El sexto invierno

Douglas Orgill · Capítulo 2 de 28

Páginas del PDF

El sexto invierno

Capítulo 1

1

 

William Stovin caminó bajo el sol a través del campus, a lo largo de los

regulares senderos que cruzaban los prados que los sistemas de riego se

esforzaban en mantener verdes. Sorteando el tráfico de la calle Roma, cruzó

Lomax, pasando junto a la mole marrón del edificio del Departamento de

Física Astronómica y, dejando atrás las mesas al aire libre donde los

estudiantes se sentaban a leer y discutir tomando coca-colas, llegó a la parada

de autobús situada junto al edificio de Periodismo.

Pocos segundos después de su llegada, el autobús de Río Grande se

aproximó por el amplio bulevar. Como de costumbre, había calculado bien el

tiempo. Subió al autobús, pagó su billete, y observó distraídamente cómo la

desordenada sucesión de hoteles, hostales, gasolineras, supermercados y

árboles polvorientos del bajo Albuquerque desfilaba ante su ventanilla.

Bajó del autobús junto al edificio de cemento de un gran supermercado, y

caminó por la sombra, en el barrio antiguo atestado de turistas. En una plaza,

frente a la iglesia de San Felipe, se hallaba un cañón español al que siempre

propinaba una rápida y supersticiosa caricia y, repitiéndola una vez más,

cruzó la plaza en dirección al restaurante donde comía habitualmente. Se

sentó en una silla de madera, en la mesa que siempre le reservaban, situada

frente a una gran pintura mural que representaba a Don Juan de Oñate, primer

colonizador de Nuevo México, en 1598. Consultó su reloj de pulsera. Diane

aún no había llegado. En realidad no le sorprendía, aunque hubiera deseado

que estuviese allí. A menudo se burlaba de él, diciéndole que era un hombre

de costumbres invariables. Quizá lo fuera. Pensó un tanto fastidiado que le

gustaba la rutina, porque le proporcionaba a su mente la oportunidad de

sumergirse en cosas más importantes. Cuando acudió la camarera, de cabellos

negros y brillantes y cara agradable, enfundada en una blusa blanca y una

falda roja con cinturón dorado, él le sonrió y le dijo que esperaría.

Sacó de su maletín el Informe Lithman, aunque lo sabía casi de memoria.

Esto respalda la teoría de Eddy, se dijo por enésima vez. Y, desde luego, me

respalda a mí. Todo estaba allí, mil veces, revisado e incluso ampliado… El

Spörer Mínimum, el Maunder Mínimum. Y ahora, ¿qué? El Stovin Mínimum.

Este solo considera superficialmente los anillos arbóreos de Lithman.

Estamos llegando a un punto, pensó, donde lo más que podemos hacer es

sumar dos y dos, pero todavía nos da como resultado tres y medio.

Si suponemos que el Maunder Mínimum, el Sporer Mínimum y el Stovin

Mínimum no son en absoluto anomalías y que los últimos 15 000 años —con

puntas máximas engañosas, como aquel período en el siglo XIII, por ejemplo

cuando los ingleses cultivaron vino en Kent— son la anomalía… Teniendo en

cuenta que 15 000 mil años de Interglacial no son más que un abrir y cerrar de

ojos en el tiempo geológico, la única civilización humana que hasta ahora

conocemos se habría establecido en ese abrir y cerrar de ojos. Apoyó su puño

izquierdo contra la palma de su mano derecha y miró fijamente a Don Juan de

Oñate. Si al menos hubieran tenido el suficiente sentido común…

—Hola, Stovin.

Diane Hilder estaba de pie detrás de su silla, sonriéndole. Baja y fuerte, de

hombros redondeados, enfundada en unos viejos tejanos y una blusa roja, bajo

un desgastado chaleco de piel. Como de costumbre, su cabello rubio platino

estaba despeinado. Él sintió una oleada de placer, mientras se levantaba

torpemente de la silla para recibirla.

—Pensé que no ibas a venir.

—Nunca desprecies una buena comida, Stovin. Esto es lo que me decía

siempre mi madre.

—Eres una mujer muy sensible.

Cuando acudió la camarera, escogieron el menú… Él, lo que tomaba

siempre: enchilada de pollo con arroz, salsa rosa y medio litro de vino blanco;

ella, queso y una ensalada. Diane se sirvió una copa de vino y fijó su mirada

en el plato de Stovin.

—¿No te cansas nunca de comer eso? Sabe Dios lo que puede afectar a tu

estómago.

Stovin se encogió de hombros.

—Ya te lo he dicho muchas veces, Diane; no me hace daño. Al contrario,

me evita un montón de problemas. El jueves es el día de la enchilada, y ya no

tengo que perder tiempo pensando en qué comeré. En cambio, lo que tomas tú

—y señaló con la cabeza la ensalada de Diane—, no alimentaría ni a un

mosquito.

—Bueno, tengo que pensar en mi estómago —contestó ella, sonriendo y

dándose unas palmadas en él—. Engordé un kilo el mes pasado.

—¡Horrible! —exclamó él, haciendo una mueca.

