El instituto Topeka

Ben Lerner · Capítulo 7 de 9

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El instituto Topeka

Efectos paradójicos

 

(JANE)

 

El reverendo Fred Phelps era un párroco adscrito al baptismo primitivo y un abogado inhabilitado que había convertido en misión espiritual y empleo a jornada completa la erradicación de la homosexualidad del planeta. Todos los días, Fred y sus seguidores —que incluían a los pocos miembros que quedaban de su parroquia, la mayor parte de sus trece hijos, y muchos de sus nietos, algunos de los cuales tenían menos de diez años— se congregaban en una calle de Topeka para enarbolar enormes pancartas en las que se leía DIOS ODIA A LOS MARICAS, MUERTE A LOS MARICAS, MARICAS = MUERTE, etcétera. En algunas pancartas aparecían figuras de palotes participando en una especie de sodomía anatómicamente abstracta. Se veía a los Phelps con parkas o chaquetas de plumón en Gage Boulevard en pleno invierno, su aliento visible, pateando el suelo para calentarse los pies. (Fred, que pasaba ya de los setenta años, era alto y enjuto, había sido boxeador amateur en su juventud). O se los veía con camisetas empapadas en sudor —algunas personalizadas, con referencias a versículos del Levítico—, rebuscando en una nevera para sacar un Tab, aplicándose la lata a la nuca. (Fred, bajo su característico sombrero vaquero, llevaba unos de esos grandes parasoles de plástico añadidos a las gafas, como el de mi madre, de esos que el optometrista le da a uno después de dilatarle las pupilas, el equivalente óptico de los zapatos ortopédicos). Mientras se manifestaban, los Phelps solían mantener una actitud jovial. Se los oía cantar «Odio a los maricas, odio a los maricas», al son de «Jingle Bells». Los Phelps montaban piquetes en los desfiles, en el centro de artes interpretativas, en la mayoría de los acontecimientos de la Universidad de Washburn y en los funerales, sobre todo si sospechaban que se trataba de una muerte relacionada con el sida. OTRO MARICA EN EL INFIERNO, podía leerse en una pancarta. En 1994, después de que en 20/20 emitieran un reportaje sobre Fred titulado «Un evangelio del odio», los Phelps se hicieron mundialmente famosos.

Fred odiaba a los «maricas» y a los «defensores de los maricas» y los topekanos odiaban a Fred. De vez en cuando se organizaban contramanifestaciones, un amplio apoyo para las víctimas del acoso de Fred. Se aprobaron ordenanzas para restringir la actuación de sus piquetes en funerales y viviendas particulares. Pero siempre me causó inquietud la naturaleza de la condena. Una vez una paciente me dijo lo mucho que despreciaba a Fred. Su hija bailaba en una compañía de ballet local, y Fred y sus seguidores se habían manifestado contra El Cascanueces. «A duras penas pude contener el deseo de embestir a todo el grupo con el coche. ¿Por qué tiene que saber mi hija nada de esa gente?» Al principio pensé que se refería a los Phelps, pero enseguida quedó claro que la airada madre se refería a «los gays». Aparte de Ken Erwood y un valiente profesor de la Facultad de Derecho de Washburn, en Topeka no conocía absolutamente a nadie que hubiera salido del armario. (Siempre tuve mis dudas sobre Klaus). Vallas publicitarias en la I-70 mostraban a hombres sonrientes con el pelo a cepillo que habían sido «curados» gracias al estudio de la Biblia. «Hay esperanza».

Dado que yo era famosa en Topeka (Jonathan decía que «Famosa en Topeka» sería un excelente nombre para una banda de música), que hablaba abiertamente de los derechos de los gays y las lesbianas, dado que era judía, que trabajaba en la Fundación, debería haber sido uno de los principales objetivos de los Phelps. Sin embargo, por razones misteriosas, conmigo no se pasaban de la raya. Había recibido los faxes, documentos que me parecieron más graciosos que inquietantes —teníamos uno en la nevera («¡Acordaos de la mujer de Lot!»)—, pero había dado charlas o talleres sin que los Phelps se molestasen siquiera en aparecer. En tanto que el Festival Medieval celebrado en los aledaños de la ciudad padeció la presencia de piquetes desde la mañana hasta la noche porque de algún modo fomentaba el travestismo. En tanto que, para asistir a un concierto de Raffi, las familias tenían que pasar por delante de los Phelps. Los Phelps montaban piquetes ante la asamblea del estado para protestar contra políticos manifiestamente homófobos por no ser suficientemente homófobos. Y sin embargo cuando me reconocían —si me veían en un acto o me divisaban en el coche en una esquina donde se habían reunido—, su manera de mofarse de mí resultaba extrañamente moderada, casi halagadora. «Vaya, ahí está la Cerebro», decían sarcásticamente. (Tenían cánticos y pullas preprogramados para determinados topekanos «defensores de los maricas»). «Ahí está la brillante doctora Gordon». Esto, viniendo de personas que se reían y gritaban en presencia de padres afligidos: «Espero que estéis contentos de que vuestro hijo arda en el infierno».

A lo largo de los años, Jonathan y yo habíamos pasado mucho tiempo buscando una explicación a la relativa indiferencia de los Phelps, ¿o acaso era clemencia? Quizá tenía algo que ver con el hecho de que Jonathan hubiese atendido brevemente a un miembro de su parroquia, un adolescente, en terapia por orden judicial. Pero eso no tenía mucho sentido; Jonathan y ese chico en realidad nunca llegaron a conectar y, en todo caso, ¿qué autoridad iba a tener él para influir en los demás, para inducirlos a mostrar comedimiento conmigo? ¿Podría ser que los Phelps estuvieran de acuerdo con un artículo mío aparecido en Mother Jones, o incluso lo agradecieran — publicado con posterioridad en el Capital-Journal (seguramente la única vez que eso ha ocurrido)—, en el que yo analizaba la hipocresía de la condena generalizada a los Phelps en Topeka, el hecho de que los censuraran por manifestaciones extremas de unas creencias que mantenían muchos topekanos? Esa posibilidad me parecía demasiado sutil.

Con todo, se presentaron en tropel a mi discurso inaugural en el Congreso de la Asociación de Mujeres de Kansas. Yo aceptaba un premio y a la vez celebraba la publicación de un nuevo libro sobre el tema del perdón. Yo ofrecía relativamente pocas charlas en Topeka, y enseguida se agotaron las entradas en White Hall, el mayor auditorio del campus de Washburn. (La recaudación se destinaba al Proyecto en Favor de la Justicia para las Mujeres Maltratadas). Me sorprendió que Adam no solo pareciera muy interesado en ir —la asociación había insistido en solicitar la asistencia de mi familia—, sino que además preguntara si podía llevar a Amber, que se puso para la ocasión un vestido más apropiado para un baile de fin de curso: muy escotado, espalda abierta. Me alegró que Adam considerase mi charla algo de lo que alardear; tal vez estaba madurando a medida que se acercaba a la universidad, integrándose más.

Los cinco —mi madre se sumó— fuimos a cenar antes del acto al nuevo restaurante japonés de Southwest Ashworth, que antes era el Rib Crib. Frente a unos rollos california llenos de mayonesa, traté de hacer hablar a Amber, haciéndole preguntas de respuesta abierta sobre su familia, los estudios, sus planes para después de la graduación. Pero costó sonsacarla, porque era callada aunque desenvuelta a su manera, y también porque Adam hablaba sin parar sobre ella o por ella, acaparando todo el espacio. Después de que Jonathan vetara con delicadeza el intento de Adam de pedir una copa de vino, diciendo al camarero: «Mi niño solo tiene dieciocho años», la voz de Adam adquirió un tono airado, que abandonaba solo cuando se dirigía a mi madre.

(Breve momento de asombro cuando Amber descubrió una mariquita en una hoja de lechuga iceberg de su ensalada y sostuvo en alto el escarabajo de color escarlata con uno de sus palillos. El insecto había esquivado el espeso aliño de jengibre, y gracias a eso, cuando ella sopló, pudo emprender el vuelo).

Parte de mi pensamiento consciente se dedicaba a ensayar frases de mi charla (tendría el texto ante mí en el estrado, pero quería consultarlo lo menos posible, dar la impresión de que improvisaba); otra parte de mí procuraba desconectar del borracho sentado a la barra que explicaba al joven cocinero, probablemente coreano, que lo perdonaba por Pearl Harbor; otra parte de mí intentaba no reaccionar ante la tangible preocupación de mi madre por el elevado coste de la comida. El resto de mi pensamiento consciente lo dediqué a contemplar al matón de mi hijo como un joven vulnerable que atravesaba una etapa social y hormonal complicada.

A tal fin, recordé —me obligué a recordar— algún episodio del pasado que pusiera de relieve su sensibilidad; de un tiempo a esa parte lo hacía mucho, una variante de la meditación metta; Erwood no lo había sugerido, pero era una de esas cosas que podría haber sugerido. Esa noche, mientras nos servían las raciones agotadoramente grandes de helado de té verde, recordé la saga S.O.S. Equipo Azul. (Quizá era por lo mucho que se hablaba en las noticias sobre el cometa, que era visible a simple vista).

A mediados de los ochenta, habíamos llevado a Adam y varios amigos suyos a ver la película con ese título sobre unos jóvenes a los que, durante un campamento de formación de la NASA, se pone en órbita accidentalmente. (Desde hacía más de un año, Adam estaba obsesionado con todo lo relacionado con el espacio, indiferente al parecer a la catástrofe del Challenger; los productores habían postergado durante varios meses el estreno de S.O.S. Equipo Azul después de que el transbordador se desintegrara en directo por televisión). Eric y Sima incluso habían propuesto, en atención al interés común de los niños, que nos planteáramos enviar a Adam y Jason al campamento de una semana en Huntsville, Alabama, «donde los niños trabajan en equipo y afrontan situaciones que requieren la solución dinámica de problemas y aptitudes de pensamiento crítico». A Adam le entusiasmó la idea, y nos sorprendió gratamente que hasta considerara la posibilidad de pasar unos días lejos de casa sin nosotros, especialmente tan poco tiempo después de la conmoción cerebral.

