El sexto invierno

Douglas Orgill · Capítulo 7 de 28

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El sexto invierno

Capítulo 6

6

 

Oh, Stovin, pensó Diane, te echo de menos. ¿Por qué demonios te echo de

menos? Yo no lo sé. Solo recibo de ti un beso fugaz en la mejilla, una vez a la

semana. Pero ya han pasado seis semanas, y te echo de menos.

Bajó la vista al voluminoso montón de hojas mecanografiadas, que estaba

sobre la mesa de su pequeña habitación, orientada hacia la soleada y

salpicadora fuente y la fresca sombra del edificio de Lenguas. El título era

«Observaciones sobre la Hibridación del Canis rufus y Canis latrans, en las

montañas Sangre de Cristo, en Nuevo México», según rezaba la cinta

plastificada de la cubierta amarilla. «Por Diane Hilder, doctora por la

Universidad de Colorado».

«Bien, pensó, ahí está, el producto de dieciocho meses de trabajo…

45 000 palabras…, 237 diapositivas. Desde luego, no me haré famosa, porque

nadie, absolutamente nadie, se haría famoso por investigar el apareamiento

del lobo rojo, del cual, probablemente, no quedarán más de treinta ejemplares

vivos en Estados Unidos, y el coyote, de los que hay muchos. Pero esto

producirá, o al menos podría producir, nuevas especies. Si pudiera

conseguirse mediante el cruce de razas un híbrido. Y si durante, cierto tiempo

pudieran ser protegidos de los ataques del hombre. De este modo el viejo lobo

rojo solo hubiera rozado el borde de la extinción, si finalmente lograra

introducir sus genes en unas cuantas receptivas hembras coyote. Cambiado

pero no perdido. No hay muchos animales que puedan hacer eso. Quizá los

perros, con un poco de ayuda de nuestra parte. Pero el inteligente Canis rufus

se las arregla solo. ¿Podría hacerlo el hombre si fuera necesario? Lo dudo.»

Y ahora le había llegado el momento de dejar Albuquerque y la

Universidad de Nuevo México, y volver a su campus de Boulder. Empezó a

plantearse, sin demasiado interés, a qué iba a dedicarse luego. Había recibido

una oferta de trabajo en Canadá, para investigar las migraciones estacionales,

pero aún no había nada definitivo. De todas formas, no pensaba rendirse al

hechizo de Boulder. Por un momento los ojos de su mente recorrieron la

imagen de Colorado en los meses venideros…, las bicicletas encadenadas

fuera de los edificios de color marrón rojizo, del Campus del Este. Los

alumnos deambulando por esa extraña e insólita zona del bajo Boulder,

pasados la gasolinera y los bloques de oficinas, y más allá de la

desconcertante geometría de las calles de un solo sentido, que desembocaban súbitamente en un espacio urbano anticuado, pero dotado de anchas aceras

con árboles, librerías y pastelerías. Y sobre todo esto, la gran masa de las

Flatirons destacando contra el cielo con las luces del Centro Nacional para la

Investigación Atmosférica, brillando como Shangri-La, erguido en la ladera

de la montaña, al atardecer. Sí, sería muy agradable volver a estar en Boulder.

Pero, no por mucho tiempo.

Hilder, se dijo a sí misma firmemente, no pases demasiado tiempo en

ninguna parte. Y reanudó la lectura de la carta de Stovin. Había un par de

frases sueltas…

El edificio de Biología estaba al otro lado del campus central. Ella se

dirigió hacia allí lentamente, disfrutando del sol de Nuevo México. Las

tardías mariposas Macaón, de aspecto cremoso, birreta negra y cola de

milano, paradas sobre los arbustos en flor que bordeaban el sendero, se

alejaban de mala gana al pasar ella. No había prácticamente nadie en el

edificio, pero Diane subió las escaleras y recorrió el pasillo hasta la Sala de

Investigadores y para su sorpresa encontró al hombre que quería ver.

—Hola, Frank. Te estaba buscando.

El hombre que estaba tras una mesa al lado de la ventana, bajó su revista y

sonrió. Ella observó que se trataba del periódico científico británico Nature.

—Bien, bien —dijo él— esto tenía que suceder. Debe ser la loción para

después del afeitado que estoy probando. Una cosa te voy a pedir, Diane: sé

amable conmigo.

—No te preocupes —contestó ella riendo—, no me acercaré a ti. Tengo

buena memoria… ¡No! —exclamó echándose hacia atrás cuando él inició a

medias un gesto de acercamiento—. Solo vengo a preguntarte algo.

¿Por qué tengo que representar esta pantomima cada vez? —se preguntó

un poco aburrida. Frank Van Gelder era un hombre casado desde hacía

tiempo, y de unos cuarenta y dos años, pero a veces se comportaba como un

adolescente. No obstante sabía mucho acerca del Canis lupus, el lobo gris, el

más característico, el abuelo de todos ellos.

—¡Bueno, pregunta! —le apremió Van Gelder, imperturbable.

—¿Hay muchos casos registrados sobre lobos grises que comen carroña?

Me refiero a carne que haya estado muerta durante algún tiempo.

Como siempre que se le preguntaba algo serio, Van Gelder se volvió serio

y atento.

—El Canis lupus come carroña —expresó pensativamente—, pero

solamente en casos de extrema necesidad. Y, en esas circunstancias, si puede conseguirla, come carne humana. Ya sabes, en viejos cementerios. Hay

muchos datos procedentes de Escocia y Europa central, de pocos siglos atrás.

