El monje de Moka
30 El barco de Summer
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EL BARCO DE SUMMER
Mokhtar se despertó de pronto. Adén estaba a ocho o nueve horas en coche, en dirección sur. Tendría que encontrar un vehículo capaz de aguantar el trayecto. Y un conductor. Tal vez un guardaespaldas. Atravesarían una zona de guerra. Podían toparse con docenas de controles. Tendría que empaquetar muestras de los granos y suficiente dinero para subirse al barco y a un avión con destino a Seattle. Tendría que atravesar de un tirón el corazón de Yemen en plena noche, en plena campaña de bombardeo nocturno ininterrumpido de los saudíes. Era una proposición ridícula.
Pero entonces Mokhtar tuvo una visión no menos absurda de sí mismo en Seattle, conversando con los compradores de café, contándoles la historia del café yemení, recogiendo pedidos, apalabrando toneladas de café, transformando su negocio en realidad. Quería hacerlo. Y no quería que las bombas saudíes decidieran lo que podía o no podía hacer. Rezó el istikhara, una oración para consultar a Dios.
«¿Voy por el buen camino?», preguntó a Alá.
Sintió una respuesta: era el camino correcto.
Suficiente. Quería ir, y el mensaje de Summer había llegado justo después de que hubiera visto explotar una montaña cercana: le pareció una confluencia de indicadores significativos. La última vez que había tenido la misma sensación —de un destino que anulaba cualquier posible duda— había sido cuando había visto aquella estatua de Hills Bros. enfrente del Infinity y había decidido dedicar su vida al café.
Telefoneó a Summer.
– Voy.
Llamó a Andrew y le contó lo de Summer y el barco griego.
Andrew estaba medio dormido.
—No vayas —le dijo a Mokhtar—. Adén está en zona de guerra real. Es un campo de batalla.
Mokhtar no se amilanó. Andrew llamó a Ali.
—¿Puedes intentar que Mokhtar entre en razón?
Ali llamó a Mokhtar, pero no hubo forma de disuadirlo. Al final Andrew y Ali dejaron de intentar detenerlo, pero se negaron a que viajara solo.
Mokhtar llamó al chófer de su familia, Samir. Le pidió que lo acompañara, prometió pagarle bien. Samir estaba aterrado.
—No —dijo Samir—. Y tú tampoco deberías ir.
Mokhtar colgó. No tenía opciones.
Entretanto, Ali telefoneó a un par de amigos, Sadeq y Ahmed. Vivían en el barrio de la planta de Andrew y habían echado una mano la noche anterior, cuando Andrew había trasladado los granos a su casa. Aceptaron viajar a Adén por una módica suma. Sadeq dijo que cogería prestada la camioneta que solía conducir durante el día. No era suya, pero la empresa para la que trabajaba no se enteraría. Mokhtar negoció el precio por el vehículo, la conducción nocturna de Ahmed y la compañía de Sadeq.
Mokhtar empezó a preparar el equipaje. ¿Qué necesitaba? Corrió a casa de Kenza y Mohamed y metió dos camisas limpias y un par de pantalones en la mochila, con el teléfono y el portátil. Añadió una muda de calcetines y calzoncillos. Se ajustó a la cintura cuatro mil dólares estadounidenses y el Colt .45 al cinturón.
Ahora, los granos. Pidió prestada una Samsonite dura y bajó a la sala de clasificación. Agarró una bolsa de granos de Al Haymah. De la viuda de Warda. Del General. De Hubayshi. ¿Qué más? Vio las caras de los campesinos. ¿Cómo podía abandonar el trabajo de ninguno de ellos? Reunió un surtido del norte y el sur, de seis plantaciones distintas. Lo que se llevara tendría que representar al café yemení en Seattle. Una muestra de sus mejores granos: los mejores que se habían cultivado en Yemen en los últimos ochenta años, una muestra accidental pero no obstante representativa del primer país donde se cultivó café y la manifestación de quinientos años de tradición.
Mokhtar cerró la maleta e intentó levantarla. Pesaba demasiado y la cremallera no cerraba. Tenía que aligerarla. ¿Qué segmento de la historia yemení podía eliminarse? De haber tenido tiempo de hacerlo correctamente, de llenar seis maletas, tal como había planeado, de elegir cuidadosamente las muestras y luego subirse a un avión en Saná como el empresario que imaginaba ser, no estaría mirando una maleta a medianoche, obligado a elegir qué regiones de Yemen no tendrían representación cuando volviera a presentar al mundo el café del país. Sacó una docena de muestras y cerró la maleta. La bajó y esperó a que llegara el transporte.
Sadeq apareció en un enorme camión de plataforma de dieciséis ruedas. Lo bastante grande para transportar un coche. Y blanco. Cualquier esperanza de pasar desapercibidos en plena noche se evaporó. Irían anunciándose a cualquiera que estuviera en la carretera o bombardeando desde el cielo. Un luminoso camión blanco surcando la noche yemení en mitad de la campaña más intensa de bombardeos de la nueva guerra.
—Vale —dijo Mokhtar—. Vamos.
Justo pasaba de la medianoche. Tardarían nueve horas en llegar a Adén.