El libro negro

Orhan Pamuk · Capítulo 11 de 37

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El libro negro

11. Perdimos la memoria en el cine

No había escrito palabras que describieran su espíritu, y que yo me moría por conocer, sino simplemente estas frases que ustedes acaban de leer. Ése no era su mundo, sino el mío; no eran sus palabras, sino esas palabras mías por las que ustedes han pasado la mirada a toda prisa (no tan rápido, por favor).

Quise oponerme, decirle que escribiera sus propias palabras pero era incapaz de hacer otra cosa que observarlo, exactamente igual que en un sueño: las palabras y las frases se sucedían provocándome cada una de ellas algo más de dolor.

Durante un rato se detuvo al principio de un párrafo. Me miró, me dio la impresión de que me veía, fue como si nuestras miradas se enfrentaran. Ya saben, en las revistas y en los libros antiguos hay escenas en que el autor habla tranquilamente con su musa; algún ilustrador bromista ha dibujado en un margen una pequeña y simpática musa del tamaño de una estilográfica y un escritor pensativo que se sonríen. Pues así nos sonreímos. Por supuesto, esperaba con optimismo que todo se aclararía después de aquella mirada tan significativa. Él comprendería la verdad y escribiría historias de su mundo, por el que yo tanta curiosidad sentía, y yo leería tranquilamente las pruebas de que por fin había logrado ser él mismo.

No, no ocurrió nada de eso. Por un momento me sonrió feliz y después se detuvo como si ya estuviera aclarado lo que tuviera que aclararse, tan entusiasmado como si hubiera resuelto un problema de damas, y escribió sus últimas palabras, que dejaban todo lo relativo a mi mundo en una oscuridad incomprensible.

11. Perdimos la memoria en el cine

«El cinematógrafo no sólo estropea los ojos de los niños, sino también sus mentes.»

Milliyet, 7 de junio de 1952, R. C. ULUNAY

En cuanto Galip se despertó se dio cuenta de que nevaba de nuevo. Quizá lo hubiera notado mientras dormía porque lo había sentido en el sueño que recordaba cuando se despertó pero que olvidó en el momento en que miró por la ventana. Galip se vistió después de lavarse con el agua que el calentador era incapaz de calentar como era debido. Tomó papel y lápiz, se sentó a la mesa y trabajó un rato en sus pistas. Mucho después de haberse afeitado se puso la chaqueta de espiguilla, que según Rüya tan bien le sentaba y que era igual que otra que tenía Celâl, su grueso abrigo de tela basta, y salió a la calle.

La nevada había amainado, sobre los coches aparcados y las aceras había cuatro dedos de nieve. Los que regresaban de sus compras del sábado por la tarde, con sus paquetes en la mano, caminaban con cuidado, como si pisaran la superficie suave de un planeta al que comenzaran a acostumbrarse.

Al llegar a la plaza de Nisantasi le alegró ver que la calle principal estaba despejada. En un puesto de periódicos instalado por las noches en la entrada de una tienda de ultramarinos escogió el Milliyet del día siguiente de entre las revistas de mujeres desnudas y escándalos. Se metió en el restaurante de la acera de enfrente, se situó en un rincón desde el que no pudiera ver a los que pasaban por la calle y pidió una sopa de tomate y albóndigas a la parrilla. Mientras esperaba la comida puso el periódico sobre la mesa y leyó atentamente el artículo dominical de Celâl.

Recordaba una por una las frases sobre la memoria de aquel artículo de Celâl escrito años antes porque, además, lo había leído esa mañana en la redacción. Marcó el artículo en algunos lugares mientras se tomaba el café.

Tras salir del restaurante encontró un taxi que le llevara a Bakirkóy, a

Sinanpasa.

