El toque de Satán
Capítulo 5
A LAS DIEZ de la mañana siguiente Herb Stahm golpeó a la puerta del dormitorio de Ashley.
—Soy yo, Herb.
—Adelante.
Eso quería decir que estaban presentables. Stahm asomó la cara redonda por la abertura. Ashley había terminado su desayuno de siempre: tostadas y café. Paula no estaba allí y su puerta estaba cerrada. Stahm entró.
—Hay un tipo en el teléfono que dice ser agregado en la Embajada de Alemania Federal en Dublín. Quiere una entrevista para esta mañana. Está aquí en Cork.
—Que sea más específico.
—Dice que si no lo recibes, que por lo menos lo escuches unos segundos por teléfono — Stahm hizo memoria —. Se llama Franz Richter.
—¿Dónde está el teléfono?
—En tu oficina. Kathy cubre tus llamadas.
Ashley tomó el teléfono de la mesa de luz, haciendo una seña a Stahm para que se retirara.
—Páseme aquí la llamada de la oficina — no pensó en el asunto mientras esperaba —. Sí, señor Richter. No puedo dar entrevistas con un plazo tan corto. Si me explica su negocio le diré con quién de mis colegas debe tratar.
—Tiene relación con una empresa franco-norteamericana que usted va a instalar cerca de Lyon. En un tiempo tuvimos contacto con ustedes y los británicos.
—No veo qué relación pueda tener con usted. El trato ha sido decidido. Ustedes perdieron.
—Por supuesto. Pero nos interesaba mucho no solo la unión en sí, que implicaría el empleo de muchísima mano de obra, lo cual constituye una atracción para cualquier país en estos momentos, sino que además hay facetas complementarias que harían doblemente interesante para nosotros. Sin los británicos.
—Ya pasamos por todo esto, señor Richter. No tendría sentido su visita. Le doy veinte segundos más.
—Tenemos un nuevo plan. El emplazamiento es bueno. ¿Le mecería más atractivo Witzburg?
—No conozco ese lugar.
—Entonces le ruego me perdone, señor, pensé que lo conocía, que tenía cierta importancia para usted. Se me ha informado mal. Suele suceder. Los expedientes, en especial si son viejos, pueden ser engañosos. Perdóneme, Herr Ashley.
Richter se mantuvo firme, como Ashley esperaba. Hijo de puta. Desde cierto punto de vista lo admiraba: él hubiera hecho lo mismo. Pero las cosas no terminaban aquí.
—Puedo verlo cinco minutos a las once. Deberá identificarse en el vestíbulo. Pero no suponga que lo ayudaré. Ya tengo demasiados intereses en Alemania.
El instinto le advirtió a Ashley que la figura calva y delgada era más que un agregado. Un hombre de hablar suave, sin nada especial desde el punto de vista físico, podría pasar inadvertido con facilidad. Los ojos detrás de los anteojos eran la revelación, había visto muchos iguales. Suaves, como todo él, pero como esponjas que absorbían cuanto veían. Ahora era gentil, reservado y extremadamente correcto. Estaba sentado sobre la silla como si a ésta le faltara una pata.
—Solo puedo dedicarle uno o dos minutos — Ashley se reclinó en su sillón, tan suave como el visitante.
—No tengo mucho que agregar a lo que dije, señor. Entiendo que no hay nada definitivo con los franceses.
—No se ha firmado nada pero hay un acuerdo tácito. Es un trato demasiado importante para echarse atrás, señor Richter — Ashley miró el reloj —. Tendrá que esgrimir argumentos de más peso que los que presentó hasta ahora si quiere que cambiemos nuestra actitud con respecto a los franceses. Han invertido mucho tiempo y dinero en el proyecto. Y nosotros también.
—No tengo nada que agregar, señor.
Hijo de puta. Que sangre fría. Me lo deja a mí.
—¿Qué pasa con ese lugar… Witzburg, dijo que se llamaba?
—Tenemos entendido que es de un significado especial para usted, que quizás un cambio de emplazamiento pueda apelar a los lazos sentimentales que lo unen a ese lugar y además hasta puede ser de un valor comercial mayor.
Ashley sonrió irónico.
