El monje de Moka

Dave Eggers · Capítulo 42 de 48

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El monje de Moka

39 Regreso al Infinity

LIBRO V

39

REGRESO AL INFINITY

 

El regreso de Mokhtar a Estados Unidos fue un circo. En San Francisco, las cámaras de televisión estaban esperándole en el aeropuerto. Concedió algunas entrevistas a noticiarios locales, NPR y Al Yazira. Pasó la noche en casa, con su anonadada y agradecida familia, y al día siguiente voló a Seattle, donde la conferencia de la Asociación Americana del Café de Especialidad resultó un éxito espectacular. Mokhtar pronunció un discurso clave, que el público aplaudió puesto en pie, y compartió con Andrew un estand donde presentaron el café yemení al mundo de los cafés de especialidad. Después de la conferencia, Mokhtar iba en un taxi de camino al aeropuerto cuando oyó su voz por la radio. Era la entrevista que había dado a la BBC.

—Ese tío está loco —dijo el taxista, sin darse cuenta de que llevaba al loco en el asiento de atrás.

Cuando Mokhtar y Andrew habían alquilado la barca, no habían sido conscientes de cómo se vería aquello desde casa. Habían zarpado de Moka entre múltiples tiroteos en un esquife alquilado y habían cruzado el mar Rojo… porque no querían perderse una feria comercial.

La mitad de sus amigos de Bay Area creyeron, al menos durante unas horas, que había muerto. El día que Mokhtar escapó, otro yemenoamericano de la zona, Jamal al Labani, había fallecido en un ataque con morteros. Antes de que se publicara su nombre, habían circulado informaciones fragmentadas y los amigos de Mokhtar se habían temido lo peor.

Después de la conferencia, Mokhtar se reunió en San Francisco con Miriam, Justin y Giuliano, que le comentaron lo entero que parecía para acabar de escapar de una guerra. Lo reclamaban de la comunidad araboamericana, de los grupos de defensa de los musulmanes estadounidenses, del mundo del café. Pero con el tiempo todo pasó y volvió al trabajo. Fue al Blue Bottle. James Freeman estaba al tanto de sus aventuras, y ahora estaba catando las muestras de Al Haymah. Puntuaron por encima de 90.

—¿Cuánto café de este puedes conseguir? —preguntó Freeman.

—Un contenedor. Dieciocho mil kilos —dijo Mokhtar.

Freeman se quedó un rato en silencio.

—Puede que no baste —dijo por fin.

Quería comprarlo todo.

Los cálculos eran absurdos. Si Mokhtar vendía un contenedor de café yemení a minoristas de especialidad, el margen de beneficio sería significativo. Sus productores obtendrían el treinta por ciento más que antes.

Pero necesitaba capital. Mucho más.

Le preguntó a Ibrahim si se le ocurría algo. Ibrahim hizo varias listas. Habían acudido a todos sus conocidos de la comunidad yemenoamericana. Tenían que buscar en otra parte.

Un día Mokhtar estaba contándole todo esto a Miriam en Mission. Miriam sencillamente se alegraba de verlo con vida; a fin de cuentas, había sido ella quien lo había encaminado hacia el café, y después Mokhtar había ido a Yemen y había estado a punto de morir. Ahora necesitaba dinero para comprar más café, presumiblemente para seguir yendo a Yemen y jugarse la vida.

Estaban en Ritual Coffee Roasters, una cafetería de la calle Valencia, conversando del tema, de Yemen y sus problemas y sus cafés, cuando despertaron el interés de la mujer de la mesa de al lado. Era alta, rubia, delgada. Se llamaba Stephanie.

—Deberías venir a mi trabajo —dijo la mujer.

Mokhtar no sabía a cuento de qué tenía que ir a su trabajo. Stephanie le explicó que trabajaba en una empresa de capital de riesgo llamada Founding Fathers. Sonaba interesante.

Mokhtar llamó a Ibrahim.

—Founding Fathers. Mucho nombre para un capital de riesgo —comentó Ibrahim.

Pero cuando buscaron en internet, no encontraron ninguna empresa de capitales de riesgo llamada Founding Fathers. Buscaron a Stephanie en Facebook.

—Santo Dios —dijo Ibrahim—. Stephanie trabaja en Founders Fund.

