El libro negro

Orhan Pamuk · Capítulo 22 de 37

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El libro negro

22. ¿Quién mató a Semsi Tebrizi?

memoria, apago la vela y me meto en la cama y me duermo entre objetos lejanos, ajenos y extraños.

22. ¿Quién mató a Semsi Tebrizi?

«¿Cuánto tiempo más voy a buscarte casa por casa puerta por puerta?

¿Cuánto tiempo, rincón por rincón, calle por calle?»

Diván de Semsi Tebrizi, MEVLANA

Aquella mañana, cuando Galip se despertó tranquilo tras un largo sueño, la lámpara de sesenta años de antigüedad que colgaba del techo estaba encendida despidiendo una luz como de papel amarillento. Vestido con el pijama de Celâl, Galip apagó todas las luces de la casa, recogió el Milliyet que habían deslizado por debajo de la puerta, se sentó en la mesa de trabajo y lo leyó: al encontrar en la columna de aquel día la misma errata que había visto el sábado por la tarde cuando fue al periódico (habían escrito «ser nosotros mismos» en lugar de «ser ustedes mismos»), su mano se alargó automáticamente hacia el cajón, encontró un bolígrafo verde y comenzó a corregir el artículo. Cuando terminó con él se le vino a la cabeza que Celâl también se sentaba en aquella mesa todas las mañanas con su pijama de rayas azules y fumaba un cigarrillo mientras hacía las pertinentes correcciones con ese mismo bolígrafo.

Sentía en su interior la convicción de que todo iba bien. Mientras desayunaba con el optimismo de un hombre que tras una buena noche de sueño se dispone a comenzar con confianza un día difícil, se sentía lleno de sí mismo, como si no tuviera la necesidad de ser otro.

Después de prepararse un café, colocó sobre la mesa algunas cajas llenas de artículos, cartas y recortes que había sacado del armario del pasillo. No tenía la menor duda de que si leía los papeles que tenía ante él con fe y dedicándoles toda su atención, acabaría por encontrar lo que buscaba.

Mientras leía los artículos de Celâl que trataban de la vida brutal de los niños abandonados que vivían en los pontones del puente de Gálata, de directores monstruosos y tartamudos de hospicios, de competiciones de vuelo entre genios creadores que se lanzaban alados al cielo desde la torre de Gálata como si se arrojaran al agua, de la historia de la pederastia y de los que se dedican a su comercio en nuestros días, Galip encontró dentro de sí la paciencia y la atención que requerían los artículos. Leyó con la misma buena intención y la misma confianza los recuerdos del aprendiz de mecánico de Besiktas que había sido el conductor del primer Ford modelo T que llegó a Estambul y las historias que explicaban por qué era necesario levantar una torre con un carillón en cada barrio de Estambul, el significado histórico de que en Egipto se prohibieran las escenas de encuentros entre las mujeres del harén y esclavos negros de Las mil y una noches, los beneficios de poder montarse en marcha en los viejos tranvías tirados por caballos y por qué los loros habían abandonado Estambul, cómo en su lugar habían llegado las cornejas y cómo a causa de aquello había comenzado a nevar en la ciudad.

Hojeándolos recordaba los días en que había leído aquellos artículos por primera vez, tomaba nota de vez en cuando en un trozo de papel, en ocasiones releía una frase, un párrafo o sólo ciertas palabras y cuando terminaba el artículo y lo devolvía a la caja sacaba otro nuevo con cariño.

El sol no se reflejaba en toda la habitación sino sólo en los laterales de las ventanas. Las cortinas estaban abiertas, en el edificio de enfrente goteaba agua del extremo de los carámbanos que colgaban del techo y de los canalones llenos de suciedad y nieve. Entre el triángulo de un tejado color teja y nieve sucia y el rectángulo de una alta chimenea que despedía humo de lignito entre sus dientes oscuros, se veía un cielo azul y brillante. Cuando Galip fijaba su mirada, cansada de leer, entre el triángulo y el rectángulo, veía cornejas que cortaban el azul con sus veloces vuelos, y al volver la

cabeza comprendía que Celâl, cuando se cansaba de escribir sus artículos, miraba al mismo sitio y contemplaba el vuelo de las mismas cornejas.

