El libro negro

Orhan Pamuk · Capítulo 19 de 37

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El libro negro

19. Las señales de la ciudad

sueños). Añadamos que esas imágenes eran enmarcadas por cabezas y cuerpos de palomas ocultas en la oscuridad, que el entorno era azul marino y que las cortinas que se movían, las luces que se encendían un momento y se apagaban al siguiente y las luminosas habitaciones dejaron una huella brillantemente anaranjada en las memorias infelices y culpables que después habrían de volver a las mismas imágenes y a las mismas ventanas.

Vivimos poco, vemos poco, sabemos poco; soñemos, pues. Feliz domingo, queridos lectores.

19. Las señales de la ciudad

«¿Era la misma persona cuando me desperté esta mañana? Si no lo soy, entonces tendré que preguntarme: ¿Quién soy yo, por el amor de Dios?»

Alicia en el país de las maravillas, LEWIS CARROLL

Cuando Galip se despertó, se encontró ante él a una mujer completamente distinta. Bellas se había cambiado de ropa y se había puesto una falda parda que hizo que Galip recordara que se encontraba en un lugar extraño con una mujer extraña. Su cara y su cabello estaban también completamente distintos. Se había recogido el pelo hacia atrás como Ava Gardner en 55

días en Pekín y se había pintado los labios con el rojo Supertechnirama de la película. Mientras Galip observaba aquella nueva cara de la mujer, pensó de repente que todo el mundo le engañaba desde hacía mucho tiempo.

Poco después Galip sacó el periódico del bolsillo de su abrigo, que la mujer había colgado de una percha y puesto en el armario con sumo cuidado, y lo extendió sobre la mesa del desayuno, recogida con el mismo cuidado. Al releer la columna de Celâl le parecieron estúpidas las notas que había tomado al margen y las palabras y sílabas que había subrayado. Resultaba

una realidad tan obvia que las letras que podían desvelarle el secreto del artículo no eran las que había marcado que por un momento le dio la impresión de que no existía ninguno: era como si las frases que leía indicaran su propio significado y otra cosa al mismo tiempo. Tanto era así que a Galip le parecía que cada frase del artículo dominical de Celâl, que trataba de un personaje que había perdido la memoria y que, por lo tanto, no podía hacer partícipe a la Humanidad de su increíble descubrimiento, era en realidad una frase de otro cuento, oído y conocido por todos, que se refería a una situación humana completamente distinta. Aquello estaba tan claro, era tan evidente, que ni siquiera era necesario escoger ciertas letras, sílabas y palabras, escribirlas y reordenarlas. Lo que había que hacer para extraer el significado «invisible», «secreto» del interior del artículo era simplemente leerlo con esa convicción. Mientras su mirada saltaba de una palabra a otra Galip creía que leería tanto el paradero del lugar donde se escondían Rüya y Celâl y su significado como todos los secretos de la vida y la ciudad, pero cada vez que levantaba la cabeza del artículo y veía frente a él la nueva cara de Belkis desaparecía todo su optimismo. Intentó durante un rato dedicarse sólo a leer una y otra vez el artículo para no perder dicho optimismo, pero no pudo discernir con claridad aquel significado secreto que creía que podría encontrar con tanta facilidad. Notaba feliz que se aproximaba a cierta información sobre el misterio de la vida y el mundo, pero cuando quería reflexionar abiertamente sobre el secreto que estaba buscando, silabearlo, aparecía ante su mirada el rostro de la mujer, que lo observaba desde un rincón de la habitación. Un rato después decidió que no podía acercarse a ese secreto con la intuición y la fe sino con la razón y comenzó a tomar nuevas notas con un bolígrafo en los márgenes del artículo y a subrayar sílabas y palabras totalmente distintas. Estaba por completo entregado a ello cuando Belkis se acercó a la mesa.

–El artículo de Celâl Salik -dijo-. Sabía que es tío tuyo. ¿Sabes por qué me pareció tan terrible ayer por la noche su maniquí del subterráneo?

–Lo sé -respondió Galip-. Pero no es mi tío. Es el hijo de mi tío.

–Por lo mucho que se le parecía el maniquí -prosiguió Belkis-. Cuando salía a Nisantasi para ver si os encontraba, no os veía a vosotros, sino a él y con

esa misma ropa.

–Era la gabardina que tenía hace años. Antes se la ponía mucho.

–Todavía se la pone y pasea por Nisantasi como un fantasma. ¿Qué son esas notas que tomas al margen?

–No tienen nada que ver con el artículo -contestó Galip doblando el periódico-. Se refieren a un explorador polar que desapareció. Como había desaparecido, otro ocupó su lugar y desapareció a su vez. En cuanto al primero, el misterio de cuya desaparición se había ahondado con la desaparición del segundo, vivía en una ciudad perdida con un nombre falso, pero un día lo asesinaron. El nombre al que habían matado con un nombre supuesto…

Cuando Galip acabó de contar su cuento comprobó que se vería obligado a repetirlo. Narrándolo de nuevo sentía una profunda ira hacia todos aquellos que lo obligaban a contarlo una y otra vez. Le hubiera gustado decir: «¡Que cada cual sea como es y así nadie se verá obligado a contar cuentos!».

Mientras lo contaba por segunda vez se levantó de la mesa e introdujo de nuevo el doblado periódico en el bolsillo de su viejo abrigo.

–¿Te vas? – le preguntó Belkis tímidamente.

–No he terminado mi cuento -respondió Galip furioso.

Al acabar el cuento a Galip le dio la impresión de que una máscara ocultaba el rostro de la mujer. Si arrancaba de la cara de la mujer aquella máscara con los labios pintados en rojo Supertechnirama podría leerse con toda claridad un significado en el rostro que apareciera debajo, pero no acertaba a dilucidar cuál debía ser ese significado. Jugaba él solo al «¿Para qué existimos?» como cuando en su niñez se encontraba enterrado hasta el cuello en el aburrimiento. Y mientras jugaba, como le ocurría en su niñez, podía ocuparse de otra cosa y contar su cuento. En cierto momento había pensado que Celâl atraía tanto a las mujeres porque podía contar cuentos y, al tiempo, pensar en otra cosa, pero Belkis no le miraba como una mujer

que estuviera escuchando un cuento de Celâl, sino como alguien que no puede disimular el cado de su rostro.

–¿Nunca se preocupa Rüya por ti? – dijo Bellas.

–No. Cuántas veces he regresado a casa a medianoche cuántas veces no habré desaparecido yo mismo hasta el amanecer a causa de militantes políticos desaparecidos, de timadores que firman pagarés con nombres falsos, de misteriosos inquilinos que se desvanecen sin pagar el alquiler o de infelices que se casan por segunda vez usando un carnet de identidad falso.