A lo largo del prolongado trayecto, Galip se sintió arrastrado por la sensación de que la ciudad que veía no era Estambul sino otra completamente distinta. En el punto en que la cuesta de Gümüssuyu llega al Dolmabahce tres autobuses del ayuntamiento habían chocado unos con otros y estaban rodeados por el gentío. Las paradas de autobús y de taxis colectivos estaban completamente desiertas. La nieve había caído sobre la ciudad como una especie de opresión, las farolas brillaban más pálidas, el movimiento nocturno que hacía de la ciudad una ciudad había cesado, las puertas estaban cerradas y las aceras vacías, había regresado una suerte de noche medieval. La nieve sobre las cúpulas de las mezquitas, sobre los almacenes y sobre las casas de los arrabales no era blanca, sino azul. Al pasar pudieron ver a las putas de los alrededores de Aksaray con los labios morados y las caras azules, a los jóvenes que se deslizaban ante las murallas con escaleras de madera a modo de trineos, las luces azules de los coches de los policías que controlaban los autobuses al salir de la estación y que los pasajeros miraban con ojos temerosos. El viejo taxista le contó una lejana e increíble historia sobre un lejano e increíble invierno en que se heló el Cuerno de Oro. Galip, a la luz del interior del Plymouth modelo del 59, llenó de números, marcas y letras el artículo dominical de Celâl pero no pudo llegar a ninguna conclusión. En Sinanpasa el taxista le dijo que no podía ir más allá y él se bajó del coche y echó a andar.

El barrio de Güntepe estaba más cerca de la calle principal de lo que recordaba. Después de subir la ligera cuesta del camino que pasaba entre casas de cemento de dos pisos con las cortinas abiertas, herencia de las chabolas, y tiendas las luces de los escaparates apagadas, salió de repente a una plaza. En el centro estaba el busto (no era una estatua) de Atatürk cuyo cuadradito había visto aquella mañana en la Guía de la Ciudad. Confiando en lo que recordaba del plano se metió por una calle adyacente a la mezquita, de un tamaño respetable, en cuyos muros habían escrito consignas políticas.

No quería ni pensar en Rüya entre aquellas casas, de algunas de las cuales salía la chimenea de la estufa por el centro del cristal de la ventana, otras

cuyos balcones se inclinaban ligeramente hacia delante, pero cuando diez años atrás había venido, también una noche, vio al acercarse en silencio a la ventana abierta de una de las casas lo que no quería ni imaginar y volvió atrás: en aquella calurosa noche de agosto Rüya, con un vestido estampado sin mangas, trabajaba en una mesa cubierta por pilas de papeles mientras, de vez en cuando, jugueteaba con su pelo retorciéndose un rizo; su marido, con la espalda vuelta hacia Galip, removía el té; una falena, que poco después moriría, trazaba sus últimos círculos, cada vez más irregulares, alrededor de la bombilla desnuda que había justo sobre sus cabezas. Entre marido y mujer había un plato de higos y un insecticida contra los mosquitos. Galip recordaba perfectamente el tintineo de la cucharilla en la taza de té y el canto de los grillos en unos arbustos algo más allá, pero cuando vio el letrero de CALLE DE REFET BEY colgado de un poste de la electricidad y medio cubierto de nieve, no se despertó nada en su interior que le ayudara a recordar dónde se encontraba el rincón en que se alzaba la casa.

Caminó dos veces a todo lo largo de la calle, en uno de cuyos extremos unos niños se tiraban bolas de nieve mientras que en el otro una farola iluminaba en un cartel de cine basante grande a una mujer sin ninguna particularidad espedí a la que habían dejado ciega tachándole los ojos. En su segundo paseo recordó a su pesar la ventana, el pomo de la puerta que diez años antes no se atrevió a tocar y las desagradables paredes sin encalar que en el primer paseo se había permitid ignorar con toda la tranquilidad de su corazón amparándos en que todas las casas tenían dos pisos y ninguna tenía número. Le habían añadido un piso. Le habían construido un muro al jardín. El cemento había ocupado el lugar de la tierra. El piso inferior estaba absolutamente a oscuras. La luz azulada de una televisión, que se filtraba entre las cortinas del segundo piso, que tenía una entrada aparte, y el humo de lignito, de un amarillo sulfuroso, despedido por el tubo de una estufa, que salía del muro como un cañón, prometían al huésped de Dios que llamara a la puerta a medianoche que allí podría encontrar comida caliente, una estufa encendida y una gente también calurosa que veía estúpidamente la televisión.