Mucho más tarde, cuando el sol ya se reflejaba en las oscuras ventanas de abiertas cortinas del edificio de enfrente el optimismo de Galip comenzó a disolverse. Quizá todo, los objetos, las palabras, los significados, seguía aún en su sitio, pero Galip notaba con amargura según leía que la realidad más profunda que los mantenía unidos iba desapareciendo. Leía lo que Celâl había escrito sobre Mahdis, falsos profetas y sultanes ilegítimos y los artículos que había dedicado a la relación entre Mevlâna y Semsi Tebrizi, al orfebre Selâhaddin, con quien «este gran poeta» había intimado después de la desaparición de Semsi Tebrizi, y a Celebi Hüsamettin, que había ocupado el lugar de ese último tras su muerte. Para huir de la desagradable sensación que se iba acumulando en su corazón leía lo que había escrito para las secciones de «Increíble pero cierto», pero las historias del poeta Figani, que había insultado en un dístico al gran visir del sultán Ibrahim y había sido condenado a ser paseado por todo Estambul atado a un asno o la del jeque Efláki, que se había casado con cada una de sus hermanas y les había causado involuntariamente la muerte, no le distraían. Leyendo las cartas que sacó de la otra caja se admiró, como cuando era niño, de la gran cantidad y diversidad de personas que se interesaban por Celâl, pero las cartas de los que le pedían dinero, de los que se acusaban unos a otros, de los que le explicaban lo putas que eran las mujeres de los columnistas con los que polemizaba, de los que denunciaban conjuras de sectas secretas o los sobornos que aceptaban los directores regionales de abastecimiento del monopolio de bebidas y tabaco y de los que proclamaban su amor o si odio no le sirvieron sino para alimentar la sensación de inseguridad que se iba acumulando en su alma.

Sabía que todo se debía al lento cambio de la imagen de Celâl que había tenido en la mente al sentarse a la mesa, por la mañana, cuando los muebles y los objetos eran aún prolongaciones de un mundo comprensible, Celâl era alguien cuyos artículos llevaba años leyendo y de quien, aunque sólo fuera de lejos, había aceptado y comprendido sus aspectos desconocidos, admitiendo que eran «aspectos desconocidos». Por la tarde, en las horas en que el ascensor comenzó a transportar sin descanso mujeres enfermas y

embarazadas a la consulta del ginecólogo del piso inferior, Galip comprendió que aquella imagen de Celâl que tenía en la mente se estaba transformando de manera extraña en una imagen más «incompleta» y notó que cambiaban tanto la mesa en la que estaba sentado, como los objetos que lo rodeaban, como la habitación al completo. Ahora las cosas eran señales peligrosas y hostiles de un mundo cuyos secretos ya no serían en absoluto fáciles de desvelar.

Como comprendió que esa transformación estaba relacionada muy de cerca con lo que Celâl había escrito sobre Mevlâna, Galip decidió investigar más sobre el tema. Poco después había sacado todas las columnas de Celâl sobre Mevlâna y comenzó a leerlas a toda velocidad.

Lo que atraía a Celâl del poeta místico más influyente de todos los tiempos no eran ni los poemas que había escrito en persa en Konya en el siglo XIII ni los estereotipados versos seleccionados de entre esas poesías para que sirvieran de ejemplo de las virtudes que se enseñaban en las clases de ética de la escuela secundaria. Tampoco atraían la atención de Celâl las ceremonias de los mevlevíes descalzos con sus faldas, a las que no podían renunciar las empresas turísticas ni los editores de postales, ni las «perlas escogidas» que adornaban la primera página de los libros de un montón de escritores mediocres. El entusiasmo de Celâl por Mevlâna, sobre quien se habían escrito decenas de miles de volúmenes de comentarios a lo largo de setecientos años, y por la orden que tanto se había extendido tras su muerte, se debía a que se trataba de un foco de interés que un columnista podía usar y del que podía aprovecharse. Lo que más interesaba a Celâl de Mevlâna eran las relaciones «sexuales y místicas» que había establecido con diversos hombres en determinadas épocas de su vida, su misterio y sus resultados, y el reflejo que tenían en sus relatos.

Mevlâna, que mientras había ocupado el puesto de jeque de Konya que había heredado de su padre había sido querido y admirado no sólo por sus discípulos sino por toda la ciudad, sucumbió a los cuarenta y cinco años a la influencia de un derviche errante que iba de ciudad en ciudad, llamado Semsi Tebrizi, y que no se parecía a él ni en sus conocimientos, ni en sus valores, ni en su forma de ver la vida. Según Celâl, era un comportamiento

absolutamente incomprensible. Y lo probaban las «explicaciones» que habían escrito sus comentaristas a lo largo de setecientos años para conseguir que aquella relación pasara por «comprensible». Después de que Semsi desapareciera o fuera asesinado, Mevlâna designó como su sucesor a un orfebre del todo inculto y desprovisto de cualquier cualidad a pesar de la indignación de sus discípulos. En opinión de Celâl aquella elección era otra señal que demostraba, no que Semsi Tebrizi poseyera un «poderoso influjo místico», como todo el mundo intentaba demostrar, sino la situación espiritual y sexual de Mevlâna. De hecho, el tercer sucesor que Mevlâna escogió como su «íntimo amigo» era tan poco especial y tan opaco como para no echar de menos al segundo.

