El súbdito
Capítulo Sexto
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Diederich se alzó de puntillas.
—¡Señores! —gritó, desgañitándose, por encima del embravecido oleaje nacional—. ¡El monumento al Káiser Guillermo será el merecido homenaje al excelso abuelo, a quien todos, me atrevo a decir, adoramos casi como a un santo, y será al propio tiempo el juramento ante su excelso nieto, nuestro joven y esplendoroso Káiser, de que queremos seguir siendo lo que somos: castos, indómitos, francos, leales y valientes!
El ruidoso fervor de los proveedores volvió a desencadenarse. En arrebato místico, se mecieron en un mar de ideales… y también Diederich perdió la noción de toda argucia terrestre, olvidando su pacto con Wulckow, su conspiración con Napoleón Fischer, sus oscuros propósitos para la segunda ronda electoral… El más puro entusiasmo arrebató su alma, llevándosela a un viaje vertiginoso y alucinante. Al cabo de un rato, recuperó la voz.
—¡Por eso hay que rechazar, persiguiéndolos sin consideración alguna, hasta poner coto a sus desmanes, los argumentos hipócritas de quienes sólo pretenden debilitamos con su falso humanitarismo!
—Y ¿dónde tiene usted escondido el verdadero? —preguntó la voz de Heuteufel, provocando tan violenta reacción en el espíritu nacional de los asistentes que a Diederich ya sólo se le pudo oír fragmentariamente.
Pudo entenderse todavía que él no deseaba una paz eterna, pues no era más que un sueño que, además, rayaba en la pesadilla. Lo que si deseaba era una reproducción de la raza a la manera espartana. A los retrasados mentales y degenerados sexuales debería impedírseles la procreación mediante una intervención quirúrgica. Al llegar a este punto, Heuteufel abandonó con los suyos el local. Desde la puerta, exclamó todavía con fuerza:
—¡Seguro que a los subversivos también quiere castrarlos!
Diederich respondió:
—¡Lo haremos, sí, señor, si ustedes siguen fustigando!
—¡Lo haremos! —resonó como un eco de todos los rincones.
Se habían levantado todos y se pusieron a brindar con risas estrepitosas, aunando expresiones de fervorosa pasión. Acosado por las alabanzas, tambaleándose bajo el vendaval de manos leales y germánicas que querían estrechar las suyas, y por las jarras nacionales de tudesca cerveza que chocaban con la suya, Diederich miró desde lo alto de su tribuna a lo largo de la sala, que pareció mucho más amplia y espaciosa a sus ojos turbados por la embriaguez. Allí en lo alto las nubes de tabaco le abrasaron místicamente como los mandamientos de su señor: «¡Mi real voluntad!» — «¡Mi enemigo!» — «¡El curso por mí marcado!». Quiso gritarlo a la masa desbordada…, pero se llevó las manos al cuello: la voz le había abandonado; estaba completamente afónico. Buscó preocupadísimo a Heuteufel con la mirada, pero éste ya se había marchado. «No debía haberle provocado tanto», pensó. «Ahora que Dios se apiade de mi cuando me haga los toques de yodo en la garganta».
La más cruel venganza de Heuteufel consistió en prohibir a Diederich salir de casa. La lucha en la calle se hacía cada vez más violenta y todos sallan en el periódico, porque ninguno perdía la ocasión de hacer declaraciones y discursos: hasta el pastor Zillich, e incluso el periodista Nothgroschen, sin contar a Kühnchen, que metía baza en todas partes. Sólo Diederich se quedaba haciendo gárgaras en su nuevo salón de estilo tradicional germánico. Desde el pequeño estrado junto a la ventana le miraban tres figuras de bronce a escala de dos tercios del natural: el Káiser, la emperatriz y el trompetero de Säckingen. Los había comprado de ocasión en casa Cohn; pese a que el propietario de los almacenes había retirado los pedidos a la papelera Hessling y seguía sin pensar nacional, Diederich no había querido que faltaran en la decoración de su hogar. Y Guste aún se atrevió a reprochárselo, cuando él encontró demasiado caro su nuevo sombrero.
Guste comenzó a mostrarse extrañamente caprichosa; le daban mareos, durante los cuales se hacía cuidar por mamá Hassling en el dormitorio. Pero tan pronto se encontraba mejor, le recordaba a su suegra que, en definitiva, allí todo se pagaba con el dinero de ella. La señora Hessling no se callaba que la boda con su Diedel había sido toda una bienaventuranza para Guste, en la situación en que entonces se encontraba, y todo terminaba con Guste a punto de estallar de ira y la señora Hessling llorando a moco tendido. Quien se beneficiaba con ello era Diederich, pues luego las dos le colmaban de cariños con la intención de conquistarlo, sin saber en realidad qué estaba pasando allí.
Por lo que se refiere a Emmi, se limitaba según su costumbre a cerrar la puerta de un golpe y subir a su buhardilla. Guste quería expulsarla también de allí. ¿Dónde se iba a secar, si no, la ropa en los días de lluvia? Si Emmi no encontraba marido porque nada tenía, había que casarla, pues, por debajo de su condición: ¡con un honrado artesano! Pero, claro, era la que se daba más aires de distinción en la familia y se relacionaba con los Brietzen… Eso era lo que más grima daba a Guste; a Emmi se la invitaba a casa de la señorita Von Brietzen, a pesar de que ésta no había pisado nunca el umbral de la puerta de los Hessling. Su hermano el teniente debería haberle hecho a Guste por lo menos una visita, en consideración a los banquetes en casa de su madre, pero de la casa de los Hessling sólo se dignaba subir al segundo piso: aquello era hasta escandaloso… De todos modos, los éxitos de Emmi en sociedad no la libraban de aplastantes depresiones; en tales no dejaba su habitación ni para las comidas, que se realizaban en común. Una vez, llevada por la compasión y el aburrimiento, Guste subió a verla, pero Emmi cerró los ojos, quedándose allí estirada, inmóvil y pálida, envuelta en su vaporosa matinée. Al no obtener respuesta alguna, Guste intentó ganársela con confidencias sobre Diederich y sobre su estado. La cara rígida de Emmi se contrajo, hizo equilibrios sobre uno de sus brazos y con el otro señaló enérgicamente la puerta. Guste no pudo contener su indignación; Emmi, levantándose de un salto, expresó con palabras muy explícitas su deseo de estar sola, y al acudir luego la señora Hessling quedó ya decidido que a partir de entonces las dos fracciones familiares comerían por separado. Diederich, a quien Guste acudió la primera con sus lágrimas, sintió cierta sensación de incomodidad ante las querellas femeninas. Por suerte, se le ocurrió una idea que llevaba todas las trazas de poner una tregua momentánea al asunto. Como ya había recuperado algo de su voz, fue inmediatamente a ver a Emmi y le comunicó su decisión de mandarla una temporada a Eschweiler con Magda. Para sorpresa suya, ella se negó. Como él siguió en sus trece, ella intentó rebelarse, pero de pronto sintió pánico y comenzó a pedir con voz débil e insistente que la dejara quedarse. Diederich se sintió conmovido por un algo desconocido, miró desconcertado a su alrededor y se retiró.
