El toque de Satán

Kenneth Royce · Capítulo 13 de 17

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El toque de Satán

Capítulo 12

 

 

IBAN EL UNO junto al otro en el asiento trasero del auto, con el apoyabrazos bajo entre los dos. El chofer era uno de los guardaespaldas de Ted Cooper y a su lado había un detective armado. No había separación entre la parte delantera y la trasera.

Paula estaba aturdida, tan confundidas sus ideas que casi le obnubilaban la mente. No quería hablar.

El segundo auto iba detrás de ellos. A Ashley le parecía irónico que él hubiera armado el sistema de seguridad y ahora que necesitaba zafarse de él con desesperación, no pudiera hacerlo. Tenía que averiguar de algún modo qué había sucedido en la oficina de Herb Stahm. El auto no tenía aire acondicionado, así que le golpeó el hombro al chofer y le pidió que pusiera la ventilación. Sin levantar la voz y protegido por el ruido del ventilador, le dijo a Paula:

—¿Está todo bien, preciosa?

Al principio no le respondió. Luego juntó todo su coraje y dijo:

—Creo que no me dijiste la verdad sobre Jack Heyden.

—¿Sobre qué, por el amor de Dios?

—Dijiste que quería que le compraras la fábrica.

—Así es. Paula, creo que deberías dejar las pastillas — habló con rabia contenida, el amor que sentía por ella eclipsado por el peligro que él mismo corría.

Se volvió hacia él para no tener que levantar la voz.

—Según Herb, Jack Heyden no hubiera vendido a ningún precio.

—¿De modo que a mis espaldas fuiste a averiguar lo que yo le había dicho a Herb? ¿Qué piensas que estás haciendo?

La agresividad de Ashley le dio fuerzas. Era típico en él que reaccionara con rudeza, sin intentar siquiera una explicación.

—Sabes bien que eso no es cierto — contestó con calma —. No tenía razones para investigar. Surgió por accidente. No encontrarás otro amigo más leal que Herb.

—No entiendo cómo puedes estar molesta por algo así. ¿Qué quieres de mí?

—Una explicación.

—No tengo por qué explicarle nada a nadie.

—No soy nadie, Eric. Por favor, pídele al chofer que se detenga. Me bajo aquí.

Él sonrió forzadamente.

—Eres batalladora, Paula, pero debes aprender a reconocer la causa de la batalla. Nada es por completo blanco o negro. Herb tiene razón. No sé qué te habrá dicho, pero en un momento Jack Heyden no quería vender a ningún precio. La situación cambió rápida y drásticamente, eso es todo. Y yo no iba a contarle nada a Herb, o a Will, o a ninguno de los otros, teniendo en cuenta los antecedentes. Eres la única que lo sabe, Paula. Solo tú. Creía que eso significaba algo. Pero aquí vienes dándome una cachetada con tu desconfianza. Nada menos que tú.

¿Por qué diablos era siempre tan plausible? ¿Por qué siempre terminaba sintiéndose culpable, como si ella lo hubiera defraudado? ¿Por qué había pensado lo peor? Miró hacia adelante, viendo solo las espaldas cuadradas de los escoltas que miraban al frente. Se rodeó a sí misma con los brazos.

—No fuiste muy justa, ¿no? — dijo Ashley con suavidad —, ¿Por qué no viniste a preguntarme? Estuvimos en el corredor, en la habitación. No dijiste nada. ¿No podrías haberme dicho: «Eh, ¿qué es eso de que Heyden no quería vender?»? Te lo habría dicho. Pero no, sospechaste lo peor, solo Dios sabe por qué, y cavilaste y cavilaste sobre lo mismo.

Paula quería disculparse, hallar la salida fácil, recuperar su relación normal, pero no podía. En tres días había descendido desde una felicidad sin límites hasta alguien que necesitaba pastillas para poder soportar las horas siguientes. Ahora más que nunca debía pensar bien. Dijo en voz baja:

—Creo que deberíamos separamos. Por un tiempo, al menos.

—¿Para qué diablos? —Le era difícil no levantar la voz —. Vamos, olvídate. Ya pasó todo, mi amor.

—Para ti, puede ser. Yo no puedo cambiar de estado de ánimo con la misma rapidez que tú.

No podía dejar que se fuera. Necesitaba tiempo para que todo se aplacara. Lo que más lo preocupaba era por qué Paula estaba así. ¿Era una cosa en especial, que él ignoraba, algo que podría manejar si lo averiguaba, o era una combinación de pequeñas cosas que se le habían puesto en la cabeza y formaban juntas una gran duda? Eso sería mucho más difícil. La miró de reojo, la cabeza inclinada, la línea del mentón. Hermosa, pensó. Tan hermosa. Ay, Dios, no. No quería perderla.