Mientras Galip subía con precaución por la escalera cubierta de nieve en el

jardín de la casa vecina un perro ladró como un mal augurio. «¡No hablaré demasiado con Rüya!», se decía Galip, pero no estaba excesivamente seguro de si se lo decía a sí mismo o al ex marido en su imaginación. Le rogaría que le aclarara las razones que no le había explicado en su «carta de despedida» y luego le pediría que fuera a casa lo antes posible y que recogiera todas sus cosas, sus libros, sus cigarrillos, sus calcetines desparejados, sus cajas vacías de medicinas, sus horquillas, las fundas de sus gafas de miope, sus chocolatinas a medio comer, sus prendedores para el pelo, su Pato Donald de madera recuerdo de la infancia y que se lo llevara todo y se fuera. «Cualquier cosa que me recuerde a ti me entristece tanto que no lo puedo soportar.» Por supuesto no podría decirle todo aquello delante de ese tipo, así que lo mejor sería convencer rápidamente a Rüya para ir a algún sitio donde pudieran sentarse a hablar como «gente civilizada con la cabeza sobre los hombros». Una vez que hubieran ido a ese sitio y tratándose de «cabeza» lo que había que tener sobre los hombros, era bastante posible que pudiera convencer a Rüya de otras cosas. Pero

¿cómo podría encontrar en ese barrio un sitio donde ir que no fuera un café sólo para hombres? Hacía que había sonado el timbre de la puerta.

Al oír primero la voz de un niño («¡Mamá, la puerta!») después la de una mujer llamando la atención sobre la misma realidad evidente, voz esta que no tenía el menor parecido ni de cerca ni de lejos con la de su mujer, su amada desde hacía veinticinco años, su amiga desde hacía treinta, Galip comprendió la enorme estupidez que había cometido al pensar que podría encontrar allí a Rüya. Por un momento pensó en escapar y esfumarse, pero la puerta se abrió. En cuanto lo vio, Galip reconoció al ex marido, pero éste no a Galip. Un hombre de mediana edad y estatura mediana; era tal y como lo había imaginado y tal y como no volvería a imaginarlo.

Mientras Galip le daba al ex marido, que intentaba acostumbrar la vista a la oscuridad del peligroso mundo exterior, el tiempo suficiente para que lo reconociera, asomaron desde el interior, una a una, las cabezas de su nueva mujer primero, después la de un niño y luego la de un segundo. «¿Quién es, papá?» Papá había encontrado la inesperada respuesta a la pregunta y estaba pasando un momento de estupefacción. Galip decidió que aquélla era su única oportunidad para escapar de allí sin entrar en la casa y comenzó a

hablar sin respirar: lamentaba muchísimo haberles molestado a medianoche pero se encontraba en una situación muy apurada; había ido hasta esa casa, a la que algún otro día volvería simplemente por amistad (con Rüya, incluso), porque ahora tenía un problema muy urgente y necesitaba información sobre una persona, o quizá sólo sobre un nombre. Un estudiante universitario, cuya defensa había aceptado, era acusado de un homicidio que no había cometido. No, claro que había un muerto, pero el verdadero asesino, del que se decía que vagaba por la ciudad como un fantasma usando un seudónimo, en tiempos…