Al día siguiente, apareció Emmi a la hora del almuerzo como si nada hubiera ocurrido, luciendo buen color y un humor excelente. Guste se mantuvo aún más distante, lanzando a Diederich miradas significativas. Éste creyó comprender y levantando la copa en dirección de Emmi dijo pícaramente:
—¡A la salud de la futura señora Von Brietzen!
Emmi palideció de repente.
—¡Déjate de ridiculeces! —exclamó furiosa, arrojando la servilleta y dando luego un portazo.
—¡Caramba! —refunfuñó Diederich.
Guste se limitó a encogerse de hombros. Después de haber salido la señora Hessling, miró a Diederich con asombro a los ojos y le preguntó:
—¿Estás seguro?
Él se asustó, pero puso cara de no haber comprendido muy bien.
—Me parece —explicó Guste— que, en tal caso, lo menos que podría hacer el teniente es saludarme por la calle, pero hoy ha dado un rodeo haciendo como que no me veía.
Diederich calificó aquello de absurdo, pero Guste respondió:
—Si son sólo imaginaciones mías, lo serán más que nada porque precisamente más de una vez he oído que algo se deslizaba por la casa en las noches, y hoy Minna también ha dicho…
Pero ya no pudo seguir más.
—¡Ajá! —saltó Diederich—. ¡Así que te dedicas a fisgar con las criadas! Igual hacía siempre mi madre, pero te advierto que yo no estoy dispuesto a permitirlo. La custodia del honor de mi casa me incumbe sólo a mí, sin necesidad de ayudas de Minna ni de ti. ¿Entendido? ¡Y si no estáis de acuerdo ya podéis recoger los trastos y marcharos por donde habéis venido!
Ante tan viril actitud no le quedó a Guste más remedio que someterse, pero se sonrió por lo bajo cuando él se alejó triunfante.
Diederich se sintió satisfecho de haber liquidado el asunto con su arranque de energía, pues no debía permitirse que la vida se complicara todavía más de lo que estaba en tiempos tan duros. Su afonía, que le había mantenido alejado tres días de la lucha, contra su voluntad, no había sido desaprovechada por sus enemigos. Napoleon Fischer le había comunicado aquella misma mañana que le hacía muy poca gracia el empuje del Partido del Káiser, y mucha menos que le diera ahora por intensificar los ataques contra la socialdemocracia. Para calmarlo, Diederich tuvo que prométale cumplir aquel mismo día con los compromisos contraídos reclamando en la junta municipal la construcción de la casa sindical socialista.
Y, aunque no se había repuesto todavía por completo, hizo el sacrificio de ir a la asamblea… y cuál no sería su sorpresa al percatarse de que la moción referente a la casa sindical acababa de ser presentada precisamente por los señores Cohn y compañía. Los liberales votaron a favor y pasó la cosa de la manera más natural del mundo. Diederich quiso fustigar en voz alta la traición nacional de los Cohn y compañía, pero no pudo hacer más que ladrar; aquella vil jugada le había robado de nuevo la voz. De vuelta a casa hizo llamar inmediatamente a Napoleon Fischer.
—¡Queda usted despedido! —ladró.
El maestro mecánico sonrió de manera inquietante.
—Muy bien —dijo, y dio media vuelta para marcharse.
—¡Alto! —volvió a ladrar Diederich—. No termina aquí la cosa. Si se confabula con el liberalismo, puede estar seguro de que haré público nuestro contrato. ¡Ya verá usted entonces!
—La política es la política —observó Napoleon Fischer encogiéndose de hombros.
A la vista de tanto cinismo, Diederich ya no pudo ni soltar ladridos, y Napoleon Fischer se le acercó familiarmente; poco faltó para que le diera unos golpecitos en el hombro.
—Señor doctor —dijo benévolamente—, es inútil ponerse así, no nos engañemos. Nosotros dos…, en fin, para qué decir más: nosotros dos juntos…
Y su sonrisa estaba tan llena de advertencias que Diederich tuvo un escalofrío. Al momento le ofreció un puro a Napoleon Fischer. Fischer exhaló una bocanada y dijo:
—Si uno de nosotros empieza a hablar, no se sabe nunca lo que el otro terminará de contar. ¿Es verdad o no, señor doctor? Pero nosotros no somos unos viejos chiflados que van contándolo todo por ahí como hace, por ejemplo, el señor Buck.
—¿A qué se refiere? —preguntó Diederich apagadamente, con el alma en un hilo. El maestro mecánico se hizo el sorprendido.
—Pero ¿no lo sabe? El señor Buck va contando por todas partes que todo ese tinglado nacional usted no se lo toma tan a pecho como parece a primera vista, que lo único que quiere es quedarse con Gausenfeld a un precio ventajoso y piensa sacarlo más barato haciendo que Klüsing tenga miedo de perder ciertos clientes por el hecho de no ser nacional.
—¿Eso dice? —preguntó Diederich petrificado.
—Eso dice —repitió Fischer—. Y también dice que está dispuesto a hacerle el favor de recomendarle a usted a Klüsing y que ya se verá después cómo usted se vuelve más razonable. Eso dice.
