El libro negro

Orhan Pamuk · Capítulo 17 de 37

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El libro negro

17. ¿Se acuerda de mí?

presuntuosa, a tratar sus faltas y excesos con tolerancia! ¡Odiaba también a aquel barbero que a cada pregunta suya iba convirtiéndome cada vez más en «el columnista Celâl Bey»! Y en ese momento de mis malos recuerdos me acordé del barbero que había venido al periódico a hacerme extrañas preguntas.

En ese instante, a altas horas de la noche, sentado en el sillón que me permitía ser yo mismo con las piernas extendidas sobre un taburete, escuchando la nueva furia del viejo estribillo que me recordaba mis malos momentos desde el fondo de mis oídos, me repetía: «Sí, señor barbero, no le permiten a uno ser él mismo, no le dejan que lo sea y nunca le dejarán».

Pero aquellas palabras, que pronunciaba con el ritmo y la furia del estribillo, me hundían todavía más en la paz que yo sólo quería vislumbrar.

Entonces decidí que en toda esta historia, en la visita del barbero y en su recuerdo resurgido gracias a otro barbero, existían un orden, un significado, incluso, cómo lo diría, una «misteriosa simetría» que ya había descrito en otros artículos y que sólo percibirían mis lectores más fieles. Aquello era una señal que se refería a mi futuro: el hecho de que uno pueda ser él mismo quedándose a solas sentado en su sillón después de un largo día y una larga noche se parece a la vuelta a casa de un viajero que ha pasado años realizando un largo recorrido lleno de aventuras.

17. ¿Se acuerda de mí?

«Ahora, al volver la mirada sobre aquella época, me da la impresión de percibir una muchedumbre que camina en la oscuridad.»

Escritor, poeta, literato, AHMET RASIM

Los narradores de cuentos no se dispersaron en cuanto salieron del cabaret,

esperaban bajo la ligera nevada una nueva diversión que aún no tenían clara, se miraban a la cara unos a otros como los testigos de un incendio o un asesinato que salen del lugar de los hechos esperando que ocurra un segundo desastre. El calvo, que hacía rato que se había puesto un enorme sombrero de fieltro, dijo: «No es un sitio abierto a cualquiera, Iskender Bey.

No permitirán que entre tanta gente. Quiero llevar sólo a los ingleses. Que tomen nota también de ese aspecto de nuestro pueblo. Usted también puede venir, por supuesto», añadió volviéndose a Galip. Echaron a andar hacia Tepebasi acompañados por un par de personas más que se habían unido a ellos en el último momento, ya que no habían podido despistarlos como a los otros, una anticuaria y un arquitecto maduro de espeso bigote.

Mientras pasaban por delante del consulado estadounidense el hombre del sombrero le preguntó: «¿Ha ido usted a las casas de Celâl Bey en Nisantasi y en Sisli?». «¿Por qué?», contestó Galip observando de cerca la cara del hombre, en la que no pudo descubrir ninguna expresión. «Iskender Bey ha dicho que era usted sobrino de Celâl Salik. ¿No le está buscando? ¿No estaría bien que les explicara a los ingleses los asuntos de nuestro país?

Mire, el mundo se interesa por nosotros.» «Por supuesto», respondió Galip.

«¿Tiene usted las direcciones?», le preguntó el hombre del sombrero de fieltro. «No -dijo Galip- no se las da a nadie». «¿Es cierto que se encierra con mujeres en esas casas?» «No», negó Galip. «Perdóneme -se disculpó el hombre-. No son más que chismes. ¡Hay que ver lo que dicen! No hay manera de que la gente cierre la boca ¡Sobre todo si se es una auténtica leyenda como Celâl Bey! Yo lo conozco». «¿De veras?» «Sí. En una ocasión me invitó a una de sus casas de Nisantasi.» «¿Dónde?», le preguntó Galip. «Hace mucho que la derribaron. Una tarde se quejó de su soledad en esa casa de piedra de dos pisos. Me dijo que le llamara cuando quisiera.»

«Pero a él le gusta estar solo», replicó Galip. «Quizá usted no lo conozca demasiado bien -le contestó el hombre-. Algo me dice que espera que lo ayude. ¿Seguro que no conoce ninguna de sus direcciones?». «Ninguna.

Pero sin duda todos lo buscamos porque encontramos en él parte de nosotros mismos.» «¡Una personalidad excepcional!», dijo el hombre del sombrero de fieltro resumiendo la situación. Y así comenzaron a hablar de los últimos artículos de Celâl.

Al oír en una de las calles que salen a Tünel el silbato de un sereno, algo más propio de los barrios del extrarradio, todos se volvieron y miraron las aceras nevadas de un estrecho callejón, iluminadas por unas luces de neón color violeta. Cuando entraron en una de las calles que van a dar a la torre de Gálata, a Galip le dio la impresión de que los pisos superiores de los edificios a ambos lados del camino se acercaban muy despacio unos a otros, como un telón de un cine cerrándose lentamente. En lo alto de la torre estaban encendidas las luces rojas, indicando que al día siguiente también nevaría. Eran las dos de la madrugada y en algún lugar cercano bajaron con estruendo las rejas de una tienda.

Después de rodear la torre entraron por una calle lateral que Galip nunca había visto antes y caminaron por oscuras aceras cubiertas por una capa de hielo. El hombre del sombrero de fieltro llamó a la vieja puerta de una pequeña casa de dos pisos. Mucho después se encendió una luz en el segundo piso, se abrió una ventana y asomó una cabeza que azuleaba.

«Abre la puerta, soy yo -dijo el hombre del sombrero de fieltro-. Tenemos visitantes ingleses». Luego se volvió y sonrió a los ingleses, vergonzoso y apocado.

Un tipo de unos treinta años, cara pálida y sin afeitar abrió la puerta, sobre la que se leía «Taller de Maniquíes Melih». Tenía una expresión adormilada. Llevaba unos pantalones oscuros y una chaqueta de pijama de rayas azules. Después de estrecharles la mano a sus invitados uno a uno y lanzarles una mirada, como si fueran sus hermanos en una misteriosa causa, les condujo a una iluminada habitación que olía a pintura llena de cajas, moldes, latas y diversas partes de cuerpos. Mientras les repartía unos folletos que sacó de un rincón comenzó a explicarles con voz monótona:

–Nuestro establecimiento es la empresa de producción de maniquíes más antigua de los Balcanes y Oriente Medio. El nivel que hemos alcanzado en la actualidad, tras ciento cincuenta años de historia, es asimismo un símbolo de la altura a la que ha llegado Turquía en lo que respecta a industria y modernización. No es sólo que hoy se hagan al cien por cien los brazos, las piernas y las caderas en nuestro país, sino que…

–Cebbar Bey -le interrumpió el calvo apurado-, nuestros amigos no han venido a ver esto, sino, guiados por usted, los pisos de abajo, los subterráneos, los desdichados, nuestra historia, lo que nos hace ser nosotros.

