El libro negro

Orhan Pamuk · Capítulo 15 de 37

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El libro negro

15. Historias de amor de una noche de nieve

«Hombres ociosos y buscadores de cuentos e historias.»

Mesnevi, MEVLÂNA

Galip acababa de abandonar la habitación de la mujer que se parecía a Türkán Soray cuando vio al hombre salido de una película en blanco y negro junto al que se había sentado en el taxi de Sirkeci a Galatasaray. Se encontraba ante la comisaría de Beyoglu incapaz de decidirse sobre adonde ir y se detuvo por un momento cuando un coche de policía con las luces azules brillando intermitentes dobló la esquina y se acercó a la acera.

Enseguida reconoció al hombre que sacaban a empellones por la puerta de atrás, abierta a toda prisa: iba entre dos policías, había perdido aquel aspecto tan propio de las películas en blanco y negro y en su cara había aparecido una vitalidad más apropiada al azul marino de la noche y al color de los delincuentes. En la comisura de los labios tenía un rastro de sangre rojo oscuro, aunque no se limpiaba, en el que se reflejaban las brillantes luces de la fachada de la comisaría, que la protegían de cualquier ataque.

Un policía llevaba en la mano el maletín de hombre de negocios que tan fuertemente abrazaba en el taxi. Caminaba mirando al suelo con la resignación de los que han confesado su delito, pero parecía bastante satisfecho de la vida. Cuando vio a Galip ante las escaleras exteriores de la comisaría lo miró por un momento con una tranquilidad extraña y terrible.

–Buenas noches, señor mío.

–Buenas noches -respondió Galip indeciso.

–¿Quién es ése? – le preguntó uno de los policías señalando a Galip.

Galip no pudo escuchar el resto de la conversación Porque metieron a empujones al hombre en la comisaría.

Pasaba de la una cuando llegó a la calle principal; no había quien iba y venía por las aceras cubiertas de nieve. «En una de las calles paralelas al jardín del consulado inglés -pensó Galip- hay un sitio abierto toda la noche al que no sólo van los ricachones de Anatolia que han venido a Estambul a gastarse el dinero a manos llenas sino también los intelectuales». Ese tipo de informaciones las conseguía de Rüya, que las leía en las revistas de arte que hablaban de lugares parecidos usando un lenguaje aparentemente burlón.

Galip se encontró con Iskender ante el antiguo edificio del hotel Tokathyan.

Se le notaba por el aliento que había bebido abundante raki. Había recogido en el Pera Palas al equipo de la BBC, los había paseado para «mostrarles el Estambul de las mil y una noches» (perros que rebuscan en los cubos de basura, vendedores de grifa y de alfombras, bailarinas del vientre, matones de cabaret, etcétera), y les había llevado a un club que había en un callejón.

Allí un extraño tipo que portaba un maletín había iniciado una pelea por algo incomprensible que se había dicho, no con ellos, con otros, había llegado la policía y se lo habían llevado cogido del cuello, el otro se había escapado trepando por una ventana, y después de todo aquel follón los demás se habían sentado con ellos y así habían comenzado una noche que prometía ser divertida y a la que Galip podía unirse si es que le apetecía.

Tras caminar un rato arriba y abajo por Beyoglu con Iskender, que buscaba cigarrillos sin filtro, llegaron a un cabaret en cuya puerta se leía «Club Nocturno».

Recibieron a Galip con alegría, desinterés y alboroto. Entre los periodistas ingleses había una hermosa mujer que estaba contando una historia. La orquesta no tocaba en ese momento y el prestidigitador, que acababa de comenzar su número, sacaba cajas del interior de otras cajas y otras del interior de aquéllas. La muchacha que le ayudaba tenía las piernas torcidas y un poco por debajo del ombligo se le notaban las cicatrices de los puntos de una cesárea. Galip pensó que la mujer no podía haber sido capaz de dar a

luz a un niño sino sólo a un conejo adormilado como el que tenía en las manos. Después del número de «la radio desaparecida», plagiado de Zeki Sungur, volvieron a aparecer cajas de otras cajas y el público del cabaret perdió el interés.

Iskender traducía al turco lo que contaba la inglesa sentada en el otro extremo de la mesa. Galip escuchó la historia con la optimista confianza de que podría encontrarle sentido, aunque se hubiera perdido el principio, leyéndolo en el rostro de la mujer. Por el resto de la historia podía entenderse que una mujer (la misma que estaba contando la historia, pensó Galip) había querido convencer a un hombre al que conocía y amaba desde los nueve años de una verdad evidente, del sentido concreto que se desprendía de una inscripción en una moneda bizantina que le había dado un buzo, pero los ojos del hombre, incapaces de ver nada a causa del amor que sentía por la mujer, estaban cerrados a aquella magia de la que eran testigos y lo único que hacía era escribir poemas llevado por el entusiasmo de su amor. «Y así, gracias a la moneda bizantina que el buzo había encontrado en el fondo del mar, los dos primos pudieron por fin casarse.

Pero mientras que la vida de la mujer, que creía en la magia del rostro que había visto en la moneda, cambió por completo, el hombre no entendió nada», dijo la mujer cuyas palabras traducía Iskender al turco. Y por esa razón la mujer vivió sola hasta el fin de sus días en la torre (Galip pensó que la mujer había abandonado al hombre). A Galip le pareció estúpido el silencio «humanitario» y respetuoso con aquellos «sentimientos tan humanos» con el que todos los que se sentaban alrededor de la larga mesa recibieron el final de la historia cuando comprendieron que había terminado. Quizá no quisiera que todos los demás celebraran como él que una mujer hermosa abandonara a un imbécil, pero si se tenía en cuenta la belleza de «la hermosa mujer», el fin de esa historia escuchada a medias, amargo y trágico (ya que todo se habían sumido en aquel silencio tan bobo y falso que había seguido a aquel discurso tan pomposo), resultaba en realidad cómico. Cuando acabó el cuento, Galip decidió que la narradora no era bonita sino sólo simpática.

