El instituto Topeka

Ben Lerner · Capítulo 8 de 9

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El instituto Topeka

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(ADAM)

 

En el sueño, el trofeo pesaba tanto que tenía que llevarlo por el pasillo enmoquetado arrastrándolo por los brazos en alto del orador griego de peltre mientras buscaba él solo la habitación de su abuelo, pero en realidad su madre acababa de traer a Rolling Hills un ejemplar del Topeka Capital-Journal, con una foto de Adam acunando su premio por encima del pliegue central.

Él y su madre y la abuela aguardaban en el patio de cemento bajo el calor de finales de julio. Fuera no había nadie más. Se sentaron a una mesa metálica protegida del sol por una enorme sombrilla roja que traqueteaba movida por el viento racheado. Aspersores mal situados oscurecían el cemento. Vio un avión a reacción dibujar estelas en el cielo por lo demás despejado. Al cabo de un rato, su padre sacó al hombre menudo en silla de ruedas a través de las puertas automáticas y lo colocó entre Adam y su abuela. Como siempre, su abuelo vestía, le habían puesto, una especie de chándal fino, este beige con ribetes blancos. Tenía las rodillas muy juntas, ligeramente alzadas y ladeadas a la derecha. Como un esquiador o un skater suspendido en el aire, pensó Adam; ¿no requiere eso una gran fuerza muscular central? Todos esos abdominales, todas esas anfetas. Los pies de su abuelo se veían inverosímilmente pequeños en las zapatillas marrones. Como los pies vendados que había visto en una fotografía en blanco y negro, probablemente en un libro de texto.

Rose realizó una serie de rápidos reajustes en el cuerpo de su marido: le aplanó el cabello canoso y ralo que se le levantaba por delante (volvió a erizársele), empujó las rodillas hacia el centro de la silla y lo ayudó a extender un poco las piernas, le enjugó las motas de espuma blanca de la comisura de los labios con varios pañuelos de papel arrugados que, para alarma de Adam, después guardó de nuevo en el bolso. Ejecutó estos gestos sin afecto ni desdén, como si pusiera en orden un escritorio.

Papá, mira este artículo sobre Adam, que es campeón nacional de… de una especie de debate. Oratoria. Su abuelo pareció mirarlo, tendió una mano trémula y entreabierta hacia su hija como para coger el periódico, pero en lugar de eso solo rozó el papel. Volvió la cabeza hacia Adam y, más que abrir la boca, dejó caer la mandíbula, que le tembló un poco. Todo el mundo esperó a ver si hablaba. Adam sintió brotar en su interior una risa involuntaria, la disimuló con una tos. Finalmente, la boca de su abuelo se cerró y Adam observó cómo se disolvía la atención en los ojos del viejo, que eran de un azul muy claro, ribeteados de rojo, y legañosos.

«Tu nieto es un friki empollón», dijo Adam lentamente, en voz alta, sonriente, forzándose a apoyar una mano en el hombro frágil y redondeado de su abuelo; se sintió obligado a dirigir una serie de comentarios desenfadados al cuerpo sentado en la silla y demostrar que no temía el contacto con ese cuerpo. Ahora Adam sudaba, olía su propio desodorante. Era difícil determinar qué decir a alguien que quizá lo oyera o quizá no, que no podía responder (lo radicalmente opuesto a hablar con un analista). «Por desgracia, no he sido un pícher con suficiente talento». Su abuelo había sido aficionado al béisbol, aunque con el escaso entusiasmo que había puesto en todo; en una etapa anterior del siglo le habían inculcado algunas de las normas propias del comportamiento del aficionado al béisbol. Adam retiró la mano del hombro, rozando sin querer la piel del cuello del viejo, que tenía un tanto fría y reseca; tal vez ya no sudaba.

¿Te acuerdas de una vez que viste a Adam jugar al béisbol, papá, cuando viniste de Phoenix a visitarnos? Su abuelo miró a su hija y algo semejante al reconocimiento asomó a su rostro, un efecto dominó, los músculos tensándose ligeramente, lo cual tensó también el silencio: ¿estaba a punto de hablar, o al menos formando frases internamente? De nuevo aguardaron incómodos a ver si hablaba, aunque eso parecía cada vez más una formalidad; su abuelo no había pronunciado una palabra desde hacía casi un año. Adam escuchó el ruido del tráfico de la carretera por encima de los aspersores, sintonizó con los silbidos de los estorninos en el tejado bajo de la residencia. Trató de recordar la voz de su abuelo, oírla en su cabeza, pero no pudo. De hecho, Adam no estaba muy seguro de que pudiera «oír» internamente la voz de nadie, reproducir un sonido. Pero ¿no decía siempre la gente que realmente podía oír cosas en su cabeza, no solo saber y recordar lo que sabía sobre las voces, la música, los sonidos, sino reexperimentar verdaderamente cualidades de tono y timbre? Él siempre tenía la cabeza llena de lenguaje, pero nunca había en ella un solo ruido. Las voces carecían de voz. Adam se preguntó si eso significaba que tenía algún problema.

Ahora estaba hablando su padre, hablando por hablar, sobre la Liga Infantil —sobre la brutalidad de otros padres que tenían por costumbre provocar el llanto de sus hijos, enzarzarse a puñetazos en las gradas—, pero Adam intentaba escuchar dentro de su cabeza; acababa de hablar con Amber solo unas horas antes, y ahora se obligó a oír su voz, que se le antojó como tratar de flexionar un músculo que no poseía, ejercitar un sentido fantasma. Cerró los ojos por un segundo, se enjugó el sudor de la frente con el antebrazo; tal vez captaba un eco lejano de su entonación; le ayudó representársela hablando, leerle los labios. (Imaginar el movimiento de sus labios, su lengua, las ligeras separaciones entre sus dientes delanteros, iba a causarle una erección; ¿a qué clase de pervertido, se preguntó Adam, se le ponía tiesa en una visita de familia a una residencia de ancianos?)

Con cierta inquietud, advirtió que la voz de Evanson le resultaba más cercana que la de Amber, tal vez porque su propio cuerpo sabía cómo aproximarse a esa voz, imitarla, dejarla brotar de la laringe y el paladar; ¿estaba una voz realmente presente solo si uno era capaz de imitarla, de convertirse en su médium? Quizá la voz de Evanson le resultaba cercana por las muchas veces que la había escuchado en forma de grabación, como si su cerebro hubiese aprendido ya a separarla de su origen corpóreo. Eso explicaría por qué los contornos de la voz de Tupac eran para él más fáciles de imaginar que los de Jason, por qué podía recuperar las voces de parientes con los que hablaba por teléfono, aunque fuese muy de vez en cuando, más fácilmente que las de mucha gente con la que hablaba a menudo y en persona. (No estaba claro qué voces entraban en ti, se implantaban; no seguía una jerarquía de intimidad; no estaba bajo tu control). Pero ni siquiera las voces que se le antojaban más firmemente alojadas en su interior producían sonido alguno. Klaus, por ejemplo, su abuelo por afinidad, estaba a menudo en su cabeza, pero la voz de Klaus —su sintaxis literaria, sus constantes citas— «sonaba» como un texto escrito. Era como cuando leía un poema para sí y las rimas no eran ni sonido ni silencio. Melodías no oídas en la mente auditiva. La música muda de la conciencia. Tal vez le pasaba lo mismo a todo el mundo, el hecho de que hablar de oír voces fuese metafórico; si uno oía voces realmente, su lugar estaba en la Fundación.