—¿De dónde saca todo eso? Nunca estuve ahí. Creo que se ha confundido.
—¿En serio? Me sorprende, señor. Según mi información, es el único lugar del mundo que usted no olvidaría jamás.
—Me importa un carajo su información. Richter. No sé qué tiene en mente, pero reconozco la extorsión cuando la tengo delante.
—¿Extorsión, señor? ¿Lo he acusado de algo en algún momento? Quizás mi inglés no sea bueno.
—Su inglés es perfecto. Le dieron información falsa, Richter. No sé ni cómo ni por qué, pero sé que ahora se puede ir a la mierda. No me gusta su estilo.
Richter se puso de pie con calma.
—Señor, lo siento muchísimo. Yo mismo le pediré a Su Excelencia el Embajador que le envíe una disculpa por escrito de parte mía. Como recibí la información de un periódico alemán, insistiré en que publiquen una disculpa por crear una situación que pudo haber sido embarazosa para nuestros dos países.
—No será necesario.
—Para mí sí, señor. He sido engañado. Estaba convencido de que usted reservaba un lugar especial en su corazón para Witzburg y que si cambiábamos de idea para incorporar el área, esto podía constituir alguna diferencia para usted. Solo me resta ofrecerle mis más sentidas disculpas y tomar medidas para arreglar el expediente.
Este hijo de puta además de sangre fría tenía viveza.
—Richter, seré indulgente con usted. Se merece una observación de su Embajada, pero no lo juzgo por hacer el intento — Ashley abrió un cajón y apoyó un pie al tiempo que empujaba la silla hacia atrás —. Sabe — continuó —, creo que no me contó toda la verdad. No sé nada de su política, pero sí sé que se les acerca una elección y que su gobierno actual no tiene muchas esperanzas de ganar. Sería buena propaganda ganarle a los franceses, ¿no? En lugar de las críticas que han recibido de la prensa, recibirían un espaldarazo muy oportuno, ¿es así? Muy bien, para demostrar con quién están mis simpatías, voy a consultarlo con la almohada. ¿Vuelve a Dublín?
—Pensaba hacerlo, pero puedo quedarme, si es necesario.
—No, váyase, y llámeme en veinticuatro horas. Solo prometo considerarlo.
—Muy amable, señor, gracias.
Cuando Richter se fue, Ashley llamó a Paula por el conmutador.
—Mi amor, voy a estar ocupado hasta media tarde. Puedo tomarme un momento para almorzar a eso de la una y media. Podríamos comer abajo. Si quieres salir, usa el Jaguar, no lo voy a necesitar. Ve por la costa, me han dicho que las playas son todas de arena y que no hay nadie. — Luego llamó a la operadora —. ¿Hay alguna línea directa que no pase por la central? ¿No? ¿Cuántas líneas tiene? Cinco — era como no tener ninguna —. Muy bien, durante las próximas tres horas quiero una línea permanente aquí en mi despacho.
Ashley fue a la oficina de Stahm y se sentó en un rincón del escritorio.
—No sabía que el problema de teléfonos fuera tan serio.
Stahm levantó la cabeza.
—Para ti no hay problema. Levantas el auricular y todos vienen corriendo. Pero los demás luchamos todo el día con el conmutador que no contesta, la señal de ocupado y líneas bloqueadas permanentemente. Estaba pensando en instalar un tambor para poder comunicarme.
Ashley dijo como al pasar:
—No me hace mucha gracia que algunas de las llamadas pasen por el conmutador. Hacemos tratos con los irlandeses todos los días. Si falla la operadora se puede enterar quien no debe.
Stahm asintió.
—No es para tanto. La mayoría de las llamadas son con respecto a material para el emplazamiento, los constructores, el arquitecto, ese tipo de cosas.
—Te diré lo que quiero que hagas, Herb. Después de almorzar voy a hacer unas llamadas privadas. Alrededor de la una. Date una vueltita por la recepción. Asegúrate de que la recepcionista no escuche.
Stahm no hizo ningún comentario. Asintió, pensando que Ashley llamaría a alguna mujer, se había tranquilizado desde Paula, pero a Stahm le daba la impresión de que Ashley podía escaparse otra vez. Había algo en el modo en que lo miró y luego le guiñó un ojo.