Para cuando pudo acabar la historia ya le habían invitado a pasar, le habían dado unas zapatillas, que le estaban pequeñas, para que se las pusiera en lugar de los zapatos que se había quitado al entrar y le habían quemado la mano con una taza de café diciéndole que el té se estaba haciendo. Después de que Galip repitiera de nuevo el nombre de dicha persona para centrar la cuestión (se había inventado un nombre completamente nuevo para no dar lugar a ninguna casualidad desagradable), empezó a hablar el ex marido de Rüya. Mientras hablaba, Galip sentía que sus historias le envolvían como el sueño y que cada vez le resultaría más difícil salir de esa casa. Después recordaría que había pretendido convencerse pensando que escuchándolo un rato podría enterarse de algo sobre Rüya, aunque sólo fuera de algunas pistas, pero aquello se parecía a cómo se convence a sí mismo un enfermo al que van a operar a vida o muerte en el momento de la anestesia. Tres horas más tarde, cuando pudo acercarse a la puerta de la calle, que había llegado a pensar que nunca se abriría, se había enterado de lo siguiente por las historias del ex marido, espumeantes como las aguas de un torrente que avanza sin que nada se lo pueda impedir:

Creíamos saber mucho, pero no sabíamos nada.

Por ejemplo, sabíamos que la mayoría de los judíos de Europa Oriental y América provenían del pueblo del Estado Judío Jázaro que gobernó las tierras entre el Cáucaso y el Volga hace mil años. También sabíamos que los jázaros n eran sino turcos que habían aceptado el judaismo. Pero lo que no sabíamos era que los judíos eran tan turcos como judíos eran los propios turcos. Qué curioso, qué curioso era seguir las ondulaciones de esas dos

naciones hermanas que a lo largo de veinte siglos de migraciones parecían bailar al ritmo de una música secreta, sin poder coincidir pero siempre rozándose tangencialmente, como dos hermanos siameses condenados si esperanza el uno al otro.

Galip se despejó de repente de aquel ensimismamiento en que se había sumido como si fuera un cuento de hadas cuando el otro le trajo un mapa de una habitación; se puso en pie, obligó a su cuerpo, relajado por el calor, a que se moviera y observó asombrado las flechas, marcadas con un bolígrafo verde, que había sobre aquel planeta fantástico que se extendía sobre la mesa. Teniendo en cuenta que las simetrías de la Historia de las que le hablaba eran una verdad indiscutible, ahora deberíamos prepararnos para un periodo de desdicha que duraría tanto como el que habíamos vivido de felicidad, etcétera.

Primero establecerían un Estado en los estrechos. Pero en esta ocasión, al contrario de lo que había ocurrido mil años antes, no se establecerían nuevas gentes en el nuevo país; simplemente convertirían la antigua población en «hombres nuevos» que estuvieran a su servicio. No hacía falta haber leído a Ibn Jaldun para suponer que, con ese objeto, nos privarían de nuestra memoria, nos convertirían en pobrecillos sin pasado, sin Historia, fuera del tiempo. Se sabía que en algunas oscuras escuelas misioneras en los callejones de Beyoglu y en las colinas del Bósforo se había hecho beber a los niños turcos ciertos líquidos de color lila para borrar nuestra memoria («Prestad atención al color», dijo la madre, que escuchaba con sumo cuidado a su marido). Después ese arriesgado método había sido considerado demasiado peligroso por el «ala humanitaria» de Occidente por sus inconvenientes químicos y se había recurrido a un método más moderado pero que había resultado mejor solución a largo plazo, el del

«cine-música».

No había la menor duda de que el método del cine, con esos hermosos rostros de mujer salidos de iconos, con la música simétrica y poderosa de los órganos de iglesia, con las imágenes que se repetían hasta el punto de recordar cánticos reugiosos, con sus visiones atractivas y brillantes de bebidas alcohólicas, armas, aviones y ropas, resultaba más radical y daba

mejores resultados que los que los misioneros habían probado en América Latina y África (Galip sintió curiosidad por quién había escuchado aquellas largas frases que, claramente, habían sido construidas con bastante anterioridad: ¿los vecinos del barrio? ¿Los compañeros del trabajo?