Por lo que Galip pudo entender de lo que le decía Iskender, el hombre alto que comenzó a contar otra historia a su vez era un escritor cuyo nombre

había oído aquí y allá. El hombre de gafas previno a su audiencia que, puesto que lo que se disponía a contar se refería también a un escritor, no lo confundieran con él. Como el escritor sonreía de una forma extraña mientras decía aquello, en parte vergonzoso, en parte como si quisiera ganarse la simpatía de los que compartían su mesa, Galip estaba indeciso en cuanto a las intenciones del nuevo narrador.

Según contó el escritor, aquel hombre había pasado largos años solo en su casa escribiendo novelas y cuentos que no enseñaba a nadie y que, aunque los hubiera enseñado, nadie le habría publicado. Estaba obsesionado con su trabajo (aunque en aquel entonces no se consideraba trabajo) y se entregó de tal manera a él que la soledad se convirtió en una especie de costumbre; no se relacionaba con las demás personas, no porque no le gustaran o porque desaprobara sus formas de vida, sino porque era incapaz de apartarse de su escritorio tras la puerta cerrada. A fuerza de vivir solo sentado en su mesa, la costumbre de «alternar en sociedad» del escritor se atrofió tanto que, en una ocasión en que salió después de años, cuando se mezcló con la multitud se asustó, se retiró a un rincón y estuvo esperando durante horas el momento de volver a su mesa. Cada día, después de pasar más de catorce horas a la mesa, se acostaba poco antes del amanecer cuando se oían una tras otra las primeras llamadas a la oración desde los alminares de las colinas de la ciudad, y soñaba con su amada, a la que sólo había visto una vez en tantos años y por casualidad, pero no soñaba con ella con un sentimiento del tipo al que todo el mundo llama «amoroso» o

«sexual», sino con la nostalgia de una compañera imaginaria que se convirtiera en lo contrario de su soledad.

El escritor, que afirmaba que sólo conocía el «amor» por los libros y no era demasiado entusiasta en lo que se refería a la sexualidad, se casó años después con aquella mujer extraordinariamente bella con la que soñaba.

Aquel matrimonio no trajo demasiados cambios a su vida, de la misma forma que no los trajeron sus libros, que por aquel entonces comenzaban a publicarse. Seguía pasando catorce horas al día sentado solo a su mesa, seguía creando con paciencia, lentamente, cada una de las frases de sus historias, observaba durante horas los papeles en blanco que tenía sobre la mesa mientras imaginaba los detalles de sus nuevos cuentos. El único

cambio en su vida eran los paralelismos que establecía entre los sueños de su mujer, que dormía en silencio, hermosa y callada cuando él se acostaba poco antes del amanecer, y lo que él forjaba por pura costumbre mientras escuchaba la llamada a la oración de la mañana. Al escritor le daba la impresión de que existía una relación entre sus sueños y los de su esposa mientras fantaseaba acostado junto a ella. Como la armonía que se establecía entre sus respiraciones sin que se dieran cuenta y que recordaba a las modulaciones de una melodía modesta. El escritor estaba satisfecho de su nueva vida, no le resultaba difícil dormir junto a alguien tras largos años de soledad, le gustaba fantasear escuchando la respiración de la bella mujer y creer que sus sueños se mezclaban.

Para el escritor comenzó una época difícil cuando su mujer lo abandonó un día de invierno sin darle ninguna excusa lo bastante sólida. Ya no podía soñar como antes mientas escuchaba desde la cama la llamada a la oración de la mañana. Los sueños que con tanta facilidad creaba antes de su matrimonio y durante él y que le procuraban un sueño tranquilo, ya no alcanzaban el nivel de «verosimilitud» o «brillantez» que hubiera deseado.

Era como si en sus sueños hubiera una incapacidad, una indecisión que no le descubriera sus secretos, que le arrastrara a terribles callejones sin salida, como si se tratara de una novela que quisiera escribir pero no pudiera.

Durante los primeros días después de que su mujer lo abandonara aquella caída en la calidad de sus sueños llegó a tal extremo que el escritor, que siempre se había dormido con las llamadas a la oración de la mañana, ahora no podía hacerlo hasta mucho después de que los primeros pájaros cantaran en los árboles, las gaviotas abandonaran los tejados en los que se habían reunido para pasar la noche y pasaran el camión de la basura y el primer autobús del ayuntamiento. Y lo peor era que aquella deficiencia en sus sueños comenzó a aparecer también en las páginas que escribía. El escritor veía que no podía darle la vitalidad que pretendía ni a la más simple de las frases aunque la escribiera veinte veces.

El escritor se esforzó todo lo que pudo para salir de aquella crisis que sacudía su mundo entero, introdujo un nuevo y firme orden en su vida y se obligó a recordar uno a uno sus sueños para encontrar la antigua armonía.

Semanas después comprendió que había superado la crisis cuando, después

de despertarse de un sueño tranquilo que se había iniciado con la llamada a la oración de la mañana, se levantó como un sonámbulo, se sentó ante su escritorio y comenzó a escribir frases con la vitalidad y la belleza que pretendía. Para conseguirlo había recurrido a un truco extraño que había descubierto sin darse cuenta.

Como el hombre al que había abandonado su esposa era incapaz de forjar los sueños que le hubiera gustado soñar, el escritor imaginó primero su antigua situación, aquélla en la que no compartía su cama con nadie y en la que sus sueños no se mezclaban con los de ninguna hermosa mujer.