Mokhtar no sabía lo que era.

—¿Eso es bueno? —preguntó.

Ibrahim le informó. Founders Fund había invertido en los inicios de Facebook, Airbnb y Lyft. Manejaban miles de millones. Su visto bueno podía hacer realidad la idea más vaga. Le dijeron a Stephanie que estarían encantados de ir a verla a su trabajo.

Por otro lado, pensaron, el fundador de Founders era Peter Thiel, conocido porque recientemente había participado en la convención nacional del Partido Republicano para manifestar su devoción por Donald J. Trump.

—Todavía no podemos preocuparnos por eso —concluyó Mokhtar.

Founders estaba lleno de progresistas, incluida una de sus socias, a la que Stephanie creía que debían conocer. Se llamaba Cyan Banister. La investigaron. Era una célebre inversora de proximidad que había apostado en sus inicios por SpaceX y Uber. También era intergénero.

—Podemos ir —dijo Mokhtar.

En cierto modo la política de Banister contrarrestaba la de Thiel. Aunque, por otro lado, Thiel también era gay. Todo resultaba muy confuso.

Las oficinas de Founders estaban en el Presidio, una antigua base militar de la costa septentrional de San Francisco, en un edificio rehabilitado por George Lucas. En el vestíbulo te recibía una réplica a tamaño real de Darth Vader.

—Dice James Freeman que vuestro café sabe al canto de los ángeles —les dijo Cyan.

Se mostró muy amable e interesada, y además se había informado previamente. Sabía que el café de calidad podía dar dinero y la fe del Blue Bottle en Mokhtar le inspiraba confianza. Pero, añadió, Founders Fund no podía liderar la inversión. No se ponían al frente en las fases iniciales.

—Ya tenemos inversor de referencia —aseguró Ibrahim.

Lo cual no era estrictamente cierto, pero Ibrahim creía que, si conseguían el compromiso de Founders Fund, podrían aprovecharlo para atraer la financiación de otra sociedad de capital de riesgo, Endure Capital, con sede en Dubái y dirigida por un amigo suyo, un egipcio llamado Tarek Fahim.

Ese día salieron del Presidio con un plan improbable que, a los pocos meses, habían cumplido. Gracias a la promesa de Founders, atrajeron a Endure. Gracias al compromiso de Endure, atrajeron fondos de otra firma, 500 Startups. De repente eran una empresa más que real. Podían pagar el café para transportarlo a Estados Unidos. Podían pagar a los productores. Y podían pagarse a sí mismos.

Mokhtar tuvo una idea nueva. Ahora quizá pudiera permitirse un apartamento. De momento seguía durmiendo en el suelo de casa de sus padres en Alameda —habían vuelto a mudarse— y a escasos centímetros de Wallead, cuyos ronquidos constituían una afrenta al decoro y eran enemigos del sueño.

Mokhtar tenía un amigo que tenía una amiga llamada Homera, agente inmobiliaria, así que consultó en internet sus ofertas de alquileres. Se echó a reír. Supo al instante que no podría permitirse alquilar un apartamento de una habitación en San Francisco. Pero, por pura curiosidad, revisó las listas de Homera y se detuvo al ver un alquiler en el Infinity. Las fotografías impresionaban. Vistas de la bahía, de todo el centro, Berkeley, Oakland, el Bay Bridge, Angel Island, Marin. En todo el tiempo que había trabajado en el Infinity nunca había entrado en ninguna vivienda. Alguna vez había entregado paquetes, ayudado a los vecinos a transportar algo desde el ascensor a su apartamento o viceversa, les había subido comida para llevar a la puerta, pero nunca lo habían invitado a entrar.

El precio era absurdo. No podía permitirse nada de aquello. Pero, ya puesto, miró en Craiglist. De nuevo vio ofertas en el Infinity, ahora de alguien que buscaba compañero para un piso de dos habitaciones. Pensando que un piso compartido en el último momento sería una ganga subarrendada, Mokhtar mandó un correo a la dirección indicada explicando que trabajaba en el sector del café y le interesaba la habitación.