De repente su abuelo emitió un ruido. Era un gemido o un graznido — profundo, ronco— y duró dos o tres segundos. Al principio y al final de ese sonido, Adam detectó leves modulaciones que acaso fueran intentos de producir fonemas, sentido, lenguaje. Pequeños fosfenos lingüísticos. ¿Era una palabra o una frase o una manifestación de dolor o una asemántica expulsión involuntaria de aire, vibraciones sin significado que lo recorrían? La cara de su abuelo permaneció inexpresiva, no dio indicación alguna, aunque había vuelto la cabeza hacia Rose. Adam no supo si era una muestra de la voz del viejo o su negación, un sonido sin significado alguno. Fuera lo que fuese, era horrible, indecente: quizá se lo había hecho encima. Contra su voluntad, lo imaginó como un sonido que acompañara al orgasmo. Le sorprendió su propia repugnancia, su ira, vergüenza. ¿Nos estás hablando a nosotros, papá? ¿Quieres decir algo?

Ese fragmento de sonido que era casi habla —no preverbal sino posverbal — se le quedó metido en la cabeza. Resonaba aún dentro de él cuando se despidieron, todos ellos, excepto su abuela, abrazando por turno a su abuelo inerte. Acompañado por su padre, Adam volvió a llevar adentro el cuerpo en la silla de ruedas, lo aparcó en la zona común donde el cuerpo esperaría la hora del almuerzo. Se acercó al mostrador, tras el cual estaban sentados algunos miembros del personal, y les dio las gracias, como a menudo había visto hacer a sus padres, por los extraordinarios cuidados que dedicaban a su abuelo. De verdad les agradecemos mucho todo su trabajo, el cuidado que prodigan en atención a nuestra familia, dijo, se oyó decir, pero su habla quedaba ensombrecida en su propia mente por la queja soez de su abuelo. Mire a mi hijito famoso, dijo su padre, entregando el periódico plegado a la mujer de la bata verde; ¡ha ganado un campeonato nacional de oratoria! La mujer cogió el diario y, apartando la mirada de la foto para posarla en Adam, sonrió educadamente. Adam dejó caer algún comentario autocrítico y de nuevo percibió bajo este el gemido de su abuelo.

Para cuando dejaron a Rose y regresaron a casa, el ruido había quedado relegado al recuerdo; ya no parecía que se originara en su propio cuerpo. En lugar de dirigirse inmediatamente a su habitación, o al televisor del salón para ver Rap City en BET, o al teléfono, o volver a salir en su Camry, se sentó con su madre a la mesa de la cocina mientras su padre preparaba café en la cafetera italiana plateada.

—¿Y tú cómo te sientes —preguntó a su madre, en una voz que estaba preparando para la universidad—, viéndolo así? Mudo. Debe de ser duro.

—Bueno, lo mejor sería que se rindiera. Para todos. Creo que es demasiado fuerte para su propio bien. Nunca ha estado enfermo. Ni siquiera un resfriado, quiero decir.

—¿Crees que sabe quiénes somos, dónde está?

—Creo que sí. La mayor parte del tiempo.

—O sea, crees que puede escuchar pero no responder.

—Sí.

—A mí eso me parece lo peor. Una pesadilla. No ser capaz de contestar.

—Sí.

Su padre colocó un tazón azul desportillado ante su madre y se sentó con ellos a la mesa. Adam no bebía nada con cafeína, por las migrañas.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste una auténtica conversación con él? —preguntó.

—El año pasado aún hablaba bastante —dijo su madre.

—Pero me refiero a una conversación con contenido, no solo a que consiguiera encajar unas cuantas palabras aquí y allá.

—Años —dijo su padre.

—Mantuvimos algunas conversaciones de verdad cuando tú estabas en el colegio, y cuando empezaste el instituto.

—¿Sobre qué?

—Procesamos muchas cosas. —Ella tomó un sorbo de café. Luego tomó otro—. La dinámica de la familia en nuestra infancia. Que él prefería a mi hermana, por ejemplo.

—¿Crees que ha leído alguno de tus libros?

—Creo que los hojeó por encima. Me dijo que los había leído. Siempre decía que eran «muy interesantes». Decía: «Jane escribe libros para mujeres con problemas».

—Seguramente se sentía amenazado —dijo Adam.

—¿En qué sentido?

—Por tu éxito.

—Puede ser. No estoy segura. Parecía indiferente.

—¿Le echaste alguna vez en cara lo de la caja de pañuelos?

Su madre se rio.

—La verdad es que no.

—No me acuerdo de cómo sonaba, su voz.

—Tu padre tiene grabaciones.

—De él diciendo ¿qué? —preguntó Adam.

—Hablando de sus recuerdos —dijo su padre—. Nada en particular. Sencillamente yo lo hacía hablar. Le pedía eso mismo a mucha gente. Tengo casetes del doctor Tom. De Klaus leyendo sus obras de teatro en alemán. Sé que guardo cintas de Phoenix. Después de su primer derrame. ¿Recuerdas ese viaje?

—Más o menos. ¿Podemos escucharlas?

Adam advirtió que su padre miraba a su madre, esperando su respuesta.

—Claro —dijo Jane.

—¿Por qué no las escuchamos ahora? —preguntó Adam.

Tal vez la voz grabada eliminaría los vestigios del graznido.

—Jonathan, ¿sabes dónde están?

Su padre fue a buscar las casetes a la desordenada habitación del sótano que llamaban su estudio. Tal vez a su madre la incomodaría escuchar la voz de su padre saliendo a la vez de antes y después de la tumba. Ciertamente Adam percibió intensidad en el ambiente.

—No hace falta que escuchemos las cintas si te resulta extraño.

—No, tengo curiosidad. La verdad es que era muy elocuente. Se le habría dado bien la impro.

—Yo lo habría machacado —bromeó Adam.

—Pero no habría sido muy bueno en debate. —No había escuchado a Adam—. Hablaba muy despacio. Llegaba a ser exasperante.

—Lo habría hecho picadillo.

—Solo he encontrado una —informó su padre al volver a la mesa con un reproductor y grabadora gris portátil—. Ahí abajo tengo también las bobinas de mi tesis —dijo a Jane—. Debería pasarlas a cintas para Adam. Eso sí era «arrollamiento».

Su padre insertó la cinta en el aparato pero no pulsó ningún botón. Por fin su madre alargó el brazo para ponerlo en marcha.