Diederich despertó de pronto.
—¡Fischer! —atajó con un breve ladrido—. ¡Apunte bien lo que le digo: al viejo Buck todavía lo verá mendigando en el arroyo! Ya me encargaré yo de que así sea, Fischer: ¡Vaya usted con Dios!
Napoleon Fischer ya había salido, pero Diederich siguió ladrando un buen rato para consigo, mientras media la habitación una y otra vez con largas zancadas. ¡El muy canalla, el muy hipócrita! Detrás de todos los obstáculos se escondía el viejo Buck; Diederich siempre la había sospechado. La moción de Cohn y compañía había sido su obra… y ahora la infame calumnia sobre Gausenfeld. Llevado por su incorruptible fidelidad al Káiser, la pasión se apoderó de todas las fibras de Diederich.
«Y ¿cómo puede saberlo? —pensó con airado terror—. ¿Acaso Wulckow me ha traicionado? ¿Estarían ya todos pensando que juego por partida doble?». Kunze y los demás le habían parecido aquel día extrañamente fríos. ¿Sería que ya no consideraban necesario hacerle partícipe de lo que estaba pasando? Diederich no era miembro del comité, había sacrificado a la causa su ambición personal. Pero ¿dejaba de ser por ello el verdadero fundador del Partido del Káiser…? En todas partes no había más que traición, intrigas, sospechas malintencionadas. Y ¿dónde estaba la lealtad sin tacha del alma germánica?
Como sólo podía emitir risibles ladridos, en la siguiente asamblea electoral no tuvo más remedio que contemplar pasivamente cómo Zillich, movido por intereses personales evidentes, le dejaba pronunciar un discurso a Jadassohn y éste recogía tempestuosos aplausos cargando contra los miserables y apátridas que iban a votar por Napoleon Fischer. Diederich sintió lástima por tanta falta de sentido político, sabiéndose muy por encima de Jadassohn en aquellos momentos. Por otro lado podía apreciarse claramente que cuanto más se dejaba inflamar Jadassohn por el dato, tanta más aprobación encontraba en ciertos sectores del auditorio que no llevaban traza alguna de ser nacionales, sino que visiblemente militaban en las filas de Cohn y Heuteufel. Habían acudido en proporciones más que sospechosas, y Diederich, desquiciado por todas las trampas puestas a su alrededor eterno, al que llevaba en todas partes las riendas del mal: el viejo Buck.
El viejo Buck tenía suaves ojos azules, una sonrisa amable y cariñosa y era el más falso de los canallas que acosaban desde la sombra a las fuerzas bien pensantes. La imagen del viejo Buck persiguió a Diederich hasta en los sueños. A la noche siguiente, a la luz de la lámpara familiar, los suyos no sacaron de él una sola respuesta; en su imaginación se dedicaba a gastarle jugarretas al viejo Buck. Lo que más rabia le daba era haber pensado que el anciano no era sido un desdentado charlatán, y que ahora el muy ladino enseñaba los dientes. Después de haber tenido que tragarse sus frases humanitarias, a Diederich le parecía un descarado desafío que no se dejara luego devorar sin más. ¡La hipócrita suavidad con que había aparentado perdonarle a Diederich la ruina de su yerno! ¿Con qué propósitos le había prestado su protección, dándole un puesto en el concilio municipal? Ni más ni menos que para poner a Diederich al descubierto y hacerle más vulnerable. La pregunta de que si quería vender su finca aparecía ahora como la trampa más peligrosa que el viejo había tendido a Diederich. A éste le dio la impresión de haber estado en evidencia desde el principio mismo; que durante su conversación secreta con el gobernador Van Wulckow el viejo Buck había estado allí presente, oculto tras el humo de los cigarros, y que, cuando en una oscura noche de invierno se había acercado a Gausenfeld cautelosamente y agazapado mi la cuneta, cerrando los ojos para que no le denunciara el posible brillo de éstos, el viejo Buck había pasado por la carretera, sin duda, avizorándole desde lo alto… En su imaginación vio al anciano inclinándose sobre él y alargando su mano blanca y suave para ayudarle a salir de la cuneta. La bondad de sus rasgos era puro sarcasmo, era lo más insoportable de todo. Pensaba que podía amansar a Diederich y con sus tretas hacerle volver dulcemente sobre sus pasos como al hijo pródigo. ¡Pero ya se vería cuál de los dos iba a terminar con sus huesos en el establo!
—¿Qué tienes, hijo mío? —preguntó la señora Hassling, al emitir Diederich un suspiro de odio y miedo.
Él se sobresaltó; en aquel momento entró Emmi en el cuarto y Diederich tuvo la vaga impresión de que su súbita aparición ya se había producido varias veces. La hermana se dirigió a la ventana, asomó la cabeza, suspiró como si estuviera sola y volvió sobre sus pasos. Guste la siguió con la mirada y, al verla pasar junto a Diederich, abrazó a ambos con mirada burlona. Diederich se sobresaltó todavía más: era la misma sonrisa subversiva que había visto tantas veces en Napoleon Fischer. Exactamente igual sonreía Guste. Aterrorizado, arrugó la frente y gritó desafiante:
—¿Qué pasa?
Rápidamente, Guste hundió la nariz en su labor, pero Emmi se detuvo y le miró con aquellos ojos desfallecientes que acostumbraba a poner últimamente.
—¿Y a ti qué te ocurre? —le preguntó él.
Y como ella no contestaba, añadió:
—¿A quién esperas ver en la calle?
Ella se limitó a encogerse de hombros sin cambiar en absoluto de expresión.
—Bueno, dime… —insistió en tono más bajo, pues la mirada y gesto de Emmi parecían tan extrañamente ausentes que la colocaban en un plano de superioridad ante el que le era difícil alzar la voz.
Por fin, se mostró magnánima y se dignó hablar:
—Creía que todavía podrían venir las dos señoritas Von Brietzen.
—¿A estas horas? —preguntó Diederich.
Guste intervino:
—Sí, claro, como nos han concedido ya el honor tantas veces… Y, además, ayer salieron ya de Netzig con su mamita. Cuando no se han despedido de una porque ni tan sólo la conocen, basta con darse una vuelta por delante de la torre.
