El sexto invierno
Capítulo 5
5
Bisby se sentó en un extremo de la cama y cogió una caja metálica del
escritorio que tenía al costado. Era una antigua caja de galletas que cerraba
casi herméticamente, pero que se abría con suma facilidad debido a su
frecuente uso. Su mano escudriñó el interior de la caja hasta encontrar lo que
buscaba. Sobre la áspera palma de su mano había ahora una diminuta
calavera, a la que le faltaba el maxilar inferior, y en cuyo maxilar superior los
dientes aparecían apretados, como en un rictus de agonía. Las cuencas de los
ojos brillaban suavemente a la luz de la lámpara colocada sobre su mesita de
noche.
Inclinando la cabeza hasta que el cabello de su frente tocó la pequeña
calavera, Bisby murmuró en voz baja y discordante:
—Silap-inua… aiyee. Sedna… aiyee… Bisby permaneció inclinado unos
momentos, sonriéndose a sí mismo como si estuviera un poco avergonzado.
Jugó unos instantes con el amuleto, deslizándolo entre sus cortos y gruesos
dedos hasta que, dando un suspiro, lo guardó nuevamente en la caja, que
volvió a guardar en el escritorio. Sobre el mismo, y junto a la lámpara, había
cuatro libros: History of Western Philosophy, de Rusell; Physiology and
Pathology of Exposure to Stress, de Selye; Death in the afternoon, de
Hemingway; y el volumen amarillo y azul British Admiralty Bering Sea and
Strait Pilot. Tumbado en la cama, leyó a Hemingway durante tres cuartos de
hora, después de lo cual se levantó y se duchó. Se puso unos pantalones azul
marino y una camisa escocesa y, cogiendo su anorak Grenfell, se dirigió a
través de la fría noche de Anchorage iluminada con neón hacia el Café de
Peggy.
La mayoría de los pilotos civiles de Anchorage comían en el aeropuerto,
en el Café de Peggy, ya que los precios eran razonables, comparados con los
de Anchorage, y la comida casera. Pero aquella noche no había allí nadie con
quien le apeteciera hablar, así que ocupó una mesa, apartada de la barra, pidió
un sándwich y una cerveza y se puso a meditar en lo sucedido durante el día.
El hombre con quien tenía que reunirse aquella noche, Stovin, era un hombre
extraño. No se había excitado cuando el motor se paró. ¿Por qué querría ver el
volcán Katmay? Pensó que, con seguridad, era un funcionario del gobierno.
Había pagado el alquiler de la avioneta con un vale del gobierno de los
Estados Unidos…, del Banco de América, según podía recordar. ¿Por qué quería el gobierno echar un vistazo al Katmay? Y si efectivamente era así,
¿por qué no enviaban un avión de reconocimiento desde una base militar? Y
ni siquiera llevaba una cámara fotográfica. De todos modos, cuando se paró el
motor, faltó poco para… «Fue culpa mía —pensó—. No debía haberle
llevado tan cerca. La ceniza volcánica estropea los pistones de los motores, y
yo lo sabía. Entonces, ¿por qué lo hice? Quizá porque él estaba allí, sentado a
mi lado, sin inmutarse, demasiado tranquilo… y quise darle un susto. Aunque,
en realidad, el susto lo tuvimos los dos; quizá yo más que él.» Bien, en todo
caso, ya era hora de ver a Stovin y tomarse aquella copa.
Sentado en una silla de respaldo alto, en el bar del hotel, Stovin observó cómo
Bisby entraba en el vestíbulo, miraba alrededor, y se dirigía hacia él. No era
precisamente un hombre distinguido, pensó… bajo, casi cuadrado, pero con
una fuerte constitución. Observó que caminaba con el balanceo característico
de los marineros. De todos modos, había algo en él que captaba la atención,
que hacía que se le dirigiera una segunda mirada. Dos chicas, sentadas en el
otro extremo del salón, dedicaron a Bisby una mirada apreciativa cuando pasó
junto a ellas; y no pertenecían precisamente a la clase de mujeres que busca
clientes. Stovin se levantó sonriendo, cuando Bisby llegó al bar.
—Hola.