Según Celâl, buscar pretextos, como se había venido haciendo durante setecientos años, para convertir en «comprensibles» aquellas tres relaciones aparentemente «incomprensibles», revestir a cada uno de los «sucesores»

de virtudes falsas que, en cualquier caso, nunca habrían podido adornarlos, e incluso, como algunos habían hecho, inventarse genealogías para demostrar que descendían de la estirpe de Mahoma o de Alí era ignorar una característica importantísima de Mevlâna. Celâl había hablado de aquella característica, que, según decía, también se reflejaba en la obra de Mevlâna, en un artículo dominical con ocasión del día en conmemoración del místico que se celebra cada año en Konya. Releyendo veintidós años después aquel artículo, que en su niñez había encontrado aburrido, como todo lo relacionado con la religión, y cuya publicación sólo recordaba gracias a la serie de sellos que salió ese año (los de quince piastras eran rosas, los de treinta azules y los de sesenta, difíciles de encontrar, verdes), Galip volvió a notar que los objetos a su alrededor se transformaban. Según Celâl, tal y como habían dejado bien sentado sus comentaristas en el lugar más importante de sus libros y como ya se había dicho miles de veces, era una realidad que Mevlâna había influido en el derviche errante Semsi Tebrizi desde el instante de su primer encuentro en Konya, y que, a su vez, sufrió su influencia. Pero no, como se creía, porque Mevlâna hubiera comprendido que aquel hombre era un sabio inmediatamente después de aquel famoso

«diálogo» que había comenzado con una pregunta que había planteado Semsi Tebrizi. La conversación que se desarrolló entre ambos se basaba en una vulgar «parábola de la modestia» de las que se pueden encontrar miles

de ejemplos incluso en los más simples libros de mística. Si Mevlâna hubiera sido un hombre tan sabio como se dice, no le habría impresionado una «parábola» tan corriente, como mucho sólo habría aparentado impresionarse. Y eso fue lo que hizo. Se comportó como si en Semsi hubiera encontrado una personalidad verdaderamente profunda, un espíritu impresionante. Porque, según Celâl, Mevlâna, de unos cuarenta y cinco años entonces, realmente necesitaba ese día lluvioso encontrarse con un

«alma» así, necesitaba a alguien en cuyo rostro ver su propia imagen. Y así, en cuanto se encontró con Semsi, creyó que era el que buscaba y, por supuesto, no le resultó en absoluto difícil convencer a Semsi de que verdaderamente poseía tan sublime personalidad. Inmediatamente después de aquel encuentro del 23 de octubre de 1244 se encerraron en una celda de una medersa y no salieron de ella en seis meses. En su artículo, Celâl trataba con cuidado la cuestión de qué habrían hecho y de qué habrían hablado durante seis meses en una celda de una medersa, una cuestión

«laica» de la que se habían ocupado muy poco los mevlevíes, para no irritar demasiado a sus lectores más píos, y pasaba al tema esencial.

A lo largo de toda su vida Mevlâna buscó un «otro» que le pusiera en movimiento, que le enardeciera, un espejo en el que se reflejaran su rostro y su alma. Por esa razón, lo que habían hecho y hablado en la celda, como ocurría con las obras de Mevlâna, eran el trabajo, las palabras y las voces de una sola persona revestida con la apariencia de varias o de varias disfrazadas de una sola. Porque para poder resistir la admiración de sus estúpidos discípulos (a los que no podía renunciar) y la atmósfera asfixiante de una ciudad de Anatolia en el siglo XIII, el poeta necesitaba otras identidades que mantener siempre a su lado y con las que pudiera refrescarse envolviéndose en ellas llegado el caso, de la misma manera que guardaba en su armario ropa con la que disfrazarse. Para explicar mejor ese deseo profundo, Celâl recurría a una imagen que había tomado prestada de otros escritos suyos: «Exactamente como las ropas de campesino que guarda en su armario el soberano de un país de imbéciles, harto de gobernar entre parásitos, malvados y pobres, para vestirlas de noche y poder relajarse un poco paseando por las calles».

Tal y como Galip esperaba, un mes después de aquella columna, que había

provocado amenazas de muerte por parte de los lectores más religiosos y cartas de felicitación de los laicos y republicanos, Celâl volvió a plantear la cuestión a pesar de que el director del periódico le había rogado que no lo hiciera.

En su nuevo artículo Celâl trataba en primer lugar de los hechos básicos conocidos por todos los mevlevíes: los esbirros de Mevlâna, envidiosos de que mostrara tanta amistad a aquel derviche venido de Dios sabe dónde, arrinconaron a Semsi y lo amenazaron de muerte. Después de aquello, un día nevoso de invierno, el 15 de febrero de 1246 (a Galip le gustaba mucho aquella pasión de Celâl por las fechas exactas, que le recordaba los libros del instituto, llenos de errores de imprenta), Semsi desapareció de Konya.

Mevlâna, incapaz de soportar la desaparición de su amado y de la segunda personalidad con la que poder disfrazarse, hizo volver a su «amor» (Celâl siempre usaba esa palabra entre comillas para aumentar las sospechas de los lectores) tras comprender por una carta que se hallaba en Damasco y lo casó de inmediato con una de sus hijas adoptivas. No obstante, el cerco de la envidia comenzó a estrecharse de nuevo alrededor de Semsi y, sin que pasara mucho, el 5 de diciembre de 1247, un jueves, un grupo numeroso de hombres, entre los que se encontraba Aladino, el hijo de Mevlâna, tendería una emboscada a Semsi, lo acuchillaría hasta matarlo y aquella misma noche, mientras caía una lluvia fría y sucia, arrojaría el cadáver a un pozo que había junto a la casa de Mevlâna.