A pesar suyo, Diane se estremeció, aunque Van Gelder no se dio cuenta.

—Pero —continuó—, al lobo gris le gusta comer carne fresca cuando

puede conseguirla.

—Entonces, ¿no te parecería lógico ver a los lobos grises, a muchos de

ellos, esperar para conseguir carroña, habiendo renos vivos en los

alrededores?

—Si un lobo gris comiera carroña en esas circunstancias —expresó Van

Gelder—, creo que sería un caso bastante especial. No, no me parecería

lógico que un grupo de lobos hiciera eso. Pero, ¿qué quieres decir con que

esperasen para conseguir carroña? ¿Te refieres a vertederos de basura, o algo

similar?

—Sí, algo así —respondió Diane, vagamente.

—Los osos polares, sí —puntualizó Van Gelder—. Ellos entran en los

vertederos de basura de las bases del Ártico. Creo que alguien escribió algo

sobre el tema; quizá fue Ingram. En todo caso, los lobos no lo harían, y menos

en grupos más o menos grandes.

Diane frunció el ceño.

—¿De cuántos lobos grises se puede componer una manada que se

desplaza? —preguntó ella.

Van Gelder la miró con curiosidad.

—Tú lo sabes tan bien como yo. Más o menos, como cualquier otra clase

de lobo, Diane. En grupos familiares, de seis, ocho o diez. En caso de mucho

frío, quizás hasta veinte.

—¿Pero no en grupos de cien?

Van Gelder soltó una carcajada.

—Claro que no. ¿Has estado leyendo folklore? ¿Qué clase de animal de

presa necesita a cien lobos para ser atrapado y compartido? No es necesaria

tanta cooperación para atrapar tres o cuatro renos. Aparte de que no hay nada

que se disperse más rápidamente que una manada de renos.

—Así pues, ¿sería asombroso ver a cien lobos juntos?

—Lo sería. No tiene objeto que cien lobos vayan juntos. Por lo menos

desde que murió el último mamut.

—¿El último mamut?

—Eso es —aseguró Van Gelder—. En el Pleistoceno, después de la Edad

del Hielo, las dos únicas criaturas que podían cazar a un mamut eran el Canis

lupus y el Homo sapiens. O sea, hombres y lobos. El hombre inventó trampas y armas, y el lobo desarrolló su velocidad y sus colmillos. Pero, además,

ambos aprendieron a cooperar dentro de sus propias especies. Supongo que

los lobos no podrían matar a un mamut solo con sus colmillos y en medio de

una pradera. Así es que, para conseguirlo, tuvieron que hacerlo a base de

velocidad y un número masivo de cazadores. Por ello formaron manadas de

más de cien animales. Un par de mamuts alimentaban así a una centena de

lobos, durante bastante tiempo. Pero desde que desaparecieron esos grandes

animales, aquella clase de organización social se vio desfasada y la evolución

tomó otras directrices. Hoy, no se necesitan más de tres o cuatro lobos para

matar a un caribú o un reno.

—Ya lo veo —comentó Diana pensativamente—. Bueno, gracias Frank,

eso es todo lo que quería saber.

—Tendrás que pagar por ello —la previno tranquilamente—. Te costará

dinero y tiempo. ¿Qué te parece si cenamos juntos la semana que viene?

Christine estará fuera.

—De ningún modo —cortó ella—. Además, estaré en Boulder.

—¿Boulder? ¿Y qué diablos hay en Boulder?

—Mi universidad.

—¿Quieres decir que tenéis una universidad en Boulder? —se mofó Van

Gelder, aparentando sorpresa—. ¿Una universidad de verdad? ¿Por qué soy

siempre el último en saber esas cosas?

—Muy gracioso —replicó ella, cerrando la puerta tras de sí. Durante todo

el camino de vuelta a su habitación, dejando atrás las soñolientas mariposas y

la salpicadora fuente, caviló sobre los lobos árticos de Stovin.

 

El Dr. Melvin Brookman ocupó la silla de alto respaldo y asiento tapizado en

piel en la antesala del despacho Oval, con aspecto preocupado. Pasados cinco

minutos, estaría entrando en el despacho para hablar con el Presidente de los

Estados Unidos. Era sobradamente conocido el carácter apacible del

Presidente, pero también que su paciencia tenía un límite. Y Brookman pensó

en la posibilidad de que aquella noche el límite quedara rebasado.

¿Qué le voy a decir? pensó con ansiedad. Bien, está el informe de Stovin,

para empezar. El Presidente tiene una copia, y yo tengo la otra. ¿Pero que es,

en nombre del cielo, el informe de Stovin? Leyendas esquimales, folklore,

sueños. Más alguna controvertida observación sobre volcanes. Justamente el

tipo de cosas que con tanta frecuencia le oímos a Lithman, vuelven otra vez a

nuestros oídos. También hay ese único testimonio personal sobre el enorme bloque de hielo en el estuario del río Mackenzie, que ni siquiera está en los

Estados Unidos. Y solo observado desde el aire, por supuesto. Un bloque de

hielo fuera de lo normal, es cierto, pero podría ser un iceberg encallado. Solo

Dios sabe lo que está costando todo esto. Parece ser que Stovin está

alquilando aviones como si fuera un petrolero de Texas. Y se supone que este

año debe reducirse el presupuesto científico en un diez por ciento. Si algunos

de los periódicos que se oponen al actual gobierno consiguieran esta

información implicarían a todo el sistema.