–Pero ya pasa de mediodía. Si fuera yo en lugar de Rüya quien te esperara en casa me gustaría que me llamaras por teléfono lo antes posible.

–No quiero llamar por teléfono.

–Si fuera yo la que te esperara, me caería de la cama de preocupación -

continuó Bellas-. Tendría la mirada en la ventana y el oído atento al teléfono. Y sería aún más desgraciada pensando que no me llamabas a pesar de que sabías que me entristecías y me preocupabas. Vamos, llámala. Dile que estás aquí, que estás conmigo.

Cuando la mujer le llevó el aparato como si fuera un juguete, Galip telefoneó a casa. Nadie contestó.

–No hay nadie.

–¿Dónde está? – preguntó la mujer con un tono más divertido que curioso.

–No lo sé -respondió Galip.

Sacó el periódico del bolsillo de su abrigo, regresó a la mesa y comenzó a leer de nuevo el artículo de Celâl. Lo releyó una y otra vez durante tanto rato que las palabras perdieron su significado y se convirtieron sólo en formas compuestas de letras. Luego Galip pensó que él también podría

escribir aquel artículo, que podría escribir como Celâl. Sin que pasara mucho sacó su abrigo del armario, se lo puso, dobló cuidadosamente el periódico, arrancó la columna y se la metió en el bolsillo.

–¿Te vas? – le dijo Bellas-. No te vayas.

Mientras miraba por última vez aquel conocido callejón a través de la ventanilla de un taxi que encontró mucho más tarde, Galip temía no poder olvidar la cara de Bellas insistiéndole en que no se fuera y le habría gustado que la mujer ocupara un lugar en su mente con otro rostro y otra historia. Le apeteció decirle al taxista, como ocurría en las novelas policíacas que leía Rüya, «¡Zumbando a la calle Tal!», pero sólo le dijo que iba al puente de Gálata.

Mientras cruzaba el puente a pie le invadió la sensación de que descubriría de inmediato, entre la multitud del domingo, un misterio que llevaba años buscando pero que acabara de darse cuenta de que lo buscaba. Como si estuviera en un sueño, sentía en lo más profundo de su ser que aquella esperanza era un engaño pero, no obstante, aquellas dos realidades contradictorias se movían por la cabeza de Galip sin molestarle lo más mínimo. Veía soldados de permiso, pescadores, familias con niños que caminaban a toda prisa para alcanzar el transbordador. Todos vivían en ese secreto que Galip estaba resolviendo, pero no se daban cuenta. Ese padre que iba de visita con su hijo calzado con zapatillas de suela de goma en brazos y esa madre con su hija del autobús, ambas con la cabeza cubierta por un pañuelo, notarían aquella realidad que desde hacía años determinaba profundamente sus vidas muy poco después, cuando Galip resolviera el misterio.

Estaba sobre el puente, en la acera de la parte de Mármara, y comenzó a caminar directamente hacia los demás: parecía que así se iluminara por un instante aquella perdida, envejecida y gastada expresión de sus caras. Al lanzar una mirada al hombre que marchaba hacia ellos para identificarlo, Galip podía mirar al interior de sus ojos y sus rostros y era como si allí leyera el secreto.

Los abrigos y las chaquetas de la mayoría estaban viejos, viejos y descoloridos. El mundo entero les resultaba tan ordinario como la acera que pisaban al caminar, pero no esta ban demasiado bien asentados en él. Iban distraídos pero, si se les estimulaba un poco, por un momento aparecía en la expresión enmascarada de sus rostros una curiosidad surgida de los abismos de su memoria que les relacionaba con un significado profundo que había quedado enterrado en el pasado «¡Me gustaría poder inquietarles! – pensó Galip-. ¡Me gustaría poder contarles la historia del príncipe heredero!».

Aquel cuento, que acababa de venírsele a la mente, le parecía completamente nuevo, sentía que lo había vivido, que lo recordaba. La mayoría de los que cruzaban el puente llevaban bolsas de plástico en la mano. Mientras miraba como si las viera por primera vez aquellas bolsas de las que brotaban papeles de envolver, piezas de metal o plástico, periódicos y paquetes, leía lo que había escrito en ellas: se sintió esperanzado al notar de repente que las palabras y las letras que había en las bolsas eran señales que le mostrarían «la otra verdad», «la verdad auténtica». Pero de la misma forma que el significado de cada uno de los rostros con los que se cruzaba se apagaba después de haber brillado por un instante, las palabras y las sílabas de las bolsas desaparecían una a una después de iluminarse momentáneamente con un nuevo sentido. A pesar de todo, Galip siguió leyéndolas largo rato: «Pastelería… Atakôy… Türksan… Frutos… El reloj de… Palacios…».

Al ver en la bolsa de un anciano que pescaba sólo la imagen de una cigüeña en lugar de letras, pensó que podría leer tanto las palabras como las imágenes de las bolsas. En otra vio las caras alegres de dos niños con sus padres, un niño y una niña, que miraban el mundo esperanzados; en otra había dos peces; en las bolsas vio dibujos de zapatos, mapas de Turquía, siluetas de edificios, paquetes de cigarrillos, gatos negros, gallos, herraduras, alminares, baklava, árboles. Resultaba evidente que todas eran señales de un misterio, pero ¿de qué misterio? En la bolsa que tenía a su lado la anciana que vendía cañamones para las palomas ante la Mezquita Nueva vio la figura de un buho. Cuando comprendió que aquel buho era el mismo que había en la portada de las novelas policíacas que leía Rüya o un hermano suyo que se ocultaba allí astutamente, Galip sintió con toda claridad la existencia de una «mano» que todo lo ordenaba a escondidas.

Ahí estaba, lo que había que desvelar, lo que había que descifrar eran las jugadas de esa «mano», ése era el significado secreto, pero, aparte de a él, a nadie le importaba lo más mínimo. ¡Aunque estuvieran enterrados hasta el cuello en ese significado, en aquel secreto que habían perdido!

Galip le compró a la mujer, que parecía una bruja, un platito de cañamones para así poder observar de cerca el buho y se lo echó a las palomas. En un instante se reunió una masa rugiente de oscuras y feas palomas que se cerró alrededor de la comida como un paraguas. ¡El buho de la bolsa era el mismo que el de las novelas policíacas que leía Rüya! Galip se sintió furioso con unos padres que contemplaban orgullosos y felices cómo sus hijas pequeñas les daban de comer a las aves porque no eran conscientes de aquel buho, de aquella verdad evidente, de las otras señales, de ninguna señal, de nada. En sus corazones no había la menor migaja de sospecha, ni siquiera una intuición imprecisa. Lo habían olvidado. Soñó que era el protagonista de la novela que imaginaba que Rüya leía mientras lo esperaba en casa. La trama que había que resolver se encontraba entre él y esa mano que lo había organizado todo magistralmente de forma que cada cosa señalara a aquel significado tan secreto pero que, no obstante, conseguía mantenerse oculto.