—¿Cómo? —hizo Emmi.
—¡Pues claro!
Con un brillo de triunfo en el rostro, Guste le soltó todo:
—El teniente las seguirá dentro de muy poco. Le han trasladado.
Una pausa, una mirada.
—Se ha hecho trasladar.
—¡Mientes! —dijo Emmi.
Había zozobrado. Se la vio ponerse tiesa. Con la cabeza muy alta les volvió la espalda dejando caer la cortina tras ella. El saloncito quedó en silencio. Mamá Hessling, sentada en el sofá, juntó las manos. Guste miró desafiante a Diederich, que paseaba resollando. Cuando volvió a pasar ante la puerta, tomó una súbita decisión. Por la rendija vio a Emmi sentada o desplomada sobre una silla del comedor, plegada sobre sí misma, como si la hubieran atado y arrojado allí. Se contrajo convulsivamente y volvió el rostro a la lámpara; hacía un rato lo tenía absolutamente blanco y ahora aparecía de un rojo subido, sus ojos no veían nada… y de pronto se levantó de un salto, huyó como presa de las llamas y con pasos rabiosos e inseguros se precipitó fuera de allí, fuera de todo, como adentrándose en la niebla, en la negrura… Diederich se volvió con miedo creciente hacia su mujer y su madre. Como Guste parecía inclinada al descanso irrespetuoso, puso marcha rápida a su rigor habitual y siguió a Emmi pisando fuerte y valerosamente.
No había llegado a lo alto de la escalera cuando ante él se cerró la puerta violentamente con llave y cerrojo. El corazón de Diederich latió con tal fuerza que tuvo que detenerse. Al llegar arriba, ya no le quedaba más que una voz débil y sin aliento para exigir que se le abriera. No hubo respuesta, pero alcanzó a oír el golpe de algo sobre el lavabo… y entonces olvidó las formas y el rigor alzando repentinamente los brazos, golpeando la puerta y gritando incontroladamente. Su propio ruido no la dejó oír cómo abría ella y siguió con sus gritos cuando ya la tenía enfrente.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, enfadada.
Diederich se controló. Desde la escalera se alzaban las miradas desconcertadas y horrorizadas de la señora Hessling y de Guste.
—¡Quedaros abajo! —ordenó, empujando a Emmi otra vez dentro de la habitación.
Cerró la puerta.
—Esto no tienen por qué olerlo las otras —dijo tomando de la jofaina una pequeña esponja chorreante de cloroformo.
Sosteniéndola alejada de sí con el brazo extendido, preguntó imperante:
—¿De dónde has sacado eso?
Ella levantó la cabeza, le miró, pero no dijo nada. Cuanto más duró el silencio, tanto menos importante le pareció a Diederich la pregunta, por la que normalmente debía empezarse. Al cabo fue a la ventana sin más formalidades y arrojó la esponja al patio oscuro. Un chasquido en el agua: había caído en el arroyo. Diederich suspiró tranquilizado.
Ahora fue Emmi en preguntar:
—¿A qué viene todo eso? ¡Déjame hacer de una vez lo que a mí me plazca!
Aquello le cogió de sorpresa.
—Pero… ¿Pero qué quieres hacer?
Ella miró a otro lado y dijo, encogiéndose de hombros:
—A ti ni te va ni te viene.
—¡Habráse visto! —se indignó Diederich—. Aunque no te dé vergüenza ni ante el mismo Juez Divino, lo que a mí personalmente no me parece nada bien, por lo menos deberías tener un poco de consideración por los que estamos aquí. Hay que pensar en los demás.
La indiferencia de Emmi le hirió profundamente.
—¡No voy a permitir ningún escándalo en mi casa! Yo soy el primer perjudicado.
Ella le miró de pronto.
—¿Y yo qué?
Él dio un respingo.
—¡Mi honor…!
Pero no siguió; el rostro de ella, que él nunca había visto tan expresivo, acusaba y se burlaba al mismo tiempo. En su desconcierto fue hacia la puerta. Allí cayó en lo que había que hacer.
—Por lo demás, por mi parte actuaré en consecuencia, según mis deberes de hermano y hombre de honor. Espero que mientras tanto tú mantengas la máxima discreción y no hagas tonterías.
Echando una mirada a la jofaina, de la que todavía emanaba el fatídico olor, añadió:
—¡Dame tu palabra de honor!
—Déjame en paz —dijo Emmi.
Diederich volvió a entrar.
—Me parece que no te das cuenta de la gravedad de la situación. Si lo que me temo es cierto, tú has…
—Es cierto —dijo Emmi.
—En tal caso no sólo has puesto en Juego tu vida, por lo menos tu vida social, sino que has cubierto de oprobio a toda una familia. Y cuando en nombre del honor y el deber me pongo ante ti…
—Sigue siendo lo mismo —dijo Emmi.
Él se horrorizó; quiso abrir la boca para manifestar su aborrecimiento ante tanto cinismo, pero en el rostro de Emmi se reflejaba con demasiada claridad todo lo que había arrojado ya de sí por falso e inútil. Ante la sabia superioridad de su desesperación le entró a Diederich un escalofrío. En su interior saltaron como los muelles de un resorte. Las piernas le flaquearon, se sentó y dijo tras hacer un esfuerzo:
—Dime por lo menos… Quisiera…
Miró el aspecto que ponía Emmi y la palabra perdonar se le quedó atragantada.
—Quisiera ayudarte —dijo.
Ella dijo lánguida:
—¿Y cómo vas a hacerlo? —y fue a apoyarse en la pared.
Diederich miró al suelo.
—Tendrías que explicarme algunas cosas; me refiero a ciertos detalles… Supongo que el asunto viene desde que empezaron los paseos a caballo…
Ella dejó que siguiera haciendo suposiciones, sin afirmar ni negar nada…, pero cuando él levantó la mirada hacia ella, la vio con los labios suavemente abiertos, mirándole fijamente con gran asombro. Comprendió que se asombraba porque él, al decirlo, la liberaba de lo mucho que ella había estado arrastrando sola. Un orgullo desconocido se apoderó de su corazón, se levantó y dijo en un tono de complicidad:
—Confía en mí. Mañana mismo iré a verle.