—Claro. Vigilaré que no escuche — las llamadas podían ser para cualquier lugar del mundo.
A la una exacta Ashley llamó al Hotel Metropole y preguntó por el señor Hale.
Se oyó la voz áspera de Hale quien, antes de que Ashley pudiera hablar, dijo:
—¿Sí, jefe?
—¿Cuánto demorará?
—Puedo hacer la entrega en tres horas.
—¿Será pesado?
—Unos diez kilos.
—Parece mucho.
—Tan pesado como un tomo de la Enciclopedia Británica. ¿Alguna hora en especial? Usted sabe cómo son estos juguetitos. Uno les da cuerda y algunos se paran antes que otros.
—¿No tiene ninguno de esos que uno mueve una palanquita y arrancan en un minuto?
—Es muy poco tiempo, jefe.
—¿Puede hacerse?
—Cualquier cosa puede hacerse. ¿Seguro que no lo quiere para dos minutos?
—Noventa segundos como máximo. Tiene que ser fácil de manejar, que un niño lo comprenda sin que haya necesidad de explicárselo.
—Tan fácil como encender una radio, jefe. Ningún problema. ¿Viene a buscarlo?
—Imposible. No lo conozco.
—Ni yo a usted, jefe. —No fue convincente —. ¿Cómo, entonces?
—Creo que al chico le gustaría un libro más que un juguete.
—Buena idea. Hay libros muy buenos.
—¿Conoce el bar Cavenish? — Había ido una vez.
—Lo encontraré.
—En el último baño. En el orificio de la respiración. Al entrar, a la derecha del salón. Que esté allí a las cuatro.
—Perfecto. ¿Cómo pagará?
—Igual. A su Banco de Basilea.
—No dijo cuánto.
—El trabajo lo hago yo, así que la mitad.
—No hay negocio. Me estoy metiendo en tratos raros con este libro que necesita, que quiere decir que alguien está tratando de averiguar algo. Si cae en manos de ellos, estoy perdido.
—Cincuenta.
—¡Hecho! ¿Libras?
—Dólares.
—Entonces no. La mitad se va. Libras o nada. Usted decide.
Ashley no mordió el anzuelo. Hale no era ningún estúpido. Era imposible hacer este tipo de trabajo si no era al contado, por lo tanto, era obvio que a Hale no le cabían dudas de que le pagaría. Pero jamás podría probarse una conexión entre ellos. No se conocían. Los había puesto en contacto un mediador que Ashley conocía en Detroit, una amistad clandestina de hacía muchos años.
—Muy bien, vuelva al Cavenish a las seis y revise la mercadería. Si sigue allí, llévesela. Lo recompensaré.
—Me gusta hacer negocios con usted, jefe.
Quince minutos después, Ashley bajó al vestíbulo donde Stahm vagabundeaba detrás del escritorio de la recepción. Herb negó con la cabeza cuando Ashley se acercó. No levantó la voz, para que no oyeran los guardas.
—Está bien —dijo, indicando a la operadora del conmutador —, No te tomó mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo toma deshacerse de alguien?
Stahm sonrió.
—Me hiciste acordar. Paula te espera en el comedor — su sonrisa se hizo más amplia —. Debes de estar perdiendo la mano — era el único hombre cerca de Ashley que podía hacer este tipo de comentario impunemente.
A las tres, mucho después de que Paula se fuera con el Jaguar, Ashley salió a caminar con Stahm. El tiempo seguía bueno y cálido. Lo acompañaban cinco guardaespaldas, a los que no les gustaban nada la estrechez y las multitudes de Oliver Plunket y Princes Street. Habiendo establecido dónde pensaba ir, dos se adelantaron. Los otros tres iban detrás, separados solo porque era imposible que caminaran los tres juntos. Uno iba por la acera de enfrente.
Cortaron por la calle St. Patrick, que era más amplia pero más concurrida.
—Voy a comprar unos libros sobre Irlanda — dijo Ashley —. Traeré algo para que se eduquen, también.
—No sabía que leyeras otra cosa que balances.