Imaginó con tal decisión e intensidad aquella personalidad que había dejado atrás que por fin ocupó el lugar de aquel que había creado su imaginación y así pudo dormir tranquilo recurriendo a sueños del otro. Y como poco tiempo después ya se había acostumbrado a esa doble vida, ni siquiera fue necesario que se esforzara para poder soñar o escribir. Escribía siendo otro que llenaba con las mismas colillas los mismos ceniceros y que tomaba el café en la misma taza, podía dormir tranquilo envolviéndose en el fantasma de su propio pasado en la misma cama y a las mismas horas.

Cuando un día su mujer regresó, de nuevo sin ofrecerle una excusa sólida (al parecer la mujer se había dicho: «A casa»), de nuevo comenzó para el escritor una etapa desacostumbradamente difícil. La indecisión que había asomado en sus sueños los primeros días después de que su mujer lo abandonara volvió a introducirse en toda su vida. Cuando conseguía dormirse tras muchos esfuerzos, le despertaban las pesadillas, vagaba por la casa desorientado como un borracho que se ha perdido en el camino de regreso a casa, sin conseguir un equilibrio entre su antigua personalidad y la nueva, yendo y viniendo entre ambas. Una de aquellas mañanas de insomnio el escritor se levantó de la cama, cogió una almohada, fue a la habitación donde tenía su mesa y sus papeles, que olía a radiador y a polvo, y en cuanto se tumbó acurrucado en el pequeño sofá que allí había se sumergió én un profundo sueño. A partir de esa mañana el escritor ya no durmió con su silenciosa y misteriosa mujer ni con sus incomprensibles sueños, sino allí, junto a su mesa y sus papeles. En cuanto se despertaba, todavía medio dormido, se sentaba ante su escritorio y podía continuar tranquilamente con sus historias, que parecían una continuación de sus

sueños, pero ahora había algo más que le atemorizaba.

Antes de que su mujer lo abandonara había escrito un libro que los lectores habían considerado «histórico»; trataba de dos hombres que se parecían extraordinariamente y que acababan por ocupar el lugar del otro. El escritor se había convertido en el hombre que había escrito aquella historia cuando se envolvió con el fantasma de su antigua personalidad para poder dormir o escribir en paz y, como no podía vivir su propio futuro ni el de aquel fantasma, ¡se encontró a sí mismo escribiendo de nuevo y con el mismo entusiasmo la vieja «historia de que se parecían»! Tiempo después, este mundo en el que todo imita a algo, en el que todas las historias y todos los personajes son imitación y original de y para otros además de ser ellos mismos, en el que todas las historias se refieren a otras, comenzó a parecerle tan real al escritor que, pensando que aquellas historias escritas con un realismo tan «evidente» no convencerían a nadie, decidió sumergirse en un mundo irreal sobre el cual a él le gustara escribir y en el que a los lectores les gustara creer. Con ese objeto, el escritor, mientras su bella y misteriosa mujer dormía silenciosa en la cama, dedicaba las noches a pasear por los oscuros callejones de la ciudad, por los barrios periféricos de farolas rotas, por los subterráneos bizantinos, por los cafés de adictos y marginados, por cervecerías y cabarets. Lo que vio le enseñó que la vida

«en nuestra ciudad» era tan real como un mundo imaginario. Por supuesto, aquello confirmaba que el universo era un libro. Le gustaba tanto leer aquella vida, recorrer todos los días durante horas los rincones más remotos, observar las caras, las marcas, las historias que aparecían en las nuevas páginas que a cada momento le ofrecía la ciudad, que ahora lo que temía era no poder regresar a su bella esposa dormida ni a la historia que había dejado a medias. La historia del escritor fue recibida en silencio porque insistía más sobre la soledad que sobre el amor y, más que en la propia historia, en la manera de contarla. Galip pensó que, puesto que todo el mundo tenía algún recuerdo de un «abandono sin motivo», lo que más despertaba la curiosidad en aquella historia eran, precisamente, las razones que podía haber tenido la mujer del escritor para abandonarlo.

La chica de alterne que comenzó a relatar la siguiente historia repitió varias

veces que lo que se disponía a contar era auténtico y quiso estar absolutamente segura de que «nuestros amigos turistas» eran informados exactamente de tan importante punto porque quería que su historia no sólo fuera un ejemplo para Turquía, sino para el mundo entero. La historia comenzaba en una fecha no muy lejana en ese mismo cabaret. Dos primos se encontraban en él tras años sin verse y el amor de su niñez volvía a prender en ellos. Como la mujer era una chica de alterne y el hombre un bravucón (o sea, un chulo, dijo la mujer volviéndose hacia los «turistas»), no existía una cuestión de honra que pudiera dar lugar a que el hombre matara a la muchacha como habría sido de esperar en esos casos. Por aquel entonces tanto el cabaret como el país eran balsas de aceite, los jóvenes no se disparaban por las calles sino que se besaban y en los días de fiesta no se enviaban bombas sino cajas de bombones. Tanto la muchacha como el hombre eran felices. Como el padre de ella había muerto de repente, vivían en la misma casa aunque se acostaban en camas distintas y esperaban impacientes el día de su boda.

Cuando llegó el día, mientras la mujer y con ella todas las cabareteras de Beyoglu se maquillaban y se adornaban, el hombre salió a la calle después de afeitarse para la boda y allí fue atrapado por las redes de una bellísima mujer. Ella le sorbió el seso en un momento, se lo llevó a su habitación del Pera Palas y después de hacer el amor hasta hartarse le reveló su secreto: la desdichada era la hija ilegítima del sha de Persia y de la reina de Inglaterra.