Ella meneó la cabeza y dijo con voz baja y temerosa:
—No sabes lo que es esto. Todo ha terminado.
Y él dijo en tono optimista:
—¡También sabemos luchar cuando hace falta! ¡Por mí no quedará!
Se despidió dándole la mano. Ella le volvió a llamar.
—¿Te batirás? —preguntó con ojos desorbitados y llevándose la mano ante la boca.
—¿Cómo dices? —respondió Diederich sorprendido, pues no había pensado en ello.
—¡Júrame que no le desafiarás!
Lo juró y al propio tiempo se ruborizó, pues te hubiera gustado saber por quién temía ella: por él o por el otro. Al otro no te hubiera concedido tal clemencia. Pero se guardó la pregunta porque podía ser incómoda para ella y salió de la habitación casi en puntillas.
A las dos mujeres que todavía esperaban abajo, las mandó severamente a la cama. Por su parte no se acostó junto a Guste hasta verla dormida. Tenía que reflexionar de qué manera se presentaría al día siguiente. ¡Había que impresionar, naturalmente! ¡No mostrar el mínimo asomo de duda sobre cómo iba a terminar la cosa! Pero en lugar de su propia figura imperante, aparecía una y otra vez en su imaginación un hombre regordete con ojos angustiados, que rogaba, se salía de sus casillas y terminaba completamente deshecho: el señor Göppel, el padre de Agnes Göppel. Entonces comprendió Diederich, debatiéndose en un mar de temores, en qué situación se había encontrado entonces el padre. «No sabes lo que es esto», había dicho Emmi. Sí que lo sabía… Él mismo lo había hecho.
—¡Dios me libre! —dijo en voz alta, dando vueltas en la cama—. No me dejaré enredar en el asunto. Emmi ha hecho comedia con el cloroformo. Las mujeres se las saben todas. ¡La voy a echar de casa como es debido!
De pronto vio a Agnes en la calle azotada por la lluvia con la cara hacia arriba, completamente blanca bajo la luz de gas, mirando fijamente a su ventana. Se cubrió los ojos con la sábana. «¡No puedo echarla a la calle!». Amaneció y vio asombrado lo que había ocurrido con él. «Un teniente se levanta temprano», pensó. Se escurrió de casa antes de que Guste despertara.
Más allá de la Puerta de Sajonia los Jardines trinaban y regalaban sus perfumes al cielo primaveral. Las villas, todavía cerradas, parecían renovadas como si en todas ellas se hubieran instalado parejas de recién casados. «Quién sabe —pensó Diederich, respirando aquel aire agradable—. Quizá no sea tan difícil. También hay personas decentes. Tal como están las cosas, la situación es mucho más propicia que…». Pero prefirió dejar aquello. Allá en el fondo se había detenido un coche. ¿Qué casa era aquélla? SI, efectivamente. La reja estaba abierta y la puerta también. El asistente fue a su encuentro.
—No te molestes —dijo Diederich—, ya veré yo mismo al teniente.
En la habitación de enfrente se veía a Herr Von Brietzen rellenando una maleta.
—¿Tan de mañana? —preguntó, dejando caer la tapa de la maleta y cogiéndose un dedo con ella—. ¡Maldita sea!
Diederich pensó descorazonado: «También él está haciendo las maletas».
—¿A qué debo agradecer tan inhabitual…? —comenzó Von Brietzen.
Pero Diederich hizo sin querer un ademán que indicó inútil toda formalidad. A pesar de todo, el barón Von Brietzen lo negó todo. Resistió incluso más tiempo que había resistido Diederich y éste expresó interiormente su reconocimiento, pues tratándose del honor de una mujer un teniente debía ser, de todas formas, en cierto grado más severo que un neoteutón. Cuando por fin se pusieron las cosas en claro, el teniente Von Brietzen se mostró inmediatamente dispuesto a darle a Diederich satisfacción, lo que cabía ciertamente esperar de él. Pero Diederich, a pesar de sus profundos temores, respondió con bienhumorada audacia que albergaba la esperanza de que quedara descartado un lance de armas, en el supuesto de que el señor Von Brietzen había previsto y se sirvió precisamente de las excusas que habían resonado ya en la imaginación de Diederich. Acorralado, dijo la frase que Diederich más se temía y que, lo comprendía perfectamente, era absolutamente ineludible: ¡A una mujer deshonrada no se la hace madre de sus hijos! Diederich respondió a ello lo mismo que había respondido el señor Göppel, y tan aplastado como el señor Göppel. La ira apropiada no logró mostrarla hasta llegar a su gran amenaza, la amenaza con la que, desde la noche anterior, se había prometido el éxito:
—Ante el hecho de su negativa tan poco caballerosa, señor teniente, lo siento mucho, pero me veré obligado a poner en conocimiento de su coronel todo lo ocurrido.
A Von Brietzen pareció, efectivamente, afectarle aquello y preguntó vacilante:
—¿Qué quiere conseguir con eso? ¿Que me den una reprimenda? Bueno, pero le advierto —y aquí volvió a recuperarse— que en lo referente a caballerosidad el coronel tiene por descontado ideas muy distintas de las de un individuo que no es capaz de batirse.
Aquí saltó Diederich. ¡El señor Von Brietzen debía medir sus palabras, pues podía ocurrirle que tuviera que enfrentarse con la mano justiciera de Neoteutonia! ¡Él mismo, Diederich, patentizaba con sus cicatrices en la cara haber hecho gozosa ofrenda de su sangre por el honor y defensa de los colores! ¡Le gustaría ver al señor teniente en la situación de tener que desafiar a un conde Von Tauern-Bärenheim!
—¡Por mi parte, le arrojé el guante sin pensar más! —afirmó.
Y sin tomar un respiro sostuvo a continuación que en ningún momento pensaba otorgarle a un señorito descarado como él el derecho de pegarle un tiro a un honrado ciudadano, cabeza de familia para más detalle.