En las líneas siguientes del artículo, que describían el pozo al que había sido arrojado el cuerpo de Semsi, Galip encontró ciertas cosas que no le resultaron en absoluto lejanas. Lo que Celâl había escrito sobre el pozo, el cadáver arrojado en él, la soledad y la tristeza del cuerpo, no sólo le resultó terrible y extraño, sino que también le dio la impresión de que había visto con sus propios ojos aquel pozo de hacía setecientos años al que habían arrojado el cadáver, que era capaz de distinguir las piedras y el yeso al estilo de Jurasán del brocal, después de leer varias veces el artículo, mientras ojeaba otros que había seleccionado instintivamente, descubrió que en la descripción del pozo Celâl había usado tal cual ciertas frases que había utilizado en una columna publicada por las mismas fechas y en la que hablaba del pozo de ventilación entre dos edificios, y que en ambos

artículos había conservado de manera muy lograda el mismo estilo.

Fascinado por aquel jueguecito, al que no habría dado la menor importancia si lo hubiera leído después de sumergirse en los artículos que Celâl había escrito sobre los hurufíes, Galip comenzó a leer desde aquel punto de vista los artículos que se apilaban sobre la mesa. Fue entonces cuando comprendió por qué los objetos que lo rodeaban iban transformándose según leía los artículos de Celâl, por qué desaparecían aquel profundo significado y el optimismo que lo mantenía unido todo, las mesas, las cortinas, las lámparas, los ceniceros, las sillas, las tijeras y las baratijas que había sobre el radiador.

Celâl hablaba de Mevlâna como si hablara de sí mismo y, usando unas mágicas interpolaciones entre las palabras y las frases que a primera vista apenas llamaban la atención, se colocaba en el lugar de Mevlâna. Galip se convenció de aquello cuando vio que Celâl usaba en los artículos

«históricos» sobre Mevlâna las mismas palabras y párrafos, y aún más el mismo estilo trenzado de amargura, que en ciertos artículos en los que hablaba de sí mismo. Lo que convertía en terrible aquel extraño juego era que lo corroboraran los cuadernos personales de Celâl, sus borradores de artículos sin publicar, sus charlas históricas, los ensayos que había escrito sobre el jeque Galip, sus interpretaciones de sueños, sus recuerdos de Estambul y muchos de los temas que había tratado en sus columnas.

Celâl había relatado cientos de veces en su sección de «Increíble pero cierto» las historias de reyes que se creían otros, de emperadores chinos que habían quemado sus palacios para poder serlo, de sultanes que se cambiaban de ropa por la noche para mezclarse con el pueblo hasta convertirlo en una manía enfermiza que los mantenía alejados durante días de palacio y de los asuntos del Estado. En un cuaderno en el que Celâl había dejado a medias unos cuentos cortos, muy parecidos a recuerdos, Galip leyó que Celâl, un día de verano vulgar y corriente, se había visto a sí mismo sucesivamente como Leibniz, como el famoso millonario Cevdet Bey, como Mahoma, como director de un periódico, como Anatole France, como un cocinero de éxito, como un imán famoso por sus prédicas, como Robinson Crusoe, como Balzac y como otros seis cuyos nombres había

tachado avergonzado. Observó unas caricaturas de la imagen de Mevlâna que aparecía en los sellos y en las láminas; encontró un dibujo bastante torpe de un sarcófago en el que se leía «Mevlâna Celâl». Y una columna no publicada comenzaba con la siguiente frase: «¡El Mesnevi, que se tiene por la obra maestra de Mevlâna, no es sino un plagio de principio a fin!».

Después de aquella frase indicaba, exagerándolas, las similitudes que señalaban los comentaristas académicos con un estilo que vacilaba entre el miedo a ser irrespetuosos y la preocupación por la verdad. Tal cuento del Mesnevi había sido tomado del Calila e Dimna, tal otro lo había plagiado del Manttküt Tayr de Attar, esta anécdota la había copiado del Ley-Hy Mecnun, la de más allá la había pirateado del Menakib-i Evliya. Dentro de la larga lista de fuentes cuyas historias habían sido plagiadas, Galip vio también el Kisas-i Enbiya, Las mil y una noches y a Ibn Zerhani. Al final de aquella lista Celâl había añadido lo que Mevlâna opinaba sobre el hecho de plagiar historias de otros. Galip, mientras oscurecía y se iba intensificando el pesimismo de su corazón, leyó aquellas opiniones pensando que no sólo se trataban de las de Mevlâna, sino, al mismo tiempo, de las de Celâl poniéndose en el lugar de Mevlâna.