El guía giró con un gesto furioso el interruptor y los cientos de brazos, piernas, cabezas y cuerpos de la amplia habitación se sumieron en un instante en una oscuridad silenciosa mientras que al mismo tiempo se encendía una desnuda bombilla que iluminaba un descansillo que daba a unas escaleras. Bajaban todos juntos por las escaleras de hierro cuando Galip se detuvo un momento al llegarle desde abajo un olor a humedad.

Cebbar Bey se acercó a Galip con una sorprendente soltura.

–No tengas miedo. ¡Aquí encontrarás lo que estás buscando! – le dijo con el gesto de quien sabe de lo que se habla-. Ha sido Él quien me ha enviado y no quiere que te desvíes por caminos equivocados, no quiere que te pierdas.

¿Les decía también a los demás aquellas palabras de un sentido ambiguo?

El guía presentó los maniquíes de la primera habitación a la que llegaron después de bajar por las escaleras como «las primeras obras de mi padre».

De nuevo volvió a susurrar algo impreciso mientras en la habitación siguiente observaban a la luz de una bombilla desnuda maniquíes de marineros, corsarios y secretarios otomanos y de campesinos sentados con las piernas cruzadas alrededor de una mesa baja. Fue en otra habitación, en la que vieron los maniquíes de una lavandera, de un impío con la cabeza cortada y de un verdugo con los instrumentos de su profesión en la mano, cuando Galip pudo entender por primera vez lo que les decía su guía.

–Hace cien años, mientras creaba sus primeras obras, que han podido ver en estas habitaciones, en la mente de mi abuelo no había más que esta simple idea, algo que debería estar en la mente de todos: los maniquíes que se exponen en los escaparates de las tiendas deben hacerse inspirándose en nuestra gente, eso era lo que pensaba mi abuelo. Pero las víctimas infelices de una conspiración internacional e histórica que llevaba doscientos años en marcha se lo impidieron.

Mientras bajaban las escaleras y cruzaban puertas que daban a otras a través

de escalones, vieron cientos de maniquíes en habitaciones de cuyos techos goteaba agua, recorridas por cables eléctricos tendidos como cuerdas para la colada de los que colgaban bombillas desnudas.

Vieron los maniquíes del mariscal Fevzi Çakmak, que como se pasó los treinta años que estuvo de jefe del Estado Mayor temiendo que el pueblo colaborara con los enemigos, pensó en volar por los aires todos los puentes del país, derribar los alminares para que no sirvieran de señal a los rusos y evacuar Estambul y convertirla en una ciudad fantasma en cuyos laberintos los enemigos se perdieran en caso de que cayera en sus manos; vieron maniquíes de campesinos de Konya, madre, padre, abuelo, parecidos como gotas de agua a fuerza de casarse entre ellos; de traperos de los que van de puerta en puerta y que, sin darse cuenta, se llevan todas esas cosas viejas que nos hacen ser nosotros mismos. Vieron maniquíes de famosos artistas y actores turcos que, como no pueden ser ellos mismos ni otros, lo mejor que saben hacer es interpretar en las películas a personajes que no pueden ser ellos mismos o, directamente, se limitan a hacer de sí mismos; de necios dignos de lástima que dedicaron sus vidas a traducir y a «adaptar» en un intento de llevar a Oriente la ciencia y el arte de Occidente; de soñadores que después de trabajar toda su vida sobre planos con una lupa en la mano en un esfuerzo de abrir en las tortuosas calles de Estambul bulevares rodeados de tilos como en Berlín, o en forma de estrella como en París o cruzados por puentes como en San Petersburgo, y que después de soñar toda su vida con aceras modernas en las que por las tardes pudieran hacer caca los perros que nuestros generales jubilados sacarían a pasear, sujetos por una correa como hacen los occidentales, murieron sin que se hiciera realidad ninguna de sus fantasías y fueron enterrados en tumbas olvidadas; de funcionarios de los servicios de inteligencia que fueron jubilados prematuramente porque no quisieron adaptarse a los nuevos métodos internacionales de tortura sino permanecer fieles a los tradicionales métodos nacionales; de vendedores ambulantes que, con un palo cruzado sobre los hombros, venden por las calles boza, bonitos o yogurt. Entre la serie de

«escenas de café» que su guía presentó diciendo «Una serie comenzada por mi abuelo, continuada por mi padre y de la que ahora me encargo yo», vieron desempleados con la cabeza hundida entre los hombros, afortunados que olvidaban felices el siglo en que vivían y su propia personalidad

mientras jugaban a las damas o al chaquete, ciudadanos que, con un vaso de té en la mano y fumando cigarrillos baratos, se refugiaban en sus propios pensamientos mirando a un punto en el infinito como si intentaran recordar la razón desaparecida de su existencia, y a otros que, como no podían hacerlo, maltrataban las cartas, los dados o se maltrataban unos a otros.

–En su lecho de muerte mi abuelo entendió por fin la inmensidad de las fuerzas internacionales que se oponían a él -les decía el guía-. Como esas fuerzas-históricas no querían que nuestro pueblo pudiera ser él mismo y pretendían privarnos de nuestro mayor tesoro, de nuestros gestos y expresiones cotidianos, expulsaron a mi abuelo de Beyoglu, de las tiendas, de la calle Istiklál, de los escaparates. Cuando mi padre, como mi abuelo en su lecho de muerte, comprendió que el único futuro que le quedaba estaba en los subterráneos, sí, en los subterráneos, aún no sabía que Estambul a lo largo de toda su historia siempre había sido una ciudad subterránea. Lo aprendió viviéndolo y encontrándose galerías según abría entre el barro nuevas habitaciones en las que colocar sus maniquíes.

Mientras bajaban las escaleras que les llevaban a aquellas galerías subterráneas, mientras pasaban por cuevas y rellanos llenos de barro a los que ya no se podía llamar habitaciones, vieron cientos de maniquíes de desesperados. A la luz de las bombillas desnudas los maniquíes le recordaban a veces a Galip pacientes ciudadanos cubiertos del polvo y del barro de siglos que esperan un autobús que nunca habrá de llegar en una parada olvidada y despertaban en él una ilusión que a veces sentía caminando por las calles de Estambul, la sensación de que todos los desgraciados son hermanos. Vio hombres que sorteaban paquetes de tabaco con sus bolsas en la mano. Vio estudiantes universitarios de aspecto burlón y nervioso. Vio aprendices de tiendas de frutos secos, amantes de los pájaros y buscadores de tesoros. Vio maniquíes de aquellos que leían a Dante para probar que todo el arte y la ciencia occidentales eran un plagio de Oriente, de los que trazaban planos para demostrar que esas cosas llamadas alminares son señales enviadas a otro mundo, de estudiantes de un instituto de imanes y predicadores que habían tocado un cable de alta tensión y que, envueltos todos ellos por un estupor azul eléctrico, comenzaban a recordar hechos cotidianos ocurridos hacía doscientos años.

