El monje de Moka
2 Portero del infinity
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PORTERO DEL INFINITY
Mokhtar se hizo portero. No. Embajador de Vestíbulo. Era el término que preferían en el Infinity. Significaba que Mokhtar era portero. Mokhtar Alkhanshali, primogénito de Faisal y Bushra Alkhanshali, hermano mayor de Wallead, Sabah, Khaled, Afrah, Fowaz y Mohamed, nieto de Hamood al Khanshali Zafaran al Eshmali, león de Ibb, descendiente de la tribu Al Shanan, principal rama de la confederación tribal Bakil, era portero.
El Infinity era un grupo de cuatro edificios residenciales, cada uno con vistas a la bahía de San Francisco, a la ciudad bañada de sol y las colinas de la East Bay. En los bloques del Infinity vivían médicos, millonarios de las nuevas tecnologías, atletas profesionales y jubilados pudientes. Todos iban y venían por el relumbrante vestíbulo del Infinity y Mokhtar les abría las puertas para que pasaran sin tener que esforzarse.
Ya no contaba con la opción del City College. Después de perder la cartera, Mokhtar tuvo que conseguir trabajo a jornada completa. Omar Ghazali, amigo de la familia, le había prestado los tres mil dólares para realizar la donación a Islamic Relief. Pero Mokhtar tenía que devolverle el dinero y, entre eso y los mil cien que debía a Wallead, la universidad tendría que esperar indefinidamente.
Wallead le ayudó a conseguir el puesto de portero; era el mismo que había ocupado él unos años atrás. Entonces Wallead había ganado veintidós dólares a la hora y ahora Mokhtar, su hermano mayor, ganaba dieciocho. Cuando Wallead era portero, los trabajadores estaban sindicados, pero el sindicato se había desmantelado y ahora dirigía el edificio una peruana atildada llamada María, que repiqueteaba por los suelos relucientes subida a tacones de aguja. A María le había gustado el pulcro aspecto de Mokhtar y le había ofrecido el empleo. Mokhtar no podía quejarse, ganaba dieciocho dólares a la hora cuando el sueldo mínimo en California era de ocho con veinticinco.
Pero no estaba estudiando, ya no tenía una ruta definida hacia la universidad. Pasaba los días en el vestíbulo de la Torre B del Infinity, abriendo puertas a los residentes y los diversos miembros del sector servicios que alimentaban y masajeaban a los residentes, la gente que paseaba a los perrillos minúsculos, que limpiaba los pisos e instalaba los candelabros nuevos. Mokhtar siempre se llevaba un libro —estaba intentándolo de nuevo con Das Kapital—, pero leer resultaba casi imposible para un Embajador de Vestíbulo. Las interrupciones eran constantes, el ruido, enervante. El vestíbulo quedaba a pie de calle y el vecindario estaba en proceso de cambio, levantaban un edificio nuevo cada mes, estaban transformando South of Market en una especie de mini-Manhattan. El estruendo de la construcción era arrítmico y le desquiciaba los nervios.
El ruido era una cosa, pero el principal impedimento a la lectura, o al pensar, lo representaba la puerta misma. El vestíbulo era una caja de cristal, un hexágono transparente, y el Embajador de Vestíbulo debía mantenerse alerta ante cualquier humano que se acercara desde cualquier ángulo y atento a las puertas dobles que daban a la calle. La mayoría de los que se acercaban eran conocidos —residentes, trabajadores de mantenimiento del Infinity, repartidores—, pero también recibían visitantes esporádicos. Invitados, entrenadores, agentes inmobiliarios, terapeutas, operarios de mantenimiento. Mokhtar tenía que estar presto a saltar sobre cualquiera que se aproximara a la puerta.
Si era un repartidor, Mokhtar podía levantarse, sonreír y abrir la puerta sin prisas. Pero si era un residente, Mokhtar disponía de un par de segundos para saltar de la silla de detrás de la recepción, correr a la puerta (sin aparentar que corría desesperadamente), abrirla, sonreír y ceder el paso. Si la mano del vecino tocaba la puerta antes que la suya, malo. Mokhtar tenía que llegar el primero, mantener la puerta abierta, lucir una sonrisa amplia, tener una pregunta preparada y plantearla con alegría y sin malicia: «¿Cómo ha ido el footing, señorita Agarwal?».
Todo esto era nuevo. Era cosa de María. Cuando estaban sindicados y Wallead era Embajador de Vestíbulo, el trabajo se definía como «sedente», con lo que quería decirse que el Embajador de Vestíbulo no tenía que levantarse cada vez que alguien entraba o salía. Pero la llegada de María lo había cambiado. Ahora el trabajo exigía una vigilancia constante, la habilidad de levantarse de un brinco y cruzar el vestíbulo con elegancia y celeridad.
No importaba que cualquiera pudiera abrir fácilmente la puerta por sí mismo. Esa no era la cuestión. La cuestión era el toque personal. Tener un hombre sonriente con un pulcro traje azul abriendo la puerta indicaba tanto lujo como consideración. Les decía a los residentes que aquel era un edificio de cierta distinción, que ese individuo arreglado y atento del vestíbulo no solo recogía sus paquetes y garantizaba que los invitados fueran bien recibidos y las visitas inesperadas aprobadas o vetadas, sino que además se tomaba la molestia de abrirles la puerta, de decirles «Buenos días», «Buenas tardes», «Buenas noches», «Parece que va a llover», «No coja frío», «Disfrute del partido», «Disfrute del concierto», «Que tenga un buen paseo». Ese hombre encantador saludaría a su perro, saludaría a sus nietos, saludaría a su nueva novia, saludaría al arpista que habían contratado para que amenizara la cena.