Cerca ya de la mezquita de Solimán le bastó con ver al aprendiz de una tienda llevando una imagen enmarcada de la misma mezquita hecha con cuentas de cristal para decidir que, tanto como las palabras, las letras y las imágenes de las bolsas, los objetos que describían y pintaban eran en sí mismos señales. Los chillones colores del cuadro eran más reales que la mezquita. No sólo los letreros, las imágenes y los cuadros y todos los objetos eran fichas del juego al que jugaba la «mano» oculta. En cuanto lo comprendió, decidió que el nombre del barrio de Zindan Kapi (la puerta de la mazmorra), por cuyas retorcidas calles estaba caminando, también tenía un significado especial que nadie había advertido: como si fuera un paciente jugador al que le queda poco para resolver un rompecabezas, sintió que todo estaba a punto de encajar con facilidad.

Percibía que eran señales de aquel significado secreto las tijeras de jardín, los destornilladores de cruceta, las señales de prohibido aparcar y las latas

de salsa de tomate que veía en los baratillos y en las irregulares aceras del barrio, los calendarios en las paredes de los restaurantes baratos, el acueducto bizantino del que habían colgado letras de plexiglás, las rejas cerradas con gruesos candados. Notaba que, si se lo proponía, podría leer aquellas señales como leía los rostros de la gente. Así comprendió que unas tenazas significaban «atención», las aceitunas de un tarro «paciencia» y el conductor feliz de un anuncio de neumáticos «acercarse al objetivo» y decidió que se estaba acercando a su objetivo gracias a su atención y a su paciencia. Pero su entorno estaba repleto de señales mucho más difíciles de descifrar: cables telefónicos, el anuncio de una clínica de circuncisiones, señales de tráfico, paquetes de detergente para la colada, palas sin mango, pintadas políticas ilegibles, carámbanos, números de contadores de electricidad, indicadores de dirección, trozos de papel en blanco… Le parecía que pronto podría comprenderlo todo, pero estaba tan confuso, era tan agotador y estridente… Sin embargo, los protagonistas de las novelas policíacas que leía Rüya vivían en un mundo cómodo y tranquilo rodeados por las pistas que, en número reducido, les ofrecía el autor.

A pesar de todo la mezquita de Ali Celebi fue un consuelo para él, la señal de una historia comprensible. Años atrás Celâl había escrito que en un sueño había visto en aquella pequeña mezquita a Mahoma y a varios santos.

Un adivino, al que fue para que le interpretara el sueño, le había predicho que escribiría mientras viviera. Escribiría e imaginaría tanto, que, aunque no saliera nunca de su casa, al final de su vida la recordaría como un largo viaje. Galip comprendió mucho después que aquel artículo se trataba de una adaptación de un famoso fragmento de Evliya Celebi.

«Y así -pensó Galip mientras pasaba ante el mercado-, en mi primera lectura la historia tenía un significado y en la segunda otro totalmente distinto». No abrigaba la menor duda de que en una tercera o una cuarta lecturas la columna de Celâl tendría otros sentidos: aquellas historias de Celâl, aunque siempre señalaran otra cosa, cada vez le daban la impresión a Galip de estar acercándose a algún objetivo a fuerza de cruzar puertas que se abrían una tras otra, como los laberintos de las revistas infantiles.

Mientras caminaba distraído por las retorcidas callejas del mercado de frutas y verduras, a Galip le hubiera gustado estar lo antes posible en un

lugar donde pudiera leer de nuevo todos los artículos de Celâl.

Al salir del mercado vio un quincallero. En una parte vacía de la acera había extendido una enorme sábana y sobre ella se alineaba una serie de objetos que embrujaron a Galip, el cual había salido aturdido por el increíble alboroto del mercado y el olor de las verduras sin llegar a ninguna conclusión: dos codos de tubería, discos viejos, un par de zapatos negros, un pie de lámpara, unas tenazas rotas, un teléfono negro, dos muelles de somier, una boquilla de nácar, un reloj de pared parado, billetes de banco de los rusos, un grifo de latón, una figurilla representando a una diosa romana con un carcaj a la espalda (¿Diana?), un marco vacío, una vieja radio, dos aldabas, un azucarero.

Galip los observó y los nombró cuidadosamente uno a uno pronunciando las palabras. Sintió que lo que convertía en mágicos los objetos no eran ellos en sí mismos, sino la forma en que estaban dispuestos. El anciano había alineado aquellos objetos, que por otro lado podían verse entre lo que exponía cualquier trapero de la calle, en cuatro hileras y cuatro filas, como si hubiera colocado sobre la sábana un gran tablero de damas. Como si fueran piezas de un tablero de damas con un número limitado de cuadros, había entre los objetos una distancia medida, no se tocaban, pero el rigor y la simplicidad de sus posiciones no era una coincidencia, más bien parecía algo buscado a propósito. Tanto era así que al momento se le vinieron a la cabeza a Galip las páginas de ejercicios de vocabulario de los libros de texto de lenguas extranjeras: en aquellas páginas había visto también dispuestos unos junto a otros los dibujos de dieciséis objetos y luego los había nombrado con las palabras de la nueva lengua que estaba aprendiendo. A Galip le habría apetecido decir con el mismo entusiasmo:

«Tubería, disco, teléfono, zapato, tenazas…».

Pero lo terrible era que Galip sentía con toda claridad que los objetos también indicaban otro significado. Al mirar el grifo de latón primero le pareció que, como ocurría con los ejercicios de vocabulario, indicaba un grifo de latón, pero luego notó excitado que el grifo de latón señalaba también otra cosa. El teléfono negro, de la misma forma que remitía al concepto de teléfono como el dibujo de las páginas del libro de lengua

extranjera, a un instrumento conocido que si se enchufa a la línea y se gira el disco nos permite comunicarnos con otros por medio de la voz, indicaba también otro significado que a Galip le ponía la piel de gallina por la excitación.