Vio en las habitaciones llenas de barro en las que se alineaban los maniquíes que éstos habían sido separados en grupos, como los falsarios, los incapaces de ser ellos mismos, los pecadores, los que ocupan el lugar de otros. Vio casados infelices, muertos intranquilos y mártires que salían de sus tumbas. Incluso vio hombres misteriosos con letras escritas en sus rostros y en sus frentes, sabios que revelaban el secreto de aquellas letras y famosos de nuestros días que pretendían ser sucesores de aquellos sabios.

En un rincón, entre renombrados escritores, dibujantes y artistas turcos de nuestra época, había también un maniquí que representaba a Celâl con una gabardina que había llevado veinte años antes. El guía les dijo al pasar que aquel escritor, en el que tantas esperanzas había depositado su padre en tiempos, había usado con objetivos innobles el secreto de las letras, que había aprendido de él, y que se había vendido para conseguir miserables victorias. Veinte años atrás, el guía había enmarcado un artículo que Celâl había escrito sobre su padre y su abuelo y se lo había colgado al maniquí del cuello como si fuera el edicto de su propia condena de muerte. Mientras Galip sentía en sus pulmones el olor a humedad y a moho que le hería las fosas nasales y que se filtraba por las paredes de las fangosas habitaciones, excavadas ilegalmente puesto que, como hacían tantos tenderos, no se había pedido permiso al ayuntamiento, el guía les explicaba cómo su padre, después de innumerables traiciones, había depositado todas sus esperanzas en el misterio de las letras que había ido recogiendo en sus viajes por Anatolia y cómo, en los mismos días en que grababa aquel misterio en las desdichadas caras de los maniquíes, iba abriendo una a una las galerías subterráneas que hacen que Estambul sea Estambul. Galip permaneció un buen rato inmóvil ante el maniquí de Celâl, gordo, con un cuerpo enorme, de mirada dulce y manos pequeñas. «¡Por tu culpa nunca he podido ser yo mismo! – le apeteció decir-. Por tu culpa me he creído todas esas historias que me han hecho ser tú». Observó largamente el maniquí de Celâl, como el hijo que examina atentamente una buena fotografía de su padre años después de haber sido tomada. Recordó que la tela del pantalón la había comprado rebajada en la tienda de un familiar lejano en Sirkeci, que a Celâl le gustaba mucho aquella gabardina porque con ella se parecía a los protagonistas de las novelas policíacas inglesas, que las costuras de los bolsillos de la chaqueta se le abrían por la costumbre que tenía de meter en

ellos las manos con fuerza, que en los últimos años no había visto en su labio inferior ni en su nuez de Adán cortes de cuchilla de afeitar y que Celâl aún usaba la pluma que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Lo quería y lo temía; quería estar en el lugar de Celâl y huía de él; lo buscaba y quería olvidarlo. Le agarró de las solapas como si le exigiera que le explicara el sentido de su propia vida, que él no había sido capaz de descifrar, un secreto que Celâl sabía pero que le ocultaba, el misterio de un segundo universo en nuestro mundo, el modo de salir de un juego que había comenzado siendo una broma y se había convertido en una pesadilla. A lo lejos se oía la voz del guía, tan acostumbrada como entusiasta.

–Mi padre creaba a tal velocidad esos maniquíes a cuyas caras, gracias a las letras, dotaba de un significado que ya no se podía ver en nuestras calles, ni en nuestras casas, ni en ningún otro lugar de nuestra sociedad, que no teníamos suficiente sitio en las habitaciones subterráneas que abríamos para ellos. Por esa razón no se puede explicar como mera casualidad que justo en ese momento encontráramos las galerías que nos unen a los subterráneos de la Historia. Mi padre lo veía muy claro: a partir de ese momento nuestra Historia continuaría en los subterráneos, la vida bajo tierra era una señal del hundimiento final de la vida sobre tierra, las galerías y caminos subterráneos que hervían de esqueletos y cuyos extremos daban a nuestra casa eran una ocasión histórica para encontrar de nuevo una vida y un sentido gracias a los rostros de aquellos auténticos conciudadanos nuestros que sólo nosotros creábamos.

Al soltarle Galip las solapas, el maniquí de Celâl se balanceó pesadamente sobre sus pies a izquierda y derecha como un soldado de plomo. Galip retrocedió un par de pasos pensando que jamás olvidaría aquella extraña, horrible y ridícula imagen y encendió un cigarrillo. No le apetecía en absoluto bajar con los demás a la entrada de la ciudad subterránea «por donde un día pulularán los maniquíes como ahora los esqueletos».

Y así, mientras el guía le mostraba a sus «invitados» la entrada de una galería abierta en la otra orilla del Cuerno de Oro hacía mil trescientos seis años por los bizantinos, que temían el ataque de Atila, y cuyo otro extremo llegaba hasta esta orilla y les contaba furioso la historia de los esqueletos y

los tesoros que guardan y que escondieron de los invasores latinos hace seiscientos setenta y cinco años y que verán si entran por aquí con una linterna y de las mesas y las sillas que no se veían a causa de las telas de araña, Galip pensaba que había leído hacía tiempo en un artículo de Celâl una adivinanza sobre lo que podían indicar aquellas imágenes e historias.