Ashley levantó el apoyabrazos. Tendió la mano y tomó la de ella. Estaba fría e indiferente. Algo le advertía a Ashley que debía ser muy muy delicado, que trataba con una mujer inteligente, cuya mente se había ido apenas fuera de foco. Una pequeña brisa de buen viento bastaría para hacerla cambiar de dirección.

Le acarició la mano otra vez.

—Muy bien. Acepto toda la culpa de esto. Me he portado muy torpemente. Si te parece que será lo mejor, podríamos separamos por un período de prueba. Solo espero que no sea necesario. Pero no quiero interponerme en tu camino. Para mí tu felicidad es lo más importante, Paula. Lo demás puedes no creerlo, esto créelo — más allá de la genuina emoción, su voz trasuntaba otro tipo de preocupación —, ¿Puedo pedirte que olvides todo hasta que volvamos? Es por unos días, nada más.

Paula no dijo una palabra. Al menos no insistió en bajarse del auto allí mismo.

—Ayúdame, Paula, por favor. Estamos pasando por un momento difícil. No quiero que te vayas, pero seré honesto, en este momento no haría muy buena impresión en la gente de aquí. Se toman las cosas muy en serio. ¿Sería tan horrible para ti soportar unos días más?

Era difícil negarse. Y no tenía muy claro por qué sentía que era necesaria una separación. Sus sentimientos hacia él no habían cambiado. Pero ¿qué la hacía sentir tan incómoda? Todo había empezado con el atentado.

—Por Dios, se supone que estamos de vacaciones — dijo él.

—Me quedaré, Eric. Protegeré tu imagen. Y la mía también, supongo.

Él le palmeó la mano.

—Puede que estas vacaciones nos hagan más falta de lo que suponíamos. Gracias, mi amor. Cuando estemos libres de todas las presiones las cosas mejorarán.

No dijo nada más. Sabía por instinto que era mejor no insistir. Paula era incapaz de desdecirse. Y él también necesitaba tiempo para pensar.

—Gracias por recibirme, William.

—Por favor, a un viejo amigo. Siéntate.

—Un viejo amigo con problemas, ya debes de estar enterado.

—Oí un rumor en el chismerío diplomático, pero no muy concreto.

—Todavía no fui a mi Embajada, pero ya sé lo que me espera.

—Estoy seguro de que no viniste en busca de asilo político. ¿Cómo puede ayudarte la Embajada Británica?

A Richter no se le escapó el verdadero sentido de la broma, pero ya había pasado la barrera y debía apresurarse.

—No sé si has oído algo sobre los asuntos de Eric Ashley durante la guerra. ¿Te visitó un joven llamado Matt Heyden?

—¿Hace poco? Lo recordaría si fuera en los últimos días.

—Después que su padre murió en el atentado.

—Ese Heyden. Que asunto tan feo. ¿Es hijo? No, no lo he visto.

Richter inclinó la cabeza hacia un lado.

—Creo que el muchacho corre grave peligro. Como antes el padre.

—¿Ah sí? ¿Tiene algo que ver con nosotros?

—Mucho —Richter resumió la historia y se interrumpió a medio camino —. No tiene sentido que continúe. Ya oíste todo esto.

Aguzó los ojos azules y golpeteó con los dedos en el severo mentón.

—Perdóname por darte esa impresión. Ya sabes que siempre tenemos cara de aburridos. Pero creo que es suficiente. ¿Qué tiene que ver con nosotros esto?

Richter se acomodó los anteojos.

—Por culpa de este hombre se perdieron vidas británicas. Cientos, miles, quizás. ¿Y me preguntas eso?

—Pero Franz, fue hace más de treinta años. Sea lo que fuere que hizo Ashley en ese entonces, ya hace mucho que equilibró la balanza. Sus compañías emplean a miles de británicos y alemanes. Ha creado una estructura económica que, si se viniera abajo, causaría un daño enorme en Europa occidental. ¿No te parece que las cosas ya son bastante malas así como están?

Richter era un hombre vencido cuando dijo:

—Es irónico que yo, un alemán, me preocupe por esto, y tú, un inglés que debería sentirse ultrajado, pueda olvidar con tanta facilidad. Tengo problemas por haber sido demasiado patriota. Tú mantendrás tu puesto por las razones opuestas.

William sonrió.

—Todo sucedió antes de mi época. Y de la tuya. Tenemos que ocuparnos del presente. La venganza pertenece solo al Viejo Testamento.

—¿Venganza? Extraña palabra para nombrar a la justicia. Estoy preocupado por el joven Heyden. Si no se hace nada lo matarán.

—¿Cómo sabes?

—No puedo decírtelo, pero no exagero.

—Ve a la policía, entonces.

—Tampoco puedo.

—¿Estás implicado? Tus problemas son más serios de lo que pensé.