Adam se quedó anormalmente callado después de la película, dijo que le dolía el estómago. Esa noche irrumpió en nuestra habitación llorando y diciendo que no quería ir al campamento espacial, por favor, no me obligues, mamá, que no quería que lo lanzaran al espacio exterior. Lo tranquilizamos diciéndole que no tenía que ir; también quisimos dejarle claro que, si iba, de ninguna de las maneras acabaría accidentalmente en órbita. Pero Adam no se quedó muy convencido; durante semanas nuestro hijo de ocho años temió que cambiáramos de idea, que lo mandáramos a Alabama, que la NASA lo reclutara por la fuerza, que acabara viendo la Tierra alzándose sobre el horizonte desde una cápsula solitaria. (¿Qué podía haber más solitario que un niño en el espacio?) Como parte del esfuerzo para tranquilizarlo, Jonathan le explicó reiteradamente lo difícil que era llegar a ser astronauta, que miles de personas dedicaban décadas a entrenarse pero eran pocos los elegidos. Era como temer que lo obligaran a uno a ser jugador de béisbol profesional. Temer que lo obligaran a uno a ser presidente. No era algo que pudiera ocurrir contra tu voluntad. Pero Adam no se quedó del todo tranquilo: allí estaba la prueba de la película, estaba el profesor muerto en el espacio, estaba Laika, una perra callejera de Moscú, que era protagonista de uno de los libros infantiles de Adam. (El libro no contaba que la perra murió varias horas después de iniciarse el vuelo a causa del estrés y el calor). Klaus había sugerido que consideráramos la proximidad entre las palabras «campamento» y «campo» y las resonancias de esta.

Mirando al joven sentado ahora a la mesa sin parar de hablar, recordé las semanas, quizá meses, que pasamos prometiéndole (sobre todo a la hora de acostarse) que lo retendríamos en este planeta. No debajo de él, no flotando a cientos de kilómetros por encima. No tenía que ser un héroe, no tenía que dar un gran salto para la humanidad, que estaba siempre llamando por teléfono, observando desde detrás de las mamparas.

Pese a que era yo quien había entregado al camarero mi tarjeta de crédito, este devolvió la cuenta a Jonathan; tendí el brazo por encima de la mesa para cogerla. Después, pese a que yo firmé el recibo y recuperé la tarjeta de la pequeña bandeja, pese a que era yo quien más dinero ganaba, Amber dio las gracias al doctor Gordon —a Jonathan— por la comida. Estaba debatiéndome sobre si preguntar, con el mayor desenfado posible, por qué la gente siempre daba las gracias al hombre, si eso sería un buen aleccionamiento para Amber o sencillamente la abochornaría, pero Adam, en un breve destello de madurez: «Y gracias también a ti, mamá». De pronto me reconcilié con mi hijo mientras nos dirigíamos todos al coche, yo ya de mejor ánimo y menos crispada gracias a la copa de chardonnay y al aire fresco. (La charla tenía lugar a dos manzanas de allí; era un hermoso atardecer de finales de primavera, pero en Topeka a pocas personas se les habría pasado siquiera por la cabeza ir a pie).

Lo que ocurrió a continuación ocurrió deprisa. Aparcamos en una plaza reservada en White Hall. Pasamos junto a un corrillo de manifestantes de Phelps, algunos de los cuales empezaron a dirigirse a gritos a la Cerebro. Jonathan y yo no reaccionamos en absoluto, pero Adam, tal vez en un alarde destinado a Amber, les replicó, les dijo que cerraran la puta boca, les dijo que eran unos tarados patéticos, unos retrasados y unos pedazos de mierda. Jonathan pronunció el nombre de Adam con severidad, sorprendido de que nuestro hijo concediera a los Phelps la atención que ellos anhelaban, y trató de obligarlo a seguir hacia la entrada del auditorio, pero Adam se resistió. Una de las seguidoras de los Phelps le dijo a Adam que era un maricón, y Adam, en respuesta, la llamó mala zorra; yo no podía dar crédito. La mujer se rio a carcajadas y me gritó: ¿Esa es la clase de hijo que has criado? Debes de estar muy orgullosa. Y yo dije, pese a saber que habría sido mejor no hablar: No, no estoy orgullosa. Me avergüenza que hable así. Adam apartó la mirada de otro manifestante, con quien, como él mismo habría dicho, estaba «midiendo fuerzas», se volvió hacia mí colérico y dijo: ¿Te avergüenzas de mí? ¿Te estoy defendiendo de estos gilipollas y tú te avergüenzas de mí? Y yo le dije, le ordené: No necesito que me defiendas; entra ahora mismo en el edificio. Amber intentó arrastrarlo en esa dirección, hacia Jonathan, que guiaba a mi madre a través de la puerta de cristal del auditorio. Los Phelps se rieron, encantados, y el hombre con quien Adam se había encarado gritó: Escucha a tu mamá, marica. Escucha a la brillante doctora Gordon. Entra en el edificio y siéntate al lado del marica de tu papá y escucha a la Cerebro cuando hable de su libro basura.

Poco después yo iniciaba mi charla, cegada por los focos, reconociendo lo honrada que me sentía, lo mucho que agradecía estar allí con mi familia, mi afectuoso marido y mi precoz hijo, mi inquebrantable madre. Pero ¿estaba Adam entre el público? Sí y no. Era una presencia parpadeante, que cambiaba rápidamente de edad en su asiento reservado: un bebé en un moisés, protegido de mi padre, quien lamentablemente no podía acompañarnos esa noche, pese a lo mucho que le habría gustado. Un alumno del Círculo Brillante, desarrollando poderes especiales. Inconsciente, con una conmoción cerebral, en el St. Francis. Incapaz de recitar «La vaca morada». Componiendo en su lugar rimas acerca de zorras y porros.

Primero buscan a los animales con más potencial, explicó mi hermana. Principalmente monos, porque los monos son los más listos, pese a que hablan solo con los ojos. Pero también a ciertas clases de loros genios. Los loros grises africanos son listos a más no poder. Cantan ópera. Cantan Bach, que es música clásica. Pero resulta difícil sostener el pincel con el pico, y las manos de los monos se parecen a las nuestras. Probablemente los loros solo pintan las hojas. Las rosas son para los monos, que también saben combinar los colores. Las rosas de color rosa son las más difíciles. Seleccionan a los animales de los zoológicos de todo el mundo y los trasladan a una isla tropical donde les transmiten conocimientos básicos. Antes de poder enseñarles a pintar tienen que ayudarlos a entender el lenguaje humano, lo que requiere mucha paciencia. Hay que recompensar a los animales con premios, y cuando se portan mal hay que mostrarse firmes con ellos, pero procurando no herir sus sentimientos. Así que ahí tenemos a científicos y adiestradores y artistas franceses mundialmente famosos trabajando con los animales. París, la capital de Francia. Me enteré de lo de esa escuela en la isla tropical cuando yo estaba en clase de la señora Michener y vino a visitarnos un hombre del zoo de Prospect Park. Nos dijo que estaba muy orgulloso de que uno de sus monos hubiese sido seleccionado. Hubo una reunión general en la escuela, eso fue cuando tú, Jane, todavía eras un bebé. Un tití, que es muy pequeñito. Pero aquel hombre también estaba nervioso porque ¿y si el mono no daba la talla y lo devolvían al zoo? Los animales pueden morir de vergüenza. Pueden morir también de tristeza. Pero en esa isla los animales son felices porque solo comen los mejores manjares y los tratan como a estrellas de cine, y cuando no están pintando los dejan vagar en libertad. Todas las hojas y pétalos de esta caja son obra de una criatura asombrosa. Por eso me quedé sin habla cuando abrí la mía. Sé que querías una bicicleta, pero esto vale mucho más que una bicicleta. Más que un automóvil, probablemente. No puedes entrar en Macy’s y pedir sin más a una vendedora una caja como esa. No importa el dinero que tengas ni lo famosa que seas. El hombre del zoo dijo que el Museo Metropolitano de Arte quiso adquirir una de las cajas pero no pudo. Y no digamos ya el Museo de Brooklyn. La gente de la isla decide quién las recibe, pero nadie sabe cómo. Por eso cuando abrí la mía, también lloré. No porque estuviera triste, sino porque no podía creer que mamá y papá recibieran no solo una sino dos de las cajas de pañuelos para nosotras. Papá debía de conocer a alguien que conocía a alguien en la isla y debía de haberlo convencido de que a nosotras nos encantarían y que las cuidaríamos bien toda la vida y que no sería justo que solo una de nosotras recibiera una porque éramos hermanas. Como he dicho, no son solo para los ricos. Deberías volver a bajar y coger la tuya de donde la has dejado y dar las gracias a mamá y papá y decirles que lo sientes y que en todo caso esto es mejor que la bicicleta. Seguro que nuestras flores son idénticas porque así de inteligentes son los animales. Nunca se equivocan ni emborronan nada. Ni siquiera pienso hablarle a nadie de la mía. Voy a ponerla en el estante con mis otros tesoros y no diré nada a nadie por miedo a las envidias y porque todo el mundo querrá tocarla y la gente tiene en las manos aceites que dañan los objetos. Idéntico significa lo mismo.

Lo asombroso es que seguí creyendo la historia de mi hermana sobre la caja de pañuelos durante décadas, hasta mucho después de haber desechado la propia caja. O quizá «creer» no sea la palabra adecuada; a medida que, con el paso del tiempo, el poder de la caja se desvanecía, nunca sometí la historia a la razón, nunca la expuse a los elementos, los aceites dañinos. Era una historia intrascendente pero vital que sobrevivía en el límite de la conciencia, donde formaba una bisagra. Entonces, en noviembre de 1969, cayó un aguacero y Jonathan y yo nos resguardamos en el Woolworth’s de la calle Setenta y nueve a esperar a que pasara. En una mesa con artículos de oferta examinamos sin mucha atención una caja de pañuelos de hojalata idéntica a la que a mí me habían regalado de niña. Un dibujo idéntico de rosas de color rosa y blanco. ¿Qué pasa?, me preguntó Jonathan mientras estábamos allí, chorreando, en el pasillo intensamente iluminado. Yo tenía una así de niña. Solo que la mía…

La sensación de que una ficción se desmoronaba dentro de ti. Una ficción cuya existencia habías olvidado. Armazón, travesaños, listones, puntales, juntas. Revelando la albura más blanda, marcada con quemaduras de vela. Media hora más tarde estábamos en el restaurante griego de la calle Noventa y ocho con aquella caja vulgar y corriente de tienda de baratillo entre nosotros; yo lloraba abiertamente aunque en silencio, Jonathan me tenía cogidas las dos manos por debajo de la mesa, una de las primeras veces que nos tocábamos de verdad. Debes de pensar que estoy chiflada. No, pienso que es una historia hermosa. Sobre la familia y el arte y la memoria y el significado, cómo se hace y cómo se deshace. (En realidad, no puedes oír lo que estamos diciendo; es una película muda). Todo ese perfilar, dar forma, secar. ¿Has leído a Herman Hesse?