Durante los primeros segundos no oyeron más que el susurro de la cinta. Luego se escuchó la voz de Jonathan, más metálica, más joven (costaba distinguir la juventud de la voz de la edad del medio): Vale. Vale, allá vamos. Estábamos, pues… tú hablabas de la casa de Brooklyn, en la avenida J. Y decías que hiciste casi…

La mayor parte de los muebles y muchos de los juguetes de las niñas. A pesar de que esta mano, la mano derecha, nunca se me ha abierto del todo, ni se me cierra debidamente. Ahora eso se describiría como discapacidad y probablemente recibiría una prestación de por vida, no trabajaría ni un solo día. Pero eso fue en los tiempos en que uno tenía que arreglárselas. Y de hecho nunca…

La voz era un poco más aguda de lo que Adam esperaba, quizá por efecto de la cinta. (¿O acaso las voces se vuelven más graves en el recuerdo?) El sonido r desaparecía detrás de las vocales, como si fuera un nativo de Brooklyn que aspirase a pasar por británico. Adam lo percibió como presunción. Reforzó esa impresión la lentitud, la perorata de un patriarca convencido de que todo lo que decía tenía interés. La pronunciación —a pesar del reciente bloqueo de la circulación sanguínea en el cerebro, de la ligera parálisis facial— era nítida.

… me representó un impedimento en mis trabajos de carpintería. Ahorramos una cantidad de dinero considerable, nada desdeñable. Porque si no podía hacer algo yo mismo, sí podía arreglarlo, y Rose traía a casa sillas u otros muebles desechados y yo los restauraba. De hecho, posiblemente habría podido convertir eso en un negocio lucrativo. Rose siempre está hablando de lo escasos que eran nuestros ingresos por aquel entonces, pero si sumáramos lo que yo hacía y rescataba, la realidad es que estábamos en una situación muy solvente. Gastábamos poco en la casa pero teníamos una buena casa. Desde luego a las niñas no les faltaba de nada. Recuerdo de hecho que Deborah no paraba de pedirme que hiciera juguetes para su amiga Alice, que vivía en Carroll Street, hija de una familia acaudalada, y le hice un caballo con balancín precioso, pero me negué a aceptar…

—Eso es mentira —dijo su madre por encima de la cinta—; prometió a varias personas esos caballos con balancín; no hizo ninguno.

… dinero de… ¿cómo se llamaba la madre? Su marido había muerto en la guerra. Un militar de carrera. En el frente asiático. En cualquier caso, yo no habría aceptado ningún pago bajo ninguna circunstancia. Era algo con S… Y me ocupaba de todas nuestras reparaciones. E hice muchos de los marcos para los cuadros de Rose. Tenía algunas sierras Disston muy buenas. Podía medir la distancia entre los agujeros guía sin utilizar una cinta métrica. Sirven para que la madera no se astille. Algunas de esas obras de arte que hay colgadas en tu casa de Topeka, sabes, los marcos son míos. Creo que se llamaba Sarah. Les daba un aire clásico, los envejecía. Una mano de pintura roja, una sola capa, y cuando se secaba, añadía dos capas de gris claro u oro. Luego lo lijaba con papel de grano muy fino y dejaba que asomara un poco el rojo, sobre todo en las esquinas y los bordes. Una persona poco honrada podría haberlos vendido como antigüedades. Mi intención era hacer unos cuantos marcos para los grabados que Rose tiene en el garaje, pero ahora no puedo siquiera manejar la caja de ingletes. Me pregunto si Deborah habrá mantenido el contacto con Alice. Era como una más de la familia en muchos sentidos. Un encanto. A mí me daba muchísima pena, que no tuviera padre. No sé de dónde salía el dinero, pero tenían un Chevrolet Bel Air, que era un automóvil fantástico. La versión cuatro puertas no descapotable. Tenía aquellos cromados…

Su madre paró de pronto la cinta. Los tres miraron el aparato sobre la mesa como si fuera una urna. La voz continuó sonando dentro de Adam, al cabo de un momento se desvaneció, pero supo que seguía en algún lugar dentro de él, que había estado allí y continuaría estando. ¿Cómo te deshaces de una voz, cómo impides que pase a formar parte de la tuya? Deseó romper el silencio en el que aún estaba presente su abuelo. Se imaginó pisoteando el reproductor, arrancando del aparato destrozado la cinta magnética y desenrollándola. (Sabía que no podría explicar la violencia de su reacción, lo cual no hizo más que aumentarla). Deseó decir algo a su madre, decirlo por ella. Vamos, señor Campeón Hablador. Pero ¿y si abría la boca y salía la voz de su abuelo? O peor aún: ¿el repulsivo ruido que había oído durante la visita? ¿O la de Evanson, citando el Plain Dealer de Cleveland? ¿O rimas sobre zorras? ¿Besas a tu madre con esa boca?, preguntaba un entrenador de la Liga Infantil calladamente dentro de su cabeza. Aborrecía esa expresión.

—De hecho esperaba ni verla —dijo Adam.

Y al instante su madre respondió, lo corrigió, ahora sonriente:

—Ni de hecho esperaba verla.

En su mente, Adam estaba rebobinando la cinta, pulsando el botón rojo del reproductor, para grabar encima de la voz de su abuelo. Volvió a repetir la frase equivocada, como si intentara decirla bien.

—Jonathan —dijo Jane, con un asomo de brillo en los ojos—. Me cuesta creer que nuestro chico, un poeta, un campeón nacional de oratoria competitiva, no pueda memorizar una única y simple frase.

Lo corrigió otra vez, el desplazamiento de la conjunción, ese pequeño futuro deformado, y ahora su abuelo no se hallaba en la habitación; estaban solo ellos tres, una familia inmediata. Si alguna vez se veía en la necesidad de invocar la voz de su madre, supo Adam, le bastaría con rememorar su propia frase errónea, el rechazo ritual de la repetición a través de las generaciones, su fragmento para la imitación, débil sortilegio, y su madre contestaría dentro de su cabeza, se impondría a los Hombres, aunque fuera brevemente. («Perdone, la conexión no es muy buena»).

 

Al principio, el sueño absorbió la voz —una mujer sentada unos cuantos asientos por detrás de él en el pequeño avión empezó a gritar—, pero pronto la ficción quedó desbordada, y él despertó, se incorporó súbitamente. Tal vez eran gritos en una película. No, eran demasiado fuertes, y ellos no estarían viendo la televisión tan tarde; según la pantalla roja del despertador, eran las 2.17. Una noche entre semana. De pronto reconoció la voz de su madre, aunque al mismo tiempo le resultó irreconocible; por supuesto, la había oído gritar antes, pero esta vez tenía algo de primario. Por un momento se preguntó si esos sonidos guardaban relación con el sexo, aunque, que él supiera, nunca había oído a sus padres «hacer el amor». (La expresión, incluso cuando la pensaba, aparecía entrecomillada). Aquello era una discusión de algún tipo, o lo había sido antes de convertirse en algo peor: cuando su madre no gritaba, oía hablar a su padre; también él levantaba la voz, pero en un esfuerzo por calmarla. (Hay que ver la de información afectiva que se transmite a través de las paredes, incluso cuando las palabras son ininteligibles). A continuación, de nuevo el griterío, quizá entre sollozos; Adam no estaba seguro.