—Hola ¿qué quiere tomar?
—Escocés, por favor, con hielo y agua, sin soda.
Cuando le hubieron servido, lo probó con aire crítico.
—Es un buen escocés, señor. Merece mezclarse con agua buena. Y el
agua de esta zona lo es.
—¿De veras?
Bisby asintió con un gesto de cabeza.
—Proviene de las montañas Chugah, situadas en la frontera con Canadá.
Este pueblo toma el agua de un par de pequeños lagos, situados al este. La
mayor parte del año están helados, pero han instalado unas tuberías bajo el
hielo, muy profundas. Sí señor, es un agua muy buena.
Durante pocos minutos, charlaron con una naturalidad más aparente que
real, cada uno sopesando al otro. Sin embargo, y a raíz de una pregunta
convencional formulada por Stovin, Bisby empezó a hablar de una forma más
personal.
—¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí? —fue la pregunta.
Bisby sonrió un tanto incómodo.
—He nacido aquí. Bueno, no aquí exactamente, sino en Ihovak. Es una
pequeña isla cercana al estrecho de Bering. Nosotros la llamamos Ihovak.
—¿Nosotros?
—Bueno, la gente que vive en la isla; los malditos esquimales, tal como se
les llama en Anchorage. Ellos… nosotros… hemos vivido allí por espacio de
dos mil años.
Stovin lo miró y respondió, midiendo cuidadosamente sus palabras.
—No parece usted estar muy seguro de si se trata de «ellos» o «nosotros».
El rostro de Bisby no se inmutó, pero Stovin observó que su voz,
habitualmente átona, se tornó excitada, como si estuviera sometido a algún
tipo de presión.
—Tiene usted razón, señor. Eso es algo que aún me cuesta distinguir y me
causa dificultades.
Stovin sonrió.
—Por favor, no me llame «señor». Me hace sentirme viejo, y no me gusta
que me recuerden mi edad.
Bisby removió el hielo de su vaso con la varita de cristal que estaba junto
a su servilleta. Stovin, sorprendido, notó que la mano del piloto temblaba
ligeramente, y que removía su bebida para disimular esta circunstancia.
—No se detenga ahora, por favor —le pidió Stovin—; estoy realmente
interesado.
—No es demasiado notorio —continuó Bisby—. Pero yo soy medio
esquimal y medio norteamericano blanco.
—Su nombre es norteamericano —dijo Stovin—. Bueno, no quise decir
eso; los esquimales también son norteamericanos. Quería decir que su nombre
es anglosajón.
—Mi padre —explicó Bisby—, fue un misionero llamado James Bisby. Y
mi madre aportó la mitad de esquimal que hay en mí. Ella era una
nuniungmiut de su propio Pueblo. —Habló con más rapidez, y en su tono se
produjo un cambio difícil de definir—: Quiero decir, Pueblo con «P»
mayúscula. No me refiero al esquimal de la costa. Ella procedía de la isla de
Nunivak, a unos ochocientos kilómetros al oeste de aquí. Mi padre se casó
con ella en la aldea, en Kolo. Ella era cristiana. Cuando se trasladó a Ihovak,
se la llevó consigo.
—¿El Pueblo? —se interesó Stovin.
El tono de amargura se acentuó en la voz de Bisby por un momento.
—Así es como los esquimales piensan de sí mismos. No muchos, ni
siquiera en los antiguos días. Y creo que cada vez menos. Pero, nosotros creímos durante diez mil años que éramos los Inuit, la única maldita raza
humana.
—¿Y? —inquirió Stovin.
—Estaban equivocados —respondió Bisby, escuetamente.
Una vez más la confusión entre «nosotros» y «ellos».
—¿Aún viven sus padres en la isla? —preguntó.
—Están muertos. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años… de
tuberculosis. A los veintidós. Y mi padre se perdió en el Norton Sound, unos
siete años después, junto con otros tres ihovakuiut. Iban en un bote rumbo a
Nome. Nadie supo qué ocurrió.
—Lo siento —manifestó Stovin convencionalmente. Bisby se encogió de
hombros.