Había venido a Turquía como parte de un complejísimo plan destinado a vengarse de sus padres, que habían abandonado de tal manera el fruto de una noche de placer. Quería que nuestro bravucón se apoderara de un plano, la mitad del cual estaba en la Dirección General de Seguridad y la otra mitad en manos del Servicio de Policía Secreta.

Nuestro bravucón, que ardía poseído por las de la pasión, le pidió permiso para marcharse y corrió al cabaret donde iba a celebrarse la boda; los invitados habían desaparecido, pero la muchacha estaba llorando en un rincón. Primero la consoló y luego le dijo que estaba metido en un asunto

«de importancia nacional». Retrasaron la fecha de la boda y enviaron aviso a todas las cabareteras, a las danzarinas del vientre, a las propietarias de casas de citas y a los gitanos de Sulukule para que investigaran a todos y

cada uno de los policías que aparecieran por los garitos de Estambul. Por fin, cuando consiguieron las dos mitades que componían el plano, la muchacha comprendió que su primo se la había jugado, como les ocurre a todas las «trabajadoras» de Estambul, y que estaba enamorado de la hija del sha de Persia y de la reina de Inglaterra. Entonces, decepcionada, se ocultó en una habitación de un burdel en Kuledibi, al que iban las mujeres más tiradas y los hombres más inmorales, llevando consigo el plano, que había escondido junto a su pecho izquierdo.

Siguiendo las órdenes de la malvada princesa, el primo comenzó a buscarla por todo Estambul palmo a palmo. Pero buscándola comprendió que su verdadero amor no era la que le había ordenado la búsqueda sino aquella que buscaba, que amaba, no una mujer cualquiera, ni una princesa, sino su prima de la infancia. Por fin encontró el burdel de Kuledibi y cuando vio por una mirilla los numeritos que realizaba el amor de su infancia para

«proteger su pureza» de un ricachón con pajarita, rompió la puerta y la salvó. Una enorme verruga le apareció al bravucón en el ojo con el que había rozado la mirilla por la que había visto, con el corazón destrozado, cómo su amada, medio desnuda, tocaba la flauta, y nunca más le desapareció. La muchacha también tenía bajo su pecho izquierdo una idéntica marca de amor. Cuando acompañaron a la policía al Pera Palas para que detuvieran a la malvada mujer, en los cajones de aquella princesa devoradora de hombres aparecieron las fotos de miles de inocentes muchachos, todos desnudos y en diversas posturas, a las que la mujer había ido trabajando uno a uno y añadiendo a su colección política. Además, junto a ese amplio abanico político, había cientos de fotos de los que salen por televisión con los anarquistas detenidos, comunicados con la hoz y el martillo, el testamento del último sultán, que era marica, y planes de partición de Turquía con la cruz de Bizancio grabada en ellos. A pesar de que la policía sabía perfectamente que aquella mujer estaba introduciendo la anarquía en el país como si se tratara de una plaga de sífilis, como entre las fotografías aparecieron muchas de policías con la porra en la mano tal y como su madre los trajo al mundo, el asunto se tapó antes de que llegara a oídos de la prensa. Sólo se dio permiso para que se publicara la noticia del matrimonio de los primos con una fotografía de la boda. La chica de alterne sacó del bolso un recorte de periódico con la foto, en una de cuyas esquinas

podía verse a la narradora en persona llevando un elegante abrigo con el cuello de zorro y los mismos pendientes de perlas que llevaba en ese momento, y pidió que lo pasaran de mano en mano por la mesa.

La mujer, que había visto que su historia se recibía con ciertas dudas e incluso alguna sonrisa, se enfadó y, repitiendo que todo lo que había contado era cierto, llamó hacia dentro: también estaba allí el hombre que había realizado tantas desvergonzadas fotografías de la princesa y sus víctimas. La cabaretera le dijo entonces al fotógrafo de pelo grisáceo que se acercó a la mesa que «nuestros invitados» le permitirían que les hiciera unas fotografías y además le dejarían una buena propina a cambio de una historia de amor, así que el anciano fotógrafo comenzó su relato: Hace al menos treinta años un criado pasó por el pequeño estudio que tenía el fotógrafo para comunicarle que le llamaban de una casa cerca de la línea del tranvía de Sisji. Fue a la casa sintiendo curiosidad por la razón de que le hubieran buscado a él, alguien conocido como «fotógrafo de cabaret», entiendo docenas de colegas más adecuados. La joven y hermosa viuda que le recibió le hizo una oferta de «trabajo»: le propuso a cambio de una bonita cantidad de dinero, que cada mañana le entregara una copia de cada una de los cientos de fotografías que durante las noches hacía en los cabarets de Beyoglu.

El fotógrafo, sintiendo que detrás de aquel asunto, que había aceptado en parte por curiosidad, existía una «historia de amor», decidió seguir de cerca a aquella mujer de pelo castaño y mirada ligeramente bizca. Al cabo de los primeros dos años comprendió que la mujer no buscaba a un hombre concreto, a alguien a quien hubiera conocido o cuya fotografía hubiera visto en algún lugar, porque de vez en cuando seleccionaba alguna fotografía de los cientos que repasaba cada mañana y le pedía otro encuadre o una ampliación, pero ni las edades ni las caras de los hombres se parecían lo más mínimo. En años posteriores la mujer comenzó a abrirse al fotógrafo un poco con la proximidad que les daba el ser colaboradores y un poco con la confianza de compartir un secreto.

–No te molestes en traerme fotografías de estas caras vacías, de estas miradas sin sentido, de estos rostros inexpresivos -le decía-. ¡En ellos no puedo ver ningún significado, ninguna letra!