Respondió alguien llamado Shagun. Mokhtar buscó el nombre en Facebook y descubrió que era una mujer. Una americana de origen indio muy atractiva que estudiaba medicina. Sabía que no podrían convivir, no podría cohabitar con ninguna mujer con la que no estuviera casado —a sus padres les daría un síncope—, pero conocerla y ver el piso no tenía nada de malo.

Por primera vez desde que dejara el Infinity, regresó. Se vistió su disfraz de Rupert y procuró llegar cinco minutos tarde. No quería esperar en el vestíbulo por si había algún conocido trabajando en la recepción. Shagun no tenía necesidad de saber que había sido portero.

Cuando apareció, resultó demasiado guapa para pensar en vivir con ella, así que cualquier idea que le rondara a Mokhtar de desafiar las tradiciones yemeníes se esfumó. En el vestíbulo también había otro vecino, un hombre blanco mayor, gerente financiero, llamado Jim Stauffer. Mokhtar le había abierto la puerta al señor Stauffer cientos de veces, había recibido y entregado sus paquetes. Sus miradas se cruzaron, y Mokhtar supuso que Stauffer se acercaría, le preguntaría por qué había vuelto, qué hacía por allí. Y Mokhtar se resignó a ser descubierto.

Pero el señor Stauffer ladeó la cabeza, como un miope que dudara de lo que veía, dio media vuelta y siguió su camino. O no recordaba el nombre de Mokhtar o ni siquiera le había reconocido.

 

De manera que Mokhtar estaba a solas con Shagun en el ascensor, subiendo por el Infinity hasta el piso de la planta veintitrés. Shagun le hablaba de la facultad de medicina, de que buscaba un compañero de piso trabajador, limpio, que no supusiera una distracción… No lo dijo con todas las palabras, pero Mokhtar lo entendió. Había abierto las puertas para profesionales así. Lo pillaba.

Dentro, el piso era exactamente igual que en las fotografías que lo publicitaban. Luz por doquier. Azul por doquier. La ciudad y todo su cristal: estaba todo dentro del apartamento. Bastaba entrar en él para experimentar un reajuste drástico del sentido del equilibrio. Era como subirse al ala de un avión.

Se sentaron, y entonces Shagun le planteó con tacto las preguntas que Mokhtar supuso que la intrigaban desde que se habían estrechado la mano en el vestíbulo. ¿Cómo puede un joven de tu edad que trabaja en el sector del café permitirse un piso como este? ¿Eres el heredero de alguna fortuna bareiní?

Mokhtar le habló de Yemen, de cómo había esquivado las bombas y a los hutíes para sacar café del país. De sus productores, de cómo, Dios mediante, en pocos meses fletaría un contenedor repleto del mejor café del mundo en dirección a Oakland. Y de que quería estar en el Infinity, contemplando la bahía a sus pies, cuando el barco arribara.

—Y además antes trabajaba aquí —dijo Mokhtar.

—¿En la oficina de ventas?

Shagun no se creyó que hubiera sido el portero. Mokhtar recitó los nombres de media docena de Embajadores de Vestíbulo, algunos de los cuales tal vez ella hubiera conocido, y al final Shagun simplemente tuvo que fiarse de su palabra. Mokhtar sabía que no podía vivir con ella, ni con ninguna mujer soltera, pero se le había despertado un ansia interior. Tenía que vivir en el Infinity para demostrar que podía hacerlo.

 

A las dos semanas encontró otro listado de pisos, otro subarriendo en el Infinity B. Por lo visto, un tipo llamado Matt vivía con un tipo llamado Jeff, propietario de una empresa de análisis de datos de Berkeley. Matt había tenido que mudarse a Ohio por trabajo, pero conservaba el apartamento y alquilaba su habitación. Su arrendatario más reciente había sido un estudiante de empresariales ruso que se iba.

El precio de una habitación era más de lo que Mokhtar se hubiera gastado nunca en nada en Estados Unidos. Pero tuvo una visión. En la visión aparecía él, Mokhtar Alkhanshali, viviendo en la planta treinta o dondequiera que vivieran Jeff y Matt, y estaba de pie en un balcón con todos sus seres queridos, viendo entrar su café en el puerto.

