El súbdito

Heinrich Mann · Capítulo 6 de 6 · parte 4/5

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El súbdito

Capítulo Sexto

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Con el tiempo, Incluso el odio dejó de ocuparse de él. El que había apartado la vista intencionadamente pasaba luego con indiferencia a su lado, y algunas veces hasta saludaba por la fuerza de la vieja costumbre. Un padre que llevaba consigo a su hijo pequeño, puso una expresión seria y reflexiva, y después de haber pasado de largo, le observó al pequeño:

—¿Has visto a aquel señor mayor que se arrastra, tan solo, sin mirar a nadie? Pues fíjate bien y no olvides nunca lo que la deshonra puede hacer de un hombre.

Y a partir de aquel momento el niño sintió un misterioso estremecimiento siempre que veta al viejo Buck, de la misma manera que la generación adulta había sentido en su infancia un inexplicable orgullo al verle. Aunque también había jóvenes que se empeñaban en no seguir la opinión reinante. A veces, el viejo salía de casa en el momento de terminar la escuela. Las manadas de adolescentes salían trotando de ella, dejaban paso respetuosamente a sus maestros y Kühnchen, ahora incondicionalmente nacional, o el pastor Zillich, más puritano que nunca desde el desliz de Käthchen, pasaban de prisa sin una sola mirada para el hombre caído. Entonces se detenían en el camino aquellos pocos jóvenes, cada uno por su lado, al parecer, y por iniciativa propia. Sus frentes tenían un aspecto algo más ceñudo que el de la mayoría; sus ojos se volvían expresivos al volver la espalda Kühnchen o Zillich y se descubrían ante el viejo Buck, quien involuntariamente se paraba a mirar aquellos rostros cargados de futuro, imbuido otra vez de la esperanza con que a lo largo de su vida entera había mirado a todo rostro humano.

A Diederich, mientras tanto, poco tiempo le quedaba en verdad para prestar excesiva atención a los fenómenos secundarios de su ascensión. El Netziger Zeitung, ahora incondicionalmente al servicio de Diederich, afirmó que había sido el propio señor Buck, antes de abandonar la presidencia del consejo de administración, quien se había visto obligado a ratificar al doctor Hessling en su puesto de director general. Este hecho trajo sospechas a más de un olfato. A pesar de ello, Nothgroschen puso en consideración que el señor director general doctor Hessling se había ganado grandes e indiscutibles méritos al servicio de la comunidad. De no haber sido por él, que había acaparado con el mayor secreto la mitad de las acciones, éstas hubiesen caldo cada vez más bajo; más de una familia debía agradecerle al doctor Hessling haberse salvado de la catástrofe. La huelga había sido felizmente abortada gracias a la energía del nuevo director general. Su sentir nacional y su lealtad al Káiser era una garantía sólida de que en Gausenfeld ya no se pondría más el sol del favor gubernamental. En definitiva, que se anunciaban tiempos de esplendor para la vida económica de Netzig, particularmente para la industria papelera… si se añadía a ello que el rumor de una fusión de la empresa Hessling con Gausenfeld, como se sabía de fuente fidedigna, era absolutamente cierto. Nothgroschen tenía razones para descubrirle al lector que sólo bajo tal condición había podido conseguirse que el doctor Hessling aceptara la dirección de Gausenfeld.

Diederich se apresuró, efectivamente, a aumentar el dividendo pasivo. Con la ampliación de capital, adquirió el establecimiento de los Hessling. Había hecho un negocio redondo. Su primer contacto comercial con el Gobierno había sido coronado con el éxito, haciéndose el amo de la situación con su consejo de administración compuesto de elementos dóciles. Ahora podía pasar ya a plasmar su voluntad de mando en la organización interna de la empresa. Tan sólo comenzar, reunió en seguida a todo su contingente de obreros y empleados.

—Algunos de vosotros —les dijo— me conocen ya de los tiempos de la casa Hessling. Y los demás ya veréis quién soy yo, os lo aseguro. ¡Todo el que quiera prestarme su ayuda, seré bien recibido, pero no se admitirán tendencias subversivas! No han pasado más de dos años desde que dije esto mismo a un pequeño grupo de los que estáis aquí reunidos y ahora comprobáis vosotros mismos cuántos sois los que estáis bajo mi mando. ¡Podéis estar bien orgullosos de tener tal patrón! Confiad en mi: podéis estar seguros de que perseveraré en el propósito de despertar vuestro espíritu nacional y convertiros en fieles servidores del orden establecido.

Y les prometió viviendas propias, ayuda sanitaria y alimentos baratos.

—¡Pero no consentiré devaneos socialistas! ¡Todo el que en el futuro no vote como yo lo tenga a bien, se irá a la calle!

También afirmó su propósito de llevar un riguroso control sobre la falta de religiosidad; cada domingo se convencería por sí mismo de quién iba a la iglesia y quién no.

—Mientras el mundo no se libere del pecado, seguirá habiendo guerra y odio, envidia y discordias. ¡Y por ello mismo: uno sólo tiene que ser amo y señor!

Para imponer este principio máximo, todas las dependencias de la fábrica fueron cubiertas de inscripciones que lo probaban. ¡Prohibido el paso! ¡Queda prohibido acarrear agua con los cubos de extinción de incendios! La introducción de cerveza embotellada quedó con mayor motivo prohibida, pues Diederich se había ocupado urgentemente de efectuar un contrato con una fábrica de cerveza, que le aseguraba beneficios sobre el consumo de sus empleados… ¡Terminantemente prohibido comer, dormir, fumar, traer niños, «galantear, retozar, besuquear o cualquier otra forma de libertinaje»! En las viviendas para obreros se prohibió el pupilaje de niños aun antes de estar levantadas. Una pareja que vivía en concubinato y bajo Klüsing había estado diez años sin ser descubierta fue despedida solemnemente. Este incidente le hizo venir a Diederich la feliz idea de poner en práctica un nuevo método para la regeneración moral del pueblo. En los lugares idóneos hizo colgar por todo Gausenfeld rollos de papel fabricados por él especialmente, cuya perentoria utilización obligaba a todo el mundo a fijarse en las máximas morales o políticas con que había sido impreso. A veces podía oír gritarse de unos a otros una frase nacida en las altas esferas del poder de la que habían podido convencerse por tal camino, o cantar un himno patriótico cuya letra habían aprendido en las mismas circunstancias. Alentado por estos éxitos, llevó su invención al mercado público. Apareció bajo la denominación comercial Weltmacht (Gran Potencia) y ciertamente, como proclamaba una amplia campaña publicitaria, llevó triunfalmente por el mundo el espíritu cultural germánico apoyado en la sólida técnica alemana.