—En este país hay que descansar. Quizás los regale, después.
Fueron a Eagen’s, y más allá del cristal y la plata de la planta baja, subiendo un piso por las amplias escaleras, estaba la sección librería. Mientras miraban en los estantes, en todo el negocio se enteraron de la identidad de Ashley. A él le convenía. Compró algunos libros, todos sobre Irlanda, lo cual agradó al personal y fascinó a Stahm. Se los envolvieron y, a pedido suyo, los pusieron en dos bolsas que insistió en llevar él mismo a pesar de que Stahm y los hombres de Ted Cooper se ofrecieron a cargarlos. Ashley había salido de compras y lo disfrutaba, como cualquiera.
Al salir de la tienda, Ashley dijo:
—Podría ponerme en contacto con Heyden otra vez. Podría cambiar de opinión.
—Me llama la atención que te importe. A menos que no te guste la idea de que una tiendita insignificante no se rinda a tus pies.
Ashley no respondió. Habían llegado al bar Cavenish, los guardaespaldas trataban de controlar la curiosidad de los caminantes.
—Voy al baño —Ashley subió la escalera.
—Voy contigo —Stahm lo alcanzó—. ¿Por qué no le das eso a uno de los muchachos? — señaló las bolsas.
—¿De qué servirían con un montón de libros en la mano? — Ashley estaba furioso de que Stahm viniera con él, aunque lo disimulaba. No podía evitarlo. Entró primero y fue derecho al último cerrando la puerta con rapidez. Oyó a Stahm afuera. Dejó la bolsa en el piso, se subió al inodoro, y buscó arriba, en la respiración. El paquete estaba allí, envuelto con cuidado. Le sorprendió cuánto pesaba. Pasó un libro de una bolsa a la otra, trabajando con cautela. Puso el paquete en la bolsa más liviana. Ahora debía esperar.
Se sentó y fumó un cigarrillo, En momentos como éste, cuando tomaba medidas positivas para solucionar un problema, sus nervios eran de acero. Sus recuerdos volvieron a Witzburg. Fue hacía tanto tiempo que tuvo que concentrarse para recordar los detalles. Evocó sin apasionamiento los cuerpos al caer, ¿en realidad había dejado uno vivo? No pudo durar mucho, pero… ¿habló antes de morir? ¿A quién se le iba a ocurrir que Heyden estaba en el armario? Tendría que haber registrado la casa, lo que quedaba de ella. Pensó en Heyden y el peligro que representaba. Súbitamente, después de tanto tiempo. Era tarde para poner todo en orden, pero era vital.
Oyó una canilla afuera, luego el ruido de la toalla y el abrir y cerrar de la puerta exterior. ¿Stahm esperaba discretamente en el vestíbulo? Ashley tiró el cigarrillo en el inodoro. Tomó la bolsa y se unió a la comitiva. Siguió caminando por otra media hora, para disimular. Se detuvo en una florería a comprarle un ramo de rosas a Paula. Lo puso sobre una de las bolsas. Cuando volvían, el peso de la bolsa parecía arrancarle el brazo, pero no lo dejó entrever.
En la oficina, estuvo tentado de cerrar la puerta con llave, pero no podía hacerlo sin que el detective lo oyera. Desenvolvió los libros y los dejó sobre el escritorio. Manejó el libro de la bomba con cuidado.
Era un libro sucio, de tapas lisas y viejas. Las letras doradas muy descoloridas proclamaban que una vez fue un diccionario de citas. Con un dedo y mucho cuidado levantó la tapa. Lo de adentro era elemental, apenas sujeto a la misma. Una pequeña esfera, como de reloj, atravesada con una cinta adhesiva para que no se moviera. Daba la impresión de que lo había armado de prisa.
Sin tocarlo, Ashley se inclinó para estudiar la esfera. Había una gruesa marca roja sobre la caja indicando hacia dónde había que girarla para que comenzara a funcionar. Noventa segundos. De pronto sintió que era demasiado breve. Y sin embargo podría ser muy largo.