—No se preocupe. Casi no recuerdo nada de mi madre, salvo su nombre,
que era Kikik. Y conservo la impresión de que era muy cariñosa.
—¿Y cómo consiguió usted entrar en las Fuerzas Aéreas? Me parece…
—¿Quiere usted decir que parece imposible que un esquimal pueda volar,
especialmente en las Fuerzas Aéreas? —Bisby parecía más relajado, ahora
que había contado parte de su historia.
—Medio esquimal —dijo Stovin, en un tono tan bajo que hizo que quizá
Bisby no lo oyera.
—Creo que he sido el único que lo ha logrado. Después de la muerte de
mi padre, fui criado por un hermano de mi madre. Había sido ayudante de mi
padre en la misión, y se fueron de Nunivak los tres juntos. Su nombre era
Oolie. Después de morir mi padre, se hizo arponero y se dedicó a la caza de
ballenas. Quería que yo también me dedicase a eso.
—¿Y usted…? —se interesó nuevamente Stovin.
Bisby soltó una carcajada.
—No hubo un «y», sino un «pero». Cuando iba a empezar a aprender el
oficio, un amigo de mi padre vino aquí a Anchorage. El padre de mi padre, es
decir, mi abuelo, era un hombre rico. Vivía en California. No deseaba
conocerme porque le disgustaba que yo fuese «medio-indio», como él decía.
No me quería a su lado, pero deseaba cumplir con su deber. Así es que me
envió a un colegio de Nueva York y, más tarde, a Cornell. Estuve viviendo
con una familia en Murray Hill, en la Segunda Avenida. Y desde entonces, no
he vuelto a Ihovak.
—Pero ahora no está usted muy lejos ¿verdad? —comentó Stovin
intrigado—. Y de todas formas usted volvió a Alaska. ¿Cómo es que no va
por allí?
—Me sentiría avergonzado —confesó Bisby, mientras sus manos
rodeaban el vaso de whisky, ¿por qué se le habría ocurrido hablar de aquello?
Pero Stovin no decía nada y, después de una pausa, Bisby prosiguió—:
Fracasé en Cornell. Estaba especializándome en Antropología, pero no
acababa de gustarme. Me molestaba clasificar a la gente metiéndola en
determinados grupos zoológico-intelectuales. O en metros de película. Así
que ingresé en la Academia de las Fuerzas Aéreas, en Colorado Springs, y me
especialicé en aviones Starfighters. Esto era más fácil. Tengo buenos reflejos.
—Lo sé —repuso Stovin.
Bisby sonrió abiertamente por primera vez.
—Puede usted agradecérselo a la rama materna de mi familia. El padre de
mi madre, Katelo, era el mejor sivooyachta que haya habido nunca en
Nunivak, según me dijeron. Su padre se llamaba Halo, y fue el mejor antes
que su hijo.
—¿Qué es eso de sivooyachta?
—El sivooyachta es el hombre que se sitúa en la proa del bote ballenero y
tiene la misión de localizar a la ballena y arrojarle el arpón. Se necesitan muy
buenos reflejos para eso.
—Estoy seguro de ello —confirmó Stovin, dudando un momento antes de
continuar—. Recuerda usted muchos términos y nombres para haber dejado la
isla hace tantos años.
—Los aprendí todos de memoria —contestó Bisby escuetamente.
Stovin esperó a que continuara, pero no dijo nada más.
—Así que ahora usted vuela sobre Alaska —dijo Stovin finalmente—,
alquilando su avioneta… Y sin embargo no ha vuelto a la isla.
—Exacto —confirmó Bisby—. La avioneta es todo lo que tengo. La
compré con el resto de mi herencia.
Y, pensó, también poseo la caja de galletas, pero eso no es asunto suyo.
He hablado demasiado. Ya es hora de cambiar de tema.
—¿Y usted, Dr. Stovin? —preguntó a su vez—. Dijo que volvería muy
pronto. ¿Piensa venir aquí a trabajar?
—Quizá, pero no inmediatamente. De momento no lo creo.
