El sexto invierno

Douglas Orgill · Capítulo 26 de 28

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El sexto invierno

Capítulo 25

25

 

Raoul Mangin, agrónomo francés encargado de la pequeña estación

experimental al sur de Ouargla en la parte norte del Sahara argelino, se irguió

en su silla de lona y miró sorprendido desde el sombreado barandal. Una

visión completamente inesperada había aparecido junto al cerro, al sur del

pequeño oasis que él había creado en un mundo desértico. Un solo camello,

ocupado por una tambaleante mujer con un niño en brazos… dos niños más

crecidos… y delante de ellos un hombre. Era un tuareg con el rostro tapado,

procedente de una región situada muy al sur. El detalle más sorprendente, casi

increíble, era que el hombre llevaba lo que parecía ser el fardo de la mujer. En

toda mi vida había visto nada semejante, pensó Mangin. Salió del barandal y

pasó junto a las flores en dirección al límite de su reducido cuadro de verdor.

Ouargla era el lugar donde habían terminado las nuevas lluvias del Sahara

Septentrional. Al sur de ahí había otro mundo… un mundo desértico.

—Dios sea contigo —dijo Mangin al tuareg.

—Y también contigo —dijo el tuareg.

El francés vaciló.

—¿Vienes de muy lejos?

—Soy Zayd ag-Akrud. Vengo de Tamanrasset.

¿De Tamanrasset? Debe estar mintiendo. Mangin contempló, puesto que

el velo estaba apartado para hablar, la demacrada para, la ganchuda nariz, los

ojos hundidos y brillantes… No, no estaba mintiendo. Era un tuareg. Estaba

muriéndose de hambre, pero no haría la menor concesión por ese pasmoso

hecho. Mangin observó a la mujer y a los niños. Los dos de más edad estaban

terriblemente delgados, pero sobrevivirán. El más joven se hallaba en buen

estado. La mujer… bien, quizá. Con cuidados. Mangin siguió hablando con

Zayd.

—¿Cuánto tiempo hace que salisteis de Tamanrasset?

—Muchas semanas. Y antes estuvimos en Lissa.

¡Dios Santo, más de mil kilómetros! Y deben haberse ganado el sustento

con ese viejo rifle durante todo el viaje. Era increíble, fantástico. Una de las

travesías del desierto más impresionantes de la historia, dadas las

circunstancias, la mujer, los niños… El francés dudó.

—¿Tienes hambre?

Zayd no replicó, aunque señaló a la mujer y los niños. El francés, casi con

lágrimas en los ojos, ya sabía cómo debía actuar. Habló rápidamente con su

boquiabierto criado argelino.

—Manda que les den de comer, ahora mismo. Leche y pan para los niños,

para empezar. Demasiada comida los pondría enfermos. Y para la mujer, cus-

cus. Y avena con leche. Rápido.

Se volvió de nuevo hacia Zayd. Debía comportarse con corrección.

—Es la hora del café.

Zayd inclinó la cabeza.

—Bebamos juntos —dijo Mangin—. Y además yo tengo hambre. Así que

comeremos fruta, y un poco de pan.

—Estoy en deuda contigo —dijo cortésmente Zayd, señalando al

tambaleante camello macho, las raídas mantas, el viejo rifle cuidadosamente

engrasado—. Todo lo que poseo es tuyo.

El francés llevaba diez años en el desierto y sabía cuál debía ser su

respuesta.

—Lo que es mío es tuyo —dijo—. Tu visita me honra. Quizá consientas

en quedarte unos días. Valoraré mucho que me ayudes a cuidar mis… mis

caballos.

Zayd asintió. Vio que Zenoba y los niños desaparecían en compañía del

criado. Le dolía el ansia que sentía por el café, el pan, la fruta…

—Sea como Dios quiera —dijo.

 

Diane notó que el niño se movía un instante en su interior al inclinarse sobre

el escritorio en su habitación, en Alburquerque. Ya era el cuarto mes de

embarazo… y el cuarto movimiento en la última semana. Parece un poco

pronto para que empiece a notar las pataditas, pensó irónicamente.