En opinión de Celâl, Mevlâna, como todos aquellos que no pueden soportar demasiado tiempo ser ellos mismos y solo encuentran la paz cuando se revisten con la personalidad de otro, cuando comenzaba una historia sólo podía hacerlo utilizando lo que ya había sido contado por otros. De hecho contar una historia es una trampa que descubren todos los infelices a los que consume la pasión de ser alguien distinto para liberarse de sus tediosos cuerpos y espíritus. Quería contar una historia con el único objeto de poder contarla. El Mesnevi era una «composición» extraña e irregular que, como Las mil y una noches, comenzaba una historia sin terminar la anterior y que sin que acabara la segunda pasaba a una tercera, en la que las historias se dejaban atrás sin terminar como si fueran personalidades inagotables pero que pronto aburren. Hojeando los tomos del Mesnevi, Galip vio que los cuentos obscenos habían sido subrayados, que ciertas páginas habían sido inundadas por un airado bolígrafo verde de signos de interrogación, de interjecciones y de correcciones que casi llegaban a ser tachaduras. Después de leer rápidamente las historias que se contaban en aquellas páginas

manchadas de tinta y suciedad, comprendió que muchas de las historias que había leído en su niñez y en su juventud como si fueran artículos originales no eran sino préstamos del Mesnevi que Celâl había adaptado al Estambul de nuestra época.

Galip recordó las noches en las que Celâl había hablado durante horas sobre el arte del pastiche, afirmando que era el único arte auténtico. Mientras Rüya picoteaba los pasteles que habían comprado por el camino, Celâl decía que había escrito muchas de sus columnas, quizá todas, gracias a la ayuda de otros, añadía que lo importante no era «crear» algo nuevo sino, cambiando un rinconcito, un extremo de las maravillas que miles de inteligencias habían creado previamente a lo largo de miles de años, poder decir algo completamente nuevo y afirmaba que todas sus columnas las había copiado de otros. Lo que le crispaba los nervios a Galip, haciéndole perder su fe optimista sobre la realidad de los objetos de la habitación y de los papeles sobre la mesa, no era descubrir que las historias que durante años había supuesto que eran de tal, pertenecían en realidad a otros, sino ciertas posibilidades a las que apuntaba aquella realidad.

Se le vino a la mente que en algún otro lugar de Estambul podía haber otra casa y otra habitación decoradas de la misma forma que aquella casa y aquella habitación que imitaban su aspecto de hacía veinticinco años. Si en aquella habitación no estaban Celâl, sentado a la misma mesa y contando historias, y Rüya, escuchándolo alegre, habría un desgraciado sosia de Galip que estaría sentado a aquella mesa creyendo que podría encontrar el rastro de su desaparecida esposa a fuerza de leer la colección de viejos artículos. También se le vino a la mente que, de la misma forma que los símbolos que había sobre los objetos, los dibujos y las bolsas de plástico indicaban otras cosas que no eran ellos mismos y de la misma forma que cada artículo de Celâl llevaba a un significado distinto en cada lectura, cada vez que pensaba en su vida ésta adquiría un nuevo significado y que podría perderse entre aquellos significados que se seguían implacables como vagones de tren. Fuera había oscurecido y en la habitación se acumulaba esa palpable luz tenebrosa que recordaba al olor a moho y muerte de los subterráneos sin luz cubiertos de telas de araña. Galip comprendió que, para salir de la pesadilla de aquel otro mundo en el que había caído sin querer, de

aquel universo fantasmal, no le quedaba otro remedio que seguir leyendo con sus cansados ojos y encendió la lámpara de la mesa.

Así pues, regresó a lo que había dejado a medias, al pozo lleno de telarañas donde habían arrojado el cadáver de Semsi. La historia continuaba con que el poeta se encontraba fuera de sí por la pérdida de «su amigo, su amado».

No quería aceptar que Semsi había sido asesinado y que habían tirado su cuerpo al pozo, y no sólo eso, se enfurecía con los que pretendían mostrarle el pozo que tenía delante de sus propias narices y se inventaba todo tipo de excusas para buscar a «su amado» en otros lugares: ¿no habría ido Semsi a Damasco como había hecho la otra vez que desapareció?

Y Mevlâna fue a Damasco y comenzó a buscar a su amado por las calles de la ciudad. Fue a cada calle y a cada casa, miró en cada taberna, en cada rincón, debajo de cada piedra, preguntó uno por uno a los viejos amigos de su amado, a los conocidos comunes, comprobó uno por uno los lugares que tanto le gustaban, las mezquitas, los monasterios, todo. De tal manera, después de un tiempo, buscar se convirtió en algo más importante que encontrar. En ese punto de la columna el lector se encontraba en medio de los humos de opio, las aguas de rosas y los murciélagos de un universo místico y panteísta donde lo buscado y el buscador habían cambiado respectivamente de lugar, donde lo importante no era encontrar sino caminar hacia el objetivo, ni tampoco el amado desaparecido, que sólo era una excusa, sino el amor. El artículo demostraba brevemente que las diversas peripecias que le ocurrían al poeta en las calles de la gran ciudad correspondían a las etapas que el peregrino de la cofradía debe superar para alcanzar la realidad y llegar a la perfección: si las escenas de la estupefacción al comprender la huida del amado y de la búsqueda posterior correspondían a la etapa de la «negación de la evidencia», aquéllas en que aparecían los viejos amigos y enemigos del amado y en las que examinaba los rincones por los que había pasado y sus objetos personales, que rezumaban amargos recuerdos, se correspondían con diversas etapas de la

«penitencia». Si la escena del burdel era fundirse en el amor, el perderse en el cielo y el infierno de los escritos ornados por seudónimos, trampas literarias y juegos de palabras, cuyo mejor ejemplo eran las cartas cifradas que se habían descubierto en casa de Hallai Mansur después de su muerte,

significaba perderse en el valle del misterio, como ya había señalado Attar.