—¡Seducir a la hermana y matar al hermano! ¡Esto es lo que usted quiere! —gritó fuera de sí.
Von Brietzen, en un estado de ánimo parecido al de Diederich, habló de no dejarle un diente sano al mangante de su asistente. Y como éste ya lo tenía todo preparado, Diederich se largó, no sin antes disparar una última andanada:
—¡No vaya a creer que después de sus abusos todavía les vamos a votar el presupuesto militar! ¡Ahora veréis lo que es la subversión!
Una vez fuera, en la avenida desierta, siguió desahogando su ira, levantando el puño contra el enemigo invisible y profiriendo amenazas.
—¡Una cosa así puede tener fatales consecuencias para vosotros! ¡A ver qué pasa, si nos da por romper!
De pronto advirtió que los pájaros no habían dejado de trinas y los jardines seguían regalando con su perfume al cielo primaveral y tuvo clara conciencia de que incluso la naturaleza, tanto si se mostraba placentera como si se enseñaba los dientes, carecía de influencia sobre el poder, el poder imperturbable sobre nuestras cabezas. Una podía amenazar todo lo que quisiera con la subversión… Pero y ¿el monumento al Káiser Guillermo? ¿Y Wulckow y Gausenfeld? El que quiera pisar, debe dejarse pisar: es la dura ley del poder. Después de su morboso ataque de rebeldía, Diederich volvió a sentir el secreto estremecimiento de todo el que cae bajo su férula… Se acercó un coche por detrás: Herr Von Brietzen con su equipaje. Sin pensarlo, Diederich se dio media vuelta dispuesto a saludar, pero Von Brietzen miró a otro lado. A pesar de todo, Diederich se sintió satisfecho de la fresca bizarría de aquel joven militar. «Oficiales así no hay quien nos los iguale», constató.
De todas formas al encauzar al Meisestrasse comenzó a sentir un agobio. Desde lejos vio a Emmi en la ventana, esperándole. Se le ocurrió pensar lo que habría pasado ella en aquella hora que decidió su destino. Pobre Emmi, el veredicto había caído ya. El poder era algo reconfortante, pero cuando afectaba a la propia hermana… «No supuse que llegara a tocarme tan de cerca». Miró hacia arriba todo lo alentador que pudo. Estaba mucho más delgada, ¿cómo nadie lo había advertido? Bajo su pelo de pálidos brillos mostraba ojos grandes y salientes de angustiada vela, su labio tembló al saludar él con la mano; tampoco aquello se escapó a su mirada aguzada por el temor. Subió la escalera deslizándose casi como un delincuente. En el primer piso salió ella de la sala y subió ante él al segundo. Al llegar arriba se volvió… y cuando vio la cara de él entró en el cuarto sin preguntar, fue hasta la ventana y quedó allí vuelta de espaldas. Él hizo un esfuerzo por componerse y dijo bien alto:
—¡Oh! Todavía no hay nada perdido.
Pero se azaró al momento y cenó los ojos. Ella se volvió al oír que suspiraba, se le acercó lentamente y apoyó la cabeza en su hombro para llorar con él.
A continuación tuvo una escena con Guste, que tenía ganas de bronca. Diederich le dijo sin contemplaciones que se aprovechaba de la desgracia de Emmi para desquitarse de las circunstancias no demasiado felices en que ella misma tuvo que casarse.
—Por lo menos, Emmi no andaba por ahí buscando a otro.
Guste graznó:
—¿Acaso yo te busqué?
Él cortó por lo sano.
—¡Además es mi hermana y basta!
… Y al vivir ella ahora bajo su protección, empezó a encontrarla interesante y a mostrar ante ella un respeto bastante fuera de lo corriente. Después de la comida le besó la mano sin importarle que Guste sonriera sarcásticamente. Comparó a las dos: ¡cuánto más mezquina era Guste! La misma Magda, a la que él había preferido por haber alcanzado el éxito, no podía superar en su recuerdo a la infeliz y abandonada Emmi, pues la desgracia había hecho a ésta más exquisita y, en cierta manera, más inalcanzable. Cuando su mano yacía allí pálida y ausente y Emmi se hundía mudamente en sí misma como en un abismo insondable, Diederich se sentía conmovido por el presentimiento de un mundo mucho más profundo que el suyo. La calidad de víctima, que en cualquier otra levantaba una atmósfera de malestar y desprecio, emanaba alrededor de Emmi, hermana de Diederich, una aureola de brillo insólito y turbador atractivo. Esplendorosa y conmovedora al propio tiempo se había vuelto Emmi.
Frente a ella, palideció considerablemente la figura del teniente responsable de todo aquello… y, con él, el poder en cuyo nombre había triunfado. Diederich supo entonces que el poder podía a veces ofrecer una imagen infame, baja y detestable e Igualmente todo lo que se movía por su camino: triunfos, honores, principios. Veía a Emmi y se veía forzado a dudar del valor de lo que él había logrado o aún ambicionaba: Guste y su dinero, el monumento, el favor de la superioridad, Gausenfeld, las medallas y funciones públicas. Veía a Emmi y pensaba en Agnes. Agnes, que había cultivado en él la suavidad y el amor, había sido en su vida lo único verdaderamente noble y auténtico. ¡No debía haberla dejado escapar! ¿Qué haría ella ahora? ¿Habría muerto? A veces se quedaba sentado con la cabeza entre las manos. ¿Qué le ocurría de pronto? En total, ¿qué sacaba de servir al poder…? Todo volvía a fracasar, todos le traicionaban, abusaban de sus intenciones más puras y el viejo Buck dominaba la situación. Agnes, que sólo era sufrimiento, le rondaba como si hubiera sido suyo el triunfo. Escribió a Berlín pidiendo noticias suyas. Se había casado y gozaba de buena salud. Aquello le sacó un peso de encima, pero en cierta manera le decepcionó.
Pero mientras él, con la cabeza entre las manos, se inhibía de todo, iba llegando el día de las elecciones. Harto ya de tanta vanidad a su alrededor, Diederich no había querido ver nada de lo que ocurría, ni siquiera el rostro de su maestro mecánico, que iba haciéndose cada vez más hostil. El domingo de las elecciones a primera hora de la mañana, cuando Diederich todavía yacía en la cama, se le presentó Napoleon Fischer. Sin excusarse lo más mínimo, dijo de buen comienzo:
—¡Señor doctor, tengo que hablar seriamente con usted antes de que sea demasiado tarde!