Mientras el guía contaba furioso cómo su padre había visto en aquel descenso al mundo subterráneo una señal irrefutable del desplome inevitable del mundo exterior, y cómo cada vez que se cavaba, como consecuencia de una necesidad ineludible, una galería o un profundo pozo en Bizancio, en Buzos, en Nova Roma, en Romani, en Tsargrad, en Miklagard, en Constantinopolis, en Cospoli, en Istinpolin, sucedían después en la superficie increíbles desórdenes y así la civilización subterránea se vengaba de la superficie, que era la que la había empujado. Y Galip recordaba que Celâl hablaba de los pisos de los edificios como una prolongación de las civilizaciones subterráneas. Mientras el guía contaba furioso cómo su padre había querido llenar con sus maniquíes todas las galerías, todos aquellos caminos subterráneos que hervían de ratas, esqueletos y tesoros cubiertos por telas de araña para que así pudieran participar de aquel colosal hundimiento del que los subterráneos eran señal irrefutable, de aquel inevitable apocalipsis, mientras contaba que su padre había podido dotar de un nuevo sentido a su vida soñando en la fiesta que sería aquel colosal desplome, y mientras contaba excitado que él mismo avanzaba por ese camino con sus obras, cuyas caras llenaba con el misterio de las letras, a Galip poco le faltaba para creer que el guía compraba cada día el Milliyet antes que nadie y leía el artículo de Celâl con avidez, envidia, odio y la misma furia que se notaba en su voz. Mientras el guía les decía que aquellos que pudieran soportar el espectáculo de los esqueletos, inmortalizados abrazándose unos a otros, de los bizantinos que se habían refugiado en los subterráneos dejándose llevar por el pánico ante el cerco abbasí y de los judíos que habían huido de la invasión cruzada, podían entrar en aquella increíble galería de cuyos techos colgaban collares y ajorcas de oro, Galip comprendió que el guía había leído con sumo cuidado los últimos artículos de Celâl. Mientras el guía les contaba cómo los esqueletos de los genoveses, amalfitanos y pisanos que huyeron cuando los bizantinos masacraron a más de seis mil italianos en la ciudad, hacía de esto setecientos años, esperaban el día del Juicio Final sentados a las mesas que

se habían bajado a los subterráneos durante el sitio de los ávaros junto a los esqueletos de aquellos que seiscientos años antes se habían salvado de la peste introducida en la ciudad por un barco procedente del mar de Azov, Galip pensaba que él tenía la misma paciencia que Celâl. Mientras el guía les contaba que aquellos que, para escapar de la prohibición del café, el tabaco y el opio de Murat IV, se habían lanzado a las galerías abiertas por los bizantinos cientos de años antes para huir de los otomanos que saqueaban la ciudad y que se extendían desde Santa Sofía hasta Santa Irene y desde allí hasta el Pantocrátor, y que luego, como resultaban suficientes, habían extendido hasta esta orilla, esperaban, bajo una sedosa capa de polvo que había caído sobre ellos como si fuera nieve, con sus molinillos de café y sus cafeteras, sus narguiles y pipas, bolsas de tabaco y opio y tazas, la aparición algún día de los maniquíes que les mostrarían el camino de la salvación, Galip pensaba que en algún momento la misma capa de polvo sedoso cubriría el esqueleto de Celâl. Mientras el guía contaba que podríamos ver, además de los esqueletos del heredero de Ahmet III, que después de que fracasara su conspiración palaciega se había visto obligado a descender a los subterráneos en los que setecientos años antes se habían refugiado los judíos expulsados de Bizancio, y el de la muchacha georgiana que se había fugado del harén con su amante, billetes de banco aún húmedos en manos de impresores de moneda falsa que controlan el color, o a una lady Macbeth musulmana que se había visto forzada a ir un piso más abajo, puesto que el pequeño teatro del sótano no disponía de camerino en el que cambiarse, tiñendo sus manos ante el espejo de su cómoda con un rojo tan original como no se había visto en ningún otro escenario del mundo gracias a un barrilito lleno de sangre de búfalo comprado a carnicerías clandestinas, o a jóvenes químicos, llevados por el entusiasmo de la exportación, destilando en sus retortas de cristal la deliciosa heroína que luego enviarían a América en roñosos barcos búlgaros, Galip pensaba que podría leer todo aquello en el rostro de Celâl con tanta exactitud como lo hacía en sus artículos.

Mucho más tarde, después de que el guía les mostrara a sus «invitados»

todas las galerías y todos los maniquíes, después de que les contara lo que había sido el mayor sueño de su padre y de él mismo: que un cálido día de verano, mientras arriba todo Estambul dormitara en el pesado calor del

mediodía envuelta por nubes de moscas, basura y polvo, abajo, en las frías, húmedas y oscuras galerías subterráneas, los pacientes esqueletos y los maniquíes, vivos gracias a la vitalidad de nuestro pueblo, organizarían todos juntos una fiesta, una enorme verbena, un banquete que celebraría la vida y la muerte y que iría más allá del tiempo y de la Historia, de las leyes y las prohibiciones; después de que los visitantes se imaginaran aterrorizados el horror y la excitación de aquella fiesta, los esqueletos y los maniquíes bailando felices, las copas de vino y las tazas rotas, la música y el silencio y los crujidos de los huesos al aparearse; después de que hubieran visto la amargura en el rostro de cientos de «ciudadanos» cuyas historias el guía ni siquiera sintió la necesidad de contar; en el camino de vuelta Galip sentía sobre sí el peso de todas las historias que había escuchado y todas las caras que había visto. El malestar que notaba en las piernas no se debía ni a lo empinado de la cuesta que subían ni al cansancio de aquel largo día. Sentía en su propio cuerpo el agotamiento que se veía en los rostros de aquellos hermanos suyos que se le aparecían en las resbaladizas escaleras iluminadas por las bombillas desnudas de las habitaciones húmedas ante las que pasaban sin cesar. Las cabezas inclinadas, las cinturas dobladas, las espaldas deformes, las piernas torcidas, los problemas y las historias de aquellos conciudadanos suyos eran prolongaciones de su propio cuerpo.

Como sentía que todas las caras eran la suya y todas las desdichas su desdicha, quería no mirar a esos maniquíes que se le acercaban rebosantes de vida, no cruzar su mirada con las de ellos, pero le resultaba imposible apartar los ojos, como alguien que no pudiera separarse de su hermano gemelo. En determinado momento Galip intentó convencerse, como hacía en su primera juventud cuando leía las crónicas de Celâl, de que tras el mundo visible existía un secreto simple de cuyo influjo podría desembarazarse si lo descubría; un misterio capaz de liberar al hombre si se desvelaba su receta; pero, al igual que ocurría cuando leía los artículos de Celâl, se encontraba tan enterrado en este mundo que cada vez que se esforzaba en resolver el misterio se notaba tan desesperado e infantil como alguien que ha perdido la memoria. No sabía qué significaba el mundo que le señalaban los maniquíes, no sabía lo que hacía allí con aquellos extraños, no sabía cuál era el significado de las letras y las caras ni el secreto de su propia existencia. Además, mientras se aproximaban a la superficie, mientras subían, notaba que comenzaba a olvidar lo que había visto y

aprendido allí porque se iba alejando de los secretos de las profundidades.