Pero…, ¡maldita sea!, hay algo extraño en esto. Lo siento en mi esternón,

y mi esternón nunca se equivoca. No es la existencia de cuatro malos

inviernos en el transcurso de los últimos seis. Ni el retorno de las malas

cosechas, ni los pequeños descensos de temperatura en el mar y en la

atmósfera que se están registrando. Todo eso había ocurrido anteriormente en

otras ocasiones. No tiene por qué significar necesariamente la llegada del

Apocalipsis. En cada generación hay media docena de científicos que

predican el Fin de la Civilización y, como todos sabemos, hay multitud de

publicistas que se hacen eco. Pero el Fin todavía no ha llegado; o quizá sí,

puesto que la civilización que nosotros conocemos muere un poco cada año

sin que nos apercibamos.

Ahora bien, esta vez hay algo diferente. Aquella cosa que ocurrió en

Hays, y para la que los científicos atmosféricos encargados llegaron a

elaborar una respuesta: un modelo matemático. Ingeniosa, sin duda, quizá

correcta. Pero ¿por qué esas cosas estaban sucediendo ahora? ¿Y lo de las

fotografías del satélite? Por otra parte, no se había producido ninguna protesta

rusa. Ni una sola.

—Dr. Brookman, puede usted pasar. El Presidente lo espera.

En el despacho Oval, solo la lámpara del escritorio estaba encendida.

Después de acompañar a Brookman hasta el interior del despacho, el

ayudante del Presidente se dirigió hacia una silla en la penumbra, a la derecha

de la mesa, bajo los gallardetes de los cinco ejércitos. Se quedó silencioso,

escuchando.

—Me alegro de verle, Mel.

—Gracias, señor Presidente.

El Presidente enroscó el delgado informe mecanografiado que tenía

delante. Brookman observó que este aún conservaba un precinto rojo de

seguridad, como el que había adornado su propia copia del informe de Stovin.

—Naturalmente, usted lo habrá leído. —Era una afirmación; no una

pregunta.

Brookman asintió.

—¿Cree usted que ha descubierto algo?

—¿En qué sentido, señor Presidente?

Este observó a Brookman, en actitud pensativa. Allí estaba otra vez…

cuidadoso, sensible, legal, un modelo de hombre político. Por supuesto, no

hay nada de malo en dedicarse a la política, a pesar del desprecio que algunos

sienten hacia ella. Las organizaciones no pueden funcionar sin un hombre que

se dedique a ellas, y la Administración del Estado no es ninguna excepción.

—Quiero decir —aclaró pacientemente— si usted cree que esos

Danzantes se han producido regularmente en el Ártico, en el pasado.

—Las leyendas de este tipo se sustentan a veces en una base real —

contestó Brookman, sorprendiéndose a sí mismo.

—Porque si es así, Mel —prosiguió el Presidente—, nosotros podemos

estar comenzando a jugar una nueva partida de ese juego. Esto podría

significar que las condiciones del Ártico descienden hacia aquí. ¿Por qué?

—Stovin piensa que estamos ante los primeros signos de una nueva Edad

del Hielo —repuso Brookman.

—¿Pero cuando se iniciará esa Edad del Hielo? —insistió el Presidente.

—Stovin piensa que ya ha comenzado.

Cuando el Presidente volvió a hablar, había un cierto tono mordaz en su

voz.

—Ya sé lo que piensa Stovin, Mel. Tengo su informe delante de mí. Lo

que quiero saber es lo que piensa usted.

Brookman se rascó la ceja izquierda. Era un hábito que sus tres esposas

habían observado y deplorado sucesivamente. Significaba que se le hacía una

pregunta que le resultaba incómoda. Pero esta era una pregunta que no podía

eludir por más tiempo.

—Pienso —contestó indeciso— que hay una posibilidad entre veinte de

que Stovin tenga razón.

—¿Tan alta proporción? —se sorprendió el Presidente.

—Es probable.

—¿Y los demás están de acuerdo con usted?

—Solo uno.

—¿Quién?

—Chávez.

El Presidente abrió un cajón de la mesa de su despacho y sacó

rápidamente una hoja de papel, en la que había una relación de nombres.

—¿El botánico?

—Sí, señor Presidente. Ha estado estudiando el crecimiento de las plantas

en el Ártico. Dice que la planta de los últimos tres años da muestras de una

similitud muy notable con respecto a los datos proporcionados por los fósiles

del último glacial.

—¿Glacial?

—Edad del Hielo, señor Presidente.

El Presidente se levantó bruscamente de su asiento, se dirigió hacia la

ventana donde se detuvo unos momentos. Luego fue hacia una de las

mecedoras amarillas, situadas frente a la chimenea, y sonriendo invitó a

Brookman a sentarse.

—Lo que ha ocurrido en Hays, que parece ser lo mismo que lo ocurrido

en Siberia y en el estuario del río Mackenzie, ¿qué es exactamente, Mel?

Stovin dice que es un Danzante, pero eso no nos ilustra demasiado al

respecto.

Brookman se inclinó hacia delante. Por fin tenía algo concreto sobre lo

que informar.

—Puse a dos hombres del equipo del Global Atmospheric, el grupo

estadounidense del GARP, a trabajar en ese asunto. Llegaron a una

conclusión, que parece bastante lógica.

—¿Sí?