Dejó la bomba con cuidado en el cajón del medio del escritorio, lo cerró y guardó la llave. Busco las páginas de la guía telefónica y encontró el número de la fábrica de Heyden. Este estaba hablando por otro teléfono y Ashley se vio obligado a esperar en la línea, algo que no hacía desde tres décadas atrás. Cuando por fin vino Heyden, Ashley no estaba de muy buen talante.
—Señor Heyden, no me es fácil hacer esta llamada y no creo que a usted le resulte muy agradable. El asunto es el siguiente: no tenía por qué amenazarlo y retiro por completo lo dicho. Su fábrica no corre ningún peligro de mi parte. Es importante que acepte esto y mis disculpas. Hasta los magnates sufren tensiones, quizás más que otros. Quizás lo más importante es que le debo una explicación sobre Witzburg.
A partir de ese momento Ashley supo que contaba con toda la atención de Heyden. Lo que dijera ahora debía ser interesante.
—No estoy dispuesto a discutirlo abiertamente, pero sí voy a decirle lo siguiente: Sé que estuvo haciendo investigaciones en los Estados Unidos y en Alemania. Le convendría considerar cómo me enteré y por qué usted no logró nada. Estoy dispuesto a explicar por qué pasó lo que pasó en Witzburg hace tantos años. Usted presenció un aspecto de algo mucho más grande. Sin embargo, es obvio que ha olvidado que antes de eso ya nos conocíamos. Creo que merezco una audiencia por lo menos, ¿no le parece?
—¿Qué nos conocíamos antes? ¿Usted y yo?
—¿Le sorprende tanto, señor Heyden? Escuche, puedo mandar el auto a buscarlo o puede venir en su auto. Luego podríamos ir hasta el lugar donde estamos construyendo las nuevas fábricas. Quiero mostrarle lo que se está haciendo. Supongo que al menos le interesará como empresario. Habrá un chofer y un guardaespaldas conmigo, así que no podremos hablar mucho en el auto, pero en el emplazamiento tendremos más espacio. Allí será mejor, al descubierto, desde todo punto de vista. ¿Antes de cenar? Digamos, aquí a las seis y media — la demora de Heyden en responder le hizo agregar —. Puedo ir a su casa si quiere, pero Paula tiene el auto y tendríamos menos tiempo.
—A las seis y media entonces, señor Ashley. En su hotel.
Ashley llamó a Herb Stahm.
—Herb, voy a ver al señor Heyden, a las seis y media. Vamos al emplazamiento. Puede que así considere proyectos de mayor envergadura. Avísame apenas Paula traiga el auto.
La noche anterior, Matt Heyden había reservado una plaza para Shannon en un Boeing 707 de Aer Lingus. Muchos de sus impulsos habían sido alocados pero no todos un error. No sabía muy bien por qué sentía que su padre se había metido en líos, pero jamás lo averiguaría por teléfono. Y como acababa de cobrar una comisión importante, tenía el tiempo y el dinero necesarios.
Matt le había dicho adiós a Emma. Para él las despedidas eran como interrumpir una conversación en medio de una frase, podía retomar el hilo de la conversación horas y aun semanas más tarde, como si nunca se hubiera interrumpido. De modo que cuando la tomó por los brazos, le dio un beso en la nariz y le dijo que no sabía cuándo volvería, ella aceptó el «cuándo» como un «si». Un impulso poderoso lo arrastraba.
En realidad no podía dejar de pensar en su padre, de algún modo el viejo pedía ayuda en silencio. Siempre fueron muy unidos en el aspecto afectivo. No era un problema de negocios, pues su padre podría manejar este tipo de inconvenientes. En última instancia, sería lindo ver otra vez a sus padres, hace tiempo que les debía una visita. Se quedó dormido a diez mil cuatrocientos metros de altura y la azafata sonrió al ver la cara atractiva, rebelde. Se detuvo por unos segundos a mirarlo.
Paula volvió a la seis, más tarde de lo previsto. El viento y el sol le habían puesto colores en las mejillas y convertido su peinado en el de un chiquillo. Entró en el dormitorio, oyó a Ashley al lado y fue hacia él.
A Ashley le alivió verla y saber que el auto estaba de vuelta. Había dejado un mensaje abajo de que el chofer no se moviera del volante. Al entrar, Paula se quitó la chalina y la agitó saludándolo.