En cuanto podía leer (la mujer usaba con insistencia esa palabra) un cierto sentido en alguna cara le ordenaba que le hiciera nuevas fotografías, fotografías que siempre la arrastraban a la mayor decepción.

–Si esto es todo lo que podemos encontrar en los cabarets y en las cervecerías, que es donde la gente olvida sus tristezas y sus penas, ¿cómo, cómo serán de vacías las miradas en los lugares de trabajo, en los mostradores de las tiendas, en los escritorios de los funcionarios, Dios mío?

Encontraron un par de «casos» que les permitieron abrigar esperanzas a ambos: en una ocasión, tras detenerse largo rato en ella, la mujer leyó cierto sentido en la cara arrugada de un anciano que luego descubrieron que era joyero, pero era un hombre muy antiguo y demasiado estancado. La riqueza de letras en las arrugas de su frente y en sus ojeras sólo era la última parte del estribillo de un significado hermético que se repetía a sí mismo y que no arrojaba ninguna luz sobre el presente. Tres años más tarde encontraron unas tensas letras que ahora señalaban al presente, y que bullían en el rostro de un hombre, del que más tarde supieron que era contable; pero, después de haber ampliado las fotografías, una oscura mañana de uno de los días en que aún estaban entusiasmados con el descubrimiento de aquella tormentosa cara, la mujer le enseñó al fotógrafo una enorme instantánea del contable que había salido en los periódicos: «Desfalca veinte millones». Al terminar la excitación que le producían el crimen y la ilegalidad, el contable se había relajado por fin y la cara tranquila con que miraba a los lectores, mientras era escoltado por bigotudos policías, ahora resultaba tan vacía como la de un cordero pintado de alheña que condujeran al sacrificio.

Por supuesto los que se sentaban a la mesa habían decidido hacía rato, susurrando entre ellos y comunicándose con movimientos de cejas y ojos, que el auténtico amor era el que había entre el fotógrafo y la mujer, pero al final de la «historia de amor» aparecía un personaje completamente distinto: una fresca mañana de verano, en el momento en que la mujer vio

en la fotografía que sostenía en la mano aquel reluciente e increíble rostro entre las caras vacías de una multitudinaria mesa de cabaret, decidió de inmediato que aquella investigación que desarrollaba desde hacía once años no había sido en vano. Esa misma noche pudo leer en las fotografías ampliadas de aquelIa maravillosa y joven cara, que el fotógrafo había podido hacer sin el menor problema puesto que se había dejado ver de nuevo en el cabaret, un significado muy simple, muy puro, muy claro: era el amor. En el rostro limpio y claro de aquel hombre, luego supieron que tenía treinta y tres años y que era un relojero que poseía un pequeño establecimiento en Karagümrük, se leían con tanta facilidad las cuatro

«nuevas» letras de la palabra, que la mujer, airada, acusó de ceguera al fotógrafo porque era incapaz de ver ninguna. Los días posteriores los pasó temblando como una futura novia que va a visitar a la casamentera, sufriendo de antemano como los enamorados que se saben condenados a la derrota desde el principio e imaginando con una precisión absolutamente meticulosa, en los momentos en que notaba una pequeña luz de esperanza, todas las posibilidades de felicidad que podían hacerse realidad. En una semana cientos de retratos del relojero, hechos recurriendo a todo tipo de excusas y trucos, colgaban de cada rincón de la sala de la mujer.

Ella pareció enloquecer cuando, después de una noche en que el fotógrafo había podido hacerle unas fotografías aún más próximas y detalladas, el relojero de la increíble cara dejó de acudir al cabaret. Envió al fotógrafo a Karagümrük en su persecución pero el hombre no estaba ni en su tienda ni en la casa que le indicaron los vecinos del barrio. Cuando regresó una semana más tarde vio que la tienda se traspasaba y que había dejado la casa.

A partir de ese momento a la mujer ya no le interesaron las fotografías que el fotógrafo le llevaba sólo «por amor» y no miraba ni siquiera de reojo la caras más interesantes, exceptuando la del relojero. Una mañana de aquel ventoso otoño que llegó tan temprano, el fotógrafo llevaba una curiosa

«muestra» que creía que podría interesar a la mujer, pero cuando, después de llamar a la puerta, le abrió el siempre curioso portero y le informó alegre de que la señora se había mudado a otro lugar y no había dejado la dirección, el fotógrafo creyó con tristeza que aquella historia se había terminado; quizá ahora también comenzara él una nueva historia, que crearía pensando en el pasado.

Pero el auténtico final de la historia lo extrajo años después del titular de un periódico que leía distraído: «¡Le arroja vitriolo a la cara!». Ni el nombre, ni el rostro, ni la edad de la mujer que había arrojado el vitriolo se correspondían los de la mujer de Sisli, y su marido, que era a quien se lo había arrojado, no era relojero, sino fiscal de la República en la pequeña ciudad de Anatolia Central donde se había producido la noticia. Además, ninguno de los detalles que publicaba el periódico coincidía con las particularidades de aquella mujer con la que llevaba años fantaseando ni con las del apuesto relojero, pero en cuanto nuestro fotógrafo leyó la palabra «vitriolo» sintió que aquella pareja eran «ellos»; comprendió que llevaban años juntos, que le habían usado para fugarse y que habían recurrido a aquel truco para deshacerse de quién sabe qué hombre, tan infeliz como él mismo. Entendió cuánta razón tenía al ver en un periódico de escándalos que compró ese mismo día la cara absolutamente desfigurada del relojero y su expresión feliz ahora que había sido despojada por completo de significado y de las letras.