Al ver en una de las habitaciones superiores una serie de «ciudadanos corrientes» en la que el guía no se detuvo, sintió que compartía su destino, que pensaba las mismas cosas que ellos: en tiempos todos ellos habían vivido una vida que tenía un significado, pero, por alguna razón desconocida, ahora habían perdido ese significado así como su memoria. Y

cada vez que intentaban recuperarlo, como siempre se perdían al penetrar en las galerías llenas de telarañas de la memoria, como no encontraban el camino de vuelta en las callejuelas tenebrosas de sus mentes, como nunca encontraban la llave de la nueva vida que se les había caído en el pozo sin fondo de la memoria, se dejaban llevar por el dolor incurable de los que lo han perdido todo, su casa, su país, su pasado, su Historia. El dolor de estar lejos de casa, de haberse perdido por el camino, era tan violento, tan insoportable que lo mejor era tener paciencia y esperar resignados y en silencio que llegara el momento del fin de los tiempos sin ni siquiera intentar recordar el significado perdido o el misterio. Pero Galip, según se acercaba a la superficie, también sentía que no podría soportar aquella espera asfixiante, que no encontraría la paz sin encontrar lo que estaba buscando. ¿No era mejor ser una mala imitación de otro que ser alguien que ha perdido su pasado, su memoria y sus ilusiones? Al llegar al final de las escaleras quiso menospreciar, poniéndose en el lugar de Celâl, todos aquellos maniquíes y la idea que había llevado a su creación; todo se debía a la repetición obsesiva de una idea estúpida; era una mala caricatura; un chiste sin gracia; ¡una bobada miserable e incoherente! Y como prueba de su razonamiento ahí estaba el guía, una caricatura de sí mismo, explicando que su padre nunca había creído en aquello que llamaban «la prohibición de imágenes en el Islam», que lo que llamamos «pensamiento» no es en sí mismo sino una imagen y que lo que allí acababan de ver era también una serie de imágenes. Al llegar a la habitación a la que habían entrado en primer lugar, el guía les explicó que para poder mantener en pie aquel

«grandioso proyecto» también debía hacer negocios en el mercado de maniquíes y rogó a los visitantes que introdujeran la voluntad en el cofrecillo verde de donativos.

Galip arrojó mil liras en el cofrecillo verde y luego su mirada se cruzó con la de la anticuaria.

–¿Se acuerda de mí? – le preguntó la mujer. En su rostro había una mirada soñadora y una expresión juguetona e infantil-. Resulta que todos los cuentos de mi abuela eran ciertos -en la penumbra sus ojos brillaban como los de un gato.

–¿Perdón? – contestó Galip azorado.

–No te acuerdas. Estábamos en la misma clase en la escuela secundaria.

Belkis.

–Belkis -dijo Galip dándose cuenta repentinamente de que no era capaz de recordar a ninguna muchacha de la clase excepto a Rüya.

–Tengo coche -continuó la mujer-. Yo también vivo en Nisantasi. Puedo llevarte.

El grupo se fue disolviendo lentamente al salir al aire fresco. Los periodistas ingleses se fueron al Pera Palas, el hombre del sombrero de fieltro le entregó a Galip su tarjeta de visita, le dio recuerdos para Celâl y se sumergió en las calles de Cihangir, Iskender se montó en un taxi y el arquitecto de bigote espeso acompañó caminando a Belkis y a Galip. Al pasar por delante del cine Atlas se detuvieron en una bocacalle para tomar un plato de arroz que le compraron a un vendedor ambulante. Cerca de Taksim observaron, como si miraran juguetes mágicos, los relojes que se veían en el escaparate cubierto de escarcha de un relojero. Mientras Galip contemplaba en el borroso azul marino de la noche un rasgado cartel de cine del mismo color y la fotografía de un antiguo primer ministro ahorcado hacía mucho en el escaparate de un fotógrafo, el arquitecto les propuso llevarles a la mezquita de Solimán. Allí les enseñaría algo mucho más interesante que aquello que llamó «el Infierno de los Maniquíes». ¡La mezquita, de cuatrocientos años de antigüedad, se movía lentamente sobre sus cimientos! Subieron al coche de Belkis, que había dejado en una calle lateral de Tahmhane, y se pusieron en camino en silencio. Mientras pasaban entre horribles casas oscuras de dos pisos a Galip le apetecía decir

«¡Horrible, horrible!». Nevaba ligeramente y toda la ciudad dormía.

Al llegar a la mezquita tras un largo trayecto el arquitecto les contó la historia: conocía los subterráneos de la mezquita porque trabajaba en restauración y reparaciones y también conocía al imán, que estaba dispuesto a abrir todas las puertas a cambio de cuatro cuartos. Cuando el motor se detuvo Galip les dijo que no iba a salir y que les esperaría allí. – ¡Te vas a congelar en el coche! – replicó Belkis. En primer lugar Galip se dio cuenta de que la mujer ya no le trataba de usted y luego de que, a pesar de su belleza, con el grueso abrigo que llevaba y el pañuelo que se estaba dudando en la cabeza, en ese momento se parecía a una de sus tías lejanas.

El mazapán que aquella tía lejana le sacaba cuando iba a visitarla los días de fiesta era tan dulce que antes de poder tomarse el segundo trozo, que con tanta insistencia le ofrecía, tenía que beber un vaso de agua. ¿Por qué no iba Rüya a esas visitas de los días de fiesta?

–¡No quiero ir! – dijo Galip con voz decidida.

–Pero ¿por qué? – le preguntó la mujer-. Luego subiremos al alminar -se volvió hacia el arquitecto-. ¿Podemos subir al alminar?

Se produjo un momentáneo silencio. En un lugar no demasiado lejano ladró un perro, Galip oyó el susurro de la ciudad bajo la nieve.

–Mi corazón no aguanta las escaleras -dijo el arquitecto-. Suban ustedes.

Como le agradaba la idea de subir al alminar, Galip bajó del coche.

Cruzaron el patio exterior de la mezquita, en el cual bombillas desnudas iluminaban los árboles cubiertos de nieve y entraron en el interior. La masa de piedra parecía allí menor de lo que era y la mezquita se convertía en una estructura familiar incapaz de ocultar sus secretos. La capa de nieve que cubría el suelo de mármol estaba tan oscura y llena de agujeros como la superficie de la luna que se ve en los anuncios de relojes extranjeros.