—Me preocupa. Hice lo que pude por Heyden. Ya me crucifiqué. No puedo hacer más.

—Y nosotros, ¿qué podríamos hacer?

—Si quisieran podrían hacer bajar a Ashley, o al menos ponerlo en una posición tal que se lo pueda controlar.

—Chantajear querrás decir.

—Sería una ventaja para ustedes.

—¿Es eso lo que intentaste? Y no funcionó, ¿eh?

—Podría salvar una vida. O dos. De súbditos británicos.

William reflexionó durante un rato. La imagen de jugador de rugby desaparecía tras la frialdad de la reflexión.

—Me viene algo a la mente, algo que oí. Creo que al joven Heyden lo hicieron entrar en posesión de ciertos datos que podrían ayudarlo.

—¿Ayudarlo a qué?

—A hacer lo que quiere hacer. A seguir el camino que elija. Aunque creo que se le aconsejó olvidarlo todo. Soy muy franco contigo.

—Gracias. Pero si está en posesión de ciertos datos, estos lo llevarán a enfrentarse abiertamente con Ashley, lo que significa su muerte. ¿Es lo que quieres?

—¿No estás exagerando? Sospecho que no fuimos los únicos en darle nuestra opinión a Matt Heyden. ¿Quién pudo haber sido?… Venganza… Justicia… ¿No será tu propia conciencia, que quiere purgar alguna culpa, Franz?

—Por lo menos yo le di a Matt Heyden los medios para defenderse. Empiezo a pensar que lo que ustedes quieren es que les solucione el problema. Sería conveniente que se muriera, ¿no? Nadie perturbaría la calma.

—Lo que haga es asunto suyo. Es un problema personal. Además, está la policía.

—La policía siempre anda corta de información. Es obvio que ni tu embajada ni la mía van a ayudar, aunque les sería muy fácil.

—Y creo que están en lo correcto. Ignoro qué le proporcionaste a Matt Heyden para que se defendiera, pero si es peligroso, piensa que puede volverse contra él. Sin embargo, supongo que no hay necesidad de decirte esto. Los dos deberíamos dejar el caso, ¿no te parece? No se va a ganar nada. Queda librado a sus propios medios.

—Un eufemismo, William. Será aplastado. Y Ashley tapará todo otra vez.

—Está en peligro.

—Díselo a la policía.

—No tengo nada concreto para decirles, pensé que entenderías. Ya sabes cómo es todo este asunto.

—Ojalá lo supiera —Matt había oído el Fiat y salido a la puerta. Parecían destinados a mirarse desde niveles diferentes. Él desde la escalera, ella desde el auto. Matt se sentó en el escalón y Suzie subió hasta la mitad de la escalera y se detuvo apoyándose en la baranda.

—Se fueron a algún lado.

—¿Ella no te lo había dicho?

—Fue todo tan extraño. Llamó y cortó.

—¿Qué dijo?

—No dijo nada. Empezó a decir «Suzie» de un modo que me dio miedo. Y luego colgó o nos cortaron. Traté de comunicarme pero no logré pasar del conmutador. Fui, pero ya se había ido, y nadie quiso decirme adonde. Por razones de seguridad, dijeron. Soy la hermana, caramba.

—¿Y por eso tienes miedo?

Se puso roja de furia.

—No entiendo para qué vine. ¿Te das cuenta de lo que le costó llamarme? Está furiosa conmigo. ¿Y te das cuenta de lo que me costó a mí venir a verte a ti? ¿Tienes idea? No tengo a nadie a quien recurrir. Eres lo único.

Lo conmovió. Suzie estaba a punto de llorar.

—Pero ¿por qué iba a estar en peligro?

—No estoy segura. Perdóname. Ya ves que no tengo nada para la policía. Pero está en algún lío, créeme.

—¿Te sentirías mejor si supieras dónde está?

—Sí.

—¿Estás segura de que fue Paula la que llamó? — Creyó que ella iba a pegarle y se preparó a parar el golpe.

—No. Estoy hablando de gusto. Vine porque me encanta hablar contigo. Eres mi preferido. Déjalo así — bajó los escalones afligida.

—Iremos en el Mercedes —dijo Matt —. Creo que al menos podremos averiguar dónde está.

Herb Stahm esperaba en el umbral de su puerta cuando salieron del ascensor. Parpadeó ante la luz débil del corredor y les salió al encuentro.

—No había necesidad de anunciarse, usted es tan parecida a Paula, más joven, nada más. Es un inmenso privilegio conocerla. Y encantado de verlo otra vez, Matt.

No podía haber mejor comienzo. Se sentaron en su oficina y Suzie insistió en hacer café.

—Debe de ser lo único que hago solo — explicó —. No me quite ese placer. A Paula le gusta. Espero que a usted también.