Echó un vistazo alrededor de la habitación. Ahora que solo faltaban unos días para marcharse de casa, sus pertenencias parecían formar parte del pasado, de una infancia de la que se había graduado. En el escritorio, al lado del incensario y las pilas de estuches de CD, había una enorme esfera de plasma que alguien le había regalado hacía años, quizá por su bar mitzvah. Cuando la encendías, haces fluctuantes de luz azul y rosa («figuras de Lichtenberg», los llamaba Klaus) se desplazaban entre el electrodo interior y el cristal exterior. Un terrario para fosfenos. Si tocabas la esfera, la corriente se curvaba hacia tu mano y la electricidad zumbaba bajo tu palma; a menudo había temido que tocarla podría causarle de algún modo las migrañas. Ahora le parecía algo infantil, ese objeto novedoso en los años ochenta; no lo encendía desde hacía un año, quizá dos; debería deshacerse de él. Cuando volvió a oír los gritos de su madre, se preguntó —se obligó a preguntarse— ¿cómo se tiraba una cosa así? ¿Bastaba con arrojarla a la basura? ¿Qué tipo de gases nobles habría atrapados bajo el cristal? Si se rompía, ¿qué emanaría? Quizá Erwood lo quisiera.

La esfera, recordó, tenía también una función de audio; la electricidad palpitaba en respuesta al sonido; imaginó que, si la encendía, registraría desde esa distancia las voces de sus padres, y de algún modo los patrones eléctricos le transmitirían el contenido de la pelea, jeroglíficos titilantes. Pero él no deseaba que el contenido quedara expreso; solo quería que los gritos cesaran. (Hacía un instante era más maduro de lo que correspondía a su edad, a su habitación; ahora era un niño pequeño, temeroso del ruido). Tosió lo más fuerte que pudo, dio una patada a la pared junto a su cama.

Pero su madre continuó, un animal dolorido. Adam se puso en pie y se quedó en medio de la habitación junto a la cuña de luz de luna sobre la moqueta de color blanco roto. Iba en calzoncillos y camiseta de tirantes. Cálmate, se dijo: los padres discuten; mamá está estresada por la inminente muerte (esperemos) de su padre; los dos están preocupados por el «nido vacío»; transiciones en múltiples generaciones. Tal vez podría envolverse el cuerpo en chicle y entrar en su habitación, «Se me ha caído de la boca», podría distraerlos. Tal vez ponerse su traje de debate y hacerlos entrar en razón, asignarles preguntas de política y valor. Decidió que iría al cuarto de baño, armaría mucho ruido en el pasillo.

Se movió con torpeza exagerada, Buster Keaton, y se movió con rapidez, a fin de no comprender las palabras más de la cuenta; no podría haber explicado su deseo de no entender el carácter de la pelea. Desde el pasillo oyó a su madre utilizar la palabra «Flatbush», la palabra «museo», pero pronto estaba tirando de la cadena del inodoro, y luego otra vez más. Pero ellos no lo oyeron o a ella le dio igual, estaba demasiado disparada. Se dirigió a la puerta del baño y cerró de un portazo, Eso lo oirán, luego se acercó al lavamanos, abrió los grifos y se miró en el espejo.

Cómo ayudaba su padre a Adam a ponerse espuma en la cara y después se aplicaba el resto en sus propias mejillas. Por entonces Adam tenía su propia navaja de afeitar segura, sin hoja, al lado de la de su padre en el pequeño soporte. Colocaba el escabel junto a su padre y se «afeitaban» juntos antes del desayuno; Adam se tomaba muy en serio la tarea de quitarse la espuma con pasadas regulares, de enjuagar la navaja entre una y otra; le encantaba el olor a Barbasol. Ni siquiera sobre el escabel, Adam alcanzaba altura suficiente para reflejarse en el espejo, pero podía alzar la vista y ver la imagen de su padre en el cristal empañado. Sincronizaría sus movimientos con los de su padre hasta que el niño se hiciera hombre; Adam creía que podía sentir el roce de la hoja en la mejilla áspera, tenía que ir con cuidado para esquivar el bigote que ahora llevaba. Un rostro colectivo. Hasta que los dos se echaban agua fría y él volvía a ser él mismo. Cómo le limpiaba su padre la espuma restante con una toalla, dándole ligeros tirones de los lóbulos de las orejas para hacerlo reír. Después iban en coche al Círculo Brillante, a menudo recogiendo a Jason por el camino.

De vuelta en el presente, oyó no solo gritos, sino también cosas derribadas, tal vez lanzadas. No lograba imaginar qué estaba ocurriendo; jamás había visto a su madre o a su padre destrozar nada en un arranque de ira.

Menos de tres metros separaban el cuarto de baño de la puerta del dormitorio de sus padres. Caminó despacio por el pasillo, con pisadas deliberadamente sonoras, haciendo crujir el suelo. Ahora estaba hablando su padre: sobre el doloroso proceso de aclarar las cosas, sobre no cumplir las expectativas, sobre pautas, una mujer llamada Rachel, pero Adam intentaba no oír. (Intentar no oír se le antojaba como flexionar un músculo que no tenía). Deseó alzar la voz. —Eh, qué pasa, calmaos un poco— a fin de que pudieran prepararse para su presencia, pero se sintió incapaz de articular palabra. Dudó de que los ruidos que estaba haciendo se transmitieran a través del aire; se hallaba en una dimensión distinta a la de sus padres, un fantasma, dentro de las paredes. Ahora oía responder a su madre, pero no decía gran cosa: insultos, un comentario burlón sobre el grupo de hombres, luego sonidos que no eran palabras. Su padre se había quedado en silencio.

Adam llamó muy fuerte con los nudillos a la puerta entornada, luego empujó para abrirla de par en par y entró. Procuró conferir a su voz un tono levemente sarcástico, decir en broma que él era la persona madura, la figura paterna: Vamos a respirar todos muy hondo y a calmarnos. La única luz procedía de una lámpara de lectura en la mesilla de noche. Su padre estaba de pie en ropa interior, lo que Adam y sus compañeros habrían llamado «gayumbos apretados», cruzado de brazos; sin gafas, siempre se lo veía un poco ciego y vulnerable. Su madre se había puesto unos vaqueros y un jersey oscuro (lo que no tenía sentido; incluso de noche, la temperatura superaba los veinticinco grados), el cabello alborotado y echado solo a medias hacia atrás, sujeto con un pasador; estaba sentada en el suelo, calzándose unas botas. Eso no era algo que hiciese normalmente: sentarse en el suelo de su habitación, a menos que estuviera haciendo estiramientos. Los zapatos que solía usar estaban abajo, cerca de la puerta; debía de haber sacado las botas del armario. Con una deliberación que delataba su desazón, su padre dijo por fin: «No pasa nada, Adam; vuelve a la cama. Es solo una desavenencia». Pero su madre miró a Adam como si la sorprendiera no solo su presencia, sino su existencia. Conmocionada, no lo reconoció. De pronto gritó: «¡Un poco de intimidad, joder!». Atónito, Adam se oyó decir —oyó decir a un niño mucho más pequeño—: «Mamá, ¿adónde vas?». En el silencio que siguió, la señal de línea ocupada procedente del teléfono descolgado junto a la cama.

—Pregúntaselo a tu padre. —Se puso en pie con torpeza; había algo de infantil en sus movimientos, cosa que lo desconcertó aún más. Luego ella se obligó a sonreír y dijo a Adam con una tensa aproximación a su voz normal —: Lo siento, cariño, necesito un poco de fresco para pensar… aire fresco, quiero decir.

En su estado de alteración, se le desordenaban los predicados. Pasó por su lado y siguió escalera abajo; la oyó coger las llaves del gancho que había junto a la puerta de entrada, que luego cerró con fuerza tras de sí, haciendo vibrar las ventanas de delante. Pisadas en el porche, el portazo del coche, el motor al arrancar. Adam se acercó a la ventana, separó unas lamas de la persiana veneciana y la observó salir por el camino de acceso, enfilar hacia la Sexta.