El fotógrafo, al ver que su historia, que había contado mirando especialmente a los periodistas extranjeros, era recibida con aprecio e interés, decidió coronarla con un último detalle, que reveló como si se tratara de un secreto militar: años después, el mismo periódico de escándalos volvió a publicar una fotografía de la misma cara deshecha como si fuera la de la última víctima de una guerra que desde hacía años se venía desarrollando en Oriente Medio y debajo habían añadido una frase muy significativa: «Y dicen que todo esto es por amor».

Los de la mesa, alegres, posaron juntos para el fotógrafo. Entre ellos había un par de periodistas y publicistas que Galip conocía de lejos, un tipo completamente calvo que le sonaba y algunos extraños que se habían unido a ellos desde el otro extremo de la sala. En la mesa se había formado esa amistad accidental y ese sentimiento de curiosidad mutua que se da entre las personas que comparten el mismo albergue por una noche o que sufren juntos un accidente sin demasiada importancia. El cabaret estaba silencioso y prácticamente vacío. Los focos del escenario se habían apagado hacía rato.

A Galip el cabaret le recordaba al lugar donde se había rodado Mi querida prostituta, en la que Türkan Soray hacía el papel de chica de alterne, y se lo preguntó a un anciano camarero al que pidió que se acercara. El anciano camarero, no porque todas las caras se habían vuelto hacia él, o quizá excitado por los relatos que había escuchado, aunque sin intervenir en la conversación, contó también una breve historia:

No, su historia no tenía relación con esa película pero sí con otra, más antigua, que se había rodado allí mismo, en ese cabaret, y que él había visto catorce veces la semana de su estreno en el cine Rüya. Cuando el productor y la bella protagonista le pidieron que apareciera en un par de escenas, el camarero lo aceptó entusiasmado. La cara y las manos que aparecían en la película, que vio dos meses después, eran las del camarero, pero la espalda, los hombros y la nuca de otra escena no eran los suyos y cada vez que contemplaba la película aquel camarero lo asustaba y, al mismo tiempo, le provocaba un placentero escalofrío. Además no podía acostumbrarse a que la voz que salía de su boca fuera la de otro, una voz que podía escucharse a menudo en otras películas. A los parientes y amigos que vieron la película no les interesó tanto como a él aquella escalofriante y perturbadora sustitución que parecía salida de un sueño, no comprendían ni eso que llaman trucos cinematográficos ni lo verdaderamente importante: que gracias a un pequeño truco se puede mostrar a otro como si fuera uno mismo o a uno mismo como si fuera otro.

El camarero esperó en vano durante años por si en los meses de verano, en los que hacían programa doble en los cines de Beyoglu, volvían a proyectar aquella película en la que él aparecía un instante. Creía que podría comenzar una nueva vida si podía verla una vez más, no porque volviera a encontrar su juventud, sino por una razón «evidente» que sus amigos no habían comprendido pero que sin duda entenderían los selectos componentes de la mesa: el amor; el camarero estaba enamorado de sí mismo.

Después de que se marchara el anciano camarero, en la mesa se discutió

largo rato sobré cuál podría ser aquella otra razón «evidente». En opinión de la mayoría la razón era, por supuesto: estaba enamorado del mundo que había visto en sí mismo, o del «arte cinematográfico». La cabaretera puso punto final a la discusión diciendo que el camarero era «marica» como todos los viejos luchadores: le habían atrapado haciéndose cosas feas delante del espejo completamente desnudo y sobando a los pinches en la cocina. El viejo calvo que le sonaba a Galip se opuso a aquel «prejuicio sin fundamento alguno» que la cabaretera había hecho sobre los luchadores que practican nuestro deporte nacional y comenzó a relatar sus propias observaciones sobre la ejemplar vida familiar de aquellas excepcionales personas, que él había tenido la ocasión de observar de cerca en tiempos, especialmente en Tracia. Iskender aprovechó la ocasión para explicarle a Galip quién era el viejo: se había encontrado con aquel viejo calvorota en el vestíbulo del Pera Palas mientras intentaba localizar a Celâl uno de esos agitados días en que había estado tan desbordado de trabajo preparando el programa diario de los periodistas ingleses -sí, quizá la tarde de aquel día en que había telefoneado a Galip-. El hombre se unió a sus investigaciones afirmando que conocía a Celâl Bey y que también él lo buscaba por un asunto personal. En los días siguientes se lo encontró de nuevo aquí y allá y los ayudó, tanto a él como a los periodistas ingleses, en todo tipo de asuntillos gracias a su amplio abanico de relaciones (era militar jubilado). Y

además le gustaba poder decir un par de palabras en su medio inglés. Estaba claro que se trataba del típico jubilado que quiere hacer algo útil en su tiempo libre, interesado por nuevas amistades y que conoce bien Estambul.

Una vez hubo terminado con los luchadores tracios, el viejo anunció que había llegado el momento de la verdadera historia y comenzó su relato: En realidad se trataba más de un dilema que de una historia: un anciano pastor encerró en el redil su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día, sorprendió a su querida mujer en Ia cama con un amante y, tras un momento de duda, los mató a ambos con el primer cuchillo que cogió. Después de entregarse, en su defensa ante el juez afirmó que no había matado a su esposa y a su amante, sino a una mujer desconocida que estaba en su cama con su querido; la lógica que seguía el pastor era tremendamente simple: teniendo en cuenta que

resultaba imposible que «la mujer» con la que había vivido enamorado desde hacía años, en la que había confiado y a la que tan bien conocía, le hiciera aquello a «él», tanto «él» como «la mujer de la cama» eran en realidad otras personas. El pastor creyó de inmediato en aquella sorprendente sustitución corroborada además por la señal sobrenatural que le había proporcionado el Sol. Por supuesto estaba dispuesto a sufrir la pena correspondiente al crimen de aquella otra persona que recordaba que le había poseído por un instante, pero quería que tanto la mujer como el hombre que había matado en la cama fueran considerados dos ladrones que habían entrado en su casa para aprovecharse impúdicamente de la comodidad de su lecho. Después de cumplir su condena, fuera la que fuese, se echaría a los caminos para buscar a su esposa, a la que no veía desde el día del eclipse y, después de encontrarla, comenzaría a buscar si propia personalidad perdida, quizá con ayuda de su mujer. ¿Cuál fue el castigo que el juez impuso al pastor?