¿Cómo se podía entrar al mundo misterioso de los significados secundarios? ¿Cómo podía descubrirse el misterio? Notaba feliz que se encontraba en el umbral de ese universo, pero le resultaba imposible dar el paso que le introduciría en su interior. Al final de las novelas policíacas que leía Rüya, cuando se resolvía la intriga, se iluminaba el universo secundario que había estado encubierto pero, al mismo tiempo al primer mundo lo envolvía una oscuridad de desinterés. Cuando a medianoche Rüya decía, con la boca llena de garbanzos tostados que había comprado en la tienda de Aladino: «El asesino era el coronel jubilado que se estaba vengando de los que le habían insultado!», Galip comprendía que su mujer había olvidado todos los detalles de aquel libro rebosante de mayordomos ingleses, encendedores, mesas de comedor, tazas de porcelana y pistolas y sólo recordaría un mundo de nuevos y ocultos significados al que señalaban todos aquellos objetos y personajes. Pero los objetos que al final de aquellas novelas mal traducidas introducían a Rüya y al detective en un mundo nuevo ahora se limitaban a darle a Galip la esperanza de llegar a aquel nuevo mundo. Galip miró atentamente la cara del quincallero que había dispuesto aquellos misteriosos objetos sobre la sábana para que él pudiera alcanzar el secreto como si fuera a leer el significado en el rostro del anciano.

–¿Qué vale el teléfono?

–¿Eres un comprador? – le respondió el anciano cuidadosamente para abrir una posible puerta al regateo.

A Galip le resultó sorprendente aquella imprevista pregunta sobre su identidad. «¡O sea, que ellos también me ven como señal de otras cosas!», pensó por un momento. Pero el mundo en el que quería introducirse no era ése, sino el que Celâl había forjado dedicándole tantos años. Sintió que Celâl había construido los muros de aquel mundo, en el que se ocultaba y

cuya llave escondía, a fuerza de años de dar nombre a los objetos uno por uno y de contar historias en sus columnas. La cara del quincallero, que por un instante se había iluminado con la excitación del regateo, volvió a su anterior impasibilidad.

–¿Para qué sirve esto? – preguntó Galip señalando el pequeño y simple pie de lámpara.

–Es un pie de mesa -le respondió el anciano-, pero hay quien lo coloca en las barras de las cortinas. También puede servir de pomo para una puerta.

«Ya sólo miraré a las caras», pensó Galip cuando salió al puente de Atatürk.

La expresión que brillaba por un momento en cada uno de los rostros con los que se cruzaba en el puente se hacía más amplia durante un instante en su mente como los signos de interrogación de las tiras cómicas extranjeras, que crecen y crecen, y luego la pregunta se desvanecía junto con el rostro dejando tras ella una ligera huella. Aunque en cierto momento le pareció establecer una relación entre el paisaje de la ciudad que se contemplaba desde el puente y los significados que las caras acumulaban en su cabeza, aquello no fue más que una ilusión. Quizá era posible ver en las caras de sus conciudadanos la antigüedad, la desdicha, el esplendor perdido, la tristeza y la amargura de la ciudad, pero aquello no era el indicio de un secreto cuidadosamente planificado, sino de una derrota, de una historia y de una complicidad comunes. El frío y plomizo azul del Cuerno de Oro se convertía en un horrible marrón en el agua espumosa que dejaban tras de sí los remolcadores.

Galip había visto setenta y tres nuevas caras cuando entró en un café de una calle lateral por la parte de atrás de Tünel. Se sentó en una mesa, estaba satisfecho de lo que había visto. Después de pedir un té sacó por pura costumbre el periódico del bolsillo de su abrigo y comenzó a leer una y otra vez el artículo de Celâl. Las palabras, las frases y las letras ya no eran nuevas, pero Galip notaba mientras lo leía que confirmaban algunas ideas que nunca antes se le habían ocurrido. Aquellas ideas no surgían del artículo de Celâl, eran sus propias ideas, pero estaban insertas de una manera extraña en el artículo. Cuando notó que existía un paralelismo entre

sus ideas y las de Celâl, Galip sintió una paz interior, como cuando era niño y decidía que podía imitar lo bastante bien a cualquiera en cuyo lugar quisiera estar.

Sobre la mesa había un trozo de papel retorcido en forma de cucurucho. Por las cáscaras de pipas que había junto a él, podía deducirse que un vendedor ambulante había vendido un cucurucho de pipas de girasol a los que se sentaban a quella mesa antes de que Galip llegara. Galip comprendió por el margen del papel que había sido arrancado de un cuaderno escolar. Leyó lo que había en el otro lado, escrito con la esmerada caligrafía de un niño: «6

de noviembre de 1972. Lección 12. Deberes: Nuestra casa, nuestro jardín.

En el jardín de nuestra casa hay cuatro árboles. 2 son álamos, uno es un sauce grande y el otro es un sauce pequeño. Los muros del jardín los construyó mi padre con piedras y alambre de espino. La casa es el refugio que protege a la gente del frío del invierno y del calor del verano. La casa nos protege de todas las cosas malas. Nuestra casa tiene 1 puerta, 6

ventanas y 2 chimeneas». En el dibujo que había debajo de la redacción, hecho con lápices de colores, Galip vio la casa y los árboles en el interior del jardín. Los ladrillos habían sido dibujados al principio uno a uno pero luego habían sido pintarrajeados impacientemente de rojo. Galip sintió que crecía su paz interior al ver que el número de puertas, ventanas, árboles y chimeneas del dibujo confirmaba los del texto.

Abrigado por aquella paz interior le dio la vuelta a la hoja y empezó a escribir a toda velocidad. No tenía la menor duda de que las palabras que escribía entre las rayas del papel señalaban ciertos hechos que existían realmente, tal y como ocurría con las palabras que había escrito el niño. Era como si hubiera perdido su lengua y sus palabras hacía largos años y las hubiera recuperado gracias a aquella hoja de deberes escolares. Cuando llegó al final de la página después de haber escrito las pistas con letra pequeña una debajo de otra, pensó: ¡O sea, que todo era así de simple! Para estar seguro de que Celâl piensa lo mismo que yo tengo que ver más caras».

Salió de nuevo al frío de la calle después de tomarse el te contemplando las caras de los del café. En una de las calles detrás del instituto de Galatasaray vio a una anciana con la cabeza cubierta que iba hablando consigo misma.

En la cara una niña que salía agachándose por la reja medio cerrada de una tienda de ultramarinos leyó que todas las vidas se parecen unas a otras. En la cara de la joven de vestido descolorido que iba mirándose las zapatillas de suela de goma, que resbalaban en el hielo, estaba escrito que sabía lo que era la preocupación.

Galip volvió a entrar en un café y, después de sentarse a la mesa, sacó del bolsillo la hoja con los deberes y comenzó a leerlos a toda velocidad como si leyera la columna de Celâl. Ahora sabía perfectamente que si se apropiaba de la memoria de Celâl leyendo y releyendo sus artículos podría adivinar dónde estaba. Así que, para apoderarse de su memoria, antes tenía que encontrar el lugar donde Celâl guardaba todos sus artículos. Galip, gracias a los deberes que leía una y otra vez, hacía mucho que había comprendido que aquel museo tenía que ser una «casa»: un lugar que «nos protege de todas las cosas malas». Leyendo los deberes sentía de tal manera en su interior la inocencia del niño que puede nombrar despreocupadamente los objetos, que se creía capaz de asegurar de inmediato cuál era aquel lugar en el que le esperaban Rüya y Celâl. Pero allí, sentado a la mesa del café, no podía hacer gran cosa aparte de darle la vuelta al papel y escribir nuevas pistas cada vez que el entusiasmo lo arrastraba.