Era la segunda caja de pañuelos que yo guardaba en mi consulta de la Fundación, y esta contenía pañuelos de verdad para mis pacientes. Pañuelos confeccionados por arañas especialmente adiestradas para tejer las fibras. Su fealdad se había diluido con el paso de los años conforme empezaba a parecer antigua. La caja original, la que habían pintado unos animales, nunca la recuperé, pese a que pregunté por ella a mi madre, mi madre que nunca tiraba nada. Fue entonces cuando averigüé más sobre por qué, en lugar de las bicicletas Schwinn que prácticamente nos habían prometido, Deborah y yo habíamos recibido idénticas cajas de pañuelos aquella mañana de Navidad. (Por qué estábamos celebrando la Navidad en Flatbush, en realidad no lo sé; mi madre detestaba todo tipo de ortodoxia religiosa, tal vez era su manera de asegurarse de que no nos volviéramos «demasiado judías»). Porque mi padre, sin consultarlo a mi madre, había destinado la mitad del dinero que ella había ahorrado para nuestros regalos a «gastos profesionales» que no podía justificar. (Un empleado de la oficina del paro no tenía «gastos»). Cuando mi madre hizo el inevitable descubrimiento, él le aseguró que, en compensación, conseguiría otros regalos maravillosos. Déjamelo a mí. Debió de acordarse a última hora del día de Nochebuena y compró esas cajas. Aquella mañana, cuando yo arrojé la caja a la otra punta del salón, fue una de las pocas veces que vi lágrimas en los ojos de mi madre.

Una reflexión: el recuerdo de cuando le conté a Adam la historia de la caja de pañuelos. Él debía de tener unos diez años. Yo me había propuesto presentarlo como una tierna historia sobre el poder de la imaginación y el vínculo entre los niños, pero a él le causó consternación la idea de que yo hubiera sido una niña pobre en Brooklyn; no la idea, sino la vívida imagen. Sollozó imaginando mis sollozos de pequeña, otra vez a vueltas con el campamento espacial. (A algunos monos los ponen en órbita, otros aprenden a pintar). Y aunque omití lo de que mi padre se había quedado el dinero de los regalos, Adam se enfureció con él por no ser capaz de comprarnos la bicicleta prometida. ¿Por qué no ahorró? ¿Por qué no trabajó un poco más? ¿Por qué os dejó haceros ilusiones con las bicicletas si no sabía cómo se las arreglaría para comprarlas? Adam se había sentido vulnerable y se había sentido protector. (¿Estaba expresando la intuición inconsciente de que mi padre había hecho algo mucho peor?) Eso era lo que sentía cuando gritó a los Phelps. Ese hecho no disculpaba su comportamiento, pero me proporcionó una fuente de empatía.

Yo necesitaba esa fuente. A medida que se acercaba su marcha a la universidad, incluso las conversaciones más triviales con Adam degeneraban en debates políticos y trifulcas a gritos. No sé muy bien si fue a pesar de la intensidad de Adam o debido a ella por lo que Jonathan y yo decidimos asistir —contra las quejas de Adam— al torneo del campeonato de la Liga Nacional de Práctica Forense en Mineápolis, que se celebraba en junio, unas semanas después de la graduación. También teníamos que visitar desde hacía tiempo a los primos rusos de Jonathan de su familia materna, a quienes él había ayudado a localizar y ayudado a traer como parte de su esfuerzo por aumentar la conexión con esa parte de su historia. Pero más importante aún era el hecho de que habíamos empezado a sentirnos un poco culpables por no haber prestado nunca excesiva atención al «habla competitiva», salvo para lamentar la afición a discutir de Adam; culpables porque más o menos habíamos aceptado su propia descripción cínica de aquello como una actividad tonta que lo ayudaría a acceder a la universidad. Le preguntábamos al respecto de vez en cuando, lo felicitábamos por todas sus victorias, pero nunca insistíamos; nos alarmaba pensar que nunca habíamos expresado interés en verlo competir. Tal vez parte de la ira de Adam fuera ira por falta de atención.

En todo caso, para mí estaba claro que el torneo aterrorizaba a Adam, que aunaba las diversas causas de su ansiedad. Se esperaba —incluso el Topeka Capital-Journal lo decía— que ganara el campeonato nacional de impro, la culminación de su «carrera» en el instituto. (Como bonificación extra, podía alcanzar también una buena posición en el debate de valores). Temía en igual medida acceder a la ronda final y fracasar en el intento. Le daba miedo sufrir una migraña, le daba miedo que ese miedo se la causara. Todo eso se mezclaba con su inminente marcha de casa, con su regreso al Este. Incluso si él no quería, estábamos decididos a ir al torneo, decididos a prestarle nuestro apoyo.

Así pues, me encontré sentada entre mi marido y el joven preparador Evanson en incómodas sillas de pupitre en un aula de instituto de Mineápolis con el aire acondicionado demasiado fuerte, recorriendo con el dedo las estrellas y las iniciales grabadas en la superficie de plástico duro. Esa era una de las rondas iniciales, sin gran cosa en juego, y, aparte de nosotros, eran pocos los espectadores: un puñado de chicos y los preparadores. En cada ronda participaban seis competidores y, según el programa, Adam competía en último lugar. Me sentía extrañamente nerviosa, como si lo estuviera en representación de los demás.

Entró en el aula una joven alta de largas extremidades. Pese al exceso de maquillaje, me pareció bastante guapa, con su pantalón largo azul. Una belleza anacrónica, que probablemente sus coetáneos no apreciaban, muy años veinte. Con mucho aplomo, ocupó su posición al frente del aula y, sonriente, pidió a los jueces con la alegre voz de una meteoróloga: Por favor, avísenme cuando estén listos. El discurso que siguió, sobre las perspectivas de unificación de las dos Coreas, fue repetitivo y flojo; lo más llamativo fueron los gestos, o el hecho de que solo gesticulara con la mano derecha, como si careciera de control sobre el resto de su cuerpo. Levantó el pulgar a lo Clinton, abrió la palma, indicó distintos niveles de análisis, pero solo con un brazo. No dio un solo paso en ninguna dirección. Dejé de escuchar, paralizada por su parálisis; la imaginé exigiendo internamente a su otro brazo que se moviera, pero descubriendo que era incapaz. ¿Estaba sufriendo un derrame cerebral? ¿Se debía a una antigua herida de guerra? El segundo competidor, que entró medio minuto después de marcharse la primera —para mi alivio, su cuerpo volvió a la vida cuando ella salió de la sala—, era un chico corpulento con indumentaria informal (jersey azul oscuro encima de una camisa azul claro, pantalón caqui sin cinturón) que pronunció a toda velocidad un discurso plagado de datos estadísticos sobre el poderío económico chino; parecía indiferente a la calidad de su exposición. Solo entabló contacto visual con uno de los jueces. Le sobraron dos minutos del tiempo asignado. A pesar de la distancia, me llegó un tufo a sudor y Old Spice. (Evanson me dijo en un susurro que el orador era un debatiente parlamentario de primer nivel llegado de California, y que estaba claro que con su participación en impro se limitaba a cubrir el expediente). Siguió un sólido discurso sobre la financiación de las Naciones Unidas —pronunciado por una joven con acento sureño, la única persona de color en esa ronda— que se torció en el último minuto. En la recapitulación final, al volver a abordar el primer punto, de pronto se trabó, se puso nerviosa, empezó a repetirse y a bromear a su propia costa a medida que se le iba acabando el tiempo. Fue insoportable verlo. (¿Por qué tuve la sensación de que Evanson se regodeaba?) La chica abandonó el aula apresuradamente con una sonrisa abochornada, quizá a punto de llorar. Escuché el roce de los bolígrafos de los jueces en sus fichas de valoración, imaginé comentarios crueles, diagnósticos: trastorno límite de la personalidad, envidia del pene. A eso siguió la experiencia perturbadora — inquietante y cómica a la vez— de dos discursos sobre el mismo tema pronunciados por dos chicos de apariencia similar, vestidos con traje negro y corbata roja, sosteniendo ambos en exposiciones aburridas y competentes que, sí, el NAFTA era bueno para México. (Esa repetición de temas en una misma ronda era un error administrativo, me explicó Evanson, una infracción de las normas). Hacían gestos similares para referirse a la fluida circulación interfronteriza de bienes y servicios. Los dos terminaron con la misma cita vagamente ofensiva de P. J. O’Rourke sobre la política mexicana. Los dos tenían sarpullidos rojos en la piel por encima del cuello de la camisa. Tuve que evitar mirar a Jonathan o nos habríamos desternillado de risa.

Después de que el segundo de los oradores idénticos saliera del aula, oí que uno de los jueces le decía a otro: Ahora le toca a Gordon. Y cuando Adam entró, Evanson se inclinó hacia mí y, con su sonrisa lupina, me susurró: Ahora fíjese en esto.

 