Mientras escuchaba las respuestas que los de la mesa le daban a la pregunta del anciano coronel, Galip pensaba que había leído o escuchado aquella historia en otro lugar, pero era incapaz de recordar en cuál. Por un momento, mientras observaba una de las fotografías que el fotógrafo había traído y repartía entre los componentes de la mesa, creyó que iba a descubrir de dónde recordaba la historia y al hombre pero, en ese momento le pareció que podría decir de repente quién era ese hombre y, como en la historia del fotógrafo, así descifrar el misterio de una de aquellas caras cuyo significado era tan difícil de interpretar. Cuando le llegó el turno a Galip opinó que el juez perdonaría al pastor y en ese instante sintió que había resuelto el secreto del significado del rostro del militar jubilado: era como si cuando comenzó a contar su historia fuera una persona y al terminarla fuera otra. ¿Qué le había ocurrido mientras narraba la historia? ¿Qué era lo que le había cambiado mientras narraba la historia?

Al llegarle el turno de contar algo, Galip comenzó a narrar la historia de amor de un viejo y solitario periodista diciendo que se la había oído a otro columnista. El hombre se había pasado la vida haciendo críticas de las últimas películas y obras de teatro y traducciones para los periódicos y revistas de Bábiáli. Nunca se había casado porque sentía más atracción por

la ropa y los complementos femeninos que por las propias mujeres y vivía completamente solo, con la única compañía de un gato atigrado que parecía aún más viejo y solitario que él, en un pequeño piso de dos habitaciones en una de las calles traseras de Beyoglu. La única conmoción que sufrió su vida, que por lo demás transcurría sin incidentes, fue que ya cerca del final de ésta comenzó a leer ese libro interminable en el que Marcel Proust se lanza en busca del tiempo perdido.

Al anciano periodista le gustó tanto el libro que durante una temporada le habló de él a todo el que se cruzaba en su camino, pero no encontraba a nadie, no ya que le apeteciera darse el enorme trabajo, como él, de leerse aquellos volúmenes en francés, sino ni siquiera con quien pudiera compartir su entusiasmo. Por esa razón se encerró en sí mismo y comenzó a narrarse una a una las historias y las escenas de aquellos tomos que quién sabe cuántas veces se había leído. Cada vez que a lo largo del día se encontraba en una situación molesta o cuando se veía obligado a doblegarse ante la masa de gente «inculta», falta de sentimientos y finura, como siempre es la gente, y sus crueldades, pensaba: «De hecho, ahora no estoy aquí. Ahora estoy en mi casa, en mi dormitorio, y estoy soñando en qué hará Albertine, que estará dormida o despertándose en esa otra habitación, o estoy escuchando con agrado y alegría el suave y dulce sonido de los pasos de Albertine mientras pasea por casa después de despertarse». Mientras caminaba desdichado por las calles imaginaba, como hace el narrador en la novela de Proust, que una joven y hermosa mujer le esperaba en su casa; que aquella mujer llamada Albertine, para él el mero hecho de conocerla había supuesto en tiempos una auténtica felicidad, lo esperaba específicamente a él, y qué estaría haciendo ella mientras lo esperaba.

Cuando el anciano periodista regresaba a su casa de dos habitaciones cuya estufa jamás funcionaba correctamente, recordaba apenado las páginas de aquel otro tomo en que Albertine abandona a Proust, sentía dentro de sí mismo la melancolía de la casa vacía, recordaba hasta que le fluían lágrimas de tristeza y alegría las cosas de las que allí mismo había hablado con Albertine entre risas, cómo ella esperaba a que él tocara la campanilla para visitarlo, sus desayunos, sus ataques inagotables de celos y, como si él mismo fuera a un tiempo Proust y su amante Albertine, sus sueños sobre el proyectado viaje que harían juntos a Venecia.

Los domingos por la mañana, que pasaba en casa con su gato atigrado, cuando se enfadaba con las historias groseras que publicaba el periódico, o cuando recordaba las palabras burlonas de los vecinos curiosos, de sus parientes lejanos tan poco comprensivos, o las de los niños maleducados de lengua afilada, hacía como si encontrara un anillo en un cajón de su vieja cómoda y pensaba que se trataba del anillo olvidado de Albertine y que la criada Françoise lo había encontrado en la mesa de palo de rosa. Luego se volvía hacia la criada fantasmal y, con la voz lo bastante alta como para que le oyera el gato atigrado, decía: «No, Françoise. Albertine no ha olvidado el anillo y es inútil que intentemos devolvérselo porque de una forma u otra, regresará a casa dentro de poco». Nuestro país es tan miserable y digno de pena porque nadie conoce a Albertine y nadie ha oído hablar de Proust, pensaba el viejo periodista. En cuanto aparezca en este país gente que comprenda a Proust y a Albertine, los pobres bigotudos de las calles comenzarán a tener una vida mejor, y puede que entonces en lugar de acuchillarse unos a otros al primer ataque de celos se dediquen a soñar tratando de revivir ante sus ojos la imagen de la amada, como Proust. Todos aquellos escritores y traductores que trabajaban en los periódicos porque se admitía que eran algo leídos eran tan malos y poco comprensivos porque no habían leído a Proust, porque no conocían a Albertine, porque ignoraban que el anciano periodista había leído a Proust y porque no comprendían que él, personalmente, era a un tiempo Proust y Albertine.