Esto último era verdad. Era una persona de verdad. Había un arpista de verdad, que dirigía una compañía llamada I Left My Harp in San Francisco. Mokhtar llegó a conocerlo bien. Por unos cientos de dólares acudía con el arpa y tocaba mientras la gente comía, mientras los demás bebían. Una pareja que vivía en una de las plantas superiores lo contrataba una vez al mes. Era simpático. Como lo era el que reparaba las arañas: era búlgaro y solía pararse a hablar con Mokhtar. La nutricionista de mascotas llevaba mechas azuladas en el pelo y un brazo cargado de tintineante joyería de plata. Cada día cruzaba aquellas puertas un desfile caleidoscópico. Una docena más o menos de entrenadores personales, y Mokhtar tenía que conocerlos a todos, cuál de ellos mejoraba la salud y la longevidad de qué residente. Los asesores de arte, los compradores personales, las niñeras, los alfombristas, los médicos particulares. Los repartidores de comida china en bicicleta, los de pizza en coche, los de la tintorería a pie.
Pero fundamentalmente llegaban mensajeros. El de FedEx, el de UPS, el de DHL, que traían paquetes de Zappos, Bodybuilding.com, diapers.com. A algunos les gustaba hablar, otros llegaban apurados, siempre tarde, solo necesitaban una firma, «Gracias, tío». Algunos conocían a Mokhtar por su nombre, otros no se molestaban en averiguarlo. A algunos les gustaba charlar, quejarse, cotillear. Pero el volumen de paquetes que cruzaba aquella puerta… costaba de creer.
«¿Qué tenemos hoy?», preguntaba Mokhtar.
«Anacardos de Oregón», respondía el mensajero.
«Filetes de Nebraska; habría que meterlos inmediatamente en la nevera».
«Unas camisas de Londres».
Mokhtar firmaba el recibo y guardaba los paquetes en el almacén de detrás de la recepción y, cuando el residente entraba al vestíbulo, levantaba un dedo y una ceja contenta y anunciaba que había llegado un paquete. La alegría era mutua. Una vez uno de los vecinos mayores, James Blackburn, abrió una caja y le enseñó a Mokhtar un par de plumas Montblanc nuevas.
—Las mejores plumas del mundo —afirmó el señor Blackburn.
Mokhtar, siempre educado, admiró las plumas y preguntó un par de detalles. A los pocos meses, en Navidad, se encontró un regalo en el mostrador, y al desenvolverlo descubrió una pluma idéntica. Regalo del señor Blackburn.
Para la mayoría de los residentes el dinero era nuevo y estaban acostumbrándose a la vida en el Infinity. Si querían una relación más formal, Mokhtar se adaptaba. Si querían charlar, charlaba, y de vez en cuando había tiempo y ganas para mantener una conversación. Quizá mientras esperaban al coche en el vestíbulo. Mokhtar tenía que levantarse y aguardar junto a la puerta, listo para cuando llegara el vehículo, de modo que quedaban unos minutos incómodos, en que los dos observaban fijamente la calle.
—¿Un día ajetreado? —podía preguntar un residente.
—No mucho —respondía Mokhtar.
Era importante no parecer nunca aturullado. Un Embajador de Vestíbulo debía proyectar un aire de competencia serena.
—¿Te has enterado de que el nuevo pitcher de los Giants se ha mudado a la Torre B? —decía el residente; entonces llegaba el coche y ahí quedaba la cosa.
Pero en ocasiones profundizaban. Con James Blackburn profundizaron. Incluso antes de la pluma Montblanc, había mostrado interés por Mokhtar.
—Eres un tipo listo, Mokhtar. ¿Qué planes tienes?
Mokhtar lo apreciaba. James, un jubilado blanco de sesenta y tantos años, era un tío majo al que también incomodaban sus encuentros. Si daba por sentado que Mokhtar anhelaba algo mejor que trabajar de recepcionista y portero estaría menospreciando su actual ocupación, que, que él supiera, para Mokhtar constituía un triunfo personal. Por otro lado, si daba por sentado que aquel era un triunfo personal para Mokhtar, se derivaban toda una serie de asunciones todavía más peliagudas.
La mayoría de los residentes no preguntaban. No querían saber. El trabajo, la presencia de Mokhtar, suponía un recordatorio de que había quienes vivían en torres de cristal y quienes les abrían las puertas. ¿Le habían visto leyendo Los condenados de la tierra? Mokhtar no ocultaba sus lecturas. ¿Le habían visto en las noticias, participando ocasionalmente en una protesta en demanda de mejoras en las relaciones entre la policía y la comunidad árabe y musulmana de San Francisco, o liderándola? Mokhtar había recibido atención pública alguna vez y en ocasiones creía que tenía futuro como organizador, representando a árabes y musulmanes a mayor nivel. ¿Cómo concejal? ¿Alcalde? Algunos residentes del Infinity conocían su labor de joven activista y para la mayoría constituía un enigma incómodo. Mokhtar sabía que preferían un portero algo más dócil, algo menos interesante.
Pero estaba James Blackburn.
—¿Dónde has crecido? —preguntaba—. ¿Naciste aquí o fuera del país?