Distraídamente, arregló las hojas sueltas de su informe sobre las variaciones

en el modelo de conducta de los lobos. Durante un segundo su mente volvió a

aquella noche, en la cueva del Estrecho de Bering… acostada, feliz y

satisfecha, junto a Stovin, escuchando el aullido que venía del hielo…

¿Volverían a ser iguales las relaciones sexuales de ella y Stovin? De

momento, parecían distintas… no por culpa de ella, sino por culpa de él. Oh,

sí, habían proseguido su relación sexual, pero algo había cambiado. Stovin

seguía herido, por supuesto, aunque fingiera lo contrario. Sin embargo lo

sucedido entre ella y Bisby parecía una noche de fiebre, de delirio, un sueño

irreal, casi una fantasía sexual de la adolescencia. Y en cuanto a Bisby, en cuanto al recuerdo de Bisby, Diane no sentía nada aparte de algo así como

una reverente perplejidad. Ella estaba segura, además, de que el piloto no

había sentido nada especial por ella. Excepto… quizá… aquel momento de

repentina ternura cuando él la besó en la cueva de Diomedes. Tal vez hubo

algo, pero algo que no podía llamarse amor, eso era indudable. No obstante,

para su sorpresa, Diane se dio cuenta de que se aferraba al recuerdo de aquel

beso como si fuera algo que lamentara perder.

Bien, ella había vivido durante uno o dos meses en la Edad de Piedra, y se

había apareado con el hombre de la Edad de Piedra. Porque indudablemente,

en último término, eso era Bisby. Un cazador de la Edad de Piedra, que había

estudiado en el Cornell y había aprendido a pilotar un jet. Nadie que le

hubiera contemplado en aquel poblado esquimal del casquete polar podría

haberle considerado de otro modo. Él y Stovin estaban separados doscientos

siglos… gracias a Dios. Porque nadie, pensó Diane, puede volver atrás.

Tenemos que vivir donde estamos, y ahora. Debemos cambiar, pero no

podemos retroceder. Quizá el mismo Bisby lo sabía. Siempre se había

comportado de un modo misterioso, igual que un hombre que avanza, que

sabe que tiene un destino, pero que aún no sabe cuál es ese destino.

Diane cruzó la habitación. El montoncito de pertenencias descargadas de

los trineos y puestas en el helicóptero de la armada en el momento de la

recogida, hacía tantas semanas, había recorrido los canales oficiales y, por fin,

estaba allí desde esa mañana. Allí estaba todo: el parka y los guantes que ella

había usado, incluso la alargada vara utilizada por Valentina para azuzar a los

renos en territorio chukchi. Un día, pensó Diane, regresaré a la Unión

Soviética y regalaré esta vara a Valentina… dondequiera que ella esté

entonces. Me gusta esa mujer. Es maravillosa. Pido al cielo que ella y Geny

logren asentarse de nuevo en alguna parte y hacer un gran trabajo.

Diane siguió revolviendo el montón de objetos. Allí, bajo el parka forrado

en piel, estaba la vieja lata de galletas de Bisby. Muy pensativa, Diane la

cogió. Aquel objeto siempre había sido una parte intensamente privada de la

vida de Bisby, algo que guardaba casi con celo religioso, y Diane

experimentó una sensación de culpabilidad al abrirla, como si estuviera

fisgando el diario de alguien. La tapa cedió con facilidad. Con espectral

sobrecogimiento, Diane fue examinando el contenido.

Un cráneo de zorro… una piel de ave… algunas plumas negras, muy

brillantes… un mando de avión… Y un libro de tapas marrones. Se titulaba

La vieja arenisca roja, de Hugh Miller. Diane había oído hablar de Hugh

Miller, por supuesto. Igual que casi todos los geólogos y zoólogos. Miller fue un geólogo autodidacta del siglo diecinueve, albañil de profesión. En su

tiempo había ejercido cierta influencia, había abierto muchísimas puertas en

muchas mentes. Diane abrió el libro. En la gurda, escritas con caligrafía firme

que se había teñido de amarillo, se leían las palabras: «A Arthur Inglis Bisby,

con el afectuoso aprecio de su amigo H. M. 11 de diciembre de 1841.» El

abuelo de Bisby, seguramente. Extrañamente conmovedor. Ese era el libro

que el padre de Bisby, solitario con su hijo esquimal entre una raza extraña,

había leído al niño. Parte de lo que él le había enseñado. Diane dejó pasar las

hojas. El libro quedó abierto, quizá a causa de la costumbre, en una página

señalada con una pluma de cuervo. Había notas a lápiz en el margen, como

para subrayar la importancia del texto. Extrañada, Diane leyó el pasaje.