¿Pasajeros anónimos de taxis colectivos? ¿Su suegra?). En la época en que empezaron a funcionar los primeros cines en Estambul, en Sehzadebas y en Beyoglu, cientos de personas se habían quedado completamente ciegas. Los gritos desesperados de aquellos que se rebelaban, sintiendo la monstruosidad a la que los sometían, habían sido acallados por la policía y los loqueros. Y a los niños que en la actualidad mostraban la misma reacción sincera sólo podía calmárseles colocándoles en los ojos, cegados por las nuevas imágenes, unas gafas que daba la seguridad social. Pero siempre había quien no se dejaba engañar con tanta facilidad. Dos barrios más allá había visto una noche a un muchacho de unos dieciséis años disparando desesperado contra un cartel de un cine y enseguida comprendió el porqué. Otro, al que habían atrapado a la entrada de un cine con una lata de gasolina, pedía a los mismos que le estaban dando una paliza que le devolvieran sus ojos; sí, sus ojos, con los que podría ver las imágenes de antes… En los periódicos había salido que en una semana habían habituado al cine a un pastor de Malatya y que luego había perdido la memoria por completo hasta el punto de olvidar el camino de regreso a su casa con todo lo que sabía, ¿no lo había leído Galip? No daban de sí las horas del día para contar historias de hombres que se habían convertido en unos auténticos miserables incapaces de volver a su vida anterior porque lo único que deseaban eran las calles, la ropa y las mujeres que veían en la gran pantalla.

En cuanto a los que se identificaban con los personajes que veían en el cine, eran tantos que ya no se les llamaba «enfermos» ni «delincuentes», nuestros nuevos señores incluso los hacían partícipes en sus asuntos. Todos nos habíamos vuelto ciegos, todos, todos…

El ex marido de Rüya y dueño de la casa le preguntaba ahora: ¿Es que de veras ningún funcionario del Estado había sido capaz de ver el paralelismo entre la decadencia de Estambul y la ascendencia de los cines? Le preguntaba: ¿Era sólo una alidad que en nuestro país los cines se abrieran en las mismas calles que los burdeles? Le preguntaba: ¿Por qué estaban tan oscuros los cines, siempre oscuros?

Allí, en aquella casa, diez años antes, Rüya y él habían intentado vivir con seudónimos e identidades falsas por una causa en la que creían de todo corazón (Galip se miraba las uñas de vez en cuando). Traducían a «nuestra lengua» comunicados que llegaban de un país al que nunca habían ido, escritos en la lengua de aquel país al que nunca habían ido e intentando adaptar el estilo al de la lengua de ese lejano país, escribían en aquella lengua nueva las profecías políticas que habían aprendido de gente a la que nunca habían visto y las pasaban a máquina y las multicopiaban para darlas a conocer a gente a la que nunca conocerían. Por supuesto, simplemente trataban de ser otros. ¡Cómo se alegraban cuando se enteraban de que algún conocido reciente se tomaba en serio sus seudónimos! A veces uno de los dos, cansado por las horas de trabajo en la fábrica de pilas, se olvidaba de los artículos por escribir y de los comunicados por franquear y durante largos minutos contemplaba el nuevo carnet que tenía en la mano. Les gustaba tanto decir con el entusiasmo y el optimismo de la juventud «¡He cambiado!», o «¡Por fin soy otro completamente distinto!», que creaban ocasiones en las que poder decirse esas frases el uno al otro. Gracias a sus nuevas identidades leían en el mundo significados que hasta ese momento habían sido incapaces de percibir: el mundo era una enciclopedia totalmente nueva que se podía leer de principio a fin; y la enciclopedia cambiaba según se la leía y ellos también; tanto era así que una vez que la habían acabado después de leerla de principio a fin, volvían de nuevo al primer tomo de la enciclopedia-mundo y se perdían entre sus páginas con la embriaguez de una nueva personalidad, que ni ellos mismos eran capaces de recordar qué número hacía. (Mientras el dueño de la casa se perdía entre las páginas de aquel símil de la enciclopedia, que, como todo lo demás, se veía que no era la primera vez que utilizaba, Galip vio ocultos en un estante del aparador los tomos de El tesoro del conocimiento, que un periódico había entregado en fascículos.) No obstante, ahora, años después, había comprendido que aquel círculo vicioso no era sino un engaño organizado por «ellos». Era de un optimismo estúpido creer que después de ser otro, y luego otro, y otro más, y otro, podíamos volver a la felicidad de la primera identidad.