Aquellos educativos papeles no podían, sin embargo, sanear todos los conflictos entre patronos y obreros. Uh buen día, Diederich tuvo que advertir que de la caja del seguro pagaría solamente la cura y extracción de dientes y no, además, la colocación de piezas. ¡Un hombre se había hecho hacer toda una dentadura postiza! Como Diederich apeló a su advertencia, formulada en verdad con posterioridad al hecho, el hombre reclamó judicialmente y el tribunal llegó incluso a cometer el arriesgado desliz de darle la razón. Con ello no se consiguió otra cosa que quebrantar su fe en el orden reinante, por lo que se convirtió en un agitador, degeneró moralmente y en otras circunstancias hubiera sido despedido indefectiblemente, pero en este caso concreto, Diederich tuvo reparos en arrojar a la calle una dentadura que le había salido tan cara, y se quedó también con el hombre… Pero no se llamaba a engaño: todo aquello no hacía más que corromper el espíritu de los asalariados. A dio vino a añadirse el influjo de peligrosos acontecimientos políticos. Cuando en la ceremonia de reapertura del Reichstag varios diputados socialdemócratas se quedaron sentados al proferirse los vivas al Káiser, quedaron injustificadas todas las dudas e indecisiones: la necesidad de medidas antisubversivas quedaba demostrada. Diederich agitó públicamente en tal sentido; preparó a todo el personal bajo sus órdenes en una alocución que fue acogida en el más sombrío silencio. La mayoría de los diputados del Reichstag fue lo suficientemente Inconsciente como para rechazar el proyecto de ley y las consecuencias no se hicieron esperar: ¡un industrial había sido asesinado! ¡Un industrial! El asesino sostenía que él no era socialista, pero tales cosas ya se las sabía Diederich de su propia grate; se decía que la víctima había sido gran amigo de los obreros, pero esto, Diederich también se lo sabía de sí mismo. Estuvo días y semanas temiendo, siempre que abría una puerta, que detrás de ella apareciera una navaja alzada. Su despacho recibió impactos de sus propios disparos y no pasó una noche que antes de acostarse no buscara a gatas con Guste por todo el dormitorio. Sus telegramas al Káiser, tanto si eran mandados por el Consejo Municipal, por la presidencia del Partido del Káiser, por la Unión de Empresarios o por la Hermandad de Combatientes, gritaban socorro contra el movimiento revolucionarlo desencadenado por los socialistas que había vuelto a causar una víctima. Los telegramas con que Diederich bombardeaba al Máximo Soberano clamaban por la eliminación de aquella peste, por las más urgentes medidas judiciales, por la protección militar de la autoridad y la propiedad, por condenas de trabajos forzados a los huelguistas que apartasen a alguien de la obligación de trabajar… El Netziger Zeitung, que reproducía aquellos textos sin falta, no omitía en ningún momento destacar además los grandes méritos del señor director general doctor Hessling, precisamente en el campo de la paz y la asistencia sociales. Cada nuevo bloque de viviendas obreras construido por Diederich era objeto de elogiosa presentación por parte de Nothgroschen, quien escribía además un enfervorizado artículo. Allá ellos, si ciertos empresarios, que felizmente ya no gozaban de influencia en Netzig, atizaban tendencias subversivas entre sus empleados al hacerles participar en las ganancias. Los principios defendidos por el señor director general, doctor Hessling, aceleraban la Implantación de las mejores relaciones laborales que cabía imaginar entre el sector económico y el social, tal como deseaba verlas propagadas Su Majestad el Káiser en toda la industria alemana. Oponer una fuerte resistencia a las injustas reivindicaciones de los obreros, así como formar una coalición de los empresarios, formaba también parte, como todos sabían, del programa social del Káiser, cuya puesta en práctica era un título más a poner junto al nombre prócer del señor director general doctor Hessling.

Y al lado podía verse el retrato de Diederich.

Tanta fama impulsaba a una actividad cada vez más ardorosa… a pesar del pecado original, cuyas fatales consecuencias no dejaron de manifestarse; no tan sólo en el seno del negocio, sino en el de la familia misma. Aquí fue Kienast el espíritu maligno que sembró la envidia y la discordia. Afirmaba éste que sin él, y su discreta gestión en la compra de las acciones, Diederich no hubiera llegado nunca a ocupar su brillante posición. Diederich contestó entonces a ello que Kienast quedaba compensado con una participación en las acciones proporcional a sus medios. Esto no quiso reconocerlo el cuñado, sino que, por el contrario, llegó en su ambición a fabricarse una base jurídica para sus irrespetuosas pretensiones. ¿No era él, en tanto que marido de Magda, propietario de la octava parte del valor total de la antigua fábrica de los Hessling? La fábrica había sido vendida y Diederich había comprado con el dinero las acciones preferentes de Gausenfeld. Kienast se reclamó de la octava parte de la renta y de los dividendos anuales de las acciones preferentes. Ante impertinencia tal, Diederich contestó con la máxima energía que no traía más deuda que cumplir, ni con su cuñado, ni con su hermana. «Sólo estaba obligado a pagaros vuestra parte de los beneficios anuales de mi fábrica. Mi fábrica está vendida. Gausenfeld no me pertenece a mí, sino a una sociedad anónima. Por lo que se refiere al capital, es mi fortuna privada. Nada tenéis que reclamar».