El arquitecto comenzó a manipular con destreza el candado de una puerta metálica que había allí donde el pórtico formaba un rincón. Mientras tanto les explicaba que la mezquita llevaba siglos desplazándose cinco o diez

centímetros anuales hacia el Cuerno de Oro debido a su peso y al movimiento de la colina sobre la que se alzaba, que, en realidad, hasta el momento presente debería haber descendido con más velocidad hacia la orilla de la ría pero que «los muros de piedra» que recorrían los cimientos, cuyo secreto aún no había sido descubierto, «la disposición de los desagües», cuya técnica ni siquiera hoy se había podido superar, «el equilibrio hidrostático» tan cuidadosamente calculado y nivelado y «el sistema de galerías» calculado hacía cuatrocientos años, habían frenado el movimiento de la mezquita. Cuando, al mismo tiempo que el candado, la puerta se abrió a un oscuro corredor, Galip vio en los ojos brillantes de la mujer una enorme curiosidad por la vida. Quizá Belkis no fuera una belleza extraordinaria pero a uno le intrigaba lo que pudiera hacer.

–¡Los occidentales no han podido descubrir este secreto! – dijo el arquitecto como si estuviera borracho y, como si estuviera borracho, entró en el corredor. Galip se quedó fuera.

Galip estaba escuchando los sonidos procedentes del corredor cuando de repente apareció el imán entre las sombras de las columnas cubiertas de escarcha. El imán no parecía en absoluto molesto porque le hubieran despertado a aquellas horas de la madrugada. Después de prestar también él atención a las voces, preguntó: «¿Es la mujer una turista?». «No», le contestó Galip notando que la barba hacía que el imán pareciera mayor de lo que era. «¿Eres tú también profesor?», preguntó el imán. «Sí.» «¡Un catedrático como Fikret Bey!» «Sí.» «¿Es verdad que la mezquita se mueve de su sitio?» «Sí, por eso estamos aquí.» «¡Que Dios les bendiga! – dijo el imán. Tenía una expresión de desconfianza-. ¿Acompaña algún niño a la mujer?». «No», le contestó Galip. «Dentro, en lo más profundo, hay un niño que se esconde.» «Parece ser que la mezquita lleva siglos desplazándose», dijo Galip indeciso. «Eso ya lo sé -contestó el imán-. Entrar ahí está prohibido pero entraron una turista y su hijo, los vi. Luego ella salió sola. El niño se quedó dentro». «Debería haber avisado a la policía», contestó Galip.

«No fue necesario -le respondió el imán-, porque luego salieron en los periódicos las fotos de la mujer y del niño: era el nieto del rey de Abisinia.

Pero deberían sacarla de ahí». «¿Qué tenía el niño en la cara?», preguntó Galip. «Mira, ¿lo ves? – dijo el imán receloso-. Tú también lo sabes. No

pudiste mirar al niño a los ojos». «¿Qué estaba escrito en su cara?», insistió Galip. «Había muchas cosas escritas en su cara», le respondió el imán perdiendo la confianza en sí mismo. «¿Sabes leer caras?» El imán guardó silencio. «Para encontrar de nuevo una cara perdida, ¿basta con correr tras su significado?», preguntó Galip. «Eso ya lo sabes tú mejor que yo», le contestó el imán inquieto. «¿Está abierta la mezquita?» «Acabo de abrir la puerta -le contestó el imán-. Dentro de poco vendrán para la oración de la mañana. Pasa».

El interior de la mezquita estaba completamente vacío. Las lámparas de neón iluminaban más las paredes desnudas que las alfombras moradas, que se extendían como la superficie del mar. A Galip se le quedaron helados los pies sólo con los calcetines. Miró la cúpula, las columnas y la colosal mole de piedra que se alzaba sobre su cabeza queriendo que le impresionaran, pero en su corazón nada se despertó que no fuera el mismo deseo de que aquello le impresionara: una sensación de espera, una vaga curiosidad por lo que podría pasar… Sintió que la mezquita era un enorme objeto cerrado, que se bastaba a sí mismo, como las piedras con las que había sido construida. El lugar ni atraía ni remitía a ninguna otra parte. De la misma forma que nada era un indicio de nada, todo podía ser un indicio de todo.

En cierto momento le pareció ver una luz azul y luego oyó el acelerado golpeteo de algo similar a las alas de una paloma, pero enseguida todo regresó a su anterior calma silenciosa en la que cada cosa esperaba un nuevo significado. Entonces pensó que los objetos y las piedras estaban más

«desnudos» de lo que habría sido necesario: era como si los objetos le gritaran «¡Danos un significado!». Cuando poco después dos ancianos se acercaron lentamente al mihrab susurrando entre ellos y se arrodillaron, Galip dejó de oír la llamada de los objetos.

Quizá por todo aquello Galip no tenía la menor esperanza de que le ocurriera nada nuevo mientras subía al alminar. Cuando el arquitecto le explicó que la señora Belkis había subido sin esperarle, Galip comenzó a subir las escaleras a toda velocidad, pero poco después tuvo que detenerse al sentir los latidos de su corazón en las sienes. Se vio obligado a sentarse cuando comenzaron a dolerle las piernas y los muslos. Cada vez que pasaba una de las bombillas desnudas que iluminaban la escalera se sentaba y

luego volvía a subir. Aceleró al oír los pasos de la mujer en algún lugar por encima de él, pero sólo pudo alcanzarla mucho después, cuando ella ya había salido al balcón. Juntos, en silencio, sin hablar lo más mínimo, contemplaron largo rato Estambul sumida en la oscuridad, las luces imprecisas de la ciudad y la nieve que caía ligeramente.

Parecía que la ciudad permanecería aún bastante tiempo en sombras, como la cara oculta de una estrella lejana, cuando Galip se dio cuenta de que la oscuridad se iba diluyendo poco a poco. Mucho después, temblando de frío, pensó que la luz que se reflejaba en el humo de las chimeneas, en los muros de las mezquitas y los bloques de cemento no provenía del exterior de la ciudad, sino de ella misma. Como la superficie de un planeta que todavía no ha acabado de formarse, los ondulados fragmentos de la ciudad, cubiertos de cemento, piedra, tejas, madera y plexiglás y cúpulas, parecía que fueran a entreabrirse lentamente y que desde las tinieblas se filtraría la luz color llama del misterioso subsuelo, pero aquella hora imprecisa tampoco duró demasiado. Al mismo tiempo que entre los muros, las chimeneas y los tejados comenzaron a verse una a una las enormes letras de los anuncios de cigarrillos y bancos, oyeron por los altavoces que estaban justo a su lado la voz metálica del imán llamando a la oración.

Mientras bajaban las escaleras Belkis le preguntó por Rüya. Galip le respondió que su mujer le estaba esperando en casa; ese mismo día le había comprado tres novelas policíacas. A Rüya le gustaba leer novelas policíacas por las noches.