De la misma forma que los narradores que contaban «historias de amor»

por la noche en las tabernas estaban extraídos del Mantik-üt Tayr de Attar, el hecho de que el poeta, ebrio de cansancio a fuerza de caminar entre calles, tiendas y ventanas bullentes de misterio, comprendiera que lo que buscaba en el monte Kaf no era sino él mismo, era un ejemplo de

«aniquilación en lo absoluto» (la disolución de uno mismo en lo absoluto) tomado del mismo libro, etcétera.

La larga columna de Celâl estaba adornada con ostentosos versos de metro culto de otros místicos sobre la unidad del que busca y lo que se busca; había añadido además la traducción en prosa -Celâl odiaba las traducciones poéticas- del famoso verso de Mevlâna, cansado ya de buscar durante meses en Damasco: «Si yo soy él -había dicho el poeta uno de los días en que se perdió en el misterio de la ciudad-, ¿por qué sigo buscando?». En ese punto culminante Celâl finalizaba su crónica con una realidad literaria que todos los mevlevíes repiten con orgullo: después de superar aquella etapa, Mevlâna reunió los poemas compuestos en aquel tiempo dándoles el nombre de Diván de Semsi Tebrizi, sin utilizar el suyo propio.

Al igual que en su infancia, lo que más le interesó a Galip de aquel artículo fue la trama policíaca de la búsqueda y las investigaciones. Celâl llegaba a una conclusión que, de nuevo, había irritado a sus lectores más religiosos, cuyos corazones se había atraído con sus historias místicas, y divertido a los laicos y republicanos: «Por supuesto, quien ordenó asesinar a Semsi y que arrojaran su cuerpo al pozo ¡fue el mismo Mevlâna!». Celâl defendía su tesis con un método que utilizaban a menudo la policía y la fiscalía y que él había conocido de cerca en los años cincuenta cuando trabajaba como reportero judicial en Beyoglu. Después de recordar, con el estilo de un fiscal de provincias acostumbrado a acusar, que la persona que más se había beneficiado de la muerte de su amado era el propio Mevlâna, que así había dejado de ser un maestro cualquiera para convertirse en el mayor poeta místico, señalaba que, por lo tanto, debía haber sido él quien más deseara aquel asesinato. Había cruzado el estrecho puente legal, tan propio de las novelas cristianas, entre el deseo de cometer el asesinato y el ordenar que se cometiera y luego había demostrado una serie de síntomas de sentimiento

de culpabilidad y efectuado unos números típicos del asesino novato como eran el no creer en la muerte de la víctima, volverse loco, no querer mirar el pozo y otras rarezas. Pero inmediatamente después exponía la cuestión que hundía a Galip en una profunda desesperación: ¿qué podían indicar entonces sus investigaciones durante meses por las calles de Damasco después del asesinato, que registrara una y otra vez toda la ciudad de arriba abajo?

Celâl le había dedicado a aquella columna mucho más tiempo del que parecía, como Galip descubrió por ciertas notas de sus cuadernos y por un mapa de Damasco que encontró guardado en una caja de viejas entradas de fútbol (Turquía: 3, Hungría: 1) y de cine ( La mujer del cuadro, El regreso).

En el mapa había marcado con un bolígrafo verde las investigaciones que Mevlâna había realizado en Damasco. Ya que no buscaba a Semsi puesto que sabía perfectamente que había sido asesinado, Mevlâna debía estar haciendo otra cosa en la ciudad, pero ¿qué? Había marcado cada rincón por el que había pasado el poeta y había escrito en la parte de atrás del mapa los nombres de los barrios, las posadas, los caravasares y las tabernas en que había puesto el pie. Celâl había intentado extraer un significado de las letras y las sílabas de los nombres de aquella larga lista, dispuestos unos debajo de otros, había buscado una simetría oculta.

Mucho después de que oscureciera, Galip encontró en una caja en la que Celâl había guardado todo tipo de baratijas de la época en que publicó una columna sobre los cuentos policíacos de Las mil y una noches («Ali el despierto», «El ladrón inteligente», etcétera) un mapa de El Cairo y la Guía de la Ciudad publicada por el ayuntamiento de Estambul en 1934-1935, y como esperaba, había marcado los cuentos de Las mil y una noches en el mapa de El Cairo con flechas dibujadas con un bolígrafo verde. En los mapas de algunas páginas de la Guía de la Ciudad vio también flechas dibujadas, aunque no fuera con el mismo bolígrafo, sí con el mismo verde.