Kienast dijo que aquello era un Tobo. Diederich, completamente convencido de sus propios argumentos, habló de chantaje. Lo que vino a continuación fue un proceso.

El proceso duró tres años. Fue llevado con encono cada vez mayor, particularmente por parte de Kienast, quien para poder dedicarse a él plenamente, dejó su trabajo en Eschweiler y se trasladó con Magda a Netzig. Como principal testigo de cargo contra Diederich se había servido del viejo Sötbier, quien con su sed de venganza quería demostrar realmente que ya antes Diederich no les había pasado a sus familiares las sumas que les correspondía. También se le ocurrió a Kienast desvelar ciertos detalles del pasado de Diederich con la ayuda del actual diputado Napoleon Fischer, si bien no llegó nunca a conseguirlo. De todas maneras este proceder le obligó a Diederich a depositar repetidas veces considerables cantidades en la caja del partido socialdemócrata. Y ante su propia conciencia podía decir que su pérdida personal le dolía menos que los perjuicios que con ello causaba a la causa nacional… Guste, cuya visión no llegaba a tanto, azuzaba las discordias de los hombres más bien por motivos femeninos. Su primer hijo había sido una hembra y no le perdonaba a Magda haber tenido un varón. Magda, que al principio sólo había mostrado un tibio interés en los asuntos de dinero, inició las hostilidades a partir del día en que Emmi apareció con un sombrero fantástico comprado en Berlin. Magda hizo constar que Emmi estaba siendo objeto de la más indignante preferencia de Diederich. Emmi habitaba en Gausenfeld un piso propio en el que ofrecía tés. La cantidad que recibía para sus gastos personales constituía un escándalo respecto a la hermana casada. Magda tuvo que reconocer que la posición eminente que te había dado su matrimonio estaba convirtiéndose en todo lo contrario y acusó a Diederich de querer sacársela a ella de encima desde el comienzo de su época de esplendor. Si, a pesar de todo, Emmi seguía sin encontrar ningún hombre, debía haber seguramente algo especial que lo impedía…, cosas que la gente de Netzig se susurraba en voz baja. Magda no tuvo inconveniente en decirlo en voz alta. A través de Inge Tietz se supo también en Gausenfeld; pero Inge proporcionó al mismo tiempo un arma contra la calumniadora, pues se daba el caso que ella misma se había encontrado con la comadrona en casa de los Kienast. El primer hijo había nacido a lo máximo en seis meses. Al momento se produjo un alboroto terrible, insultos telefónicos de una casa a otra, amenazas de demanda judicial para las que se reunía material empleando cada una de las dos mujeres la criada de la otra.

Y poco después de que Diederich y Kienast hubieran impedido con viril sensatez que el escándalo familiar llegara a su máximo extremo, éste estalló a pesar de todo. Guste y Diederich recibieron cartas anónimas que se vieron obligados a ocultar ante cualquier tercero e incluso ante ellos mismos por la inmensa frivolidad de su contenido. Además iban ilustradas con dibujos que sobrepasaban toda medida permitida incluso por el arte más realista. Todas las mañanas, puntualmente, los inocentes sobres grises se hallaban sobre la mesa del desayuno y cada uno hacía desaparecer el suyo haciendo como si no se hubieran visto el del otro. Sin embargo, un día se acabó aquel Juego del escondite, pues Magda tuvo la intrepidez de aparecer en Gausenfeld con un paquete de cartas de tono exactamente igual que ella decía haber recibido. A Guste le pareció qué aquello ya era el colmo.

—¡Tú sabrás quién te las escribe! —llegó a decir con voz ahogada y con la cara roja de indignación.

Magda dijo que podía imaginárselo y que por eso había venido.

—¡SI no puedes pasarte —contestó Guste con un resoplido—, sin escribirte tú misma este tipo de cartas para animarte un poco, por lo menos no se las escribas a quienes ninguna falta les hacen!

Magda protestó y por su parte se puso, descompuesta, a lanzar acusaciones contra la otra. Pero Guste se abalanzó al teléfono y llamó a Diederich para que viniera de su despacho; luego salió y regresó con un paquete de cartas. Por la otra puerta entró Diederich llevando también las suyas. Una vez las tres interesantes colecciones estuvieron espectacularmente extendidas sobre la mesa, los tres se miraron pasmados los unos a los otros. Después se recuperaron y gritaron todos al mismo tiempo las mismas acusaciones. Para no encontrarse en desventaja, Magda reclamé el testimonio de su marido, a quien también se fue a buscar. Guste afirmó haber visto también algo en casa de Emmi. Se fue a buscar a Emmi quien no tardó en confesar, con su estilo displicente, que el correo también le había traído aquel tipo de indecencias, pero la mayoría las había destruido. ¡NI siquiera la señora Hessling se había visto libre de aquello! Estuvo negándolo entre lágrimas todo el tiempo que pudo, pero al final no tuvo más remedio que aceptarlo… Puesto que todo aquello no hacía más que dilatar el asunto sin sacar las cosas en claro, se separaron las dos partes entre amenazas que en sí no eran demasiado consistentes, pero no dejaban de asustar. Para reforzar sus posiciones cada uno de los contendientes fue a la busca de aliados, comprobándose primero que también Inge Tietz se contaba entre los destinatarios de aquellas representaciones de mal gusto. Lo que cabía suponer después de aquello, se confirmó plenamente El misterioso redactor de cartas había intervenido en la vida privada de todo el mundo, incluso en la del pastor Zillich y del mismo señor alcalde y los suyos. Por lo que podía verse, de momento, había creado una atmósfera de desaforada obscenidad alrededor de la familia Hessling y todas las buenas familias relacionadas con ella. Durante semanas enteras, Guste no se atrevió a salir de casa. Su enfado y el de Diederich se descargaron de la manera más horripilante el uno contra el otro. El todo Netzig ya nadie se fió ni de la persona de más confianza. Llegó el día y su inevitable hora del desayuno en que en el seno de la familia Hessling la sospecha llegó a su límite máximo. En la mano de Guste tembló un documento que no dejaba ya lugar a dudas; reflejaba momentos que en sus detalles sólo podían estar, profundamente ocultos, en la conciencia de ella y su marido. Aparte de ellos dos, nadie más podía saber nada; lo contrario sería el acabose. ¿Entonces…? Guste dirigió por encima de la mesa una mirada escrutadora hacia Diederich: en su mano temblaba el mismo papel y también su mirada escrutaba la de ella. Rápidamente bajaron las dos la mirada, poseídos por el pánico.