Al salir de nuevo a la calle Galip había eliminado ya algunas de esas pistas y le había dado preferencia a otras. No podían estar fuera de la ciudad porque Celâl no podía vivir en otro lugar que no fuera Estambul. No podían estar en la parte de Anatolia porque opinaban que aquello no era lo bastante

«histórico». Rüya y Celâl no podían refugiarse juntos en casa de un amigo común porque no existía tal amigo. No podían estar en casa de un amigo de Rüya porque Celâl no iría a un lugar así. No podrían quedarse en la habitación de un hotel porque se verían privados de sus recuerdos y porque una pareja, aunque fueran hermanos, despertaría sospechas.

Cuando se sentó en el siguiente café estaba por lo menos seguro de que seguía la dirección correcta. Caminaba hacia Taksim por la parte de atrás de Beyoglu. Hacia Nisan, hacia Sisli, hacia el corazón de su propio pasado.

Recordó en un artículo Celâl hablaba largamente de los caballos de las calles de Estambul. En un muro vio colgado el retrato de un luchador ya

fallecido del que Celâl había hablado largamente. La fotografía era en blanco y negro y había sido arrancada de las páginas centrales de un antiguo número de la revista Uayat, páginas que decoraban tantas paredes de verdulerías, barberías y sastrerías después de ser convenientemente enmarcadas. Mientras observaba la expresión del luchador, que había conseguido una medalla olímpica y que en la fotografía sonreía modestamente con las manos en la cintura, Galip recordó que había muerto en un accidente de tráfico. Y así, como le había ocurrido antes tan a menudo, la expresión de modestia en el rostro del luchador se fundió en su mente con el accidente de tráfico ocurrido diecisiete años atrás y, sin pretenderlo, Galip pensó que aquel accidente era una señal.

O sea, que ese tipo de coincidencias, que fundían hechos y fantasías para formar indicios de nuevas historias, resultaban absolutamente necesarias.

Salió del café y, mientras caminaba hacia Taksim por una de las calles laterales, pensó: «Por ejemplo, cuando veo ese viejo y cansado caballo del carro arrimado a la estrecha acera de la calle Hasnun Galip, siento la necesidad de acudir al recuerdo de aquel enorme caballo que veía en la cartilla en la época en que mi abuela me enseñaba a leer y a escribir. Y ese enorme caballo de la cartilla bajo el cual estaba escrito "Caballo" me recuerda a Celâl, que por entonces vivía solo en el ático del edificio de la calle Tesvikiye, y al piso de Celâl, que había sido decorado de acuerdo con sus propios recuerdos. Entonces pienso en que ese piso podría ser una señal del lugar que Celâl ha ocupado en mi vida».

Pero hacía años que Celâl había abandonado aquel piso. Galip dudó pensando que quizá podría estar interpretando erróneamente las señales. No tenía la menor duda de que si comenzaba a creer que sus intuiciones podían engañarle se perdería en la ciudad: eran las historias las que le mantenían en pie, las historias que descubría gracias a su intuición, como los objetos que un ciego reconoce gracias a su tacto. Había logrado aguantar los tres días que llevaba por la ciudad estrellándose contra las apariencias porque había podido crear una historia a partir de las señales. No tenía la menor duda de que el mundo y la gente a su alrededor también podían mantenerse en pie sólo gracias a sus historias.

Cuando se sentó en un nuevo café Galip pudo examinar «su propia situación» con el mismo optimismo. Las palabras que exponían las pistas le parecieron tan simples y comprensibles como las de los deberes del otro lado del papel. En un apartado rincón del café una televisión en blanco y negro mostraba a unos jugadores de fútbol en un campo nevado. Las líneas del campo, pintadas con carbonilla, y el balón, manchado de barro, eran negros. Exceptuando a los jugadores de cartas en mesas desnudas, todos miraban aquel negro balón de fútbol.

Al salir del café Galip pensó que el secreto que buscaba era tan simple como aquel partido de fútbol en blanco y negro. Lo único que tenía que hacer era seguir caminando hacia donde lo llevaran sus pasos sin dejar de observar las imágenes y las caras. Estambul estaba repleto de cafés; uno podía recorrer de arriba abajo toda la ciudad entrando cada doscientos metros en un café.

Cerca ya de Taksim se encontró de repente entre la multitud que salía de un cine. Las caras de aquella gente que caminaba distraída mirando al suelo con las manos en los bolsillos o del brazo unos de otros estaban tan cargadas de significado que Galip incluso pensó que la pesadillesca historia que estaba viviendo carecía de importancia. En los rostros de la multitud que salía del cine podía verse la paz de aquellos que han olvidado sus propias penas porque han tenido la posibilidad de sumergirse hasta el cuello en otra historia. Estaban tanto aquí, en esta calle miserable, como allí, en medio de aquella ficción en la que les hubiera gustado encontrarse en ese momento. Sus memorias, antes vacías por la derrota y el dolor, estaban ahora llenas por una intensa trama que calmaba su tristeza y sus recuerdos.

«¡Pueden creer que son otros!», pensó Galip con nostalgia. Por un momento quiso haber contemplado aquella película que poco antes había visto la multitud, perderse en su historia y así tener la posibilidad de ser otro. Veía cómo la gente, que se iba dispersando por la calle, regresaba a ese repugnante mundo de las cosas conocidas mientras miraban los escaparates de tiendas vulgares. «¡Qué rápido se abandonan!», pensó Galip.

No obstante, para poder ser otro, uno debía emplear todas sus fuerzas. Al llegar a la plaza de Taksim, Galip sintió en su corazón una decisión capaz

de poner en movimiento toda su voluntad con ese objetivo. «¡Soy otro!», se dijo. Era un sentimiento agradable, le hacía percibir que no sólo cambiaban las heladas aceras bajo sus pies y toda la plaza rodeada de anuncios de Coca-Cola y conservas, sino también su propia personalidad, de la cabeza a los pies. Uno podía incluso creer que era posible cambiar el mundo entero a fuerza de repetir con decisión aquella frase, pero tampoco había por qué ir tan lejos. «¡Soy otro!», se dijo Galip. Notó con agrado cómo se elevaba en su interior, como si fuera una nueva vida, una música cargada con los recuerdos y las penas de otra persona a la que no quería nombrar. Inmersa en aquella música, la plaza de Taksim, uno de los centros básicos que definían la geografía de toda su existencia, cambió lentamente, con sus autobuses, que la rodeaban como enormes pavos, y sus trolebuses, que se desplazaban lentos como langostas absortas, y se transformó en la engalanada plaza «moderna» de un país desesperado y empobrecido en el que Galip ponía el pie por primera vez. Así monumento a la República cubierto de nieve, las amplias caleras griegas que no daban a ninguna parte, y el edificio de la Ópera que Galip había contemplado arder con satisfacción diez años atrás, se convirtieron en partes auténticas del pasado imaginario del que pretendían ser indicios. Galip no logró ver una cara misteriosa ni una bolsa de plástico que pudiera ser señal de un segundo mundo cubierto por velos entre la multitud que esperaba inquieta en las paradas de los autobuses y que se subía a los vehículos a empujones.

