El monje de Moka

Dave Eggers · Capítulo 32 de 48

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El monje de Moka

29 Montañas en llamas

29

MONTAÑAS EN LLAMAS

 

A las tres de la madrugada del 26 de marzo Mokhtar se despertó sobresaltado. El edificio temblaba. Estaba en la planta de Rayyan; había trabajado hasta tarde y había decidido quedarse a dormir en la oficina de Andrew. El temblor lo empujó a subir al tejado, donde vio la montaña de Faj Attan en llamas. El fuego antiaéreo de los hutíes rayaba el cielo. Los incendios humeaban por toda la ciudad. Era el fin del mundo.

Mokhtar entró en internet y confirmó que habían sido los saudíes. Aviones F-15 bombardean las posiciones hutíes en Saná. Cada pocos minutos se sucedía un nuevo ataque. El techo se sacudía y llovía polvo.

Mokhtar telefoneó a su madre. «Estoy bien», le dijo. Ella le suplicó que abandonara la capital y se refugiara en Ibb, en casa de Hamood. Mokhtar lo meditó. Sin duda Ibb era un lugar más seguro: no era probable que los saudíes lo bombardearan. Pero ir a cualquier parte en pleno bombardeo no parecía sensato. Mokhtar se encontraba en un barrio residencial de alta densidad de población, y por las noticias que le llegaban se diría que los saudíes solo perseguían arsenales y posiciones militares hutíes. No bombardearían un barrio civil.

Le dijo a su madre que no se preocupara y colgó. Intentó dormir. Contó los ataques aéreos. Cincuenta, sesenta. Perdió la cuenta a los ochenta.

 

A las cinco de la madrugada oyó la llamada a la oración. Luego, otra. Diversas llamadas resonaban por toda la ciudad. Bajó a la calle, decidido a pasar la última hora de oscuridad en la mezquita. Por el camino, entre las siluetas negras de los edificios, vio las luminosas franjas blancas del fuego antiaéreo.

Dentro de la mezquita se habían reunido algunas docenas de hombres mientras continuaba el bombardeo. La alfombra estaba cubierta del yeso gris del techo. El imán pronunció una larga súplica y los fieles oraron como si vivieran sus últimos minutos. No podía haber tantos objetivos militares en Saná, pensó Mokhtar. Por fuerza tenían que estar atacando a los civiles y, por tanto, estaban en guerra. Cuando el imán rogó a Dios el perdón de los pecados de los presentes, los hombres lloraban a su alrededor y Mokhtar supo que podía morir allí mismo, que en cualquier momento una bomba podía atravesar el tejado.

¿Había tenido una buena vida?, se preguntó Mokhtar. No estaba seguro. Era una vida incompleta. Debería haber comenzado todo el asunto del café mucho antes, pensó. Si hubiera comenzado un año antes, al menos habría hecho algo, habría terminado algo antes de que llovieran las bombas. Ahora moriría en una mezquita. Quizá a la familia le sirviera de consuelo. Cayó otra bomba, esta vez más cerca.

Los hombres a su alrededor dejaron de llorar. Se habían sometido a su destino. Mokhtar también. Como nada dependía de él, perdió el miedo y la preocupación. Notó cómo se quitaba un peso de encima. Moriría, no moriría. No tenía nada que ver con él. Podía salir huyendo de la mezquita y morir. Podía permanecer en la mezquita y morir. Podía ir a casa de Kenza y Mohamed y morir con su familia. Podía ir a Rayyan y morir con su café.

O tal vez no muriera. Mokhtar y el resto de los fieles se quedaron una hora más, hasta que por fin los silencios entre bombas se alargaron y devinieron un todo. Al alba había terminado todo. Cuando Mokhtar y los demás hombres salieron de la mezquita, había empezado a salir el sol y una inquietante luz rosa bañaba la ciudad, el aire brillaba cargado de polvo.

Mokhtar, con una paz nueva y total, caminó desde la mezquita hasta la planta de procesado, seguro de que nada volvería a asustarlo nunca más. Era como si ya hubiera muerto.

 

Esa misma mañana, más adelante, regresó a la agencia de viajes. Pidió dos billetes de avión para salir de Saná. Tenía que ir con Andrew a la conferencia de la SCAA. «Pero ¿qué dices? —exclamó la agente—. Si no tenemos aeropuerto». Los saudíes habían destrozado las pistas y amenazado con derribar cualquier avión que despegara de Saná.