Al volverse, vio a su padre recuperar las gafas de la cómoda, ponérselas, y empezar a recoger algunos de los objetos que debía de haber lanzado su madre. Cogió del suelo el reloj de mesa de latón, volvió a colocarlo en la mesilla de noche, luego la pequeña pero pesada escultura inuit de piedra que Rose había adquirido no sé dónde. La dejó sobre la cómoda. Adam tenía la extraña sensación de que los diversos objetos desperdigados por el suelo, más que arrojados por su madre, habían sido arrastrados a su nueva posición por una fuerza magnética, algún principio de atracción contra el que su padre ahora tenía que luchar para devolverlos a su sitio. Imaginó que el vaso de agua que su padre cogió de la moqueta —por la oscuridad de la mancha dedujo que antes contenía vino— pesaba unos quince kilos, como una de las mancuernas con las que Adam hacía flexiones de bíceps en el Popeye’s. En el rincón, junto con unos cuantos libros que habían sido lanzados al suelo desde la cómoda —incluido uno de su madre, una nueva traducción a alguna lengua del este de Europa—, Adam vio la caja de madera clara que Klaus le había regalado. Hemos estado procesando muchas cosas y esta noche se nos han ido de las manos, siento de verdad que te hayamos despertado. No pasa nada, en serio; tu madre no tardará en volver; durmamos un poco. Dentro de Adam, el deseo de saber más y el deseo de saber menos pugnaron entre sí hasta anularse, con lo cual le costó moverse. Percibió que su padre se preparaba para afrontar las preguntas difíciles.

Pero Adam dio las buenas noches, le volvió la espalda. Al salir, cerró la puerta de la habitación de sus padres con delicadeza. Las piernas lo llevaron más allá de su dormitorio hasta el despacho de su madre, al final del pasillo, donde la moqueta daba paso al parquet. No encendió la luz. Las grandes ventanas sin persianas daban al jardín trasero. Las ramas del nogal en torno al cual se había construido la terraza posterior se movían a causa del viento, proyectando sombras sobre el suelo. Permaneció allí en el mayor silencio posible, atento por si oía regresar el coche. En lo alto de la cerca del jardín, un animal se movía lentamente; ¿era un gato grande o un mapache? Era un gato. Se apartó de la ventana, se acercó al escritorio y se sentó en la silla con ruedas. A la derecha del monitor del ordenador, unas cuantas tortugas de alebrije verdes y moradas de Oaxaca, sus cabezas ligeramente trémulas. Un tríptico de marcos con bisagras en el que aparecían su madre y él a distintas edades. Por el leve zumbido de la torre situada bajo el escritorio, dedujo que ella había dejado el ordenador encendido. Solo estaba apagado el monitor cuadrado de color beige; localizó el botón en la parte de atrás de la pantalla y lo apretó.

Word para Windows, 1995. No tenía aún el Office 97. El documento abierto contenía anotaciones que su madre estaba tomando, tal vez para un artículo: «separaciones en primeras familias: véase Bowen, una visión del cambio como proceso», «ciclo de búsqueda y ansiedad»; etcétera. Concibió la fantasía de que cualquier cosa que él escribiera en el documento acabaría en uno de sus libros, que más tarde ella la confundiría con su propio lenguaje y la incorporaría a su texto, que luego circularía por el mundo, quizá influiría en las relaciones de sus lectores. Sabía que la idea era absurda, pero lo asustó.

Abrió un documento nuevo. Escribió fragmentos de lo que su padre había dicho, pero ahora lo organizó y lo desglosó más o menos conforme a sus sílabas y acentos, algo con lo que había estado experimentando en sus poemas:

Es doloroso cuando aclaras las cosas

no siempre he estado a la altura

en especial cuando hay tanto.

Dejó parpadear el cursor cuatro veces. Luego prosiguió:

Una visión del cambio como proceso se convierte

en dos capas de luz gris o dorada

electricidad bajo la palma de la mano.

Y así sucesivamente. Intervenía una suerte de poder especial en el acto de readaptar el lenguaje, de redistribuir las voces, de modificar el principio de creación de pautas, tenues chispas de significado alternativo a la sombra del sentido original, la narración. El poder era a la vez real y muy débil, una señal lejana. Escribió unos cuantos tercetos más, ninguno especialmente bueno, pero el proceso de componerlos, o de permitir que otra fuerza los compusiera a través de él, lo relajó un poco, una especie de meditación. Cerró el documento, clicando en «No guardar».

Vaciló, luego clicó dos veces en el icono de Netscape y escuchó el tono de marcado. Después la marcación automatizada, los pitidos y siseos, el sonido del módem comunicándose con otro módem por la línea telefónica, el lenguaje de las máquinas. Cuando estuvo conectado, escribió «ALS Scan» en la barra de búsqueda y esperó a que se cargaran los resultados; entonces clicó en el vínculo apropiado. Los pequeños recuadros de imágenes tardaron un rato en aparecer. No era su web preferida, pero tenía la seguridad de que si de algún modo el nombre ALS Scan era descubierto por quién sabía qué autoridad de vigilancia, sonaría inocuo. ¿No era ALS una enfermedad? Podía aducir que había estado realizando algún tipo de investigación.

Clicó más o menos al azar en la pequeña imagen de una joven aproximadamente de su edad chupando un consolador morado que sostenía en una mano mientras con la otra se separaba los labios vaginales. La imagen empezó a cargarse; los sonidos ahogados procedentes de la torre del ordenador recordaban los ruidos de una obra de construcción oídos a lo lejos. Sierras y martillos, como si unos hombrecillos vivieran dentro del ordenador y tuvieran que fabricar la imagen a mano. Empezó a aparecer desde lo alto de la pantalla y fue desplegándose hacia abajo, una cortina de color cayendo unos milímetros cada vez. Tardaría todo un minuto en verse entera, el striptease de la transferencia de datos a baja velocidad.

La parte de la pantalla en la que no había aún imagen estaba a oscuras, y veía su propio reflejo en el cristal. De pronto, sin previo aviso, había allí otra cara reflejada, alguien que miraba por encima de su hombro; horrorizado, Adam se agachó torpemente hacia el ordenador bajo el escritorio y pulsó el botón de apagado; cuando volvió a erguirse, sabía ya que era una falsa alarma, que la habitación estaba vacía. Habría oído acercarse a alguien. Aspiró profundamente por la nariz, exhaló audiblemente por la boca. De pronto exhausto, se levantó para irse a la cama.

Pero se detuvo en el umbral de la puerta: cuando su madre encendiera el ordenador por la mañana, ¿seguiría cargándose la imagen? Sabía que eso no era posible, pero representárselo mentalmente resultaba perturbador, y tal vez quedara algún otro rastro de ello, su historial de búsquedas. (La imagen aparecería en pantallas por todas partes, y de algún modo la gente sabría que aquello era cosa suya, responsabilidad suya; Amber la vería en su propio PC, Rose la vería la próxima vez que pasara por la sección de electrónica del Hypermart, aparecería en las pancartas de los Phelps, está orgullosa de su hijo, se cargaría de algún modo en los marcos colocados junto al escritorio de su madre, ocuparía las sobrecubiertas de sus libros, pero también se cargaría en las pantallas y las superficies del pasado, El gato Fritz, el póster de George Brett y sus sábanas de La guerra de las galaxias; sustituiría al Chagall en la consulta de su padre, echando a perder su carrera. Y la prueba aparecería en las pantallas del futuro: tu iPhone, la cubierta de este libro. La precognición de la humillación había provocado que su madre huyera. La obstinación de la historia).