El traidor se encontraba en todas partes. Donde no podía haber nadie, aparecía como un segundo yo. Por obra de él se derrumbaba de forma inusitada la solvencia de la honorabilidad burguesa. Su acción hubiera terminado por hacer desaparecer de Netzig el último resto de pudor personal y de respeto mutuo, si no se hubieran adoptado a tiempo, como en un acuerdo general y simultáneo, medidas pertinentes para restablecerlos. Los miedos, cual gusanos de mil arrugas, fueron avanzando subterráneamente en busca de una salida, confluyeron de todos los lados, abrieron con la fuerza nueva del miedo unificado sobre un hombre sus oscuros torrentes. De repente, Gottlieb Hornung no supo cómo se le había venido aquello encima. Confidencialmente se había querido dar importancia ante Diederich, como era su costumbre, haciendo alarde de ciertas cosas que debía haber escrito. Ante los severos reproches de Diederich se limitó a observar que aquel tipo de cartas las escribía ahora todo el mundo, era una moda, un juego de sociedad…, lo que Diederich se apresuró a rechazar seriamente. De esta conversación sacó sin embargo la impresión de que su viejo amigo y compañero de estudios Gottlieb Hornung, que ya había prestado algunos servicios de utilidad, reunía también en el caso presente excelentes condiciones para cumplir una importante misión, aunque fuera Involuntaria; así que cumplió con su deber y le denunció. Y una vez se pronunció abiertamente el nombre de Hornung, resultó que hacía tiempo se habían concentrado en él las sospechas de todo el mundo. Durante las elecciones se había podido enterar de muchísimas cosas, era, además, de Netzig y no tenía parientes, por lo que podía dedicarse sin trabas a aquella canallada. También se tuvo en cuenta sus desesperada lucha por el derecho a no vender ni esponjas, ni cepillos de dientes; esta pugna le había visiblemente amargado, arrancándole manifestaciones sarcásticas sobre clientes a los que hacía falta una esponja no sólo para quitarse la mugre y que de nada les servía limpiarse la boca cada día. Se le hicieron las acusaciones y en varios casos aceptó sin reparos la paternidad de los hechos. Cierto que en su gran mayoría lo negó con tanta mayor tuerza, pero había grafólogos para juzgarlo. En contra de la opinión de un testigo como Heuteufel, que habló de una epidemia y afirmó que un solo individuo no podía haber cargado con aquel monstruoso montón de basura, se levantaron todas las demás declaraciones, se levantó la fuerza del deseo público. Éste fue representado de forma particularmente feliz por Jadassohn, cuyas orejas habían disminuido desde su regreso de París y había sido ascendido ya a fiscal. El éxito, y la seguridad de tener ya un aspecto intachable, le habían enseñado incluso a tener moderación; comprendió que la deferencia al interés común de la causa obligaba a prestar oídos a las voces que presentaban a Hornung como afectado por una crisis nerviosa. Hornung salió del asunto con una temporada de internamiento en el sanatorio y cuando fue dado de baja, Diederich le dio medios suficientes para defenderse contra las esponjas y cepillos de dientes bajo la condición de que abandonara Netzig. Claro que con el tiempo fueron los utensilios de higiene quienes llevaron las de ganar, y fue difícilmente previsible el buen fin de Gottlieb Hornung…, como es natural, se acabaron las cartas tan pronto estuvo él a buen recaudo en el establecimiento de curación. O, por lo menos, nadie dio muestras de recibir todavía alguna. El asunto estaba resuelto.

 

Diederich ya podía decir de nuevo: «Mi casa es mi alcázar». La familia, libre ya de sucios ataques, floreció y prosperó con la mayor pureza. Después de Gretchen, nacida en 1894, vino Horst en 1895, al que siguió, en 1896, Kraft. Diederich, padre recto y ecuánime, abrió una cuenta corriente a cada uno de los hijos, aun antes de que vinieran al mundo, e impuso de momento los costes del ajuar y de la comadrona. Su concepto de la vida matrimonial se mantenía dentro de los moldes más rígidos. Horst vino al mundo no sin apuros. Cuando la cosa hubo pasado, Diederich explicó a su esposa que, puesto ante la alternativa, no hubiera dudado en dejarla morir.

—A pesar de lo penoso que hubiera sido para mí —comentó—. Pero la raza es lo más importante y de mis hijos varones soy responsable ante el Káiser.

Las mujeres no tenían otra función que los hijos; Diederich no les permitía ni frivolidades ni impertinencias, si bien no tenía inconveniente en concederles ocasión para elevar el espíritu y gozar de merecido descanso.

—Mantente fiel a las tres grandes «C» —le aconsejaba a Guste—, «Culto, Casa y Críos».

Sobre el mantel de cuadros rojos, con el águila y la corona imperiales, siempre estaba junto a la cafetera de porcelana la Santa Biblia, y Guste se encargaba de leer cada mañana un versículo en voz alta. Los domingos iban siempre a la iglesia.

—Es la voluntad superior —decía Diederich muy serio cuando Guste se resistía.