Stovin observó a Bisby y meditó unos instantes. Su misión era
confidencial, y el secretario del Presidente había insistido mucho en este
punto. Pero, por otra parte, el secretario del Presidente era un político, o al
menos, estaba al servicio de un político. Y era un instinto político lo que le
inducía a mantener las cartas guardadas en un cofre y no compartir la
información. Pero esa no era, para Stovin, la manera adecuada de trabajar en Alaska. Tenía que hablar con gente que hubiera podido oír algo, ver algo, o
que hubiera experimentado cosas que pudieran ser vistas, oídas y
experimentadas en Washington. Hacía unos días que había estado en el
Laboratorio de Investigación Naval Ártica, en Barrow, al norte de Alaska.
Allí tenían evidencias que podrían valer millones de dólares. Temperaturas
marítimas, circulaciones generales, estimaciones de insolación, velocidades
de los vientos, mapas de formaciones de hielo. Los datos usuales destinados a
los ordenadores, para ser posteriormente reanalizados e interpretados de doce
formas diferentes. Pero, probablemente, nunca de una decimotercera forma,
quizá la realmente importante.
Por supuesto, con toda la información harían un esquema climático. Ellos
no podrían hacer solo uno; probablemente harían seis. Todo el mundo sabía
que esos esquemas contenían un amplio margen de error, aunque provinieran
de grupos que se identificaban con siglas espectaculares como CLIMAP
(Climate Mapping People) o GARP (Global Atmospherics Research Project).
Stovin pensó cansadamente que esto era así porque solo se podía obtener de
una computadora lo que se había puesto en ella. En ellas no podía incluirse la
intuición y, por tanto, era imposible obtener respuestas geniales. ¿Qué es lo
que Diane —fugazmente, el vio su corto y rubio cabello— dice siempre con
respecto a los proyectos basados en información obtenida por computadora?
¡BABA! Basura adentro, basura afuera. Y en realidad, si el presidente hubiera
querido ese tipo de información, le hubiera bastado llamar a Mel Brookman.
En cuarenta y ocho horas, hubiera tenido un informe completo sobre su mesa.
Desde luego, no; no era para eso para lo que había sido enviado al Ártico.
—Dígame —preguntó a Bisby—, ¿tiene usted muchos amigos por aquí?
Me refiero a amigos esquimales.
—Algunos —contestó Bisby—. Conozco a unos cuantos.
No parecía demasiado propenso a extenderse en el tema, pero Stovin ya se
había decidido. Tomó una pequeña llave de uno de sus bolsillos, abrió
cuidadosamente el maletín negro que había dejado junto a él y extrajo las
fotografías que Brookman le había mostrado al presidente.
—¿Han visto, ellos o usted, algo parecido?
Sin responder, Bisby las miró una por una durante pocos segundos; luego,
miró a Stovin inexpresivamente.
—Fotografías de satélite, ¿eh?
—¿Cómo lo sabe?
—He visto muchas en las Fuerzas Aéreas. Son inconfundibles, por algo
relacionado con el ángulo de enfoque. Estas son bastante buenas. Aunque se obtienen mejores fotografías con los sistemas convencionales. ¿Supongo que
se trata de Siberia?
La pregunta de Bisby sobresaltó a Stovin.
—¿Y qué le hace pensar que se trata de Siberia? Podría tratarse de
cualquier otro sitio.
Bisby sonrió.
—Usted no me mostraría fotografías tomadas desde un satélite, si se
tratara de Alaska, Canadá, Noruega o Suecia. Habría obtenido mejores
fotografías, tomándolas a menor altura. Y, en ningún caso, podía tratarse de
América del Norte. Mire esto. Hay extensiones de árboles de Sitka y alerces
espinosos, pero la mayor parte son abedules, y esta triple combinación no se
da en este lado.
—¿Este lado de qué?
—Este lado del mar de Bering, Dr. Stovin.
Stovin se encogió de hombros, sintiéndose ligeramente desconcertado.
—Bien, tiene razón. Son fotografías de Siberia.
—¿De qué parte?
—De un lugar llamado Ziba, a orillas del Obi. Cerca de Igrim.
—Lo conozco. Está situado cerca de la explotación petrolífera.
—Parece que sabe usted mucho sobre todo esto… —dijo Stovin.
Bisby se inclinó hacia delante.