—Fue fabuloso, mi amor, el paisaje es silvestre, hermoso y solitario. Voy a bañarme.
Cuando hubo desaparecido en su cuarto, Ashley gritó:
—Voy a salir por una o dos horas. Llevaré a Heyden al emplazamiento.
—¿A Heyden? —Paula volvió con la chalina todavía colgando de la mano.
Él sonrió como un niño.
—Quizás aproveche su oferta. Creo que me estoy ablandando. Y le compré unos libros a su esposa.
Paula lo miró sin comprender.
—Me dijiste que le gustaba cualquier cosa sobre Irlanda — agregó.
—¿Sabes si no los tiene?
—¿Qué importa? Lo que vale es la intención.
Todavía lo miraba intrigada.
—¿No te hará sentir tan culpable en caso de que aproveches la oferta del marido?
—Nunca compensaría lo que él hizo. Pero le doy el beneficio de una posibilidad entre un millón de que no fuera él. ¿No soy magnánimo?
—Increíble. Pero creo que tienes razón. No pudo haber hecho algo tan monstruoso.
—Mi amor, estaré de vuelta para la cena. Espérame, eh. Paul preparó una de sus especialidades.
—Bájame el cierre antes de irte.
Cuando Jack Heyden llegó al hotel River su hijo Matt hacía autostop desde la ciudad de Cork hacia su casa. Debido al deficiente sistema de transporte público de la República, Matt, como muchos irlandeses, recurría al autostop. Le había ido muy bien desde Shannon a Limerick y luego hasta Mallow, pero ahora se le había terminado la buena suerte. Le faltaba el último tramo. En ese momento no más de cuatrocientos metros lo separaban de su padre.
Jack Heyden se anunció en el vestíbulo y rechazó el asiento que le ofrecieron mientras avisaban a Ashley. Por lo menos esta vez lo esperaban.
Ashley había seleccionado los libros con cuidado y tomó dos idénticos que eran similares en tamaño al libro de la bomba. Llevaba los tres envueltos bajo el brazo y los sostenía con una mano. Eran muy pesados todos juntos. Había sacado la cinta adhesiva que cubría la esfera. Caminó con calma hacia el ascensor con un sargento de la policía llamado Collins pisándole los talones. Bajaron juntos, comentando el buen tiempo. Ashley se preguntó si este detective había estado alguna vez tan cerca de una bomba. Se abrieron las puertas del ascensor, uno de los hombres de Ted Cooper se acercó y dijo:
—Permítame, señor —y estiró el brazo para tomar los libros.
Ashley se volvió a medias y el detective que lo seguía chocó contra él, pues no esperaba que Ashley se detuviera. Los libros se le resbalaron y uno cayó mientras trataba desesperadamente de aferrarse a los otros. Agarró el de la bomba unos centímetros antes del piso. El pecho le latía con fuerza y sin embargo pudo aparentar calma, y ni siquiera recriminó a los guardias por su torpeza. El hombre de Cooper levantó el libro caído y Ashley lo tomó.
—Creo que puedo con ellos hasta el auto, gracias — fue lo más parecido, a una recriminación.
Al ver a Heyden junto a la puerta de entrada, Ashley dijo:
—Son para su esposa. Espero qué no se haya estropeado — aferrado a los libros, solucionaba el problema de no verse obligado a tenderle la mano. Si el otro lo dejaba con la mano tendida en público, todo el mundo lo recordaría.
Los dos hombres avanzaron juntos hacia la calle mientras un sorprendido Heyden murmuraba gracias.
La Garda había dejado sin efecto las restricciones de estacionamiento cerca del hotel, para la fiesta de Ashley. El Jaguar con el chofer al volante estaba afuera. Detrás había un Rover para escoltarlo. El chofer abrió la puerta y Heyden subió. Del otro, lado el Sargento Detective Collins abrió la otra puerta para Ashley. Luego Collins y el chofer se sentaron adelante. Detrás de ellos cuatro de los hombres de Ted Cooper habían subido al Rover.
Sin mirar hacia atrás el chofer preguntó:
—¿Adónde señor?