—Hace un par de años, dos australianos realizaron la interpretación

matemática de un tornado. Esto era algo de lo que, sorprendentemente,

sabíamos muy poco. Desde entonces se ha estado experimentando sobre eso,

aunque quizá poco sistemáticamente. En líneas generales, ellos dijeron que un

tornado se inicia con una corriente de aire descendente dentro de una nube

tormentosa, la cual atrae aire adicional del exterior. Todo este aire gira, cada

vez con más rapidez, en espiral y alrededor del núcleo central de la corriente.

El extremo inferior de la espiral succiona más aire de la parte baja de la nube

y gradualmente se extiende hacia la tierra, como un dedo gigantesco. Nuestros

muchachos piensan que esto es lo que debió ocurrir en Hays, pero desde una

nube de nieve, provocando un tornado de hielo. El contenido de la espiral de

semejante tornado puede ser inimaginablemente frío. Es un fenómeno que

puede darse en temperaturas extremadamente frías, combinadas con un cierto

grado de viento; como los que podemos encontrar en el Ártico, en torno al

Polo.

—Y súbitamente —comentó el Presidente, pensativo—, ahora empieza a

ocurrir mucho más al sur.

—Sí —dijo Brookman—. Dos o tres veces, hasta ahora.

—Y Stovin —recordó el Presidente—, piensa que esto inicia el camino de

una nueva Edad del Hielo.

Brookman no dijo nada.

—¿Cuánto tiempo —continuó el Presidente— dura el proceso hasta que

ese dedo monstruoso llegue a tocar la tierra?

—En un tornado —informó Brookman—, alrededor de treinta minutos.

Con el Danzante no tenemos la suficiente experiencia para saberlo, pero creo

que más o menos lo mismo. Lo cual puede darnos una cierta esperanza.

—¿Esperanza?

—Bueno, creo que si llegamos a identificar las etapas iniciales del

proceso, señor Presidente, nos será posible intentar algo para interferir su

desarrollo.

—Bien, eso puede ser importante, Mel. Al menos, dará la sensación de

que estamos actuando al respecto. Pero estaríamos combatiendo los síntomas

y no la enfermedad. Porque si estos síntomas indican que pronto sobrevendrá

una nueva Edad del Hielo… entonces las cosas dejan de ser tan

condenadamente importantes. Stovin tendría razón. Perderían toda su

importancia.

—No —intervino Brookman, dudando un instante antes de levantarse y

acercarse al gran mapa mural que el Presidente había mandado colocar, tres

años antes, en el muro opuesto a la chimenea.— Señor Presidente, si

aceptamos, y es mucho aceptar, que estamos cerca de un nuevo glacial y que

se repetirá el patrón del último, de hace 20 000 años, le recordaré lo que

sucedió entonces.

Brookman empezó a trazar sobre el mapa, con un dedo, una línea

ondulante partiendo de la costa oeste, a la altura de Vancouver, y bajando a

través de Montana, las dos Dakotas y las Grandes Planicies, hasta el suroeste,

a través de Iowa y Illinois. Luego volvió a subir a través de Kentucky del

norte, West Virginia, alcanzando finalmente el mar cerca de Baltimore.

—Esos eran, en líneas generales, los límites del hielo, hace 20 000 años.

El Presidente se levantó y se acercó al mapa.

—Stovin dijo que Chicago quedaría a más de un kilómetro bajo el hielo

—recordó—. ¿Podría esto hacerse extensible a Minneapolis, Filadelfia,

Pittsburg y Nueva York?

Brookman asintió.

—E incluiría también al resto del mundo —su dedo trazó otra línea—.

Toda la zona de las Islas Británicas situada al norte de una línea desde

Londres a Bristol, y a través de Europa y la Rusia europea. Abarcaría toda Escandinavia, la llanura germana, Berlín, Varsovia, Moscú y Leningrado,

para seguir hacia el este, por Siberia al Pacífico.

—¿Incluiría todo eso? —preguntó el Presidente.

—Todo —dijo Brookman.

—¿Y cuánto tardaría su… su hipótesis en afectar a toda la superficie que

usted ha mostrado?

—No lo sé —se disculpó Brookman—. Stovin piensa que sucedería

rápidamente; quizás en menos de una década. Y no es el único que piensa en

términos semejantes. Casi todos los que creen en la posibilidad de un nuevo

glacial, coinciden en que se extenderá con rapidez. Claro que rápido, en

términos geológicos, puede significar siglos. Pero, aún así, los problemas de

traslado de la población y de producción de alimentos serían gigantescos,

dado que las áreas afectadas serían casi las de mayor producción de alimentos

del planeta. Los únicos planes que podríamos hacer para esta eventualidad

estarían destinados a una población mundial de, como mucho, dos terceras

partes de la actual. Y usando una tecnología diferente para sobrevivir.

—¿Hay otros jefes de gobierno, en otros países, a quienes sus científicos

les hayan expuesto una hipótesis semejante a la suya? —preguntó el

Presidente.

—Es muy probable —dijo Brookman—. De hecho, estoy seguro de ello.

Sé que en Inglaterra, Ledbester se entrevistó con el Primer Ministro la semana

pasada. Y otros harán lo mismo. Pero siempre bajo secreto. En caso contrario

cundiría el pánico a nivel económico, social e incluso personal.

—De todos modos, vamos a tener que hablar con los demás —dijo el

Presidente.

