar— se había sentido fatal al enterarse de que Darren no había regresado en otro coche. Nosotros queríamos incluirlo, es nuestro último curso. Entiéndase que la señora Eberheart conocía a esos jóvenes, al menos había oído hablar de ellos, desde siempre. Adam Gordon, Martin Nowak, Jason Davis, todos chicos de la Fundación. Le costaba creer que el hijo de Jonathan Gordon —un muchacho a quien ella había atendido en el St. Francis— atormentara al suyo. Los Owen eran vecinos y, a pesar de lo ocurrido, casi amigos. Esos chicos de último curso, todos camino de la universidad, quizá incluso de fuera del estado, debían de ser conscientes de lo fácil que sería para la señora Eberheart ponerse en contacto con sus padres y armar una buena si era necesario. ¿Acaso eso no pondría freno a su conducta?
Por lo demás, no podía hacer nada. Adulto por ley pero no en espíritu, Darren no podía ser privado de su libertad. Imaginar una discusión a gritos con Darren por, pongamos, una hora límite para llegar a casa solo servía para imaginar al cabo de unos segundos un portazo en la mosquitera de atrás, luego la indigencia, la cárcel o la muerte. En su cabeza oía sonar el teléfono, a un agente preguntar: ¿Puedo hablar con el señor o la señora Eberheart? Señora, ¿está usted sentada? Estaba tan lejos de poder pagar los programas especiales que el doctor J había intentado describir a lo largo de los años que no había retenido el menor detalle al respecto: algo en una granja, algo en un lago; el seguro no cubría nada de eso. ¿Podía echársele en cara que abrigara una pizca de esperanza ante la posibilidad de que los chicos enrollados quisieran terminar sus días en el instituto de Topeka con un acto de bondad que perdurara, permitir que Darren, que había dejado los estudios a los dieciséis años, creyera que tenía amigos y compañeros de clase antes de que se marcharan a la universidad? Gordon y Davis conocían a su hijo desde el Círculo Brillante Montessori.
Bésala, colega, bésala. La alumna de primero se desenganchó de Darren y, aliviada y entre risas, dijo Debe de ser maricón y volvió tambaleante hacia el centro del sótano donde había una mesa de billar, bebidas y cachimbas sobre la superficie verde de fieltro. Davis se rio. Siguió un sentimiento de ira mientras Darren asimilaba aquellas palabras arrastradas, pero no se movió ni perdió de inmediato la sonrisa pese a sus pequeños espasmos mímicos cuando se propagaron las risas. Empezaban a separarse la acción y el tiempo, se ampliaba rápidamente la distancia entre ellos, de modo que solo después de haber inhalado el vapor acre procedente de la bombilla bajo la que Davis sostenía la llama decidió decir sencillamente que no. ¿Vas a dejar que te diga eso, Darren? Yo le diría a esa zorra que vigile su puta lengua. La meta, una versión más pura y medida de la que solía circular según indicaban muchos de los cuerpos de ese sótano, disolvía el presente, el futuro era el pasado inmediato; ya había cogido el vaso hacia el que tendía la mano, ya sabía de antemano el tema que vendría a continuación, lo oía como si sonara en su memoria: Gotta grind, gotta get mine. La música era rápida y lenta y de armonías complejas pero Darren podía separar cada capa mientras se aproximaba a la mesa de billar para decirle a la chica que vigilara su puta lengua. En torno a ellos se formó un corrillo.