Sí, estás ganando estas rondas fácilmente, le dijo Evanson a Adam, con una vehemencia que, pensé, tal vez fuera en atención a nosotros, pero no las estás ganando como es debido. (Eso ocurrió dos días después; nos hallábamos en otra aula vacía una vez concluida la competición de esa tarde. Era miércoles, ya demediado el torneo. Estaban también en el aula Spears y Mulroney y unos cuantos estudiantes observadores. Me dio la impresión de que solo Evanson poseía la autoridad necesaria para dirigirse a Adam en ese tono). Estás pronunciando discursos rápidos y fluidos desde la izquierda del espectro y vas a granjearte fácilmente el voto de los jueces que comparten esa orientación. Cosmopolitas liberales. Jueces de San Francisco y Nueva York. De los que hay muchos. (Crucé una mirada con Jonathan; quizá estaba siendo paranoica, pero medio esperaba que Evanson dijera sin ambages «los judíos»). Pero imagina que haces campaña para la presidencia y ahora te encuentras en un estado pendular. Estás a una o dos horas de Pittsburgh, y aunque necesitas ser inteligente, necesitas ganarte los corazones tanto como los cerebros. Lo que tienes a tu favor es Kansas. Tienes un inglés de la zona central de Estados Unidos. Quiero virajes rápidos hacia la rusticidad. «Por más que le pintes los labios a un cerdo, seguirá siendo un cerdo». Cosas así. Quiero que, justo después de una improvisación hiperelocuente sobre una promesa incumplida de Yeltsin, digas: «Ahora bien, en Kansas, a eso lo llamamos mentira». Después de explayarte sobre un tratado para regular las prospecciones en el Ártico: «Ahora bien, en Kansas, nosotros no comulgamos con eso». Me da igual si son expresiones reales o no, tú preséntalas como si fueran ciertas y probadas. Di «cierto y probado». Di «probao» si quieres. Puedes optar por la agramaticalidad siempre y cuando ellos sepan que es adrede, que hay referencias textuales. Interrumpe tu fluidez culta con insípidas salidas de decencia regional. ¿Por qué crees que eligen a texanos que estudiaron en Yale, a tipos de Arkansas con una beca Rhodes? La cuestión es: ofrece tautologías como si fueran proverbios. Cosas que decía tu abuela Rosie. Allá en la granja. En los tiempos en que Estados Unidos era Estados Unidos y no el juguete de las élites costeras. Y cuando lo hagas, quiero los brazos extendidos, las palmas abiertas. A ver cómo lo haces. No, mírame; mis hombros se están relajando, relajados, casi un gesto de indiferencia. Como si te salieras brevemente del personaje, rompiendo la cuarta pared, no sé si sabes a qué me refiero. (Un parapeto de madera ficticio). Y entonces, pum: te quiero otra vez metido en faena, de vuelta al análisis de niño prodigio y a las tácticas que hemos practicado. Pero eres un niño prodigio de pueblo, juegas con los Hoosiers, ¿entendido? No eres el hijo de Jane Gordon (una rápida sonrisa en mi dirección) que toda su vida esperó llegar hasta aquí. Y es necesario que aflojes la marcha un par de grados en todo. Ah, y quiero que cites el Plain Dealer de Cleveland. No he preguntado si lo tienes en tus archivos, he dicho que quiero que lo cites. Por cada Le Monde, quiero el Plain Dealer de Cleveland. Basta con que utilices «según informa el Plain Dealer de Cleveland» sobre algo que probablemente apareció publicado ahí. La economía mexicana ha registrado un sólido crecimiento, según informa el Plain Dealer de Cleveland. Roman Herzog es menos influyente que Helmut Kohl, según informa, etcétera. Puedes usar una generalidad para que no sea refutable. Por último, has de dejar de hacer ese gesto de asentimiento con la cabeza. Ya hemos hablado de eso. Ya sé que te parece que no lo haces, pero, créeme, mueves la cabeza al ritmo de tu discurso cuando entras en materia, cuando entras en tu zona. Pregúntaselo a tus padres; ellos te lo dirán. ¿Tengo razón, doctor Gordon? (Se dirigió a Jonathan, que se limitó a esbozar una sonrisa evasiva). Esto no es una pandilla de críos que se sientan a rapear. Tú no eres Tupac Shakur. Que en paz descanse. No tienes que mover el esqueleto al son de tus palabras. (Los demás preparadores y alumnos —en el aula todos éramos blancos— se rieron de eso).

El gesto de asentimiento. De repente yo estaba de vuelta en Nueva York, 1969, dando el parte al doctor Porter, mi supervisor y, durante un tiempo, mi analista. Paredes revestidas de libros, olor a tabaco de pipa, pese a que nunca lo vi fumar. Después de observarme en una sesión a través de un espejo bidireccional, Porter se cebó en mi «hábito nervioso» de mover la cabeza e insistió en que debía ponerle fin. Es cierto que durante mis sesiones asentía un poco al ritmo del discurso del paciente. Con ese gesto no pretendía afirmar nada, excepto que estaba escuchando. El gesto era sutil, yo apenas era consciente de que lo hacía; ciertamente, a ningún paciente pareció importarle jamás. Pero Porter se mostró inflexible, desplegó una extraña intensidad, como si deseara emprenderla conmigo y no se le ocurriera nada más que criticar. (Nada aparte de toda mi orientación teórica; además, si yo hubiera sido una analista, tomando notas sentada detrás de un paciente postrado, mis gestos de asentimiento no habrían supuesto ningún problema).

Pero cuando dejé de asentir, cuando intenté reprimir el impulso, algo se descolocó en mi pensamiento. Para mi sorpresa, el movimiento físico no quedó ahogado, sino que se desplazó: empecé a sacudir un poco la pierna izquierda, lo que induciría a un paciente a pensar que estaba nerviosa, inquieta, que no me concentraba. Pero cuando contuve el movimiento de la pierna sin permitirme asentir, empecé a hacer girar un bolígrafo en mi mano de escribir, como un debatiente de instituto. Cuando me deshice del bolígrafo —lo que implicaba que ya no anotaba mis observaciones—, me distraje tomando conciencia de mis propias manos como tales, comencé a desplazarlas del regazo a los brazos de la silla y otra vez al regazo. Me sentía como si tratara de posar para una fotografía, como si aún estuvieran supervisándome, como si actuara bajo presión para representar mi papel de un modo que me impedía realizarlo como debía.

Luego cometí el error de plantear esas pugnas casi cómicas a Porter cuando estaba en el diván, analizándome. Momento en que el centro de atención pasó a ser mi transferencia, mi padre, el hecho de que permitirme a mí misma retomar sin más los gestos de asentimiento constituiría una retirada cobarde de mi propia psicodinámica. (¿Qué hacía Porter con las manos mientras yo hablaba?) Sí, me resistía a dejar que un famoso analista (famoso también por acostarse con sus alumnas) disciplinara mi cuerpo. ¿Era eso algo patológico? ¿Por qué no analizar a qué se debía que él concediera tanta importancia a ese insignificante tic?

Y de pronto cobró importancia. Mientras reprimía el gesto de asentimiento, olvidaba aspectos significativos de la historia de mis pacientes y tenían que recordármelos; hablaba muy poco o demasiado, gestionaba mal el silencio; me costaba más mesurar los tiempos, y a menudo me sorprendía descubriendo que la sesión casi había terminado. Y así todo. Al final, sencillamente dejé de tratar de controlarme y todo volvió a la normalidad. Incluso desarrollé una especie de orgullo en ese sutil gesto de asentimiento, a la manera en que podría hacerlo un deportista: un pequeño ritual que ayuda a mantener el ritmo en la línea de tiros libres, por ejemplo, una analogía que yo nunca utilizaría. En ese sentido, me negué a dejar que me adiestraran. Me negué a ser un mono adiestrado. O un loro genio.

Ahora estaba de vuelta en Mineápolis, escuchando a Evanson adiestrar a mi hijo. De repente sentí la necesidad de proteger el balanceo, los gestos de asentimiento, lo que fuera, de Adam, su reconocimiento semiconsciente de que se había establecido un canal, de que el lenguaje corría por él. Porque, pese a que ese gesto se producía mientras hablaba, era también una forma de escuchar, de convertirse en medio. Era la parte de poeta en él. Viendo competir a Adam, Jonathan y yo habíamos quedado fascinados y a la vez desconcertados por su fluidez, su dominio; el joven Evanson encarnaba lo que a nosotros nos perturbaba: la espontaneidad coreografiada, todo al servicio de la manipulación, de la victoria. Pero el pequeño gesto que Evanson intentaba eliminar representaba otra cosa. Era como el tarareo de Glenn Gould en las Variaciones Goldberg. Era una señal de que el artista estaba presente en un arte que estaba por encima de él. Solo que estos chicos, en lugar de dedicarse a Bach, aducían argumentos sobre la viabilidad de una moneda europea.

Observemos a mi hijo, dividámoslo en zonas. Erwood trabajaba sobre la tensión de su cuello y sus sienes y su vasoconstricción general, pidiéndole que pidiera a sus músculos que se distendieran, pero Evanson trabajaba con objetivos contradictorios, convirtiendo incluso la relajación de los hombros en un gesto momentáneo de un arte marcial lingüístico. Tal vez deberíamos haberlo criado entre los cosmopolitas liberales de San Francisco y Nueva York. Tal vez había dejado a mi hijo en manos de la tutela equivocada, la Cerebro lo había dejado en manos de los Hombres, pensando que de algún modo él ya se las arreglaría. Y ahora era un graduado del instituto de Topeka. Según informaba el Plain Dealer de Cleveland.

Por más que Adam y Evanson no atribuyeran gran valor a los debates Lincoln-Douglas, yo los prefería. Los gestos y la postura de Adam se sometían menos a una rutina, su elocuencia parecía tener más contenido, y, en los momentos en que defendía algo en lo que creía realmente —como la redistribución de la riqueza—, yo concebía fantasías de que finalmente su fluidez se aprovechase para una labor social importante. Era educado —¿más educado cuando nosotros estábamos presentes?— en las repreguntas y, además de desplegar una impresionante capacidad para dar forma a sus argumentos, para establecer distinciones sutiles, a menudo era de lo más encantador. Aunque él se centraba en el debate impro, seguía ganando con facilidad en L-D, y la mañana del jueves del torneo asistimos al debate de cuartos de final. (Todas las «rondas eliminatorias» se celebraban en el salón de actos del Mall of America).

En la sala de conferencias se apiñaban unas cien personas. Había podios con micrófonos. Ocupaban la primera fila cinco jueces. Se resuelve que: Estados Unidos debe proporcionar un ingreso básico universal. Adam era el orador afirmativo; me encantaron los pasajes poéticos de su discurso, su insistencia en que debemos dar preferencia a la prosperidad colectiva frente a la concentración de la riqueza; en lugar de limitarse a defender un estado del bienestar, esgrimía a calzón quitado una prosa marcadamente yámbica (veámoslo asentir) contra la maximización del beneficio como principio organizador de una sociedad. Era absurdo, y me encantó, ver a mi hombre-niño citando a Rosa Luxemburgo ante un hatajo de futuros abogados de empresa o sus cabilderos a la sombra del centro comercial más grande del mundo. La segunda mitad del discurso fue más moderada, escandinava, y en ella describió las ventajas concretas del socialismo democrático, pero el efecto general fue ofrecer una imagen de Adam como alguien refrescantemente raro: ¿quién era ese hijo de padres rojos de un estado rojo, sin corbata, el cuello de la camisa amarilleado, mezcla de poeta y hombre duro (con un corte de pelo ridículo), explayándose con elocuencia delante de friquis y sus padres sobre el robo que es la propiedad y la libertad de la naturaleza humana? Era ecléctico, al fin y al cabo, pese a su adiestramiento; yo lo escuchaba con expresión radiante. Evanson no se había molestado en asistir.

Adam pareció sorprenderse de lo poco que lo interpeló su adversario, un chico de Austin con un traje azul claro, durante su turno de repreguntas: unas cuantas aclaraciones sobre los autores citados y el momento en que se habían citado; una confirmación de la postura de Adam sobre que la riqueza era arbitraria desde el punto de vista moral, que una persona no merecía tener diez mil millones de dólares mientras otra se moría de hambre. Un breve análisis del concepto de «suerte moral». (Su adversario tenía el cabello negro y lo llevaba recién cortado, con un flequillo que le caía casi hasta las cejas, lo que le confería un aspecto moderno y, advertí cuando se enjugó el sudor de la frente, servía para ocultar una mala piel). Luego Adam se sentó, dispuesto a tomar notas, y el joven texano, antes de iniciar su discurso, ofreció una especie de resumen que me resultó extraño. «Solo una breve hoja de ruta — anunció—. Primero me centraré en el marco rawlsiano, luego en el análisis marxista; después presentaré un contramarco utilitarista que considero superior para este debate, y a partir de ahí enumeraré las consecuencias, morales y empíricas». Jonathan y yo nos miramos, confusos; en la sala se elevó un murmullo. Nos dimos cuenta de que Adam se sorprendía; cambió de postura sobre el cuaderno. Ya que esa «hoja de ruta» indicaba —aunque nosotros no lo supiéramos, pese a estar muy claro para todos los demás— que el adversario de Adam se proponía arrollarlo. Por lo visto, había corrido el rumor de que en ciertos estados el arrollamiento estaba arrollando en los torneos de debate de valores, aunque no en Kansas.