Esta vez era él quien barruntaba la traición y recordaba las condiciones del pacto.
—Usted está llevando una política de dos caras, señor doctor. Usted llegó a ciertos compromisos con nosotros, y dando pruebas de nuestra lealtad, no hemos agitado contra usted sino sólo contra los liberales.
—Así lo hemos hecho también nosotros —afirmó Diederich.
—Eso no se lo cree ni usted. Han ido a hacerle la corte a Heuteufel y él ya les ha concedido el monumento. Si no se pasan hoy mismo a su bando con todas sus banderas al viento, lo harán en la segunda vuelta de las elecciones, engañando vilmente a las masas populares.
Napoleon Fischer, cruzados los brazos, se acercó un buen paso más a la cama.
—Sólo vengo para advertirle, señor doctor, que nosotros tenemos los ojos bien abiertos.
Diederich se vio desamparado en su cama a merced del enemigo político e intentó apaciguarlo.
—Ya sé, Fischer, que usted es un gran político y se merece un puesto en el Reichstag.
—Exacto —dijo Napoleon con un brillar de ojos—. Y puede estar seguro de que si no lo obtengo, en Netzig se declarará en huelga más de alguna fábrica. Una de ellas la conoce usted muy bien, señor doctor.
Se dio la vuelta y desde la puerta miró de nuevo fijamente a Diederich, que del susto había resbalado hasta el fondo de la manta.
—Así que… ¡Viva el socialismo internacional! —gritó marchándose.
Diederich gritó desde el fondo de su manta:
—¡Su Majestad el Káiser: Hurra!
Pero luego no tuvo otra alternativa que enfrentarse con la situación, bastante amenazadora. Cargado de presentimientos se echó muy de prisa a la calle camino de la Hermandad de Combatientes, luego a la cervecería de Klappsch, etcétera; y en todas partes pudo comprobar que la sutil táctica del viejo Buck había ido acumulando triunfos. El partido del Káiser había sido aguado con el flujo procedente de las Alas liberales y la distancia que guardaba Kunze de Heuteufel era ridícula ante el abismo que había entre él y Napoleon Fischer. El pastor Zillich, quien cambió un tímido saludo con su cuñado Heuteufel, declaró que el Partido del Káiser podía estar satisfecho de su éxito, pues con toda seguridad había reforzado la conciencia nacional del candidato liberal en el supuesto de que ésta terminara triunfante. Tampoco fueron muy distintas las declaraciones del profesor Kühnchen, por lo que era ineludible la sospecha de que no habían bastado aún las promesas arrancadas de Diederich y Wulckow y se habían dejado sobornar por el viejo Buck. ¡Cabía esperarlo todo de la corrupción democrática! Kunze quería salir elegido fuera como friese; con la ayuda de los liberales, si hacía falta. La ambición le había corrompido y le había llevado ¡incluso a prometer su apoyo a la casa-cuna! Diederich se indignó: Heuteufel era mil veces peor que cualquier proletario, había que pensar en las sombrías consecuencias que iba a tener una actitud tan poco patriótica. Desgraciadamente no podía hablar más claro… y viendo ya ante sí el espectro de la huelga, derrumbándose en su corazón el monumento al Káiser Guillermo, Gausenfeld y todos sus sueños, corrió bajo la lluvia de un colegio electoral a otro, arrastrando electores ortodoxos, convencido de que su fidelidad al Káiser se había extraviado y sólo ayudaba a los peores enemigos del Káiser. Por la noche, en la cervecería de Klappsch, salpicado de barro hasta el cuello y febrilmente agotado por el ajetreo de todo el día, por la cerveza bebida y la cercanía del veredicto, se enteró de los resultados: ocho mil votos para Heuteufel, seis mil y pico para Napoleon Fischer y para Kunze nada más que tres mil seiscientos setenta y dos. Segunda vuelta entre Heuteufel y Fischer.
—¡Hurra! —gritó Diederich.
Nada se había perdido; se había ganado tiempo.
Rápidamente se puso en camino con paso enérgico y el firme propósito en el corazón de hacer desde aquel momento lo imposible por salvar del peligro la causa nacional. Había que apresurarse, pues el pastor Zillich al momento hubiera cubierto todas las paredes de pasquines recomendando a los seguidores del Partido del Káiser votar Heuteufel en la segunda vuelta. Claro que Kunze, por su parte, tenía la vana esperanza de que Heuteufel se retiraría en favor suyo. ¡Qué ceguera! A la mañana siguiente podían leerse ya las blancas octavillas con que el liberalismo masónico declaraba hipócritamente que ellos también eran nacionales, que el sentir nacional no era privilegio de una minoría y que por lo tanto… La trampa del viejo Buck quedó ya bien clara; si quería evitarse que todo el Partido del Káiser cayera en el regazo del contubernio liberal, había que actuar sin falta. Volviendo de sus pesquisas, cargado de energía, Diederich se encontró a Emmi en el vestíbulo, el rostro cubierto por un velo y moviéndose como si todo le diera igual. «No, lo siento —pensó Diederich—, no da igual. Dónde acabaríamos así…». Y saludó a Emmi furtivamente con una especie de temor.
Se retiró a su despacho, del que había desaparecido el viejo Sötbier y en el que Diederich, convertido en su propio procurador, tomaba sus trascendentales decisiones sin tener que rendirle cuentas a nadie más que a su Dios. Fue al teléfono y pidió comunicación con Gausenfeld. En aquel momento se abrió la puerta, el cartero depositó la correspondencia sobre la mesa y Diederich vio por encima: Gausenfeld. Colgó el aparato y miró la carta como un signo del destino. Estaba consumado. El viejo había comprendido sin necesidad de palabras que no debía dar más dinero a su amigo Buck y consortes, que se estaba en condiciones, en caso necesario, de pedirle a él personalmente responsabilidades. Diederich abrió el sobre impertérrito…, pero a las dos líneas leyó a toda velocidad. ¡Qué sorpresa! ¡Klüsing quería vender la fábrica! ¡Se sentía viejo y veía en Diederich su lógico sucesor!