Y así, sin sentir la necesidad de entrar en los cafés para leer las caras de la gente, caminó hacia Nisantasi pasando por Harbiye. Mucho después, cuando creyó haber encontrado el lugar que buscaba, cuando intentó recordar la personalidad en la que se había envuelto a lo largo de todo aquel camino, se sentiría incapaz de emitir un juicio definitivo. «¡En ese momento aún no me había convencido por completo de que era Celâl!», pensaría entonces, entre los artículos viejos, los cuadernos y los recortes de prensa que iluminarían el pasado de éste. «En ese momento no me había dejado por completo atrás.» Observaba lo que veía como si fuera un viajero que se ve obligado a pasar medio día en una ciudad que no se le habría pasado por la imaginación visitar de no ser por el retraso que ha sufrido su vuelo: la estatua de Atatürk indicaba que en el pasado del país había habido un importante militar; las multitudes en las luminosas aceras cubiertas de barro

ante los cines indicaban que la gente que se aburría los domingos por la tarde se entretenía con sueños de otros países; los empleados de las tiendas de bocadillos y hojaldres, que miraban las aceras desde sus escaparates cuchillo en mano, indicaban que las ilusiones y los recuerdos dolorosos estaban convirtiéndose en cenizas; y los árboles desnudos y oscuros que había en medio de la avenida, y que se oscurecerían aún más al anochecer, indicaban la tristeza nacional que se había desplomado sobre ellos.

«¡Dios mío! ¿Qué se puede hacer en esta ciudad, en esta calle, a esta hora?», susurró Galip, pero sabía que aquel grito lo había tomado de un antiguo artículo de Celâl que había recortado y guardado.

Había anochecido cuando llegó a Nisantasi. El olor de los escapes de los coches al atascarse el tráfico en las tardes de invierno unido al del humo que salía de las chimeneas impregnaba las aceras. Galip aspiró complacido aquel olor que hería el olfato pero que, de una manera extraña, encontraba tan característico de aquel barrio. En la esquina de Nisantasi el deseo de ser otro se elevó con tanta fuerza en su interior que creyó que podía ver cosas totalmente distintas y nuevas en las fachadas, en los escaparates, en los anuncios de bancos y en los letreros de neón que ya había visto antes decenas de miles de veces. El sentimiento de ligereza y aventura que convertía el barrio en el que había vivido desde hacía tanto en algo completamente distinto se había grabado en Galip como si ya no fuera a abandonarle nunca más.

Cruzó la calle y, en lugar de caminar hacia su casa, se desvió a la derecha por la calle Tesvikiye. Galip estaba tan contento con aquel sentimiento que envolvía todo su cuerpo y las posibilidades que le ofrecía aquella personalidad con la que se abrigaba eran tan atractivas, que se le llenaban los ojos con imágenes nuevas, como si hubiera sido un enfermo que después de pasar largos años entre las cuatro paredes del hospital es dado por fin de alta. Le apetecía decir cosas como: «¡Resulta que el escaparate de la pastelería por delante de la cual llevo tantos años pasando se parecía al escaparate bien iluminado de una joyería! ¡Resulta que la calle era estrecha y las aceras «regulares!».

Cuando era niño dejaba atrás su cuerpo y su alma y contemplaba desde el exterior aquella segunda persona completamente nueva. «Ahora pasa por delante del Banco Otomano -pensó Galip como si siguiera con la mirada nuevas personalidades con las que se envolvía en su infancia. Ahora pasa sin volver siquiera la cabeza por delante del edificio Sehrikalp, donde vivió tantos años con sus padres y sus abuelos. Ahora se detiene ante la farmacia donde el hijo de un practicante está sentado detrás de la caja y mira el escaparate. Ahora pasa sin el menor temor por delante de la comisaría, ahora mira con cariño, como si fueran viejos amigos, a lo maniquíes que hay entre las máquinas de coser Singer. Ahora, como las personas decididas que tienen un objetivo concreto, camina hacia el corazón de un misterio, de una conspiración cuyos menores detalles llevan años preparándose cuidadosamente…».

Cruzó de acera y, después de recorrer el mismo camino hacia atrás, cruzó de nuevo y anduvo hasta la mezquita bajo los escasos tilos y los balcones con paneles publicitarios. Luego caminó en la dirección contraria por la misma acera. En cada ocasión daba la vuelta algo más arriba o algo más abajo de la calle ampliando su «terreno de investigación», en cada ocasión observaba con cuidado en su antigua y triste personalidad ciertos detalles de los que no se había dado cuenta previamente y los grababa en un rincón de su memoria: en el escaparate de la tienda de Aladino había una navaja de muelle entre los viejos periódicos apilados, las pistolas de juguete y las medias de nailon; la señal de dirección obligatoria que debía indicar la calle Tesvikiye señalaba al edificio Sehrikalp; el pan seco dejado sobre el bajo muro de la mezquita había enmohecido a pesar del frío; algunas de las palabras de las pintadas políticas escritas junto a la puerta del instituto femenino tenían doble sentido; Atatürk, desde la fotografía en la pared de una de las aulas cuyas luces se habían quedado encendidas seguía mirando al mismo lugar a través del polvoriento cristal de la ventana, al edificio Sehrikalp; una mano misteriosa había prendido imperdibles a los capullos de rosa que había en el escaparate de una floristería. Los vistosos maniquíes del escaparate también miraban hacia el edificio. Galip miró largo rato aquel piso, como los maniquíes. Cuando, como los maniquíes, se sintió una imitación de las fantasías soñadas en otros países y de los protagonistas, que jamás se dejaban engañar, de las novelas policíacas que nunca había leído

pero que tanto le había escuchado a Rüya, a Galip le pareció lógica la idea de que Celâl y Rüya podían encontrarse allí, en aquel piso alto al que señalaban con sus miradas los maniquíes. Se apartó de la fachada del edificio como si huyera y caminó en dirección a la mezquita.