—Debo recalcar que todo lo que le he dicho es una hipótesis —aclaró

Brookman—. Sé que no es muy satisfactorio, pero es lo único que puedo

darle. La verdad es que sabemos muy poco sobre el clima, aunque tengamos

satélites en órbita destinados a recoger datos del mismo. Y puede ser que

tanto Stovin como yo estemos equivocados, al igual que los demás. Un error

conduce a otro. Esto es algo que cualquier científico le puede confirmar.

Podemos estar equivocados.

—Observo que ahora emplea usted la palabra «nosotros», Mel —ironizó

el Presidente—. ¿Stovin lo está convenciendo?

—De alguna manera, sí.

—¿Está usted preocupado?

—Sí.

—Yo también lo estoy. —Y repitió—. También lo estoy.

Y se quedó pensando un momento.

—Tendremos que encontrar algún camino para hablar con los demás sin

que todo el mundo se ponga histérico —dijo—. Aunque si tomamos alguna

clase de decisión, esto se descubrirá con bastante rapidez. ¿No dijo usted que

los problemas podían ser insuperables?

Brookman asintió.

—Me pregunto… si… —el Presidente alzó la cabeza, sonrió y miró hacia

el techo—. ¿Sabe usted? Yo no soy como Stovin. Yo tengo fe en Él. No creo

que nos haya traído aquí para dejarnos congelados para siempre.

Brookman no dijo nada.

—¿Ha oído hablar alguna vez de Nataniel Greene, Mel? —le preguntó el

Presidente.

Brookman negó con la cabeza.

—Bien, temo que él no pertenece a su campo. Pero el viejo Nat ha sido

siempre un héroe del mío.

Señalando el retrato de Washington sobre la chimenea, continuó:

—Nat Greene era el lugarteniente de Washington en los primeros días de

la campaña contra los ingleses. Nunca ganó una batalla importante, pero

nunca perdió una campaña. Él solía decir: «Luchamos, conseguimos vencer,

descansamos y volvemos a luchar.» Cuando yo era muchacho, pensaba que el

viejo Nat representaba a la clase de hombres a la que me gustaría pertenecer.

A continuación se levantó y le tendió la mano a Brookman.

—Gracias Mel, volveré a ponerme en contacto con usted muy pronto.

Tendremos que reunir juntos algún material y convocar algunas reuniones.

Hablar, hablar. Vamos a tener que hablar mucho en los próximos meses.

Cuando el gran hombre se hubo marchado, el Presidente se quedó un

momento en pie, frente a la chimenea. ¿Cómo había denominado Brookman

el fenómeno de Hays? ¡Un dedo gigantesco! A pesar suyo, experimentó un

ligero escalofrío. Inesperadamente, algo llegó a su pensamiento, y se dio

cuenta de que sus labios estaban murmurando palabras olvidadas durante

mucho tiempo:

 

El Dedo Móvil escribe y, terminado el escrito,

se va. Ni toda tu piedad, ni tu ingenio,

serán suficientes para rectificar la mitad de una línea,

ni todas tus lágrimas podrán borrar una sola palabra.

 

Insuperable, esta fue la palabra que empleó Brookman. Levantó la vista

hasta encontrar la mirada de Washington en el retrato.

—Bien, señor Presidente —dijo el Presidente—, ya veremos qué pasa.

 

Yevgeny Soldatov contemplaba pensativamente el paisaje a través de la

ventanilla de la limusina gris, marca Chaika, que le transportaba desde el

centro de Moscú hasta el aeropuerto nacional de Domodedovo, 40 Km al sur

de la ciudad. El imponente coche oficial, conducido por un chofer, le había

recogido en la sede central de la Academia de Ciencias, situada cerca de

Leninsky Prospekt. En ese momento, el coche circulaba entre una tenue

aguanieve a través de los suburbios de Moscú. Grandes bloques de

apartamentos, sin estilo definido, aparecían de vez en cuando en medio de una

tierra estéril en la que empezaban a verse las huellas de las primeras nevadas.

Caminando por las aceras, se veían algunos peatones tocados con gorro de

piel y envueltos en gruesos abrigos, mientras otros esperaban en las paradas el

largo autobús azul salpicado de barro. Conforme el coche iba avanzando, los

edificios iban dejando paso, ocasionalmente, a pequeños bosques de abedules.

Era domingo por la tarde, y un grupo de jóvenes, probablemente

universitarios voluntarios, trabajaban pintando un puente de hierro.

Luego, la carretera cruzó a través de una extensa área de grandes bosques

de abedules que aparecían alineados cómo un regimiento y se extendían hasta

donde alcanzaba la vista. El corazón de Soldatov se animó. Soy un auténtico

siberiano —se dijo a sí mismo—. No tengo ningún afecto por Moscú.

Demasiada gente, y demasiados enredos en los asuntos. Y las colinas Lenin

no son un buen sustituto de la taiga.

La mayor parte de los moscovitas pensaban que estar destinado en una

ciudad siberiana, como Novosibirsk, era algo así como un castigo, como ser

apartado de la sociedad y recluido en la sede del tedio. Sin embargo, Soldatov

se había dado cuenta rápidamente que en la actualidad le gustaba

Novosibirsk, aunque la ciudad se mostraba ruda con frecuencia. En ocasiones,

recordó divertido, escaseaban algunos artículos o alimentos esenciales, como

la mantequilla. Pero, en cambio, tenían un ballet tan bueno como el Bolshoi.