Al igual que Diederich vivía en el temor del señor de las alturas, Guste debía vivir en el temor del señor de la casa. Al pasar la puerta no se le olvidaba que el marido iba siempre delante. Los hijos, a su vez, debían rendirle a ella los honores, y el chucho tenía a todos por superiores. Durante las comidas, el perro y los niños debían estar callados; la obligación de Guste consistía en ver en las arrugas de la frente del marido si lo pertinente era no molestarle o si, por el contrario, era preciso apartar las preocupaciones de su cabeza con una conversación ligera. Ciertos platos sólo se servían para el amo de la casa, y cuando tenía un buen día, Diederich echaba al aire un pedazo de lo que fuera para ver sonriente quién lo cogía: Gretchen, Guste o el chucho. Su siesta se veía muchas veces turbada por la indigestión; Guste tenía entonces el santo deber de ponerle compresas calientes en el vientre. Diederich, hecho un mar de quejidos y miedos profundos, formulaba el firme propósito de hacer testamento y nombrar tutor. Guste no recibía ni cinco en mano.

—¡He estado trabajando para mis hijos y no para que tú luego te diviertas por ahí!

Guste ponía en claro que la base de todo habían sido los bienes aportados por ella, pero en esos casos más le hubiera valido callarse… Evidentemente, cuando Guste estaba resfriada, ni por asomo debía ocurrírsele que Diederich, a su vez, la hiciera objeto de sus cuidados. En la medida de lo posible debía mantenerse apartada de él, pues Diederich estaba plenamente decidido a no tolerar ningún microbio. Siempre que entraba en la fábrica, se ponía en la boca pastillas desinfectantes. Una noche se armó el gran escándalo porque la cocinera había cogido la gripe y estaba con cuarenta grados de fiebre.

—¡Fuera inmediatamente de casa esa porquería! —ordenó Diederich.

Y cuando se hubo marchado la pobre mujer, estuvo él mismo vagando horas por toda la vivienda, rociándola de líquidos bactericidas.

Por la noche, durante la lectura del Lokal-Anzeiger, no cesaba de explicarle a su esposa que gozar de la vida no era necesario, pero si disfrutar de una flota…, lo que Guste reconocía dócilmente por la simple razón de no gustarle tampoco la emperatriz Federica, de la que se sabía nos había vendido a Inglaterra, parte de ciertas intimidades del palacio Friedrichskron, que Guste criticaba vivamente. Contra Inglaterra se necesitaba una fuerte armada; había que triturarla irremisiblemente, era el peor enemigo del Káiser. Y ¿por qué? En Netzig se sabía con toda exactitud: sólo porque una vez Su Majestad, encontrándose animado, le había dado una patada amistosa al Príncipe de Gales en el lugar más tentador. Además, de Inglaterra llegaban ciertas clases de papel de finísima calidad, y la manera más segura de impedir su importación era una guerra victoriosa. Por encima del periódico, Diederich le decía a Guste:

—Mi odio por Inglaterra sólo puede equipararse al odio que tuvo Federico el Grande por aquel pueblo de ladrones y mercaderes. Esta es una frase de Su Majestad y yo la suscribo.

Suscribía todas las frases altisonantes de cada uno de los discursos del Káiser, y no en la forma suavizada que se le daba al día siguiente, sino en la original, la más fuerte. Todas aquellas sentencias capitales del germanismo, del espíritu del tiempo… Diederich vivía e hilaba en ellas como en irradiaciones de su propia naturaleza, su memoria las conservaba como si fuera él quien las había pronunciado. Otras las mezclaba en ocasiones públicas con sus propias invenciones y ni él, ni cualquier otro, podían distinguir qué procedía de él y qué del personaje supremo.

—Esto es divino —dijo Guste, que leía las amenidades.

—Ya tenemos el tridente por el mango —afirmó Diederich sin salirse de su tema.

Guste se puso, sin embargo, a contar divertida una anécdota de la emperatriz que la llenaba de satisfacción. Durante la estancia en el palacete de caza de Hubertusstock a la Kaisertu le gustaba vestirse con sencillez casi burguesa. Un cartero al que se dio a conocer por una carretera vecinal, no quiso creer que fuera quien era y se burló de ella. Después tuvo que caer apabullado de rodillas y recibió generosamente una moneda de un marco. Esto hizo las delicias de Diederich, como le conmovió también que el Káiser saliera a la calle la Nochebuena para ofrecerles una feliz fiesta a los pobres de Berlín con setenta y cinco marcos en monedas recién acuñadas, y como sintió un escalofrío de presentimiento al ser nombrado Su Majestad bailío honorífico de la Orden de Malta. El Lokal-Anzeiger le abría a uno mundos insospechados, pero luego le acercaba Sus Señorías Altísimas hasta el plano más familiar. En la galería, las figuras de bronce de tres cuartos del natural de las majestades parecían aproximarse sonrientes y podían oírse los acordes patrióticos que soplaba el Trompetero de Säckingen a su lado.

—Debe ser delicioso en el hogar de los emperadores —opinó Guste— cuando se hace la colada general. ¡Tienen cien personas de servicio para lavar la ropa!

Por su parte, Diederich se sintió invadido de simpatía por los podencos del Káiser, que no tenían por qué andarse con respetos ante las colas de las damas de la Corte. En él maduró el plan de concederle absoluta libertad a su chucho en este sentido para la próxima soirée que diera en casa. Cierto que en la columna siguiente un cable de última hora le preocupó seriamente porque todavía no era definitivo que se realizara un encuentro entre el Káiser y el Zar.

—Si no se produce pronto —dijo solemne—, debemos prepararnos para lo peor. Con la historia mundial no se puede jugar.

Cuando amenazaban catástrofes se daba el gusto de pasarse más tiempo soltando frases, pues «el alma alemana es seria, casi trágica», afirmaba.

Pero Guste no se interesaba ya y bostezaba con frecuencia creciente. Bajo la mirada de reprobación de su marido pareció acordarse entonces de un deber conyugal, entornó los ojos provocativamente y llegó incluso a presionarle con las rodillas. Él quiso todavía manifestar un pensamiento nacional, pero Guste dijo con voz extrañamente dura:

—Tonterías.

Diederich no pensó, sin embargo, en castigar tan enorme frescura, sino que la miró de reojo como si esperara aún más. Y ella, al ver que él intentaba abrazarla por lo bajo, se liberó definitivamente de su soñoliento cansancio, y de repente le cayó a él una sonora bofetada… Y él no contestó, sino que se levantó y se acurrucó jadeante detrás de tina cortina. Cuando salió de detrás de ella, resultó que sus ojos, en lugar de centellear, emanaban miedo y un sombrío anhelo.

