El sexto invierno

Douglas Orgill · Capítulo 1 de 28

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El sexto invierno

Mapa 1

OTOÑO

Prólogo

 

El observador se agazapó en el saliente rocoso que dominaba el lago,

acomodó sus sesenta kilos de peso, y apoyó sus patas provistas de garras

contra las rocas, mirando atentamente delante de él. A casi un kilómetro de

distancia, avanzando y retrocediendo una y otra vez entre los amarillentos

matorrales de la tundra, deambulaba un grupo de animales pardos,

aproximándose poco a poco. Más allá, hacia el este, donde una reluciente

franja azul de agua llegaba hasta un páramo de atrofiados alisos y ceniza, el

observador podía oír desde las rocas a las mugientes bestias y también el

chapoteo que se produjo cuando el primer reno, se zambulló en las poco

profundas aguas, para alcanzar después, medio caminando, medio vadeando,

la ribera meridional. Ahora los renos se hallaban mucho más cerca y el

observador chasqueó la lengua contra sus negros labios. Justamente en aquel

momento los guías de la manada abandonaban el fango del brazo fluvial,

trotando hacia el barranco situado frente a él. Entre ellos había ciervas y

jóvenes cervatillos que apenas podían seguir el paso de la manada. Con

atención, observó a estos últimos.

El lobo se hallaba en los límites de su territorio. Lo había marcado con su

fuerte orina amarillenta diez semanas antes, y desde entonces nadie había

osado franquearlo. Pero lo que estaba sucediendo ante sus ojos era una

experiencia completamente nueva, y pensó en sacarle algún provecho. Así

que inició la marcha con paso tranquilo, a ocho o nueve kilómetros por hora,

manteniéndose a la altura de la manada, y sin intentar ocultarse.

Frente a él había un desfiladero largo y profundo, un hondo corte en la

helada tundra del noroeste canadiense, provocado por la presión de un glaciar

en tiempos remotos. Los guías de los renos estaban penetrando en él, seguidos

de un denso bosque de astas. En último lugar, iban las ciervas y los

tambaleantes cervatillos. Fue entonces cuando el lobo se detuvo, en un alto

pedregal, echó hacia atrás la cabeza, y aulló.

A tres kilómetros de allí, el aullido del lobo llegó como un susurro, como

un débil sonido, hasta el hombre que limpiaba cuidadosamente sus

binoculares. Estaba sentado frente a la mesa de una pequeña cabaña,

enclavada junto a un serpenteante cinturón de verdes píceas, cerca de una de

las pequeñas corrientes de agua que alimentaban el lago Ennadai.

Acercándose a la polvorienta ventana, levantó los ojos hacia el monte alto y pelado, y silbó demostrando su sorpresa. Un hombre se deslizaba por la

fangosa ladera. Vestía una chaqueta escocesa de leñador, una camisa roja y

gruesos pantalones de lana. Su rostro era franco y cordial, y lacio y negro su

cabello. Llevaba un rifle de caza y cargaba un equipo de radio a la espalda. En

la cabaña, el hombre blanco se acercó a la entrada al verlo aproximarse.

—¡Demonios…! —exclamó—. Vuelves pronto, Atahoo. No esperaba…

—Radio no buena —repuso el esquimal escuetamente—. Yo venir a

informar.

—¿Informar de qué?

—Tuktu —dijo Atahoo, señalando más allá de la lejana cumbre—. Tuktu-

mie… La horda de renos.

—¿Qué? —inquirió el hombre blanco, incrédulo, señalando con su pulgar

el cielo azul—. ¿Emigrando ahora? ¡No es posible…!

—Tuktu-mie; pronto la verá.

—¿Cuántos?

—Fila de veinte. Quizá fila de treinta. Detrás de ellos, creo que muchos.

—¿Unos quinientos? Bueno, eso no es la horda, ¿verdad? Quizá solo sean

unos cuantos renos que se han vuelto locos.

—Es el principio —dijo Atahoo. Y cruzando la pequeña estancia se

dirigió al aparador situado en el extremo opuesto de donde cogió una canana

—. Había un lobo…

—Ya lo oí —repuso el blanco pensativamente—. Pero…

—¿Ha oído usted eso antes? —preguntó Atahoo con cierta ironía en su

voz—. ¿Ha oído alguna vez a un lobo lanzar la llamada del reno cuando la

manada no se está moviendo?

—Pero… ¡maldita sea! ¡Es demasiado pronto! —exclamó el hombre

blanco—. ¡Debes estar equivocado!

Desde más allá del risco se oyó de nuevo el lejano y prolongado aullido.

—El lobo no está equivocado —contestó Atahoo.