Pero se vio obligado a emplear todas sus fuerzas para conseguirlo. Parecía que sus pies no quisieran alejarse del edificio Sehrikalp, que quisieran entrar lo antes posible en el inmueble, subir corriendo por las conocidas escaleras hasta el último piso, alcanzar aquel lugar, aquel punto oscuro y terrible y mostrarle algo. Galip no quiso pensar en aquella imagen. Mientras se alejaba de la casa utilizando todas sus fuerzas sintió que las aceras, las tiendas, las letras de los anuncios y las señales de tráfico regresaban a los antiguos sentidos que llevaban años indicando. En cuanto comprendió que estaban allí se hundió por entero en una sensación de desastre y temor.

Cuando llegó a la esquina de la tienda de Aladino no fue capaz de saber si su miedo aumentaba porque se había acercado a la comisaría o porque la señal de dirección obligatoria de la esquina ya no señalaba al edificio Sehrikalp. Sentía un cansancio y una confusión mental tales que necesitaba sentarse en cualquier sitio, aunque sólo fuera un momento, para poder pensar.

Se sentó en el viejo puesto de bocadillos que había en la esquina de la parada de taxis colectivos Tesvikiye-Eminónu y pidió té y un hojaldre.

¿Qué podía ser más natural que el hecho de que Celâl, tan apegado a su propio pasado y a la memoria que estaba perdiendo, hubiera alquilado de nuevo o comprado el piso en el que había pasado los años de su infancia y juventud? Así podría regresar victorioso al lugar del que le habían expulsado, mientras que los que le habían echado se pudrían en un edificio polvoriento de una calle lateral por culpa de la pobreza. A Galip le pareció muy propio de Celâl que hubiera ocultado aquello a toda la familia, a excepción de Rüya, y que hubiera disimulado sus huellas a pesar de vivir en la calle principal.

En los siguientes minutos Galip dedicó su atención a una familia que acababa de entrar en el puesto de bocadillos: una madre, un padre, un niño y una niña que apañaban la cena comiendo algo en un puesto después de

salir del cine un domingo por la tarde. Los padres eran de la edad de Galip.

El padre se sumergía de vez en cuando en el periódico que había sacado del bolsillo del abrigo; la madre calmaba con un movimiento de las cejas las peleas que surgían entre los niños, y luego su mano, que iba y venía sin cesar entre el bolsito y la mesa, repartía diversos objetos entre los otros tres con la rapidez y la habilidad de un prestidigitador que extrae todo tipo de cosas extrañas de su sombrero: un pañuelo para la goteante nariz de su hijo, una pastilla roja para la palma abierta del padre, un prendedor para el pelo de su hija, un mechero para el cigarrillo del padre, que estaba leyendo el artículo de Celâl, de nuevo el mismo pañuelo para la nariz de su hijo, etcétera.

Cuando Galip se hubo comido su hojaldre y terminado su té, recordó que el padre había sido compañero suyo en la escuela secundaria y en el instituto.

Obedeciendo a un impulso se lo comentó mientras se dirigía a la puerta y pudo ver en el cuello y en la mejilla derecha del hombre una terrible cicatriz. Recordó también que la madre había sido una charlatana y brillante estudiante de la misma clase que Rüya y él en el instituto Terakki de Sisli.

Por supuesto, mientras los mayores hablaban y los niños ajustaban cuentas, a lo largo de todo el proceso de evocar recuerdos y preguntar sobre cómo le iba al otro, se recordó con cariño a Rüya, que habría completado la simetría con aquel otro matrimonio, tan parecido al suyo. Galip les explicó que no tenían hijos, que Rüya le estaba esperando en ese momento en casa leyendo novelas policíacas, que por la nocne iban a ir juntos al cine Konak, que él volvía de comprar las entradas y que hoy se había encontrado por el camino a otra compañera de clase, a Belkis: Belkis, esa morena no muy alta.

El insípido matrimonio declaró con una seguridad insípida que no dejaba el menor lugar a la duda: «¡En nuestra clase no había ninguna Belkis!». De vez en cuando abrían la tapa encuadernada de los viejos anuarios de la escuela y evocaban juntos a todos sus compañeros uno a uno, con sus historias y sus recuerdos particulares: por esa razón estaban tan seguros.

En cuanto Galip salió al frío de la calle caminó a toda velocidad hacia la plaza de Nisantasi. Fue corriendo al cine Konak porque había decidido que Celâl y Rüya irían a la sesión de las siete y cuarto de aquella tarde de

domingo. Pero no estaban ni por las aceras ni en la entrada del cine.

Mientras los esperaba vio una fotografía de la mujer que había visto la tarde anterior en el cine y de nuevo se elevó en su interior el deseo de estar en su lugar.

Pasó mucho tiempo dando vueltas y revueltas mirando las tiendas y leyendo los rostros de la gente con la que se cruzaba cuando se encontró de nuevo ante el edificio Sehrikalp. En todos los edificios de la calle, exceptuando el Sehrikalp, brillaba esa luz azulada de los televisores que se refleja en todas las ventanas a las ocho de la tarde. Mientras observaba atentamente cada uno de los oscuros pisos del inmueble vio un trozo de tela azul marino anudado a la reja del balcón del piso superior. Treinta años antes, cuando toda la familia vivía allí, un trapo del mismo color azul marino colgado del mismo balcón era una señal para el aguador. El hombre, que repartía agua en cántaros de zinc que cargaba en un carro tirado por caballos, comprendía gracias a ese trapo azul en qué piso se había agotado el agua potable y subía la que correspondiera.

Galip también decidió que el trapo era una señal y en su mente surgieron diversas ideas sobre cómo debía interpretarla: podía ser una señal que le indicaba que Celâl y Rüya estaban allí. O un indicio más de que Celâl había regresado nostálgicamente a ciertos detalles de su pasado. Poco antes de las ocho y media volvió a su casa desde aquel lugar de la acera en el que estaba plantado.

Las lámparas y las luces de aquel viejo salón en el que en tiempos, y quizá no fueran unos tiempos tan lejanos, se habían sentado fumando Rüya y él con libros y periódicos en las manos, resultaban tan insoportablemente llenas de recuerdos y tan insoportablemente dolorosas como las fotografías de un paraíso perdido que hubieran caído en manos de un periódico. No había el menor indicio ni huella de que Rüya hubiera vuelto ni pasado por casa. Los mismos olores y las mismas sombras que saludan tristemente al cansado marido que regresa al hogar. Galip abandonó los muebles silenciosos bajo la triste luz de las lámparas y fue al oscuro dormitorio por el oscuro pasillo. Se quitó el abrigo y se tumbó vestido sobre la cama, que encontró a tientas. Las luces de las lámparas del salón y las de las farolas,

que se filtraban a través del pasillo, se convertían en el techo de la habitación en sombras demoníacas de delgado rostro.