—Señor, usted puede tener conocimientos respecto a volcanes. No sé
hasta qué extremo domina el tema, pero quizá sea mucho. Pero yo soy un
antiguo piloto de las Fuerzas Aéreas y sé bastante sobre objetivos. Igrim era
uno de ellos, supongo que todavía lo es. Todo eso está guardado en algún
archivo de alto secreto del Mando Estratégico del Aire. Lo sé. En cuanto a
esto —su dedo trazó un amplio círculo sobre la superficie de la fotografía—,
bueno…, yo personalmente, nunca lo he visto.
Stovin se enderezó en el asiento, y comenzó a colocar las fotografías
dentro de sus sobres.
—Es una lástima —se lamentó—. Fue un albur. Verá, pensé que volando
tanto sobre este estado, usted habría visto cosas como estas.
—No, nunca las he visto —dijo Bisby— pero he hablado con gente que sí.
Stovin dejó de ordenar las fotografías instantáneamente. Bisby tomó una
de ellas y movió de nuevo el índice por la superficie de la imagen.
—No es posible estar seguro —aclaró—, pero apostaría que esto ha sido
hecho por un Danzante.
Stovin permaneció en silencio, mientras Bisby, con aire ausente, removió
los últimos trocitos de hielo medio derretidos en su vaso; y prosiguió:
—Cuando tenía diez años, mi padre me llevó en un viaje por el río
Inglutalik, en la península de Seward, muy al norte de aquí. Nos internamos
tierra adentro, donde según creo, mi padre tenía la idea de fundar una misión,
en la zona primitiva que se extiende al norte de Umlakeet, hacia donde se
empezaban a trasladar muchos tramperos blancos. Siempre decía que en
cualquier lugar donde hubiera tramperos, tenía que existir una misión. No por
ellos, sino por los esquimales. En todo caso, la idea no prosperó, porque
cuando los tramperos se instalaban en un sitio, los esquimales se marchaban
de él.
»Pero encontramos a un anciano esquimal en lo que había quedado de una
aldea. Aún puedo recordar su nombre, Kakumi. Nos contó historias sobre los
antiguos esquimales. A mi padre le gustaban mucho ese tipo de narraciones y
escribió muchas; pero después se perdieron. No se qué ha sido de ellas. Nadie
tiene datos sobre esta materia en la actualidad. Mi padre solía hablarme de
estas cosas, y me contó que Kakumi decía siempre que una zona de bosque,
más allá del Ungulik, había sido visitada tiempo atrás por lo que él llamaba un
Danzante. Logró que Kakumi le llevara allí; pero yo estuve enfermo esos días
y no pude acompañarlos. Mi padre habló mucho de aquello durante las
semanas que siguieron. Decía que era como si la mano de Dios hubiera
barrido una parte del bosque, dejando una gran señal en la tierra. Según mi
padre, una señal de un kilómetro de largo. Pero Kakumi lo interpretaba de
otra manera. Decía que aquello era la huella de un Danzante.
—¿Qué quería decir con eso del Danzante?
—Los esquimales creen —le informó Bisby, y Stovin tuvo la repentina y
curiosa impresión de que el piloto evitaba deliberadamente su mirada— que
sus vidas están controladas por Sedna. Sedna es la anciana que gobierna la
fauna marina desde el fondo del mar. Ella dirige a los peces, las focas, las
ballenas, en fin todo lo que los esquimales cazan para comer…, si es que
comen. ¿Me sigue usted?
Stovin asintió en silencio.
—Bueno, en todas las aldeas, el que habla con Sedna baila para ella la
danza del arpón y otras danzas para mostrarle agradecimiento y hacerle reír, y
para que proporcione alimento a los esquimales. Pero, a veces, Sedna envía a
sus Danzantes, los cuales se introducen en las viviendas cuando la gente está
reunida y todo está oscuro, excepto por la luz procedente del fuego. Esto es, al
menos, lo que ellos creen.
—Pero, aquello no podría…
—Y con bastante frecuencia —continuó Bisby, haciendo caso omiso de la
interrupción—, Sedna envía a uno de sus esposos a bailar. Y él es más grande
que una montaña, más ancho que un lago, y más profundo que un barranco.