Yo estaba al corriente de que en el debate parlamentario se hacían rondas a alta velocidad, había oído a Adam mostrar que era capaz de hablar y leer a un ritmo enloquecido, pero aun así no me esperaba lo que presencié. El orador negativo, después de su «hoja de ruta», procedió a leer una por una las «pruebas» que condenaban las teorías de «justicia como equidad» y «justicia distributiva» y las «teorías románticas de comunidad marxista-hegelianas», dejando caer las hojas al suelo una tras otra. Yo entendía muy poco ese lenguaje, pero sabía que era una imitación del habla, de la razón. La respiración, la manera de tomar aire a bocanadas… yo había oído a pacientes en hiperventilación emitir sonidos similares; se asemejaba un poco a los gemidos de una foca. Aunque el joven parecía exhibir una especie de aplomo desenvuelto, mi experiencia primaria me llevaba a intuir que era un cuerpo bajo coerción. O poseído. Observé a Adam, que tomaba notas rápidamente, pero también alzaba la vista a intervalos para tratar de interpretar la actitud de los jueces: ¿participaban en esa locura, anotando cada argumento? ¿O iban a proteger la integridad del debate L-D, que estaba concebido, como había explicado Adam, precisamente para evitar esa atropellada verborragia? Yo no podía saberlo. Cuando el orador negativo concluyó, enjugándose de nuevo el sudor de la frente, corrió un murmullo entre los espectadores que a mí me pareció de aprobación.

Después de un breve titubeo que probablemente solo una madre era capaz de percibir, Adam se levantó para la ronda de preguntas. Sonriente, dijo:

—¿Estamos manteniendo un debate cuantitativo o cualitativo?

—Las dos cosas —respondió el orador.

—Supongo que mi pregunta es: si esto es un debate sobre lógica, ethos, pathos, ¿a qué viene tanta prisa por presentar más argumentos de los que seguramente es posible considerar con detenimiento?

—En mi opinión, podemos considerar muchos argumentos con detenimiento. Quizá deberíamos pasar inmediatamente a los argumentos en lugar de perder el tiempo. —Risas.

—Muy bien, pero ¿está de acuerdo en que los argumentos irrefutados no son argumentos concedidos, como en el debate parlamentario?

—Veamos, considero problemático distinguir el debate de valores del parlamentario, como se desprende de su pregunta. ¿Cree que el debate parlamentario debería llevarse a cabo sin pensar en…?

—Lo que intento aclarar es si estamos de acuerdo sobre la actividad que…

—Opino que debemos dejar que sean los jueces los que decidan quién ha planteado mejores argumentos y de la mejor manera.

—Salta a la vista que usted se ha dedicado al debate parlamentario, y sabe por tanto que los argumentos sobre lo que constituye un elemento susceptible de puntuación (la pertinencia de las definiciones, etcétera) a menudo son rebatidos, forman parte del debate. ¿No deberíamos poder hacer algo similar aquí?

—De acuerdo, cómo no.

—Resulta que hoy están aquí mis padres. Han venido nada menos que desde Kansas para ver competir a su hijo. Es muy conmovedor. —(Risas)—. Ahora bien, la cuestión es que son personas inteligentes, pero no están familiarizadas con el arrollamiento. A mí me ha dado la impresión de que estaban bastante confusos mientras usted hablaba. —(Risas)—. ¿Puede explicar a mis padres por qué debatir a ese ritmo exige una cuidadosa adjudicación de las cuestiones de valor?

—Bueno, yo diría —no parecía preparado para esa pregunta— a sus padres que… que para la gente que está familiarizada con el debate, he hablado con claridad suficiente.

—Con el debate parlamentario, querrá decir. A nivel de instituto o universidad. Para nadie más. Como esto es un debate de valores, estoy pidiéndole que justifique el valor del arrollamiento. No solo ahora, en esta ronda de preguntas, sino en su próximo discurso; estoy sugiriendo que es una carga que usted ha asumido.

Adam utilizó todo el tiempo concedido para la preparación, tomando notas desenfrenadamente, antes de volver al estrado. El ambiente era tenso; la excitación era palpable. ¿Demostraría que era capaz de igualar la velocidad de su adversario, intentaría responder a todos sus razonamientos, desencadenaría a su vez una andanada de argumentos?

No: Adam dedicó la mayor parte de su discurso a desarrollar una analogía entre el arrollamiento y un compromiso ciego con el crecimiento económico; adujo que la fascinación de su adversario con la velocidad y sus afirmaciones de que la competencia quedaba ahogada por el énfasis social en la igualdad estaban de hecho relacionadas. Una crisis de contenido y de forma. Puesto que ambos dependían de la convicción de que más es siempre mejor, acumulación a toda costa. Adam alternó —elegantemente, a mi modo de ver — los argumentos sobre la necesidad de que las sociedades liberasen las aptitudes humanas de la búsqueda del beneficio con los argumentos sobre la necesidad de nuevos regímenes de lenguaje a partir de ese mismo momento, de ese debate. Pasemos ahora al más importante de los argumentos de mi adversario, que puede agruparse fácilmente en tres aspectos principales…

Cuando el chico de Austin se puso en pie —esta vez dejó la chaqueta en la silla, se remangó—, defendió, como Adam solicitaba, el arrollamiento, pero lo hizo a varios cientos de palabras por minuto, con un vertiginoso despliegue de argumentos que iban desde los efectos cognitivos positivos del procesamiento rápido de información (tenía pruebas de psicólogos) hasta la importancia de incluir tantos puntos de vista diversos como fuera posible en los debates de valores a fin de evitar la hegemonía. (La perversidad de este último razonamiento me molestó especialmente, el hecho de que hablar en el límite de la inteligibilidad tuviera que ver en realidad con la inclusividad). En todo caso, el contenido de su discurso poco importaba. Acto seguido pasó a «entresacar» los varios argumentos de su anterior discurso que Adam había dejado «irrefutados», sosteniendo que su intento de agruparlos no era más que una estrategia para sortear lo que no era capaz de rebatir.

Me conmovió ver que mi hijo defendía una escala de intercambio más humana, mediante el rechazo del ensañamiento lingüístico: su propia versión de lo que su padre y yo tan a menudo teníamos que padecer. Quise pensar que nos tomaba como modelo, que quizá nos rendía una especie de tributo; ¿habría esgrimido los mismos argumentos si nosotros no hubiésemos estado en la sala, o habría descendido —o acelerado— al nivel de su adversario? Fuera como fuese, lo felicitamos con sincero afecto por su actuación mientras todos esperábamos los resultados en el pasillo enmoquetado frente a la sala. Tuve la impresión de que mi propio ejemplo, al menos por el momento, se había impuesto al de Evanson.

En el último debate de su trayectoria, Adam perdió 4 a 1.

 

La residencia de ancianos de Sonia Semenov estaba cerca de nuestro hotel; nos reuniríamos allí con Nina, la hija de Sonia, y su marido, Leon, pasaríamos un rato con la anciana, y luego cruzaríamos la ciudad para ir a casa de Nina y Leon, donde cenaríamos. Me complació que Adam nos acompañara; desde luego necesitaba descansar una noche de las comidas con el grupo de práctica forense en el Applebee’s y el Olive Garden, en el Hard Rock Café del Mall of America. Y tal vez su creciente ansiedad por la ronda del campeonato de impro lo inducía a desear nuestra compañía, porque así podía hablar con sinceridad sobre sus temores y nosotros podíamos tranquilizarlo.

Había tormenta cuando fuimos a recoger a Adam a su hotel en nuestro coche de alquiler —no nos alojamos en el mismo hotel que los competidores —, y juntos nos dirigimos lentamente, el limpiaparabrisas a toda velocidad, los faros encendidos pese a que aún era de día, hacia la residencia de ancianos Summerset. Adam pidió que le recordásemos quién era cada cuál, quién estaba emparentado con quién, ya que solo había visto a los rusos una vez. Jonathan explicó que Sonia —que había sido médica, que tenía ya noventa y tantos años— era prima segunda de su madre. La madre de Jonathan no la había conocido, pero Jonathan se había puesto en contacto con ellos a finales de los años ochenta y luego había ayudado a Sonia y su familia a trasladarse de Moscú a Mineápolis, adonde habían inmigrado unos amigos suyos antes que ellos; los Semenov llegaron en 1991. Sonia estaba en la residencia desde hacía no mucho; su demencia, probablemente Alzheimer, se había agravado con rapidez en el último año. Pese a que estaba en excelente forma física, había empezado a salir de casa y vagar por las calles —incluso una noche de enero en bata—, y Nina y Leon consideraron que no les quedaba otra alternativa. (Mientras Jonathan le explicaba todo esto a Adam, me representé a la anciana —que había ejercido la medicina en Afganistán, que había sobrevivido a la hambruna, la represión, que había enterrado a dos maridos— farfullando en ruso a temperaturas bajo cero mientras deambulaba alrededor del lago artificial).

Nos detuvimos en un semáforo. La lluvia había aflojado y Jonathan bajó la velocidad del limpiaparabrisas. Por mi ventanilla, vi un hueco entre las nubes al oeste, una rendija de cielo de vivo color azul.

—Mamá —dijo Adam desde el asiento trasero—, me contaste una vez que tuviste que dar una charla importante en algún sitio, quizá en Nueva York, después de publicarse tu primer libro, y que estabas muy nerviosa, casi al borde del pánico. Y me dijiste que te tomaste una de esas pastillas que tenías para los vuelos con turbulencias. Y que te aplacó el miedo pero no te dejó grogui ni nada por el estilo, ¿no es así? ¿Las has traído…? ¿No las llevas siempre encima cuando viajas?

Por un instante me planteé mentir.

—Tengo un frasco de Valium que me recetaron hace tiempo. O lorazepam. Casi nunca las tomo.