 

«Del mismo modo que han muerto todas las especies del

pasado, es inevitable que todas las especies del presente

mueran… Ahora sabemos sin lugar a dudas, como geólogos, no

solo que hubo un principio sino que ese principio fue un hecho

relativamente reciente. Y sabemos también, basándonos en la

invariable experiencia del pasado, que la raza, por lo menos en

su actual naturaleza y condición, tendrá un fin…»

 

Si lo hubiera sabido antes, quizá ella y Bisby habrían podido hablar el mismo

lenguaje, pese a todo. Ese libro había sido muy importante para él, muy

importante. Pero ¿por qué? ¿Era el destino que el piloto siempre había

parecido ir buscando… un cambio en la «actual naturaleza y condición» de la

raza humana? ¿Y qué clase de vago destino era ese, en cualquier caso?

Porque el pobre Bisby no lo había conseguido. Estaba allí, en alguna parte del

Estrecho de Bering, bajo la superficie. No había llegado a su destino.

El niño se movió otra vez dentro de Diane, y esta contuvo la respiración

ante el vigor del movimiento. Ten paciencia, pensó mientras sonreía. ¿Y de

quién eres hijo, cariño mío? Tal vez de Stovin. Y tal vez de Bisby. Diane dejó

el libro en la lata y cerró la tapa. Tanto si era hijo de Stovin como si era hijo

de Bisby, el niño sería de ella y de Stovin. Pero ella conservaría la caja. En

cualquier caso, pensó, algún día se la daré al niño.

 

—Echo de menos la taiga —dijo Valentina Soldatov, asomada a la ventana de

la nueva casita playera. Tres bulldozers estaban removiendo la dura tierra roja

de Akademgorodok Dva, en las afueras de Simferropol (Crimea).

—No queda taiga… no tal como la conocemos —dijo Yevgeny Soldatov,

distraído.

Estaba examinando unas hojas de ordenador, y de vez en cuando hacía

una entrada a mano en un anticuado libro mayor que tenía en la mesa delante

de él. Valentina apartó los ojos de la ventana. Geny tenía mejor aspecto,

pensó, aunque seguía estando un poco pálido. Naturalmente había perdido

muchos kilos de peso, y en las actuales condiciones era improbable que los

recuperara. Soldatov miró a su esposa y sonrió.

—No hay taiga, querida —repitió—. Solo el casquete polar. Hay una

Siberia nueva.

Valentina se acercó a él y apoyó una mano en el hombro de su esposo.

—Lo sé, lo sé. Volverá a haber taiga, un día… pero no será muy al norte

de esta región. Y pasarán cien años antes de que se forme, del modo que la

conocimos. Yo no la veré.

Soldatov movió la cabeza hacia un lado y besó la mano que descansaba en

su hombro.

—Somos afortunados pudiendo ver… lo que vemos ahora —dijo

tranquilamente, señalando los bulldozers que trabajaban al otro lado de la

ventana.

»Akademgorodok Dos… ¿Quién habría soñado, hace un año, que íbamos

a reconstruir la ciudad científica en Crimea? Aquí tenemos comida. No

abundante, pero sí mejor que la que tienen millones de personas en la Unión

Soviética. Tenemos un techo. Sobre todo, querida, tenemos trabajo que hacer.

Somos la gente más afortunada de este país.

Valentina asintió. Bisby —el viejo Bisby, al menos— habría censurado la

prioridad nacional otorgada a Akademgorodok Dos, pensó Valentina,

recordando el breve enfrentamiento de ambos al discutir sobre elitismo

científico —hacía mucho, muchísimo tiempo, parecía— en la vieja dacha de

las afueras de Novosibirsk. Valentina se estremeció. ¡Pobre Novosibirsk!

¡Pobre gente! Qué batalla habían librado. Y qué derrota habían sufrido al

final… incluso peor que los sucesivos desastres de Moscú y los centros

urbanos del norte.

—¿Qué son esas hojas? —preguntó Valentina, más para borrar de su

pensamiento las perdidas ciudades que por otra razón cualquiera.