Comprendieron que por el camino habían perdido su relación de marido-mujer entre señales, cartas, comunicados, fotografías, caras y pistolas a los que ya no podían darles ningún sentido. Por aquel entonces la casa se

levantaba solitaria en lo alto de una colina estéril. Una tarde Rüya metió unas cuantas cosas en su pequeña maleta y regresó con su familia, a la vieja casa, que consideraba más segura.

El dueño de la casa, cuyas miradas a veces le recordaban a Galip al Conejo de la Suerte de una vieja revista infantil, se había levantado del sillón y caminaba arriba y abajo dejándose llevar por la violencia de sus palabras, lo cual le producía a Galip un adormilado mareo, había decidido, pues, que debíamos volver al origen, al principio de todas las cosas para frustrar «sus»

planes. Ya podía verlo Galip Bey: la casa era exactamente la de un

«pequeño burgués», la de «uno de la clase media», la de «un ciudadano tradicional». Sillones viejos a los que se les había puesto una funda estampada de flores, cortinas de tela sintética, platos esmaltados con filos de mariposas, un feo aparador en el que escondían un juego de licor que nunca usaban y alfombras descoloridas con el aspecto de pasta de orejones.

Sabía que su mujer no era como Rüya, que no había estudiado, que no era para llevarse las manos a la cabeza: era como su madre, simple, sencilla, tranquila (la mujer le lanzó una sonrisa a Galip, cuyo significado secreto éste no supo interpretar, y luego otra a su marido), era la hija de su abuelo paterno. Y los niños eran como eran. De haber vivido, de haber cambiado, aquélla era la vida que habría llevado su propio padre. Escogiendo de manera consciente aquella vida, viviéndola de manera consciente, frustraba una conspiración de dos mil años, se negaba a ser otro y resistía en su

«propia» identidad.

Todo lo que podía parecerle a Galip Bey fruto de la casualidad en aquella habitación había sido dispuesto con ese objeto. El reloj de pared había sido escogido especialmente porque ese tipo de casas necesitaban un reloj de pared con su tic-tac. El televisor estaba siempre encendido, como una farola, porque en ese tipo de casas y a aquellas horas siempre estaba encendido, y habían puesto sobre él un pañito de crochet porque era lo que ponían las familias así sobre el televisor. Todo era el resultado de un proyecto cuidadosamente pensado: el desorden de la mesa, los periódicos viejos tirados después de haber recortado los cupones, la mancha de mermelada en un costado de la caja de bombones reconvertida en caja de costura, incluso cosas que él mismo no había hecho, como la taza cuya asa,

que recordaba a una oreja, habían roto los niños, o la ropa tendida a secar junto a la horrible estufa. A veces se detenía por un momento y observaba, como quien ve una película, lo que hablaba con su mujer y sus hijos, sus formas de sentarse a la mesa, y se sentía feliz cuando se daba cuenta de que sus palabras y sus gestos correspondían a los de las familias parecidas. Si la felicidad consistía en vivir de manera consciente la vida que se ha escogido, era feliz. Además, era aún más feliz si gracias a esa felicidad lograba frustrar una conspiración histórica de dos mil años de antigüedad.