Galip sabía perfectamente qué hacer cuando mucho más tarde se levantó de la cama. Leyó en el periódico la programación televisiva y se informó de las películas que se proyectaban en los cines de los alrededores y de su inmutable horario; lanzó una última ojeada al artículo de Celâl; abrió el frigorífico y se llenó el estómago con pan seco y con algunas aceitunas y algo de queso fresco que sacó de él y que ya mostraban los primeros indicios de putrefacción. Metió algunos recortes de periódico que escogió al azar en un enorme sobre que encontró en el armario de Rüya, escribió sobre él el nombre de Celâl y se lo llevó consigo. Salió de casa a las diez y cuarto y comenzó a esperar frente al edificio Sehrikalp, aunque esta vez algo más allá.

No mucho tiempo después, se encendieron las luces de la escalera e Ismail, el portero de la casa desde hacía cuarenta años, sacó los cubos de basura llevando un cigarrillo en la comisura de los labios y comenzó a vaciarlos en el enorme contenedor que había junto al alto castaño. Galip cruzó la calle.

–Hola, señor Ismail. He venido a dejar este sobre a Celâl.

–¡Ah, Galip! – le dijo el hombre con la alegría y la desconfianza del director de instituto que reconoce años después a un antiguo alumno-. Pero Celâl no está aquí.

–Lo sé, sé que está aquí pero yo tampoco se lo he dicho a nadie -replicó Galip entrando en el edificio con paso decidido-. Y ten cuidado, no se lo digas a nadie más. Me dijo que le dejara este sobre abajo, al señor Ismail.

Galip descendió por las escaleras, que llevaban cuarenta años oliendo a gas ciudad y a aceite refrito, y entró en la portería. Kamer, la mujer de Ismail, estaba sentada en el mismo sillón y veía la televisión, que estaba sobre la mesita donde en tiempos había estado la radio.

–Kamer, mira quién ha venido -dijo Galip. – ¡Ah! – la mujer se puso en pie

y se besaron-. Te has olvidado de nosotros.

–¿Cómo voy a olvidaros?

–Todos pasáis por delante de la puerta pero no os paráis ni un momento.

–¡Le he traído esto a Celâl! – Galip le mostró el sobre.

–¿Te lo ha dicho Ismail?

–No, me lo dijo el mismo Celâl -respondió Galip-. Sé que está aquí, pero no se lo digáis a nadie.

–¿Qué quieres que hagamos? No podemos decírselo a nadie -le dijo la mujer-. ¡Nos lo ha advertido de una manera…

–Lo sé. ¿Están arriba ahora?

–Nunca lo sabemos. Entra de noche, cuando estamos durmiendo, y sale cuando ya nos hemos acostado. No lo vemos nunca, sólo oímos su voz. Le recogemos la basura y le dejamos el periódico. A veces los periódicos se le apilan delante de la puerta durante días.

–No voy a subir -dijo Galip. Examinó la portería como si buscara un lugar donde dejar el sobre: la mesa cubierta por el mismo mantel de hule de cuadros azules, las mismas cortinas descoloridas que ocultaban las piernas de los que pasaban por la acera y los neumáticos manchados de barro de los coches, el cesto de la costura, la plancha, el azucarero, el fogón de gas natural, el radiador sucio de hollín… Galip vio la llave en el lugar de siempre, en una alcayata junto al estante que había sobre el radiador. La mujer volvió a sentarse en su sillón.

–Voy a prepararte un té. Siéntate ahí, en el borde de la cama -miraba de reojo la televisión-. ¿Qué hace la señora Rüya? ¿Por qué no tenéis hijos todavía?

En la pantalla de la televisión, a la que la mujer prestaba ahora toda su atención, apareció una muchacha que, aunque sólo fuera de lejos, recordaba a Rüya: el pelo alborotado y de un color difícil de definir, la piel blanca; la mirada tranquila y artificialmente infantil. Los labios alegremente pintados.

–Bonita mujer -dijo Galip en voz baja.

–La señora Rüya es más bonita -respondió la señora Kamer con el mismo tono de voz.

La miraron con respeto, con una especie de temerosa admiración. Galip sacó la llave de la alcayata con un hábil movimiento y se la metió en el bolsillo, junto a los deberes repletos de pistas. La mujer no lo vio.

–¿Dónde dejo el sobre?

–¡Dámelo a mí!

Galip vio por el ventanuco que daba a la puerta de entrada que el señor Ismail regresaba para dejar los cubos de basura vacíos. Al ponerse en marcha el ascensor las luces empalidecieron por un momento intentando estropear la imagen del televisor y Galip aprovechó la oportunidad para despedirse de la mujer. Subió las escaleras y caminó hasta la puerta de la calle haciendo todo el ruido que podía. Abrió la puerta y la cerró estruendosamente pero no llegó a salir. Volvió en silencio a la escalera y subió dos pisos de puntillas con una excitación que apenas podía controlar.

Entre el segundo y el tercer piso se sentó en los escalones y esperó que el señor Ismail bajara después de dejar los cubos de basura de los pisos superiores. En cierto momento se apagaron las luces de la escalera. «¡El automático!», susurró Galip pensando en aquella palabra que en su niñez le sugería mágicos y lejanos países. Las luces volvieron a encenderse.

Mientras el portero bajaba en el ascensor, Galip comenzó a subir lentamente las escaleras. En la puerta del piso en el que había vivido con sus padres en tiempos había una placa de latón de un abogado. En la puerta del piso del Abuelo y la Abuela vio una placa de un ginecólogo y un cubo de basura vacío.

Sobre la puerta de Celâl no había ni nombres ni indicaciones. Galip llamó al timbre con el automatismo, que le proporciona la costumbre, de un empleado laborioso que va a llevar el recibo del gas. Cuando llamó por segunda vez se apagaron las luces de la escalera. Por debajo de la puerta no se filtraba la menor luz. Mientras llamaba por tercera y cuarta vez su mano buscaba la llave en el pozo sin fondo de su bolsillo y cuando la encontró por fin estaba llamando sin parar: «¡Se esconden en una de las habitaciones de dentro! – pensó-. ¡Están sentados en butacas en el salón, uno frente al otro, esperando en silencio!». En un primer momento la llave no entró en la cerradura y estuvo dispuesto a aceptar que se había equivocado de llave pero, como una memoria confusa que en un momento de lucidez descubriera su propia estupidez y el complicado orden del universo, la llave encajó en la cerradura con una extraña simetría y una sensación de felicidad que resultaban sorprendentes. Galip se dio cuenta en primer lugar de que la puerta se abría a un piso oscuro, e inmediatamente después de que en aquel piso oscuro comenzaba a sonar el teléfono.

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