Ashley miraba los libros. El sargento Collins se había vuelto hacia él. Ashley dijo:
—Me equivoqué de libros, traje dos iguales — se los mostró a Heyden, que tomó uno. Sí, los libros eran idénticos: Desconcertado por el gesto, Heyden no dijo nada. Ashley, en apariencia enojado consigo mismo, dijo —: Había comprado uno para mí. Un momento, voy a cambiarlo.
—No es necesario —dijo Heyden, y tomó los otros libros. El sargento Collins estaba mirando, Ashley no podía quitárselos. Heyden decía: — Sí, son iguales. Pero este es un libro de citas —. Tenía el libro de la bomba en la mano, observando las letras doradas y descoloridas del lomo —. Caramba, qué pesado — Heyden le tomó el peso al libro, tenía los otros dos sobre las rodillas.
Ashley tendió la mano.
—El papel pesa. Y en este libro no lo escatimaron. La encuadernación es vieja y sólida — ya lo tenía y por suerte Heyden lo soltó. Ashley no pudo demostrar su alivio —. En seguida vuelvo. No demoro. Qué estupidez de mi parte — tomó el abro en duplicado e iba a abrir la puerta cuando el chofer comenzaba a bajar del auto. Ashley exclamó —: Carajo, puedo hacerlo solo. Quédese donde está — fue la única señal de tensión. Dio resultado: el Sargento Collins y el chofer se enderezaron en sus asientos y miraron al frente. Ashley se volvió, bloqueando la visual de Heyden con el cuerpo, abrió la puerta con la mano que sostenía el libro de más y puso la bomba en el asiento a su lado, apenas levantando la tapa y moviendo la esfera. La tapa se cerró al inclinarse para bajar. Aun entonces tuvo la temeridad de volverse y decir a través de la ventanilla —: Mire ése mientras vuelvo. Lo encontrará interesante — indicó el libro que Heyden tenía en la mano.
Fue el acto con más sangre fría de su vida. No demostró ningún nerviosismo al rodear el auto, indicándole al detective que no bajara, pues uno de los hombres de Cooper ya había bajado del auto de atrás. Cuando el guardaespaldas lo alcanzó en la acera, Ashley dijo:
—Traje un libro equivocado.
El guardaespaldas asintió, apurando el paso para igualar el de Ashley, que no se atrevía a apresurarse: no sería característico de él.
Casi habían llegado a los escalones cuando oyó que la puerta del auto se abrió a sus espaldas. Resistió el impulso de mirar. Uno de los tres había bajado del automóvil. No podía hacer nada y la vacilación sería fatal. Hubiera dado cualquier cosa en ese momento por un espejo. Trató de descubrir el reflejo en el vidrio de las puertas dobles del hotel, pero no pudo.
El chofer había bajado y esperaba junto a la puerta para estar listo cuando regresara Ashley. Dentro del auto Heyden abrió el libro irlandés y de reojo vio la tapa rota del diccionario de citas. Estiró la mano para asirlo cuando el detective, mirando hacia atrás, también lo vio. Ninguno de los dos sospechó nada hasta que Heyden abrió la tapa. En el último segundo de vida que les quedaba quizás ambos creyeran que fue este movimiento el que produjo la explosión. Fue pura coincidencia. El auto estalló con un estruendo espantoso y la bola de fuego roja y negra voló en todas direcciones. La nafta se encendió casi simultáneamente, el metal chirrió por el aire como una granada y en la llama se esparcieron la sangre, los huesos y la carne de tres hombres inocentes. Lo único cierto es que la muerte no hizo discriminación: mezcló las partes de los tres cuerpos sin distinciones. Murieron como uno.
En los escalones del hotel Ashley y su guardaespaldas fueron arrojados contra el piso con fuerza considerable. El parabrisas del auto de atrás se deshizo y el vidrio se incrustó en las caras de los dos guardaespaldas sentados adelante, mientras el auto fue sacudido y levantado por el aire y los hombres trataban, tarde ya, de protegerse la cara con los brazos7 El portero del hotel, cerca del auto, fue lanzado contra la pared y se deslizó por ella con una pierna seccionada a la altura de la rodilla, con el uniforme verde hecho pedazos y empapado en sangre.
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