—Si llego a la final, ¿puedo tomarme una? No paro de imaginar que me meo encima de terror. Y anoche pensé que si pudiera tomarme una de esas pastillas, dejaría de preocuparme. O al menos no me preocuparía tanto. Por la posibilidad de que yo mismo me provoque una migraña, o que pueda venirme abajo.

—Pero si lo estás haciendo muy bien sin eso —dijo Jonathan—. Y no puedes tomar esas cosas continuamente, lo que significa que has de desarrollar otras estrategias. La biorretroalimentación. Las técnicas de respiración.

Me preparé para el arrollamiento. Para las cincuenta razones por las que la terapia de Erwood era una estupidez, por las que la lógica de Jonathan fallaba profundamente. Por las que nuestra fe en esas prácticas ponía de manifiesto nuestra propia charlatanería. Pero Adam respondió con calma:

—No estoy diciendo que eso pueda sustituir a lo demás. Que sea una especie de solución mágica. Pero aquí se trata de una situación singularmente aterradora, ¿no os parece? Aquí se trata de hablar sin notas, sin una red de seguridad, delante de un montón de gente. Se retransmitirá. Se grabará para verlo en las aulas de todos los institutos.

—Pero no te conviene probar una medicación por primera vez en un gran acontecimiento —aduje—. Las pastillas pueden tener efectos paradójicos: a algunas personas los tranquilizantes las ponen más nerviosas. Más tensas.

¿Y si quería una en las noches anteriores a su marcha a la universidad? ¿Y luego para ayudarlo con el inevitable estrés universitario? ¿Y si empezaba a mezclarlas con alcohol? Aunque por otra parte no le sería muy difícil encontrar esos fármacos por su cuenta.

—Además —dijo Jonathan—, no sería muy apropiado que nosotros fuéramos repartiendo medicamentos que necesitan receta.

—No somos médicos de verdad —añadí en broma, o medio en broma.

—Y podría embotarte. Mala cosa para la impro —advirtió Jonathan—. Evanson nos mataría.

Una vez más nos preparamos para su réplica, y una vez más conservó la calma.

—Si os preocupa que tenga una mala reacción, dadme media pastilla esta noche y veremos cómo me sienta. Entiendo lo que decís, pero no soy un yonqui, no voy a empezar a robárselos a mamá del bolso. Solo esta vez. Mi último discurso. Si os preocupa, podríamos telefonear a Erwood o algo así. Para preguntarle por los efectos secundarios. Quizá ni siquiera me la tome, pero solo saber que podría hacerlo… Al menos pensadlo, por favor.

—Ganarás sin necesidad de eso —aseguró Jonathan.

—Si decís que no, lo respetaré. Pero pensadlo al menos, ¿vale?

—Vale —dije.

Yo necesitaría un Valium antes de sacar tres temas de un sombrero y dirigirme a un auditorio lleno de Evansons. Tal vez me tomara uno solo para escuchar.

Cuando estacionamos el coche en el aparcamiento de Summerset, ya no llovía. La humedad había desaparecido, el aire se había enfriado con el agua. Se veían relámpagos en la dirección hacia la que se alejaba la tormenta. Respiré hondo, como siempre hacía antes de sumirme en el inconfundible entorno de las residencias de ancianos.

El hilo musical circulaba a través del vestíbulo, estableciendo en mi cabeza un vínculo entre Summerset y el Mall of America, donde Jonathan y yo habíamos estado deambulando esa tarde. De un sofá marrón se levantaron Nina y Leon, que nos saludaron con un entusiasmo propio del Viejo Mundo, Adam aceptando incómodo los besos de Leon. Los rusos se emocionaron especialmente —como siempre les pasaba, siempre les pasaría— al ver a Jonathan, a quien consideraban un héroe. (Los había ayudado con los visados; le había prestado dinero a Leon —o más bien, le habíamos prestado dinero— para abrir su concesionario de coches, que había prosperado en gran medida gracias a su fiel clientela rusa). A continuación, con marcado acento ruso, colmaron de elogios a Adam, «nuestro señor Campeón Hablador»; estaban impacientes por asistir al gran discurso. Vi a Adam palidecer un poco al explicar que quizá no llegara a la final, que en cualquier caso sería muy aburrido, que la verdad era que no tenían por qué molestarse, a todo lo cual los rusos le quitaron importancia agitando la mano. Cuando nos acercamos al mostrador donde las visitas firmaban antes de entrar en las «instalaciones» propiamente dichas, le pregunté a Nina cómo veía ella a Sonia, y Nina contestó: «Mi madre es más feliz aquí de lo que nunca la he visto», lo que pensé que debía de ser sarcasmo, una lúgubre manifestación de la poca disposición de Nina a plantearse esas cuestiones, o una deficiencia de su inglés.

Las puertas se deslizaron para darnos paso a lo que era la residencia en sí. Me fijé en la pequeña caja negra de la pared, la alarma que se activaría al detectar un brazalete si un paciente intentaba escapar. Era como todas las demás residencias que yo había visitado, aunque tirando a agradable. Había sillas de ruedas agrupadas en torno a un gran televisor en una sala donde las cabezas blancas se desplomaban y volvían a erguirse, entrando y saliendo del estado de conciencia, ante un episodio sin volumen de Seinfeld. Había un comedor donde unos cuantos residentes, sentados frente a sus bandejas, se alimentaban o se dejaban alimentar. En las habitaciones individuales oí otros televisores, además de algunos sonidos rutinarios de malestar cuando un residente se resistía a que lo movieran o cambiaran; al fondo de un pasillo, desde las profundidades de su enfermedad neurodegenerativa, un hombre vociferaba en un idioma privado. La prefería a Rolling Hills: los inevitables olores desafortunados eran sutiles; el personal que interactuaba con los pacientes parecía bastante afectuoso; los programas colgados en las paredes —los adornos del Cuatro de Julio seguían allí, bengalas y banderas— anunciaban que un coro infantil visitaría el centro esa semana, junto con unos cachorros de una protectora de la zona. (Procuré no pensar en la analogía entre instituciones). No me relajé del todo, pero la tensión de mis hombros se suavizó cuando dejé de esperar ver a mi padre, que había decaído rápidamente, dondequiera que lo hubiesen abandonado en su silla de ruedas esta vez.

En lugar de conducirnos hasta una habitación, Nina indicó que debíamos sentarnos en un grupo de sillas de color beige mientras ella iba a buscar a su madre. Había ejemplares atrasados de Time y Newsweek en una mesa pequeña. Noticias de portada sobre el Expediente Roswell, la Generación X. Un cuadro de girasoles en la pared; ¿dónde compraban su arte las residencias de la tercera edad? Nina regresó enseguida con una anciana bajita y sonriente que vestía algo parecido a una bata blanca de médico. La mujer nos entregó con gesto presuroso algo a cada uno de nosotros, por turno, hablando muy deprisa en ruso; era un caramelo de menta rojo y blanco; yo había visto el enorme cuenco que los contenía en el mostrador de enfermería. Después de repartir los regalos, la mujer pareció disculparse con la intención de marcharse, pero Nina la cogió por el brazo y dijo algo para retenerla. Mientras las dos mujeres discutían educadamente, Leon nos explicó que Sonia ya no reconocía a Nina; pensaba que todos nosotros simplemente estábamos de visita en el «hospital». Sonia decía que no tenía tiempo para charlas porque había mucho trabajo que hacer. (Un estetoscopio colgaba del cuello de Sonia; ¿era un juguete?) Somos tu familia, respondió Nina. Estos son tus parientes, que han viajado hasta aquí para verte, explicó, señalándonos a nosotros tres; todos sonreímos incómodos mientras Leon traducía. Sonia accedió condescendientemente a esperar mientras Nina se situaba detrás de cada una de nuestras sillas y nos presentaba de nuevo por turno: primero Jonathan, luego yo, luego Adam. (Por alguna razón, no parecían nuestros nombres verdaderos cuando Nina los pronunciaba). Mientras escuchaba, Sonia se miró la muñeca, donde no llevaba reloj. Pero algo que Nina dijo sobre Adam — había apoyado las manos en sus hombros— captó el interés de Sonia, y se acercó a él, le pellizcó la mejilla, le tiró de una oreja y le palpó un bíceps, haciendo una mueca para indicar lo mucho que le impresionaban sus músculos. (La ágil expresividad de la pantomima me recordó a Klaus). Nina dijo: Mi madre cree que Adam es Jonathan, el primo que nos ayudó a trasladarnos a Estados Unidos. Cree que vino a Estados Unidos para ejercer la medicina aquí. Sonia volvió a besar a mi hijo, el joven Jonathan. (El niño engendra al hombre). Luego miré al verdadero Jonathan, vi lo mucho que lo conmovía ver a una pariente por línea materna establecer contacto con su hijo. Adam decía spasibo una y otra vez con su acento estadounidense del Medio Oeste.

Sonia era más feliz de lo que había sido nunca. En la última etapa de su carrera profesional le habían prohibido, por razones políticas, ejercer la medicina en la Unión Soviética, pero ahí estaba, trabajando; al trasladarse a Mineápolis, a pesar de los esfuerzos de Nina, se había quedado totalmente aislada. Ahora tenía preocupaciones —Nina dijo que se quejaba de lo finas que eran las mantas, de la carencia de determinados medicamentos, de la incompetencia de algunos miembros del personal—, pero dedicaba la mayor parte de sus días a realizar tareas tanto reales como simuladas, los recuerdos encarnados de su formación. Las enfermeras —una de ellas era rusa— aceptaban de buen grado su delirio siempre y cuando no intentara ir más allá de ahuecar las almohadas, dar de comer la compota de manzana, auscultar a alguien de vez en cuando con su estetoscopio falso. (A través de un estetoscopio falso también se puede oír el verdadero pulso; por medio de su falsa labor médica, Sonia también proporcionaba verdadero consuelo). A veces recordaba quiénes eran Nina y Leon, normalmente no; en ambos casos, siempre se sentía un poco incómoda con sus visitas, por el hecho de que quisieran hablar y hablar cuando había pacientes que necesitaban atención.

Como Nina no pudo convencer a Sonia de que se quedara quieta en un sitio, le pidió que nos enseñara el lugar. Seguimos a la doctora Semenov por la residencia, asintiendo como si entendiéramos lo que decía cuando señalaba a tal o cual paciente. (Al parecer, Sonia había perdido totalmente la noción de la diferencia lingüística, convencida de que todo el mundo la entendía, como si, en su senescencia, hablara en esperanto). En varias ocasiones, Sonia le guiñó un ojo a Adam, indicándole su particular afecto, pero también imaginé que con el guiño estaba admitiendo: Por supuesto, solo estoy fingiendo esta fantasía de que soy médica; sé que no soy más que una vieja demente en una residencia de ancianos; hago esto por mi hija, para que piense que aquí soy feliz. Soy consciente de que las flores de este espantoso papel de pared no las pintaron monos.