Bien, casi tan bueno. Además, Novosibirsk, con sus dos millones de

habitantes, era una ciudad que iba a alguna parte, una ciudad con un futuro

libre de cargas históricas. Pero lo mejor de todo, en términos personales, era

que bastaba desplazarse a cinco kilómetros de la ciudad para encontrarse en

plena estepa siberiana y con la naturaleza en estado puro. Allí, bajo un cielo

azul helado, se extendía un horizonte infinito de color verde y gris plata, y

aún se podían encontrar alces, osos, zorros del ártico y martas cibelinas; y también lobos. De hecho, Kovalevsky le había contado que aquel año había

más lobos que nunca. Y hacía unas semanas que también abundaban las

mariposas que tanto le gustaban a Valentina. Por un momento, recordó su

imagen: menuda, de tez oscura, decidida y hermosa; y sintió el deseo de estar

de vuelta en su confortable dacha, en Akademgorodok, situada fuera de la

ciudad. Pero, en aquel momento, Novosibirsk y Akademgorodok se hallaban

a cuatro mil kilómetros al este, a cuatro horas de vuelo. En Moscú era la hora

de comer, pero en Akademgorodok debía estar anocheciendo.

El Chaika penetró en la fangosa área de maniobras del aeropuerto,

dirigiéndose hacia las puertas laterales. El director del aeropuerto se adelantó

a recibirlo, mientras el chofer abría la puerta. Conversando sobre

trivialidades, bajaron la escalera que conducía al comedor privado, donde una

sola silla estaba junto a la mesa en que le esperaba su comida, compuesta de

huevos duros, caviar rojo, pollo en escabeche, pepinillos a la vinagreta y una

copa de vino de Tsinandali. Dejó el resto de la botella. Sin duda, el camarero

apreciaría este detalle.

El Il-62 estaba completo. El avión a Novosibirsk siempre iba lleno. Una

altiva y bien proporcionada azafata rubia, con las doradas alas de Aeroflot

prendidas en su uniforme lo reconoció y se dirigió a él para preguntarle si

deseaba alguna cosa. Dos horas después, rehusó la comida del avión,

compuesta de pollo y arroz, la mejor de Aeroflot, ya que no le gustaba. Se

contentó con un vaso de zumo de naranja. Prefería esperar a comer en casa lo

que Valentina le hubiera preparado. Quizá trucha fresca de Obi, que estaba a

solo kilómetro y medio de su dacha. Momentos después, cerró los ojos y se

quedó dormido.

Al llegar a su destino, había un coche esperándolo, y cincuenta minutos

después de aterrizar, en la fría noche, ya estaba en casa. Valentina olía bien,

sabía bien. Él había acertado. Cenarían truchas. Después de comer, se

sentaron a hablar.

—Bien —empezó Valentina—, ¿salió como tú querías? ¿Te escucharon?

¿Qué dijo Golovine?

—Se puso en guardia, como de costumbre —respondió Soldatov—. ¡Por

Pedro! —exclamó en recuerdo de su profunda admiración infantil por Pedro

el Grande—, siempre me pregunto cómo puede funcionar la Academia con

hombres como Golovine, cuya única preocupación es la de no comprometerse

con nada ni con nadie.

Ella lo miró fijamente.

—Espero que no hayas dicho eso en la reunión, Geny. Ni él ni los demás

dejarían pasar una ocasión como esa.

—Desde luego que no. No soy tonto. Pero, de todos modos, ellos saben lo

que pienso.

—¿No obtuviste ningún respaldo?

El rostro de él se iluminó levemente.

—Alguno. Por supuesto, de Galia. A veces pienso que él tiene más

sentido común que todos los demás juntos. También tenía al lobby siberiano

detrás mío. Efrimov, Krivitsky, Mashukov…, todos ellos me apoyaron. Claro

que —y rio un poco forzado—, hasta cierto punto.

—¿Y los otros?

—Bastante hostiles. Gorshkov dijo que estaba exagerando demasiado. Y

dio a entender que lo que yo quería era formar un pequeño imperio personal

en la Unidad de Investigación. Muchos estuvieron de acuerdo con él, mientras

Golovine seguía sonriendo como si fuera una imagen china.

—Pero, después de todo, tú eres el Director del Instituto —dijo Valentina

indignada—. Tienen que escuchar…

La risa de Soldatov, ahora más espontánea, la interrumpió.

—No hay «tienen» que valga, cariño. La Academia está constituida, en

apariencia, como una democracia científica. Y la rama siberiana es tan solo

una parte de ella.

—Pero esas cosas han estado ocurriendo, por lo menos aquí, en Siberia.

—Gorshkov dice que son manifestaciones locales y pasajeras, y tiene todo

un equipo de incondicionales. Ya sabes cómo funcionan estas cosas. Ellos

creen que hemos tenido un mal invierno y un verano pobre, y que estamos en

unas condiciones bastante anormales. Gorshkov dice que no hay motivos para

alarmarse.

—Gorshkov es agrónomo —comentó ella agriamente—. Su dacha, su Zil,

su… su tocadiscos americano… A propósito, ¿sabes que ha conseguido uno?

Sí, apareció súbitamente la semana pasada… todos esos enredos se preparan

en las Tierras Vírgenes. Bueno, él no va a decir: «Sí, Geny, sí, probablemente

tienes razón. Nosotros deberemos replantearnos el asunto. Lo mandaremos de

vuelta al comité.»

—Pero yo estoy en lo cierto —protestó Soldatov, obstinado.

Ella se levantó de repente y se sentó en el brazo del sillón de Soldatov,

acariciándole su corto cabello negro.

—Bien, si tienes razón, y yo creo que la tienes, esto pronto se hará

notorio.