Regresó al escritorio y volvió a encender el ordenador. Oyó los seis segundos del sonido de arranque de Windows compuesto por Brian Eno. Necesitaba localizar y borrar la memoria caché. Solo en ese momento se preguntó si se habrían guardado los cambios de su madre.

 

Aparcó el coche a unas casas de distancia de la fiesta y apagó el motor justo cuando se encendía la farola más cercana a ellos. ¿Crees que van con temporizador, preguntó a Amber, o crees que son fotosensibles? Lo que yo creo es que hay un pajarillo dentro de cada farola, como en Los Picapiedra, respondió ella. Encendieron unos cigarrillos y fumaron y vieron llegar a algunos de sus compañeros de clase, muchos de ellos cargados con botellas o cajas. Jugaron a tratar de identificar la marca de las bebidas desde lejos: Zima, Mad Dog 20/20 Coco Loco, Mickey’s Fine Malt Liquor. Amber se tapó un ojo, como cuando te piden que leas las letras de la tabla optométrica.

Cuando acabaron de fumarse los cigarrillos, se apearon del coche y se acercaron al maletero, que él ya había abierto, para coger sus propias bebidas, ambas procedentes de la casa de los padres de Amber: una botella de Absolut ya empezada pero casi llena y una de vino blanco. Cuando Adam cerró de un golpe, la farola se apagó como por efecto del ruido. Amber se deslizó entre el coche y él y lo atrajo hacia ella: Deprisa, antes de que vuelva la luz. Él paladeó el sabor azucarado del brillo de labios y el tabaco, los asomos de menta y metal que, cuando la besaba, lo llevaban a pensar en la sangre. Era fenomenal infligirse un daño opcional en los pulmones de intenso color rosa; era fenomenal ser dos personas jóvenes con sabor a Lancôme y Philip Morris, feromonas sintéticas y cancerígenos, hallarse en el momento de contacto más íntimo, sus personas más colectivas e intercambiables; clichés, estereotipos.

Tengo una prima en Joplin, dijo ella, apartándose (siempre se apartaba repentinamente), que dice que las farolas se apagan cuando ella pasa por debajo. Piensa que es como un superpoder que tiene, o como quieras llamar a un superpoder cuando es algo malo. Una maldición… cree que le pasa algo raro.

Quizá tiene que ver, dijo Adam, con el campo electromagnético en torno a su cuerpo.

Pero lo más fuerte (no le hizo ni caso) es que nosotros —mi hermano también estaba— íbamos todos colocados y ella nos contaba eso y nosotros le tomábamos el pelo hablando de Stull, El exorcista, y de pronto nos sale con: Vamos. Y todos fuimos a pie al centro, que estaba a casi un kilómetro de la casa de mi tía, totalmente vacío. Era la una de la madrugada de un domingo. Había un montón de farolas antiguas. Y nos dijo que esperáramos y miráramos, y ella pasó lentamente por debajo de las que estaban a un lado de la calle y no ocurrió nada. Nos tronchábamos de risa. Luego volvió hacia nosotros por el otro lado de la calle y una sí se apagó. Nos quedamos en plan, la hostia, pero también dijimos que era pura suerte. Así que volvió a pasar y se apagó otra, te lo juro. No veas qué fuerte. Como si lo hiciera con la mente. Está bastante chiflada y ahora toma Prozac y está escolarizada en casa. Me parece que igual es bruja o algo así.

Es de la parte de tu padre… la hija de su hermana mayor, confirmó Adam.

Sí, dijo ella, y se rio.

Parecéis todos una puta panda de porreros colgados, dijo él, por si su anterior deseo de trazar el árbol genealógico de la familia de ella, de mantener el sistema en su cabeza, diera una imagen de él de persona rara o blanda.

Caminaron cogidos de la mano hacia la casa de Jason, pero se soltaron al acercarse; ya nadie se cogía de la mano, no eran los años cincuenta. Llegaba más gente, y Adam se sorprendió por el gran número de coches; ni Adam ni Jason habían montado nunca una fiesta en casa en toda regla; Sima y Eric, al igual que Jane y Jonathan, no tendrían inconveniente en que se bebiera un poco, no se escandalizarían por un poco de hierba, pero no tolerarían drogas más duras ni estudiantes novatos incapacitados ni una pelea; cualquiera de esas situaciones daría lugar a un año, quizá varios, de «procesamiento». Los padres de Jason pasarían la noche en Kansas City, pero sería difícil evitar que la fiesta se descontrolara una vez iniciada, asegurarse luego de que todos se marcharan a su debido tiempo. Jason ingresaría en Stanford al cabo de un mes y medio; quizá no le importara meterse en problemas.

A juzgar por las voces y la música (los Fugees, The Score), la gente estaba en la parte de atrás. Una verja de madera a un lado de la casa daba acceso a un camino de piedra flanqueado de lucecillas que llevaba hasta el jardín, donde otros recién graduados fumaban y bebían diseminados entre el mobiliario del patio. Aquí y allá, una caja de Natural Light; Nowak privando Evan Williams a morro; una garrafa de Carlo Rossi; etcétera. Adam, tras los saludos de rigor, ahora mezclados con burlonas felicitaciones por su triunfo —«Eh, brindemos por el campeón de los gansos»—, entró a buscar bebidas para mezclar.

¿Por qué aquella noche le resultaba extraño entrar en casa de Jason, una casa que conocía desde que tenía memoria? ¿Por qué rebuscó en el frigorífico y en los cajones de la cocina como un antropólogo o un fantasma? ¿Por qué dejó el zumo de naranja al lado de la botella en la encimera y, en lugar de preparar las bebidas, entró en el salón y contempló el sofá de piel amarillo y los cuadros de las paredes, entre ellos un pequeño Lassiter en un marco antiguo, regalo de Jane? Buscó las marcas de dientes que sabía que había dejado en la mesita de centro hacía más o menos una década, una caída mientras jugaban; deslizó los dedos sobre la huella y recordó que unos años después había visto a su padre desprender el labio de Jason de su aparato de ortodoncia en el hotel. (¿Qué habría sido de sus dientes de leche?, se preguntó de pronto. ¿Los tiraron sus padres sin más? Se imaginó que, al reincorporarse a la fiesta, los hombres y mujeres de último curso desplegaban sonrisas y mostraban diminutos dientes temporales, con mellas aquí y allá donde se les habían caído, los dientes ausentes dejados ahora bajo las almohadas para el ratoncito Pérez, que los cambiaría por dólares de plata). Sin ningún destino en mente, subió por la escalera, acompañado por los crujidos de la madera bajo sus pies. El dormitorio de Jason y la salita del televisor se hallaban a su derecha, pero se dirigió a su izquierda, abrió la puerta del dormitorio principal, donde nunca había entrado. Percibió un aroma que asoció con Sima. En lo alto de la cómoda había un gran joyero abierto con incrustaciones de plata y nácar y cogió algunas de las pulseras, examinó los anillos. Contenía un guardapelo suelto sin la cadenilla, que intentó abrir pero no pudo; tal vez no fuera un guardapelo, sino solo un colgante, pero presintió que escondía algo, una fotografía antigua, una porción del Hielo del Mundo. El ventanal daba al jardín trasero; se acercó a él y separó con cuidado dos lamas de la persiana veneciana y contempló su entorno. Ahí está Darren, que llega en compañía de Cody y Laura. El entusiasmo exagerado, un tanto histérico, con el que reciben a Darren. ¿Qué pasa, hermano? Joder, menuda fiesta, ¿eh? Adam imaginó que se veía a sí mismo en uno de los sillones de mimbre, Amber en su regazo, recogiéndose el cabello rubio en una coleta por encima del hombro derecho de un modo que dejaba a la vista los tonificados músculos de sus brazos morenos.