Queriendo ver en aquel discurso un punto final, Galip, que sentía un cierto desmayo a pesar de tanto café, se levantó pretextando que comenzaba a nevar de nuevo y se dirigió hacia la puerta tambaleándose. El dueño de la casa prosiguió, interponiéndose entre Galip y su abrigo, cerca de la pared: lo lamentaba por Galip, que regresaba a Estambul donde había comenzado toda aquella decadencia. Estambul era la piedra angular: no ya vivir allí, poner siquiera el pie en la ciudad era una rendición, una derrota. Esa terrible ciudad hervía de las imágenes podridas que al principio sólo podíamos ver en los oscuros cines. Multitudes sin esperanza, coches viejos, puentes que se hundían lentamente, montones de latas, asfalto lleno de baches, enormes letras incomprensibles, letreros ilegibles, paneles sin sentido rotos, pintadas a las que se les había corrido la pintura, dibujos de botellas y cigarrillos, alminares sin plegarias, pilas de piedras, polvo, barro, etcétera, etcétera. No se podía esperar nada de aquella degeneración. Si algún día se hacía realidad una resurrección -de lo cual el dueño de la casa estaba seguro gracias a la existencia de tantos como él que resistían con su forma de vida-, seguro que comenzaría allí, donde todavía se protegía nuestra preciosa identidad, en aquellos barrios a los que se llamaba despectivamente

«suburbios de cemento». Él había sido el fundador de uno de esos barrios, se sentía orgulloso de haber sido un pionero e invitaba a Galip a que se quedara allí, a vivir aquella vida, y en ese mismo momento. Podía quedarse esa noche y por lo menos podrían continuar la discusión…

Galip se puso el abrigo, se despidió de la silenciosa madre y de los distraídos hijos, abrió la puerta y se dispuso a salir. El dueño de la casa, después de mirar un momento con atención la nieve del exterior, silabeó una palabra de una manera que a Galip le gustó: «Blanco». Había conocido

a un jeque que siempre vestía de blanco, pero después de haberlo conocido había tenido un sueño blanquísimo. En aquel sueño blanquísimo estaba con Mahoma en el asiento de atrás de un Cadillac blanquísimo. Delante había un conductor al que no podía ver la cara y, vestidos de blanco, los nietos de Mahoma, los pequeños Hasan y Hüseyin. Mientras el Cadillac brillaba en Beyoglu, lleno de carteles, anuncios, cines y burdeles, los nietos volvían la mirada hacia atrás, hacia su abuelo, con mueca de disgusto en sus rostros.

Galip estaba a punto de bajar las escaleras cubiertas de nieve, pero el dueño de la casa prosiguió: no, no es que le diera a los sueños más importancia de la que se merecían. Simplemente había aprendido a interpretar ciertas señales sagradas. Quería que tanto Galip Bey como Rüya se beneficiaran de lo que había aprendido, porque a otros sí les había servido. Le resultaba muy agradable oír repetidos palabra por palabra de boca del Presidente del Gobierno ciertos análisis, «análisis mundiales», que había publicado con seudónimo tres años antes, en los días más activos de su vida política. Por supuesto, «aquellos hombres» disponían de amplias redes de inteligencia que seguían todo lo que se publicaba en el país, incluso las revistas de menor tirada, y que si era necesario dirigían la información a las altas esferas. Hacía poco le había llamado la atención un artículo de Celâl Salik y comprendió que había tenido acceso a dichos escritos por los mismos canales, pero el suyo era un caso perdido: buscaba una solución errónea a un proceso ya resuelto, buscaba en vano en aquella columna por la que se había vendido.

En ambos casos lo interesante era que tanto el Presidente del Gobierno como el famoso columnista usaran, pasando quién sabe por qué caminos, las ideas de un hombre absolutamente convencido de ellas, pero según algunos tan acabado, tan agotado, que ya ni llamaban a su puerta. En determinado momento había pensado demostrar ante la prensa aquel desvergonzado plagio de ideas explicando cómo aquellos dos hornos tan respetables se habían apropiado palabra por palabra e ciertas expresiones suyas e incluso de ciertas frases de un artículo de una revista de una fracción política que nadie leía. Pero las condiciones no eran todavía las adecuadas para un aque parecido. Tenía que esperar con paciencia; pero sabía, lo sabía tan bien como su propio nombre, que algún día esas personas