—Ya es notorio ahora —insistió él—. Si Gorskov tuviera ojos para ver. El

Comité Central escucha a Golovine y a Gorshkov, no a mí. ¡Oh! Ellos son

bastante amables. En realidad, piensan que soy… bueno…, el director más

joven del Instituto Climatológico de toda la historia soviética. Brillante, pero

joven. Y con tendencia a sobreexcitarse.

—Espera, y verás —le aconsejó Valentina, en tono tranquilo. Pero él no le

prestó atención.

—¿Sabes que los americanos han tenido uno? El coronel Koshkin nos

mostró, en la reunión, una fotografía tomada por satélite.

—¿Y qué dijo Gorshkov a eso?

—Que era una ventisca, una fuerte ventisca. Parece ser que así lo

denominan sus periódicos. ¡Increíble!

—Espera y verás —repitió Valentina.

—Esperaremos —asintió Soldatov—, hasta que sea demasiado tarde.

 

—Bien, tengo preparada una serie de preguntas para hacerle mañana al

computador —informó Stovin a Diane Hilder.

Después de sentarse en un agradable reservado del Royal Boulder Inn,

miraron durante unos instantes el constante tráfico moviéndose entre las

nubes de gases de la Interestatal, a través del ventanal del restaurante. La

camarera acudió, balanceando al caminar su rubia cola de caballo. Una

estudiante que trabaja para pagarse los estudios, pensó Diane. Después de

pedir costillas, patatas asadas y tostadas de Texas, Diane miró afectuosamente

a Stovin.

—No eres exactamente lo que se dice un hombre de computadora, ¿no es

cierto, Stovin? —comentó ella—. Pero si el computador no puede ayudarte,

no hay nada que pueda hacerlo.

—Todos somos hombres de computadoras, hoy día —dijo él—. No puede

ser de otra forma. La nuestra es la mejor máquina que existe, pero solo

funciona con los datos que nosotros le proporcionamos. Es una computadora

de investigación Cray One, no un genio. Y no podemos darle suficiente

información. Si se desea obtener respuestas correctas sobre climatología, e

incluso sobre meteorología, hay que nutrirla partiendo de cero. ¿Cómo

podemos conseguir esa clase de información? Hay montones de datos que

provienen de globos sonda, satélites, barcos, estaciones meteorológicas, bases

especializadas, etc. Pueden procesarse hasta un millón de temperaturas, pero a veces pienso que sería mejor procesar los interiores de un pollo, como hacían

en tiempos de Platón.

—Ya te dije —recalcó Diane—, que no eres un hombre de computadora.

Algunas personas dirían que estás anticuado.

Stovin no respondió, miró hacia el exterior a través del ventanal de la

cálida habitación. Estaba empezando a nevar. Otra nevada temprana. Entre la

carretera y el Royal Boulder Inn, las hojas de los árboles estaban

completamente cubiertas de nieve. Como un disco anaranjado, el sol se ponía

en un claro, entre las nubes que se apilaban como un penacho violeta sobre las

montañas Flatirons. Voy a subir allí esta noche, pensó Stovin. Pediré un coche

provisto de cadenas. Hay pendientes muy pronunciadas en la carretera del

Centro, y no deseo llegar en camilla. Miró nuevamente a Diane, a su rostro

delgado e inteligente, enmarcado por su corta cabellera rubia, sus hombros

cuadrados, sus pequeños pechos.

—Tengo que contarte algo respecto a los lobos, Stovin —le adelantó

Diane—, pero primero dime que hay de esas leyendas esquimales.

El pastel de arándanos había desaparecido antes de que Stovin hubiera

terminado de relatar todo lo referente al Katmay, Bisby y el Danzante de la

línea de Demarcación. Mientras tomaban el café, ella contó la conversación

que había tenido con Van Gelder. Stovin se quedó pensativo durante unos

instantes.

—Entonces, ¿qué es lo que puede explicar la conducta de los lobos? —

preguntó finalmente—. Porque de eso estoy seguro, Diane. Se desplazaban en

manadas de cien, aproximadamente. Y otros muchos estaban sentados,

esperando.

—No lo sé —respondió ella—. ¡Que me maten si lo sé! ¡Ojalá pudiera

haberlos visto! Aunque…, hay una posibilidad… Es un factor que a los

zoólogos no les gusta demasiado tener en cuenta porque no se puede medir.

Pero, indudablemente, está en todos los animales.

—¿De qué se trata?

—De la memoria ancestral —contestó ella—. Es posible que algo se haya

activado en la mente de esos lobos, algo que estaba enterrado en su

inconsciente y que pasó hace mucho, mucho tiempo. Pero este debe ser un

poder latente y universal, y por él empiezan a comportarse como lo hacían los

lobos de hace 20 000 años. Como Van Gelder dice que lo hacían entonces.

—¿Hace 20 000 años?

—Exacto —aprobó ella—. En la gran Edad del Hielo.

Al darse cuenta de que el taxi que había pedido estaba en la puerta, Diane

se levantó de la mesa, dándose unas palmaditas en el estómago como era su

costumbre.

—¡Dios mío, Stovin! —exclamó—. Comer contigo es matar cualquier

régimen. ¡Tostadas de Texas y pastel de arándanos! Esto es jugar a la ruleta

rusa con mi cálculo de calorías.