¿Qué significaba aquello? Diederich se sentó en la butaca y pensó profundamente. Significaba ante todo que Wulckow ya había intervenido. Al viejo le había entrado el pánico por los pedidos gubernamentales y la huelga con que amenazaba Napoleon Fischer le había dado el resto. ¿Dónde quedaba ya el tiempo en que creía salir del apuro ofreciéndole a Diederich una parte del papel destinado al Netziger Zeitung? ¡Ahora le ofrecía nada menos que todo Gausenfeld! «Somos toda una potencia», comprobó Diederich… y en aquel momento se le ocurrió que, tal como andaban las cosas, era francamente ridículo que Klüsing esperara que él le comprara la fábrica a su verdadero precio… a lo que estalló en sonoras carcajadas.
De pronto advirtió que al final de la carta, debajo de la firma, había todavía algo más, una nota escrita en letra pequeña y tan insignificante que al principio se le había pasado por alto. La descifró y se le abrió la boca inconscientemente. De pronto dio un salto.
—¡Ya lo tenemos! —exclamó jubiloso en medio de su solitario despacho —. ¡Ya están en el saco!
Después observó muy serio:
—Es algo horroroso. De una bajeza inenarrable.
Leyó de nuevo, palabra por palabra, la nota fatídica, depositó la carta en la caja de caudales y cerró ésta con un golpe enérgico. Allí dentro yacía el veneno que iba a terminar con Buck y los suyos… y que había proporcionado su propio amigo. No bastaba con que Klüsing no les proporcionara más dinero, sino que además les traicionaba. Pero debía reconocerse que se lo habían ganado; tanta corrupción había repugnado seguramente al mismo Klüsing. Quien todavía se mostrara compasivo, se haría culpable de complicidad. Diederich se puso a prueba. «La indulgencia sería aquí un crimen. ¡Cada cual debe asumir sus propias responsabilidades! En un caso así hay que actuar sin consideración alguna. ¡Arrancarle la máscara a esta lacra insoportable y barrerla de una vez con escoba de hierro! Asumo la tarea en nombre del interés común, tal como me lo dicta el deber nacional. Vivimos tiempos muy duros: ¡no lo olvidemos!».
A la noche siguiente había una gran asamblea pública, convocada por el comité electoral liberal en la gigantesca sala del Walhalla. Con la diligente ayuda de Gottlieb Hornung, Diederich se había cuidado de que los electores de Heuteufel de ninguna manera se encontraran solos y a sus anchas. A él mismo le pareció innecesario escuchar lo que decía el candidato en su discurso programático; se presentó allí cuando ya debía haber empezado la discusión. En el vestíbulo se encontró con Kunze; el comandante estaba de un humor de la peor especie.
—¡Matachín retirado! —exclamó—. ¡Míreme bien, señor mío, y dígame si tengo aspecto de permitir que se me digan tales cosas!
Como la excitación no le permitía explicarse mejor, le tomó Kühnchen el relevo:
—¡Que me lo diga a mi ese sinvergüenza de Heuteufel! —chilló—. ¡Entonces verla cómo las gasta Kühnchen!
Diederich recomendó urgentemente al comandante presentar una denuncia judicial contra su adversario. Pero Kunze no necesitaba alicientes: estaba dispuesto a hacer picadillo de Heuteufel. Aquello le fue de primera a Diederich y expresó vivamente su acuerdo cuando Kunze dio a entender que en tales circunstancias antes prefería marchar con la subversión más feroz que con el liberalismo. Contra ello expresaron reparos Kühnchen y el pastor Zillich, que se había unido al grupo. ¡Juntos los enemigos del Estado y el Partido del Káiser! «Cobardes, sobornados», dijo la mirada de Diederich al propio tiempo que el comandante no paraba de reclamar venganza. ¡Había que arrancar lágrimas de sangre de aquella pandilla de facinerosos!
—Hay que hacerlo esta misma noche —afirmó Diederich, con voluntad tan férrea que todos hicieron un gesto de sorpresa.
Hizo una pausa y luego hostigó a cada uno por separado.
—¿Qué le parecería a usted, señor pastor, si yo les demostrara a sus amigos liberales ciertas maniobras…?
El pastor Zillich palideció y Diederich pasó a Kühnchen:
—Manipulaciones fraudulentas con el erario público…
Kühnchen dio un salto.
—¡Me quedo patitieso! —exclamó aterrorizado.
Pero Kunze lanzó un alarido.
—¡A mis brazos! —gritó abalanzándose sobre Diederich—. Soy un soldado y no me ando con historias —aseguró—, Quizá tenga la cáscara dura, pero el corazón es franco. ¡Demuestre las marranadas de estos canallas y el comandante Kunze será su amigo como si hubiéramos resistido el fuego juntos en la batalla de Marslatur!
El comandante tenía lágrimas en los ojos. Diederich también. Y el ambiente que reinaba en la sala estaba tan tenso como sus almas. Al entrar, por todas partes se vela un agitar de brazos en el aire cargado de humo, de un lado u otro se levantaban voces: «¡Fuera!», «¡Muy bien dicho!», «¡No hay derecho!» y cosas parecidas. La contienda electoral estaba en su punto álgido. Diederich irrumpió allí dentro con rabia inaudita, pues ante la mesa presidida por el viejo Buck en persona una figura conocida había avanzado hasta el borde del escenario: ¡Sötbier, su ex contable! Para vengarse de su despido, Sötbier soltó un discurso difamatorio poniendo de vuelta y media las simpatías obreristas de ciertos patronos. No era más que una trampa demagógica, con la que, para obtener determinadas ventajas personales, se pretendía dividir a la clase media y darle electores a la subversión. Anteriormente la misma persona había dicho por el contrario: ¡Quien ha nacido siervo, debe seguir siendo siervo toda su vida! Las masas organizadas silbaron la frase. Diederich avanzó a codazos hasta llegar bajo el escenario.