—Parece que se lleva bien con mi hermana, señor Stahm.

—Todo el mundo me dice Herb. Y sin embargo, no siempre fue así. En los dos últimos años no la comprendí y en los últimos dos días me di cuenta de que había sido un tonto — Stahm manipuleo las tazas, contento de tener compañía.

—¿Es feliz mi hermana?

Les alcanzó las tazas y se sentó, apartando un montón de papeles.

—No en estos momentos. Debe comprender que está conmocionada. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Quiero saber dónde está mi hermana.

—¿Por qué no le preguntó a los encargados de seguridad?

—Lo hice y no quieren decirme.

—Esto es difícil para mí, Suzie. Sé que es su hermana pero, créame, en este momento todo lo que necesita es paz y tranquilidad. Más que nada.

—No la tendrá con Eric Ashley.

—Ey, me está convenciendo de que no le diga nada.

—Creo que la matará.

Tan absurda sonó la acusación que se hizo un profundo silencio. Y sin embargo Suzie estaba por completo convencida. Matt dijo, tratando de calmarla:

—Tranquila, Suzie.

Ella se volvió hacia él, serena.

—Y a ti también te matará, lo sabes de sobra. Como mató a tu padre. Has tratado de evitar la verdad porque… tú sabes por qué. Está en problemas y no lo ignora.

—¡Cristo santo! ¿Qué diablos está pasando? ¿Soy yo el que se está volviendo loco, o son ustedes?

Herb Stahm había empalidecido. Se sentía incómodo: era una suposición absurda. Monstruosa.

Suzie los había comprometido con su alocada afirmación. Matt no tuvo más remedio que contarle a Stahm lo que le había contado a la policía, lo que él y Suzie se habían contado el uno al otro. Lo que su padre y su madre dijeron.

Stahm escuchó, blanco, conmocionado, olvidado el café. Al final de la historia, se restregó los ojos.

—Soy su mano derecha. ¿Se da cuenta de lo que está diciendo? ¿Entiende para quién trabajo y a quién soy leal?

—No le he dicho nada que ya no le haya dicho a Ashley. Él admite haber matado a dos hombres. Lo que no sabemos es por qué. Él sabía que mi padre lo había visto. No sabe que tengo la placa de identificación y la insignia de la solapa de uno de los hombres. Un hombre al que no enterraron como traidor. Al contrario, lo honraron con una condecoración póstuma.

—¿Y qué sucedió con la placa y la insignia del otro hombre?

Matt comprendió la verdadera intención de la pregunta.

Stahm conocía a Ashley y no podía creer que no estuviera enterado de la existencia de estos objetos. Ahora, sin embargo, se preguntaba si en realidad conocía a Ashley, si alguna vez lo había conocido. Pero la pena de Paula le volvía a la mente. Les contó. Se sentía un traidor, pero no podía quitarse de la cabeza el estado de Paula. Ella estaba mal. No pudo evitar pensar en Nancy, su mujer. Era ridículo para un hombre de su edad y experiencia llegar a esta confusión. Tenía que serenarse, pensar.

—¿Está bien el café? —Miró el fondo de su taza —. Deben ir otra vez a la policía. Darles lo que tienen y lo que yo he agregado. Pero es mi deber advertirle que he estado con Eric durante casi veinte años. Me está diciendo que nunca comprendí nada del hombre con el que trabajé hombro a hombro todo ese tiempo. Sé que es un hombre duro, pero ustedes me dicen que es un asesino. Hay una gran diferencia. Y me es muy difícil aceptarlo.

»No puedo darle una puñalada por la espalda, no porque ustedes me digan que lo haga. Pueden ser sinceros, pero pueden equivocarse. No espere ayuda de mi parte hasta que no hable con Eric. Si la policía viene a verme, negaré lo que les he contado. Deberán convencerlos de que lo han oído en otro lado. Y Eric deberá convencerme de que ésta es una historia fantástica. Si no lo hace, reconsideraré el asunto.

—No hable de esto con él, señor Stahm.

—Sigo siendo Herb —Stahm sonrió cauteloso —, ¿Piensa que me atacará?

—Si esto estalla, no le quedará nada a Ashley. Su imperio se hará pedazos. De cualquier manera que él trate de salvarlo, no tiene nada que perder. Pero si no hace nada, va a perderlo todo.

—Está bien. Pero insisto en enterarme de la única manera que conozco. ¿No es lo que están haciendo ustedes?

Stahm se pasó la mano por la frente. Había envejecido en minutos.

—¿Nos da la dirección? —preguntó Suzie.

Stahm hizo un débil ademán.

—Sí. Si hay un ápice de verdad en lo que dice, saque a Paula de ahí, pero tenga muchísimo cuidado en cómo lo hace.

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