Aquello pareció acabar con los últimos reparos de Guste. Se levantó; balanceando impúdicamente las caderas, comenzó por su parte a centellear violentamente con los ojos y, señalando imperiosamente el suelo con su dedo de salchicha, dijo con voz viperina:

—¡De rodillas, miserable esclavo!

¡Y Diederich hizo lo que ella le mandaba! En una subversión inaudita y delirante de todas las leyes, Guste pudo ordenarle sin protesta alguna de su parte:

—¡Debes adorar mi soberana imagen!

… Y luego, tumbado de espaldas, se dejó pisotear el vientre por ella, quien de todas maneras se detuvo en medio de tal actividad y preguntó de pronto ya sin aquel patetismo vesánico, con la mayor naturalidad.

—¿Tienes ya bastante?

Diederich no hizo el motor gesto; Guste volvió inmediatamente a su humos.

—Yo soy tu ama y señora, tú eres el vasallo —reafirmó sin rodeos—. ¡En pie! ¡Marchando!

Y le empujó ante ella con sus puños llenos de hoyuelos en dirección del dormitorio matrimonial.

—¡Bien contralto puedes estar! —aseguró ella.

Pero en aquel momento, Diederich logró escaparse y apagar la luz. En la oscuridad, con el corazón en un puño, escuchó cómo ella le daba allá dentro los nombres más indecentes, al tiempo que, por otro lado, volvía a bostezar. Al cabo de un rato, posiblemente, ya estaba en la cama durmiendo como un tronco…, pero Diederich, consciente todavía de la inminencia de peligro, se arrastró a gatas hasta el podio y se escondió detrás del Káiser de bronce…

Regularmente, después de tales fantasías nocturnas, Diederich se hacía presentar la mañana siguiente el libro de cuentas del hogar y pobre de Guste si había la más mínima irregularidad en las sumas. Montando un horrendo proceso criminal en presencia de todos los sirvientes, Diederich liquidaba expeditivamente su breve usurpación de poder para quitarle a ella el regusto que todavía pudiera quedarle. La autoridad y las buenas costumbres volvían a triunfar. También se cuidó en otros aspectos de que las relaciones conyugales no se inclinaron demasiado ventajosamente para Guste, pues cada dos o tres noches, y a veces con mayor frecuencia, Diederich salía de casa… para ir a la tertulia en el Ratskeller, pero no siempre era cierto.

El puesto fijo de Diederich en la tertulia estaba debajo de un arco gótico en el que se Ida: «Cuando mejor la taberna, tanto peor la hembra; cuando peor la hembra, tanto mejor la taberna». Y toda la colección de viejas máximas que había en los demás arcos, le desquitaban a uno agradablemente de las concesiones que la naturaleza obligaba a hacerle a la mujer en casa: «A quien no le gusta cantar y beber, que le den mil azotes y una mujer», «Dios te guarde de males y dolores, de mujeres malvadas y perros mordedores», etc… Mientras que quien levantaba la vista al techo entre Jadassohn y Heuteufel, podía leer: «A la vera del brasero, descanso placentero, y en la pared cortante acero. Así lo manda la vieja usanza: venid, bebed, fuera penas del alma». Y así sucedía sin diferencias de partido o confesión. También Cohn y Heuteufel, acompañados de sus amigos y correligionarios más cercanos, habían vuelto a hacer con el tiempo acto de presencia allí uno tras otro y sin hacer demasiados aspavientos, pues a la larga nadie pudo ya discutir o ignorar el éxito que impulsaba la causa nacional, llevándola a cimas cada vez más altas. Las relaciones de Heuteufel con su cuñado Zillich siguieron siendo tirantes, pues no cabía duda que entre sus doctrinas se levantaban barreras infranqueables y «en sus convicciones religiosas el alemán no permite que nadie le discuta», como subrayaron ambas partes. Sin embargo, en la política era bien sabido que las ideologías no hacían más que enredar las cosas. Indudablemente había habido en su tiempo hombres de gran valía en el Parlamento de Frankfurt, pero les faltó positivismo político y por ello no hicieron más que disparates, como gustaba de observar Diederich. De todas maneras, sus éxitos le habían hecho menos intransigente y llegó incluso a aceptar que la Alemania de los poetas y pensar dores había tenido quizá sus razones de ser.

—Pero no fue más que una etapa previa. Nuestra superioridad intelectual se encuentra hoy en el campo de la industria y la técnica. El éxito lo demuestra.

Heuteufel tuvo que admitirlo. Sus manifestaciones sobre el Káiser, sobre la eficacia y categoría de Su Majestad, tenían un tono mucho más discreto que antes; en cada nueva intervención del altísimo orador intentaba hacer sus críticas, pero dejaba entrever que en realidad se moría de ganas de incorporarse sin más al carro del poder. El liberalismo consecuente, como se reconocía ampliamente, sólo podía salir ganando haciendo decididamente suya la idea nacional, colaborando positivamente y, al tiempo que mantenía conscientemente levantado el pendón de la libertad, debía oponerse a los enemigos que nos negaban el lugar bajo el sol, debía desafiarlos con un inexorable quos ego. ¡Pues no sólo el enemigo histórico francés volvía, como siempre, a levantar su faz odiosa: también el ajuste de cuentas con el insolente inglés se hacía inaplazable! La armada, por cuya construcción tanto se afanaba la genial propaganda de nuestro genial Káiser, nos urgía irremisiblemente. Las claves de nuestro futuro se encontraban efectivamente en el mar, y este pensamiento iba ganando progresivamente terreno. Alrededor de la mesa de tertulia la idea de la armada se afincó con ahínco, hasta convertirse en llama perenne, alimentada constantemente con vino alemán, que rendía honores a su creador. La flota, los buques, aquellas máquinas sorprendentes de invención burguesa que, puestas en marcha, producían poder mundial, de la misma manera que ciertas máquinas de Gausenfeld producían un papel denominado Weltmacht… Aquello arrebataba el espíritu de Diederich y tanto Cohn como Heuteufel fueron conquistados para la idea nacional principalmente por la flota de guerra. Un desembarco en Inglaterra era el sueño que reverberaba bajo las bóvedas góticas del Ratskeller. Los ojos brillaban y se especulaba con el bombardeo de Londres. El bombardeo de París no era más que una consecuencia secundaria, que completaba los planes que Dios tenía para nosotros. «Los cañones del cristianismo hacen un buen trabajo», acostumbraba decir el pastor Zillich. Sólo el comandante Kunze dudaba de ello, dando Tienda suelta a sombrías previsiones. Desde que había pasado di trance de perder el reto con el camarada Fischer, cualquier derrota le parecía posible. Pero se quedó solo con su derrotismo. El más triunfalista de todos era Kühnchen. Las heroicidades cometidas por el pequeño, pero terrible anciano en la guerra franco-prusiana encontraban flnalmente, un cuarto de siglo después, su verdadera confirmación en el sentir general.