Pero fue Amber quien le tocó la espalda, haciendo que se sobresaltara y se apartara de la persiana. Por Dios, dijo; ¿cómo era posible que no hubiera hecho el menor ruido al subir la escalera? ¿Qué haces aquí?, preguntó ella. Sin saber qué decir, Adam esbozó una sonrisa de complicidad y se acercó a la puerta y la cerró por dentro hundiendo el botón en el picaporte plateado y luego regresó junto a ella y la guio hacia la cama amplia y hecha con esmero. ¿Aquí?, preguntó ella. La firmeza inesperada del colchón, la espuma viscoelástica. Más voces al otro lado de la ventana, la fiesta cada vez más numerosa. Se magrearon un rato con ella encima y después él se colocó sobre ella, recorrió su cuerpo con los labios lentamente hasta el botón superior del vaquero, que desabrochó.

Entiéndase que sus conocimientos sexuales, si es que podía llamárselos así, representaban una síntesis, o una tensión factible, entre el porno y Nuestros cuerpos, nuestras vidas, lo más parecido al porno que había encontrado en posesión de sus padres; había oído a su madre hablar de la ausencia total del clítoris en la teoría psicoanalítica, y naturalmente había oído a los chicos y a los hombres hablar interminablemente del cuerpo femenino como un juguete que había que destrozar para alcanzar el placer masculino. ¿Cómo interactuar con Amber de un modo que reafirmase su diferenciación positiva como poeta, protofeminista, alternativa de universidad de élite a los estereotipos, sin castrarse en el proceso? Cunnilingus, el arte del lenguaraz, como decían algunos, lo cual podría aplicarse a él, que intentaba cubrir el cuerpo con el habla. (El chicle, la voz de Klaus, indica la transferencia de la oralidad a lo genital). Difícilmente era el único chico que «comía chocho» en Topeka, pero tal vez sí fuera el único en la promoción del 97 que leía sobre las técnicas, que consultaba con la famosa experta en sexo a su paso por la ciudad, que solicitaba a su pareja valoraciones sinceras durante el acto. (Esta conversación en sí, después de su timidez inicial, pareció afectar a Amber casi tanto como el contacto físico). Aplanar la lengua en lugar de ponerla en punta. La dialéctica de los movimientos circulares y verticales. La coreografía de los dedos. No acelerarse instintivamente en respuesta al creciente placer, no sucumbir al instinto de arrollar. En la universidad tendría que desaprender el hermoso mito adolescente de que «escribir» el alfabeto con la lengua era un código universal para el orgasmo femenino, pero al menos amplió así su margen de maniobra. Se podía practicar intentando leer con un bolígrafo en la boca. El listón era absurdamente bajo para esta forma de articulación. Utilizar el borde de la lengua, esencial para las oclusivas alveolares, tales como /t/, /d/. Aunque lo único que él sabía era escuchar y responder y mantenerse firme durante los temblores, era más que suficiente —combinado con el acto mismo de follar— para que Amber lo declarase el mejor de sus muchos amantes con diferencia. Pero si bien él albergaba la esperanza de que ella hiciese pública esa clasificación, no deseaba que divulgase el predominio de la estimulación oral, lo que haría peligrar su reputación entre los estereotipos. Una vez más su lengua era a la vez su punto fuerte y su punto débil.

Ella se tapó la cara con una de las grandes almohadas para ahogar el sonido que emitía cuando se corría, o parecía correrse. Cuando dejó de temblar, él se resituó con cuidado y retiró la almohada y se besaron lentamente durante un rato. Después se tendieron los dos boca arriba con la mirada fija en el ventilador blanco del techo, apenas visible por encima de ellos en la oscuridad. En lugar de bajarse inmediatamente para corresponder a Adam, Amber empezó a hablar.

Mi madre no quiere que me vaya muy lejos del estado, pero supongo que podría convencerla de que tengo que marcharme al este para encontrar la combinación adecuada entre danza y nivel académico. Una sobrina suya fue a Swarthmore, que está a un paso de Filadelfia, y eso es un trayecto largo en coche hasta Providence o uno corto hasta Nueva York. No sé si podría acceder, porque en mi expediente del West tengo un montón de aprobados justos porque andaba haciendo gilipolleces, pero desde entonces tengo un notable de media, y un 790 en mates en la prueba de acceso, y aunque no me dedico a ganar campeonatos de debate y esas memeces, me defiendo bien con la redacción, o tú podrías ayudarme, o también hay otros centros. (¿Sabías que en las Bahamas hay una facultad de medicina donde puedes estudiar la carrera y volver aquí y ejercer como médico? Eso sería estupendo. Después de los dos primeros años de universidad, iré allí a aprender a operar y luego me relajaré en la playa, colocada hasta las cejas. Eso es lo que haré si lo de la danza no me sale bien. Quizá pediatría, para cosas como cuando le arreglaron las arterias a mi hermano porque al nacer las tenía invertidas. Por eso no pudo jugar al fútbol a pesar de lo bueno que es). No digo que vayamos a ser una especie de pareja para siempre, pero quiero pasar algún fin de semana en Nueva York contigo, quiero ir al museo y pasear en uno de esos coches de caballos por el parque como hizo tu padre después de su mal viaje y conservar algunos recuerdos más de allí. Me parece increíble que te cuenten las cosas que hacían cuando empezaron a salir y que tomaron drogas y perdieron el control. Mi madre puede estar como una cuba y empastillada hasta arriba pero te jura que solo se ha tomado media copa de vino. Igual podríamos ver arte o escuchar música o poesía o algo o ir a los clubes o simplemente callejear después del cine. Dice mi hermano que la última vez que estuvo allí se compró unos botellines de Olde E y se subió a un ferry y se pasó la noche de colocón yendo y viniendo de un lado a otro y contemplando las luces de la ciudad desde el agua, cosa que a mí me parece una pasada, podríamos hacerlo juntos una noche, ¿vale? No sabes lo mucho que me gusta estar contigo cuando no te comportas como un capullo, lo que se siente al conocer la igualdad y la diferencia aunque no puedas representarte mi voz, el problema de las otras mentes, los fosfenos, los fonemas. Es como si ahora las borrosas imágenes de mi vida anterior, amplias y vacías, se espesaran en mi mente. Solo necesitamos identidades falsas. Apenas sé nunca si te digo cosas reales, o si te cuento los sueños más irreales. Si frotas esta planta entre las manos, las farolas se apagan, se encienden las sirenas. El Hale-Bopp está a punto de pasar por el perihelio, una estela de gas azul alejándose del sol. Hielo azul. Lo verás si cierras los ojos y aprietas con fuerza. Dentro de mí, las cosas más sólidas se funden siempre en sueños, y los sueños se solidifican. Detrás del cometa viene una nave espacial, y mientras estamos aquí tumbados, los miembros de Heaven’s Gate están mezclando fenobarbital y zumo de manzana y vodka y subiéndose a sus literas y tapándose las cabezas con paños morados para poder ser transportados desde sus cuerpos y desde este planeta donde la historia ha terminado, promoción del 97.