Pero lo sorprendente de la historia no era que el anciano y solitario periodista se creyera el protagonista o el autor de una novela; porque cada turco que se enamora de una obra occidental que nadie ha leído, después de cierto tiempo, comienza a creer de corazón, no que simplemente ha leído el libro con enorme placer, sino que él mismo lo ha escrito. Luego dicha persona comienza a despreciar a los que le rodean no sólo porque no se han leído el libro sino porque no son capaces de escribir otro como el suyo. Y

por esa razón lo sorprendente no es que el anciano escritor se creyera durante años que era Proust mismo, sino que un día le revelara ese secreto que había ocultado a todos durante años a un joven columnista. Puede que el anciano periodista se lo revelara a aquel columnista porque sentía un cariño especial por él, por el joven que poseía una belleza que recordaba a

Proust y a Albertine: bigote con las puntas retorcidas, cuerpo sano y de línesas clásicas, hermosas caderas, largas pestañas y además, como Proust y Albertine, era moreno y bajo de estatura; su sedosa y suave piel, que recordaba a la de un paquistaní, brillaba reluciente. Pero ahí se acababan los parecidos. Cuando el joven y apuesto periodista, cuyo gusto por la literatura europea no iba más allá de Paul de Kock y Pitigrilli, oyó los secretos y la historia de amor del anciano periodista, primero se rió a carcajadas y luego le dijo que escribiría aquella curiosa historia en una de sus columnas.

El anciano periodista, comprendiendo el error que había cometido, le imploró a su joven y apuesto colega que lo olvidara todo, pero el otro, que seguía riéndose, no le hizo el menor caso. Mientras regresaba a su casa el anciano comprendió que todo su mundo se había desmoronado. En su casa vacía ya no podía pensar en los celos de Proust ni en los buenos tiempos que había pasado con Albertine, ni en a qué lugar habría ido ella. Aquel extraordinario y mágico amor que había vivido, que en todo Estambul sólo él había conocido, aquel amor sublime que había sido la única fuente de orgullo de su vida y que nadie había podido mancillar, en breve sería contado de manera grosera a miles de lectores que no lo comprenderían; era como si Albertine, a quien había adorado tantos años, fuera a ser violada.

Cuando pensaba que los estúpidos lectores, que sólo leen las trapacerías del último primer ministro o los defectos del último programa de radio, usarían la hojas de los periódicos para ponerlas debajo del cubo de la basura o para envolver pescado y que en ellas podría verse el nombre de Albertine, el hermoso nombre de su querida Albertine, a la que tanto había querido, por quien había sentido unos celos mortales, que le había despojado de toda felicidad al abandonarle y cuya forma de montar en bicicleta el primer día que la vio en Balbec nunca, nunca había olvidado, solo quería morirse.

Por eso, reuniendo lo que le quedaba de valor y decisión telefoneó al joven columnista de bigote retorcido y piel rosa y le rogó que nunca hablara de Proust y Albertine en ninguna de sus columnas diciéndole que «sólo y sólo»

él podía comprender aquel amor incurable y especial, aquella situación tan humana, y aquellos desesperados e infinitos celos, y con un último rasgo de valentía, añadió: «Además, usted ni siquiera ha leído esa obra de Marcel Proust». «¿De quién? ¿Qué obra? ¿Para qué?», le preguntó el joven

columnista, que hacía mucho que había olvidado la cuestión y los amores del anciano periodista. El viejo volvió a contárselo todo y el joven y cruel columnista volvió a reírse a carcajadas. Sí, sí, he aquí una historia que debería ser escrita, le dijo alegre. Quizá incluso pensara que el viejo quería que escribiera sobre el tema.

Y lo escribió. En una columna parecida a un cuento narró la historia del anciano periodista tal y como acaban de escucharla: un viejo, solitario y digno de compasión habitante de Estambul, enamorado de la protagonista de una extraña novela occidental y que se cree su autor y su protagonista. El anciano periodista de la historia tenía un gato atigrado, como el anciano periodista real. Y el viejo periodista de la columna se estremecía al ver que se burlaban de él en una historia contada en una columna. Y el viejo periodista quería morirse al ver los nombres de Proust y Albertine en aquella historia contada dentro de una historia. Y en la historia de dentro de la historia de dentro de la historia los periodistas solitarios, los Proust y las Albertines salían uno a uno de los pozos sin fondo, infinitos, de las pesadillas de las últimas e infelices noches de la vida del anciano periodista.

Y cuando las pesadillas lo despertaban a medianoche, el anciano periodista ya no tenía un amor con cuya ilusión pudiera ser feliz porque nadie más lo conocía. Una mañana, tres días después de que se publicara la despiadada columna, cuando rompieron la puerta, se descubrió que el anciano periodista había muerto durmiendo en silencio a causa de los vapores que se filtraban por la chimenea de aquella estufa que no acertaba a funcionar bien El gato atigrado llevaba dos días sin comer, pero no se había atrevido a devorar a su dueño.

Como todas las otras historias, la que contó Galip, a pesar de lo triste que era, divirtió a la audiencia afianzando los lazos que se habían creado entre ellos. Varios de los presentes entre los que se encontraban los periodistas extranjeros, se levantaron de las mesas para bailar con las chicas de alterne al ritmo de la música de una radio invisible y estuvieron pasándolo bien y riéndose hasta que cerró el cabaret.