—La siembra hecha por nosotros —decía— en aquellos años gloriosos, lo veis, está dando ya sus frutos. ¡Qué feliz me siento de verlo todavía con mis viejos ojos! —y luego se quedaba irremisiblemente dormido a la tercera batalla.

También las relaciones de Diederich con Jadassohn se desarrollaban de manera en general satisfactoria. Los dos antiguos rivales, más asentados y elevados a la esfera de las existencias satisfechas, no se hacían la zancadilla ni en la política ni en la tertulia, ni tampoco en la villa silenciosa que Diederich visitaba la noche de la semana en que, sin saberlo Guste, no aparecía por la tertulia. Se encontraba ante la Puerta de Sajonia; era la torre que habían habitado los Von Brietzen, y vivía en ella una dama sola a la que pocas veces se veía públicamente y nunca paseando a pie. A veces aparecía pomposamente engalanada en un palco proscénico del Walhalla, la apuntaban con los gemelos todas las miradas de la sala, pero nadie la saludaba; y por su parte se comportaba como una reina que mantenía su incógnito. Naturalmente, a pesar del pomposo disfraz, todo el mundo sabía que era Käthchen Zillich, que había aprendido su oficio en Berlín y ahora lo practicaba prósperamente en la antigua villa Brietzen. También estaba todo el mundo de acuerdo en que aquel hecho no hacía demasiado por mantener en alto el prestigio del pastor Zillich. Sus feligreses se lo tomaron muy a mal, y ni qué decir tiene que los blasfemos estuvieron encantados. Para evitar una catástrofe, el pastor solicitó de la policía que eliminara aquella mancha de la ciudad, pero se encontró con una resistencia sólo explicable por supuestas concomitancias entre la villa en cuestión y las fuerzas vivas de la ciudad. Desesperando ya de la justicia terrena no menos que de la divina, el pater juró tomar la justicia por su mano y parece que, realmente, una tarde, estando ella todavía en la cama, infligió un ejemplar castigo a la hija perdida. La gente de la parroquia afirmó que si Käthchen salió con vida fue gracias a su madre, quien, temiéndose lo peor, había seguido los pasos de su marido. A la madre se la acusó de albergar en su corazón una reprobable debilidad por la hija y su pecaminoso esplendor. En cuanto al pastor Zillich, declaró desde el púlpito a Käthchen por muerta y carcomida por los gusanos, con lo que pudo salvarse de una intervención del Consistorio. Con el tiempo, la prueba por que había tenido que pasar acabó reforzando su autoridad…

De entre los señores que contribuían con su generosidad a la brillante carrera de Käthchen sólo conocía Diederich oficialmente a Jadassohn, si bien éste era quien contribuía con menos. Diederich sospechaba incluso con nada. Las relaciones de Jadassohn con Käthchen eran como una hipoteca puesta en época ya anterior sobre la empresa. Por ello mismo, Diederich no tuvo reparo alguno en participarle a Jadassohn los problemas que aquello le reportaba. Los dos se retiraron al rincón del Ratskeller que presidia la inscripción: «Lo que para gusto del hombre cocina la enamorada, es cosa siempre bien lograda». Allí, tomando las debidas precauciones respecto al pastor Zillich, que unos pasos más allá hablaba de los cañones del cristianismo, deliberaron sobre los asuntos relacionados con la villa de la Puerta de Sajonia. Diederich se quejó de las insaciables exigencias de Käthchen sobre su presupuesto, esperando que Jadassohn influyera favorablemente sobre ella en este sentido. Pero Jadassohn se limitó a preguntar:

—¿Para qué la tiene pues? ¿No se trata acaso de que sea cara?

Y tenía razón el hombre, pues haber podido conseguir todavía a Käthchen después de aquel primer breve desquite, lo consideraba Diederich más bien como un cargo honorífico, un cargo obligado en su presupuesto de publicidad.

—Mi posición —le dijo a Jadassohn— exige hacer un generoso alarde de suntuosidad. Si no fuera por ello, confieso que ya hubiera echado todo el asunto a correr, pues en confianza le digo que Käthchen no ofrece suficientes atractivos.

Aquí Jadassohn sonrió significativamente, pero no dijo nada.

—En primer lugar —prosiguió Diederich— es del mismo género que mi mujer, y le aseguro —dijo levantando la mano— que mi mujer rinde mucho más. Mire, contra el carácter de uno no hay nada que hacer; después de hacer una escapada a la Villa siempre tengo la impresión de tener una deuda que saldar con mi mujer. Aunque le dé risa, le diré que, efectivamente, no pasa una sin que le regale luego algo a ella. ¡Espero que no acabe sospechando de tales regalitos!

Jadassohn soltó la risa con mayor motivo del que Diederich suponía, pues hacía ya tiempo que había considerado un deber moral poner al corriente de aquellas concomitancias a la señora del director general Hessling.