Mokhtar se dirigió a la planta. Mascó qat con Andrew.

—Durante la Primavera Árabe también lo cerraron —dijo Andrew—. Volverán a abrirlo.

Mokhtar consultó la página web del Departamento de Estado, pensando que encontraría información sobre una evacuación organizada de ciudadanos estadounidenses. No encontró nada parecido. El Departamento de Estado sugería a diario a los estadounidenses de origen yemení que debían salir del país por cualquier medio disponible.

Existían precedentes recientes del Departamento de Estado ayudando a evacuar a sus ciudadanos de un país extranjero en guerra. En 2006, el Pentágono y el Departamento de Estado habían ayudado a quince mil estadounidenses a salir de Líbano durante la guerra entre Israel y Hizbulá.

Pero esta vez era diferente. Dada la presencia de Al Qaeda de la Península Arábiga y Estado Islámico, Estados Unidos había decidido que no podía arriesgarse a una evacuación masiva. No disponían de embajada ni personal sobre el terreno, por tanto carecían de medios fiables para filtrar a todos los posibles pasajeros de un avión o un barco. Consideraban un riesgo excesivo la posibilidad de dar entrada involuntariamente en Estados Unidos a algún terrorista. Decidieron dejar vendidos a su suerte a los ciudadanos estadounidenses de Yemen.

Un comunicado oficial del Departamento de Estados anunció: «En este momento no existen planes para una evacuación de ciudadanos estadounidenses coordinada por el gobierno. Animamos a todos los ciudadanos estadounidenses a que se pongan a salvo en un lugar seguro hasta que puedan marcharse sin correr riesgos. Aquellos que deseen salir del país, deberán hacerlo mediante opciones de transporte comercial cuando estas vuelvan a estar disponibles».

Lo que condujo a la creación de una página web, StuckInYemen.com [AtrapadoEnYemen.com], que documentaba la difícil situación de aquellos que seguían en Yemen. Recibía financiación de los grupos de defensa de los musulmanes estadounidenses como Council on American-Islamic Relations y el Asian Law Caucus. La página creció hasta dar cabida a setecientos estadounidenses que confiaban en que su gobierno les facilitaría una manera de salir de Yemen.

Presionado por los grupos de derechos civiles araboamericanos, otro portavoz del Departamento de Estado, Jeff Rathke, explicó que los estadounidenses que todavía permanecían en Yemen debían apechugar con las consecuencias de sus decisiones. Daba a entender que la culpa era suya por haber hecho oídos sordos a los sucesivos avisos del gobierno estadounidense. «Durante más de quince años el Departamento de Estado ha aconsejado a los ciudadanos estadounidenses que eviten viajar a Yemen y hemos recomendado a aquellos que ya estaban en el país que se marcharan», dijo.

En otra conferencia de prensa del Departamento de Estado, otra portavoz, Marie Harf, aludió vagamente a las «oportunidades» de escapar de los estadounidenses.

Un periodista le pidió que concretara.

—¿Qué oportunidades? —preguntó—. ¿Escapar a nado?

 

Mokhtar necesitaba salir inmediatamente. Tenía que asistir a la conferencia de la SCAA en Seattle y tenía que escapar de la escalada de violencia (por ese orden). Acudía a diario a la agencia de viajes por si despegaba algún avión. Pero el aeropuerto seguía destrozado. No había esperanzas de que volviera a reabrirse pronto.

Los bombardeos continuaron, concentrados sobre todo por la noche. Los saudíes llamaban a la campaña Operación Tormenta Decisiva y aseguraban contar con la participación de otros nueve países, casi todos de población mayoritariamente suní. Jordania, Marruecos, Sudán, Kuwait y Baréin habían contribuido con quince cazas cada uno. Los Emiratos Árabes Unidos, con treinta. Senegal, Qatar y Egipto también formaban parte de la coalición. Pero el peso lo llevaba Arabia Saudí, con cien cazas y ciento cincuenta mil soldados movilizados.

El alcance del bombardeo se expandió. Primero abarcó la base aérea militar a las afueras de Saná y depósitos de municiones. Luego las principales carreteras que conectaban la capital con Taiz y Adén. Llegado el sábado, 28 de marzo, habían fallecido un mínimo de treinta y cuatro civiles en los ataques.