Mientras seguía las flechas verdes en los confusos mapas le pareció ver el de sus propias caminatas por la ciudad desde hacía una semana. Para convencerse de que no era más que un espejismo se recordó que la flecha verde pasaba por edificios de oficinas en los que no había puesto el pie, por mezquitas en las que no había entrado y por cuestas por las que no había

subido y, no obstante, sí había pasado por edificios próximos, había ido a mezquitas cercanas y había subido por cuestas que llevaban a la misma colina. ¡Así pues, todo Estambul, se viera como se viese en los mapas, hervía de viajeros que habían emprendido el mismo viaje!

Colocó los mapas de Damasco, El Cairo y Estambul uno al lado del otro, tal y como había previsto Celâl en una crónica que había escrito hacía años inspirándose en Edgar Allan Poe. Para poder hacerlo necesitó arrancar las páginas encuadernadas de la Guía de la Ciudad del ayuntamiento con una hoja de afeitar que tomó del baño y que Celâl había pasado por su barba, como probaban los pelos que había en ella. Después de colocar lado a lado los mapas, en un primer momento no supo qué hacer con aquellos fragmentos de dibujos y signos cuyos tamaños, además, no coincidían.

Después, como hacía con Rüya en su infancia cuando querían copiar algo de una revista, los apretó uno sobre otro contra el cristal de la puerta de la sala de estar y los contempló a la luz de una lámpara que los enfocaba por detrás. Luego los extendió para laminarlos sobre la misma mesa en que la madre de Celâl había extendido en tiempos sus patrones e intentó verlos como piezas de un rompecabezas que tuviera que completar. Lo unico que pudo ver en los mapas, colocados unos sobre otros, fue la arrugada y totalmente casual cara envejecida de un anciano.

Miró durante tanto rato aquella cara, que le invadió la sensación de que la conocía desde hacía mucho. La sensación de reconocimiento y el silencio de la noche tranquilizaron a Galip. Aquella tranquilidad era un sentimiento que proporcionaba confianza y que parecía haber sido vivido ya, haber sido planeado, y haber sido previsto por otro. Galip pensó sinceramente que Celâl lo estaba guiando. Tenía un buen montón de columnas en las que hablaba del significado de los rostros, pero a Galip sólo se le venían a la mente ciertas frases relativas a la «paz interior» que había sentido Celâl al observar las caras de las artistas extranjeras. Y así fue como decidió sacar de la caja los artículos sobre cine que Celâl había escrito en su juventud.

En sus viejos escritos sobre cine, Celâl hablaba de los rostros de ciertas estrellas norteamericanas con amargura y nostalgia, como si lo hiciera de estatuas marmóreas y transparentes, de la superficie sedosa de la cara oculta

de un planeta o de leyendas de países lejanos, tan ligeras que parecían sueños. Mientras leía aquellas líneas Galip percibió que el gusto común que le unía a Celâl era, más que su interés por Rüya o por las historias, la armonía de aquella nostalgia que recordaba a una agradable música que apenas se oye: le gustaba lo que encontraba con Celâl en los mapas, en las caras, en las palabras, y al mismo tiempo lo temía. Quiso sumergirse aún más en los artículos sobre cine para encontrar esa música pero no se atrevió, dudaba: Celâl no hablaba en absoluto de la misma manera sobre las caras de los actores turcos más famosos; las caras de los actores turcos le recordaban a Celâl partes de guerra de medio siglo atrás cuyo significado se hubiera perdido y olvidado junto con el código con el que estaban cifrados.

Ahora sabía perfectamente por qué había desaparecido el optimismo que había envuelto todo su cuerpo mientras desayunaba aquella mañana y se instalaba en la mesa de trabajo y tras ocho horas de lectura, la imagen de Celâl que tenía en mente había cambiado por completo y, por lo tanto, era como si él mismo se hubiera convertido en otro. Mientras había creído en el mundo con el optimismo de aquella mañana, mientras había creído inocentemente que trabajando con paciencia podría descubrir el secreto fundamental que el mundo le ocultaba, no había sentido en absoluto el deseo de ser otro. Pero ahora, cuando los secretos del mundo se alejaban de él y el mobiliario y los textos de aquella habitación, que había creído conocer, se convertían en elementos de un mundo desconocido e incomprensible y en mapas de rostros cuyas identidades era incapaz de determinar, Galip quería liberarse de aquella persona que veía el mundo desde un punto de vista tan angustioso y desesperado y convertirse en otro.

Cuando comenzó a leer unas columnas en las que Celâl hablaba de ciertos recuerdos para seguir la última pista que pudiera explicar la relación de su primo con Mevlâna y los mevlevíes, en la ciudad había llegado la hora de la cena y las luces azules de los televisores comenzaban a reflejarse en la calle Tesvikiye a través de las ventanas.

