El sexto invierno
Mapa 1
OTOÑO
Prólogo
El observador se agazapó en el saliente rocoso que dominaba el lago,
acomodó sus sesenta kilos de peso, y apoyó sus patas provistas de garras
contra las rocas, mirando atentamente delante de él. A casi un kilómetro de
distancia, avanzando y retrocediendo una y otra vez entre los amarillentos
matorrales de la tundra, deambulaba un grupo de animales pardos,
aproximándose poco a poco. Más allá, hacia el este, donde una reluciente
franja azul de agua llegaba hasta un páramo de atrofiados alisos y ceniza, el
observador podía oír desde las rocas a las mugientes bestias y también el
chapoteo que se produjo cuando el primer reno, se zambulló en las poco
profundas aguas, para alcanzar después, medio caminando, medio vadeando,
la ribera meridional. Ahora los renos se hallaban mucho más cerca y el
observador chasqueó la lengua contra sus negros labios. Justamente en aquel
momento los guías de la manada abandonaban el fango del brazo fluvial,
trotando hacia el barranco situado frente a él. Entre ellos había ciervas y
jóvenes cervatillos que apenas podían seguir el paso de la manada. Con
atención, observó a estos últimos.
El lobo se hallaba en los límites de su territorio. Lo había marcado con su
fuerte orina amarillenta diez semanas antes, y desde entonces nadie había
osado franquearlo. Pero lo que estaba sucediendo ante sus ojos era una
experiencia completamente nueva, y pensó en sacarle algún provecho. Así
que inició la marcha con paso tranquilo, a ocho o nueve kilómetros por hora,
manteniéndose a la altura de la manada, y sin intentar ocultarse.
Frente a él había un desfiladero largo y profundo, un hondo corte en la
helada tundra del noroeste canadiense, provocado por la presión de un glaciar
en tiempos remotos. Los guías de los renos estaban penetrando en él, seguidos
de un denso bosque de astas. En último lugar, iban las ciervas y los
tambaleantes cervatillos. Fue entonces cuando el lobo se detuvo, en un alto
pedregal, echó hacia atrás la cabeza, y aulló.
A tres kilómetros de allí, el aullido del lobo llegó como un susurro, como
un débil sonido, hasta el hombre que limpiaba cuidadosamente sus
binoculares. Estaba sentado frente a la mesa de una pequeña cabaña,
enclavada junto a un serpenteante cinturón de verdes píceas, cerca de una de
las pequeñas corrientes de agua que alimentaban el lago Ennadai.
Acercándose a la polvorienta ventana, levantó los ojos hacia el monte alto y pelado, y silbó demostrando su sorpresa. Un hombre se deslizaba por la
fangosa ladera. Vestía una chaqueta escocesa de leñador, una camisa roja y
gruesos pantalones de lana. Su rostro era franco y cordial, y lacio y negro su
cabello. Llevaba un rifle de caza y cargaba un equipo de radio a la espalda. En
la cabaña, el hombre blanco se acercó a la entrada al verlo aproximarse.
—¡Demonios…! —exclamó—. Vuelves pronto, Atahoo. No esperaba…
—Radio no buena —repuso el esquimal escuetamente—. Yo venir a
informar.
—¿Informar de qué?
—Tuktu —dijo Atahoo, señalando más allá de la lejana cumbre—. Tuktu-
mie… La horda de renos.
—¿Qué? —inquirió el hombre blanco, incrédulo, señalando con su pulgar
el cielo azul—. ¿Emigrando ahora? ¡No es posible…!
—Tuktu-mie; pronto la verá.
—¿Cuántos?
—Fila de veinte. Quizá fila de treinta. Detrás de ellos, creo que muchos.
—¿Unos quinientos? Bueno, eso no es la horda, ¿verdad? Quizá solo sean
unos cuantos renos que se han vuelto locos.
—Es el principio —dijo Atahoo. Y cruzando la pequeña estancia se
dirigió al aparador situado en el extremo opuesto de donde cogió una canana
—. Había un lobo…
—Ya lo oí —repuso el blanco pensativamente—. Pero…
—¿Ha oído usted eso antes? —preguntó Atahoo con cierta ironía en su
voz—. ¿Ha oído alguna vez a un lobo lanzar la llamada del reno cuando la
manada no se está moviendo?
—Pero… ¡maldita sea! ¡Es demasiado pronto! —exclamó el hombre
blanco—. ¡Debes estar equivocado!
Desde más allá del risco se oyó de nuevo el lejano y prolongado aullido.
—El lobo no está equivocado —contestó Atahoo.