—Actividad volcánica, la actual y la prevista —dijo él—. Está

aumentando. Puede decirse que la Península de Kamchatka entera está en

erupción. Y lo mismo ocurre en Alaska, en las Aleutianas. Los

norteamericanos afirman que la erupción del Katmai es casi dos veces más potente que en 1912. He consultado los archivos. En 1912 el Katmai arrojó a

la atmósfera veintiocho kilómetros cúbicos de roca pulverizada. Ese tipo de

interferencia de la luz solar… bien, sus efectos no pueden determinarse en el

actual estado de nuestro conocimiento. Y el clima es un equilibrio,

simplemente eso. Creo que Stovin tiene razón… Existe cierto factor volcánico

fundamental que finalmente ha desequilibrado la situación en contra del

hombre, con una fase de clima inestable. Si ello es cierto, podríamos

componer modelos, mediante ordenadores, que nos ofrezcan una imagen…

incluso tal vez una escala de tiempo. Pero necesitaremos más muestras de las

altas capas de la atmósfera, y es muy difícil que Rostov ponga aviones a

nuestra disposición.

—Rostov sabe que este proyecto es muy importante, igual que lo saben en

Moscú —dijo Valentina en tono tranquilizador—. Rostov y Moscú es lo

mismo, al fin y al cabo. Dentro de un año, quizá menos, Akademgorodok Dva

estará en pleno funcionamiento. Ellos saben que la ciencia es vital.

—Ellos lo saben, claro, pero les obsesiona tanto enfrentarse a la situación

que no se interesan por el porqué —dijo Soldatov.

Valentina le sonrió sin responder. No era un detalle sorprendente, pensó

ella. Quizá era demasiado tarde para el «porqué». Tal vez fuera el «cómo» lo

único importante, y quizá iba a serlo durante mucho, muchísimo tiempo. Pero

ella representaba la negación del espíritu científico, y Geny jamás lo

aceptaría. Bisby lo habría aceptado. Bisby… sus restos se hallaban en un

lugar desconocido, en aquella inmensidad helada. Bisby había sido un gran

hombre para el «cómo». Ellos estaban vivos ahí, en Dva, gracias a Bisby. La

gente que aprendiera el «cómo» sería importante, en especial en un país que

ya había superado el millón de muertos. Geny estaba hablando otra vez.

—Sé que ellos se esfuerzan en ayudar —dijo—. Pero nunca acabaré de

entender la mentalidad oficial… la de Volkov, por ejemplo.

—¿Le has visto últimamente?

Soldatov asintió.

—Está trabajando en el nuevo edificio del Ministerio de Asuntos

Exteriores de Rostov. En la calle de Engels, junto al puente de Temernitsky.

Volkov no ha cambiado. El gobierno está ahora en Rostov del Don, en lugar

de Moscú, y todo está patas arriba, pero eso no afecta a Grigori Volkov. Él

vive de acuerdo con su breviario.

—Es un hombre flexible —dijo Valentina.

Soldatov se rio.

—Al menos es un experto con el arpón. Supongo que los agentes de la

KGB son muy buenos cazadores.

Valentina le miró, sorprendida.

—¿Sabías que era agente de la KGB?

—Naturalmente, era obvio. Y en cualquier caso, Bisby no olvidó

decírmelo. Pero Grigori no es mala persona. Un poco ingenuo, quizá.

—Creo que él pensaba lo mismo de ti —dijo ella.

Soldatov empezó a archivar las hojas de ordenador en una carpeta

anaranjada.

—Necesito estos datos para la conferencia del hemisferio de la semana

próxima. Qué ironía… que tengamos que ir a los Estados Unidos ahora,

después de todo lo que nos ha pasado.

—No solo a nosotros —dijo tranquilamente Valentina.

—Me alegra volver a ver a Stovin —dijo Soldatov—. Le echaba de

menos, era un amigo. Y su mente era igual que un trampolín para mí. En

cuanto me ponía en contacto con esa mente, brincaba hacia arriba…

 

—Geny Soldatov vendrá, por supuesto —dijo Brookman.

Con Stovin al lado, Brookman caminaba por las dependencias del Palacio

Federal de Santa Fe, usado para alojar temporalmente al Congreso de los

Estados Unidos. Ahí iba a desarrollarse la segunda conferencia del hemisferio

dentro de una semana. Los electricistas seguían trabajando dentro y fuera del

edificio: conectando cables a las cabinas plásticas donde se sentarían los

intérpretes, instalando micrófonos y amplificadores. La zona entera bullía de

actividad; agentes de seguridad de numerosas naciones hacían preparativos

especiales y los medios de comunicación de todo el mundo preparaban las

líneas.