Cuando llegamos a las puertas correderas automáticas, Sonia se despidió: nos besó a todos por turno, me apretó afectuosamente la mano, repitió el número del bíceps con Adam. La vimos dirigirse al mostrador de enfermería y recoger un sujetapapeles y empezar a farfullar a una de las enfermeras, que, en respuesta, sonrió y asintió con la cabeza sin alzar la vista. Después salimos de la residencia Summerset y volvimos a nuestros coches. Al cabo de un momento de silencio, salimos de nuestra estupefacción y prorrumpimos en una carcajada común, de común asombro, por el triunfal declive de Sonia.

Mientras seguíamos las luces del coche de Leon a través de la ciudad, Jonathan inició e interrumpió varias frases sobre su madre. Apoyé una mano en su muslo para indicarle que me daba cuenta de que esa visita había removido en él muchas emociones. Después de circular en silencio durante un rato, Adam volvió a sacar tranquilamente el tema de la pastilla, y yo, casi sin querer, dije: Bien, te daré la mitad ahora y así verás cómo te sienta. No era propio de mí tomar una decisión de manera tan repentina o unilateral; sentí que los músculos de la pierna de Jonathan se tensaban bajo mi palma. ¿Te parece bien?, le pregunté, y él se encogió de hombros como para decir: Ya es demasiado tarde.

En el camino de acceso de la casa de los Semenov, que Adam dijo que se parecía a la de Amber, busqué el frasco de pastillas amarillas en el bolso, partí una por la mitad; lamentando mi respuesta impulsiva, le di el trozo a Adam. Lo que lamenté no era la media pastilla —más una pluma mágica que una dosis terapéutica—, sino haber accedido tan despreocupadamente a compartir el medicamento después de que tanto Jonathan como yo hubiésemos expresado nuestras reservas.

La casa, donde había expuestos grabados producidos en serie que podrían haber estado en Summerset —casi esperé oír el hilo musical—, parecía un hotel, pero se percibía un olor especial, como de pescado y col y lo que fuera que Nina hubiese dejado cocer a fuego lento mientras íbamos a visitar a su madre. Leon nos ofreció a los tres sendos vasitos de vodka en una bandeja de plata, pero, antes de que Jonathan o yo tuviéramos que intervenir, Adam dijo que él bebería solo agua. Lo observé tomarse la pastilla. Cuando Leon instó a Adam a acompañarlo al garaje para ver su coche tuneado y Nina se retiró a la cocina, dije:

—Ha sido del todo inapropiado por mi parte, eso de darle a Adam el medicamento sin que tú y yo lo habláramos antes. Lo siento mucho.

Jonathan calló, lo cual era impropio de él.

—Creo que no le irá mal tomarse algo en medio de toda esta locura, pero sé que esa no es la cuestión y me disculpo por ello. Si te preocupa, podríamos llamar a Eric…

—No vamos a llamar a Eric —replicó Jonathan—. Para decirle que hemos drogado a nuestro hijo. No vamos a llamar a Eric y Sima para anunciarles que hemos…

—Baja la voz.

Jonathan se puso en pie, salió apresuradamente en la misma dirección en que se habían ido Adam y Leon. Saltaba a la vista que eso no se debía a los 0,25 miligramos de lorazepam. Respiré hondo. En mi cabeza, mi madre preguntaba cuánto costaba el sofá negro de piel en el que estaba sentada. Luego traté de concebir para ella una forma de demencia de cuento de hadas, en el caso de que acabara en Rolling Hills. Pero esa idea sucumbió de inmediato al tomar conciencia —muy profunda pese a su obviedad— de que, cuando mi madre perdiera la memoria, perdería el recuerdo de lo que mi padre me había hecho, lo que finalmente él había reconocido antes de que ellos se mudaran de Phoenix a Topeka. Quedaría en conocimiento solo de Jonathan y Sima. «En conocimiento»: reproduje el sonido de esa expresión en mi cabeza. El trauma era perpetuo cuando te quedabas sola en él. Una niña en un tren, en el espacio exterior, fuera del tiempo. ¿Se lo contaría alguna vez a mi hijo?

Adam se mostró participativo y encantador durante la cena; era difícil saber si eso era efecto de la pastilla o prueba de su ineficacia. Jonathan estuvo reservado, aunque sonriente, y yo me sentí de pronto exhausta, casi aturdida, como si me hubieran medicado. (Se forman placas y marañas en tu cerebro y lo único que queda, con suerte, son los residuos de tu formación. Podría quedarme solo con ese conocimiento, y luego perder la cabeza). Intenté escuchar, luego solo intenté aparentar que escuchaba, a Leon, que hablaba y hablaba de Audis, de lo superiores que eran a los Volvos. Tuve que llevar mi plato a la cocina para que Nina dejara de servirme cantidades imposibles de esturión con patatas.

Leon había convencido a Jonathan de que bebiera un poco de vodka. Jonathan no parecía achispado, pero cuando terminó la cena, cuando Leon se hubo despedido varias veces de Jonathan con lágrimas y abrazos pese a que se verían al día siguiente, Adam se ofreció a conducir, al menos hasta su propio hotel; Jonathan no puso el menor inconveniente, le entregó las llaves. Resultaba extraño ver a mi marido y mi hijo desde el asiento trasero, especialmente con Adam al volante, como si la confusión de Sonia hubiese alborotado los papeles de todos. (Adam no era conductor autorizado del coche de alquiler; permitirle conducir era un poco como permitirle tomar la medicación de otra persona; yo podía esgrimir eso contra Jonathan en una discusión. Se me estaba contagiando el afán por el debate).

Cuando Adam paró en el aparcamiento de su hotel, se volvió y me dijo que la pastilla había tenido un suave efecto calmante y que me agradecería que le diera una al día siguiente. Asentí, y él abrió la puerta de atrás para abrazarme en el asiento, donde permanecí, como inmovilizada por una fuerza misteriosa, mientras Jonathan pasaba al lado del conductor. Ignoraba qué vendría a continuación, pero sabía que vendría algo, y, después de un intervalo de silencio mientras Jonathan maniobraba para salir del aparcamiento y volver a la calle, empezó a hablar, con una especie de furia ahogada, sobre el hecho de que yo le hubiera entregado a Adam el medicamento, sin consultarlo con él, es tan hijo mío como tuyo, etcétera. Me apresuré a darle la razón, pero también señalé aquella vehemencia impropia de él, cosa que lo encolerizó más aún. Era como si no me hablase a mí, sino a una vaga presencia en el asiento delantero.

—Y encima querías que llamase a Eric…

—¿Por qué te parece eso un disparate?

Porque no respetas los límites. Porque Eric no es el médico de Adam ni nuestro médico, ni siquiera un colega cercano. Es el marido de una amiga a quien tú convertiste en tu terapeuta y fíjate adónde nos ha llevado eso. Porque (esto no lo dijo) no puedes tender la mano por encima del cordón del museo y coger una píldora mágica para proporcionar fluidez a Darren o Adam o para tocarle la pierna a Donna en una cena en Taipéi en el sótano de Sima.

—Es muy posible que haya sido una decisión equivocada —respondí—. E independientemente de lo mal que haya manejado la situación, me hago cargo. Lo siento, punto. Y no sé si es por la residencia de ancianos o por el alcohol, pero…

Pero Jonathan era Adam —la agresividad, la velocidad, la tensión en las sienes— demostrando que el hecho de que yo hubiera compartido la pastilla era una prueba irrefutable de mi incapacidad para respetar las fronteras. Que lo convertía todo en una red de relaciones entrecruzadas. Yo era la Cerebro que escribió la vaca morada a la que Darren disparó desde una ladera cercana y ahora la madre de Jonathan tenía que montar eternamente en la vaca en la primera película que él en realidad no hizo. Espero que estés orgullosa de ti misma, rompehogares. Marimacho con envidia del pene. Puta. Ramera jezabeliana a pluma y a pelo de Beitou o Peitou, esto no lo dijo. ¿Acaso te extraña que tu amistad con Sima tuviera…?

—No quiero hablar de Sima, ¿vale? No tiene nada que ver con…

Estacionamos en una plaza del aparcamiento de nuestro hotel. Apagó el motor, pero mantuvo la mirada al frente. Como si el parabrisas fuera un teleprónter del que leía sus frases cada vez a mayor velocidad. Por qué no podíamos pasar una puta noche sin desdibujar las distinciones, sin cruzar los cables. Entre lo personal y lo profesional. Entre el doctor y el paciente. Los verdaderos doctores y los falsos, con sus estetoscopios de juguete. (Ziegler admiraba especialmente la investigación sobre el cáncer). Debate parlamentario y debate de valores. Yo mantenía la mirada fija en el reposacabezas. Entonces cerré los ojos. Apenas entendía lo que decía; era como si tuviese que traducir de una lengua extranjera que había hablado fluidamente en otro tiempo. Me exigía cada vez más esfuerzo, por positivos que fuesen los efectos cognitivos. Y sin embargo, paradójicamente, yo ya sabía lo que él iba a decir. Que tenía que confesar algo. (El tono de Jonathan había empezado a cambiar). Que había robado la pintura. Había robado La Virgen y el Niño en su marco quemado. Era lo peor que había hecho en su vida. Y entonces reventaron las junturas y, desaparecida la ira, dejaron a la vista la albura más blanda de su voz. Lo sentía mucho. (Había empezado a llorar). Y yo intentaba aún interrumpirlo —«No quiero hablar de Sima»—, pero ya era demasiado tarde. Lo siento mucho, dijo entre sollozos, desprendiéndose del bastón, el sombrero, la corbata.