Si Celâl había sentido interés por los mevlevíes no había sido sólo porque sabía que sus lectores se sumergirían en la cuestión por un incomprensible sentimiento de afinidad con el tema, sino también porque su padrastro había sido mevleví. Aquel hombre, con el que la madre de Celâl se había casado

después de verse obligada a divorciarse del Tío Melih, que no acertaba a regresar de Europa y el norte de África, porque la costura no bastaba para mantenerlos a ella y a su hijo, acudía con frecuencia a un monasterio mevleví situado en las calles laterales de Yavuz Sultán, cerca de una cisterna de los Clempos de Bizancio; Galip lo comprendió por el personaje de «un abogado gangoso y jorobado» que iba a una ceremonia Secreta que Celâl describía con irritación laica y humor volteriano. Mientras leía que durante el tiempo que había vivido bajo el mismo techo con su padrastro Celâl había trabajado de acomodador de cine, que había repartido y recibido golpes en las peleas que surgían en las oscuras y atestadas salas, que había vendido gaseosas en los descansos, que para incrementar la venta de gaseosas había llegado a un acuerdo con el vendedor de bollos y les añadían sal y pimienta, Galip se puso en el lugar del acomodador, de los belicosos espectadores, del vendedor de bollos y por fin, como buen lector que era, en el de Celâl.

Y así, durante un breve instante, Galip consideró una premonición de su situación actual una frase, pensada mucho tiempo atrás, que le llamó la atención en un artículo en el que Celâl narraba sus recuerdos del tiempo que había pasado en el establecimiento de un encuadernador, que olía a cola y a papel, después de dejar su trabajo en el cine de Sehzadebasi. Era una de esas frases corrientes que utilizan todos los escritores que en sus memorias se inventan un pasado triste del que enorgullecerse: «Leía todo lo que me caía en las manos», había escrito Celâl y Galip, que estaba leyendo todo lo que le caía en las manos sobre Celâl, comprendió que su primo no hablaba en realidad del tiempo que había pasado con el encuadernador, sino de él.

Hasta que salió a la calle a medianoche, cada vez que aquella frase se le vino a la memoria Galip la consideró como una prueba de que Celâl sabía lo que estaba haciendo en ese preciso momento. Igualmente consideró sus esfuerzos de aquella semana no como una investigación en la que había seguido las huellas de Celâl y Rüya, sino como parte de un juego que Celâl (y quizá también Rüya) habían organizado para él. Como aquella idea se adecuaba al deseo de Celâl de manejar a la gente, aunque fuera de lejos y en silencio, a través de las pequeñas trampas y vagas alusiones de sus artículos, Galip pensó que las investigaciones que estaba llevando a cabo en

aquel museo viviente eran un indicio de la libre voluntad de Celâl y no de la suya.

Quiso salir de la casa de inmediato y no sólo porque ya no soportaba aquella asfixiante sensación y el dolor de ojos provocado por la lectura, sino también porque no encontró en la cocina nada que comer. Acababa de sacar del armario que había junto a la puerta el abrigo azul marino de Celâl cuando temió que si el portero Ismail y su mujer Kamer todavía no se habían dormido y con sus ojos adormecidos lo veían salir por la puerta principal, podrían pensar que tanto las piernas como el abrigo pertenecían a Celâl. Bajó la escalera sin encender las luces y vio que no se filtraba la menor luz por la baja ventana del piso del portero, que daba a la puerta de la calle. Sintió un escalofrío en el momento en el que ponía el pie en la acera: pensó que de la oscuridad de algún rincón saldría el hombre del teléfono, en el que llevaba tiempo tratando de no pensar, y que se le acercaría. Imaginó también que aquel hombre, que presentía que no le resultaría en absoluto desconocido, llevaría en la mano, no el informe que demostraba que se preparaba un nuevo golpe militar, sino algo que podría ser mucho más terrible y mortal, pero no había nadie en la calle. Mientras caminaba, fantaseó con la idea de que la voz del teléfono lo seguía. No, no se estaba poniendo en el lugar de nadie que no fuera él mismo. «Lo veo todo tal cual es», pensó al pasar ante la comisaría. Los policías que montaban guardia en la puerta, armados con metralletas, lo observaron entre adormilados y suspicaces. Galip caminó mirando hacia delante para no leer las letras de los carteles que veía en las paredes, las de los chipiantes anuncios de neón y las de las pintadas políticas. Todos los restaurantes y puestos de bocadillos de Nisantasi estaban cerrados.

Mucho más tarde, después de andar largo rato por las aceras sobre las que chorreaba el agua de la nieve que todavía se fundía en los canalones produciendo tristes sonidos y bajo las ramas de los castaños, los cipreses y los plátanos mientras escuchaba el eco de sus propios pasos y el alboroto procedente de los cafés de barrio, y después de llenarse el estómago hasta no poder más con pollo, sopa y dulce de pan en un restaurante de Karakóy, compró fruta en una verdulería y pan y queso en un puesto de bocadillos y regresó al edificio Sehrikalp.