Diane le miró con los ojos entrecerrados, mientras él cortaba

cuidadosamente su enchilada. De todos modos, pensó, no era el tipo de

personas que tendían a engordar; aquellos ingleses fornidos y de edad

indefinible nunca engordaban. ¡Sí, claro! Ahora era americano, por supuesto, pero en realidad continuaba siendo inglés en todo menos en sus documentos

de nacionalidad. ¿Qué edad tendría? Ese dato debía estar en algún fichero del

campus, supuso, pero nunca lo había investigado. ¿Cuarenta? ¿Cuarenta y

cinco años? En Stovin era difícil determinarlo. Y, de todos modos, ¿por qué le

llamaba Stovin? Todo el mundo le llamaba «Sto». A él le disgustaba el

nombre de William casi tanto como a ella.

—¿Cómo está el Canis latrans?

—Muy bien —contestó ella—. Hay muchos por los alrededores. Esta

mañana llegué de Pecos; estuve allí arriba, pasado Chico, durante estos tres

últimos días. Al volver, encontré uno grande, muerto en la carretera. Alguien

lo debió atropellar anoche. Lo tengo en la parte trasera de la camioneta —e

indicó con un giro de cabeza el vehículo que estaba aparcado en un extremo

de la plaza.

—¿Cargaste el cadáver de un coyote adulto en tu camioneta? ¡Por lo

menos pesaría veinte kilos!

—Es una hembra —contestó ella—. Creo que tuve suerte; un guardia

forestal acertó a pasar por allí y me echó una mano. —Diane imitó el cansino

acento de Texas— «Escuche, señora, ¿sabe lo que puede sacar de esos

bichos? Pulgas, señora, pulgas. ¿Lo comprende, señora?» Debieras haber

visto su cara cuando le dije que eso era precisamente lo que andaba buscando.

—¿Y por qué no matas uno o dos coyotes, y te ahorras trabajo? —

preguntó Stovin impaciente—. Dios sabe que el coyote no es precisamente

una especie en extinción.

—Aún no lo es —respondió ella categóricamente—. Pero… ¡Dios mío!

Estamos trabajando en esto, ¿no? ¡Yo no mato, a no ser que sea

completamente necesario!

—Haz lo que te parezca —dijo él con indiferencia. Y distraídamente,

como por casualidad, dio una palmada sobre la cubierta rosa del Informe

Lithman.

Ella captó la intención.

—¿Qué llevas ahí?

—Lithman.

Su voz era demasiado inexpresiva para ser espontánea, pensó ella. Le

miró con curiosidad.

—Te inquieta, ¿no es cierto? ¿Qué dice?

Stovin se encogió de hombros, fingiendo despreocupación.

—Mucho de lo que yo digo, y de lo que he estado diciendo durante los

últimos tres años.

Diane silbó.

—¿Lithman…? Ese es el hombre que…

—Exacto —contestó él con tono desesperanzado—. Lithman estaba

equivocado en lo del ciclo del volcán. Exageró el factor polvo. Estuvo

equivocado como lo he estado yo, como lo estuvieron Einstein y Copérnico.

Y ahora todos dirán que ha errado nuevamente…

—¿Lo ha hecho?

—No.

—Es una lástima que Lithman sea tan anciano —dijo ella pensativamente

—. La gente ya no escucha a los ancianos.

Stovin sonrió y tomó un sorbo de vino.

—Bueno, en cualquier caso, ya no envejecerá más…

—¿Qué quieres decir?

—Lithman ha muerto… Me enteré esta mañana en las noticias de las

nueve. Tenía ochenta y siete años… Quizás era el climatólogo más original

del mundo. De cualquier modo, así es como lo definirán. Es como si lo

degradaran: un individuo tan original tiene que estar equivocado.

Ella le miró con preocupación.

—¿Y en qué te concierne a ti todo eso?

—¡Oh! —exclamó Stovin, más animado—. Yo tomaré el relevo y llevaré

el estandarte, aunque no sea precisamente un hombre joven.

—Nadie —contestó ella— te ve ni viejo ni joven, ni siquiera de edad

madura. —Esa es la verdad, pensó.

Stovin pidió la cuenta. Ella observó cómo sacaba un puñado de dólares

arrugados de sus bolsillos. ¿Por qué diablos no usaba una tarjeta de crédito,

como todo el mundo?

—Sigue con los coyotes —dijo él, mientras se dirigían hacia la puerta.

Ella le ofreció la mejilla y Stovin apenas la rozó con sus labios. Era como ser

besada por una tortuga—. Tú sabes dónde estás situada con respecto a ellos

—añadió—. Pero ten en cuenta…

—Ten en cuenta, ¿qué?

—Bueno… si Lithman tiene razón, se abre todo un nuevo futuro para los

coyotes.

Stovin observó a Diane mientras cruzaba la plaza. Pensó que olía bien. Y

a él le gustaban aquellos besos rápidos. Pero no debía saborearlos demasiado.

Caminó dejando atrás el cañón de bronce, para seguir a la sombra de la iglesia

de San Felipe. Aquel era un lugar tranquilo, uno de los pocos donde podía

pensar. Dentro de la iglesia, las velas parpadeaban y el altar estaba repleto de flores; fuera, en el pequeño jardín amurallado, las palomas se arrullaban. Solo

había dos lámparas encendidas, en el interior. Stovin se sentó en un banco de

madera clara, envuelto por una suave penumbra. Miró a su alrededor y pensó

que San Felipe era un lugar apacible y tranquilo. Al cabo de un cuarto de

hora, se levantó y salió a la calle.

Al regresar a su habitación de la universidad, sacó el Informe Lithman de

su maletín y lo leyó íntegramente una vez más. Luego, se dirigió hacia el

escritorio, al otro lado de la habitación, quitó la funda de plástico negro de su

máquina de escribir portátil, y se puso a teclear con dos dedos.