Así es como Kakumi se lo contó a mi padre.
—¿Y por qué Sedna hace eso? —preguntó Stovin—. Es decir, ¿por qué
creen los esquimales que lo hace?
Bisby se encogió de hombros.
—Ellos dicen que lo hace cuando quiere comunicar a los esquimales que
les ha llegado su hora. Ese es el significado del Danzante. Recuerdo que mi
padre escribió esto: «Para decirles a los esquimales que ha llegado su hora.»
—Una especie de anuncio de muerte —dijo Stovin reflexivamente—. ¿Y
cuánto tiempo hace que ocurrió esto?
Bisby se encogió nuevamente de hombros.
—Según mi padre, las huellas eran tan antiguas que el musgo cubría los
tocones de los árboles arrancados hasta casi ocultarlos, y habían grandes
pedruscos a lo largo del ventisquero que había dejado el paso del Danzante.
Además, Kakumi dijo que el padre de su padre le había contado lo que el
padre de su padre le contó a él. O sea, que la historia puede venir de mucho
más lejos.
—Me gustaría poder calcular su antigüedad.
—Bueno, mi padre afirmaba que había sucedido antes del siglo XVIII, pero
esto es tan solo una suposición, por supuesto.
—Entiendo.
Stovin se quedó pensativo durante unos segundos mientras Bisby lo
observaba.
—¿Fue esa la última vez que los esquimales vieron al Danzante?
—No —repuso Bisby.
Sorprendido, Stovin apartó el maletín y lo miró atentamente.
—¿Quiere usted decir que han habido otros? ¿Dónde? ¿Cuándo?
—Ha habido uno más —contestó el piloto—. Solamente uno, según mis
noticias. Ocurrió muy al norte, junto al mar de Beaufort, en la región de
Kugpagmiut. Allí habita un esquimal llamado Awliktok. Yo lo veo
ocasionalmente cuando voy por Barrow. Este hombre mantiene contactos a
través de la frontera. Las fronteras son una maldición para los esquimales,
pero, bueno…, afirma que por allí apareció un Danzante, en la bahía
Mackenzie. Dice que se llevó toda una parte de la costa y del bosque, más de un kilómetro, y unos trescientos renos. Aunque entre las víctimas no hubo
ningún esquimal. En esta época del año, van poco por allí.
—¿Cuándo sucedió todo esto?
—Hace aproximadamente un mes.
—¿Habla usted en serio? No ha habido informes ni rumores al respecto.
—Se equivoca. Ha habido muchos rumores, pero solo entre los
esquimales. Porque, ¿quién les hace caso? Y le diré algo más que es
absolutamente cierto, y que usted podrá confirmar entre la gente de las
pesquerías: la ballena está emigrando más temprano este año. Seis, ocho, e
incluso diez ballenas fueron vistas la semana pasada cerca de Barrow,
navegando hacia el sur. Y aún es demasiado pronto para emigrar hacia el sur.
Habitualmente, pasan el verano en Beafort alimentándose. Awliktok asegura
que las ballenas estaban al borde del banco de hielo observando al Danzante.
Por supuesto, esta es la forma de hablar de los esquimales.
—Por supuesto —confirmó Stovin, sumergido en sus pensamientos.
—Si me quedara unos días más, una semana por ejemplo… ¿podría usted
llevarme allí? ¿Cómo se llama…, bahía Mackenzie?
Bisby hizo una mueca de contrariedad.
—Es difícil. Aquello es territorio canadiense y hay muy pocas
probabilidades de conseguir atravesar los límites fronterizos volando a lo
largo de Beaufort. Las Reales Fuerzas Aéreas Canadienses han conseguido
cubrir con sistemas de alarma toda esa costa. Y no permitirán que nadie
sobrevuele esa zona en un pequeño aeroplano, tomando fotografías. Porque
supongo que usted querrá tomar fotografías.
Stovin asintió.
—No se preocupe por los límites fronterizos. Puedo conseguir una
autorización.
Bisby lo miró inquisitivamente.
—¿Está usted seguro?
Stovin asintió nuevamente.