 

Se apagan las luces del auditorio del centro de actividades del Mall of America, a pleno aforo de competidores y preparadores y familiares y periodistas que cubren las rondas del campeonato del Torneo Nacional de Debate y Discurso de 1997. A mi derecha está Jonathan; a mi izquierda está Nina; en la fila de delante: Evanson y los otros preparadores y estudiantes de Kansas. Una pancarta azul gigantesca (EL FUTURO DEL DISCURSO) forma un telón de fondo en el escenario. Debajo de la pancarta, en mesas cubiertas con manteles azules, se alzan las hileras de altos trofeos de peltre por los que competirán los adolescentes. Hay cámaras de televisión montadas en los pasillos; hombres con auriculares las han orientado hacia el escenario. En el auditorio, la excitación es inconfundible, creciente, amenazadora, como si muchos de los presentes estuvieran allí básicamente con la esperanza de ver a alguien desmoronarse bajo la presión. Los estadounidenses declaran sistemáticamente que su mayor temor es hablar en público, mayor que la guerra nuclear o viajar en avión o ahogarse o las serpientes o las arañas, mayor, según los estudios, que la propia muerte. Pero ¿por qué exactamente? ¿Es evidente que debería dar más miedo que conducir a altas velocidades o traspasar la atmósfera? (Ni siquiera los reyes más poderosos de la tierra podrían haber tenido un automóvil nuevo, flamante, ni podrían haber volado…)

Porque es una escena primaria lingüística, la voz de Klaus en la oscuridad. Los congregados, la comunidad, exigen que el orador sea a la vez individual (tu discurso debe ser original para ser premiado) y totalmente social (tu discurso debe ser inteligible para la tribu). A través de la boca individual debemos oír hablar al público. O: no solo estás hablando sino que también estás representando ritualmente la facultad humana del habla como tal; ser vencedor es ser un poeta que regenera el medio de la socialidad, que se sale de sí mismo mientras el lenguaje corre por su cuerpo, como Glenn Gould tarareando, como yo o mi hijo cabeceando; fracasar en esta empresa es perder tu condición de persona social, es regresar a la infancia (del latín infans, sin habla) o, peor aún: a la condición de bestia. El hecho de que aquí hablar sea supuestamente una improvisación —sin notas, sin red— no hace más que aumentar lo que está en juego en la lid arcaica. El orador de hecho se ha preparado, está adiestrado para imitar la naturalidad, pero eso lo pone en peligro de mostrarse como un mono de imitación. (Un animal puede morir de vergüenza).

Un hombre calvo, de baja estatura, las candilejas reflejadas en su lustroso cuero cabelludo, sale al escenario. Es Arthur Naylor, presidente de la Liga de Práctica Forense Nacional. En la solapa de su chaqueta gris oscuro, un pequeño pin de diamante captura la luz; todo preparador cuyo alumno ha ganado un campeonato nacional recibe uno de esos. Saca una tarjeta con anotaciones del bolsillo de la pechera y lee el código, el nombre, el instituto y la pregunta del primer finalista. Repite la pregunta despacio: ¿Qué puede hacer el gobierno colombiano para poner fin al conflicto con las FARC? Oigo a centenares de personas anotar la pregunta en la oscuridad, un rasgueo que relaciono no tanto con el lenguaje como con la frenética actividad de los ratones. Si es posible adiestrar a un animal para que pinte, ¿por qué no para que escriba? Naylor abandona el escenario por la izquierda. Intento recordar qué son las FARC. Un grupo guerrillero. Un grupo de íbices y gamuzas y llamas y ñus y jabalís.

Veamos al primer orador, el niño vestido de hombre, salir al escenario. Establece contacto visual con los jueces, que ocupan un estrado en la parte delantera del auditorio —entre ellos, un senador y un embajador menor— y, cuando la cronometradora indica con un gesto que está lista, empieza a avanzar por la cuerda floja. Pese a mi alergia a la grandilocuencia de Klaus, una grandilocuencia que no ha hecho más que aumentar desde su muerte, sí percibo algo primigenio tras el barniz de las cuestiones de actualidad: un muchacho remedando el lenguaje de la ciencia política y de la práctica política, el lenguaje de los hombres. Este procede enseguida a explicar los peligros de pagar un rescate a una fuerza paramilitar, el hecho de que solo conduce a más secuestros y situaciones con rehenes, pero quizá el joven orador, con las cejas enarcadas en actitud teatral, está intentando señalar sutilmente su propio cautiverio: ¿un grito de socorro dirigido a los adultos entre el público? Pero los adultos no existen, cosa que solo sabrás cuando tú seas adulto; tus padres no eran más que otros dos cuerpos experimentando el paisaje y la meteorología, tratando de encontrar el sentido mediante columnas de aire en vibración, redescribiendo la contingencia como una necesidad mediante la religión o la Teoría del Hielo del Mundo o la ciencia judía, inculcando verdades profundas junto con sus opuestos mientras los regímenes semánticos se desmoronan en el arrollamiento.

En la oscuridad artificial, cuando el primer orador concluye con un comentario jocoso y el público responde con estridentes carcajadas, las presencias en torno a mí empiezan a titilar: ahora estoy flanqueada por Porter —efluvios de tabaco de pipa— y Caplan y todos los demás hombres que me han observado, que han participado en mi formación; están aquí para evaluar a mi hijo (no un hombre, obviamente, sino un chico, un chico perpetuo, un Peter Pan, un hombre-niño, puesto que Estados Unidos es adolescencia sin fin). Faltan solo unas semanas para que abandone mi supervisión, para que nos deje a Jonathan y a mí un nido vacío. ¿Cuál es el futuro de su discurso? Me remuevo en mi asiento acolchado, ahuyento las presencias con un parpadeo, solo para descubrir que tengo ante mí las nucas de Jonathan y Sima, unas hebras plateadas apenas perceptibles en el azabache, el colgante vuelto hacia la espalda, un atisbo de sándalo en sustitución del tabaco. Hablan en susurros; piensan que no los oigo. Jonathan dice: El torneo se le está escapando; no, lo dice Evanson, se ha girado para exhibir la sonrisa lupina, aliento a cebolla asada.

Jonathan me coge la mano en la oscuridad. Su mano es cálida, elocuente: Lo arreglaré; haré lo que haga falta, durante el tiempo que haga falta. Naylor regresa al escenario. Oradora 433NN del instituto Apple Valley, Minnesota; estallan vítores para la favorita local en un lado del auditorio, pero Naylor los ataja de inmediato con una mirada severa. La pregunta es: ¿Ha sido bueno o malo el embargo para Castro? La pregunta es: ¿Siempre supiste que querías ser psicóloga? ¿Qué se siente al ser mundialmente famosa (tu discurso a la vez original e inteligible para la tribu)? Como uno de aquellos collares de la amistad fragmentados, la otra mitad de la pastilla de Adam está en mi bolsillo. (Esta mañana le he dado una entera). Mientras la joven de Apple Valley introduce su discurso exponiendo algunos de los atentados fallidos de la CIA contra la vida de Castro (puros que explotan, bolígrafos envenenados), yo — obedeciendo un impulso infantil— me la llevo a la boca.

La pastilla tiene un efecto paradójico. La oradora todavía mueve los labios, enumera los sucesivos puntos contándolos con los dedos, pero yo no oigo su discurso. Al principio, lo único que oigo es la sangre que circula por mi cabeza, el siseo de los nervios auditivos inactivos. De pronto, procedente de un origen desconocido, me llega el sonido quedo de algo así como unos trinos, como un hilo musical apenas perceptible. Se propaga desde el escenario por el Mall of America y la residencia de ancianos Summerset y Rolling Hills y el Hypermart y la Fundación y el Dillon’s de la calle Huntoon. El ruido blanco al final de la historia. Ininteligible, aunque con forma. La joven da unos pasos a su derecha, estableciendo una transición entre argumentos, pero tiene la boca cerrada. Habla solo con los ojos.

Yo cierro los míos. Al cabo de unos minutos, unos aplausos audibles indican que el discurso mudo ha llegado a su fin. Entonces imagino que el auditorio se ha vaciado en torno a mí, salvo por Jonathan a mi derecha, que aún me sujeta la mano. El siguiente orador es XN722, Adam Gordon, instituto de Topeka. La pregunta es: ¿Puedes leer el alfabeto en el pecho de Holly Eberheart, la lengua nativa de la leche y los hombres? La pregunta es: ¿Puedes utilizarlo para escribir un poema? ¿Sobre la familia y el arte y la memoria y el significado? ¿Cómo se hace y se deshace? Abro los ojos.

Veo que el andar de Adam no es el suyo propio, que está interpretando la rectitud, imitando la naturalidad, proyectando calma a la vez que hace una demostración de fuerza, al margen de la benzodiacepina. Ahora el silencio en el auditorio es absoluto; oigo el golpeteo de sus zapatos de vestir, las suelas duras de caucho, en el suelo de linóleo. En cuanto ocupa su posición, cuando se gira hacia el público, cuando se coloca frente a los jueces, advierto que las candilejas lo ciegan un poco; no obstante, Evanson le ha enseñado a fingir contacto visual, a simular que distingue las caras (más allá del parapeto). De repente, aunque sé que es imposible, Adam parece mirarme a mí directamente, sonreír un poco, con cortesía pero sin reconocimiento. (¿Sabes quiénes son estas dos personas encantadoras?) Permanece ahí inmóvil, como si me sostuviera la mirada, esperando a que le marque el inicio de su tiempo.

Darren la recuerda, siempre la recordará, como algo que estaba ya allí, la bola blanca, una esfera pesada y pulida compuesta de pista de patinaje, una luna o estrella muerta infinitamente densa suspendida del firmamento del sótano, una bola de discoteca en rotación que no despide luz, solo la absorbe. Darren tiene la sensación de que se ha vuelto y la ha lanzado a la mesa antes de sacarla de la red de la tronera de la esquina, sopesarla, palpar la frialdad y la tersura de la resina. Antes de que la tía buena de primero grite maricón, vocifere retrasado, antes de que Darren alargue el brazo hacia su pelo, pero —tras interponerse los amigos de ella entre ambos— se conforme con la bola, antes de que lo obliguen a retroceder a empujones un par de alumnos de último curso hacia su posición original contra la pared, la bola está ya allí, girando en el aire, sin moverse del sitio, la bola blanca, la bola de nieve, la bola de béisbol con la que Brett Nelson le «arreó» un verano, rompiéndole un diente, la bola del diente, compuesta de sus dientes y los del pobre Nick Dewey, calcificada, esmalte, en lenta rotación en torno a su eje, visible desde todos los ángulos, dejando tiempo de sobra para que la gente se aparte de su trayectoria, para que la fiesta se disuelva, para ponerlo todo en orden, rociar el Glade con aroma a limón, para que los padres regresen de su salida nocturna en Kansas City, demasiado cansados para darse cuenta de que la bola pende a la altura de los ojos cuando bajan a dar las buenas noches, es el momento de que los alumnos de último curso se gradúen y vayan a la universidad, de que Darren vuelva a intentarlo en Dillon’s, a poner el precio al café instantáneo, el dinero acumulándose en su cajón hasta que regrese a casa en el Fiero plateado de la fiesta en Clinton Lake, todos los ojos puestos en mí, adelantándolo en la autopista una versión de sí mismo, que baja la ventanilla para llamarlo maricón, llamarlo retrasado, Mandy en el asiento del copiloto, la bola blanca visible a través de la ventanilla a su izquierda, su posición constante. Entiéndase que él no la habría arrojado, solo que sí lo había hecho. Si me santiguo el mundo al revés. El que lo dice lo es.