Estaba lloviendo otra vez. Parte de la alterada pauta de la tardía primavera

de Nuevo Méjico, pensó distraídamente Stovin. Observó a los atareados

técnicos.

—Todavía tienen mucho trabajo por delante, Mel.

Brookman asintió.

—Sí, al final habrá muchas prisas. Pero creo que el Presidente tiene razón.

Santa Fe es el mejor lugar disponible en los Estados Unidos. Y desde su punto

de vista, un lugar agradable y a la mano. Vendrá mucha gente, pero habrá

espacio suficiente… el espacio justo. Será una conferencia bastante

restringida, comparada con la primera… la conferencia que usted se perdió, Sto. En la anterior hubo setecientos delegados. Todos hablamos mucho y

decidimos muy poco. Pero la situación ha variado ligeramente desde

entonces. En esta ocasión, y dado que volvemos a ser los anfitriones, el

Presidente ha planteado ciertas reglas básicas. Alrededor de treinta naciones

tendrán prioridad. Cualquier otro país que desee asistir será considerado

únicamente como observador. Las naciones principales podrán tener una

delegación formada como máximo por cinco miembros con derecho a

intervenir, y en esa cifra se incluye al jefe del estado, si él o ella es el

delegado más importante. Los países observadores pueden enviar tres

delegados, que no podrán tomar la palabra a menos que sean autorizados por

el presidente de la conferencia. Y el presidente es el secretario general de la

ONU.

Stovin no replicó. Apenas prestaba atención. Brookman echó una furtiva

mirada a su acompañante mientras pasaban cerca de una calle próxima, donde

tres o cuatro vehículos militares constituían el único tráfico. Stovin tenía un

aspecto demacrado… Y era lógico, no había transcurrido demasiado tiempo

desde que el helicóptero lo recogiera en Alaska. Él, Brookman, había recibido

la mayor sorpresa de su vida al enterarse de la noticia. O el mayor alivio.

Brookman puso la mano en el hombro de Stovin.

—La semana próxima será su hora —dijo—. Usted será el primero en

hablar ante los delegados. Debe pronunciar el discurso de apertura. El

Presidente ha insistido en ello, y Ledbester y los canadienses le han apoyado.

Es una cosa muy importante para usted, Sto… la vindicación de todo lo que

ha dicho. No hay demasiadas personas que dispongan de tal oportunidad.

—Supongo que no —dijo Stovin—. Pero sigo pensando en lo que se está

descubriendo al desenterrar algunas ciudades del norte. ¿Ha visto las cifras de

Chicago esta mañana? ¿Y las de Winnipeg? Es difícil extraer mucho placer de

la autojustificación intelectual.

Brookman asintió gravemente, pero su voz reflejó alegría y resolución.

—Es terrible, lo admito. Pero la vida sigue. Hay gente que tendrá razón, y

hay gente que se equivocará. Pero es terriblemente importante aclarar las

cosas, quizá más importante que nunca.

Brookman observó la húmeda y reluciente avenida cerca del Palacio

Federal.

—Ahí llega su autobús… y parece que está tremendamente lleno. —

Brookman extendió la mano derecha—. Escuche… cuídese. Ha perdido

muchos kilos allí en el norte.

Stovin sonrió.

—Estaba pensando lo mismo de usted.

Brookman se dio varias palmadas en la barriga.

—Son esos alimentos químicos. Mi cintura nunca había pasado por esta

clase de tratamiento. Otro mes más, y volveré a ser un mocito. Y en ese

momento, hombres, vigilad vuestras mujeres.

—Así lo haré —prometió Stovin, y subió los peldaños del autobús.

Pero no vigilé a mi mujer, ¿verdad?, pensó Stovin mientras la silueta de

Brookman se alejaba por la avenida. No la vigilé…

Pensar en Bisby y Diane seguía siendo doloroso. Y pronto nacería el niño.

Debía tomar una decisión. Pero él amaba a Diane, y creía que ella le amaba a

él. Eso era un punto de partida… el único posible. Sería el hijo de Bisby, por

supuesto. En lo más profundo de su corazón, Stovin estaba convencido de

ello. Y el hijo de Bisby, por el bien de él y por el bien de Diane, sería su hijo.