—Todos tus cálculos parecen mantenerte con la figura adecuada —le

respondió él sonriendo—. Se inclinó hacia adelante para darle el

acostumbrado beso en la mejilla pero, bruscamente, ella apartó la cara y, besó

con rapidez a Stovin en la boca.

—¡Telefonéame! —se despidió—. De todos modos, me encanta jugar a la

ruleta rusa.

Mientras el taxi arrancaba y desaparecía por el desvío hacia la autopista,

él se dio cuenta de que su corazón latía más aprisa.

 

Zaid ag-Akrud caminaba lentamente por la abrasadora planicie hacia el

camello, el cual eructó y levantó su labio superior dejando al descubierto sus

oscuros dientes manchados y un solitario abrojo del desierto. Zaid estaba en el

borde del reg, una planicie estéril y sembrada de guijarros, que se extendía

durante muchos kilómetros hasta el verdadero mar de arena del Sahara.

El camello y la camella eran todo lo que Zaid poseía, junto con las tres

últimas cabras que ahora estaban pastando. Levantó la vista hacia las

montañas de Ahagaar, que por el efecto del calor de la tarde parecían moverse

en el horizonte. El sol era un disco brillante de color blanco. Una avispa, que

volaba débil y erráticamente, rozó por un instante el velo azul oscuro que los

tuareg usaban para proteger su rostro del viento caliente y la arenisca del

desierto. Sorprendido, la ahuyentó con la mano. Era el único ser viviente,

aparte del camello, que había visto desde hacía dos horas.

Zaid estaba preocupado, aunque sabía que los cambios que se habían

producido no eran importantes. En su mano derecha llevaba la trampa

consistente en una red vegetal que debía poner a las gacelas aquella tarde. El

largo sendero pedregoso había sido usado por generaciones de gacelas cuando

por las tardes iban a beber en el pequeño lago de Zanda, quince kilómetros

más lejos. A las gacelas les gustaba ir por allí porque podían ver una amplia

extensión de terreno alrededor suyo y, por lo tanto, burlar sin temor a las

hambrientas hienas y chacales que subían desde las zonas sin vida por las

nuevas sequías del sur. Pero habían pasado varias semanas sin que apareciera ninguna gacela. Y aquella era la sexta estación de sequía. Sin la lluvia, el

desierto no alcanzaba su breve floración. Sin la lluvia, los camellos y las

cabras enfermaban y morían. Y la carne y la leche en que basaban su alimento

los tuareg, morían con ellas. El mundo estaba cambiando, y Zaid tenía

decisiones que tomar.

Cuidadosamente, alejando a su camello, puso la trampa a la sombra de un

arbusto espinoso, justamente donde una gacela que se dirige a beber pararía

para tomarse un momento de descanso. El camello estaba echado ahora.

Tirando de la anilla de su nariz, a pesar de sus enojados bramidos, logró

ponerlo en pie, y emprendió viaje de vuelta hacia el campamento, situado en

las estribaciones del Ahaggar. No lo montó, porque el camello había dado

muestras de debilidad durante la semana anterior. Era mejor reservar sus

fuerzas, ya que dependería de ellas en el tiempo venidero. Zaid tenía un

proyecto en su mente.

Cuando entró en el campamento dos horas más tarde, estaba cansado y

sediento. Un par de perros salvajes se peleaban en las afueras de la alambrada

de espinos, mientras un gran rebaño de cabras bajaba de las pedregosas lomas

que dominaban el campamento. Zaid se irguió un poco y, ajustándose el velo

sobre la cara, se acercó a través del polvo para atar al camello.

Su esposa Zenoba había iniciado ya el ritual del té, después de que uno de

sus hijos hubiera corrido desde la barda para avisarle de su llegada. Fuera de

la tienda, de piel de cabra teñida de rojo, había encendido un fuego donde

hervía la tetera de aluminio. Una vez hecho el té, lo vertió cuidadosamente en

un vaso. Zaid bebió. Se sentó sobre una piel de cabra, en el frescor de la

tienda, habló unos momentos con su esposa Zenoba y sus jóvenes hijos

Hamidine y Mohammed, dio unas palmaditas en la cabeza de su hijo menor

Ibrahim, y comió un bol de gachas de mijo. Después, salió. En medio del

pequeño campamento formado por diez familias tuareg, se asentaba la tienda

de su jefe, Moussa. Sus paneles azules se movían en la brisa de la tarde.

Semama, la esposa del jefe, se escurrió fuera, como un lagarto de arena, tan

pronto como Zaid entró. Él se sentó junto a Moussa. Mantuvieron una

discusión pausada, cortés, sobre el estado de los pastos, el progreso de la

sequía, la desaparición de las gacelas y el estado de las cabras, mientras

Semama les servía el café. En cuanto se quedaron solos, Zaid miró al otro

hombre.

—Sobre lo que hablamos la semana pasada, he tomado una decisión. Me

voy pasado mañana.

Moussa le miró en las sombras de la tienda. Fuera, el sol se había puesto,

el viento del desierto era helado y las estrellas brillaban como diamantes.

—¿E Ibrahim, el más joven de tus hijos?

—Dios lo cuidará. No puede prosperar aquí. Un niño no puede crecer sin

carne.

—Es verdad. ¿Vas a casa de Husseyni, en Tamanrasset?

—Sí. Es el hermano de mi madre. Posee grandes rebaños.

—Son tiempos difíciles, y será un duro viaje. Deseo que tú y los tuyos

tengáis suerte.

Zaid se puso de pie.

—Y que también haya suerte para ti, Moussa. No desgracia.