Cuando Belkis volvió a preguntarle por Rüya ya habían subido al despersonalizado Murat de la mujer, habían dejado al arquitecto de espeso bigote en la siempre ancha y siempre solitaria calle Cihangir y subían en dirección a Taksim. Galip le contestó que Rüya no trabajaba, que leía novelas policíacas y que de vez en cuando traducía con mucha lentitud alguna de las que había leído. Mientras rodeaban la de Taksim la mujer le preguntó cómo hacía Rüya aquellas traducciones. «Despacio», le respondió Galip. El se iba por las mañanas al despacho y Rüya recogía la mesa del desayuno y se instalaba en ella, pero de la misma manera que nunca la había visto trabajar en aquella mesa, tampoco se imaginaba que lo hiciera.

En respuesta a otra pregunta, Galip dijo, con el aire ausente de un sonámbulo, que algunas mañanas él salía de casa antes de que Rüya se hubiera levantado de la cama. Dijo que una vez por semana iban a cenar con su tía, a un tiempo materna y paterna, y que, en ocasiones, iban por la noche al cine Konak.

–Lo sé -dijo Belkis-. Os he visto en el cine. Mientras tú, contento con tu vida, mirabas las fotografías del vestíbulo y llevabas con cariño del brazo a tu mujer entre la multitud hacia la puerta que sube al palco, ella buscaba entre las fotografías de las paredes y entre la multitud una cara que le abriera las puertas a otro mundo. Comprendí que estaba leyendo el significado oculto de las caras en algún lugar muy lejos de ti.

Galip guardó silencio.

–En los cinco minutos de descanso, mientras tú, como un buen marido feliz de la vida, le hacías una señal con la mano al vendedor que golpeaba la caja de madera con una moneda para comprarle una chocolatina de coco o un bombón helado para complacer a tu mujer, y mientras buscabas suelto en los bolsillos, yo notaba que tu mujer, que miraba triste los anuncios de aspiradoras o exprimidores de naranja del telón a la pálida luz del cine, buscaba incluso en esos anuncios la huella de un misterioso mensaje que la llevara a otro país.

Galip guardaba silencio.

–Mientras poco antes de medianoche la gente salía del cine Konak apoyándose, más que unos en otros, en la gabardina o el abrigo de su pareja, yo os veía cogeros del brazo y caminar hacia vuestra casa mirando al suelo.

–En suma -dijo Galip con cierto enfado-, que nos vista una vez en el cine.

–Una no, os he visto doce veces en el cine, más de sesenta en la calle, tres en un restaurante y seis en tiendas. Al regresar a casa pensaba, como hacía cuando era niña, que la muchacha que estaba contigo no era Rüya, sino yo.

Se produjo un silencio.

–Cuando estábamos en la escuela secundaria -continuó la mujer mientras conducía pasando por delante del mismo cine Konak del que poco antes acababan de hablar-, mientras en los recreos ella se reía de las historias de los muchachos que se mojaban el pelo y se peinaban hacia atrás con el peine que se sacaban del bolsillo trasero del pantalón y que se colgaban los llaveros de las trabillas de los pantalones, yo pensaba que era a mí y no a Rüya a quien mirabas de reojo sin levantar la cabeza del libro que había sobre tu pupitre. Pensaba que la muchacha a la que las mañanas de invierno veía cruzar la calle sin mirar porque tú ibas con ella, no era Rüya, sino yo.

Algunos sábados por la tarde, cuando os veía ir hacia la parada de taxis colectivos de Taksim acompañados por un tío vuestro que os hacía reír, yo imaginaba que era a mí a quien llevabas contigo a Beyoglu.

–¿Y cuánto tiempo duró ese juego? – le preguntó Galip encendiendo la radio del coche.

–No era un juego -respondió la mujer, y añadió mientras pasaba ante la calle sin frenar-. No entro en vuestra calle.

–Recuerdo esta música -dijo Galip mientras observaba la calle donde estaba su casa como si mirara una postal de una lejana ciudad-. Esto lo cantaba Trini López.

Ni en la calle ni en el edificio había el menor indicio de que Rüya hubiera vuelto a casa. Galip quiso hacer algo con las manos y giró el sintonizador de la radio. Una voz educada de hombre hablaba de las precauciones que debíamos tomar para proteger nuestros establos de los ratones de campo.

–¿No te has casado? – preguntó Galip cuando el coche penetraba en las calles traseras de Nisantasi.

–Soy viuda -contestó Belkis-. Mi marido murió.

–No te recuerdo de la escuela -dijo Galip con una crueldad sin motivo-. Me

viene a la memoria una cara parecida a la tuya. Era una muchacha judía muy agradable y vergonzosa, Meri Tavasi; su padre era el propietario de medias Vog. En año nuevo algunos muchachos, incluso algunos profesores, le pedían calendarios de Vog, en los que se veían chicas con medias, y ella los traía toda avergonzada.

–Los primeros años de mi matrimonio con Nihat fueron felices -le contó la mujer después de un silencio-. Era delgado y silencioso y fumaba mucho.

Los domingos hojeaba el periódico, escuchaba por la radio el partido de fútbol e intentaba tocar una flauta que había caído en sus manos. Bebía muy poco, pero la mayor parte de las veces tenía la cara tan triste como los borrachos más lastimosos. En cierta ocasión me habló muy avergonzado de sus dolores de cabeza. Resulta que llevaba años criando pacientemente un enorme tumor en un rincón de su cerebro. Ya conoces a ese tipo de niños cabezotas y silenciosos que esconden algo en el puño bien prieto y que por mucho que lo intentes no abren la mano para dártelo: como ellos, protegió con testarudez su tumor y, de la misma forma que esos niños sonríen un momento cuando por fin abren la mano y te dan la canica que guardaban, él me sonrió contento cuando entraba al quirófano, y allí se murió en silencio.

Entraron en un edificio que estaba no demasiado lejos de la casa de la Tía Hâle, en un rincón por el que Galip no pasaba demasiado pero cuya existencia conocía tan bien como su propia calle, un edificio que se parecía de forma sorprendente en el aspecto exterior y en la puerta al Sehrikalp.

–Sé que hasta cierto punto se vengó de mí con su muerte -continuó la mujer en el viejo ascensor-. Había comprendido que, de la misma forma que yo era una imitación de Rüya, él debería haber sido una imitación tuya. Porque algunas veces, cuando se me iba la mano con el coñac, no podía contenerme y le hablaba largo rato de Rüya y de ti.

Entraron en la casa después de un momento de silencio. Galip se sentó en medio de un mobiliario parecido al de su propia casa y le dijo inquieto y como disculpándose:

–Me acuerdo de Nihat de nuestra clase.

–¿Crees que se parecía a ti?