—Bien —concluyó Bisby—, si está usted seguro, Dr. Stovin, no me
importará hacer un corto viaje sobre Beaufort. Tenía un tío que acostumbraba
a ir allí a pescar.
—¿Y qué fue de él?
—Se ahogó —atajó Bisby.
Extracto de una carta del Dr. Stovin a la Dra. Diane Hilder, Dpto. de Zoología,
Universidad de Nuevo México,
Albuquerque, N. M.
… resultó ser una costa inesperada, no muy distinta a Norton Sound, pero mucho más abierta. Bisby afirma que hay muchos más hielos otoñales que de costumbre, aunque estaban bastante deshechos. También había una gran cantidad de pequeños icebergs justamente al final de la bahía. El océano es poco profundo en este sector, y a lo largo de la costa pudimos ver algunos grupos de renos que emigraban. Creo que los debimos asustar, pues volábamos tan solo a sesenta metros de altura. Según mi parecer esta altura no deja mucho margen al error pero Bisby es un buen piloto.
El Danzante de que me habló Bisby parecía haber… Bueno, no se cómo decirlo ¿danzado…? ¿visitado…?, ¿pasado…? por una zona localizada a dos o tres kilómetros al este del Punto de Demarcación, el cual está en el límite de Canadá, donde desemboca el río Mackenzie. Como sabrás, las aguas del Mackenzie son más cálidas que las del océano, lo cual despeja de hielos un área de unos cinco kilómetros. Había algunos sectores con nieve, pero también grandes e inesperadas franjas de moribunda vegetación veraniega. La extensión cubierta por la nieve era mayor que en el oeste, contrariamente a lo que siempre sucede. Así es que, cuando vimos la huella del Danzante, me impresioné más de lo que había esperado, porque marcaba una franja recta a través de la tundra que todavía no estaba helada. Yo estaba ansioso de aterrizar, pero Bisby, tras volar elevándose y descendiendo durante unos instantes, dijo que no era ni remotamente posible tomar tierra a menos de cincuenta kilómetros. Además no estábamos convenientemente equipados para caminar por la nieve, por lo que sería conveniente que alguien con el equipo adecuado se dirija allí para tomar algunas muestras.
El panorama era realmente fantástico. En la tundra, a ochocientos metros de la costa, se elevaba un enorme bloque de hielo horizontal. Hacía mucho sol, y el vapor que se desprendía del bloque, lo hacía parecer rodeado de humo. Parte del hielo se había derretido durante el último mes, y pude contar quince renos muertos alrededor de sus bordes, Dios sabe que debe haber muchos más dentro; quizá unos trescientos, de acuerdo con lo que el esquimal le dijo a Bisby. Y había algo que puede interesarte, una gran cantidad de lobos en el sector. Al menos doscientos, probablemente más. Dos grandes manadas se desplazaban a la vez, a poca distancia una de otra. Cuando los avistamos estarían a unos dos kilómetros del Danzante. Sigo llamándole así porque no sé de qué otra forma puedo llamarlo. Además de las dos grandes manadas, había pequeños grupos, de una media docena cada uno, que estaban echados o se movían tranquilamente por los alrededores del Danzante. Supongo que se alimentan de los renos muertos que quedan al descubierto cuando el sol derrite el hielo. Daban la impresión de que estaban esperando, como si supieran que dentro habían muchos más renos. Una inteligente previsión.
Diane, estaré en Boulder la próxima semana. Tengo que ir a Washington para hablar con
Brookman, y luego al NCAR[1]. Supongo que para entonces ya estarás allí de vuelta. Podremos comer juntos. Podrás hablarme de los Canis latrans, y yo te hablaré de algunas leyendas esquimales. De paso, te recuerdo que la norma de secretos sigue vigente. No
hables con nadie de esto. No todavía, no hasta que no obtenga la asignación del NOAA[2].
Ahora me dispongo a ir a los barrios bajos de Barrow. —¡Muérete de envidia Manhattan!— a tomar una copa con Bisby. Es una buena persona y está lleno de sorpresas.
Espero verte muy pronto, ¡y ten cuidado con el tráfico de Lomax!