En la cocina, vertieron el vodka y el zumo de naranja sobre hielo en los vasos más altos y regresaron al jardín, donde ahora reinaba el bullicio por la multitud congregada. Había llegado una oleada de novatos. En cuestión de minutos Adam volvió a entrar para rellenar sus vasos, esta vez con menos zumo de naranja, y después, sin transición, Amber le entregaba una tercera ronda, quizá una cuarta. Él no habría sabido decir cómo empezó el rapeo, quiénes se lanzaron primero, pero de pronto se descubrió con los brazos alrededor de los hombros de un par de alumnos mayores mientras intentaban rimar sobre zorras y el uso de armas y demás. Si tomas esta pastilla misteriosa, puedes abstraerte de lo absurdo y lo ofensivo de su vocabulario para recuperar una sensación de asombro ante el mero hecho de que cualquier clase de juego lingüístico formalmente presurizado tenga peso social, de que, mediante esta clase de apropiación, los estereotipos masculinos puedan crear un teatro donde el habla puede reciclarse, recombinarse, aunque sea de una manera torpe o escandalosa. Esa noche Adam logró elevarse por encima de la estúpida violencia de las batallas y los clichés misóginos y entrar en una zona en la que las frases se desplegaban a una velocidad que él no podía controlar conscientemente. En ese punto no importaba qué palabras introducía en la maquinaria de la sintaxis (un espacio sublime de la intercambiabilidad), no importaba si estaba rimando sobre zorras o coca o el programa de vigilancia Stingray; daba igual que él pareciera idiota; lo que importaba era que el lenguaje, el medio fundamental de la sociabilidad, se estuviera mostrando en su capacidad abstracta, y que él alcanzara a vislumbrar, aunque fugazmente, la gramática como posibilidad pura.

¿De quién había sido la idea de incorporar a Darren? Darren se impulsaba, lo impulsaban, por una corriente de alcohol y energía compartida, hacia el círculo sin excedentes; los estereotipos lo rodearon fraternalmente con los brazos como si formaran una piña en el fútbol y le entregaron el micrófono invisible o concha o palo parlante, y si bien la primera vez permaneció absolutamente mudo, incapaz siquiera de una vocalización, véase la sonrisa de terror, al final volvieron a él, y ahora sí habló, aunque entrecortadamente. Y si bien su contribución no fue más que un torpe intento de repetir palabra por palabra lo que Adam canturreaba sobre puñetazos en la cara y acabar en el trullo, sus hermanos lanzaron todos gritos de aliento y asombro y cabecearon a un son inexistente, como si Darren estuviera revelando nuevos territorios de pensamiento y sentimiento, nuevos mundos, como si fuera su Caedmon. Porque siempre les habían dicho que lo incluyeran y aquello constituía el zenit de la inclusión, la asimilación de Darren al discurso colectivo, sus prosodias rotas, y si había ironía, no toda era cruel.

Pero allá atrás había demasiado jaleo; los vecinos se quejarían. Al final Jason cortó el rapeo y dijo que tenían que entrar, bajar al sótano, donde estaban el televisor grande y los pufs y la pared de cobre y la mesa de billar que Eric, con ayuda de Jonathan y la camioneta de Ron Williams, habían trasladado de casa de Klaus hacía un par de años. Era hora de ocupar sus posiciones en torno a la bola blanca en imperceptible rotación, satélite de hielo. No había, no hay prisa; los becarios tienen que colocar las cámaras, los actores deben arreglarse la ropa de época, ladearse los sombreros en su justa medida, prenderse los buscas, aplicarse sus secretos de lavado y acabado. Estamos en 1909; estamos en 1983; estamos a principios de la primavera de 1997 vista desde 2019, desde el suelo de mis hijas, el tenue resplandor del portátil, «Clair de lune» sonando en una ventana aparte, mientras Bone Thugs-N-Harmony suena en el sótano. Desde fuera, porque esta noche se está reciclando, oigo a gente enzarzarse a través del cristal; desde dentro de la novela, risas y palabras arrastradas, los mecanismos al borde del colapso. Las cajas de cerveza se han colocado a lo largo de la pared; las cachimbas se han dispuesto sobre la extensión verde de fieltro; McCabe muestra a Jason la bolsa de plástico con cristales, cómo se calienta la base de la bombilla de la que se han extraído cuidadosamente los filamentos. Se requirieron miles de generaciones de progreso técnico, cada una trabajando a partir de los logros de aquellos que vivieron antes, para hacer posibles esos objetos corrientes en los tiempos modernos. Témpera sobre madera. Mármol Kodachrome. Rebota y explota.

Cuando todo el mundo está en posición en el sótano abarrotado, las luces se apagan. Aquí y allá el resplandor de un encendedor aplicado a una cazoleta, la pantalla eléctrica azul del estéreo portátil. Cliquemos en la bola blanca y arrastrémosla al borde de la mesa y coloquémosla junto al rostro de Mandy Owen, que está de perfil; al soltar el ratón, la golpea siete centímetros por debajo de la sien, fracturándole la mandíbula por varios puntos, desalojándole múltiples dientes, dejándola inconsciente, alterando para siempre su habla. Cuando las luces se encienden de nuevo, está boca abajo en el suelo; se oyen gritos por la velocidad y la propagación de la sangre; la música se interrumpe por fin. Unos se abalanzan sobre Mandy, le dan la vuelta lentamente (más gritos); otros se abalanzan sobre Darren, lo inmovilizan como si se propusiera huir, ligeros espasmos mímicos en las comisuras de sus labios; muchos escapan del sótano sin más, subiendo en estampida por la escalera. Localicemos la bola blanca, que ha rodado bajo la mesa, y volvamos a clicar, arrastrémosla a la izquierda. La sangre y los dientes entran de nuevo en la cabeza de Mandy mientras recupera la postura vertical, su mandíbula se reintegra; las luces se apagan, las nubes de humo vuelven a entrar en las bocas, la música suena en sentido inverso mientras la pequeña luna gira por el firmamento del sótano, todo en un lapso de tiempo quizá no mayor al que tarda / una flecha en dar en el blanco, volar, salir // del arco. Qué fácil sería si cuando la reproduces lentamente en sentido inverso, la letra revelara realmente, como algunos padres histéricos se temían, mensajes satánicos; si hubiera un orden secreto del retroenmascaramiento, por impenetrable que fuese, en lugar de rabia por el vacío. Ahora le llena la mano.