Galip extrajo a duras penas de las profundidades de su memoria un par de escenas: Galip y Nihat, con los «permisos paternos» que anunciaban que no participarían en aquellas clases en la mano, eran acusados de blandos por el profesor de gimnasia; Galip y Nihat bebían acercando los labios a los grifos de los retretes de estudiantes, que apestaban de veras, un cálido día de primavera: era gordo, era torpe, era pesado y lento y además no era demasiado brillante. Galip, a pesar de sus buenas intenciones, no pudo sentir la menor simpatía por aquel muchacho al que le habían comparado y de quien no se acordaba demasiado.

–Sí -dijo-. Nihat se parecía un poco a mí.

–No se parecía nada en absoluto -contestó Belkis. Por un momento sus ojos brillaron con la misma luz peligrosa que Galip había visto la primera vez que le llamó la atención-. Sé que no se te parecía lo más mínimo. Pero estábamos en la misma clase. Conseguí que me mirara de la misma forma en que tú mirabas a Rüya. En los descansos de mediodía, mientras Rüya y yo fumábamos con los otros muchachos en la mantequería Sütis, yo veía que desde la acera lanzaba miradas inquietas a aquella alegre multitud entre la que sabía que me encontraba yo. En las tristes tardes de otoño, cuando anochece tan pronto, cuando miraba los árboles desnudos iluminados por las pálidas luces de los edificios yo sabía que estaría pensando en mí mirando aquellos mismos árboles, como tú pensabas en Rüya.

Cuando se sentaron a desayunar la brillante luz del sol entraba por las cortinas abiertas iluminando la habitación.

–Sé lo difícil que es ser una misma -dijo Belkis entrando directamente en materia como aquellos que llevan mucho tiempo dándole vueltas a la misma historia-. Pero es algo que comprendí después de cumplir los treinta. Antes el problema me parecía que se trataba sólo del hecho de poder ser o no otra persona o de simples celos. A medianoche, cuando estaba tumbada boca arriba en la cama sin poder dormir y contemplando las sombras del techo,

quería de tal manera estar en el lugar de esa otra persona que creía que podría desprenderme de mi piel como quien se quita un guante, y que luego, sólo por la violencia de mi deseo, podría envolverme en la piel de esa otra y comenzar una nueva vida. A veces sufría tanto pensando en esa otra persona y en que no podía vivir mi vida como si fuera la suya, que se me saltaban las lágrimas sentada en la butaca de un cine o contemplando gente sumergida en sus propios mundos entre la multitud de un mercado.

La mujer pasaba distraída el cuchillo sin mantequilla sobre la superficie endurecida de las delgadas tostadas como si las estuviera untando.

–Y tampoco ahora, tantos años después, puedo entender por qué una quiere vivir la vida de otra persona y no la suya propia -continuó-. Incluso me resulta imposible expresar claramente por qué quería estar en el lugar de Rüya en vez de en el de ésta o de aquélla. Lo único que puedo asegurar es que durante largos años creí que se trataba de una enfermedad que había que mantener oculta. Me avergonzaban mi enfermedad, mi alma, que la había contraído, y mi cuerpo, que se veía obligado a sufrirla. Pensaba que mi vida era la imitación de la «vida original» que debía haber sido, y que era algo lastimoso y triste de lo que había que avergonzarse, como todas las copias. En aquel entonces era incapaz de otra cosa que de imitar en todo lo posible mi «original» para poder librarme de aquella infelicidad. En cierto momento se me ocurrió cambiar de escuela, de barrio o de entorno, pero también sabía que el alejarme de vosotros sólo me llevaría a pensar todavía más en vosotros. Los días lluviosos de otoño, a mediodía, cuando no me apetecía hacer nada, me sentaba durante horas en un sillón observando las gotas de lluvia golpear contra la ventana: pensaba en vosotros, Rüya y Galip. De acuerdo con los indicios que tenía, pensaba en lo que harían Rüya y Galip en ese momento hasta el punto de que un par de horas después llegaba a creer que la que estaba sentada en el sillón en aquella habitación oscura no era yo sino Rüya, y aquel pensamiento terrible me producía un extraordinario placer.

Como la mujer sonreía tranquilamente mientras de vez en cuando traía más té o tostadas de la cocina, como si contara una historia divertida sobre algún conocido, Galip escuchaba lo que le contaba sin sentir la menor

incomodidad.

–Esa enfermedad duró hasta que se murió mi marido. Quizá aún me dure pero ya no la vivo como una enfermedad. En los días de soledad y arrepentimiento que siguieron a su muerte, decidí que no había manera de que nadie pudiera ser él mismo. En aquellos días, entre profundos remordimientos que no eran sino una manifestación distinta de la misma enfermedad, ardía de deseos de vivir de nuevo todo lo que había vivido durante años con Nihat, de la misma forma, pero ahora siendo sólo yo misma. Y una medianoche, cuando comprendí que el remordimiento iba a destrozar lo que me quedaba de vida, se me pasó esta extraña idea por la cabeza: de la misma manera que en la primera mitad de mi vida no había podido ser yo misma porque quería ser otra, iba a pasarme la segunda mitad siendo otra porque lamentaba los años que no había podido ser yo misma.

Me resultó tan divertida esa idea, que el horror y la infelicidad que para mí eran mi pasado y mi presente, se convirtieron repentinamente en un destino que compartía con todos los demás y en el que no tenía excesivo interés en insistir. Había aprendido, para no volver a olvidarlo, como un saber definitivo, que nadie puede ser él mismo. Sabía que el viejo al que veía esperando en la larga cola del autobús sumergido en sus problemas mantenía vivos en su interior los fantasmas de algunas personas «reales» en cuyo lugar había querido estar muchos años antes. Sabía que aquella madre fuerte y saludable que una mañana de invierno había llevado a su hijo al parque para que le diera el sol era la víctima de la imagen de otra madre que llevaba a su hijo al parque. Sabía que los fantasmas de los originales en cuyo lugar querrían estar incomodaban noche y día a los tristes que salen absortos de los cines y a los infelices que rebullen inquietos en las calles atestadas y en los ruidosos cafés.

Fumaban un cigarrillo sentados a la mesa del desayuno. Mientras la mujer hablaba, Galip sintió que, según el calor iba en aumento en la habitación, una somnolencia irresistible envolvía lentamente todo su cuerpo como un sentimiento de culpabilidad del que uno sólo pudiera darse cuenta en sueños. Cuando le pidió permiso a Bellas para «echar una cabezadita» en un sofá que había junto al radiador, ella comenzó a contarle la historia del príncipe heredero, ya que consideraba que tenía «relación con todo esto».