 

Al quinto día, el bombardeo se había normalizado de un modo extraño, al menos en el centro de Saná. Mokhtar fue a casa de Andrew. Tal vez Andrew tuviera opciones, pensó, tal vez tuviera respuestas. Seguro que tenía qat.

Mokhtar se subió a un taxi y pidió que lo llevaran a El Bonia. Cuando se acercaban a casa de Andrew, el motor empezó a echar humo.

—Se ha recalentado —dijo el taxista, y se pararon.

Mokhtar bajó y vio una tienda que vendía collares de flores, la versión yemení del lei hawaiano. Mokhtar se rio en silencio, pensando que compraría uno para Andrew y otro para Ali. Una especie de regalo por haber sobrevivido al bombardeo. Compró dos collares y volvió al taxi al tiempo que el chófer cerraba el capó.

Andrew y Ali se rieron al recibir los collares. Andrew se puso el suyo y los tres hombres se sentaron en su piso y se llenaron los carrillos de qat. Mokhtar abrió el portátil en busca de noticias. Nada prometedor. Visitó la página del Departamento de Estado por si ofrecían alguna opción. Ninguna. Pasó la tarde.

A la hora de cenar Ali se ofreció a llevarlo a casa en coche. La ciudad estaba tranquila. Conscientes de que en cuanto anocheciera el bombardeo podría reiniciarse en cualquier momento, los habitantes de Saná se habían acostumbrado a elegir destino antes de que oscureciera. Nadie quería estar en la calle de noche.

El cielo oscureció mientras Mokhtar y Ali todavía estaban cruzando la ciudad. Y Ali propuso desviarse a la planta de procesado. Necesitaba pasar por allí y, además, quedaba de camino a casa de Mokhtar. ¿Le importaba?

Mokhtar no tenía elección. Todos los taxis se habían retirado al caer la noche. Se digirieron a la planta. Durante el trayecto comenzó el bombardeo. Era la primera noche que las bombas lo pillaban en movimiento y la sensación era nueva. El suelo retumbaba debajo del vehículo. Se oía el débil susurro de lejanos objetivos reducidos a cenizas.

Cuando llegaron a la planta, contemplaron la guerra desde la ventana. El fuego antiaéreo iluminaba el cielo. Mokhtar conectó la cámara del móvil y filmó las estelas elevándose por detrás del monte Faj Attan. Los saudíes habían bombardeado un depósito de municiones. Una nube naranja de fuegos creció hasta casi los cien metros. Se veían explosiones dentro de la explosión. No distaban más de cuatrocientos metros.

«Hora de dejar Saná», pensó Mokhtar.

Pero no era el momento de dejar la planta de procesado, al menos esa noche. Vista la proximidad del último ataque, Mokhtar no sabía lo que podría ocurrir. Los saudíes ya habían bombardeado casas, mercados, hospitales, pero siempre siguiendo un plan evidente. Ahora parecía plausible que comenzaran a atacar edificios industriales. Podía desencadenarse el caos, el pillaje. Mokhtar pensó en las cinco toneladas de café que había almacenadas en la planta. Si las robaban, acabarían con todo el trabajo de los últimos dieciocho meses.

—¿Sabes qué? —le dijo a Ali—. Me quedo aquí a dormir.

Ali no quería dejarlo solo. «Te llevo a casa», insistió. No tenía sentido permanecer tan cerca de la última explosión, argumentó.

Mokhtar le pidió que se marchara, él se quedaría a vigilar la planta.

Ali se marchó y Mokhtar se acomodó en la oficina. Juntó los cojines del sofá y se improvisó una cama. Las bombas sacudían la ciudad cada diez minutos, pero Mokhtar se acostumbró. Justo antes de medianoche empezó a vencerle el sueño.

El teléfono emitió un pitido. «No lo mires —se dijo—. Intenta dormir».

Lo miró.

Era un mensaje de Summer Nasser. Mokhtar la conocía por las redes sociales; era una yemenoamericana de Nueva York. También había quedado atrapada en Yemen mientras visitaba a la familia en Adén. Se había enterado de que por la mañana, a las nueve y media, zarparía de Adén un barco griego. Ella pensaba embarcar.

«Te he reservado plaza», le dijo a Mokhtar.