En lo político se dio una cooperación entre Diederich y Jadassohn de signo tan positivo como con Käthchen. Juntos se afanaron en limpiar la ciudad de elementos ideológicamente indeseables particularmente aquellos que extendían la peste de las injurias a la Corona. Diederich, con su multiplicidad de relaciones públicas, los localizaba; y Jadassohn, luego, los libraba al verdugo. Cuando salió el Canto a Egir, su actividad se hizo particularmente fructífera. ¡En la propia casa de Diederich la profesora de piano que tenía Guste había dicho que el Canto a Egir era una…! Y se fue, naturalmente, a donde ella misma había dicho. Incluso Wolfgang Buck, que volvía a estar en Netzig, dijo que la sentencia había sido muy adecuada.

—La absolución no la hubiera comprendido el pueblo —declaró en la tertulia—. La monarquía es precisamente entre los regímenes políticos lo que en el amor son las señoras duras y enérgicas. Quien siente atracción por ellas exige precisamente que suceda algo y la suavidad no le satisface.

Diederich enrojeció ante aquellas palabras.

Era una lástima que Buck sólo hiciera alarde de tal forma de pensar mientras estaba todavía sereno, porque después, con su ya consabida forma de profanar los más sagrados bienes, daba motivo suficiente para excluirlo de toda sociedad decente. Diederich era quien le salvaba de tal destino asumiendo la defensa de su amigo.

—Deben pensar ustedes que lleva encima una tara hereditaria, pues la familia presenta síntomas de degeneración muy avanzados. Por otra parte, resulta esperanzador y demuestra un buen fondo en él que la vida de actor no le haya satisfecho al final y vuelva a ejercer su profesión como abogado.

A ello se le respondía que era muy sospechoso que Buck no dijera nunca una palabra sobre su experiencia teatral de casi tres años. ¿Le quedaba todavía algún resto de honor? A esta pregunta, Diederich no sabía qué responder; un impulso lógicamente inexplicable, pero de raíces muy hondas, le acercaba una y otra vez al hijo del viejo Buck. Siempre se enzarzaba en apasionadas conversaciones con él, que indefectiblemente terminaban cortándose violentamente después de poner de manifiesto los puntos de vista más opuestos. Llegó incluso a introducir a Buck en su casa, llevándose al poco una buena sorpresa; pues si al principio Buck sólo iba allí para hacer los honores de un coñac particularmente bueno, pronto el motivo fue, visiblemente, Emmi. Los dos comenzaron a entenderse de una manera que dejaba al margen a Diederich y a éste le pareció muy rara. Platicaban de una manera aguda e irónica, sin pizca aparente de sentimientos u otros factores que normalmente ponen en marcha las relaciones entre los sexos, y cuando bajaban la voz para hablar confidencialmente, a Diederich le parecían algo absolutamente enigmático inquietante. Se encontraba ante el dilema de intervenir y poner las cosas en claro o marcharse simplemente de la habitación. Para su propia sorpresa se decidía por lo último. «Los dos han quedado en cierta manera marcados por el destino, aunque sean ellos quienes se lo han buscado», se decía con superioridad recobrada y sin advertir demasiado que, en el fondo, estaba orgulloso de Emmi; porque Emmi, su propia hermana, parecía lo bastante distinguida, lo bastante especial, si, suficientemente distinta y problemática para poderse entender con Wolfgang Buck. «Quién sabe — pensó indeciso, dando luego un giro decidido—: ¿Y por qué no? Bismarck también lo hizo así con Austria. ¡Primero el sometimiento y luego la alianza!».

A partir de estas reflexiones todavía difusas, Diederich dirigió cierto interés de nuevo hacia el padre Wolfgang. El viejo Buck padecía del corazón y se le veía cada vez menos. En la calle se ponía ante un escaparate cualquiera, fascinado aparentemente por lo expuesto, pero esforzándose solamente en ocultar su enorme dificultad para respirar. ¿En qué pensaba? ¿Qué juicio le merecían el nuevo florecimiento comercial de Netzig, el ascenso nacional y los que ahora ostentaban el poder? ¿Estaba ya convencido y derrotado interiormente? Ocurría a veces que el director general doctor Hessling, el hombre más poderoso del estamento burgués, se escondía en un portal sigilosamente para luego, sin ser visto, seguir los pasos de aquel viejo sin influencia ya y casi olvidado: él, en su cumbre, misteriosamente preocupado por un ser agonizante… Puesto que el viejo Buck pagaba ya sistemáticamente con retraso los plazos de su hipoteca, Diederich le expresó al hijo el deseo de quedarse con la casa. Naturalmente, el anciano podría habitarla mientras viviera. Diederich estaba también dispuesto a comprar el mobiliario y pagarlo inmediatamente. Wolfgang hizo que su padre aceptara.

Mientras tanto pasó de largo el 22 de marzo. Guillermo el Magno había cumplido los cien años y su monumento todavía no se levantaba en el parque público. Las interpelaciones en los plenos de la junta municipal no terminaban nunca, repetidas veces se habían concedido, tras enconadas luchas, créditos suplementarios, que luego eran superados. El golpe más duro lo recibió el municipio al rechazar Su Majestad que el difunto y glorioso abuelo fuera representado como peatón y ordenar la erección de una estatua ecuestre. Diederich, lleno de impaciencia, iba frecuentemente a última hora de la tarde a la Meisestrasse a convencerse del estado de las Obras. Era mayo y se notaba todavía el calor en el anochecer, pero una corriente de aire atravesaba la superficie vacía recientemente añadida al parque público. Diederich volvió a pensar con enfado en el brillante negocio hecho allí por el latifundista Herr Von Quitzin. ¡A éste sí que se le habían puesto las cosas fáciles! La especulación territorial no exigía demasiado talento cuando se tenía a un primo gobernador. La ciudad tuvo que comprarle limpiamente el solar entero y pagar sin réplica lo que pedía… De pronto aparecieron dos siluetas; Diederich las reconoció a tiempo y se retiró tras las matas.

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