Mokhtar telefoneó a Matt, y Matt pensó que Mokhtar parecía un sucesor digno del oligarca ruso. Bastaba con que Mokhtar conociera a Jeff, que era quien tenía la última palabra. Mokhtar cruzó el vestíbulo, sin reconocer a nadie de la recepción, y subió al ascensor. En la planta treinta y tres, Jeff abrió la puerta. Era un cuarentón blanco y alto, y le ofreció una copa de vino. Mokhtar la rechazó. Jeff se sirvió una y charlaron sobre el ruso, sobre sus respectivos horarios de trabajo, y todo el rato Jeff parecía querer preguntar lo mismo que Shagun. ¿Eres un príncipe saudí o algo así? Cuando Mokhtar le dijo que se dedicaba al café, Jeff dio por sentado que era barista. En un momento dado Mokhtar se fijó en un molinillo manual de alta gama que había en la encimera, y buscó la manera de colar el Blue Bottle en la conversación. Y ya no hubo más que hablar. Jeff iba a diario al Blue Bottle. Ofreció la habitación a Mokhtar y este, desafiando toda responsabilidad financiera, la aceptó.

 

Stephen se ofreció a ayudarle con la mudanza, pero no había mucho que trasladar. Mokhtar solo tenía una maleta y dos bolsas de basura. Aparcaron a la vuelta de la esquina y transportaron las pertenencias de Mokhtar al vestíbulo de la Torre B del Infinity.

Un joven, Jonathan, se ocupaba ese día de la recepción. Estaba sonando el teléfono y en el vestíbulo había mucho ajetreo. Se suponía que Jonathan debía darle a Mokhtar la llave que Jeff había dejado para él, pero no la encontraba. Mokhtar y Stephen esperaron en los sofás de cuero del vestíbulo.

—¿Estás bien? —preguntó Stephen.

—Sí. ¿Por? —dijo Mokhtar.

—Te levantas todo el rato a abrirle la puerta a la gente.

Mokhtar se había levantado media docena de veces. No podía evitarlo.

—Perdón —se disculpó—. Es la costumbre.

—Ya no trabajas aquí.

—Lo sé. Lo sé.

 

A la semana siguiente Mokhtar cruzaba el Bay Bridge en coche, camino de San Francisco. La ciudad brillaba como una lámpara de araña. Su padre viajaba en el asiento de delante, su madre iba detrás. Acababan de cenar fuera, invitados por Mokhtar.

—¿Os acordáis del Infinity, donde trabajaba?

Se acordaban.

—Esta noche hay jornada de puertas abiertas —dijo Mokhtar—. ¿Queréis pasar a verlo?

Sus padres tenían dos hijos que habían trabajado en el Infinity, así que ver el interior de las torres tenía cierto interés. Pero eran las ocho de la noche de un día laborable. ¿Por qué iban a organizar una jornada de puertas abiertas a esas horas?

En el vestíbulo no había más visitantes. Ni carteles que anunciaran las puertas abiertas. Mokhtar confiaba en que sus padres lo creyeran solo un poquito más. En el ascensor, apretó el botón de la planta treinta y tres. Había acordado con Jeff que se marchara antes de que llegaran. Como siempre, la ciudad cobraba vida en cada ventana, las luces de candelabro del centro urbano se reflejaban en los suelos pulidos del piso.

—Aquí no hay nadie —dijo la madre de Mokhtar.

Mokhtar la acompañó al balcón y respiraron el aire de la bahía, del cielo a semejante altura, pero su padre se había quedado junto a la puerta.

—Tiene miedo a las alturas —dijo su madre—. ¿No lo sabías?

Mokhtar no lo sabía. Nunca habían vivido más arriba de una tercera planta, en el viejo piso del Tenderloin.

Mokhtar volvió a entrar con su madre, y para entonces su padre ya había visto las fotografías. Mokhtar había colocado retratos enmarcados de sus padres en la mesilla del café.

—¿Qué hacen ahí esas fotos? —preguntó la madre.

—Mamá, papá, sentaos —dijo Mokhtar.

Se sentaron.

—Ahora las cosas me van muy bien. Trabajo duro y la empresa funciona. Quiero que estéis orgullosos de mí y quiero ayudaros.

Les habló de su café, de los pedidos, del cargamento que venía en camino.

—Eso está muy bien, Mokhtar —dijo su madre—. Pero sigo sin comprender qué hacen aquí nuestras fotos.

—Mamá, es porque vivo aquí.